Fragmento de Historias entrelazadas: Alexander Ivanov y Kataryna Weleczuk
I
Las huelgas se extendieron por todas partes, desde Petrogrado hasta Moscú y en el día internacional de la mujer las cosas llegaron a su pico máximo. Más de cien mil mujeres protestaron en manifestaciones que inundaron las calles de casi todas las ciudades del imperio.
Los manifestantes, en gran parte mujeres, protestaban por la escasez de los alimentos. Llevaban la cabeza cubierta y el desasosiego en la mirada. Ondeaban banderas y carteles con mensajes en contra del Zar, mientras Nicolai y Alejandra eran completamente incapaces de comprender el descontento de la gente. Su concepción de las cosas se había distorsionado tanto que creían que el lazo esencial entre el Zar y el pueblo ruso seguía intacto. Este hecho fue sin duda, el peor error que cometió el Zar.
Lo que había comenzado como un disturbio de mujeres, empezó a adquirir rápidamente un contexto político. Las calles se llenaron de manifestantes, se les unieron de inmediato, los trabajadores en huelga y los revolucionarios que no solo se manifestaban, sino que estaban buscando la forma de derrocar al régimen Zarista.
Multitud de personas gritaban arengas en contra del Zar, levantando sus sombreros y agitándolos en el aire. Lo que se inició como una manifestación pacífica, pronto se convirtió en un caos.
Los soldados, siguiendo órdenes de sus superiores, dispararon en contra de la multitud. El resultado, fue la muerte de cientos de personas en una de las más terribles atrocidades cometidas. Al ver la masacre, muchos de los soldados decidieron desertar y unirse a los manifestantes, convirtiendo aquel evento en el punto de quiebre del régimen. Ya no había vuelta atrás.
A pesar de la masacre, los manifestantes no desistieron y marcharon hacia el mismísimo palacio del Zar. La gente enardecida golpeaba los barrotes de los portones del palacio con garrotes y palos.
Al mismo tiempo, varios grupos de soldados se amotinaron en el frente de batalla. A pesar de que los comandantes intentaron obligarlos a seguir luchando a punta de revolver, estos no claudicaron. En aquel momento, el ejército ruso se estaba deshaciendo, la deserción era en masa. Los soldados estaban cansados de la guerra, el hambre y la miseria. Batallones enteros decidieron irse del campo de batalla. Los soldados colmaban los vagones de los trenes de carga para regresar a las ciudades. Estaban a punto de levantarse en una furia revolucionaria. Mareas de manifestantes inundan las calles. Rusia estaba como un caldero hirviendo a punto de estallar.
Los manifestantes que se congregaron frente al palacio llegaron de todos los puntos cardinales, mientras soldados leales al Zar eran enviados a proteger el palacio.
En poco tiempo cientos de soldados, tanques y cañones habían tomado las calles. Algunos ondearon banderas rojas e incautaron vehículos. Al finalizar el día, el gobierno había perdido el control del orden público en Petrogrado. Las calles estaban atestadas de desertores armados que amarraban listones rojos a sus rifles.
II
La baronesa, aguardaba con el corazón en vilo y el abrigo apretado contra su pecho en el corredor oscuro que daba al depósito de la cocina. Se sentía sumamente nerviosa y preocupada. En aquel momento deseó haber dejado Moscú apenas Alexander se lo había sugerido, pero ya era tarde para lamentaciones. Había logrado, vender la mayoría de sus propiedades, a precios irrisorios claro está, pero algo era mejor que nada.
Suspiró inquieta, esperaba la llegada de su chofer, quien la llevaría a la estación de tren en un intento por dejar Moscú esa misma noche y ya pasaban de la una de la mañana.
A pesar de que su vivienda se encontraba en las afueras de la ciudad, desde donde se encontraba podía oír los disparos y los gritos algunos de desesperación y otros de euforia.
Se dirigió a la cocina con pasos apresurados y escrutó por la ventana protegida por las sombras, buscando formas, escuchando sonidos extraños, pero todo seguía en tensa calma. Tampoco había rastros del chofer. No entendía porque se tardaba tanto. Solo debía aparejar un par de caballos a una carreta rústica. No quería llamar la atención cuando se acercaran a la estación.
