Frente Occidental, marzo de 1915.
I
No tenían idea de qué hora era, solo que pasaba de la media noche. la falta de sueño y el cansancio abatía a las tropas. Caía una fuerte nevada que estaba convirtiendo el suelo de las trincheras en un inmenso lodazal helado y húmedo. La vida en las trincheras se había transformado en una prueba de resistencia humana, una batalla mucho más dura de la que estaban librando contra sus enemigos. Una gran prueba no solo física sino también psicológica. Muchos de ellos se sentían deprimidos, agotados y con ánimos apenas de vivir y seguir luchando. Lo único que los mantenía era la esperanza de volver a ver a sus familias nuevamente.
Aquellas zanjas clavadas en la tierra en forma zigzagueante, bordeados de sacos térreos, se habían convertido en el hogar de miles de soldados. Era el peor lugar del mundo, pero era lo único que los mantenía a salvo del ataque de artillería del enemigo.
La trinchera estaba protegida en la primera fila por alambres de púas, cortadores profundos y obstáculos que protegían a los soldados. En puntos estratégicos se apostaban centinelas y tiradores, lo cual hacía casi imposible alguna incursión enemiga.
La tonalidad lúgubre del Do sostenido menor se oía alto y claro a pesar de que el piano del general Beláivev se encontraba debajo de las trincheras en un refugio y puesto de guardia para oficiales, además de los almacenes. El motivo cadencial no ayudaba a elevar el ánimo de los soldados, pero ponía en alerta a los centinelas y a los tiradores. El preludio en Do sostenido menor del gran Serguéi Rajmáninov seguía su curso, mientras algunos de los soldados trataban de descansar sus adoloridos cuerpos en algunos de los pasadizos de comunicación entre las trincheras.
El ritmo del piano se aceleró, haciendo lo mismo con el corazón de los desalentados hombres que trataban de calentarse en improvisados fogones. La temperatura probablemente alcanzaba los veinte grados bajo cero y la nieve no pensaba darles tregua.
Alexander recorría las trincheras tratando de despejar la mente y el corazón. Llevaba una barba rubia muy larga y descuidada. Sus ojos brillaban intensamente y tenía los labios cuarteados por el frío. La guerra no era un buen lugar para mantener la buena apariencia. Levantó el cuello de su abrigo y se restregó las manos enguantadas tratando de hacerlas entrar en calor. Lo cual era difícil en un hueco del infierno como ese, bueno, si al infierno se le apagara el fuego y se transformara en una cueva blanca y gélida.
Tenía las botas metidas en el fango y lo amenazaban con llegarle a las rodillas. Se movía con bastante dificultad y lentitud. Estaba preocupado por los hombres, si pasaban demasiado tiempo en aquella zanja cubierta de agua y lodo, sufrirían de lo que los militares llamaban “pies de trinchera”. Era el inicio de la gangrena. Pensó en cortar algunos árboles y construir un camino con ellos sobre el fango. Pero era difícil abandonar la trinchera con el amanecer, cientos de proyectiles caían sobre ella durante el día. Se dijo que hablaría de ello con el general cuando este acabara la pieza musical.
Muchos de los soldados pensaban que la obsesión del general por su piano iba más allá de una extraña extravagancia, que rayaba en algún que otro desorden mental. Lo cual era bastante común en muchos soldados expuestos a situaciones inhumanas como aquella maldita guerra que no tenía cuando acabar.
Ivanov observó a tres hombres dormitando, sentados en el fango uno al lado del otro, sus rostros se veían pétreos y pálidos. Mal alimentados, mojados y embarrados, confinados en un lugar reducido y helado. El del centro emitió una tos seca y persistente. Ivanov suspiró descorazonado, tuberculosis, pensó de inmediato. Habían tenido varios casos de tuberculosis en el último mes y no había forma de detener la enfermedad.
El de la izquierda se rascaba la cabeza con ambas manos con ímpetu. Probablemente era el resultado de la infestación con piojos o pulgas, otros de los grandes problemas en las trincheras.
