Moscú, 20 de diciembre de 1916.

I

En las calles de todo el imperio reinaba el desorden y una tensa calma, como la que reina dentro de una caldera al que se le inyecta aire cada vez más denso y caliente hasta que sin aviso previo explota con un ensordecedor bramido dejando a su alrededor caos y destrucción.

La fe en el régimen y la monarquía de los aristócratas y del pueblo por igual estaba a punto de tocar fondo. La sensación de la gente de que la Zarina Alejandra minaba los esfuerzos de los rusos en la guerra era casi una certeza. Muchos creían que ejercía de espía para los alemanes ya que Alejandra era una princesa de origen alemán. Otros, pensaban que había espías alemanes por todas partes. La mismísima hermana de la Alejandra fue objeto de atropello racista. Una turba de manifestantes atacó su carruaje mientras se desplazaba por las calles de Moscú, rompiendo los vidrios del carruaje e hiriéndola.

Por otra parte, la aristocracia estaba terriblemente perturbada por los escándalos que rodeaban a Rasputín y sus extrañas relaciones con las mujeres de la corte. Se decía que dormía con toda San Petersburgo. Los rumores de su enigmática relación con la Zarina no habían disminuido, todo lo contrario, se decía que eran amantes.

La aristocracia se sentía consternada porque pensaba que Rasputín gobernaba sobre el Zar, desde la cama de la Zarina. ¡Un monje degenerado y una demente trastornada hilaban los filamentos del imperio! Además, corrían otros rumores en torno a Alejandra, al parecer algunos de sus sirvientes habían hecho correr la voz de que la Zarina se drogaba constantemente. Esto había enardecido aún más a algunos aristócratas, entre ellos, al esposo de la prima del Zar, quien había llegado a la conclusión de que debían eliminar la mala influencia de la pareja real como el fin de salvarlos de ellos mismos y sus malas decisiones.

 A estas alturas, toda Rusia estaba alineada contra el monje. Toda la aristocracia sabía que la pareja de emperadores era completamente incapaz y negligente, pero se centran en Rasputín.

Los conspiradores hicieron planes para deshacerse del monje.

Uno de ellos lo llamó a su casa con una excusa ridícula y le sirvió un licor envenenado con cianuro. El monje se bebió toda la botella y no surtió el efecto deseado. Antes de que Rasputín abandonara la vivienda, el conspirador regresó con un arma y le disparó. Rasputín no murió, por el contrario, salió caminando de la casa con una herida en el hombro derecho y una sonrisa diabólica y triunfal. Rasputín en verdad estaba convencido de que era el ungido de Dios y que nadie podía asesinarlo. Cuando se alejaba, alguien más le disparó por la espalda, pero siguió su camino sin mostrar signos de desfallecer.  Al parecer, el desquiciado monje era un hueso duro de roer.

II

Alexander se ajustó el cuello del abrigo y llevó las manos enguantadas a los bolsillos mientras se desplazaba con pasos rápidos por las ajetreadas calles de Moscú. El dolor en la espalda había reaparecido con el gélido frío de mediados de invierno. La herida en el rostro le latía en un suave murmullo. Pensó que también era efecto de las bajas temperaturas. Había permanecido dos meses en un hospital de campaña y al fin regresaba a su ciudad natal al menos por unas semanas, antes de que sus obligaciones militares lo volvieran a mantener alejado.

La situación en la ciudad no era diferente del campo de batalla. Los ánimos de los soldados estaban por los suelos, algunos oficiales se habían revelado y abandonado sus puestos. En la ciudad era más de lo mismo, las continuas manifestaciones que en un principio habían sido pacíficas, estaban adquiriendo ciertos tintes más violentos.

Las personas comunes, trabajadores y campesinos atestaban las calles, alzando fuertes clamores de protesta, enfervorizadas por líderes que pregonaban la necesidad de un gobierno por los campesinos y para los campesinos.

Ivanov trató de no adentrase en la masa de personas congregadas, para evitar ser engullido y a la vez pasar desapercibido. Tenía que llegar a su destino a como diera lugar, y pronto.