Se pasó la mano por el pelo nerviosa mientras caminaba de un lado a otro. En aquel momento experimentó la sensación de encontrarse encerrada en una jaula de la que no podía salir, del mismo modo que se siente un animal salvaje entre rejas.
Se detuvo, solo para acercarse de nuevo a la ventana y seguir escudriñando la oscuridad, observando cada rincón del patio en busca de algún movimiento sospechoso. Aguzó el oído, pero solo pudo oí el aullido del viento. Estaba a punto de nevar eso era seguro, debía apresurarse si quería llegar a la estación antes del amanecer.
Sonaron tres disparos, se sobresaltó de inmediato, abrió los ojos de par en par y las pupilas se le dilataron. Los disparos se le antojaron como estruendos desde el lugar en donde se encontraba. En ese instante vio que se acercaba una carreta y en un principio pensó que algunos de los revolucionarios habían llegado hasta el palacio con intención de saquearlo, pero pronto comprendió que se trataba de su chofer.
El hombre detuvo la carreta frente a la puerta de servicio de la cocina, en donde en tiempos mejores, los proveedores de las tiendas de abarrotes solían dejar sus productos. Ahora, serviría para cargar las pocas pertenencias que la baronesa llevaría consigo en su huida.
Tatiana abrió la puerta con precaución, y le hizo señas al chofer para que entrara. El hombre era extrañamente corpulento para su baja estatura. Llevaba un gorro de piel en un intento por proteger del frío a su extensa calvicie. Antes de hacerse con las maletas, dirigió sus grandes ojos negros en dirección a la baronesa, ojos que habían perdido el brillo y se habían tornado distantes.
La baronesa pensó que el hombre tenía motivos para sentirse preocupado y distante, pero aquella sería la última noche a su servicio, luego sería libre para hacer lo que quisiera, sea unirse a los revolucionarios u huir del imperio. Le había pagado una buena suma de dinero para que la llevara a la estación.
El chofer acomodó las maletas en la carreta y las cubrió con una lona. Tatiana se vistió con el abrigo y se cubrió la cabeza con la capucha. Subió a la carreta junto al chofer, a pesar de que el viento soplaba con fuerza y la nieve había empezado a caer. Se pusieron en marcha en seguida, por el sendero por el tantas veces Alexander había recorrido.
Suspiró profundamente y el frío aire de la noche le heló la garganta. Volteó la cabeza y observó por última vez el palacio que había sido su hogar.
A medida que se acercaban a la ciudad, los estruendos de los cañones y los disparos se hacían cada vez más cercanos.
A delante, a unos cien metros de distancia, observaron horrorizados uno de aquellos vehículos de motor, muy en boga entre los aristócratas, primero derrapar y luego volcarse.
Tatiana observó atónita el momento en que tres hombres se acercaban, esparcían algo líquido encima del vehículo y luego le prendían fuego para luego salir huyendo. Las llamas anaranjadas se extendieron de inmediato cubriendo el automóvil entre sus tentáculos. Oyó las risas y los gritos de euforia que se disputaban con el ululante viento. Por un momento, los ocupantes de la carreta se quedaron helados, rígidos y no precisamente por el gélido viento, sino por el terror y la incredulidad.
Tatiana quiso detenerse y ayudar al hombre que estaba atrapado dentro, vio sus manos a través de la ventanilla, pálidas como las de un muerto. Golpeaban débilmente el vidrio, pero las llamas lo cubrieron de inmediato. El olor a combustible, aceite quemado y de carne chamuscada inundó el aire de inmediato. Tatiana se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de desesperación y terror, no podía dar crédito de hasta donde era capaz de llegar, la degeneración humana y aún no había visto nada.
El viento helado soplaba en una especie de torbellino, arremolinando la nieve alrededor de la carreta. Tatiana se ajustó la capucha alrededor del cuello en un intento por mantenerse caliente.
La carreta se sacudió de pronto y dio un tumbo, la vía cubierta de nieve no permitía distinguir los baches y las grietas que la surcaban causadas por las heladas. Tatiana se sujetó de donde pudo, mientras el chofer obligaba a los caballos a reducir la velocidad.
La carretera siguió empeorando, los baches fueron multiplicándose hasta que toda la carretera se asemejaba a la superficie de un queso gruyer, flanqueada de espesos bosques de pinos ancestrales que se cernían sobre ellos como inmensos fantasmas blancos.
