Moscú, junio de 1915

I

Alexander montó su caballo y cabalgó internándose en la cálida noche de verano. Los faroles abrían dolorosos surcos en la noche, como si al despojarle fragmentos pequeños de oscuridad pudiera retrasar el daño que minaba a los otrora impresionantes edificios de la ciudad, la guerra tenía largos tentáculos y más temprano que tarde, tocaba a todo y a todos. El corazón le palpitaba deprisa, se sentía inquieto e impaciente. El aire tibio de la noche acariciaba su mejilla. La luz plateada de la luna iluminaba tenuemente su camino. Levantó la mirada y observó el cielo centelleante de estrellas.

 Suspiró pesadamente, mientras invitaba a su caballo a galopar, necesitaba despejar la mente, y salir de la ciudad lo antes posible, olvidar por un momento la guerra que se libraba lejos de Moscú y a la que dejó atrás mientras regresaba a conocer a su hijo Yuri que acababa de cumplir cinco meses. ¡Cinco meses!, pensó. El tiempo transcurría inexorable y la guerra no daba indicios de acabar.

Sonrió ante el grato recuerdo del pequeño Yuri en sus brazos. Tenía los ojos azules como los suyos, con un brillo especial en ellos, una sonrisa encantadora, pero sobre todas las cosas era un niño saludable y feliz, eso era lo más importante.

Galina, era harina de otro costal. Desde que la conoció le pareció una mujer conflictiva, angustiada y algo perturbada. Después de casarse con ella comprobó sus sospechas, pero tuvo que reconocer que su esposa tenía motivos suficientes para sentirse como se sentía.

Galina, conocía el secreto de Alexander, su relación con Tatiana. Lo enfrentó el día de su boda, poco antes de que dejara el lecho conyugal en busca de su amante. Alexander la tranquilizó asegurándole que jamás faltaría a sus deberes como esposo y como padre si alguna vez llegaban a tener hijos. Al mismo tiempo, se planteó sus opciones que eran solo dos: decirle la verdad o andar el resto de su vida con evasivas. No le costó mucho decidirse, era un hombre íntegro y veraz. Le dejó en claro que su relación con Tatiana era un asunto que solo le concernía a él y que no dejaría que Galina interviniera en ello.

Esto supuso un gran golpe para Galina, quien suponía que Alexander dejaría a su amante una vez que estuviera casado. Aquella terrible certeza de que Alexander nunca abandonaría a Tatiana sumado a la seguridad de que jamás la amaría había endurecido el corazón de Galina, transformando su carácter de por si áspero en cáustico y colérico.

Trató de no pensar en Galina, no quería sentirse culpable por ella, le advirtió que se casaba con ella debido a la insistencia de su padre.

Obligó al caballo a detenerse, a pocos metros se iniciaba el bosquecillo que rodeaba el palacio que buscaba. Decidió amarrar el caballo en uno de los árboles, no quería alertar a nadie de su presencia.  Caminó sigiloso hasta la puerta de servicio, se aseguró de que no hubiera nadie e ingresó por la cocina. Todo estaba a oscuras, conocía la mansión a la perfección, no era la primera vez que estaba allí, ni la primera vez que entraba como un delincuente.

Rodeó la gran mesa de madera en donde cuatro cocineros y sus ayudantes solían preparaban los grandes festines a los que estaba acostumbrado el barón. El fogón no estaba encendido, señal de que todos se había ido a dormir. Pensó que con la crisis económica por la que atravesaba el imperio lo más probable era que apenas quedara uno de aquellos cocineros.

Dejó atrás la cocina y se dirigió a las escaleras que dominaban la entrada del gran recibidor. Se encontraba en penumbras, solo un par de candelabros estaban encendidos.  Subió sin hacer ruido sujetándose de la impresionante barandilla en busca de la habitación principal. Su corazón volvió a acelerarse cuando estuvo frente a la puerta que buscaba. Estaba nervioso, pero a la vez expectante. Llevaba fuera de Moscú demasiado tiempo, casi un año y a pesar de que nunca perdieron el contacto, no estaba seguro de que ella quisiera verlo.

