Historias Entrelazadas (fragmento)

Un poco más de Alexander Ivanov y sus amigos.

Los cuatro jinetes cabalgaban contemplando los preciosos parajes repletos de pinos, abedules y abetos que descendían hacia un hermoso lago donde los jilgueros conversaban al ponerse el sol. Cabalgarían un par de horas más antes de detenerse y acampar bajo las estrellas. Aún hacía algo de frío, pero como avezados soldados, aquello no les representaba problema alguno. El sol terminó por esconderse detrás de una fila interminable de árboles, mientras la luna menguante maravillosamente perfecta, se elevaba por el este.

Krikor Arvakian levantó la mano derecha empuñada, indicando que era hora de detenerse en lo alto de una exuberante cima con una loma de gran pendiente que se hallaba cubierta de árboles por todos lados. Los cuatro jinetes desmontaron ágilmente y se dispusieron a levantar un pequeño campamento alrededor de una fogata.

Vlademir Soreki se encargó de preparar las truchas que habían pescado por la mañana, mientras que Andréi Savonikov se encargaba de los caballos.

Alexander escribía en las hojas de lo que parecía ser un diario ayudado por las llamas de la fogata que se sacudían como monjes derviches en una danza demencial sacudidas por la fuerte brisa del viento. Se preguntaba cómo podría adoptar aquellos parajes como residencia eterna, de manera que nunca más tuviera que volver a su mundo insípido, pueril y falto de colores nuevos y exuberantes.

Mientras se hundía en esas cavilaciones, recordó a Tatiana, hacía tiempo que no la veía, su corazón se estremeció ante su recuerdo. La baronesa era la única persona en el mundo que era capaz de pintar sus días con colores brillantes y magníficos. Suspiró, a pesar de la distancia y la total quietud, la monotonía del paisaje lo llenó de una tranquilidad indescriptible. Levantó la mirada al cielo y la luz de millones de estrellas que delineaban a la perfección sus constelaciones parecían saludarlo con su fuerte parpadeo.  Pensó que el encanto de la vida no obedecía a ninguna ley específica en el inmenso cosmos, más que a las leyes que él mismo escribía y por las cuales se gobernaba.

No gobernaban su vida, los delirios premeditados de equidad, independencia e indiferencia que gobernaban a los demás, ya que consideraba que aquellos principios eran volubles y contradictorios como los dioses a los que veneraban sus padres. Alexander Ivanov era un hombre digno, de amplio sentido común y de mente abierta.

Krikor se acercó a la fogata y se sentó al lado de Alexander ofreciéndole una cantimplora, para luego introducir su mano en el bolsillo de su chaqueta y extraer de ella un escarpín de bebé. Su esposa Zabel se lo había dado el día en el que se enteró que estaba embarazada y desde entonces el pequeño amuleto lo acompañaba a todas partes.

Ivanov cerró el diario y lo dejó a un lado para luego tomar la cantimplora y acercarla a sus labios. Bebió un trago largo de buen vodka que lo hizo entrar en calor de inmediato, para luego ofrecérsela a Vlademir.

La luna ahora en el cenit brillaba de manera maravillosa y palpitante sobre los cuatro amigos. El viento no daba tregua y Alexander pensó que el vodka los ayudaría a permanecer calientes mucho más que aquella fogata que amenazaba con extinguirse.

Andréi puso a buen resguardo a los animales luego de alimentarlos y darles de beber. Pronto, se acercó a sus tres amigos y con gesto vehemente de su mano exigió un poco de vodka.  Alexander le acercó la bebida, mientras Andréi se sentaba frente a la fogata completando el círculo. El muchacho bebió un trago largo, la manzana de Adán bajaba y subía a ritmo constante mientras el licor ingresaba a su estómago. Krikor meneó la cabeza mientras una leve sonrisa se le dibujaba en los labios.  Todos sabían que después de la tercera copa, o a veces después de la segunda, Andréi se arrojaba a un pozo oscuro y no volvía a salir de él hasta que despertaba al día siguiente con una terrible resaca. No era el lugar más adecuado para sus exabruptos, pero ¿cómo evitarían que bebiera?

_Vamos Andréi, deja algo para los demás_ dijo Vlademir.

Andréi separó los labios de la cantimplora de cuero y le dedicó una mirada penetrante a su amigo antes de acercarle el líquido.

Andréi era el más joven de los cuatro amigos, y al igual que Alexander había nacido en Moscú, pero a diferencia de este, su familia no poseía espectaculares palacios ni grandes negocios. Sus ojos marrones, siempre brillantes y muy expresivos no dejaban nada al azar. El pelo castaño rojizo algo largo le caía sobre la frente de una forma muy poco común para un soldado del zar. De temperamento alegre y confiado, pero a la vez extremadamente impulsivo y emocional.