El característico sonido de los vidrios al romperse lo hizo detenerse y dar un respingo. Giró la cabeza a su izquierda con los ojos bien abiertos y observó a un grupo de hombres y mujeres que lanzaba piedras contra uno de los negocios apostados sobre la calle. El cartel sobre las amplias puertas de ahora vidrios rotos rezaba: “Sastrería de los Hermanos Sokolov”.

Uno hombre de prominente barriga, barba larga y blanca, y con una pronunciada calva intentó protestar, (Ivanov supuso que se trataba de uno de los “hermanos Sokolov”) pero de inmediato recibió un devastador gancho izquierdo. El hombre de la barba blanca emitió un chillido de dolor y de desagradable sorpresa mientras caía al suelo de bruces y no volvió a levantarse.

La turba ingresó al recinto mientras una mujer retrocedió, trastabilló con su propio pie y fue a parar al suelo. Un hombre escuálido casi cadavérico cuyos pantalones se agitaban como las velas de un barco en una tormenta, pasó sobre ella rumbo a la sastrería. Alexander quiso intervenir, pero su lado analítico le advirtió que no tenía oportunidad contra tanta gente, además no podía dejar de lado su objetivo.

Siguió caminando muy a su pesar, mientras los manifestantes, que para Ivanov no eran más que delincuentes, vandalizaban la sastrería y se preparaban para hacer lo mismo con la tienda de abarrotes de al lado.

Las cosas se salían de control cada vez más rápido y el gobierno no tenía la capacidad de hacer algo al respecto.

Alexander cruzó la amplia calle empedrada con grandes zancadas en dirección opuesta a los desmanes y caminó por el arcén por unos minutos para luego internarse en un estrecho corredor flanqueado por un par de edificios.

El pasadizo se encontraba en penumbras y parecía un cubo de hielo. Las paredes de los edificios vecinos impedían el paso de los rayos del sol a perpetuidad. Tras ocultarse en un recoveco Alexander se caló la gorra hasta las orejas en un intento por mantener el calor. El vaho producto de su respiración se esparcía en el helado aire como una nubecilla blanca y espesa.

Estaba preocupado, más temprano en la mañana, había tratado infructuosamente convencer a sus padres de que abandonaran Moscú y buscaran refugio en algunos de los países aliados. Por el contrario, su padre no tenía intención alguna de abandonar sus posesiones a manos de criminales y delincuentes, según sus palabras textuales.

Dejó atrás el estrecho pasadizo y observó carteles pisoteados en el suelo con arengas en contra de los emperadores.

“Queremos pan, abajo el Zar” decía uno en letras grandes, rojas y chorreantes.

“Alejandra es una traidora” rezaba otro.

“Fuera el Zar y la aristocracia” decía el último.

Más adelante, encontró un puente, del otro lado podía ver una serie de calles adoquinadas. Siguió andando, dominado por la imperiosa necesidad de llegar de una vez por todas a su destino.  Pronto, se alejó lo suficiente de la ciudad internándose en un sendero de piedras extraídas de las canteras de los Urales, bordeada de venerables y desnudos árboles muy variados, como olmos y robles que parecían observarlo con curiosidad. El viento arrancaba extraños sonidos al atravesar sus largas y retorcidas ramas mientras silbaba violentamente. Uno de los árboles se estremeció como si fuera a desprenderse del suelo.

Subió una resbaladiza rampa de piedras con grandes pasos cada vez más apresurados mientras el neblinoso y gélido paisaje lo envolvía con sus largos tentáculos.  A lo lejos se presentía el último fulgor del atardecer. Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche estaba muy cerca.

 Estaba cansado y tenía grandes ojeras, pero al mismo tiempo sentía una especie de felicidad absoluta. Avanzaba nervioso, consciente de que el corazón le latía con más fuerza y más rapidez que de costumbre.

Un poco más adelante divisó una colina, con un gesto admonitorio se reprendió a si mismo por haber dejado a su corcel en casa y decidirse a hacer el recorrido a pie. Pero después de meditarlo decidió que era lo mejor. No quería levantar sospechas ni llamar la atención de nadie.

