Tatiana

I

Tatiana se removió incómoda en su sillón de terciopelo azul cielo mientras un anciano Patriarca de larga barba hablaba en el famoso cementerio de Novodevichy, la última morada de los aristócratas y personajes más importantes del imperio. Paseó la mirada inquieta de un lugar a otro observando los impresionantes panteones y espectaculares tumbas con grandes esculturas y obras de arte en donde los pudientes nobles no escatimaban en gastos, del mismo modo que su ahora difunto esposo había encargado en vida una estatua suya en donde su juventud y vitalidad permanecerían para la posteridad.

Los asistentes al sepelio estaban resguardados por grandes paraguas negros sostenidos por sus sirvientes, que paradójicamente no los protegían de la lluvia sino de un inclemente y persistente sol de mediodía que se abría paso inoportunamente entre la concurrencia. El calor era insoportable, probablemente aquel sería el día más caloroso del año, que presagiaba el próximo inicio de un cruento invierno.

La mayoría de los asistentes era ancianos vestidos con oscuros y gruesos trajes que parecían estar a punto de encenderse bajo el sol del mediodía y algunos de ellos, sostenían entre sus artríticas manos algún que otro bastón con empuñadura de oro o plata.

Tatiana sintió una imperiosa necesidad de desabotonarse el negro, ajustado y vaporoso vestido negro que llevaba puesto. Se secó el sonrosado rostro con un pañuelo blanco bordado y al mirar alrededor pensó: “No tardarás mucho en reunirte con tus amigos de toda la vida”. Luego detuvo su mirada sobre el ataúd de cedro traído de medio oriente, que se distinguía por una gran cruz y un cristo enchapados en oro que cubrían la totalidad de la tapa cerrada del féretro. Desde luego, un lujo que solo un aristócrata como el barón podía darse.

El Patriarca, vestido también de negro para la ocasión, algo bajo y obeso que se luchaba duramente contra el sudor que se acumulaba sobre su frente y su apretado cuello debajo de su larga barba, levantó de pronto la voz.

_En polvo eres y en polvo te convertirás, para luego resurgir de nuevo a través de la divinidad y la devoción a la diestra de Dios padre todo poderoso.

La voz del obeso religioso era grave y áspera. Las palabras parecían desgarrar el aire denso e inmóvil.

Los ojos de Tatiana recorrieron la extensión del cielo azul brillante, buscando alguna acumulación de nubes que pudiese anticipar alguna tormenta y el alivio de una lluvia persistente. A su izquierda, a lo lejos encontró lo que buscaba, pero las negras nubes tardarían aún algunas horas en llegar. Con suerte la lluvia llegaría al finalizar el día. Inhaló profundamente, sus pulmones se llenaron de aire caliente y denso como el vapor que despide una tetera al hervir el agua.

Cerca de la última fija de los congregados, Alexander estaba sentado solo, con expresión hierática. Tatiana aún no había advertido su presencia. Pero él podía verla de espaldas con total claridad, sentada, con la espalda rígida y tensa. La baronesa estaba perfectamente consciente de que estaba siendo observada por todos los presentes y que esperaban cualquier movimiento en falso para echarse sobre ella como lobos hambrientos.

 Alexander acomodó su anillo con movimientos nerviosos mientras observaba a sus padres entre los presentes oyendo con suma atención las palabras del religioso. Su madre estrujaba un pañuelo blanco de lino en la mano, que alternativamente utilizaba para secarse los ojos y el sudor de su rostro. El barón había sido muy amigo de su padre, lo conocía desde muy niña y lo tenía en alta estima.

 El padre de Alexander sostenía una de las manos de su madre y de tanto en tanto le prodigaba suaves apretones para confortarla. De vez en cuando, su madre dejaba el pañuelo sobre su regazo y tomaba un abanico que movía ante ella para darse aire en un vano intento por mitigar el sofoco.

Alexander observó que la mayoría de los presentes mantenían sus blancas cabezas inclinadas durante la bendición del Patriarca.