Vlademir provenía de una de las más importantes familias de Odessa y se había unido al ejército del zar por el mismo motivo que sus demás compañeros, con la firme intención de servir al vasto imperio. No solo sobresalía por su alta estatura, sus ojos azules e inquisidores sino también por su gran valentía en los campos de batalla. El sobrenombre con el que lo conocían entre sus amigos era Aramis. Dotado de un gran corazón, de carácter amable y arraigados sentimientos pero que muchas veces no sabía cómo gobernarlos, eso era algo que aún debía aprender.

Krikor Arvakian provenía del Cáucaso, su sobrenombre era Porthos ya que era el único casado entre los cuatro amigos y estaba a punto de ser padre. Era algo más bajo que sus demás amigos, de ojos negros y una gran fuerza física. Había crecido en aquellas tierras algo salvajes y agrestes moldeándolo para las duras pruebas, no solo de la vida sino también de la guerra. Sus amigos reconocían en él, cierta cualidad de aberrante inflexibilidad, pero a la vez su sensatez y su gran respeto por los demás.

Alexander era muy apreciado por sus amigos y compañeros del ejercito por su solidez de juicio y la serenidad con la que actuaba ante los conflictos, a pesar de que muchas veces reprimía sus sentimientos y sus opiniones para no herir a los demás. El anillo que siempre llevaba consigo, con el símbolo del leopardo de Amur fue un obsequio de los mosqueteros.

Después de meses prestando servicio militar, al fin tenían unas semanas de licencia. Krikor invitó a todos a la casa que compartía con sus padres, sus hermanos y su esposa. Los mosqueteros aceptaron la invitación de muy buen agrado. Ahora en medio de las escarpadas montañas del Cáucaso, sacudidos por el aire frío de la noche bebían mientras contaban anécdotas de sus años mozos.

_Alexander me invitó a asistir a una de las representaciones del ballet Bolshoi_ explicó Andréi con un ademán bastante cómico, como si emulara a alguna bailarina.

Krikor emitió una leve carcajada ante el gesto ocurrente de su joven amigo, mientras jugueteaba con el escarpín.

Vlademir sacudía la cabeza al tiempo que esbozaba una sonrisa.

_Desde luego vestí mi mejor uniforme_ siguió diciendo Andréi_ estaba seguro de que conocería a alguna muchacha soltera e interesante.

Alexander enarcó ambas cejas y observó detenidamente a su amigo esperando ver a donde llevaba aquella historia.

_Pero tonto de mi_ dijo Andréi con exagerados gestos de sus manos_ las mujeres no tenían ojos más que para D’Artagan.

Los tres camaradas posaron sus ojos en Alexander. Este se encogió de hombros mientras sonreía.

_Está exagerando_ quiso defenderse mientras se pasaba la mano por el rubio pelo.

_ ¡Exagerar! ¡me quedo corto! Cada vez que intentaba entablar una conversación con alguna joven doncella, todas terminaban preguntándome por mi atractivo amigo.

Krikor y Vlademir lanzaron una carcajada breve y extrañada al ver el rostro indignado y consternado de Andréi.

_No te preocupes Andréi, en mi pueblo las muchachas estarán encantadas de hacerte feliz_ dijo Krikor tratando de sofocar la risa.

_ ¡Eso espero! _ espetó Andréi_ creo que ya he olvidado como se ve una mujer en la cama.

Una salva de carcajadas se oyó luego de la última ocurrencia del más joven de los mosqueteros.

Se despidieron poco después, debían descansar, retomarían el viaje antes del amanecer. Alexander echó un último vistazo a los caballos, mientras la intensa luz de la luna vertía misteriosos reflejos sobre los árboles. El viento había amainado y solo se oía un leve murmullo. En aquellos parajes la mente perdía el aspecto del tiempo y del espacio, ambos se hacían estériles e irreales.

Se dirigió a su tienda de campaña, se tendió sobre su manta, cerró los ojos y la nubosa neblina de los sueños lo envolvió de inmediato.

Despertó una hora antes del amanecer, salió de su tienda de campaña y se estremeció al sentir el viento que soplaba entre los troncos de los árboles. Observó a Andréi que se alejaba apresurado del campamento rumbo a unos arbustos con la espalda algo encorvada, las manos en el estómago y mascullando un juramento. Lo vio arrodillarse en el suelo con ademanes pesados, se inclinó y todo emergió de su estómago en una corriente espesa y repugnante. Una parte le salpicó en la cara mientras otra descendía sobre sus rodillas en manchas amarillas.  Andréi olió la trucha que había comido la noche anterior, junto con el vodka, un olor rancio y nauseabundo.