Observó al hombre de la derecha, bajó la mirada, distinguiendo un movimiento confuso, en zigzag de algo que podía haber sido una cola, pero se encontraba demasiado lejos como para asegurarlo, hasta que dos enormes ratas se dejaron ver con claridad. Intentaban subir por el torso del hombre. Alexander se movió lo más rápido que pudo para tratar de ahuyentarlas, pero el soldado despertó y trató de quitárselas con bruscos movimientos de sus manos. Los animales se escabulleron de inmediato por uno de los pasadizos, pero otro soldado alcanzó a una de ellas con su bayoneta. El animal quedó clavado como un pollo al asador. Su compañero logró huir a algún lugar más seguro.
Alexander pensó en la seguridad de los alimentos, había ratas por todas partes y era muy probable que los roedores contaminaran los suministros.
La interpretación del general terminó y Alexander supo que era hora de buscar al general. Pero antes, recorrió la primera fila de trincheras en donde un olor fétido en aire lo hizo dar un respingo. Eran los cadáveres en descomposición de muchos de los soldados que murieron al frente de las trincheras. Se tapó el rostro con el brazo derecho, mientras observaba a los centinelas muy cerca de él. No tenía idea de cómo hacían aquellos hombres para permanecer durante horas en sus puestos con semejante hedor.
Regresó sobre sus pasos y bajó al puesto subterráneo en donde se encontraba el general. Cuando ingresó por la improvisada puerta construida de finos troncos, se encontró con Andréi y Vlademir que sostenían una conversación casual con el general. Se cuadró delante de él haciendo el saludo militar, pero el general le hizo señas para que descanse.
Beliávev estaba sentado detrás de su piano con los antebrazos apoyados sobre la tapa que lucía algunos raspones y manchas de lodo, la pintura lucía algo deslucida. Sus compañeros utilizaban dos barriles vacíos de pólvora como asientos. Los tres hombres al verlo entrar en el reducido recinto que hacía las veces de enfermería, depósito, oficina y sala de concierto le pidieron que los acompañara.
_ Teniente Segundo Ivanov_ dijo el general acomodándose los lentes sobre la curvatura de su larga nariz_ ¿Por qué no nos acompaña? La noche está poco ajetreada debido al frío, esperamos el informe del teniente Arvakian, sobre su misión de reconocimiento, sabemos que pronto estará de regreso.
Alexander asintió mientras se acomodaba cerca a sus dos amigos que mantenían las manos dentro de los bolsillos de sus abrigos. Los ojos les brillaban, como si estuvieran afiebrados, parecían cansados e incómodos.
_General quería hablar con usted sobre la situación de los soldados_ dijo Alexander rascándose la barba.
De inmediato pensó que tal vez ya había caído presa de la infestación de los indeseados piojos.
_Adelante_ contestó haciendo un ademán con las manos.
_He hecho un reconocimiento completo de las trincheras, como me lo ordenó. El suelo ya no solo está húmedo, se ha convertido en un lodazal que amenaza con llegar a las rodillas_ explicó y guardó silencio por unos momentos esperando ver la reacción del general.
Beliávev le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando mientras tomaba nota en el cuaderno de apuntes de estrategia operacional que yacía sobre la mesa tan sobrecogedoramente ordenada del general.
_ Se me ocurrió que podríamos aprovechar la oscuridad de la noche, cortar algunos árboles y construir con los troncos unos pisos provisionales, para evitar que los soldados se mantengan mojados. Hay que ser muy cuidadosos con los “pies de trinchera” _ dijo muy preocupado.
El general se levantó de la butaca y se acercó a Alexander y sus amigos con las manos cruzadas a su espalda y la mirada gacha como si sopesara la idea del Teniente Segundo. Enseguida levantó la mirada hacia Alexander.
_Si bien es una buena idea, estoy seguro de que es consciente de que estamos muy cerca de nuestros enemigos y que dejar las trincheras puede ser muy peligroso.