La carreta se topó con un agujero profundo, se sacudió hacia el lado derecho y luego se enderezó para luego salir del hoyo como un velero en una borrasca
El chofer masculló algo entre dientes que Tatiana no pudo entender. Tampoco quiso preguntar, no le convenía que el chofer decidiera dejarla sola a su suerte en aquel desierto paraje.
Tatiana había recorrido aquella carretera miles de veces y jamás le había parecido tan oscuro, estrecho y desolado como aquella noche. Ante ellos, el sendero ascendía hacia la cumbre de una colina cubierta de espeso bosque. La baronesa echó un vistazo a los árboles que se sacudían con ayuda del viento adentrándose hacia el sendero como fantasmales espíritus con sed de venganza.
Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, como si uno de aquellos fantasmales árboles la hubiera tocado con sus gélidas ramas. Su rostro adquirió una expresión atribulada al observar que los árboles quedaban atrás y las primeras viviendas saqueadas tomaban su lugar.
Pasaron frente a una hermosa casa de tres pisos adornada con bellas escalinatas dobles que llevaban a la puerta principal, que se encontraba abierta de par en par a pesar de ser más de las dos de la mañana. Las cortinas de terciopelo verde que habían adornado alguna vez las ventanas de la casa ardían junto a una pila de libros emitiendo un humo oscuro y mal oliente en el jardín delantero.
Un grupo de jovencitos gritaban y reían mientras bebían desde licoreras de cristal junto a la improvisada hoguera. La inyección de descontento social había surtido un efecto muy rápido y catastrófico.
Tatiana siempre había considerado la exuberancia adolescente a veces contagiosa, otras agotadora, pero en aquel momento le pareció repugnante. Se preguntó por la seguridad de los dueños de la casa, es decir, de los ex dueños de casa ya que estaba claro que la vivienda ya nos les pertenecía. La misma suerte correría su hermoso palacio ya que no pudo venderlo a tiempo.
Decidió que era mejor no pensar en ello. Su primer objetivo era salir de Moscú, luego se preocuparía por lo demás.
En pocos minutos la carreta se adentró en la ciudad en donde las cosas lucían aún peores. Los manifestantes, que ya habían dejado de serlo, para convertirse en delincuentes y asaltantes, habían tomado cada rincón de la ciudad, destrozando tienda y viviendas. Matando a soldados o simpatizantes del Zar.
Se oyó un disparo muy cerca a ellos, seguido de otro inmediatamente después. El chofer emitió un chillido de dolor mientras soltaba las riendas y se llevaba las manos al estómago. Antes de que Tatiana advirtiera siquiera lo que estaba sucediendo, el hombre se retorció sobre sí mismo y cayó al suelo con un ruido sordo.
La horda de manifestantes rodeó la carreta de inmediato, Tatiana pensó que la lincharían en ese preciso instante. El terror la invadió de inmediato, sus ojos desesperados parecían a punto de salírsele de sus órbitas. La adrenalina le oprimió el estómago y le golpeó el diafragma como si acabara de tomarse una botella completa de vodka. Se sentía completamente aterrorizada, pero aún podía luchar por su vida.
Tomó las riendas de la carreta con fuerza y miró a su alrededor con expresión de pánico, los labios apretados, la lengua atrapada entre los dientes y el rostro cubierto de sudor, a pesar de que el frío era cada vez más intenso.
Azuzó a los caballos y se abrió paso entre la muchedumbre. Un par de hombres cayeron debajo de las patas de los animales y entre las ruedas de la carreta. Tatiana oyó el sonido sordo de los huesos al romperse, cuando una de las ruedas pasó sobre el esternón de uno de ellos. Pero no tenía tiempo para pensar en eso ahora, debía salir de allí si no quería terminar como el chofer.
Oyó el zumbido de las balas al surcar el aire helado muy cerca de su oído, pero no se detuvo. Pronto divisó la entrada de la estación del tren y aceleró la marcha.
Se detuvo frente a un destacamento de soldados que aún le eran leales al Zar. Saltó de la carreta como si llevara haciéndolo durante años y enseñó sus papeles a uno de ellos. La dejaron pasar, no pudo llevarse más que las maletas que podía cargar.
