I
Alexander apagó la colilla de su papirosa contra la arena rojiza de la playa al mismo tiempo que recostaba la espalda contra el tronco de uno de los frondosos árboles del bosque zigzagueante que bordeaba el río Irtysh[1]. Extendió las piernas por completo y dejó caer pesadamente los brazos a los costados como si de un muñeco se tratara.
Un bote pequeño con dos ocupantes navegaba rio abajo con absoluta parsimonia. Uno de los navegantes lo saludó con un gesto de su mano. Ivanov correspondió al gesto y volvió a dejar caer el brazo a un costado. Parecía exhausto.
Los ocupantes continuaron su camino como si restaran importancia al enfrentamiento que se estaba a punto de librar.
El sol se hallaba en su cenit y brillaba por encima de las verdes crestas de los árboles con agradable calidez. Cerró los ojos y dejó que los rayos dorados le entibiaran el rostro y le calentaran el adolorido cuerpo.
Hacía dos meses que había regresado a la guerra. Había participado en varias incursiones y esta noche podría ser definitiva para la toma de la ciudad de Omsk. Debía concentrarse, prepararse mentalmente para la batalla. Pero su mente no podía desconectarse de sus recuerdos, de Tatiana.
Siempre se consideró un hombre paciente, un hombre de honor, que cumplía con sus promesas. Pero tenía que reconocer que lo que más deseaba ahora, era que todo terminara de una buena vez por todas para así poder regresar a España junto a Tatiana.
Una voz áspera interrumpió sus elucubraciones y dejó cierta duda en sus pensamientos. Abrió los ojos y giró la cabeza en dirección a la voz. Un soldado de complexión robusta, que vestía pantalones de campesino y un jersey voluminoso que lo hacía parecer mucho más corpulento le dedicó el saludo militar.
Alexander pensó que las cosas estaban tan mal que los soldados no contaban siquiera con uniforme, y la mayoría de ellos, eran campesinos con más tenacidad y perseverancia que preparación y adiestramiento.
_El general Kolchak desea verlo señor_ dijo con voz ronca.
_Gracias soldado_ contestó Alexander_ iré enseguida.
El soldado volvió a saludar llevando la mano derecha con los dedos extendidos a sien. Para luego girar sobre sus talones y retirarse por donde había venido.
Alexander flexionó una rodilla, luego la otra. Las articulaciones crujieron audiblemente, sintiendo los espasmos y los calambres en sus músculos Se masajeó las piernas por unos segundos, se sorprendió al apreciar que no mejoraba y que por el contrario se sentían mucho más agarrotadas que al principio. A continuación, se levantó apoyando la palma de la mano derecha en el suelo. Cuando estuvo de pie, sintió un tirón en la base de la espalda. Pensó que necesitaba un descanso, hacía semanas que no dormía más de tres o cuatro horas.
Se dirigió al campamento en donde los soldados ultimaban los detalles para incursionar en la ciudad. Superaban en número a los bolcheviques, por lo que era el momento de intentar tomarla. Atravesó las tiendas de campañas apostadas en filas que servían como hospitales ambulatorios durante las batallas. Rodeó al grupo de soldados que comía su ración con la cabeza gacha, la mayoría de ellos en silencio. Todos llevaban la mirada fija en el suelo. Sus rostros parecían absolutamente inexpresivos.
La tienda del general se hallaba a pocos metros de allí. Caminó con toda la rapidez de la que fueron capaces sus piernas y mientras lo hacía descubrió que no estaba en condiciones de dirigir ninguna incursión aquella noche. Pero no podía presentarse frente a su superior y decirle que pensaba escabullirse y eludir la batalla porque sentía el cuerpo insoportablemente adolorido.
Se entrevistó con el general y recibió sus órdenes. Disponía de un par de horas antes de que su batallón iniciara su marcha hacia la ciudad.
Los sonidos de las ametralladoras se oyeron a lo lejos poco después de las cuatro de la tarde. El primer batallón había logrado ingresar a la ciudad. Los bolcheviques intentaron contrarrestar el fuego del ejército blanco.
Alexander y sus hombres esperaban la orden de avanzar en las afueras de la ciudad.
