Cuando la luna se levantaba a medio camino sobre el horizonte, poco antes de llegar a una cuesta, observaron a unos quinientos metros por delante del sendero por donde transitaban, que el pasaje se transformaba de forma drástica, convirtiéndose en un amplio camino gris cubierto de adoquines tan ancho como cualquier carretera de alguna ciudad importante. A sus espaldas, a lo lejos, se dibujaba con trazos suaves las montañas del Cáucaso.
Los cuatro jinetes se detuvieron frente a la casa de dos pisos con techos a dos aguas construida de piedras grises enclavada en una pequeña elevación desde donde se podía observar a lo lejos un tupido bosque de árboles retorcidos. Bellos motivos florales adornaban la fachada de la construcción. Detrás de la casa, se extendía interminables las tierras que por más de un siglo habían pertenecido a los Arvakian. La casa parecía una joya perfecta engarzada en la cima de una colina rodeada de campos por un lado y bosques por el otro.
Dikran Arvakian, el padre de Krikor era uno de los más importantes terratenientes de la zona y tenía a su cargo más de trescientos obreros a quienes administraba en las labores del campo. Hombre de estatura media, ojos negros, barba y bigote muy bien cuidados al igual que el pelo que lo tenía blanco como la nieve. De carácter apasionado, intuitivo y de mucho coraje, pero a la vez tolerante y con una marcada comunicación asertiva.
Cuando las puertas de la casa se abrieron frente a los recién llegados, una comitiva de al menos una docena de personas entre niños, hombres y mujeres los recibieron mientras los amigos desmontaban de sus corceles.
Dikran Arvakian lucía una túnica bordada y un pantalón ancho, tradicional vestimenta de la zona que era confeccionada enteramente por las mujeres de la casa, utilizando la lana de las ovejas que se criaban en el campo.
Krikor se acercó a su padre seguido a cierta distancia de sus tres amigos. Dikran abrazó a su hijo dándole la bienvenida como era costumbre entre los armenios, para luego cederle espacio a la madre quien recibió al hijo prodigo con lágrimas de alegría en los ojos. Luego le tocó el turno a la esposa, Krikor la besó en la mejilla y luego acarició su abultado vientre.
_ ¿Qué fue lo que les pasó? _ preguntó la mujer acariciando el rostro amoratado de Krikor.
_Solo nos divertimos un poco_ contestó con una sonrisa.
Luego de las presentaciones de rigor, ingresaron a la casa en donde las mujeres habían dispuesto una cena de bienvenida. Los hombres se sentaron alrededor de una larga mesa de madera, repleta de platos típicos como el pan de Lavash[1], el khorovats[2], el ghapama [3] , rojik[4] entre muchos otros. Las mujeres vestidas con sus trajes típicos (vestidos largos de corte recto, adornados con bellos bordados) servían a los hombres sin que participaran directamente de la cena. Todas las paredes de la acogedora casa estaban ricamente adornadas con mosaicos en forma de coloridas figuras geométricas y grandes frescos con escenas que recreaban la vida del campo.
Luego de la cena se dirigieron a un salón adornado con inmensos tapices y mullidas alfombras, en donde los hombres se acomodaron en sendos sillones tapizados con cuero y remaches metálicos, mientras algunas de las mujeres les sirvieron coñac desde una garrafa de cristal labrado.
Una joven de ojos castaños y sonrisa seductora se acercó a Alexander con una copa de coñac. Ivanov le agradeció con una inclinación de cabeza. La joven se alejó situándose a pocos metros de los hombres a la espera de que la necesitaran.
_ ¿Cómo están las cosas por Moscú? _ preguntó Dikran Arvakian mientras tomaba su pipa y la llenaba con un tabaco.
Ninguno de los amigos supo cómo responder a esa pregunta.
Dikran los observó detenidamente mientras encendía una cerilla.
_Por aquí las cosas están cambiando y mucho_ dijo mientras que la cerilla que acababa de encender permanecía pendida sobre la pipa como una llama misteriosa, alumbrando su pálido rostro que revelaba preocupación e incertidumbre.
_ ¿Qué fue lo que sucedió? _ preguntó Krikor con aire inquieto.
La llama de la cerilla quemaba la madera tornándola oscura. El fósforo entre los dedos de Dikran se volvió grisáceo y se engarzó.
_Hemos tenido que detener un par de intentos de levantamientos de los campesinos_ contestó el padre de Krikor mientras por fin hundía la cerilla en la pipa para luego aspirarla.
Alexander se movió algo inquieto en su asiento y bebió un trago largo de su copa, mientras elucubraba en silencio. Una parte de su mente le insistía en que esos sucesos carecían de importancia y que probablemente existían explicaciones simples para ellos. Pero la otra parte, la más racional y analítica y que cada vez sonaba con más fuerza, le advertía que el caldero en el que se había convertido el imperio estaba a punto de hervir y que el agua salpicaría no solo al Zar sino a todos ellos.
_Dicen que están descontentos, cansados de trabajar para que los ricos se llenen los bolsillos, mientras ellos mueren de hambre. Quieren sus propias tierras_ continuó explicando Dikran para luego aspirar de nuevo su pipa.
Exhaló una cortina de humo azulado que se elevó sobre su cabeza y se extendió como una delicada red de pescador. Dejó a un lado la pipa y observó con atención a los jóvenes mientras se balanceaba en su sillón con los dedos entrelazados sobre el estómago.