Subió la cuesta con paso firme, lo que lo hizo entrar en calor con rapidez. Cuando coronó la cima observó una larga y sinuosa ladera que descendía desde la colina hasta el lugar que buscaba. Bajó por el sendero y se detuvo frente a la escalinata del palacio de veteadas columnas de mármol.

 Vaciló por un momento, su corazón seguía latiendo con fuerza y no precisamente por el esfuerzo físico que le había requerido llegar hasta allí. Reunió coraje y llamó a la puerta.

El ama de llaves que parecía cargar con todos los años del mundo, le abrió la puerta y lo escrutó con sus pequeños y curiosos ojos. Ivanov pensó que a estas alturas ya no le importaba mucho lo que pensaran los demás. Todos estaban ocupados con la crisis política y económica como para prestar atención a rumores mal intencionados.

La anciana lo acompañó a la biblioteca y le pidió que esperara allí. El lugar era mucho más pequeño de lo que él se imaginaba. Estaba revestido de estanterías repletas de incontables y valiosos volúmenes. Iluminado por arañas colgantes traídas especialmente de Paris. Una alfombra turca cubría el suelo de mármol. El escritorio hecho de caoba o alguna otra madera muy costosa, parecía demasiado grande para el espacio que ocupaba. Sobre el escritorio se alzaba una lámpara con una pantalla de cristal. Por detrás, cortinas purpuras engalanaba el inmenso ventanal. A la derecha de la puerta había un aparador victoriano con cinco licoreras también de cristal dispuestas ordenadamente, dos de ellas contenía líquidos oscuros, las demás contenían líquidos trasparentes. Alexander no supo decir que eran, pero presentía que se trataba de vodka y tal vez escoses. Al otro lado de la estancia una increíble chimenea recubierta con mármol esculpido ardía con llamas crepitantes. Por encima de la chimenea, se podía apreciar el escudo de armas del barón. Emitió un destello de luz azul por unos segundos y un chisporroteo como si se tratara de una descarga eléctrica.

 De pronto sintió que se le formaba un tenso nudo en el estómago. No tenía idea de cómo le comunicaría a ella una decisión de tan enorme trascendencia.

Enfiló el camino hacia la chimenea mientras se sacaba el gorro y los guantes. Luego acercó a ella las manos para calentarlas. Junto a la chimenea, un diván de terciopelo purpura parecía esperar a que la dueña de casa reposara en ella.

Impaciente, paseo la mirada a su alrededor, por aquella extraña estancia que no se parecía en nada a la baronesa, por el suelo de mármol, por la alfombra que el barón adquirió en uno de sus tantos viajes, por el techo policromado y por el escudo sobre la impresionante chimenea.

Un ruido procedente el gran ventanal lo sacó de sus cavilaciones. El viento gélido de la noche debió hacer resonar la madera.

Al mismo tiempo, la puerta de la biblioteca se abrió con un chirrido metálico, como protesta de los desgastados goznes de hierro y a la falta de una buena lubricación.

Tatiana se quedó parada en el umbral de la puerta enmarcada por la luz de la gran araña de cristal que colgaba detrás de ella. Llevaba los ojos bien abiertos y los labios separados, impresionada con la inesperada presencia. Tardó unos segundos en poder reaccionar y cuando lo hizo levantó las dos manos en un gesto de “No puede estar pasando”. En seguida, la vio acercarse y el pulso de Ivanov se aceleró.

Alexander la sostuvo con gentileza acunándola mientras ella hundía su rostro en el cuello de su amante. Tenerla entre sus brazos era una sensación fascinante, apasionante y plena.

Tatiana se aferró a Ivanov y empezó a sollozar.

_Shh preciosa, pensé que te daría gusto verme_ dijo Ivanov con ternura en la voz.

Tatiana levantó la mirada y se restregó los ojos con el dorso de una de sus manos.

_Lo siento_ dijo con una sonrisa vacilante_ claro que me da gusto verte.