El soldado de los pantalones campesinos permanecía agazapado entre los arbustos junto a uno de sus compañeros, este era bajo, casi calvo y tamborileaba nerviosamente los dedos sobre sus rodillas. El soldado de los pantalones campesinos lo miró con cara de reproche. El soldado calvo hinchó sus mejillas y luego soltó el aire despacio, como si se hallara apremiado por llevar acabo su misión de una vez por todas y así poder dedicarse a otros menesteres algo más placenteros.
Otro soldado se les unió poco después, era un hombre alto y delgado, de aspecto enjuto, y facciones angulares. Parecía prestar atención a todos los detalles.
Decenas de fusiles abrieron fuego con estrépito en ese instante y Alexander dio la orden de avanzar.
Los soldados mantuvieron su formación mientras se unían a las demás tropas. Marcharon adentrándose en la ciudad y tomando posesión de los diferentes puntos estratégicos.
El eco de los disparos seguía en el aire quieto de aquella tarde de verano, cuando un soldado rojo intentó interceptar a Alexander. Tenía la mirada salvaje y despiadada que habría aterrorizado a cualquiera. Pero Ivanov había presenciado demasiadas miradas semejantes a aquella durante la guerra, por lo que era inmunes a ellas.
Eran negros los ojos del soldado, de una negrura profunda y desequilibrada, en extraño contraste con la piel y el cabello de alba blancura. Al parecer no llevaba revolver ni bayoneta. Desenfundó un cuchillo y lo blandió delante del rostro de Alexander, amenazante. No se detendría a preguntar o a especular con el hombre de los ojos salvajes. Ivanov desenfundó su arma reglamentaria y disparó. La bala le rozó el hombro cuando intentó sortearla.
No le dio tiempo a Ivanov de volver a disparar porque el hombre de los ojos salvajes se abalanzó de inmediato sobre él. Alexander sintió un golpe paralizante a la altura del riñón derecho cuando el bolchevique lo lanzó al suelo. Pensó que había caído sobre alguna roca o algo parecido. El cuchillo salió volando debido a la estrepitosa caída, por lo que el soldado le dio un puñetazo que fue a parar en la nariz de Ivanov.
Un dolor agudo lo dejó algo mareado. Pero no lo suficiente para evitar que le diera al de los ojos salvajes un puntapié en la entre pierna. El soldado cayó de espalda en el suelo llevándose las manos a la zona herida, emitiendo estridentes chillidos de dolor.
Alexander se levantó de un salto soportando el horrible dolor en la parte baja de la espalda. Dio unos pasos y tomó el cuchillo. Ordenó a dos de sus hombres que arrestaran al bolchevique, para después apresurar sus pasos hasta situarse al frente de sus tropas.
El hombre de los pantalones campesinos se situó a pocos metros de Alexander, tropezó con la raíz de algún árbol y cayó cuan largo era. Alexander lo ayudó a ponerse de pie. Tenía el rostro cubierto de polvo y sangre al igual que las palmas de las manos.
Todo pareció enlentecerse entonces, como si todos a su alrededor fueran personajes de una película en cámara lenta. Se oyeron más disparos, esta vez más cerca. Uno de ellos pareció pasar a pocos metros de Alexander. Cuando volteó la cabeza a su derecha vio como la cabeza del soldado que acababa de ayudar desaparecía en un revoltijo de sangre, materia cerebral y fragmentos de huesos. El resto del cuerpo colapsó en el suelo inerte muy cerca de él.
Los demás soldados se dispersaron de inmediato buscando refugio detrás de las viviendas aledañas. Alexander quedó petrificado observando el terrible espectáculo. No era el primer cadáver que veía en su vida, pero si era la muerte más grotesca que había presenciado. Se preguntó si el soldado habría sentido dolor, si había tenido tiempo de percatarse cuando la bala lo alcanzó o si en un momento estaba vivo y en el siguiente estaba muerto. Pensó que él también podría dejar de existir en cualquier momento y mientras tanto, el universo seguiría girando igual que siempre, intacto e indiferente. Más disparos lo sacaron de sus cavilaciones y lo obligaron a guarecerse detrás de una pared.
Oyó un espantoso e incongruente grito, la clase de grito que solo se alza en los momentos en que la angustia y la desesperación son más insoportables. Trató de moverse, pero un fuerte dolor le atenazó la parte baja de la espalda. Se llevó la mano hasta el lugar y descubrió que su chaqueta estaba húmeda. Acercó la mano a su rostro y el corazón se le aceleró, era sangre, su sangre. Al parecer la roca contra la que había caído no solo era la causante del fuerte dolor que sentía sino también de una herida abierta que sangraba con profusión.