_Lo estoy general, pero tenemos que hacer algo o muchos sufrirán de gangrena muy pronto_ dijo observando a Andréi y a Vlademir alternativamente como si tratara de conseguir que sus amigos lo apoyaran.
_No creo que sea buena idea arriesgar a los soldados de esa manera, hace semanas que estamos paralizados, esperando ver quién de los dos da el primer paso y se decide a atacar de verdad. Por eso es importante la información que pueda darnos el teniente Arvakian.
_Señor no quiero faltarle el respeto, pero perderíamos a muchos soldados si las cosas empeoran, no solo está el problema de los “pies de trinchera” y la posterior gangrena, la humedad también afecta a los pulmones de los hombres. Hay muchos casos de gripe, pulmonía e incluso tuberculosis. El piso de madera ayudaría a que los soldados estuvieran más cómodos_ explicó Alexander.
_Disculpe general, ¿podría permitirme la palabra? _ interrumpió Andréi.
_Adelante_ lo instó el general.
_Podríamos salir mañana por la noche si la tormenta amaina e internarnos en el bosque detrás de las trincheras. Talar la mayor cantidad de árboles posibles y transportarlos hasta aquí. Construiríamos el piso durante el día_ dijo Andréi bastante animado.
_Señor, conozco un sendero que conduce a un centenar de árboles delgados que serían fáciles de cortar y trasportar. Están como a quinientos metros de distancia. Solo usaríamos serruchos. Los del otro lado de la trinchera no se enterarán están muy lejos. Además, aunque lo hicieran sus artillerías no nos alcanzarían_ dijo Vlademir.
El general observó a sus tres oficiales con una media sonrisa.
_Veo que tiene en quienes apoyarse Ivanov_ dijo mientras se volvía a ajustar los lentes sobre el puente de la nariz.
_Uno para todos_ dijo Andréi levantando la mano derecha extendida en el aire_ y todos para uno contestaron Alexander y Vlademir al unísono mientras juntaban sus manos con la de Andréi.
El general se echó a reír. Había llegado a apreciar a Alexander y sus amigos como si fueran sus propios hijos. Eran hombres valientes, leales y honorables, a los que había entrenado personalmente apenas los había conocido.
_ ¿Cuántos hombres necesitan? _ preguntó Beliávev.
Alexander frunció el ceño y caminó de un lado a otro de la estancia, pensando.
_Creo que con veinte hombres será suficiente. Pero deben estar en buen estado de salud, será una tarea pesada.
_Muy bien, busque a sus veinte hombres y vean lo que pueden hacer.
Alexander asintió y volteó a ver a sus amigos con una mirada de agradecimiento. Enseguida fijo de nuevo su atención en el general.
_Hay otro problema general.
_Dígame cual
_Las ratas, las trincheras están llenas de ratas, se reproducen rápidamente y están invadiéndonos. He visto ratas caminando sobre los soldados y muchas otras en los almacenes. Se alimentan de nuestras reservas y pueden llegar a contaminar los alimentos.
_Tendremos que deshacernos de ellas_ afirmó Beliávev.
_Necesitamos trampas para ratas, no podemos utilizar veneno por la cercanía a los alimentos.
Beliávev asintió mientras volvía a sentarse detrás de su piano y escribía unas anotaciones.
_Pediré que nos envíen algunas trampas y una buena cantidad de gatos, ellos serán mucho más efectivos que cualquier otra cosa.
_Esa es una buena idea_ dijo Vlademir.
_ El éxito de la guerra depende no solo de las grandes acciones, sino también de los pequeños detalles.
En aquel momento se oyó un golpe en la puerta.
_ ¡Adelante! _ dijo el general en voz alta.
La puerta se abrió y Krikor Arkavian ingresó al recinto. Llevaba el cuerpo completamente embarrado de pies a cabeza, solo sus dos ojos brillaban detrás del fondo achocolatado de su rostro. Su respiración estaba agitada, parecía que había tomado parte en alguna carrera a campo traviesa.