En pocos minutos, subió al primer tren que salía de Moscú con destino a algún punto de Europa. Un hombre muy elegante con aire distinguido se limitó a echarle un vistazo con expresión sorprendida, dedicándole una sonrisa torva y fatigada. A continuación, su rostro se convirtió en una máscara indescifrable. Tatiana pensó que su aspecto no sería el mejor de todos después de lo que había vivido. Se pasó la mano por el pelo cobrizo en un intento por ordenarlos un poco.
Cuando el tren emitió su característico aullido agudo al dejar la estación, la ansiedad y la desesperación volvieron a adueñarse de ella.
Permaneció parada un instante, contemplando los lienzos de nieve que aleteaban alrededor del vagón en el que se encontraba, oyendo las ráfagas sucesivas de vapor al mover la locomotora mientras su mente se llenaba de preguntas: ¿qué futuro le esperaba? ¿dónde terminaría? ¿volvería a ver alguna vez a Alex?
El corazón empezó de nuevo a latirle deprisa, pero le resultó imposible decidir si la arcada que sintió en el fondo del estómago era de alivio o de terror.
Buscó su camarote bajo la débil luz amarilla de un amanecer tormentoso. La cellisca se había hecho cada vez más densa y pesada sobre los vagones del tren cubriéndolas como un manto retorcido, hasta que cayeron sobre las grandes vías del ferrocarril, haciéndolas brillar con plateadas chispas. El pequeño ápice de fortaleza que la había mantenido hasta entonces se desmoronó y rompió a llorar. Mientras lo hacía, una sublime ráfaga de alivio le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, un alivio tan intenso que parecía una temerosa revelación. Si se hubiese quedado un día más en aquel enorme palacio, de seguro terminaba muerta.
Se sacó el abrigo, en la soledad de su camarote, luego el vestido, y por último la ropa interior tapizada de joyas y gemas preciosas que cargaba como si de un escudo se tratara. Suspiró profundamente y se dispuso a afrontar su destino, después de todo había tenido mucha suerte.
III
Nikolái Ivanov siguió en su palacio a pesar de las súplicas de su hijo y al caos que reinaba en la ciudad. Estaba convencido de que los manifestantes terminarían regresando a sus casas cuando el ejército del Zar los dispersara. Estaba claro que cuando la mente no desea admitir algo, siempre hallará algo en que fundamentar sus dudas. Jamás imaginó ni en sus perores pesadillas la caída de la dinastía Romanov después de trescientos años en el poder.
Por primera vez Nikolái sintió inquietud al enterarse de que la mayoría de sus amigos y vecinos habían abandonado Moscú. Otros habían sido saqueados por turbas de revolucionarios que pedían la cabeza del Zar.
Bajó las imponentes escaleras del palacio y se dirigió a la biblioteca con la intensión de beber alguna copa de vodka, mientras pensaba que hacer.
Cuando ingresó volteó la cabeza a la derecha y vio una figura apoyada contra la repisa de la chimenea. Las cortinas estaban corridas y no pudo distinguir muy bien en la penumbra de la habitación.
La figura giró sobre sus talones al oír que la puerta se habría y enfrentó a Ivanov con una sonrisa en el rostro.
_ ¿Quién diablos es usted y que hace en mi casa? _ preguntó Ivanov airado.
Tenía una expresión de intensa indignación pintada en el rostro que no tardaría en convertirse en pánico.
_Soy quien va a ocupar esta casa de ahora en más_ respondió la figura que se acercó de inmediato a Ivanov.
Cuando estuvo frente a él, Nikolái pudo ver con mayor claridad al intruso. Llevaba el pelo negro y desprolijo sobre el rostro y olía a queso roquefort en mal estado. Estaba empapado de vodka. Ivanov sospechó que el hombre se había pegado una borrachera con el vodka de las licoreras de la biblioteca. Tuvo tiempo de preguntarse cuanto tiempo llevaría metido en su casa sin que nadie se percatara de ello.
De pronto, el intruso se inclinó hacia adelante de modo que estuvo a pocos centímetros del rostro de Ivanov y le habló sosegadamente, pero con tono frío y amenazante.
_Tiene diez minutos para salir de aquí. Ni un minuto más.
Una leve sonrisa bailaba en las comisuras de los labios del hombre.
_ ¡¿Está usted demente?! _ preguntó Ivanov levantando la voz_ ¡quien se va de aquí es usted antes de que llame a ni guardia personal!