Desde su escondite pudo observar al soldado calvo que se debatía en una encarnizada lucha contra un bolchevique. Los hombres rodaban en el suelo y lanzaban puñetazos, la mayoría de los cuales no alcanzaban su objetivo, al mismo tiempo que pateaban en todo momento y se debatían frenéticamente.
Alexander intentó moverse de nuevo y emitiendo un gruñido áspero lo consiguió con mucha dificultad. Intentó acercarse a ellos, pero antes de que pudiera lograrlo se oyó un disparo a quema ropa. El soldado calvo quedó inmóvil. El atacante huyó de inmediato. Alexander vio los ojos del soldado calvo abiertos de par en par mientras su vida se escapaba a borbotones por un orificio en el pecho. Intentó apresurar sus pasos, pero el dolor en la espalda era tan horrible que sudaba en abundancia y respiraba entre jadeos. Cuando al fin pudo llegar hasta él, vio que los ojos del soldado se quedaban en blanco y emitía su último aliento. Se sintió frustrado y abatido por no haber podido hacer nada para salvarle la vida. ¿A cuántos había visto morir? Ya había perdido la cuenta. ¿A cuántos más debería ver morir?
Los disparos fueron cesando, se hicieron cada vez más esporádicos hasta que desaparecieron por completo, mientras que tomaron su lugar los gritos de algarabía de los soldados.
Miró a su alrededor y no vio a nadie, todos habían desaparecido. Intentó arrodillarse frente al soldado muerto e intentar cubrir su rostro con algo. Se arrodilló y al hacerlo, algo se soltó en su espalda con un leve chasquido y un aterrador dolor que arqueó su cuerpo. Lanzó un grito gutural y se derrumbó sobre una estrecha excavación con un crispamiento de dolor en el rostro y las manos aferradas a la parte baja de la espalda. Sintió que su sangre corría por su espalda, por la camisa y la chaqueta. Gritó, y el grito salió mucho más débil de lo que había esperado. El dolor continuo y palpitante que le azotaba la parte baja de la espalda, había hecho metástasis en el cuello, eran punzadas de dolor que lo atormentaban de un modo inquietantemente cruel. Levantó los ojos al cielo jadeante, bajo la luz lineal y plateada de una luna de verano casi en plenilunio, volvió a gritar, pero nadie lo oyó.
En aquel estado agónico, fue consciente de docenas de pequeñas sensaciones, como si el mundo hubiese requerido violentamente su presencia. Oía a lo lejos los cánticos de los soldados y el zumbido de un motor de algún camión de tropas. Pensó que el motor necesitaba la visita urgente de un mecánico. Oyó el ulular de un búho y recordó el extraño jersey del soldado a quien le volaron la cabeza. La luna se había hecho aún más brillante hasta el punto en el que le pareció que producía sombras algo sobrecogedoras, al tiempo de que destacaba su sombra en el suelo. Su corazón se aceleró y su mente se llenó de recuerdos intentando bloquear la aterradora situación en la que se encontraba. Sus párpados parecían dos bolsas de cemento que amenazaban con cerrarse. Intentó mantenerse despierto, un par de veces, pero no pudo conseguirlo.
Despertó cuando lo trasportaban en una improvisada camilla.
Pasó por debajo de una entrada arqueada en donde se leía el nombre de la ciudad. Giró con dificultad la cabeza para la izquierda y observó ventanas redondas y una curva casi sensual en la fachada de un edificio que le confería cierta feminidad, pensó de inmediato en el suave abrazo de su antigua amante. Vio a decenas de soldados que se lanzaban a correr celebrando. Subían por una angosta, empinada y antigua calle de escalones y bellas casas. Volvían a descenderlas como en una exhalación. Saltaban por encima del adoquinado hasta alcanzar las calles de la parte baja resollando.
A su derecha, en uno de los balcones, observó al general Kolchak con el cabello ondeando alrededor de su cabeza con la brisa matinal, fumaba un cigarrillo distraídamente mientras contemplaba a sus hombres como si se hallara muy lejos de allí, en alguna sala de fiesta o en el salón del palacio del Zar.
Lo logramos pensó Alexander en medio de terribles dolores y gran debilidad. Su rostro se veía pálido, casi marchito, intentó mantenerse despierto, pero enseguida volvió a perder el conocimiento.
[1] Río de Omsk.