ALEXANDER IVANOV Y LOS MOSQUETEROS.
Al caer la tarde y antes de que la temperatura bajara bruscamente, montaron sus caballos y se dispusieron a seguir el sendero rumbo al pueblo. La verdosa llanura se extendía hasta donde alcanzaba la vista en el horizonte, pero a lo lejos, si se prestaba especial atención, se veían pequeños bosquejos desdibujados que Krikor señaló como una aldea de campesinos y granjeros. Cada vez que Ivanov veía los rojos destellos del sol reflejados en los tejados, o en los cristales rectangulares de las lejanas ventanas que parecían despedir llamaradas de fuego, recordaba el cobrizo cabello de Tatiana esparcido sobre las almohadas de la cama que compartían de tanto en tanto.
A medida que se acercaban al caserío, les daban la bienvenida, zelkovas[1] venerables de más de treinta metros al igual que antiguas cabañas, con ruinosos y destartalados tejados. Se detuvieron varias veces a contemplar la extensa comarca dorada y perfecta, inundada por la luz sesgada del sol poniente.
Minutos antes de que el sol desapareciera por completo desmontaron sus caballos frente a una ruinosa taberna de paredes rocosas y ventanas con cristales que parecían haber evitado el agua y el jabón durante meses. Un desvencijado letrero de madera en donde rezaba una extraña e inusual leyenda: “Posada y taberna del muerto”, parecía estar a punto de venirse abajo.
Los mosqueteros se miraron perplejos a la vez que intrigados.
_ ¡Vaya nombre para una taberna! _ exclamó Vlademir.
_Es el mejor lugar del pueblo_ dijo Krikor encogiéndose de hombros.
_Entremos, por unos tragos que tengo la garganta seca_ dijo Andréi mientras abría la puerta que emitió un chirrido estridente antes de que sus compañeros pudieran objetar alguna cosa.
Los demás lo siguieron en silencio.
El lugar estaba acinado y poco iluminado. A la derecha, un grupo de hombres bebía en una mesa de madera cuyo único ornamento consistía en una lámpara a queroseno y al menos media docena de botellas de vodka. En la mal llamada barra, que consistía en un tronco astillado y algo deforme, reían a carcajadas cinco hombres que parecían haber salido de alguna fosa cubierta de estiércol. A la izquierda, observaron dos mesas: sobre la primera, dormían dos hombres que al parecer pretendían hacer volar el techo de paja de la posada con sus terribles ronquidos. Sin duda, habían bebido durante todo el día y prefirieron echarse una siestecita en la taberna antes que regresar a casa y enfrentar la furia de sus mujeres. Detrás de los bellos durmientes, los amigos encontraron la única mesa vacía del lugar.
Andréi fue el primero en abrirse paso dificultosamente entre los dos hombres dormidos que tenían las piernas extendidas a través del estrecho pasillo. Pronto los demás mosqueteros lo siguieron. Krikor le hizo señas a un mesero barrigón y calvo, que llevaba un mandil deslucido y sucio amarrado a la cintura. Este se acercó con movimientos lentos y cansados.
_Dos botellas de vodka_ dijo Krikor mientras buscaba el escarpín en el bolsillo de su chaqueta.
_Que sean tres_ corrigió Andréi con una sonrisa parecida a la de un niño que está a punto de recibir su esperado regalo de navidad.
Los hombres de la barra dirigieron sus miradas hacia la mesa de los recién llegados. Uno de ellos sonrió en forma sarcástica mientras le susurraba algo a su amigo de la derecha.
Los mosqueteros estaban cansados y no dieron importancia a la actitud poco amable de los pueblerinos. Poco después, el rechoncho mozo dejaba sobre la mesa las tres botellas de vodka y tres vasos.
_Oiga, somo cuatro por si no lo había notado_ dijo Vlademir.
El hombre lo observó con ojos inexpresivos para luego darles la espalda y dejarlos solos.
_No hay problema_ dijo Andréi con una sonrisa_ yo puedo beber directamente de la botella.
Tomó una de ellas con una mano y se la acercó a los labios. Bebió un trago largo y profundo.
Los demás amigos solo se echaron a reír mientras Alexander servía los tres vasos.
_ ¡Salud! _ dijo Alexander_ por el gusto de que nos recibas en esta tu tierra_ agregó mientras los cuatro chocaban sus vasos (y la botella).
_ ¡Salud! Por el placer de tenerlos aquí_ dijo Krikor mientras volvían a chocar los vasos y la botella.