Krikor le dirigió a Alexander una mirada inquisidora. En respuesta, Ivanov se encogió de hombros.
_Veo que mi hijo piensa que sabes algo_ dijo Dikran dirigiéndose a Alexander.
_No es que sepa algo en concreto_ contestó Alexander_ pero tengo ciertas corazonadas que no son muy alentadoras.
Dikran se inclinó hacia adelante con la mirada fija en Ivanov mientras se frotaba las manos con expresión preocupada.
La preocupación que revelaba el rostro de su padre no tranquilizó en absoluto a Krikor.
_ ¿Por qué no compartes conmigo tus pensamientos? _ preguntó Dikran.
Alexander pensó que ninguna respuesta sería apropiada, pero estaba claro que el hombre esperaba conocer sus ideas. Terminó su bebida y se restregó la nuca antes de empezar a hablar.
_Creo que el Zar no está prestando atención a las exigencias de la gente_ dijo, de inmediato se alzó un murmullo de asentimiento entre los hombres reunidos en el salón.
Dikran llamó a la joven de los ojos castaños con un gesto de su mano y la instó a llenar la copa de Ivanov. La joven obedeció de inmediato. Alexander le agradeció con una sonrisa.
_ Pienso que el Zar no está viendo el panorama completo, el descontento de la gente es grande_ siguió diciendo.
Se oyó otro murmullo de asentimiento entre los asistentes.
_ ¿Piensas que puede haber una revolución? _ preguntó Vlademir mientras daba buena cuenta de su bebida.
_Creo que puede suceder_ contestó Alexander asintiendo.
_No sería la primera vez_ contestó Dikran_ pero el Zar sabrá como aplacar a la gente.
_Lo que temo es que las cosas sean mucho más graves de lo que el gobierno piensa y que la situación termine saliéndosele de control del Zar_ dijo Alexander.
_Vamos Alex, no hemos venido hasta aquí a llenar de dudas la casa de Krikor_ dijo Andréi.
_No se preocupen por mí, quiero estar preparado para lo que pueda pasar_ contestó Dikran.
_Pues si en verdad desea saber lo que pienso, creo que estos descontentos y protestas son solo los primeros eslabones en los que estoy empezando a considerar como una cadena de acontecimientos muy importantes que podrían cambiar el futuro del imperio.
El padre de Krikor volvió a apoyar la espalda contra el respaldar del sillón mientras asentía.
_Agradezco tu sinceridad_ dijo_ voy a tomar todas las medidas necesarias para evitar que esos cambios nos tomen desprevenidos.
Dikran tomó de nuevo su pipa y volvió a aspirar profundamente.
_ ¡Lori! _ llamó poco después.
La joven de ojos castaños se apresuró a acercarse.
_Trata con deferencia y atención a los amigos de mi hijo_ le dijo a la joven quien inclinó la cabeza en señal de respeto.
Alexander la observó esta vez con mayor atención. La joven era muy atractiva. Su cabello negro y lustroso enmarcaba su rostro de rasgos finos. Ivanov imaginó su cuerpo delgado pero esbelto debajo del vestido que usaba.
Cuando Alexander se retiró a la habitación que le asignaron para pasar la noche. Se sacó las botas y permaneció sentado frente a la única ventana durante un largo tiempo, con la mirada fija en el oscuro campo que se extendía delante de él. Solo apreciaba la cadena montañosa del Cáucaso, que parecían triángulos de piedra moldeados por escultores y pintados con pinceladas blancas aquí y allá, embellecidas por las estrellas brillantes a su alrededor. Suspiró mientras su mente se deslizaba hacia los recuerdos de la baronesa. La extrañaba, la necesitaba y no tenía la menor idea de cuando la volvería a ver. Temía que esos recuerdos se terminaran convirtiendo en cenizas ahuyentadas por el viento.
Sintió una punzada de dolor en la nariz y se llevó una mano al rostro para reconocer los daños que le habían ocasionado durante el enfrentamiento en la taberna. Pensó que al día siguiente tendría hematomas muy visibles en todo el rostro.
Volteó al oír que alguien llamaba suavemente a su puerta y de inmediato vio que se abría con un leve chirrido. En el umbral de la puerta observó a la joven de ojos castaños. Llevaba los ojos relucientes y los labios abiertos en torno a dientes inmaculadamente blancos en una sensual sonrisa.
Alexander la miró con ojos inquisitivos. La muchacha ingresó a la habitación y cerró la puerta a su espalda.
_ ¿Qué haces aquí? _ preguntó Alexander sin levantarse de la silla que ocupaba.
La muchacha se acercó despacio deteniéndose a tan solo un par de metros de Ivanov con una sonrisa invitante. Llevó las manos al bode de su vestido y lo levantó por encima de la cabeza, descubriendo una mata densa de vello castaño oscuro que se abría bajo la pálida colina de su vientre.
_No tienes que hacer esto_ dijo él tratando de declinar el ofrecimiento con toda delicadeza.
Ella le sonrió con condescendencia.
_Quiero hacerlo_ contestó mientras se sentaba a horcajadas sobre él.
[1] Pan de Lavash: pan plano, suave y delgado echo de harina agua y sal.
[2] Khorovats: carne asada típica de Armenia servido en banquetes
[3] Ghapama: sopa de calabaza con frutas típicas de Armenia.
[4] Rojik: dulce tradicional del Cáucaso en forma de salchicha.