Los hijos del barón, Mijaíl el mayor y Dimitry el menor, pero mucho mayores que Tatiana acompañaban el servicio fúnebre alejados de la viuda. Tatiana nunca les cayó bien, desde un principio vieron en ella a la usurpadora del lugar de su madre muerta y a una arribista aprovechada.

Mijaíl había estado secretamente interesado en Tatiana y cuando se enteró de que su padre se casaría con ella enloqueció. No encontró mejor manera de vengarse de ella, haciéndole la vida un infierno. No perdía ocasión para faltarle el respeto en público con comentarios hirientes e insultantes, hasta que su padre el barón, lo convino a abandonar el palacio en el que vivían por el bien de una convivencia pacífica.

Mijaíl entonces decidió cambiar de táctica, hostigó y acosó incansablemente a la baronesa tratando de convencerla de que se convirtiera en su amante, pero ella lo rechazó con vehemencia hasta el punto de amenazarlo con contárselo todo al barón.

Antes de sentarse junto a su hermano, Mijaíl había mirado por encima del hombro en dirección a Tatiana, sus ojos se habían encontrado brevemente y ella pudo percibir en ellos aquel loco deseo de poseerla, pero esta vez, con la seguridad de que su padre ya no estaba para arruinar sus planes.

_Todos sentimos la pérdida inestimable de este gran caballero, como pocos. Gran benefactor de la iglesia.

El sermón proseguía su curso como era de esperarse.

Tatiana apartó la mirada del hijo mayor de su ahora esposo muerto y siguió escudriñando a los asistentes. Inconscientemente buscaba a Alexander, aunque creía que era imposible que él estuviera allí, aun así, lo necesitaba, hacía meses que no se veían, aunque se mantenían en contacto a través de cartas que unos pocos amigos en común les hacían llegar. Suspiró resignada, no estaba segura si la nueva situación en la que se encontraba, le sería provechosa o si por el contrario le traería más problemas.

Las palabras del religioso parecieron reflejarse en el calor del mediodía.

_El barón vivió su vida de la forma en que Dios lo dispuso para él y a pesar de los sentimientos dolorosos de sus seres queridos les dificulte aceptar los designios del señor…

Alexander echó otro vistazo a su alrededor, esperaría a que todos los dolientes presentaran sus respetos antes de hacerlo él mismo. Hasta el momento, Tatiana y él se habían cuidado muy bien de mantener su relación en la más absoluta reserva y lo más sensato era que todo siguiera igual.

Exhaló el aire contenido en sus pulmones lentamente. Sentía una mezcla de sensaciones que le eran difíciles de controlar. Por un lado, un gran alivio al saber que Tatiana al fin se había librado del decrépito de su esposo y podría empezar a vivir su vida como mejor le pareciera, pero, por otro lado, la frustración crecía dentro de él ya que jamás formaría parte de la vida de Tatiana de la forma en la que le hubiese gustado. Estaba comprometido con la hija del socio de su padre y pronto se casaría.

En la primera fija junto al ataúd, el nieto menor del difunto de unos dos o tres años no dejaba de moverse inquieto intentando tomar una de las flores de la corona funeraria, mientras el religioso pronunciaba su sermón. La madre del niño trataba de que volviera a su lugar sin mucho éxito. El religioso le dirigió una mirada de advertencia a la madre tras una pequeña pausa y luego continuó hablando.

_El barón era un hombre que consiguió tantos logros en su vida, un hombre de extraordinaria devoción y de supremo amor al próximo. Deberíamos aprender más sobre este extraordinario hombre para así aprender las lecciones de la vida.

Tatiana sintió un apremiante deseo de poner los ojos en blanco, pero tuvo que contenerse como tantas otras veces y fingir lo que en realidad no pensaba ni sentía. El barón siempre fue un hombre miserable y tacaño, no solo con su familia sino también con los más necesitados.