_Disculpe que me presente de esta forma ante usted general, pero necesito informarle de inmediato lo que he averiguado_ dijo el oficial mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración.
Andréi le acercó un poco de vodka, que Krikor se lo bebió de un trago, estaba agotado y congelado por lo que la bebida le cayó de maravillas a su estómago.
_Vamos Teniente, porque no se sienta, se tranquiliza un poco y luego nos cuenta_ aconsejó el general.
Vlademir le acercó una caja de madera para que se sentara, mientras Andréi le servía otro trago de vodka. Se quedó en silencio por unos segundos tratando de acallar a su enloquecido corazón. Pronto aspiró profundamente y se dispuso a hablar.
_Señor, me fue difícil llegar a las trincheras enemigas, pero pude hacerlo. Me arrastré por el fango con lentitud y nadie me vio. Para mi suerte, uno de los centinelas que debería mantenerse en su puesto de escucha para detectar patrullas enemigas, se había quedado dormido, así que ingresé sigilosamente por el costado oeste.
Hizo una pausa mientras ingería la bebida de inmediato, sintiendo el ardor en la garganta y en el estómago.
_Los soldados son muchos, tal vez cien o ciento cincuenta más que nosotros, pero la mayor parte de ellos están enfermos, pulmonía, tuberculosis tal vez. No están en condiciones de una incursión.
El general parecía complacido con la información que estaba recibiendo, pero notó algo de preocupación en los ojos del armenio.
_ ¿Qué más sabe? _ preguntó.
Krikor metió su sucia mano dentro del abrigo de su uniforme y extrajo un documento cuidadosamente doblado y se le entregó al general.
Beliávev desplegó el papel que se encontraba manchado de barro y leyó frunciendo el ceño con suma atención. Luego se quedó pensando por un momento, que a los oficiales les pareció una eternidad.
_Se arriesgó mucho entrando en la oficina del general_ dijo_ pero esto confirma mis sospechas. En dos semanas llegaran trescientos hombres para relevar a los caídos y los enfermos.
Los cuatro amigos se miraron con preocupación y desconcierto. El enemigo, pensaba refrescar sus tropas, mientras que el Zar no daba señales de hacer lo mismo con su ejército.
_Señores, deben descansar, en especial usted teniente Arkavian, su trabajo ha sido invaluable. Ahora me toca a mí hacer mi trabajo_ dijo despidiendo a los cuatro amigos con un gesto de su mano.
II
La tormenta había prácticamente desaparecido dando paso a un tímido sol amarillento que trataba de colarse a través de algunas nubes esparcidas en el cielo. Los soldados empezaban a tomar sus puestos y a mantenerse alerta. De día su rango de acción disminuía drásticamente ya que eran visibles a varios cientos de metros de distancia desde las líneas enemigas.
Uno de los soldados utilizaba un periscopio para observar los lejanos movimientos de sus enemigos. Otro de ellos situado a la derecha del primero, preparaba su fusil que se encontraba situado sobre una extraña especie de montura que le permitiría utilizar el fusil de ser necesario, sin tener que levantar la cabeza por encima de la línea de fuego.
A pocos metros, otros dos soldados se encontraban sentados matando el tiempo, posiblemente pensando en casa o imaginando estar en la cama con sus mujeres o sus prometidas. Sus fusiles con las bayonetas caladas se apoyaban despreocupadamente contra una de las paredes cercanas.
Otro soldado levantó un casco situado en la punta de su fusil para comprobar que no había francotiradores. Pero de inmediato, se oyó un disparo y en el casco se pudo apreciar un pequeño orificio. El soldado se agazapó de inmediato para ponerse a resguardo.
Durante el día, los soldados eran sometidos a disparos constantes de francotiradores y de la artillería. Apenas trascurrieron tres horas desde el amanecer y los disparos no cesaban. El lodo les llegaba hasta la altura de las rodillas y les era extremadamente difícil movilizarse.