De inmediato, la sonrisa desapareció y su mirada se transformó. Levantó la mano y paseó la yema de sus dedos por el rostro de Alexander recorriendo la cicatriz con expresión consternada.

Ivanov le sonrió con dulzura.

_Se ve peor de lo que es_ dijo mientras sus ojos azules la observaban con una desbordante admiración.

_No puedo imaginar siquiera por lo que has pasado_ dijo con la voz entrecortada mientras las lágrimas volvían a correr por sus mejillas.

_Vamos, no te pongas así, estoy aquí contigo ahora_ contestó enjugando las lágrimas de la baronesa.

En ese momento, Tatiana se percató de la cicatriz en la palma de la mano de Ivanov. Emitió un suspiro pesado y volvió a acariciar el rostro de su amante.

_El médico me aseguró que la cicatriz irá desapareciendo con los años, no ha sido muy profunda.

_ ¿Te duele? _ preguntó ella con ojos acongojados.

Ivanov sacudió la cabeza y le dedicó la mejor de sus sonrisas.

_No, solo me escose un poco cuando hace mucho frío_ contestó.

Ella asintió en silencio y se hundió en los ojos de Alexander. Había rezado todas las noches pidiéndole a Dios que lo regresara sano y salvo. Luego de meses de zozobra y angustia lo tenía de regreso así fuera solo por aquella noche.

Su relación con Alexander era para la baronesa algo vagamente parecido al amor. Aunque ella se conformara con lo que él podría darle, hubiera entregado lo que fuera por retroceder el tiempo y conocerlo de nuevo sin el lastre de ser una mujer casada y unos años mayor que él.

Alexander se deleitó los ojos con la completa perfección que tenía frente a él. Siempre supo que Tatiana era una mujer hermosa, pero los años solo habían pulido su belleza, hasta convertirla en una rara y brillante joya.

 Acarició su pelo cobrizo y ondulante mientras ella lo miraba con ojos suplicantes. Todos los recuerdos deliciosos tanto como imperecederos acudieron a la mente del capitán Ivanov y deseó hacerla suya en ese instante. Su interior parecía una enorme hoguera en donde crepitaban sus paciones, pero debía contenerse y hablar con ella.

Le acarició el rostro, se inclinó y la besó en los labios suavemente. Poco después, se separó de ella.

_Necesito hablar contigo, es muy importante_ dijo él mientras su ceja izquierda se remarcaba en una línea de preocupación que Tatiana conocía muy bien.

_ ¿Qué sucede? ¿Tiene algo que ver con tu esposa y tus hijos?

Galina había dado a luz a su segundo hijo mientras Alexander estuvo convaleciente en un hospital de campaña.

Alexander se encogió levemente de hombros. Tenía mucho que ver, aunque no le gustara hablar de su familia con Tatiana.

_ El imperio se ha convertido en un terreno muy escabroso para todos, pero en especial para los aristócratas y los soldados del Zar_ dijo Alexander_ Estamos al borde mismo de la conspiración.

Se acarició la barbilla buscando las palabras exactas para explicarle a ella la situación al mismo tiempo que se paseaba de un lugar a otro de la estancia. Sus pasos se oían amortiguados sobre la alfombra.

Tatiana esperó pacientemente a que él se explicara.

_La mayoría de los aristócratas están en desacuerdo con el gobierno del Zar_ prosiguió con voz grave.

_Lo sé, culpan a Rasputín, hay rumores persistentes de que influye en las decisiones del Zar. He oído que han intentado asesinarlo para evitar que siga manejando a la pareja real_ contestó ella _ están convencidos de que las cosas mejorarán cuando el monje esté muerto.

_Hoy hallaron a Rasputín congelado bajo el hielo del río Malaya Nerka. Su cuerpo flotaba debajo de una capa de hielo con un disparo en la frente_ dijo Alexander.

Tatiana lo miró sorprendida.

_Le amarraron los pies_ prosiguió_ tenía los brazos extendidos sobre la cabeza.

_Eso significa que el gobierno tiene una segunda oportunidad para enmendar las cosas sin la influencia perniciosa del monje_ contestó ella.

Alexander sacudió la cabeza de lado a lado.