Alexander observó de nuevo a Tatiana. A pesar de que el funeral estaba abarrotado de gente, ella se encontraba sola. Quiso acercarse a ella y tomarla de la mano, decirle que estaba allí por ella, pero eso era algo que no podía hacer.

El Patriarca de la larga barba blanca, terminó por fin su sermón y los presentes empezaron a presentar sus respetos a los hijos y a la viuda del fallecido.

Alexander se puso al final de la interminable fila de quienes iban a dar el pésame. Esperaba el momento oportuno, quería que fuera más que un simple segundo, deseaba pronunciar más que un simple murmullo de consuelo. Quería confortarla, quería tomarla en sus brazos y confortarla. Esperó pacientemente mientras los amigos del barón presentaban sus respetos, observó a uno de ellos acercarse a Tatiana, lucía una hirsuta melena gris que le caía por encima de las orejas, usaba unas gafas de montura de oro acomodadas en la punta de su nariz. Se inclinó levemente hacia adelante y antes de hablar, se mesó la gris mata de pelo con ambas manos. Tatiana le dedicó una leve sonrisa. Alexander pensó que el lugar parecía un mausoleo viviente, se asombró ligeramente de su irreverente ocurrencia. Otro anciano de piel apergaminada, mirada vacía, ojos turbios y blancos, nubosos por las cataratas se acercó a la familia del difunto con bastante dificultad.

Cuando le llegó el turno, la mayoría de los asistentes se habían retirado, incluidos sus padres. Los pocos que quedaban se iban dispersando rumbo a la salida del cementerio. Primero, se acercó a los hermanos y a sus familias para que luego de la presentación de los pésames de rigor, lo dejaran solo con Tatiana.

 Mijaíl estrechó la mano de Alexander y agradeció su presencia pronunciando las palabras con seca precisión y cierto desprecio. Mijaíl dejó de inmediato a Alexander y pasó al lado de Tatiana tocándola en la espalda, alargando el momento intencionalmente, luego se alejó con indiferencia. La boca de Alexander se torció hacia abajo cuando vio eso, sabía que Mijaíl solo le traería problemas a la baronesa, pero cuando ella lo vio, no pudo evitar demostrar la emoción que sentía y él olvidó todo en ese momento. Alexander habló solo para ella desentendiéndose por completo de los demás, pero manteniendo la formalidad que requería la situación. Tatiana se sintió susceptible y abrumada, su corazón latía desbocado y los ojos se le llenaron de lágrimas.

_Baronesa_ dijo tomando su mano derecha entre las suyas_ lamento mucho su pérdida, estoy seguro de que el barón está en un lugar mejor.

Sintió que su cálida mano temblaba levemente entre las suyas y en aquel preciso momento sitió ganas de estrecharla contra su cuerpo.

_Le agradezco mucho que esté aquí presentando sus respetos a mi esposo_ dijo con la voz entrecortada, cuando en realidad quería decirle que agradecía que estuviera allí para ella.

Alexander apretó suavemente su mano e hizo una inclinación leve de cabeza antes de despedirse y alejarse de ella.

II

Cuando Tatiana recibió el mensaje de Alexander suplicándole que se encontrara con él en el lugar de siempre, no perdió tiempo y envió una respuesta positiva. Necesitaba verlo, oír sus palabras de aliento y sentir sus brazos alrededor de su cuerpo. Desde luego, sabía que no era correcto correr a los brazos de su amante, cuando hacía apenas unas horas había enterrado a su fallecido esposo, pero no le importaba, tal vez solo tendría unas pocas horas para compartirlas con Alexander y no las desaprovecharía.

Se desvistió de inmediato, sacándose el horrendo vestido que había usado durante todo el día y que olía a sudor y muerte. Se dio un baño y trató de relajarse y calmar su acelerado y emocionado corazón. Poco después, se vistió y se observó en el espejo y no le gustó lo que vio, el luto no le sentaba bien, pensó que el color negro no se amalgamaba para nada con la mata de pelo cobrizo que siempre había sido su sello particular. No le dio vueltas al asunto, lo único que quería era salir de la casa lo antes posible y ver a Alexander.