El soldado del periscopio seguía examinando los alrededores sin descanso, cuando divisó un movimiento inusual en las primeras filas de las líneas enemigas. Los soldados enemigos, se preparaban para una ofensiva mayor que solo disparos al azar de francotiradores.
_ ¡Atención! ¡Artillería enemiga preparándose para atacar! _ gritó con toda la fuerza de la que fue capaz.
Tenía el cuerpo repleto de adrenalina y la sensación de que los ojos iban a salírsele de sus órbitas. El soldado situado a su derecha se removió inquieto en su lugar e hizo crujir los nudillos.
Los soldados se procuraron un lugar en donde guarecerse, era difícil porque no había mucho lugar en donde esconderse, sus movimientos se tornaban bastante pesados y lentos a causa del lodo. Algunos caían en el lodazal embarrándose completamente, en su afán por buscar un lugar seguro. En seguida se oyeron una sarta de interminables estruendos como los zumbidos de miles de abejas en un colmenar, solo que mucho más fuertes y mortíferos.
La artillería enemiga destruyó la primera fila de la trinchera, el alambre de espino y produjo cinco bajas, que se sumarían a los cuerpos en descomposición frente a las trincheras. Por la noche, cuando la oscuridad les permitiera entrar en actividad de nuevo, los soldados tendrían que reparar los destrozos y dar mantenimiento a los alambres de púas.
III
Alexander Ivanov se guardó suspirando pensadamente, la última carta que había recibido después de releerla un par de veces. Se llevó la mano a la barba y se la restregó un par de veces, seguía pensando que los piojos habían encontrado un nuevo hogar en su desarreglada barba, pensó que debería afeitarse y terminar de una buena vez con el problema. Suspiró, los piojos eran el menor de sus problemas después de todo.
La carta que acababa de leer estaba remitida por su esposa Galina, anunciándole que daría a luz a su primogénito en cuatro meses. Considerando que la carta demoró tres meses en llegar hasta sus manos. Eso significaba que el bebé estaría a punto de nacer. Se sentía repleto de una extraña sensación mezcla de orgullo e incertidumbre; de alegría, pero a la vez confusión.
Cuando se casó con Galina, tenía muy claro que en algún momento llegarían los hijos, pero jamás pensó que ocurría aquel milagro en su noche de bodas. Volvió a suspirar, le ilusionaba ser padre, pero no bajo las circunstancias actuales. Tardaría meses en conocer a su hijo y tal vez años en enseñarle a cabalgar o a cazar. La guerra apenas había empezado y no había indicios de que acabaría pronto.
Por otro lado, siempre estaba el recuerdo de Tatiana. En sus noches más solidarias y penosas la recordaba. Imaginaba sus largas conversaciones en algún hotel y sus aún más largas secciones de amor. La extrañaba, jamás dejaría de extrañarla. Lo que sentía por ella no lo había sentido por nadie más.
De pronto experimentó, una opresión muy fuerte en el pecho, que lo obligó a aflojarse el abrigo. Sentía que le faltaba el aire y empezó a respirar entrecortadamente. Su mente se llenó de recuerdos. Recuerdos de la última vez que había visto a Tati. Fue la noche antes de su boda con Galina. Recordaba lo que sucedió en aquella oportunidad con una extraña y total claridad. Estaba ataviada con un vestido celeste como el cielo, su pelo ondulado y cobrizo le enmarcaba el rostro a la perfección. Llevaba una preciosa sonrisa que no se ajustaba a los ojos brillantes y tristes que lucía.
Siempre supieron que no había ninguna opción para ellos, pero era difícil aceptar que aquella noche fuese la última noche juntos. Hicieron el amor con una mezcla de confusión y desesperación.
Antes de separarse a la mañana siguiente, Alex rodeó su cuello con un collar, se lo abrochó y observó con complacencia cómo la mano de Tatiana bajaba hasta su garganta y por un instante lo acariciaba con sus dedos. La joya era singular: una delicada cadena de oro con la inicial de su nombre. Pero lo que distinguía a aquel colgante era la presencia de diminutos diamantes que rodeaban la T de Tatiana.