De pronto llegó hasta ellos, el sonido estridente de carcajadas, risas brillantes, incontenibles, risas completamente irónicas y mordaces. Los cuatro amigos dirigieron sus miradas hacia el lugar de donde provenía tan cáustica demostración. Todos los presentes hicieron silencio y concentraron la mirada en los forasteros. Alexander pensó que se apreciaba una suerte de hipocresía en el ambiente, algo que nunca antes había sentido. Un sonriente silencio en presencia de los soldados del Zar. Una suerte de desprecio silencioso con miradas torvas, que le resultaba molesto e inquietante.
Los demás mosqueteros pensaban lo mismo. Vlademir exhaló un suspiro y miró a Krikor quien puso los ojos en blancos.
_Son armenios_ dijo encogiéndose de hombros, como si con esa actitud pudiera explicarlo todo.
_La gente tiene un montón de prejuicios irracionales_ fue el comentario de Andréi.
Los demás asintieron en silencio.
_Pero ese no es motivo para dejar de beber_ agregó con una sonrisa que a los demás les pareció graciosa.
Siguieron bebiendo, recordando la terrible resaca de Andréi y advirtiéndole que no se excediera esta vez porque debían llegar a cenar a casa de Krikor.
El hombre de la barra, el de la sonrisa sarcástica no dejaba de observarlos con fijeza y de pronto, otra pequeña sonrisa mordaz empezó a dibujársele de nuevo en la comisura de sus labios.
Alexander lo estudió con detenimiento, tenía los ojos de un color castaño oscuro, como el lodo que yace en el fondo de una fosa séptica. Un rostro alargado, curtido, sucio y lleno de una notabilísima carencia de inteligencia que procuraba esconder detrás de una mirada desafiante y burlona. Llevaba la camisa negra, rota a la altura del hombro izquierdo en forma de una boca redonda y diabólica.
El hombre giró la cabeza hacia su derecha y volvió a susurrarle algo a su amigo, quien de inmediato dirigió su mirada hacia la mesa de los mosqueteros.
Este segundo hombre, tenía el rostro tan inexpresivo como la luna llena en una noche invernal, dotado de un cuello ridículamente corto, sobre el que su desproporcionada cabeza se asemejaba a una extraña calabaza a punto de estallar.
Vlademir sentía una especie de inquietante rabia que iba creciendo dentro de su cuerpo a medida que las demostraciones de sarcasmo y desprecio iban aumentando en la taberna.
_ ¡Qué diablos estás mirando! _ espetó de repente dirigiéndose al hombre de los ojos castaños y la camisa rota.
Alexander situó una mano sobre el brazo de su amigo tratando de que se relajara. Aquel exabrupto podría conllevar a consecuencias nefastas.
_Nada_ repuso el hombre sin dejar de sonreír.
_ ¡Regresa a lo tuyo! _ gritó Vlademir mientras apresuraba su bebida.
El hombre no contestó, pero siguió sonriendo.
Vlademir se sentía cada vez más inquieto y molesto, la actitud burlona e irrespetuosa del hombre estaba sacándolo de quicio.
Krikor quiso intervenir antes que las cosas pasaran a mayores, conocía a los lugareños y como tratarlos. Se levantó de la mesa y se dirigió hacia la barra sorteando las piernas de los hombres que aún seguían dormidos. Se detuvo a unos metros de la barra, aún llevaba el escarpín en su mano derecha.
_Hemos viajado mucho y estamos cansados, solo queremos beber un poco sin molestar a nadie_ intentó explicar a aquellos ignorantes de forma bastante condescendiente.
La sonrisa del hombre de la camisa negra se hizo más amplia y burlona, al mismo tiempo que otro de sus amigos dejaba su vaso sobre la improvisada barra y se ponía de pie con aire desafiante.
Tenía el rostro macilento y demasiado delgado, con una expresión sardónica. Sus ojos relucían de un modo inquietante. Al prestarle mayor atención Krikor se percató que su brazo izquierdo parecía un garfio que había quedado retorcido a mitad de camino.
_Déjanos en paz, solo nos estamos divirtiendo un poco_ dijo con voz aflautada, que de inmediato produjo una tremenda carcajada en Andréi.
Un cuarto hombre se puso en guardia con los puños apretados y el ceño fruncido en una expresión que Alexander consideró algo salvaje. Tenía los ojos color verde grisáceo muy abiertos, relucientes en una mezcla de sarcasmo y rabia.
_Somos soldados del Zar_ explicó Krikor esperando que los rostros de los hombres se contrajeran, esperando la aparición de cierta mirada de consternación y temor. En lugar de ello, la sonrisa del hombre de los ojos castaños oscuros como lodo se ensanchó aún más, hasta mostrar los dientes carcomidos y amarillos.
_Nos importa un demonio quienes sean_ dijo en tono impávido levantándose de su lugar un quinto hombre mientras se rascaba con mugrosas uñas la barbilla mal afeitada.
Este último era alto y fornido, de ojos inyectados en sangre. Llevaba una cicatriz en forma de zigzag que se iniciaba en la sien derecha e iba hasta la comisura de su labio derecho.