_Eso mismo opina mi padre, pero no estoy de acuerdo. Tal vez la aristocracia crea que las cosas mejoraran sin Rasputín, pero lo importante es lo que piensen los campesinos y trabajadores. A ellos les tiene sin cuidado el monje, ellos están hartos del Zar, sus políticas con respecto a la guerra y la crisis económica por la que atravesamos_ explicó Ivanov rascándose la cabeza cavilando.

Tatiana lo observó en silencio por unos segundos y luego lo animó a que prosiguiera.

_Para la gente común, la guerra se está volviendo cada vez más impopular. La crisis económica hace que escasee la comida, se raciona incluso el pan, la gente está muriendo de hambre_ dijo sin dejar de moverse de un lado a otro. Su voz reflejaba la misma tensión que su rostro. _Para ayudar a la guerra, hombres y mujeres por igual trabajan en condiciones inhumanas y el invierno hace la vida aún más insoportable.

A medida que Alexander hablaba, Tatiana pensaba que el Zar había sembrado una situación de caos y destrucción en el imperio que se asemejaba mucho a la espuma de las enfurecidas olas de un alborotado océano.

_ Las huelgas en Petrogrado[1] tienen un efecto de bola de nieve, hay miles de trabajadores aglomerados en las calles. Están decididos a utilizar la revolución como única forma de cambiar sus destinos. Hay docenas de facciones cada una de ellas con motivaciones distintas. Entre ellas hay diferentes niveles de extremismo.

Alexander se detuvo y fijó su mirada en Tatiana. Llevaba una expresión resuelta como si viviese en el futuro y no en el aquí y ahora. Tenía el semblante de un digno soldado del Zar, presto para el combate.

Una expresión de alarma se asomó a los ojos de la baronesa. Nunca había visto tan preocupado a Alexander y aún no acababa con su relato.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó algo temerosa de la respuesta que iría a recibir.

_En el lado más radical de todas estas facciones revolucionarias están los bolcheviques liderados por Lenin. Tiene la loca idea de que la clase trabajadora debe gobernar.

_Eso significaría que…_ dijo la baronesa y dejó la frase inconclusa cuando la sola idea se le hizo inconcebible.

_Significaría la aniquilación de la familia real, encabezada por el Zar_ dijo Alexander terminando la frase por Tatiana.

La baronesa lo observó a todas luces sorprendida y no de la mejor manera. Todo lo que oía le parecía inverosímil y aún no había oído nada.

_En todo el imperio, el resentimiento hacia el Zar se hace más grande y aunque en cierta forma es noble albergar las esperanzas de que el pueblo gobierne, en la práctica sería la perdición para el imperio. Las masas de trabajadores y campesinos en su mayoría no tienen la menor idea de cómo administrar o gobernar. El imperio ruso es de un valor incalculable que se destruiría en poco tiempo si se deja su gerencia en manos de gente incapaz.

_El Zar no ha hecho un mejor trabajo de todas formas_ respondió Tatiana.

_Lo sé, pero él tiene derecho a gobernar después de todo_ contestó Alexander.

_Aun no entiendo a dónde estás queriendo llegar_ dijo la baronesa.

Alexander tomó aire y lo retuvo en sus pulmones por unos segundos para luego expulsarlo sonoramente.

_Me llevaré a Galina y a los niños a Paris y quiero que tú también salgas de Moscú_ dijo con precaución no tenía idea de cómo ella reaccionaría.

Tatiana se dejó caer pesadamente en el diván purpura inmediatamente después de oír a Alexander.

Alexander se sentó junto a ella y tomó su mano derecha entre las suyas.

_ ¡¿Te vas a París?!_ dijo ella completamente confusa y consternada.

_No, no me voy a Paris, voy a llevar a mi familia a Francia porque estoy seguro de que el imperio se viene abajo en poco tiempo. Por favor_ agregó en tono suplicante_ necesito que salgas de Moscú. Temo por tu seguridad.

Tatiana se quedó en silencio, estaba tratando de asimilar lo que Ivanov le estaba diciendo.

