En algún alejado lugar de la campiña sureña francesa, marzo de 1918.

(Fragmento de Historias Entrelazadas)

I

Alexander Ivanov se hallaba de pie frente a la agradable chimenea cuyo fuego hacía crepitar la leña mientras ardía. Las largas lenguas anaranjadas parecían representar una danza hipnótica iluminando su cansado rostro confiriéndole un aspecto fantasmagórico. Sus ojos fijos en ellas y su mente a miles de kilómetros de distancia recordando el pasado, a veces acogedor y agradable, otras desapacible e incómodo.

En el exterior, el viento ululaba, con un sonido constante. Daba la impresión a veces de que desfallecía por completo para luego volver a fortalecerse, profiriendo aullidos largos y discordantes cuando las aún frías corrientes de aire se desplazaban bajo las cornisas y hacían oscilar los viejos maderos de la casa de piedra.

Los niños corrían alegres, despreocupados a través de la biblioteca, jugando a las escondidas mientras la mente de su padre divagaba por campos de batalla, los amigos caídos en aquellos campos, la muerte de sus padres y la desaparición de Tatiana.

Se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y posó sus ojos sobre el cofre que descansaba sobre su escritorio, recordando sus años en el servicio militar.

Los estridentes berridos de los niños parecían provenir de un lugar muy lejano. Cruzó las manos sobre su estómago y profirió un pesado suspiro recordando la terrible muerte de Krikor y el duro cometido que tuvo que afrontar poco después, cuando visitó por segunda vez el pueblo natal de su amigo, pero esta vez lo acompañaba a la casa paterna por última vez.

Recordó el llanto desesperado de la madre, recordó los gritos desolados de la esposa mientras sostenía a su pequeño hijo en brazos. Recordó el rostro destrozado del padre que a duras penas se mantenía en pie frente al féretro de su querido hijo mientras le entregaba lo poco que quedaba de sus pertenencias. Al anciano le temblaron las manos al recibirlas.

Todo era tan diferente de la primera vez que había visitado aquel pueblo armenio. Aquel pujante y majestuoso campo del cual el padre de Krikor estaba tan orgulloso había quedado reducido a caos y ruina. Las tierras habían sido confiscadas y expropiadas por el nuevo gobierno interino y los campesinos no tenían la más minina idea de cómo adminístralas.

Cansado y completamente devastado, Alexander Ivanov decidió abandonar el ejército durante su largo camino de regreso a Moscú. Ya no tenía nada que hacer allí, es más, si no salía del imperio, era probable que terminara muerto, o en el mejor de los casos, en alguna fría y húmeda mazmorra.

Se dirigió a Francia, en donde Galina, Yuri e Iván lo esperaban. Había tomado todas las precauciones necesarias por lo que llevaban una vida apacible en una pequeña casa en una campiña francesa al sur del país. Tan apacible que estaba a punto de volverse loco.

Galina se quedó de pie en el umbral de la estancia con una labor de punto en la mano que le cubría casi toda la parte inferior del cuerpo, al parecer estaba tejiendo una especie de manta. Vestía un vestido de tela de algodón gris claro en lugar de su acostumbrada seda de brillantes colores. Sin soltar la labor, cruzó los brazos sobre su abundante pecho y enterró profundamente las manos debajo de las axilas. Las agujas del tejido se le clavaron en el brazo, pero ella pareció no percatarse de ello. Ordenó a los niños con voz autoritaria que salieran de la biblioteca, se lavaran las manos y se sentaran a la mesa a cenar.  Escrutó a Alexander por unos segundos con una rápida y brusca ojeada. Acto seguido, volteó sobre sus talones y regresó por donde había venido sin dirigirle la palabra a su esposo.

Los gritos de los niños desaparecieron tal y como habían llegado. Mientras todo el alboroto daba paso de nuevo al silencio, Ivanov siguió sumido en sus pensamientos.

El fuego había decaído un poco, pero a pesar de ello, lanzaba un calor reconfortante sobre el rostro y los brazos de Alexander. Eso era justo lo que necesitaba en aquel momento, algo que lo reconfortara, algo que lo reconstituyera, algo que lo vigorizara. Estaba atascado mentalmente y necesitaba salir del hoyo negro y helado en el que estaba atorada su mente.

 Aquel comportamiento abstraído, era una constante en él desde que había llegado, pero no podía evitarlo. Luchaba contra la impotencia que aún le producía el pánico que había sentido al ver morir a tantos hombres a su alrededor, incluido dos de sus mejores amigos. La desesperada sensación de vivir constantemente en situaciones amenazadoras aún no lo dejaban conciliar el sueño muchas veces y cuando al fin lo hacía, despertaba bañado en sudor y con la respiración jadeante luego de alguna pesadilla.

Los recuerdos perturbadores aparecían de un momento a otro arrasando con su capacidad de concentración. En aquellos momentos dejaba todo lo que estaba haciendo y solo podía llevarse las manos a la cabeza y apretársela en un intento por borrar aquellos recuerdos. En otras ocasiones parecía que su mente adormecía todos aquellos recuerdos, por más intento que hacía no podía recordar con exactitud ciertos eventos turbadores.

Pero lo que más inquietaba su alma, no era precisamente el caos en el que se encontraba su mente, sino la desaparición de Tatiana. La había buscado en Moscú apenas regresó, y se enteró por uno de sus sirvientes que había logrado huir de la ciudad. El hombre no pudo suministrarle más información. Luego de varios meses de búsqueda llegó a indagar algo sobre su paradero, podría estar en Francia, tal como él le había sugerido, pero nada en concreto. Ningún amigo o conocido la había visto en París o en alguna otra región de Francia.

De pronto pareció salir del estado narcótico en el que se encontraba. Se levantó del sillón que ocupaba, tomó un trozo de leña de la canasta situada a su derecha y la arrojó a las llamas. Una multitud de chispas trepó por la chimenea, apretujándose al ser aspiradas por el frío aire del exterior.

Ivanov contempló el fuego durante un rato y luego giró la cabeza a su izquierda al oír un golpe seco. Sonrió al descubrir a Yuri, su hijo mayor agazapado debajo del escritorio.

_Se suponía que estarías cenando_ dijo.

El niño hizo una especie de encogimiento de hombros al mismo tiempo que sonreía ante su atrevimiento.

Un nódulo estalló en la chimenea y Alexander dio un respingo, su corazón empezó a latir con fuerza. Más allá de la vivienda de muros de piedra el viento aulló espantado como si le irritara su incapacidad para ingresar a la casa, al igual que Alexander le enfurecía su propia incapacidad de recuperarse y seguir con su vida.

En algún lugar de la casa una puerta golpeaba desacompasadamente contra la barra que la mantenía cerrada, pero al igual que la puerta y el oxidado sujetador que la contenía, Alexander llegaría a resistir.

Galina ingresó a la biblioteca con pasos rápidos y firmes, con su abultado abdomen delante de ella. Le dedicó a Alexander una de sus famosas miradas de reproche y se dirigió al escritorio. Rodeó al niño por la cintura y lo levantó en brazos. Yuri apoyó la cabeza en su hombro y se llevó el dedo pulgar a la boca.

Galina salió de la habitación dando un fuerte portazo que remeció la ventana y las cortinas.

Alexander apenas se percató de la escena.

En la oscuridad, más allá del resplandor del fuego, el viento se convirtió en un chillido. Le pareció oír la voz clara de Tati elevándose y hundiéndose en aquel chillido. Elevándose y hundiéndose como el viento.

Recordó su juventud, lo impetuoso de su clandestina relación con la baronesa. Recordó lo feliz y completo que se sentía cuando estaba con ella. Recordó lo importante que siempre había sido para él. Recordó la última vez que la vio y la última carta que recibió de ella hacía ya varios meses.

De pronto sintió que la ira se encendía en su interior. Se culpó por no tener noticias de ella, por no haber tomado mayores precauciones con respecto a su seguridad, por haberla dejado a su suerte mientras él iba a luchar por una causa imposible de ganar.

Solo podía albergar esperanzas de que ella en verdad se encontraba en Francia sana y salva.

Pero aquel segundo esperanzador desapareció de inmediato al pensar que, si fuera así, ya debería haber tenido noticias de ella. Era imposible pensar que ninguna de sus mutuas amistades no había oído una palabra de Tati en meses.

Golpeó la repisa de la chimenea con un puño, tan fuerte, que sintió un dolor agudo y penetrante.

_Eso es, mereces sentir dolor, mereces sufrir_ dijo en voz alta con una voz que no parecía la suya.

De pronto la ira desapareció y las lágrimas le atormentaron los ojos, pero las reprimió con todas sus fuerzas, tal y como había hecho otras veces. Ahora sentía consternación, por la rapidez con que la pasada felicidad que sintió con Tatiana en otros tiempos se había esfumado. Lo había dado por garantizada y ahora solo se había trasformado en desdicha y desazón. Pensó que tal vez debería agregar a esa lista la desesperación. Desesperación por la incertidumbre de no saber lo que le había ocurrido.

No, no podía entregarse a la desolación, ella tenía que estar viva.

A lo lejos, proveniente de la cocina, oyó risas generales y murmullos de aprobación en respuesta probablemente a alguna nueva travesura de alguno de sus hijos.

Para Alexander todo lo que ocurría a su alrededor parecía ajeno a él, como si se tratara de otra familia, otros niños, no los suyos.

Pensó que tenía que hallar la forma de superar lo vivido y descubrir la manera de seguir viviendo. De lo contrario, terminaría sucumbiendo ante la psicosis y la demencia

II

El día había amanecido tibio y Alex decidió salir a cabalgar, a galopar por un rato dejando que el sol que se levantaba en el horizonte le calentara el rostro. Las escasas nubes se movían en el cielo haciendo que los rayos dorados del sol formaran largas estelas luminosas sobre los campos que lucían alegres matices de verde y amarillo por doquier.

Redujo el paso cuando consideró que se había alejado lo suficiente de la casa. Coronó una colina y divisó desde allí por lo bajo lo que parecía ser una hacienda de un blanco centelleante, rodeada de una empalizada del mismo color. La entrada principal de la finca era ancha y adoquinada, perfectamente conservada, flanqueada por árboles de cerezos y coloridos rosales que parecían hacer reverencia a algún invisible personaje que se acercaba a las puertas de la antigua construcción. Notó otro camino ascendente más angosto por detrás de la casa principal en dirección norte hacia un cobertizo alargado.

Detrás de la casa en pendiente hacia un estrecho arroyo, había un jardín y lo que parecía una pérgola cubierta de un emparrado de flores escarlatas.

Se preguntó quién habitaría la vivienda y cómo fue que nunca había llegado hasta allí en sus anteriores cabalgatas. Mientras se hallaba en aquellas cavilaciones, de la vivienda salió una mujer ataviada con un vestido largo, como aquellos que estuvieron de moda a finales de siglo. No podía distinguir su rostro, aún se encontraba a mucha distancia para poder hacerlo. La brisa soplaba suave en el valle, pero aún era suficientemente fuerte para hacer ondear su vestido alrededor de sus piernas. Una extraña curiosidad lo obligó a acercarse. Picó con la rodilla en la cadera a su cabalgadura y avanzó con paso lento.

Cuando se fue acercando, oyó que la tela del vestido producía un sonido similar al de una vela impulsada por el viento en alta mar.  Notó, además, una hiedra verde brillante, trepando despiadadamente por uno de los antiguos muros de piedra, pensó de inmediato en Hidra[1] y en sus tentáculos policéfalos.