_Es para que me recuerdes_ dijo.
_No necesito algo para recordarte, nunca podré olvidarte_ le contestó ella con lágrimas en los ojos.
Aquella escena aún lo atormentaba. Se sintió cobarde, poco hombre, por no enfrentarse a su padre y negarse a casarse con la mujer que había escogido para él y que apenas conocía. Pensó que siempre se sentiría de la misma forma. Suspiró, cerró los ojos y vio el bello rostro de la mujer que amaba, que había amado siempre, que había amado desde el día en que la vio por primera vez.
IV
A pesar de que Alexander insistió en que Krikor se quedara en la trinchera y descansara un poco, el armenio insistió en salir con él en busca de los troncos para el piso de la trinchera. Se había lavado y cambiado el uniforme y parecía algo más descansado que la noche anterior. Sostenía el escarpín de su hijo Ari en su mano derecha. En su frente se mostraba una inmensa hendidura justo encima de la ceja izquierda, producto del ataque enemigo hace seis meses atrás. Vlademir y Andréi los acompañaban, tenían cada uno cinco hombres a su cargo, dispersándose para abarcar más terreno.
Como Alexander había previsto, pronto se encontraron con una colina que aparecía revestida de largas y delgadas coníferas cubiertas de blanca y brillante nieve, que no serían muy difícil de echarlas abajo y cargarlas hasta las trincheras. Utilizaban el serrucho tratando de evitar hacer demasiado ruido, aunque era difícil que sus enemigos los oyeran ya que se hallaban a más de dos kilómetros de distancia.
Habían trabajado por espacio de varias horas, cortando y trasladando la madera hasta la trinchera. La nevada de la noche anterior se estaba derritiendo lentamente y los fragmentos de luz de luna que atravesaban las copas de los árboles brillaban sobre el agua estancada de los charcos.
Alexander se había quedado solo, casi todos los hombres habían bajado la colina cargando algunos troncos. En la oscuridad que antecede al amanecer, le pareció divisar el movimiento de unas sombras entre los árboles. Al principio pensó que podría tratarse de algunos de sus soldados, pero algo en su interior le advirtió que tuviera cuidado. Se acercó un poco más para ver las sombras, difusas y borrosas a causa de la tenue luz de la luna que se terminaba de filtrar a través de las hojas de los árboles.
De un modo absolutamente repentino, oyó voces, hombres que hablaban en alemán. De inmediato, se tiró al piso. Sintió un fuerte dolor en la espalda cuando su cuerpo se topó con una gran piedra, dura y puntiaguda. Pero, aun así, se tendió cuan largo era sobre el frío y húmedo suelo detrás de un montículo de nieve, con el corazón a punto de estallar. Estaba solo en medio de aquel bosque a merced de un número indefinido de enemigos.
Los hombres siguieron hablando y dando vueltas alrededor de los árboles que acababan de cortar.
Alexander permaneció tendido, sintiendo largas y lentas oleadas de pánico que se reflejaban en su terrible dolor de espalda, con los ojos bien abiertos, como si eso lo ayudara de algún modo a oír mejor y, sobre todo, a entender lo que aquellos hombres decían.
Pensamientos confusos y delirantes poblaban su mente mientras se preguntaba como diablos iba a salir de aquel lugar sin que lo detectaran.
Mientras tanto, la luna se iba alejando por el oeste y una coloración naranja pálida iba cubriendo el cielo por el este, lo que le dejaba poco tiempo para actuar sin ser visto. Pero se obligó a permanecer inmóvil con la mirada clavada en el cielo, hasta que el dolor en la espalda remitiera un poco.
Paralizado por el pánico y el terrible dolor en el suelo helado del bosque, le trajo a la memoria una de las últimas batallas cuerpo a cuerpo que había enfrentado con sus amigos.