_ Su guardia personal_ repitió con una leve, aunque inconfundible sonrisa malvada.
La voz del hombre contenía una nota de sarcasmo burlón.
_Su guardia es ahora la mía_ agregó_ y si no sale de aquí en diez minutos haré que le disparen a usted y a su esposa.
Al terminar de hablar se echó a reír y se abalanzó contra Ivanov golpeándolo en el rostro.
Ivanov emitió un chillido de sorpresa y de inmediato comprendió que todo era real, estaban sacándolo de sus propiedades y lanzándolo a la calle como si fuera un saco de basura. En cada uno de los rasgos de su rostro se hizo visible la agonía y la angustia.
_Cambié de opinión_ dijo el hombre que olía a queso roquefort_ tiene un minuto para salir de aquí.
Desenfundó un revolver y lo apuntó en dirección a Ivanov.
Nikolái lanzó un aullido áspero y casi primitivo, un sonido que nunca había emergido de sus comedidas cuerdas vocales de aristócrata, y agitó los brazos en dirección a la puerta de la biblioteca mientras corría.
Llegó hasta las puertas que daban a los jardines y se aferró a ellas con ambas manos, mientras el intruso lo seguía de cerca. Tiró de ellas, pero la puerta no se abrió. Se oyó un disparo que lo alcanzó en la pierna derecha. Gritó de dolor y desesperación. De inmediato volvió a tirar de la puerta con todas las fuerzas que le confería el pánico. Los faldones de la camisa se le salieron de los pantalones y la costura de la axila derecha se desgarró con un leve susurro, pero al fin consiguió abrirla.
Cruzó las amplias puertas acristaladas corriendo hacia el jardín. Parecía un espantapájaros desquiciado y gesticulante dibujado contra el tenue sol de febrero.
Se oyeron dos disparos más e Ivanov quedó tendido boca abajo sobre el aterciopelado manto verde, con las piernas y los brazos extendidos.
A pocos metros de distancia, la esposa de Ivanov retrocedió dos pasos y se llevó las manos a la boca para sofocar un grito de histeria.
El hombre que olía a queso roquefort avanzó hacia ella apuntándola con el arma. Esta vez la mujer abrió la boca de par en par y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a gritar y todavía gritaba cuando el intruso la alcanzó y le colocó el cañón del arma en la sien.
Luego de disparar, el hombre lanzó una mirada a los cadáveres, con una expresión que no delataba el menor atisbo de piedad ni arrepentimiento. Era una mirada helada, que indicaba la ausencia total de compasión.
IV
Luego de la Revolución de febrero, el Zar se vio obligado a ofrecer concesiones a un gobierno representativo además de darle más control al DUMA[1]. A pesar de todas las medidas que había tomado el Zar, era muy tarde. No había forma de detener las intrínsecas fuerzas que terminarían por destruir la monarquía. Nikolái no podía ganar la guerra de un día para otro, no podía solucionar los graves reclamos, como la escasez de comida y el desempleo. No había nada que el Zar pudiera hacer en aquel momento para reparar la situación política y social del imperio.
Por decisión unánime, los consejeros le aconsejaron al Zar renunciar al trono en favor de su hijo Alekséi, y nombrar regente a su hermano. Nikolái desestimó esa sugerencia y abdicó en favor de su hermano Mikael. Desde luego, este no estuvo de acuerdo, no deseaba nada que ver con el gobierno y declina ser Zar.
Rusia pasó de la autocracia al caos político. Sin una cabeza que gobierne los destinos del imperio, dos fuerzas se disputaron el poder en Petrogrado. Por un lado, la DUMA y por otro lado un grupo mucho más radical y profundamente revolucionario el Sóviet de Petrogrado. Ninguno de los dos era más poderoso que el otro, por lo que se unieron y crearon un gobierno provisional, para mantener el orden, apoyar el esfuerzo de la guerra hasta que se decidiera por un gobierno permanente.
En esta situación, se dieron infinidad de cambios en los altos mandos del ejército. Mientras más soldados desertaban o se reportaban como enfermos. Se vieron obligados a reclutar campesinos de mediana edad que no tenían ningún tipo de instrucción militar, lo cual complicaba la situación del agro y por consiguiente la falta de alimentos.
[1] DUMA: Asamblea Legislativa