_No puedo irme_ contestó ella después de meditarlo_ ¿A dónde iría?

_ Podrías ir a Paris_ aventuró Ivanov vacilante.

_ ¿A Paris? ¿Con tu esposa y tus hijos? _ preguntó con una sonrisa que a Alexander le pareció algo sarcástica. Tenía que comprenderla, Tatiana tenía suficientes motivos para sentirse incómoda.

_Por favor, Tati, en verdad, esta situación no mejorará, se pondrá peor.

_ ¿Tus padres también se irán?

Ivanov pareció contrariado.

_No, no pude convencer a mi padre, el cree que las cosas mejoraran, pero yo estoy seguro de que no será así, todo lo contrario.

Hablaba con absoluta certidumbre como si poseyera una bola mágica en donde ha visto el futuro.

Tatiana pareció sopesar sus opciones. Tenía una inexplicable pero inquebrantable fe en Alexander y esta no sería la primera vez que dudara de él. Ivanov era poseedor de una notable percepción e inteligencia lo que lo hacía razonable y a la vez persuasivo.

_ ¡Tati, por dios! _ dijo desesperado cuando ella permaneció demasiado tiempo en silencio.

Tatiana levantó la mirada al oírlo atormentado.

_No sé lo que haría si te pasara algo_ dijo en tono desesperado.

Tatiana le acarició la mejilla en donde llevaba la cicatriz. Sus desesperadas palabras, inmersas en una capa de extrema gravedad y franqueza tan conmovedoras, le demostraron con toda certeza lo importante que ella era para él.

_Está bien_ contestó al fin_ pero necesito algún tiempo para vender todo.

Alexander suspiró, agradeció que la sensatez se impusiera en ella, su alivio fue visible. Sintió como si una roca pesada cayera rodando de su pecho.

_Tati, no aceptes dinero ni bonos o si lo haces debes compra de inmediato joyas o barras de oro.

Tatiana lo miró sorprendida y a la vez extrañada.

_En poco tiempo, la moneda rusa no servirá para nada_ se explicó.

_ ¿Estás seguro de esto? _ preguntó.

_Se que parece demasiado, pero necesito que confíes en mí.

_Confió en ti_ contestó ella.

Alexander pareció relajarse. Se acercó a ella y la besó en los labios para luego mirarla fijamente a los ojos.

_ ¿Te quedarás? _ preguntó Tatiana en tono vacilante.

_Si me lo permites_ respondió.

Ella le dedicó una sonrisa encantadora.

_Voy a despedir al ama de llaves, prefiero no tener a nadie en casa_ dijo mientras se levantaba.

Alexander asintió, su corazón empezó a acelerarse al pensar que pronto la haría suya.

Tatiana salió de la biblioteca y Alexander permaneció atento oyendo el eco de los suaves pasos de la baronesa, mientras cruzaba el enorme recibidor vacío de la planta baja y se dirigía a la cocina.

Minutos después, regresaba con pasos apresurados y las mejillas sonrojadas. Alexander se acercó a ella y la rodeó entre sus brazos.

_Deberías estar con tus hijos. Apenas has visto a Iván, y estoy segura de que Yuri te extraña.

_Yuri sabe que soy su padre, pero soy un extraño para él. Iván apenas tiene dos meses lo que necesita ahora es a su madre.

Se acercó a ella con una expresión de deseo pintada en su rostro.

_Lo que necesito ahora es a ti_ dijo y volvió a besarla al principio con suavidad, pero pronto profundizó el beso.

Cuando se separaron, subieron la impresionante escalera, acompasados por el eco de sus tacones y los latidos de sus corazones.

Alexander la desvistió despacio, y la tendió en la cama. Tatiana se acurrucó confortablemente sobre su atlético pecho y acarició cada una de las cicatrices que le había dejado la guerra.

El frío arreciaba afuera, el viento aullaba desconsolado contra las ventanas de la habitación, pero ninguno de los dos se percató de ello inmersos en la pasión que los consumía por dentro.


[1] Petrogrado es el nombre que recibió San Petersburgo durante la Primera Guerra Mundial

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