Se encontraban en medio de un bosque muy parecido a aquel. Sobre los grupos de infantería y caballería cayeron cientos de granadas y ráfagas de ametralladoras que diezmaron sus filas en cuestión de minutos.
El bosque estaba cubierto de un manto blanco y opaco por la niebla. El suelo parecía extenderse más allá de las copas de los árboles como largos tentáculos albos que apuntaban al cielo, mientras Alexander avanzaba lentamente buscando a los sobrevivientes de la terrible masacre. A medida que se internaba en la espesura, la nieve iba tomando tintes rojizos y los cuerpos de los soldados fallecidos o heridos de muerte se diseminaban por todas partes.
Ivanov observaba la terrible escena con ojos atormentados. Desesperado, buscaba encontrar a alguien con vida. La carnicería era atroz, cuerpos mutilados, miembros esparcidos. Pero lo peor de todo era el silencio. No se oía nada, ni el trinar de algún ave, ni la briza del aire, ni gritos de dolor o tan siquiera un gemido desesperado.
Todos estaban muertos, todos.
Centenares de hombres muertos en pocos minutos.
Alexander se dejó caer de rodillas sobre la nieve, agobiado con tanta muerte innecesaria, observando todo a su alrededor con el rostro tenso en una mueca de incredulidad y desazón.
El desaliento le carcomía las entrañas, cuando le pareció oír un suave gemido. Sus sentidos se pusieron en alerta, aguzando sus oídos.
Escrutó el amplio espacio con los ojos entornados tratando de ver más allá de a donde alcanzaba su vista. Su mirada se trasformó de inmediato, se volvió despejada y alerta. Volvió a oír el mismo gemido a su derecha, justo detrás de unos arbustos bañados de nieve blanca y ahora que la niebla comenzaba a disiparse brillaba con los primeros rayos de sol.
Se incorporó despacio y blandió su arma mientras se dirigía al lugar de donde provenían los gemidos. Detrás de los arbustos vio más cuerpos, tres de ellos esparcidos en forma desordenada.
La niebla había terminado por disiparse, lo que dejaba evidenciar la magnitud del desastre.
Un hombre yacía con el cuerpo desparramado en medio de un charco de sangre que iba creciendo, con las piernas y los brazos abiertos como si hubiesen tratado de huir cuando las ráfagas los alcanzaron.
Otro soldado muy cerca al primero yacía de espaldas, con las piernas torcidas en un ángulo imposible, lo cual indicaba traumatismos graves.
En la entrepierna del tercero, se evidenciaba una mancha oscura de orina. Alexander suspiró pesadamente y pudo ver su propio vaho. Fue una horrenda situación en donde todos pensaron que perderían la vida y no estuvieron equivocados, pensó. Aquel hombre tenía el rostro, o lo que quedaba de él, untado de sangre. Había perdido parte de su nariz y casi todo el labio superior. Sus dientes quedaban expuestos en una mueca inanimada.
El espectáculo era aterrador.
Otros cuatro soldados se encontraban unos sobre otros, como si se los pretendiera enterrar en alguna fosa común. Las piernas de dos de ellos sobre las cabezas de los demás.
Alexander se aseguró de que no hubiera algún enemigo cerca buscando terminar con los que habían sobrevivido, luego, se arrodilló al lado de los cuerpos tratando de encontrar algún signo vital.
Observó que los abrigos y los pantalones de dos de ellos estaban desgarrados, con los cuellos y hombros llenos de hematomas oscuros, pero ningún signo vital. Probablemente tenían el cuello roto, traumatismos vertebrales a causa de las explosiones, probablemente lesiones internas y solo dios sabe que más.
Volvió a oír el gemido, esta vez más cerca y más fuerte. Se acercó de inmediato al grupo de cuatro cuerpos y los separó con cuidado. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a Krikor debajo de todos aquellos cuerpos, inconsciente pero aun respiraba. Sostenía el escarpín en su mano izquierda. Sus signos vitales eran débiles. Tenía una enorme fisura sobre la frente izquierda y sangraba profusamente tiñendo la nieve de un color escarlata. Su rostro pálido y desfigurado semejaba a un títere de alguna puesta de escena de terror.