Cuando estuvo a unos diez metros de ella, la mujer de cabellos canos y arrugas como surcos lo contempló con sus ojos negros que despedían brillos de preocupación y desconfianza. Pero a pesar de ello, levantó la mano en señal de saludo.

Alexander no pudo evitar sonreír mientras se lo devolvía. Espoleó de nuevo a su montura con las rodillas y el caballo se detuvo. Se apeó, amarró al animal al palenque para después acariciarlo por unos segundos. Acto seguido, se dirigió a la mujer que aún lo observaba sin decir palabra alguna.

_Buenos días_ saludó haciendo una leve inclinación de cabeza. _ Mi nombre es Alexander Ivanov. Vivo a unos kilómetros de aquí_ agregó señalando el lugar por donde había venido.

_Bonjour, monsiur[2] Ivanov_ respondió la mujer con actitud expectante.

_Disculpe que me haya tomado el atrevimiento de acercarme a su vivienda sin invitación. Yo solo cabalgaba por aquí_ dijo el ruso con aire avergonzado.

_No se preocupe_ dijo ella con una sonrisa sincera que dejó a Ivanov algo más relajado_ No suelo recibir muchas visitas, eso es todo.

La anciana mujer había terminado de considerar si la presencia de Alexander representaba para ella un peligro o no, al parecer había decidido lo segundo.

_ ¿Le gustaría acompañarme a tomar un té? _ preguntó señalando las puertas de la vivienda.

_No quisiera importunarla_ respondió Ivanov.

_En absoluto, como le dije, no recibo muchas visitas, la mayoría de los hombres se fueron a la guerra y las muchas de las mujeres ayudan a cuidar a los heridos. Me gustaría tener algo de compañía si le parece bien.

Alexander asintió con una sonrisa.

_De ser así me gustaría mucho_ respondió.

La mujer se dirigió a la casa seguida muy de cerca por su desconocido invitado, quien notó de inmediato la pronunciada cojera de su anfitriona. La anciana, arrastraba la pierna izquierda al caminar, pero, aun así, no se valía de ningún tipo de apoyo para hacerlo, lo cual supondría un gran esfuerzo para ella.

Alexander quedó gratamente sorprendido con el interior de la vivienda, se encontró en un amplio salón que, aunque modesto, se hallaba placenteramente decorado. La iluminación natural provenía de amplias puertas francesas que en aquel momento se hallaban abiertas y por donde ingresaba una brisa agradable que hacía volar las suaves cortinas de lino. A la derecha, un amplio estante repleto de libros era la principal atracción del salón. A la izquierda, una impresionante chimenea de piedras labradas trataba de ganarle protagonismo al estante de libros. El piso de piedras pulidas se hallaba cubierto por dos increíbles piezas de alfombras persas. En el techo se podían apreciar antiguas vigas de madera moldeadas, de una de ellas colgaba un candelabro de impresionantes dimensiones.

La mujer señaló un par de sillones en el centro del salón y Alexander se sentó en uno de ellos.

_Si me disculpa unos minutos, traeré el té_ dijo.

_No quiero importunarla_ se apresuró él a decir mientras intentaba levantarse.

_No, no se preocupe tengo todo listo, estaré con usted en pocos minutos_ explicó mientras volteaba sobre sus talones y se dirigía dificultosamente hacia lo que Ivanov suponía sería la cocina.

Tuvo la oportunidad de observar mejor a la anciana, y comprobó que la pierna izquierda la tenía prácticamente paralizada. La arrastraba trabajosamente manteniendo el equilibrio con la pierna derecha. Recorrió el lugar con la mirada buscando a algún sirviente que pudiera echarle una mano a la mujer. Pero no encontró a nadie. Emitió un suspiro incomodo y se preguntó qué diablos estaba pensando cuando decidió bajar la colina y presentarse en un lugar sin ser invitado.

Permaneció observando cada detalle de aquel salón mientras esperaba el regreso de su anfitriona. Poco después, la anciana ingresó al salón con una bandeja para el té. Ivanov se puso de pie de un salto e intentó ayudarla. La anciana negó con un movimiento persistente de cabeza al tiempo que decía:

_Siéntese por favor hago esto todos los días.

Alexander volvió a sentarse con una expresión de inquietud en el rostro.

La anciana dejó la bandeja sobre la mesa frente a Alexander y sirvió una de las tazas. Se la alcanzó al ruso para luego dejarse caer en el sillón que se encontraba detrás de ella. No bajó las manos exactamente, sino que parecieron deslomarse en su regazo, como si de repente se hubieran vuelto demasiado pesadas para sostenerlas.

_Lo siento, en verdad no quise importunarla_ se volvió a excusar Alex.

La anciana le sonrió condescendientemente.

_Olvídese de eso_ dijo_ porque no disfrutamos del té y nos conocemos un poco.

Alexander asintió mientras llevaba la taza de té a sus labios. La anciana lo escrutaba con sus ojos negros a la vez que entrelazaba los dedos de las manos y las volvía de descansar sobre su regazo.

_Supongo que es usted ruso _aventuró la mujer_ y adivino que tuvo una educación privilegiada, habla usted muy bien el francés_ agregó.

Alexander dejó la taza sobre la mesa mientras respondía.

_Si, soy ruso y no puedo quejarme de mi educación_ dijo con una sonrisa nerviosa.

La mujer asintió con un firme movimiento de cabeza.

_Disculpe, no se su nombre_ dijo Ivanov seguía con aquella sonrisa incómoda en los labios.

_ ¡Oh! Lo siento tiene usted razón. Me llamo Amelie Le Brun. Mi familia lleva viviendo en estas tierras más de doscientos años. Mi esposo falleció hace diez años y mis hijos están al norte en la guerra.

Alexander asintió pensativo. Parecía que todo el maldito mundo estaba en aquella guerra.

_Perdone que me inmiscuya en lo que no me importa, pero ¿pasa todo el día sola?

_Casi siempre, viene una mujer desde el pueblo dos veces por semana para encargarse de la limpieza, pero por lo demás estoy sola. ¿Qué me dice de usted?

_Mi familia vive a unos kilómetros de aquí_ dijo Ivanov.

_Pensé que había dicho que usted vivía a unos kilómetros de aquí.

Ivanov bajó la mirada y emitió un suspiró del cual no se percató, pero a la anciana no le pasó desapercibido.

_Perdone no quise ser indiscreta_ se apresuró a decir Amelie.

_No se preocupe, lo que sucede es que dejé el ejercito hace unos meses, y aún no me siento como en casa.

_Entiendo, todos los soldados del Zar han tenido que dejar su patria y es difícil adaptarse de inmediato a otro lugar.

Alexander la miró sorprendido.

_ ¿Qué sucede? ¿Pensó que una anciana como yo no estaría al tanto de lo que sucede fuera de estas tierras? _ preguntó con una sonrisa juguetona.

Alexander la observó perplejo, pero no respondió.

_Sí, imagino que no es difícil para usted, dar la espalda a todo lo que conoce, dejar atrás a muchos amigos y seres queridos. Olvidar todo lo vivido en aquella guerra que aún no tiene cuando acabar. Olvidar a los amigos y familiares que perdieron la vida y dejaron un vacío en nuestros corazones que no podemos volver a llenar.

Alexander sintió que el corazón le pesaba de pronto como si alguien le hubiera cargado un gran peso encima. Aquella mujer desconocida sabía a la perfección como se sentía y por más que quiso decir algo sus labios no pudieron emitir ninguna palabra.

Amelie bajó la voz hasta convertirse en un arrullador susurro, como si con ello pretendiera calmar el gran pesar que evidentemente cargaba sobre sus hombros aquel hombre.

_La vida es dura Alexander Ivanov de Rusia, lo que ha vivido es solo el comienzo, estoy segura de que pasará por otros momentos peores, pero eso solo lo hará más fuerte. Puedo verlo en sus ojos, está sufriendo, pero no será así por siempre.

_ ¿Quién es usted? _ preguntó Alex conmovido y a la vez confuso y desconcertado.

La anciana sonrió abiertamente exhibiendo unos dientes increíblemente blancos para una mujer de su edad.

_Solo soy una mujer que ha vivido_ respondió.

Levantó sus manos entrelazadas hasta su rostro sopesando lo que iba a decir, para luego dejarlas caer de nuevo flácidamente sobre su regazo.

_Me gustaría contarle una historia si me lo permite_ dijo.

_Adelante_ se oyó decir el ruso siendo apenas consciente de que había hablado.

_ Mi padre Pierre, nació en esta casa el 24 de enero de 1801.

Hizo una pausa y bajó la mirada a sus manos que seguían entrelazadas sobre su regazo. Pero Alexander noto otra cosa que no supo definir muy bien que era, algo al pronunciar el nombre de su padre que hizo que los ojos de Amelie se entristecieran.

_Tenía solo 14 años cuando se marchó a la guerra_ dijo clavando su mirada de nuevo en Alexander.

Ivanov trató de fijar su atención en los hechos ocurridos en aquellos años.

_Estuvo en el ejército de Napoleón y no necesito decirle todo lo que sufrió en la guerra. Usted sabe mejor que nadie todo eso. La guerra terminó en 1815, sus garras nunca soltaron a mi padre. La guerra lo tuvo prisionero hasta el día en que murió_ dijo mientras le temblaba la voz levemente_ Al menos quiero pensar que se libró de ella cuando murió_ continuó diciendo.

Cerró los ojos y levantó la cabeza. Le temblaban levemente los labios. Las lágrimas escaparon por debajo de sus párpados cerrados y se deslizaron por sus mejillas. Aspiró profundamente y abrió los ojos para luego pasase ambas manos por sus apergaminadas mejillas.

_Lo siento, no quise ponerme emocional_ dijo tratando de sonreír.

_No necesita recordar cosas tristes_ dijo Alexander tratando de que la mujer cambiara de tema.

_No se preocupe, creo que ambos necesitamos hacer esto. Yo necesito hablar y usted necesita escuchar. Lo he visto en sus ojos Alexander de Rusia, se halla perdido, necesita volver a encontrar el camino.

Alexander la observó detenidamente, sus ojos oscuros brillaban con lo que él pensó era compasión. Y tal vez ella tuviera razón, tal vez necesitaba que alguien sintiera compasión por él.

_Mi padre regresó de la guerra y trató de continuar con su vida, al menos eso pensó él. Su padre, mi abuelo murió de un ataque poco después de que él regresara de la guerra, no tenía más hermanos así que se dedicó a estas tierras y a su madre enferma. Conoció a mi madre dos años después_ dijo observando las cortinas que flotaban alrededor de las puertas por efecto de la brisa matinal.

Hizo una pausa como si ordenara de alguna manera sus pensamientos o como si buscara las palabras adecuadas para continuar con su relato.

_Recuerdo que mi madre me decía que se había enamorado de los ojos tristes de mi padre apenas lo vio_ continuó diciendo poco después_ lo que en realidad mi madre no pudo vislumbrar era lo que había detrás de aquellos ojos tristes. Probablemente porque era joven e inexperta o tal vez simplemente porque no quiso ver lo que tenía frente a ella.

Alexander frunció el ceño sin comprender por donde iba aquel relato, pero no quiso interrumpirla.