Trató de incorporarse sosteniéndose de una rama, pero antes de lograrlo, vomitó de nuevo despidiendo una especie de gruñido que recordaba a una de esas ametralladoras sobrecargadas a punto de estallar. Se quedó petrificado, inmóvil, con las manos sobre los muslos, el cuello, la boca, la nariz y las fosas nasales espesas por el sabor y el olor a trucha podrida, observando cómo todo daba vueltas a su alrededor, se sentía como en uno de esos carruseles de feria después de varias vueltas.

Se levantó poco después con suma dificultad, tenía los ojos rojos e irritados a causa de la resaca. Se aseó lo mejor que pudo, mientras sus amigos lo observaban divertidos. Pero como era de esperarse, luego de aquel episodio Andréi esbozó una sonrisa radiante, ensilló su caballo y lo montó de inmediato.

 Los demás lo imitaron poco después y enfilaron un serpenteante y empinado sendero bordeado de árboles de pinos, que se iban diluyendo a medida que se acercaban a la cima, como si algún dibujante perezoso olvidó seguir haciendo los bosquejos. La sorpresa fue mayúscula cuando los cuatro alcanzaron la cumbre de la loma y vieron del otro lado un inmenso llano cuya extensión no podían definir porque aún no lo iluminaba el sol. La monotonía eterna de la llanura ondulante producía en todos ellos una leve quietud.

Descendieron la serpenteante cuesta lentamente, disfrutando del paisaje, del sonido aullante del viento que recorría la interminable llanura y del aroma extraordinario del campo. Sus sentidos se vieron infectados por avalanchas de empapado verdor y el aroma frágilmente impreciso de la tierra y la vegetación impregnadas por una suave lluvia.

Se detuvieron en la ladera de la colina y observaron en todas direcciones, Krikor encabezó la caravana hacia la derecha en donde se extendía una amplia pradera de verdes pastizales que invitaba a correr.

Andréi se lanzó a galope con un grito de euforia que contagió a sus demás amigos quienes lo siguieron de inmediato, mientras los caballos relinchaban alborozados. El mágico panorama de colinas onduladas y prados cercados de piedra, invitaban a saltar a lomo de sus caballos. Atravesaron un valle lejano de laderas cubiertas por pequeños bosques, recorrieron una serpenteante carretera de piedras, pasaron junto a abrigadoras granjas, de donde los campesinos salían a saludar a los recién llegados. Cruzaron puentecillos de madera y piedra, rodearon un pequeño meandro de aguas cristalinas y se detuvieron sorprendidos a los pies de una impresionante cascada.

_Es la cascada de Shaki_ explicó Krikor_ Estamos muy cerca.

Andréi desmontó su caballo de un salto y una carcajada de alegría, mientras les daba la espalda a sus amigos y se desvestía apresurado, bajo la lívida luz de la primavera, motivado por un impulso que le resultó difícil de entender.

 Krikor, Vlademir y Alexander contemplaron la escena con curiosidad y diversión al ver a Andréi rascarse de forma despreocupada el blanco trasero de bebé que exhibía.

_Es la mejor idea que has tenido en meses_ dijo Vlademir con una carcajada_ al fin dejaremos de oler a vómito.

Andréi volteó sobre su hombro, arrugó la nariz al mismo tiempo que esbozaba una pequeña sonrisa torva, para después zambullirse en las aguas del río Shaki. Segundos después salió a flote.

_ ¡Qué esperan! _ gritó.

_El agua estará helada_ dijo Krikor.

_ ¡Se siente increíble! _ volvió a gritar Andréi.

Krikor, Alexander y Vlademir se miraron con perplejidad.

_ ¡Vamos muchachos, se arrepentirán si no hacen esto! _ gritó emulando el tono de voz del general Beliávev cuando tomaba una resolución decisiva para el desenlace de alguna batalla.

Los demás mosqueteros se echaron a reír.

_Lo imitas muy bien_ dijo Alexander.

_Vamos muchachos_ insistió.

Krikor, empezó a desnudarse y Vlademir lo siguió de inmediato. Alexander lo pensó por unos segundos y terminó sucumbiendo a las insistencias de Andréi. Vlademir fue el segundo en zambullirse en las frías aguas del Shaki con un grito grave de desagradable sorpresa al comprobar la temperatura del agua. Le siguieron Krikor y Alexander poco después.