Se detuvo frente a la puerta por unos segundos y exhaló con fuerza, antes de decidirse a abrirla. Entró con cautela, la habitación estaba a oscuras, sabía que no la encontraría, pero a pesar de ello se sintió algo defraudado. Sacudió la cabeza para eliminar aquella sensación desagradable de su mente, ella no podía adivinar que él estaba en Moscú, esperándola. De seguro llegaría de un momento a otro. Según le había explicado en sus cartas, se pasaba la mayor parte de la tarde prestando ayuda como enfermera en uno de los tantos hospitales improvisados que se habían habilitado para los soldados.

De inmediato, hubo algo que llamó su atención y a la vez lo sorprendió. En la pared, justo sobre la cama, había un cuadro grande, de colores festivos, una increíble muestra del realismo de una singular escuela, pero primaria de algún lugar del nuevo mundo, pintado por alguien con inmenso talento, pero poca instrucción, pensó. Mostraba el bosque con una cascada de agua al fondo, bajo el cielo azul interrumpido por al menos una docena de impactantes aves multicolores en pleno vuelo que lo transportó por un instante a ese inmenso mundo desconocido para él, como si le permitiera percibir una pequeña parte de la historia de aquel maravilloso lugar.

Cerró la puerta y se acercó al cuadro, lo observó con atención mientras se pasaba una mano por la insipiente barba. Suspiró cansinamente, recordando a los hombres que había dejado en el frente, a los que había perdido y a los que estaban perdiendo las esperanzas. Era difícil mantener la moral alta en las terribles condiciones en que se encontraban. El cuadro parecía la tierra prometida, un lugar en donde los hombres cansados y desesperanzados podían encontrar al fin paz.

De pronto, oyó el inconfundible sonido de los suaves pasos de Tatiana y su corazón dio un salto. La puerta se abrió con un chirrido. Una figura espigada y esbelta entró a la habitación en penumbras. La silueta emitió un gemido de sorpresa y temor al verlo. Frunció el ceño y abrió los ojos de par en par mientras daba dos pasos vacilantes. Observó incrédula al hombre que tenía delante, plantado frente al cuadro con los brazos cruzados sobre el pecho y una alegrísima sonrisa en sus labios. Un intenso haz de luz plateada lo iluminaba, confiriendo a su rostro una apariencia algo surrealista, y por un instante pensó que su desesperado anhelo estaba jugando con su imaginación.

Alexander mantenía aquella sonrisa en sus labios, pero ella no pudo reaccionar, estaba atónita e incapaz de pronunciar palabra.

_Tati, al fin llegas_ dijo con voz profunda que hizo que la piel de la baronesa se le escarapelara.

_ ¡Alex! _ pudo articular mientras corría a los brazos de Ivanov.

 Alexander se permitió fijarse un momento en su perfil, en la curva que describió su cabello cobrizo al escurrírsele hacia la mejilla mientras corría hacia él y en la forma sexy con que lo apartó de su rostro. Llamó su atención, además, el balanceo del colgante en forma de M en su cuello.

Alexander la rodeó en sus brazos mientras hundía su rostro en el cuello de ella. Aspiró su esencia cerrando los ojos, disfrutando de aquel momento tan añorado

_Tati, preciosa, no tienes idea de cuánto te he extrañado_ dijo con la voz algo diluida por la emoción. La ternura en su voz fue sobrecogedora para ambos.

Tatiana hundió su rostro en el pecho del teniente, tenía un nudo en la garganta y los ojos se le habían llenado de lágrimas. No pudo detenerlas, pronto estaba sollozando, la angustia emocional a la que estuvo sometida por tanto tiempo la hizo sucumbir.

_ ¡Tati, Tati!, ¿qué sucede, preciosa? _ preguntó Alexander preocupado mientras se separaba de ella solo un poco para poder verla a los ojos.

Ella sacudió la cabeza de un lado a otro, no podía emitir palabra. Alexander le acarició el rostro y secó sus lágrimas.

_Nada_ dijo al fin_ ¡me alegra tanto verte aquí! _ agregó con expresión de alivio y la chispa de emoción en sus ojos sugirieron que verlo era como si una gran roca cayera de sus hombros.