_Mi madre también me comentó que mi padre dormía muy poco y que cuando lo hacía casi siempre terminaba gritando desesperado a causa de alguna pesadilla.

Alexander asintió con la cabeza lenta y reflexivamente, estaba entendiendo por donde iba la historia.

_Yo también pude comprobarlo cuando tuve uso de razón. Me despertaba a mitad de la noche asustada, con el corazón acelerado debido a los gritos de mi padre. Él nunca hablaba de ello, a la mañana siguiente se comportaba como si no hubiese pasado nada extraño la noche anterior. Pero mi madre me contaba que soñaba con la guerra.

Los ojos de Amelie se volvieron a llenar de lágrimas, trató de evitarlas, pero las lágrimas volvieron a fluir. Alexander quiso decir algo, pero ella negó con la cabeza y se restregó las mejillas.

Alexander observaba cada gesto, cada entonación, cada mirada, cada pausa absorbiendo todos aquellos detalles en su mente, como una esponja seca ávida de humedad.

A medida que avanzaba con su relato, Amelie adquirió mayor confianza y naturalidad.

_Yo tendría unos nueve o diez años, ya no lo recuerdo muy bien. Era una maravillosa mañana de mayo. Mi padre se despidió de mi madre y de mi con un beso y dijo que iría a ver a los animales. Ese día condujo su carreta como hacía cada mañana, pero no fue a ver a los animales, sino que fue hasta el arroyo, el mismo que vio cuando bajaba la colina. Dio de beber a los caballos que tiraban de la carreta. Tomó una soga, la colgó en una de las ramas del árbol más alto a orillas del arroyo y se colgó.

Alexander entreabrió los labios en señal de desagradable sorpresa y de inmediato miró a Amelie con expresión de intensa compasión.

_No quiero que sienta pena por mi_ dijo ella de inmediato_ eso ocurrió ya hace demasiados años_ dijo riendo.

Alexander asintió. A sus espaldas el vano de la puerta abierta pareció susurrar, como si la brisa le exigiera a la mujer seguir hablando.

_Mi padre no regresó para el almuerzo, así que mi madre me pidió que lo buscara. Recuerdo que dijo, algo así como: “De nuevo se le ha olvidado comer, trabaja demasiado”. Tomé un poco del guiso que había cocinado mi madre y a lomo de mi alto caballo negro, el que mi padre me acababa de regalar por mi cumpleaños fui a buscarlo. Cuando me acercaba al arroyo, vi la carreta a un lado del camino y a los caballos pastando a orillas del arroyo. Hacía un calor poco usual para la época del año, así que recuerdo que pensé, que de seguro se detuvo a darse un chapuzón antes del almuerzo, y se olvidó del tiempo.

Amelie se detuvo y observó a Alexander, había algo desconcertante en aquella mirada surcada por los años y las desgracias. Por un momento reinó el silencio roto únicamente por el susurro de la brisa.

_Lo encontré colgado de aquel árbol y mi mente infantil no fue capaz de entender lo que había sucedido. Por unos minutos, me quedé allí parada sin comprender la magnitud de los hechos. Recuerdo que las flores de los cerezos del bosque volaban suavemente con la brisa del aire y se depositaban en el agua del arroyo. Era una escena algo surrealista, por un lado, el paisaje era tan hermoso que me quitó el aliento, pero otro lado mi padre yacía colgado del árbol.   Lo que más me había asustado era la piel azulada, la cara hinchada totalmente deformada. Los ojos se habían salido de sus órbitas. El cabello lacio se le había pegado a la morada mejilla salpicada de sudor y la entrepierna del pantalón estaba húmeda, se había orinado encima.  Mi padre se había suicidado solo minutos antes de que yo llegara. Fue una visión aterradora para una niña.

Alexander pensó que habría sido una visión aterradora para cualquier persona.

_Me atormentó por muchos años, me atormentó en sueños y aún lo hace de tanto en tanto. Me sentí culpable, culpable de no haber llegado a tiempo, de no haberme apresurado. A veces aún pienso en ello.

El fruncimiento de cejas de Alex se acentuó, se sentía conmocionado y consternado. El corazón le latió con fuerza, tuvo que reconocer que también la maliciosa, pero seductora idea del suicidio le había pasado por la mente.

_Me senté por un largo tiempo en una roca grande, frente al cadáver colgante de mi padre, con las rodillas dobladas contra mi pecho y la cabeza acunada entre mis brazos sin saber que hacer. No podía llorar, ni gritar o salir corriendo. Después, me arrodillé en la orilla del arroyo para rociarme los ojos de agua. Los sentía tan hinchados como los de mi padre muerto, pese a no haber derramado una sola lágrima.

Alexander no pudo evitar levantarse del lugar que ocupaba. Sorteó la mesa y se sentó al lado de Amelie, le pasó un brazo alrededor de los estrechos hombros. Tal muestra de empatía no surgía en forma espontánea con algún desconocido, pero por algún motivo desconocido para Ivanov, creyó que era lo correcto. Sabía lo que era la compasión, siempre había sido bueno en otorgarlo, y en este caso particular, entendía a la perfección lo que era perder a un progenitor. Aunque no podía comparar la perdida de Amelie con la suya. Le prodigó caricias extrañamente cariñosas que surtieron efectos positivos no solo en la mujer sino también en su propia alma.

Permanecieron unos minutos en silencio, escudriñando entre sus recuerdos y sopesando el futuro especialmente incierto para Alexander.

_El té se le habrá enfriado_ dijo Amelie con una sonrisa suave.

_Eso no importa_ contestó Alexander_ ¿Está usted bien?

_Si, estoy bien. Si no le molesta, quisiera seguir con mi relato.

_Desde luego_ contestó Alex.

Pero no se movió del lado de la francesa, se quedó allí suponiendo que ella volvería a necesitar muy pronto algún tipo de apoyo emocional.

_Regresé a casa montando a mi caballo, mi mente estaba en blanco, no sentía nada, imagino que estaba en una especie de bloqueo emocional, no lo sé, tal vez intentaba protegerme en cierto modo. Entré a la casa y le dije a mi madre que mi padre se había colgado en el arroyo. Mi madre me miró con una expresión confusa. Estoy segura de que pensó que le estaba jugando una broma pesada. Imagino que lo que más le sorprendió fue la insensibilidad y la expresión indescifrable que traía encima. Cuando me dejé caer al suelo, exhausta, como si acabara de tomar parte en alguna carrera, comprendió que lo que le decía era verdad. Salió corriendo hacia el arroyo. Me quedé allí petrificada, completamente desorientada y aturdida. Solo sé que regresó con el cadáver de mi padre. Tiempo después, me explicó que tuvo que recorrer varios kilómetros para pedir ayuda a unos amigos para bajar el cuerpo de mi padre.

_Lo siento tanto, no quería acarrearle recuerdos dolorosos_ dijo Alexander algo avergonzado.

_No, fui yo quien quise contarle esto. Pero aún no termino_ dijo tomando una de las manos de Alexander entre las suyas y las distendió.

Se quedó cavilando por unos momentos y luego continuó.

_Pensé que mi padre al fin se había desecho de aquellas pesadillas que tanto lo atormentaban. Pero ahora era yo quien despertaba gritando en medio de la noche. El sueño era recurrente. Encontraba a mi padre muerto. Las primeras veces lo veía colgado del árbol de la misma forma en que lo había encontrado. Pero luego, las pesadillas empeoraron. El rostro morado y deformado empezó a transformarse. Primero, los ojos desorbitados se salieron de sus cuencas y colgaban como dos canicas blancas inyectadas en sangre. En otra oportunidad gigantescos gusanos blancos salían rectando de sus orejas y su boca. Después, la carne putrefacta colgaba de sus mejillas hechas jirones. No podía cerrar los ojos, lo primero que veía era el cadáver de mi padre. Otra noche, soñé que por debajo de la superficie del arroyo yacía un cuerpo humano, que al principio no reconocí. Las ropas eran harapientas y flotaban a su alrededor. El cuerpo no exhibía párpados, ni labios, los peces habían dado buena cuenta de ellos. La cabeza había perdido la mayor parte del pelo. La cara y las extremidades mostraban la palidez del yeso. Me acerqué temerosa para observarlo de cerca y me percaté de que se trataba de mi padre. De no ser por la insustancialidad de aquellos ojos sin párpados ni pestañas, abría creído que descansaba.

Esta vez, fue Alexander quien alargó el brazo y le dio a Amelie un breve apretón en la mano intentando darle consuelo. Ella le agradeció el gesto con una sonrisa.

_Una mañana como tantas otras en la que me había levantado sin haber pegado un ojo queriendo evitar una pesadilla, salí a cabalgar. Me hallaba agotada, confundida y asustada, desesperada por salir de aquel lugar que solo me traía pesar. Espoleé al caballo con mis tacones para que corriera a galope tendido. Entonces, a horcajadas sobre mi caballo monté como alma que lleva el demonio. El extenso campo me parecía insuficiente para aplacar la ira en estado puro, que había escapado de mi alma como un ave con las alas en flama, dispuesto a asolar con todo. Me había alejado bastante de casa sin percatármelo, estaba en algún estado de semiinconsciencia que no me permitía discernir lo que estaba haciendo. Después de todo era una niña de once años que había encontrado a su padre colgado de un árbol. Que se sentía culpable por no haber llegado a tiempo para disuadirlo de que cambiara de opinión. No comprendía en ese momento que nada de lo que había ocurrido era mi responsabilidad. El viento golpeaba contra mi rostro, al mismo tiempo alejaba las lágrimas que resbalaban a través de ellas. Aun así, divisé un gran tronco macizo extendido en medio del campo y decidí que iba a saltarlo, aunque nunca había hecho algo así. Apuré al caballo espoleándolo una y otra vez con los tacos de mis botas. En un primer momento llegué a pensar que lo lograría. Tuve tiempo de ver a una serpiente enroscada en medio del tronco. Tenía la cabeza levantada y zigzagueaba de lado a lado. Su lengua soltó un latigazo, justo cuando mi montura dio el salto. El caballo se espantó. Las patas traseras tropezaron con la superficie rugosa del árbol. Emitió un relincho de pánico, levantó las patas delanteras haciéndome perder el equilibrio. Caí de espaldas contra el tronco. Solo recuerdo un punzante dolor en la espalda, seguido de un golpe seco en la parte trasera de la cabeza. Cuando desperté presa de atroces dolores en la espalda, mi madre me explicó entre sollozos desconsolados que probablemente no volvería a caminar. Deseé estar muerta, tan muerta como mi padre. Odié a Dios por permitir que la desgracia se ensañara conmigo.

La mano que momentos antes le diera un breve apretón a la anciana, acarició cálidamente está vez su espalda.