Auscultó el cuerpo de su amigo por más heridas, tenía la pierna izquierda rota y un corte en el brazo izquierdo que no resultaba de gravedad. Vendó la herida de la frente con un retazo de su propio pantalón, para evitar que se siguiera desangrando, guardó el arma en su cinturón y cargó al armenio sobre su espalda para sacarlo de aquel horrendo lugar. Necesitaba atención médica inmediata, no le preocupaba mucho que a su amigo le quedara una marca visible en la frente por el resto de su vida, sino que presentara algún trauma cerebral o algo parecido.
Tomó el escarpín de su mano y se lo guardó en el bolsillo. Se lo entregaría cuando ambos estuvieran a salvo.
Cargó al armenio por más de diez kilómetros sobre mantos de nieve de más de medio metro de altura entre tremendas punzadas de dolor en la espalda que se extendían como apéndices hasta sus piernas.
Cuando llegó al campamento y lo recostó sobre una cama de lona en una enfermería improvisada, le explicó al médico de turno en tono sereno, en qué condiciones había encontrado a su amigo, haciendo caso omiso del terrible dolor de espalda que lo atormentaba.
El doctor le explicó horas después que había salvado la vida del armenio cuando decidió cargarlo hasta el campamento. Difícilmente hubiese sobrevivido en aquel helado bosque otra hora más.
Ahora tendido en el suelo, la agonía apenas insoportable que le había azotado la espalda cuando se había golpeado con la piedra remitió hasta convertirse en un latido sordo y constante. Oyó que las voces se acercaban a su improvisado escondite, este hecho, le facilitó la tarea de incorporarse sobre sus piernas y tratar de escabullirse.
Alexander, alzó la cabeza con brusquedad y de sus labios escapó una pequeña exclamación involuntaria de dolor, pero siguió avanzando, eludiendo a sus enemigos.
Pensó que lo había conseguido, cuando de repente, una voz profunda, se alzó justo detrás de él. El dueño de la voz estaba tan cerca que Ivanov percibió su cálido aliento sobre su nuca. Se volvió con brusquedad, con el rostro pálido, ignorando la punzada de dolor que le acometió en la espalda.
_Wo denkst du gehst du hin?[1]_ dijo blandiendo su revolver a la altura del rostro de Ivanov.
Alexander entendió perfectamente la pregunta, pero no pensaba detenerse a responderle a aquel hombre. Es más, debía encontrar la forma de desacerde de él antes de que alertara a sus demás compañeros. Su mente trabajaba con rapidez, zumbando como un tren expreso.
El soldado alemán siguió hablando con voz siniestramente tranquila. No obstante Alexander podía percibir cierto temor oculto en sus palabras, un temor controlado con dureza.
_Warum fällen sie Bäume?[2]
Alexander se mantuvo en silencio y buscó su arma escondida entre los pliegues de su abrigo con disimulo. Antes de que el alemán pudiera volver a hacer otra pregunta, Ivanov disparó el arma directo al estómago del soldado quien cayó al suelo. La nieve a su alrededor se tornó de inmediato roja mientras en el rostro del joven soldado se pintaba una expresión de sorpresa y pánico.
Ivanov huyó de inmediato, mientras oía a los demás soldados gritar alborotados. En pocos minutos, el sol iluminó todo a su alrededor, lo cual lo ayudó a bajar la colina rápidamente olvidándose momentáneamente del dolor en la espalda.
Cuando estuvo a salvo en la trinchera, se echó a reir como si alguien le hubiese contado el chiste más divertido del mundo. Pensó que el azar actuaba de manera misteriosa todo el tiempo. El arma con la cual acababa de disparar al soldado, era la misma que le había arrebatado a otro soldado alemán durante la batalla de Tannemberg el 29 de agosto del año 1914.
[1] ¿A dónde crees que vas?
[2] ¿Por qué cortan árboles?