Bajó las escaleras con el corazón latiendo rápidamente y con pasos acelerados con dirección a la puerta de salida cuando oyó la voz de un hombre proveniente del salón que la detuvo en seco e hizo que su rostro demudara de inmediato.

_ ¿A dónde vas tan apurada? _ preguntó la voz en un tono que Tatiana consideró demasiado familiar.

Tatiana giró la cabeza sobre su hombro derecho lentamente, antes de tener al hombre a la vista, pudo sentir la pesada mirada lasciva de Mijaíl. Tatiana forzó una tensa sonrisa al verlo, de inmediato se sintió amedrentada por su presencia.

_No sabía que vendrías, pensé que pasarías el resto de la tarde con tu familia_ dijo ella evitando contestar la pregunta de Mijaíl.

El hijo mayor de su fallecido esposo se acercó a ella con movimientos calculados, acechándola, tratando de intimidarla mientras ella dejaba escapar un suspiro de desconsuelo y desconcierto.

_No contestaste a mi pregunta_ dijo con aire autoritario.

_No tengo porque_ replicó ella tratando de demostrar seguridad, aunque en realidad se sentía atemorizada.

Mijaíl la tomó del brazo derecho firmemente. Tatiana levantó las cejas en señal de desagradable asombro mientras que Mijaíl percibía que la mujer que sostenía estaba asustada y deseaba salir huyendo. Tatiana se quedó anonadada por unos segundos hasta que pudo reaccionar liberándose de la mano que la sostenía.

_ ¡Cómo te atreves a tratarme de esta forma! _ dijo con voz tensa. En aquel momento luchaba contra el temor que la atenazaba por dentro.

_Ya es hora de que te dejes de jugar a la mojigata_ dijo mientras la volvía a tomar del brazo con más fuerza _ mi padre está muerto y no hay nadie que evite que seas mía.

El rostro de Tatiana se mostró angustiado a la vez que perturbado y sumamente asombrado por la insolencia del hombre. Siempre supo que, al morir el barón, Mijaíl le acarrearía problemas, pero nunca se imaginó que podría llegar a acosarla de aquella manera. No podía dejarle saber lo aterrada que se encontraba por lo que se irguió con elegancia, levantó la barbilla desafiante con resoluto estoicismo y lo instó a que la soltara.

Mijaíl la miró con condescendencia, rio entre dientes, indiferente a lo que ella estaba sintiendo y volvió a asediarla.

_Está bien no voy a tocarte, aún_ aclaró_ ya vendrás a buscarme tu misma.

Tatiana, frenética, muerta de miedo disimuló lo mejor que pudo.

_ ¡No pienso convertirme en tu amante! ¡Te exijo respeto! _ dijo con una voz que casi no reconoció como propia.

_ ¿Respeto? _ preguntó soltando una desagradable carcajada_ Te cásate con mi padre por interés, te vendiste al mejor postor ¿y quieres hablar de respeto?

_ ¡No te permito que me hables de esa forma! _ espetó la joven.

_Te hablo de la forma que me da la gana y harás exactamente lo que te diga si quieres conservar algo de la herencia de mi padre. Puedo encargarme de que te quedes en la calle.

_No conseguirás nada amenazándome, me casé con tu padre así que tengo derecho a parte de la herencia_ dijo tratando de mantener un tono de voz confiado.

Trató de salir de la casa, pero Mijaíl la detuvo de nuevo, pero esta vez con una advertencia.

_Ya vendrás a mi rogando cuando te des cuenta de que puedo dejarte en la calle.

Tatiana giró sobre sus talones y le dedicó a Mijaíl un gesto de patente disgusto con una fuerte carga de desprecio. En seguida salió de la casa dando un portazo sin saber si sentirse aliviada por haberse zafado de Mijaíl o asqueada por lo que pudiera llegar a pasar.

Deja un comentario