_La primera noche no pude dormir_ continuó diciendo Amelie_ los intensos y lacerantes dolores me lo impidieron. Aquella fue también la primera noche en que no pensé en mi padre, estaba muy ocupada en mí misma y en la agonía que sentía. Pasé dos meses en cama, esperando que Dios se apiadara de mí y al fin me dejara morir. Pasó por mi mente innumerables veces acabar con mi sufrimiento, así como lo había hecho mi padre. Pero ¿cómo diablos se suponía que lo haría? Era solo una niña postrada en una cama. Una noche noté que el punzante dolor había remitido hasta convertirse en un murmullo, como aquel que produce el motor de una de esas máquinas que llaman automóvil. Pero lo más sorprendente fue de que pude dormir. Desperté por la mañana con una extraña y desconocida sensación de euforia que empezó a palpitar en el fondo de mi corazón, aunque no sabía de qué se trataba, vislumbré una luz al final del oscuro túnel en el que me encontraba. Pronto, esa euforia palpitaba con más fuerza cada vez y me llevó a una naciente comprensión. Entendí que, a pesar de todo, lo lograría, podría sobrevivir al suicidio de mi padre y al terrible accidente de que fui objeto, y no solo eso, sino que se me permitió comprender lo esencial de la vida, de la existencia humana. En ese momento lo comprendí todo, percibiendo la verdad de un modo que ni siquiera el cadáver de mi padre había sido capaz de hacérmelo entender. Podemos luchar y sobrevivir o dejarnos morir. Pero la verdad es que estamos aquí para vivir Monsieur Ivanov, y vivir es amar, es sufrir, es caer, pero esencialmente es levantarse y seguir adelante, aunque no sepamos a donde nos conducirá el destino, ni con quienes nos encontraremos en esa travesía, o a quienes dejaremos atrás y con quienes nos quedaremos.

Hizo una pausa y extendió sus manos hacia la bandeja del té. Se sirvió una taza de agua que había dejado de estar caliente hacía horas pero que de todas maneras se bebió con avidez. Estaba sedienta.

Ivanov la observaba atentamente. La trascendencia de las palabras de la anciana mujer lo había atravesado por completo.

Amelie dejó la taza sobre la mesa y apoyó su espalda contra el respaldar del sillón, suspiró profundamente y siguió con su relato.

_Mi recuperación fue larga y difícil. A pesar de que el dolor era soportable, no podía moverme. Necesité de una increíble fuerza de voluntad, que aún no tengo idea de donde salió, para obligarme a rehabilitar el lado izquierdo de mi cuerpo. Como ve nunca recuperé la movilidad en mi pierna. Es más, es como un gran trozo petrificado que no hace más que estorbarme. Pero llegamos a un extraño acuerdo que hasta el momento nos ha dado resultado a la perfección. Lo que intento decirle Monsieur Ivanov es que la vida vale la pena vivirla. No puedo pedirle que olvide lo que ha vivido, pero puede intentar convivir con sus demonios. Se que piensa que no puede darles a sus seres queridos lo que necesitan, que no es un buen padre, o un buen esposo, pero estoy segura de que lo hace lo mejor que puede. Cada uno de nosotros hacemos lo mejor que podemos con lo que recibimos el día en que nacemos. No se culpe de lo que no puede cambiar.

Un centenar de arrugas fluyeron de las comisuras de sus ojos cuando le dedicó a Ivanov una sonrisa radiante.

Alexander se quedó sopesando las palabras de la anciana por unos segundos, pasándose las manos por el pelo largo y algo descuidado hasta que levantó la mirada y escrutó los brillantes ojos oscuros de Amelie.

_He tenidos unos meses difíciles, he pasado por mucho, pero tiene razón, sigo vivo y eso es algo por lo que tengo que agradecer. Gracias_ agregó tomando las manos arrugadas de Amelie entre sus manos. _ Gracias por haber compartido su historia conmigo.

_No tiene nada que agradecer. Pero agradecería que viniera a visitarme de vez en cuando. Bueno, al menos mientras siga en Francia.

Alexander frunció el entrecejo y la observó sin entender.

_Creo que no tardará en buscar otro rumbo_ se explicó.

Alexander no contestó, pero pensó que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

Ivanov emprendió su lenta cabalgata de regreso como en un ensueño, bañado con la luz roja menguante del ocaso a su izquierda. Pensó primero en Amelie y luego en lo que se suponía que debía hacer de ahora en adelante. El hueco y el vacío que sintió por largo tiempo pareció empezar a llenarse con una suave corriente de esperanza.

III

No había dejado de buscar a la baronesa, obtuvo un par de noticias sobre su supuesto paradero, pero ninguna de ellas resultó ser cierta. Se sentía atado de manos y pies. Despertaba cada día como en una pesadilla, pero con la lucidez del que está totalmente despierto y con la desesperación de saber que nada puede hacerse para evitarlo, más que seguir buscándola. Su conciencia luchaba contra su instinto, que le decía que ella debía estar muerta, considerando todo aquello absurdo. De todas formas, cargaba a cuestas el hecho infausto que le producía la atenazadora incerteza de no saber que le había sucedido a Tati. Sus demonios desde sus escondrijos seguían presionándolo y solo conocía una manera de aplacarlos y eso significaba encontrarla.

El mundo era tan inmenso. Las desgracias y los infortunios, los afectos y los desamores, las ilusiones y las muertes le otorgaban el aspecto de lo imponderable. Mientras que él Alexander Ivanov era solo un punto en aquel universo, un punto prescindible cuya vida no afectaba en lo más mínimo al funcionamiento de los engranajes de su maquinaria.

Oía permanentemente una especie de susurro en su mente. Era como esos casi inaudibles pero inquietantes crujidos que oímos de noche cuando estamos insomnes. Susurros que solo se desvanecían durante sus periódicas visitas a la finca ceñida por rosas y cerezos. Por alguna extraña razón, que desconocía, compartir tiempo con la anciana lo ayudaba a mantener la cordura, equilibrada sobre una ya de por sí delgada línea.  Durante aquellas visitas que Alexander llegó a calificarlas de filosóficas, pensó en incalculables apreciaciones diferentes y hasta antagónicas, sobre la vida y la muerte, sobre el discernimiento de la existencia, sobre el afán del conocimiento y sobre la comprensión de la fe.

Las pláticas con Amelie eran como un bálsamo para su alma herida y extraviada. La inteligencia y el entendimiento que con los años había adquirido la anciana, eran una fuente de sabiduría que Alexander apreciaba y agradecía. No perdía detalle de cada palabra de cada gesto. Sus hirsutas cejas que se encogían por turbación o perplejidad, o que se levantaban en la interrogación y la incertidumbre, en las venas de su arrugado cuello que se hinchaban por indignación o por exasperación.

Pero a veces, la aversión contra su propia persona creía tanto que parecía llegar hasta Amelie, entrar en ella, e intentar contaminarla de alguna manera. En aquellos momentos no alcanzaba a comprender, su propio dolor. Pero la anciana perspicaz, conseguía modificar aquella hostilidad hasta hacerla rebotar para golpearlo nuevamente a él, pero esta vez, alentándolo, edificándolo y apaciguándolo.

Aquella tibia tarde de abril se hallaba en la biblioteca sentado frente a su escritorio, rodeado de las últimas cartas que había recibido de Tatiana, cuando su esposa le anunció la llegada del general Beliávev.

Ivanov se puso de pie de un saldo al oír que su comandante estaba esperando del otro lado de la puerta. Apremió a su grávida esposa a que lo hiciera pasar.

Cuando el general estuvo dentro de la biblioteca, Alexander procedió con el saludo militar. El general le devolvió el saludo, para luego acercarse con pasos rápidos a su subalterno y estrecharlo en un fuerte abrazo. Alexander quedó conmovido con el gesto, observado después, la inusual indumentaria del general, que vestía una túnica de lino blanco. Desde luego, Ivanov no hizo ningún comentario al respecto, por el contrario, lo invitó a sentarse.

_General no tiene idea del gusto que me da verlo_ dijo poco después.

_También me da gusto verlo. Veo que su familia está bien acomodada aquí.

_Así es, la guerra aún no ha llegado hasta aquí. Los niños viven en relativa calma. ¿Le gustaría tomar algo? _ preguntó Alex.

_No se preocupe, estoy bien.

_ ¿Hace cuánto que dejo Rusia? ¿Piensa quedarse a vivir en Francia?

_Salí hace un par de semanas, pero no tengo intención de quedarme. En realidad, por eso estoy aquí.

Alexander lo miró intrigado, mientras entrelazaba sus manos y se inclinaba hacia adelante.

_ Imagino que está al tanto de que el Zar y su familia fueron trasladados a una casa de seguridad en territorio bolchevique.

_No, en realidad no estoy muy al tanto de lo que está ocurriendo en Rusia. Las noticias no llegan hasta aquí. Los franceses están más preocupados por lo que sucede ahora en el norte del país. Están ocupados con los alemanes_ explicó Alex.

_Lo entiendo.

_Pero por favor, siéntase en libertad de comunicarme lo que necesite.

Beliávev pareció sopesar algo por unos segundos frunciendo la espesa maraña de sus cejas. Las comisuras de su boca se arquearon hacia abajo, luego comenzó a hablar.

_ Se los llevaron a Ekaterimburgo_ dijo_ pero el poder de los bolcheviques es inestable. La población está descontenta, hay una gran hambruna y la solución de los bolcheviques fue requisar la comida de los graneros, lo que se volvió poco popular. La gente busca granos en los campos, los niños buscan algo de comida en las calles, en la basura. La situación es un caos.

El general guardó silencio, y observó la reacción de Ivanov quien seguía cada palabra de su comandante con suma atención.

_ ¿Cuándo da a luz su esposa? _ preguntó de improviso.

_En un par de semanas_ respondió Alexander.

El general emitió un suspiro pesado antes de proseguir.

_Sé que tal vez lo que le voy a proponer no sea lo más adecuado con su esposa a punto de dar a luz, pero al menos tengo que intentarlo.

_ Por favor prosiga_ lo convino Alexander, se sentía intrigado.

_Cuando los bolcheviques firmaron el tratado de Brest- Litovk con Alemania para salirse de la guerra, gran parte de Rusia europea se había perdido. Lenin perdió apoyo por su traición.

Alexander asintió para después animar al general a seguir hablando.

_La revolución se ha convertido en guerra civil_ su voz sonaba grave y poderosa. _ El ejército blanco se ha conformado con exoficiales zaristas y generales que desafían el poder bolchevique. Además, contamos con intervenciones extranjeras. Gran Bretaña y Francia enviarán ejércitos a luchar contra los bolcheviques para tratar de restaurar el régimen imperial.

_ ¿Qué es lo que busca? ¿Qué regresemos a la guerra?

_Desde luego, pero creo que, si regresar a la guerra es el precio que debemos pagar para que el Zar vuelva a usar la corona, debemos hacerlo.

Alexander se levantó de su asiento y caminó lentamente de un lado a otro de la biblioteca con el ceño fruncido y la mano derecha sobre su barbilla.

_ Nos parece posible que el régimen bolchevique no sobreviva y que los Romanov se conviertan en el estandarte de sus enemigos_ dijo el general mientras alzaba las manos en un gesto grandilocuente, las mangas de su extraña túnica resbalaron y dejaron al descubierto sus musculosos brazos.

Alexander se detuvo y lo observó con los brazos cruzados detrás de su espalda atraído por sus declaraciones.

_Se que ya no somos los que solíamos ser, puesto que intentamos erguirnos sobre los escombros que el fuego y el combate provocaron. Pero pienso, que esto es algo que debemos hacer, creo que esta es nuestra oportunidad de reivindicarnos, esto es justo lo que éramos entonces y es lo que nos debemos para volver a reconstruir nuevas moradas sobre estos escombros.

Las palabras del general extrañamente lo llenaron de esperanza, pero tenía una obligación con su familia. Su hijo estaba a punto de nacer.

_General, si bien su entusiasmo es admirable y contagioso, tengo que sopesar muy bien mis decisiones.