Alexander volvió a sonreír mientras la observaba fijamente con los ojos brillantes. Aquella sonrisa iluminó el corazón de la baronesa. Alexander volvió a abrazarla, cobijándola entre sus brazos. La mantuvo así por un par de minutos y luego volvió a fijar su mirada en los ojos de la baronesa. No esperó a que se estabilizara el huracán de emociones que sacudía su interior. Se inclinó despacio y tomó su boca en una combinación de intensidad y gentileza, a la vez que de adoración y pasión. Era emocionante dejarse llevar y sentirse libre por unos momentos para disfrutar de ella. Los besos pronto se volvieron apasionados y frenéticos, Alexander quería llenarse de su sabor.

Tatiana jadeó sobre la boca de su antiguo amante, su respiración pesada llenó la habitación como una cacofonía de placer. Alexander se separó un poco y la miró con ojos ardientes y una sonrisa seductora. Sintió los senos de Tatiana y el calor de su cuerpo a través de la holgada camisa que llevaba, ella desprendía una fragancia fresca y natural. Alexander se estaba volviendo loco, la necesitaba. Los días en las trincheras se hacían eternos y las noches insoportables sin ella. Ahora estaba a su lado y no quería seguir esperando.

La levantó en brazos y la llevó a la cama, la desvistió despacio, no debía apresurarse, quería recordar cada detalle, cada sensación, queda expresión de su rostro. Recorrió suavemente con las yemas de sus dedos su sedosa piel. Ella se estremeció y sintió un agradable cosquilleo en el bajo vientre.

Ivanov quería recordar las curvas de sus senos, la suavidad de su piel, los trazos de su sexo y el sabor de su cuello. Se detuvo de pronto en sus ojos, la miró con adoración y con una necesidad absolutamente imprescindible. Sus ojos estaban llenos de una convicción casi dogmática, estuvo a punto de susurrarle todos sus sentimientos más profundos, pero el temor lo detuvo, el temor de que ella pensara en lo absurdo e insensato de aquellos sentimientos. Pero ella pudo leerlos en aquellos ojos azules mientras él se hundía en ella, reclamándola.

Cuando ella se quedó dormida entre sus brazos exhausta, examinó los ángulos relajados de su rostro, iluminado por un rayo de luna que se colaba por el ventanal. Se sintió completo de nuevo, pero aquella sensación no tardó en desaparecer, dando paso a la angustia y a la desagradable sensación de pérdida muy conocida para él. La sola idea de separarse de nuevo de Tatiana se le hizo insoportable. Se frotó la frente, nervioso, intentando borrar aquel pensamiento. Tatiana se removió sobre su pecho, llevó una mano a su cuello y acarició el colgante, pronto abrió los ojos.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó al ver cierto desasosiego en los ojos de su amante.

_Nada, preciosa_ respondió Alex con aquella sonrisa ladeada que Tatiana amaba tanto.

Tatiana se incorporó en la cama observándolo con detenimiento.

_ ¿Por qué no me dijiste que vendrías? _ preguntó.

_Quería darte una sorpresa_ contestó_ espero que no te haya molestado encontrarme aquí_ agregó un poco preocupado.

_No, desde luego que no_ contestó ella con una bella sonrisa_ pero me hubiese gustado estar preparada para cuando llegaras.

Alexander levantó una mano y le acarició el rostro. Tatiana emitió un suave suspiro mientras cerraba los ojos y se hundía en la mano que la acariciaba.

_ ¿Cómo está tu familia? _ preguntó ella sin abrir los ojos. No quería hablar de ese tema, pero pensaba que era rudo no preguntárselo.

_Todavía no he visto a mis padres, pero Galina y mi hijo están bien_ contestó sin dejar de acariciar su rostro.

Tatiana se obligó a abrir los ojos y mirarlo. Sonrió lo mejor que pudo, e intentó cambiar de tema de inmediato.

_ ¿Cuánto tiempo te quedas?

_Dos semanas_ contestó, parecía resignado y algo triste.

Ella emitió un suspiro pesado y sonoro, pero fue a penas consciente de ello. Alexander en cambio, presintió que algo la preocupaba. Se incorporó a su lado y tomó una de sus manos entre la suya.

_ ¿Tenías otros planes? _ preguntó él, en su voz se oía una leve nota de inquietud.

_No, desde luego que no. Pero me gustaría saber cuáles son los tuyos_ preguntó esperanzada.

_Quiero pasar el mayor tiempo posible contigo_ contestó Ivanov con los ojos brillantes.

Ella le dedicó una sonrisa de alivio.

_ ¿Qué hay de tu familia? _ preguntó bajando la mirada.