_Es más, será mucho más divertido destrozarles la cara a los soldados del Zar_ dijo con una sonrisa que se curvó en la comisura de su labio izquierdo, por efecto de la terrible cicatriz.
Alexander y Vlademir se pusieron de pie de un salto y se acercaron con grandes zancadas a Krikor. Alexander se situó a su derecha y Vlademir a su izquierda. Mientras tanto Andréi permanecía sentado bebiendo de su botella con la mirada más divertida que alguno de sus amigos le hubiera visto nunca.
Los cinco hombres rodearon a los mosqueteros con las manos empuñadas, la mirada asesina y listos para abalanzarse sobre ellos.
El de la cicatriz no esperó mucho, se abalanzó sobre Krikor encorvando un poco el cuerpo, agachó la cabeza como un carnero que busca golpear a su oponente con la cabeza. Krikor se hizo un poco a su izquierda chocando con Vlademir. El escarpín fue a parar al suelo debajo de una de las mesas. El de la cicatriz cayó de bruces a los pies de uno de los durmientes, pero se levantó de inmediato.
Mientras tanto, el de los ojos verde grisáceos levantó los puños y le insertó un derechazo a Alexander en la mejilla. No pudo evitar el golpe y este cayó de rodillas al suelo. Le colgaba la cabeza y le sangra los labios y la nariz.
_ ¡Vamos amigos, muéstrenles a estos desgraciados de los que están hechos! _ exclamó Andréi con una expresión entre alarmada y divertida mientras hacía girar la botella de vodka entre sus manos.
El del brazo como garfio, sostuvo a Alexander del cuello con el brazo sano, mientras que el de la cara de luna llena se acercaba a él, sus ojos brillaban con el destello de la demencia que Alexander conocía tan bien. Le asestó otro golpe con rapidez vertiginosa, esta vez en el estómago. Alexander dejó escapar un gemido sin que pudiera evitarlo. El del brazo de garfio lo soltó e Ivanov cayó de bruces en el suelo. Durante un instante, quedó cegado, inmerso en un gran destello blanco.
Mientras esto ocurría, Vlademir asestaba al hombre de los ojos castaños un puñetazo en la boca. El hombre cayó sobre una silla medio atolondrado, un hilillo de sangre emanó por la comisura de su labio y se extendió por la barbilla y el cuello.
Poco a poco el dolor que sentía Alexander fue remitiendo y pudo ponerse de pie mientras se llevaba las manos al estómago. La sangre le brotaba de la nariz a raudales y le recordó la cascada en donde había estado pocas horas antes.
Krikor tendido en el suelo, luchaba por desprenderse del hombre de la cicatriz que le aferraba la tráquea con los pulgares. Buscó a tientas algo que lo ayudara a deshacerse de su oponente. Andréi al verlo desesperado hizo rodar la botella de vodka que ya estaba vacía en dirección de su amigo. Krikor asió la botella y asestó un tremendo golpe sordo a la mandíbula del hombre. El de la cicatriz lanzó un grito de sorpresa y dolor y soltó el cuello de Krikor. El armenio inhaló una profunda y convulsa bocanada de aire y oyó un sonido que le recordó al aullido de una tetera lista para ser retirada del fuego.
Se incorporó lo más rápido que pudo y cuando el de la cicatriz estuvo a punto de abalanzarse de nuevo sobre él, volvió a asestarle otro golpe con la botella en la frente. La botella se rompió y le produjo un profundo corte, de inmediato la herida sangró con profusión. Una expresión de sorpresa tan exagerada que resultó cómica cruzó su rostro por un instante, provocando una estruendosa carcajada por parte de Andréi que seguía sentado bebiendo una nueva botella de vodka mientras tomaba partido por sus amigos.
_ ¡Esa cicatriz en la frente combinará a la perfección con la de tu cara! _ gritó en medio de estruendosas carcajadas.
Krikor tenía la boca contraída en un rictus de dolor, los tendones del cuello tensos como alambres.
El hombre de los ojos castaños como lodo seguía sentado en la silla, intentó levantarse y sintió un fuerte mareo así que se dejó caer otra vez en la silla, el mundo se le volvía borroso y las piernas las tenía como gelatinas.
Los ojos verdes grisáceos estaban clavados en Alexander con la furia de un demente en su mano derecha empuña una daga. Se abalanzó de pronto sobre Ivanov y a pesar del dolor que sentía aún en el estómago pudo apresarlo por la muñeca segundos antes de que intentara asestarle una puñalada. Alexander se la retorció con toda la fuerza de la que fue capaz. Esta se partió con un crujido parecido al de una rama que se rompe en una tormenta, el arma resbaló y cayó al suelo. El de los ojos verde grisáceos emitió un grito desesperado de dolor y se alejó de inmediato de Alexander.