_Lo entiendo Ivanov_ dijo levantándose_ me voy en diez días, búsqueme en esta dirección cuando decida que hacer_ agregó entregándole un trozo de papel.

Alexander asintió. Se estrecharon las manos antes de que el general lo dejara solo.

IV

Apoyado contra la valla, oyendo el cadencioso gorgoteo del arroyo frente a él, contempló los blancos pétalos de cerezo que la brisa trasportaba depositándolos sobre la superficie del arroyo a través de la leve bruma del amanecer. El trazo de los árboles contra el cielo al alborear. Las aves gorjeaban en agitado movimiento dando la bienvenida a un nuevo amanecer, ajenos por completo a las cavilaciones y las trascendentales decisiones de Ivanov.

Había agotado todas sus esperanzas, no había rastros de Tatiana y se acercaba el día en el que debería regresar a Rusia junto con el general.

Regresar a la guerra de alguna oscura manera parecía servir para que su confusa mente pudiera hallar de nuevo un sentido a su existencia, o al menos un lejano atisbo de normalidad.

Se creía marcado con un signo aciago, por lo que alejarse de su familia era para él lo mejor que podía hacer.

A pesar de todos sus defectos, Alexander Ivanov poseía acentuadas cualidades espirituales; la valentía para decir la verdad, la perseverancia para seguir adelante; una curiosa mezcla de fidelidad en lo que tiene que decir y de frecuente incredulidad de sus logros, una combinación de sencillez y humildad ante los grandes, y altivez ante los estúpidos, una gran necesidad de pertenencia, pero una valentía para enfrentar las cosas solo, rehuyendo el peligro y dispuesto a sufrir, dispuesto a romperse, a deshacerse del egoísmo, la maldad, la indiferencia, el resentimiento y la eterna soledad.

Parecía que su decisión aplacó a sus demonios, pero ¿cuánto tiempo les tomaría a aquellos fantasmas para volver a dejar sus antros y empezar a presionarlo de nuevo?

Regresó a casa cuando el sol se levantaba con fuerza sobre los campos cubiertos por hierbas altas y florecillas blancas y amarillas. Se dirigió a la habitación de su esposa quien amamantaba a su recién nacida hija Nadia.

Galina lo supo de inmediato cuando vio la mirada decidida de su esposo.

_Te irás de nuevo_ dijo, no como en una pregunta sino como en una afirmación.

_ No les faltará nada_ respondió rehuyendo la mirada. A pesar de creer que su partida era lo mejor para todos, sabía que Galina no lo aprobaría.

_Los niños necesitan a su padre_ dijo ella con incredulidad en la mirada y cierto resentimiento en la voz.

_Soy un completo extraño para los niños, no me extrañarán.

_Eres un extraño para ellos porque nunca estás en casa_ respondió indignada.

_Tengo ir, es mi obligación_ dijo.

_Tu obligación está con tu familia_ dijo ella levantando la voz.

_ Cumpliré con mi obligación con ustedes como lo he hecho siempre. No voy a discutir mi decisión contigo_ dijo, dio media vuelta y salió de la habitación.

Se dirigió a la biblioteca, lugar que se había convertido en su refugio. Revisó algunos documentos y puso otros papeles en orden. Se sentó detrás del escritorio, cerró los ojos y cuando comenzó a meditar sobre su vida entera, sintió que Galina lo llamaba con atrevimiento. Al abrir los ojos la vio delante, en actitud resuelta y quizá hasta amedrentadora. Las manos en las caderas y los ojos inyectados en rabia.

De pronto Alex se sintió absurdamente tonto, porque ella seguía mirándolo con aquella expresión desafiante y no entendía el motivo. No era la primera vez que abandonaba a su familia para ir a la guerra. Es más, durante todo el tiempo que llevaba casado con Galina, solo habían pasado unos meses juntos. La situación parecía ridícula hasta que ella dijo:

_Se en donde está aquella ramera a la que no paras de buscar_ su voz sonaba colérica e indignada.

Alexander se quedó paralizado con los ojos abiertos como platos. Paralizado por sus palabras y por su sombría y áspera actitud.

Cuando al fin pudo reaccionar se puso de pie, apoyando las manos sobre el escritorio. Sintió que sus piernas le temblaban levemente. Estaba en shock. ¿Galina le acababa de confesar que sabía dónde encontrar a Tatiana? Lo llenó un sentimiento de desamparo y de incomprensión. No, no podía ser verdad.

_ ¿Qué fue lo que dijiste? _ preguntó vacilando.

_Dije que sé dónde está Tatiana_ respondió con el mentón levantado en forma provocadora.

Alexander dejó la seguridad de su escritorio y con un par de zancadas se situó frente a su esposa.

_ ¿Sabes dónde está y me lo has ocultado todo este tiempo? ¿Dónde está? _ dijo levantando el tono de su voz.

_No te atrevas a gritarme_ espetó ella.

Alexander se pasó la mano derecha por el pelo nervioso, su corazón latía acelerado, pero se retiró un poco, como cuando uno desea juzgar un cuadro en una exposición y cuando lo hace se encuentra con que el cuadro era mucho más desagradable de lo que había creído al principio. Apretó su boca, con las comisuras hacia abajo, expresando a la vez desprecio y amarga repulsión.

_ ¡Dime ahora mismo donde está! _ exigió con un grito estentóreo.

El rostro de Alexander se había transformado por completo, los ojos abiertos se le inyectaron en sangre, las cejas levantadas se contrajeron, la frente arrugada por grandes líneas horizontales pareció a punto de explotar de rabia. La sangre se le agolpó en el rostro y de pronto sintió calor como si acabara de ingresar a una hoguera.

_ ¡Te exijo que me lo digas! _ volvió a gritar al ver la sonrisa sarcástica que esbozaba su esposa.

Pronto la sonrisa se le borró del rostro y endureció la mirada.

_No entiendo que es lo que tiene esa mujer, no entiendo que poder ejerce sobre ti que te hace capaz de abandonar tu familia e ir a buscarla_ dijo con voz áspera.

Alexander se acercó a ella y la tomó de los brazos con fuerza.

_No los estoy abandonando, pero tampoco pretendo abandonarla a ella. Dime donde diablos está.

_Suéltame, me estás haciendo daño_ contestó.

Alexander la soltó, pero permaneció muy cerca de ella esperando una respuesta. Galina permaneció en silencio con la barbilla elevada, desafiante.

_Sientes una extraña y retorcida satisfacción al ocultarme algo que es claramente importante para mí_ dijo Alexander, su voz sonaba fastidiada.

Pensó que su esposa poseía una cínica incapacidad de empatía con él y con cualquier otra persona que no fuera ella misma. Llena de crueldad de espíritu y corrompida decadencia.

_No pienso decirte nada. Me voy a quedarme aquí viendo como sufres hasta que te vayas a Rusia sin haberla visto. _ dijo con ironía.

_ ¡Deja de comportarte como una niña malcriada y dime lo que necesito saber! _ gritó Ivanov.

Galina parecía impenetrable a los reproches de su esposo.

_No, pienso sentarme aquí_ dijo mientras se dejaba caer en uno de los sillones cercanos_ y voy a ver cómo te atormentas.

Alexander estaba molesto y exasperado, pero más aún, indignado, ya que no solo Galina persistía con en su ironía, sino que se le había acentuado. Estaba a punto de ponerse agresivo y sintió que la discusión terminaría en violencia y no lo llevaría a nada. Decidió salir de la biblioteca dando un portazo. Fue hasta la habitación de su esposa y empezó a rebuscar en los cajones de su cómoda. Uno de ellos fue a parar al suelo con un gran estrépito que alertó a Galina.

La mujer apresuró sus pasos hasta su habitación. Se quedó consternada al encontrar sus cosas regadas por el suelo.

_ ¡Qué diablos haces! _ dijo alterada.

_Si no me quieres dar la información que necesito, pondré esta casa de cabezas hasta hallarla.

_ ¡Deja mis cosas en paz! _ gritó mientras trataba de sujetar a Ivanov de uno de sus brazos.

Alexander la hizo a un lado con una mirada de advertencia, luego siguió buscando en el armario. Dejó caer varios objetos al piso, entre ellos zapatos, una cigarrera de plata que había perteneció al padre de Galina, un par de vasos de té de plata esmaltados, recuerdos de su madre y un tintero de cristal con apliques en plata que terminó estrellándose contra el piso en mil pedazos.

_ ¡Basta! _ gritó Galina desesperada.

Alexander se detuvo, su corazón latía violentamente. Giró su rostro lentamente en dirección a su esposa. Como si de los resquicios áridos de una roca calcinante pudieran nacer gotas de agua, así salieron algunas lágrimas de impotencia y rabia que bajaron por el rostro férreo y desmejorado de Galina

_Está en España_ dijo doblegada.

Alexander la miró con atención.

_Está en Figueres, una ciudad fronteriza con Francia.

Alexander sabía de qué hablaba su esposa. Y si lo pensaba bien, era el lugar perfecto para que una mujer rusa y sola pasara desapercibida. España no se había inmiscuido en la guerra y había permanecido neutral.

_Quiero que me digas todo lo sabes_ exigió.

V

Alexander salió esa misma noche rumbo a Figueres, sin volver a dirigirle la palabra a Galina, mientras ella se quedaba molesta y humillada, recogiendo los destrozos que había ocasionado Alexander. Bullía dentro de ella una especie de eterno despecho, inconformidad y dolor que se perpetuaba en su alma, en pequeños pero ardientes fragmentos como brazas ocultas entre las cenizas que amenazaban con iniciar un terrible incendio en cualquier momento. Aquellos pedazos, que se habían formado mucho antes de contraer nupcias, se fortalecían con los años, volviéndose cada día más turbados e inciertos, transformándose con el paso del tiempo en pedazos cada vez más túrbidos y distantes, como el recuerdo de aquellas bellas tierras que conoció de joven y que fueron arruinadas por catástrofes, guerras, por muerte, por desilusiones y desamor. Exterminando vastos espacios de esos recuerdos por la paulatina desaparición de sus ilusiones.

¿Qué es lo que lleva a los límites de la cordura de la condición humana?

Es una pregunta difícil, la respuesta no es la misma para todos. Para algunos puede ser la inseguridad y la carestía, para otros el desamparo y el dolor, para algunos el desamor y el abandono. Para Galina tal vez fuera una combinación de todos ellos.

Recogió los pedazos del tintero hecho añicos y uno de los cristales le cortó la palma de la mano. Una gota de sangre brotó de inmediato obligándola a soltar los demás trozos en el suelo. Se sentó en el borde de la cama y observó la herida, la sangre formaba ya un hilillo sobre la palma. Se apretó la herida con el pulgar y suspiró cerrando los ojos.

 Pronto las primeras lágrimas de despecho, resentimiento, indignación y humillación cayeron pesadas a través de sus mejillas. Y no solo eso, la desconsideración de Alexander la había paulatina y pavorosamente aislado de todo cuanto alguna vez la había hecho feliz. Si es que había sido realmente feliz alguna vez.