_Puedo pasar el día con mi hijo y las noches contigo_ contestó con una mirada cargada de deseo.

_No creo que a tu esposa le guste mucho que pases las noches fuera de tu casa_ contestó ella y se arrepintió de inmediato, sonaba a reproche y a celos mal disimulados.

_No me importa mucho lo que ella piense_ contestó Alexander_ sabía a qué atenerse cuando se casó conmigo.

Tatiana no podía dejar de reconocer que se sentía muy bien oírselo decir, pero eso no cambiaba el hecho de que ella seguía siendo su amante y Galina su esposa. Y que no era correcto lo que estaban haciendo, aunque muy poco le importaba con tal de tener la oportunidad de estar con Alexander.

_No está bien lo que hacemos_ dijo ella después de sopesar las cosas por unos segundos.

_No quiero que te sientas mal con esto_ contestó Alexander_ es lo último que quiero, en verdad.

_Ella vino a verme poco después de que naciera Yuri, me pidió que dejara de verte_ dijo Tatiana algo vacilante.

Alexander la miró con sorpresa y una marcada indignación.

_ ¿Vino a verte? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

_No quería que tuvieras otra cosa de que preocuparte, además, ¿Qué podrías haber hecho?

Alexander se levantó de la cama parecía enfadado. Se paseó de un lado a otro de la habitación.

_ ¡No tenía derecho a hacerlo! _ dijo bastante sulfurado.

_Está en su derecho_ contestó Tatiana_ es tu esposa yo solo soy tu aman…

Alexander la interrumpió de inmediato con una mirada severa.

_No te atrevas a decirlo_ dijo dedicándole una mirada de advertencia_ eres la mujer más importante de mi vida, eso es lo que eres.

En aquellas palabras, Tatiana percibió ondas emociones contenidas, los ojos se le llenaron de lágrimas, se sentía susceptible y confundida, los sentimientos que la embargaban eran avasalladores pero contradictorios. Por un lado, sabía que debía dejar de ver a Alexander, como su esposa le había exigido, pero por otro lado se le hacía absolutamente imposible imaginar su vida sin él.

_Sé que soy importante para ti, tú lo eres para mi_ contestó ella_ pero Galina tiene derecho a exigirme que me aleje.

La tristeza acompañó cada palabra que dijo a pesar de la forzada sonrisa que esbozaban sus labios.

Alexander se frotó la frente antes de contestar, como si quisiera despejar algún pensamiento difícil o como si intentara encontrar las palabras adecuadas para que ella entrara en razón.

_Galina es mi esposa, sí, pero ella supo desde el día en que nos conocimos que no la amaba y que nunca lo haría, no tiene nada que exigirte.

Tatiana hizo un gesto de asentimiento que no convenció mucho a Alexander.

_Pienso pasar todas las noches contigo_ agregó mientras ponía los brazos en jarra y la miraba fijamente.

Tatiana pensó que se vía arrolladoramente apuesto, mucho más que cuando lo conoció. Había madurado, se había convertido en todo un hombre. Allí parado frente a ella completamente desnudo se veía irresistible y con una personalidad alucinante y portentosa. No podría alejarse de él, aunque quisiera, tenía que reconocer que se conformaría con lo que él pudiera darle, aunque se tratara solo de vagas promesas. Estaba enamorada de él, aunque sonara a locura. Enamorada de un hombre casado, con un hijo, mucho más joven que ella, pero esa era la realidad.

Se levantó de un salto, llevándose la mano al cuello y acariciando la joya, tenía la inveterada costumbre de llevarla siempre consigo. A Alexander no le pasó desapercibido aquel gesto.

_No quiero que discutamos por esto_ dijo ella mientras se situaba frente a él.

_Yo tampoco_ contestó él_ solo quiero que disfrutemos de los pocos días que tenemos para estar juntos.

Ella sintió, Ivanov tenía razón, tenían pocos días y se volverían a separar, no tenía idea por cuanto tiempo.

Alexander le acarició el rostro, luego bajó la mano hasta el colgante en su cuello.

_Lo sigues usando_ dijo.

_No pienso quitármelo_ respondió ella.

Aquellas palabras lo conmovieron profundamente. Pensó que tal vez no estuviera enamorada de él, pero de seguro era importante para ella.

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