_Estamos locos por seguirte a este charco helado_ dijo Vlademir.

_Es solo la primera sensación ya verán que pronto no sentirán frío_ dijo Andréi.

Y tenía razón poco segundos después los cuatro nadaban al pie de la cascada, dejando que el agua que caía con fuerza desde una altura de dieciocho metros masajeara sus adoloridas espaldas.

Luego de dejar las cristalinas aguas de la cascada, Alexander y Andréi retozaron al sol, mientras que Vlademir y Krikor escalaban una empinada pendiente hasta llegar a la cima de la cascada desde donde observaron el increíble paisaje.

Alexander cerró los ojos y dejó que los cálidos rayos de sol acariciaran su rostro mientras se relajaba. Andréi por su parte, arrancó un palillo de paja y se la metió a la boca, para luego calzarse las botas.

_ ¿Qué te preocupa Amur? _ preguntó mientras que el palillo que sostenía entre los dientes rodó de una comisura a la otra.

_ ¿Por qué crees que me preocupa algo? _ preguntó Alexander a su vez sin mirar a su amigo.

_Te conozco, estas algo estresado y muy pensativo. ¿Tiene algo que ver con la baronesa o con tu inminente matrimonio? _ preguntó sin darle mucho interés al asunto.

Ivanov volteó la cabeza y detuvo su mirada con gesto pensativo sobre Andréi quien se entretenía balanceando el palillo sobre su labio inferior y por un angustioso momento, Alexander sintió algo que solo se podría describir como claustrofobia psicológica acompañada de una extrema frustración. Se sentía acorralado en un cerco cada vez más elevado y compresivo, que el mismo había permitido que lo cercara poco a poco. Vivía un secreto desafío frente a los obstáculos que para siempre lo separarían del objeto de sus más intensas emociones.

Se encogió de hombros, intentó esbozar una sonrisa mientras miraba a Andréi con los ojos brillantes y el ceño fruncido.

_No importa mucho lo que piense_ contestó.

_Claro que importa, es tu vida, tu futuro después de todo_ contestó Andréi para luego escupir el palillo en el suelo.

Ivanov se incorporó y recogió las piernas hasta su pecho, rodeando las rodillas con sus brazos entrelazados.

_ ¿Qué puedo hacer? Tengo que casarme ahora más que nunca, la situación en Moscú no mejora, al contrario, lo más probable es que empeore, estamos a las puertas de una guerra y por el bien de mis padres debo casarme_ contestó son la mirada fija en algún punto del horizonte en donde el sol descendía lentamente como una bola de fuego ardiente.

_ ¿Qué hay de tus sentimientos y los de Tatiana? _ preguntó Andréi.

_ ¿Qué hay con ellos? En nuestra posición, no podemos darnos el lujo de guiarnos por los sentimientos. Además, entre Tati y yo solo hay una relación de codependencia_ contestó Alexander.

Andréi se echó a reír.

_No convences a nadie con ese discurso. No necesitas fingir conmigo, somos amigos_ dijo apoyando una mano sobre el hombro de Ivanov.

Alexander tomo aliento antes de responder.

_No hay nada que podamos hacer, no puedo exponerla al escándalo, ni abandonar a mis padres a su suerte.

_ ¿Qué piensa ella al respecto?

Alexander se encogió de hombros y le brillaron los ojos.

_Ella cree que casarme es lo correcto.

Andréi suspiró con un aire de resignación que a Alexander le produjo cierta gracia a pesar de las circunstancias.

_Actúas como si fueras tu quien se tiene que casar a pesar de no estar de acuerdo_ dijo sonriendo.

_Solo pensaba que la vida de los privilegiados no lo es tanto, por el contrario, parece ser muchas veces un calvario_ dijo Andréi.

_Tienes suerte, puedes darte el lujo de enamorarte y casarte con la mujer que ames_ contestó Alexander dándole una palma a Andréi en la espalda.

_Supongo que si_ contestó el mosquetero con la mirada pensativa_ si es que alguna vez encuentro una mujer que me quiera como esposo_ agregó.

Alexander lanzó una carcajada mientras Vlademir y Krikor se acercaban a él.

_ ¿Qué es tan gracioso? _ preguntó el armenio.

_Con Andréi, la vida siempre es mucho más divertida_ contestó Alexander.

Pero de pronto lo asaltó una fuerte premonición: aquella estrecha amistad desaparecería pronto y él no podría hacer nada para evitarlo. Intentó convencerse de que no tenía sentido y era pura superstición, pero no lo consiguió del todo.

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