Se esforzó por recordar su infancia y su adolescencia, buscando situaciones que la hicieran dichosa, pero le fue difícil encontrar más que unas cuantas. Las situaciones penosas de su vida ganaron la partida, y pensó que se iniciaron el día en que aceptó casarse con Alexander a pesar de sus reiteradas advertencias. Tenía que reconocer que Alexander nunca le ocultó su relación con la baronesa. Pero en su ingenuidad, creyó que él terminaría cansándose de aquella mujer mucho mayor, por lo que enderezaría su camino con el nacimiento de su primer hijo. Ahora era tarde para lamentaciones, tal vez nunca aceptaría la situación, pero debía aprender a convivir con ella.

VI

Alexander salió de la casa con el corazón latiéndole a mil por hora, y se internó en la oscuridad de la noche rumbo a la estación de trenes. Tomó el último de la noche rumbo a Figueres. Se dejó caer en la cama de su camarote agitado y exhausto, pero con un sentimiento que, si bien no era felicidad, se parecía mucho a ella. Al menos, aquel sentimiento era mucho más de lo que había experimentado durante los últimos meses. Sonrió para sí mismo imaginando a Tatiana y la sorpresa que sería para ella verlo después de tanto tiempo. Colocó las manos debajo de su cabeza y trató de relajarse, lo que consideró sería una empresa difícil de cumplir dado que se hallaba en un estado de terrible impaciencia. Olvidó por completo el altercado con su esposa, el intercambio confuso y violento de palabras, el odio y la ligereza con que ella le habló y concentró su atención por completo en lo que haría cuando viera de nuevo a Tatiana. Sintió que se encontraba mejor que nunca, pleno de vitalidad y energía. Como si alguien le hubiera inyectado una buena dosis de electricidad.

Las luces de los faroles iluminaban el rostro de Alexander cuando ingresaban atrevidamente a través de la ventana de su camarote. Se sintió de pronto como en una cuna, mecido por el traqueteo de los vagones y el pitido de la locomotora. Pensó en Tatiana, en sus ojos, las veces en las que ella había desbordado de alegría, en las que había desbocado de preocupación y en las que había derramado placer y sensualidad. Su corazón dio un salto al recordarla entre sus brazos y el deseo de volver a tenerla lo atenazó por dentro.

Había supuesto que el dominio que ella había ejercido sobre su mente y su cuerpo se atenuaría con los años, pero quedaba claro que eso no había ocurrido. Por el contrario, la distancia y la separación solo acentuaron esa posesión.

Le asaltó de pronto una amarga inquietud, se preguntó porque Tatiana no intentó comunicarse con él apenas había salido de Rusia. Quizás había conocido a alguien, y ese alguien la alentó a viajar a España, olvidando por completo la petición de Alexander de que adoptara a Francia como su residencia permanente.

Sintió que su corazón se encogía un poco y la respiración se le volvía más difícil. Las decisiones de Tatiana no debían concernirle pensó, todo lo que debía importarle es que ella estuviera bien.

Se quedó dormido después de luchar en contra de los sentimientos de pérdida que lo embargaban. Fue un sueño ligero e incómodo, que no duró mucho ya que el tren inició los preparativos para su llegada a Figueres. Se incorporó sobre la cama y miró a través de la ventana de su camarote. Advirtió los primeros y modestos rayos dorados de la aurora, que con silenciosa timidez iban coloreando alguna nube, los cristales de las ventanas de las viejas casitas, o algún techo cercano. Se sentía agitado y temeroso, pero necesitaba desesperadamente encontrarla, verla, saber que estaba bien, que era feliz.

Se puso de pie y terminó de arreglarse mientras el tren se detenía por completo frente a un gran letrero de madera con letras negras que rezaba: “ESTACIÓN DE FIGUERES”.

Tomó sus pocas pertenencias y bajó apresurado del tren. Lo retuvieron algún tiempo en un puesto policial, revisando sus papeles y su equipaje, haciendo preguntas y escrutándolo. Pensó que había esperado por horas cuando en realidad solo fueron unos pocos minutos.

Pensó en buscar un modesto hospedaje, necesitaba asearse y comer algo, no podía presentarse frente a ella en esas condiciones, además, apenas estaba amaneciendo. No pudo percatarse de las pintorescas callecillas adoquinadas y antiguas construcciones porque su mente estaba muy ocupada sopesando todo tipos de posibilidades. Se detuvo frente a la puerta de forma semicircular de un hotelito de paredes blancas situada en una esquina poco concurrida de la ciudad. Dos faroles que aún seguían encendidos flanqueaban a la puerta. Sobre ella destacaba un alero de tejas rojas.

Tomó el tirador de la puerta y para su sorpresa no pudo abrirla. Supuso que aún era muy temprano para que el hotel tuviera las puertas abiertas al público. Llamó con tres golpes secos. Esperó por algún tiempo y no obtuvo respuesta. Cuando estuvo a punto de hacer otro intento, oyó el estridente chirrido de los goznes de la puerta, una quejumbrosa forma de pedir a gritos una aceitada.

Una mujer llamativamente delgada lo observó desde el otro lado de la puerta. Su pelo era blanco, tenía una nariz aguileña muy afilada, los pequeños ojitos a los costados de su estrecha cabeza le conferían el aspecto de un angustiado pájaro que acababa de perder algo. Su cuello era exageradamente largo y arrugado, formando capas que se arrastraban una sobre otra. Ivanov llegó a pensar que se parecía extrañamente a un pavo. Su rostro denotaba una anhelada inquietud, pero los labios estirados hacia abajo en el extremo mostraban cierto disgusto, tenía la mirada soñolienta y el aspecto de alguien que no deseaba haberse despertado aún. Pese a su disgusto, se hizo a un lado y dejó que Alexander pasara. Les fue difícil entenderse, ya que Alexander no hablaba español ni catalán y la mujer no hablaba ninguno de los tres idiomas que el ruso manejaba a la perfección. Pero ambos hablaban el idioma universal, el del dinero.

Ingresó a su habitación. Un cuarto pequeño, pero aireado y bien iluminado. Por mobiliario contaba con una cama, una mesita de noche con una lámpara a queroseno, una mesa y una silla.  Se sentó en el borde de la cama y suspiró pesadamente. Decidió que tomaría un baño, comería algo en el comedor del hospedaje y luego saldría en busca de Tatiana.

No le fue difícil encontrar la dirección, abordó a la primera persona que encontró en la calle aquella mañana. Una mujer de rasgos muy delicados, de piel muy blanca, casi traslúcida y de pelo castaño, le indicó con señas a donde dirigirse, luego de que él le mostrara la dirección anotada en un trozo de papel. Lo que a Alexander le resultó muy llamativo fueron los ojos, muy grandes y oscuros que contrastaban con su fino rostro y su blanca piel, metidos debajo de una frente ancha y prominente.

Agradeció a la mujer con una inclinación de cabeza y se dirigió con pasos apresurados calle abajo. En pocos minutos se halló frente a una escalinata flanqueada por dos viejas construcciones amarillas. Levantó la mirada y se dispuso a subir las gradas con pasos rápidos. Cuando se encontró en la cima pudo apreciar una estrecha callecilla que serpenteaba entre viviendas de dos o hasta tres pisos con pequeñas ventanas de donde colgaban coloridas enredaderas.

Desaceleró la marcha y comprobó los números pintados en las puertas. Se detuvo por completo, cuando halló lo que buscaba. Su corazón en aquel momento latía acelerado, se hallaba expectante e inquieto. Aspiró profundamente y golpeó a la puerta con su puño.

Un niño que paseaba con su perro le dijo algo que Ivanov no entendió. Solo atinó a sacudir la cabeza y a encogerse de hombros. El niño repitió lo que había dicho, pero esta vez empujó la puerta con una de sus manos. Ivanov pudo comprenderlo en ese momento. Le dedicó una sonrisa mientras el niño seguía su camino despidiéndose con un gesto de su mano.

Alexander divisó desde la callecilla un patio adoquinado con baldosas de un apacible color celeste, con una pequeña pero encantadora fuente en el centro. Al fondo, se levantaba una casita con graciosas ventanas y una inmensa puerta doble con anillos de hierro engarzados que parecían haber sido sacados de algún otro lugar, en otro tiempo.

Cruzó el patio con lentitud, dándole tiempo a su corazón para que se sosegara un poco. Cuando estuvo frente a la gran puerta toco haciendo uso de uno de los anillos de hierro. Esperó por algún tiempo, pero no hubo respuesta. Pensó que la casa no era demasiado grande para que no lo oyeran tocar, pero, aun así, volvió a hacerlo, esta vez con mayor insistencia, pero la respuesta fue la misma.

Desalentado, giró sobre sus talones y cruzó de nuevo el patio y salió a la calle. Se quedó allí por largo tiempo pensando que es lo que debía hacer, se le pasó por la cabeza que tal vez tenía la dirección equivocada, es más, llegó a pensar que tal vez ella ni siquiera estuviera viviendo en España y que todo había sido una cruel mentira de Galina.

Sacudió la cabeza y se pasó la mano por su crecida barba. Lo mejor sería hacer alguna que otra indagación, no se rendiría tan fácilmente. ¿Pero cómo haría para averiguar sobre el paradero de Tatiana si no hablaba catalán ni español? Pensó que lo resolvería de alguna manera. Luego de algunos minutos de estúpida espera, volvió sobre sus pasos y empezó a rehacer el camino de vuelta al hotel. Vaciló por un instante y luego decidió regresar a la estación. Tal vez allí encontraría a alguien que lo ayudara con el idioma o tal vez alguna información sobre Tatiana.

Divisó un parque y con creciente incertidumbre, lo cruzó devorado por el monstruoso presentimiento de que su viaje había sido en vano, pero aun así siguió adelante. En la estación no tuvo mucha suerte. Habló con un par de hombres franceses que acababan de llegar a la ciudad y con una mujer alemana que tenía un pequeño café cerca a la estación. Ninguno de ellos pudo darle alguna información que le fuera de utilidad.

Caminó sin rumbo fijo después de almorzar algo, escudriñando los rostros de la gente al pasar, buscando aquel rostro familiar que anhelaba volver a ver.

Se sentó exhausto en aquel parque por el que había pasado ya tantas veces y cerró los ojos desalentado. No le quedaba más que volver a probar suerte en la casa con el patio de baldosas celestes.

Oyó la bulla de unos niños jugando y el ladrido de un perro que corría detrás de ellos. Pensó en sus hijos, en lo felices que eran ajenos a la guerra y a la destrucción de su patria, a los desencantos de su madre y los fantasmas de su padre. Vio en cada niño, los rostros de sus hijos, pero aun así no se arrepentía de su alocado arrebato de dejar todo e ir en busca de Tatiana.

Se puso de pie y reinició su lenta marcha por la serpenteante callecilla adoquinada. El sol se había escondido y las farolas se encendieron iluminando tenuemente las esquinas. A pesar de las dudas y la incertidumbre, no había dejado de pensar en ella, ni de perder las esperanzas de encontrarla y ahora esa necesidad de verla, de hablarle se le hacía insoportable.

Y entonces la vio, caminando por el pasaje. Sus pasos eran vacilantes, como si el terreno fuese peligroso o como si temiera caer. Podía verla perfectamente a la luz de los faroles, concentrada, mirando al suelo o a sus costados. Era ella sin duda, aquella manera de caminar, de levantar la cabeza, de mover las manos. Vestía con ropa modesta, pero a través de las gastadas ropas se veía su aristocracia.