Acto seguido, llegó hasta Vlademir un sonido sordo y el ruido de vidrios rotos y chirridos de metal. Levantó la mirada y vio al hombre con el brazo de garfio empuñando una botella rota en su mano sana, mientras que el de la cara de luna llena empuñaba la daga que se le había caído a su amigo el de los ojos verdes grisáceos.
_ ¡Vamos muchachos acábenlos de una vez! _ gritó Andréi. Poco antes de terminar con la botella de vodka que sostenía en su mano derecha.
Vlademir sintió que se le erizaban los pelos de la nuca en una respuesta primitiva.
El del brazo de garfio se le abalanzó encima con abrumadora fuerza para su escuálido cuerpo, pero Vlademir se hizo a un lado y lo tiró al suelo por la espalda, la botella rota que sostenía en su mano rodó por el suelo y fue a parar de bajo de la mesa que ocupaban los bellos durmientes, que hasta ahora no se han percatado de todo el escándalo dentro de la taberna. Vlademir apoyó una de sus rodillas sobre la espalda del hombre del brazo de garfio atenazándole el cuerpo y aplastándole los pulmones.
Volvió a llegar hasta ellos el chirrido de metal procedente de la derecha, seguido de un chasquido. Alexander observó alarmado cuando el mozo regordete y calvo extraía un rifle de debajo de la improvisada barra y retiraba el seguro del arma. A pesar del dolor que aún sentía, dio dos grandes saltos en dirección al hombre que portaba el arma de fuego, sujetándolo con ambas manos y forcejeando con el arma. Alexander era mucho más joven y estaba mucho mejor preparado físicamente que el mozo calvo, así que pudo hacerse con el arma. Le dedicó la peor de sus miradas antes de golpearlo con el puño derecho en la mejilla izquierda. El hombre ahogó un grito de dolor y sorpresa mientras se llevaba la mano a la mejilla. Alexander le propinó el golpe tan fuerte que el leopardo de Amur de su anillo quedó estampado en el rostro del mozo.
Mientras esto ocurría, Krikor enfrentó al hombre de la cara de luna llena y a su daga. Tenía los ojos asustados e inquietos, era el único que quedaba en pie. A pesar del dolor que atenazaba al armenio, esbozo una sonrisa sarcástica bastante parecida a la que les había dedicado aquellos hombres apenas entraron a la taberna.
_Puedes bajar el arma y salir de aquí corriendo_ dijo.
Ahora que ya estaba algo más “animado”, el acento armenio había aparecido en su voz como un niño que sale de un recóndito escondite.
Pero el hombre de la cara de luna llena cerró los ojos con fuerza y mientras emitía un grito parecido al de un indio en pie de guerra, se abalanzó sobre Krikor. Este se hizo a un lado levantando las manos sobre su cabeza y asestándole un duro golpe en la espalda a su adversario.
El hombre de la cara de luna llena cayó pesadamente con el rostro debajo de la mesa de los durmientes. La botella rota que se había desplazado hasta allí segundos antes se le incrustó en la mejilla. El hombre emitió un chillido de horror y por unos instantes vio el mundo a través de manchas rojas y latidos de corazón desbocados.
El hombre de cara de luna llena parecía ahora una luna cuarto menguante.
Los demás se vieron obligados a alejarse con un siseo de dolor e indignación.
_ ¡Victoria! _ exclamó Andréi elevando los brazos sobre su cabeza en un tono tan alegre que rayaba la demencia para luego mecerse los cabellos al igual que algún genio loco.
Krikor recogió el escarpín del suelo, lo sacudió y se lo metió al bolsillo.
Los cuatro amigos abandonaron la taberna poco después, mientras los bellos durmientes despertaban de su pacífico sueño y observaban perplejos a su alrededor. Al salir a la calle contemplaron como la luna se alzaba cada vez más en el cielo y las brillantes e impresionantes estrellas a través de las altas zelkovas. Montaron sus caballos con dificultad, con excepción de Andréi que se veía exuberante de energía y se dirigieron a casa de Krikor. A sus espaldas se oyó el sonido de más cristales al romperse.
_Parece que la diversión sigue_ dijo Andréi.
Alexander, Krikor y Vlademir lo observaron con aire de reproche.
_ ¿Qué? ¿Por qué me miran así? _ preguntó inocentemente.
_Pudiste darnos una mano allí dentro_ dijo Alexander.
_ ¿Para qué? no la necesitaban_ contestó con una suave carcajada.
_Ahora comprendo perfectamente el nombre de la taberna_ dijo Vlademir.
Los cuatro se miraron y se echaron a reír a carcajadas.
[1] Árbol que crece en China, Taiwán y el este de Asia continental.