Se quedó allí petrificado, viéndola acercarse. Cuando ella se aproximó lo suficiente a él, levantó la mirada y su rosto pálido lo miró con inequívoco asombro. Se mantuvieron durante unos segundos en silencio absoluto, unos segundos que a Alexander le parecieron inquietantemente largos y dolorosos. Aquella situación convirtió su ya de por sí difícil existencia, transformándola en una maraña confusa y turbada.

Pero cuando despuntó en el rostro de Tatiana una sonrisa semejante al primer rayo de sol al amanecer sobre un paraje rocoso y yermo, Alexander pudo respirar tranquilo. Aquella sonrisa que iluminaba sus bellos pero tristes ojos verdes, acarició el corazón de Ivanov con leve, tierna y secreta armonía.

 Con sumo cuidado, con devoción y algo de miedo acercó su mano al rostro de Tatiana y con la punta de sus dedos acarició sus suaves labios. Ella se estremeció ligeramente, murmuró algo que Alex no pudo oír y cerró los ojos emitiendo un pesado suspiro. Se mantuvieron en silencio por unos momentos, perdidos en los ojos del otro. Las palabras son insignificantes o inútiles en cientos momentos.

Luego, la tomó del brazo decididamente y se encaminaron hacia la casita de puertas dobles y tiradores de hierro.

No dijeron palabra alguna durante el resto del camino, pero se observaban de tanto en tanto. Alguna que otra sonrisa escapaban de sus labios y los ojos brillaban en la oscuridad. Cruzaron el patio de baldosas celestes y Tatiana abrió la gran puerta que se abrió con un graznido. Cuando estuvieron dentro, ella cerró lentamente, como si intentara ganar tiempo para poner sus ideas en orden.

Ivanov no prestó atención a la humilde vivienda en la que ella habitaba. Pensó que ella se veía huidiza y nerviosa, mientras que él no podía dejar de sentir la misma irresistible fuerza que aquella lejana noche de verano lo había impulsado a abordarla con su galantería y caballerosidad, que al final había terminado en convertirlos en amantes. Amantes, pensó, ella nunca había sido su amante si no su alma gemela.

Observó con detenimientos sus ojos, brillaban expectantes, deseosos. Aún no se habían dicho una sola palabra, no era necesario. Se acercó a ella despacio le acarició el rostro con delicadeza y se inclinó para besarla. Fue suave al principio, pero pronto, sus besos se volvieron desesperados y turbulentos. Sintió que, con cada uno de ellos, desaparecían todos sus temores, todas sus dudas, todos sus demonios. La sintió temblar entre sus brazos y se detuvo de inmediato jadeante. Ella se apresuró a negar con la cabeza, se puso de puntillas y juntó sus labios con los suyos en un apasionado beso.

Alexander la levantó en brazos, sintió que levantaba una pluma, Tatiana siempre había sido esbelta, pero creyó que ella había perdido peso. No le dio importancia, después de todo lo que había pasado no era de extrañarse.

Ella señaló el camino entre besos alocados y gemidos desesperados. La tendió en la cama con tanta veneración que ella dejó de respirar por un momento. La miró profundamente, expresando con la mirada todo lo que su corazón anhelaba. Y a pesar de su urgencia, la desvistió despacio, lentamente, acariciando su piel a cada paso.

VII

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar que se nos conceden instantes de dicha solo para resaltar la atrocidad de las guerras, las torturas, las catástrofes y las desgracias que agrietan e incineran el alma? Aunque consideremos la vida como algo completamente espantoso, en realidad no lo es, siempre existirá el alivio de un paraíso. Un paraíso en el cielo para los que tienen fe en una existencia en el más allá y, por ende, sean capaces de sobrellevar la existencia terrestre con caridad, y esperanza en espera del momento en que puedan comparecer ante sus puertas. Y un paraíso terrenal, para los que como Alexander solo creen en sí mismos y en sus capacidades de sobrellevar las desgracias de la vida con la esperanza de sortear todas esas dificultades y llegar a alcanzar al fin la paz y la felicidad largamente anheladas.

La efervescencia de los deseos que se habían mantenido hasta hace solo unas pocas horas ocultos, dormidos, mitigados por la desesperanza se habían de pronto, extrañamente avivado en el interior de Ivanov. Ya no solo recordaba la blanca vulnerabilidad del cuello de Tatiana de donde colgaba el dije con la letra inicial de su nombre que él le había regalado, o el roce de sus labios justo por debajo de su mandíbula, sino que lo sentía con total claridad y calidez. Y deseó más, deseó que aquella sensación lo acompañara hoy y siempre. Los ojos verdes de Tatiana relampagueaban como en el cielo boreal del norte de la Siberia y deseó hundirse en aquellos ojos cada día por el resto de sus días.

Tatiana recorrió cada una de las señales de guerra en el cuerpo de Ivanov. Tratando de recordar cada uno de ellos como si se trataran de accidentes geográficos en el mapa de su universo.

Cuando la tumultuosa e impetuosa pasión se fue apagando, Ivanov observó a Tatiana con mayor detenimiento bajo la luz de la luna que ingresaba insolente a través de la ventana del cuarto y bañaba su cuerpo desnudo. Su larga cabellera cobriza presentaba delgados mechones grisáceos. Sus hermosos ojos verdes estaban rodeados de suaves pero perennes estrías. Observó su cuerpo, y como había supuesto, estaba preocupantemente más delgada. Pero aún era bella, aún lo cautivaba como cuando era joven e inexperto.

Ella pareció vislumbrar sus pensamientos y le acarició la mejilla siguiendo el serpenteante surco que lo marcaba.

_No te preocupes, estoy bien_ dijo con una sonrisa relajada.

Ivanov se inclinó y la besó en los labios tratando de reafirmarle lo importante que ella era para él.

Tatiana suspiró conmovida. A pesar de los años, de las vicisitudes y la distancia, aún existía entre ellos la misma pasión, el mismo deseo, la misma necesidad. Tatiana pensó que todas aquellas emociones no habían disminuido, por el contrario, se habían hecho más urgentes.

_ ¿Dónde estuviste todo este tiempo? _ preguntó Alexander. Ahora que había saciado su desesperación por ella podía empezar a interrogarla.

Ella se removió incómoda en la cama. Se incorporó y bajó los pies descalzos al suelo. Tomó un viejo albornoz que se hallaba al pie de la cama y se vistió con él mientras pensaba que respuesta le daría.

_Necesito tomar algo_ dijo mientras salía de la habitación.

Alexander se quedó confundido por su actitud evasiva. Decidió darle algo de espacio para que ella ordenara sus pensamientos. La idea de alguien más en la vida de Tatiana volvió a azotarlo de nuevo. Tal vez ese era el motivo por el cual ella se veía reticente a hablar. Aquel razonamiento lo dejó algo intranquilo y hasta podría decirse que desdichado. Su relación con Tatiana era profunda pero abierta, nunca le pidió a ella exclusividad ya que él estaba casado, pero tampoco advirtió la necesidad de hacerlo ya que el barón era un hombre decrépito que apenas se sostenía en pie. Pero las cosas eran distintas ahora, ella era libre de rehacer su vida y ser feliz con un hombre que la quisiera. Pero la sola idea de Tatiana en bazos de otro hombre lo alteraba profundamente. Pensó que debía dejar su egoísmo a un lado y aceptar la decisión que Tati hubiese tomado si eso significaba su felicidad.

Suspiró profundamente, se levantó de la cama y se vistió, el dije en forma de T destelló en la penumbra de la habitación. Se dirigió en dirección a la salita y poco después Alexander la siguió.  La vio de espaldas, sentada ante la pequeña mesa solitaria del comedor, en la oscuridad, mirando a la nada. Eso fue lo que Alex pensó, pero la realidad era que se hallaba escarbando en sus memorias.

_ ¿Tati? _ la llamó sacándola de sus pensamientos.

Ella volteó a verlo. Tenía la mirada ensombrecida como si tuviera algo desagradable que confesar y se le hacía difícil hacerlo.

_ ¿Se trata de alguien más? _ preguntó Alex con voz vacilante.

Tatiana se echó a reír mientras se mordía el labio inferior y sacudía la cabeza. Al parecer sus suposiciones habían estado equivocadas.

_No, no se trata de alguien que haya conocido. _ dijo ella, dudó por unos segundos_ se trata de Galina_ dijo con voz repentinamente baja mirando al suelo, como si confesara un crimen.

Alexander la escrutó con mirada perpleja, no tenía idea de lo que hablaba. Era evidente que ella también lo escrutaba a través de sus párpados semicerrados que miraban el suelo, en lentas y disimuladas miradas de soslayo.

Ivanov se acercó despacio, se puso en cuclillas frente a ella y acarició su mejilla. Tatiana le dedicó una leve e indescifrable sonrisa.

_Vamos habla conmigo_ le susurró Alexander.

Ella aspiró profundamente y de inmediato empezó a toser. Se llevó ambas manos a su boca. Ivanov buscó un pañuelo en el bolsillo de su pantalón y se lo ofreció. Tatiana lo tomó con una mano levemente temblorosa, mientras la otra seguía sobre sus labios. Acercó el pañuelo a su rostro y pudo percibir el perfume de Alex, aspiró profundamente y pareció relajarse un poco. La tos fue cediendo poco a poco.

Alexander la miraba con aprehensión en los ojos.

_Estoy bien_ se apresuró a decir cuando apenas pudo_ es este maldito resfriado que no termina de curarse.

Se quedó en silencio observando los brillantes e inquisidores ojos azules del único hombre a quien había amado en su vida.

Había hecho una promesa, una que no pudo cumplir, y ahora él le pedía una explicación, se la debía, pero si se la daba, volvería a incumplir aquella promesa. Caviló por unos segundos que a Alexander le parecieron eternos, para luego acariciar su mejilla con dedos suaves. Ivanov pensó que reconocería aquel toque el cualquier lugar sin siquiera abrir los ojos.

_Vamos, pongámonos cómodos_ dijo ella señalando unos antiguos y algo desvencijados sillones en la pequeña estancia que hacía de sala de estar.

Alexander se puso de pie y ayudó a Tatiana a hacer lo mismo.

Por primera vez, Ivanov tuvo tiempo de observar la pequeña vivienda en la que ella habitaba. La sala de estar era todo lo contario al fastuoso recibidor del palacio del barón, en donde Tatiana había vivido hasta hace unos meses atrás y en donde solía visitarla después de la muerte del barón. Las paredes blancas estaban desnudas con la única excepción de un minúsculo cuadro de marco dorado que representaba un jarrón con rosas rosadas. Alexander reconoció el cuadro de inmediato, era el único recuerdo que Tatiana tenía de su difunta madre. La mujer lo había pintado cuando apenas era una niña y a pesar de que no era el trabajo de un gran artista, el valor sentimental para Tatiana era inconmensurable. Los únicos muebles en la estancia consistían en un par de sillones Luis XVI de terciopelo de un deslucido color verde, y una mesita de té que contractaba por completo con los sillones.

Se sentaron uno al lado del otro. Ivanov esperó pacientemente a que ella iniciara la conversación.

Tatiana cruzó sus manos sobre su regazo y se mordió el labio inferior. Sus pies descalzos yacían sobre una alfombra deslustrada por la que parecía haber pasado todo un ejército de soldados. La observó a los ojos, parecía que le era difícil empezar a hablar, se la veía algo nerviosa e inquieta.

_Salí de Moscú como te había prometido_ dijo mirándolo a los ojos_ vendí lo que pude y compré joyas y oro como me lo sugeriste. Tenías razón, el dinero no sirvió de mucho cuando los bolcheviques tomaron el poder. Los que poseían ahorros en dinero lo perdieron todo.

La aprehensión de Alexander iba en aumento, ella estaba muy pálida y ojerosa, sus labios le temblaban casi imperceptiblemente.

_Llegué a París y algunos amigos me dieron la noticia de la terrible muerte de tus padres. Dijeron que seguías en la guerra y que tu familia se había instalado en la campiña al sur del país.

Hizo una pausa y lo observó esperando su reacción.

Alexander solo asintió y la apremió con la mirada a que siguiera con su relato.

_Decidí instalarme en el pueblo a unos kilómetros de donde vivían Galina y tus hijos_ se detuvo y lo miró vacilante, esperando los reproches de Ivanov. Tenía aspecto avergonzado e incómodo.

Alexander pareció sorprendido y a la vez confundido.

_Lo siento, sé que fue descarado de mi parte hacerlo. No debí haberme acercado a tu familia, pero necesitaba estar cerca cuando tu regresaras.

_No, no tienes por qué disculparte_ la interrumpió_ eso era lo que yo esperaba_ dijo bajando la mirada.

Sabía que no tenía derecho de pedirle que estuviera cerca, pendiente de cuando él regresara, pero aun así de algún modo Tatiana quería lo mismo.

_Nunca tuvimos oportunidad de conversarlo_ continuó_ Pero entonces, ¿Qué fue lo sucedió? ¿Por qué decidiste irte?

Tatiana emitió una risita nerviosa que terminó disolviéndose en una estentórea tos.

Alexander la sostuvo de los hombros en un vano intento por ayudarla.

_Estoy bien_ dijo cuando pudo hablar_ solo necesito descansar.

_Voy a prepararte algo de té_ dijo poniéndose de pie_ tienes los labios resecos.

_No, Alex, necesito contarte todo_ dijo ella con ojos angustiados mientras lo tomaba del brazo.

Alexander volvió a sentarse en el ajado sillón que restalló bajo su peso. El crujido del sillón en la pequeña estancia le pareció excesivamente ruidoso, algo extrañamente pernicioso. Apreció que, bajo el resplandor vertido por la única lámpara de la sala, el rostro de Tatiana lucía amarillo casi fantasmal.

La dama de cabellos cobrizos inhaló profundamente y de forma audible como alguien que planifica finalizar una labor fundamentalmente complicada.

_Sabes lo que dice el dicho: “Pueblo chico, infierno grande” _ dijo ella echándose a reír con risa amarga. _ Galina no tardó mucho tiempo en enterarse de que me tomé el atrevimiento de instalarme en el pueblo.

Alexander empezó a comprender por donde iban las cosas.

_Fue a verme_ dijo algo nerviosa_ y para hacerte el cuento más corto, me exigió que dejara el pueblo. Me dijo que estaba esperando otro hijo y que te dejara en paz_ lo dijo en un tono de voz que daba a entender que eso lo explicaba todo.

Rompió a toser de nuevo, con una laxa y estentórea tos.

Alexander le acarició la larga cabellera mientras ella se llevaba el pañuelo a la boca. Se sintió de pronto como un idiota. Su mujer había sido desde un principio la causante de todas sus preocupaciones, y de la soledad y penurias de Tatiana.

_Puedo entenderla_ dijo Tatiana cuando la tos desapareció_ estaba en su derecho de exigirme que me alejara. Al principio me sentí desconcertada, desorientada y confundida, pero entendí que debía irme, no podía seguir siendo un obstáculo que te impidiera ocuparte de tu esposa y tus hijos.

_Debiste escribirme, decirme lo que estaba sucediendo_ dijo Alexander_ no tienes idea de cuanto te he buscado. ¿Crees que me sentía tranquilo al no saber nada de ti? _ preguntó frustrado y confuso.

_Lo siento tanto, pensé que hacía lo correcto_ dijo con cierta aflicción_ y por más que me duela separarme de nuevo de ti, aún pienso que es lo correcto.

Alexander se levantó de un salto y caminó de un lado a otro de la pequeña estancia, como un animal enjaulado.

_No debiste hacerlo_ dijo herido en su orgullo_ deberías haber hablado conmigo. Al menos deberías haber tenido la cortesía de comunicarme lo que ibas a hacer.

Hablaba en voz alta y seca, con las manos extendidas en gesto de extrema frustración.

Tatiana nunca lo había visto tan alterado.

_No te molestes, por favor, pensé que hacía lo correcto_ dijo con el rostro mucho más pálido que antes mientras cruzaba los bazos en gesto protector.

Alexander pareció relajarse al ver los ojos de alarma en el rostro macilento de Tatiana. Dejó caer los brazos a los costados y se acercó a ella despacio.

_Lo siento, no quise asustarte_ dijo mientras la tomaba de los brazos que aún los mantenía cruzados sobre su pecho.

Ella parecía algo incómoda y nerviosa. Mantenía la mirada baja y a Alexander le dio impresión de que su cuerpo temblaba ligeramente.

_Mírame Alex_ dijo ella al fin levantando los ojos para enfrentarlo_ en el trascurso de unos meses los años han caído sobre mí. Ya no soy la mujer que conociste, soy una mujer madura que no pasa por su mejor momento. Fue bello lo que tuvimos, pero es hora de que sigas tu camino.

Las lágrimas se le acumularon de inmediato en los ojos y amenazaban con obligarla a llorar.

_Lo que tenemos_ dijo él penetrándola con sus ojos azules.

Ella pareció no comprender.

_Es bello lo que tenemos_ se explicó.

Ella no pudo evitar sonreír.

_Alex_ dijo su nombre en un susurro.

_Tatiana, no debo explicarte el tipo de relación que tengo con Galina, tú más que nadie sabe cómo se dieron las cosas entre nosotros. Mi matrimonio es un contrato que ya no tiene vigencia. Nuestros padres han muerto y no hay herencia por la que luchar. _ hizo una pausa, inhalo profundamente.

Tenía la boca seca y se obligó a tragar saliva antes de continuar. Una definitiva decisión se produjo entonces en su espíritu y debía decírselo a ella de inmediato o explotaría.

 _ La única mujer que me ha importado en la vida has sido tú y ya no estoy dispuesto a seguir viviendo sin ti. La vida es corta y llena de dificultades, para seguir esperando el momento justo, te necesito conmigo.

El asombro se dibujó en el rostro de Tatiana, debía reconocer que aquello era lo último que ella pensaba oír.

_Mientras estuve en Francia, el general Beliávev me reclutó como parte del ejercito blanco. Tratarán de liberar al Zar y su familia y luchar contra los bolcheviques. Le di mi palabra de que lo acompañaría_ dijo mientras deslizaba sus manos por los brazos de Tatiana que de pronto parecían fríos como témpanos de hielo.

Tatiana pensó que la patria a la que Alexander deseaba volver terminó por devastarse durante su ausencia debido a las oscuras calamidades, y por crueles deseos de poder. Pero sabía que no tenía caso interferir en sus planes. El ejército era lo más importante para Alexander, lo que le daba sentido a su vida.

 _ Pero cuando eso termine, quiero regresar a ti y quedarme contigo para siempre_ lo oyó decir de pronto.

A medida que Alexander pronunció aquellas palabras los labios de Tatiana se fueron separando hasta formar un perfecto circulo de asombro. Se quedó en silencio mirándolo perpleja. No iba a negar que había fantaseado con ello muchas veces, pero la realidad era otra, Alexander no le pertenecía.

_ ¿Tatiana? _ preguntó cuando su silencio se hizo muy largo.

Ella pareció despertar de sus cavilaciones.

_Por más que me gustaría que eso ocurriera, pienso que es imposible que se haga realidad_ dijo ella y las lágrimas que habían inundado sus ojos cayeron. Las mejillas por las que rodaron se veían maduras, pálidas y cansadas, pero sus ojos no habían perdido aquel brillo que él tanto amaba. Se apresuró en apartarlas con la palma de su mano.

_Nada es imposible_ contestó Ivanov_ Apenas pueda regresaré a buscarte y viviremos donde quieras.

_ ¿Qué se supone que pasará con tus hijos? _ preguntó ella con angustia en la voz.

_Galina puede hacer uso de todo lo que tengo, no les faltará nada_ dijo él con voz resuelta.

Alexander la estrechó contra su cuerpo en un largo y cálido abrazo. Tatiana pareció relajarse un poco. Debía reconocer que se sentía tan bien estar en brazos de Alexander de nuevo y la idea de pasar el resto de sus días junto a él era muy seductora.

_Di que sí_ le pidió al oído_ di que te arriesgaras y nos darás una oportunidad de ser felices.

Tatiana levantó la cabeza y buscó sus ojos.

_Eso es lo que más quiero_ contestó ella con la voz entrecortada por la emoción.

Alexander le dedicó la sonrisa más bella que ella le haya visto en mucho tiempo, comparada solo a los primeros años de su relación cuando el fantasma de la guerra aún no los había alcanzado.

_Me haces feliz_ dijo después.

_También me haces feliz, siempre lo hiciste_ contestó ella.

La volvió a estrecharla entre sus brazos, hundiendo el rostro en su pelo, aún llevaba impregnado aquel aroma que había añorado tanto.

_ ¿Es aquí donde quieres que vivamos? _ preguntó él mientras echaba otra ojeada a la humilde y deslucida estancia.

_No me importa donde, solo que estemos juntos_ dijo ella.

Su sonrisa fue cálida. Se le iluminó los ojos y Alexander reconoció en ellos de inmediato lo seductores y persuasivos que podían ser.

Se separó de Alexander y volvió a sentarse mientras hablaba.

_Vine a España porque somos bienvenidos, no hay presiones políticas. Vivo en esta casa para pasar desapercibida.

_Si necesitas dinero solo dímelo…

_No Alex, te lo agradezco, pero no lo necesito_ dijo interrumpiéndolo con un movimiento vehemente de su mano_ Si vivo austeramente es para no llamar la atención. Trabajo un par de veces por semana cuidando a una anciana enferma y eso me ayuda a mantenerme entretenida y darle algún sentido a mi vida.

_Pareces casada_ dijo él mientras acariciaba su rostro suavemente.

_Tal vez un poco, pero se me pasará cuando me deje la gripe_ dijo ella con una sonrisa confiada que pareció sosegar un poco las angustias de Alexander.

Sintió una inmensa felicidad, una paz que hacía mucho no sentía y todo se lo debía a ella. Pensó en el futuro, y en los interminables y apacibles días que viviría al lado de la baronesa.

Siempre andamos en una dirección fija, algunas veces, en situaciones que son definidas por nuestra voluntad más evidente, pero en otras, tal vez más determinantes para nuestra existencia, por una voluntad desconocida por nosotros, pero aun así poderosa  y rebelde, que nos van haciendo transitar hacia los lugares en donde debemos estar, con seres o cosas que de una manera o de otra han sido o serán fundamentales para nuestro destino, fomentando o entorpeciendo nuestras angustias, nuestras desazones y a veces, a la larga, resulta ser asombrosamente y razonablemente más importante que nuestra voluntad consciente. Alexander Ivanov aprendería aquella lección a punta de sudor y lágrimas.


[1] Hidra: monstruo cruel de la mitología griega con forma de serpiente de múltiples cabezas.

[2] Buenos días, señor en francés.

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