I
Alexander observó su reflejo en el espejo del baño. Consideró que era tiempo de afeitarse y se frotó la mejilla con el reverso de la mano que sostenía un cigarrillo encendido sintiendo a contrapelo la barba crecida, mientras caían cenizas sobre el lavabo. Enseguida, decidió afeitarse. Apagó el cigarrillo con un chorro de agua y a continuación se detuvo en su cabello. Necesitaba un corte de pelo, pero se encogió de hombros mientras se mesaba la mata de cabello rubio y observaba la insipiente aparición de canas.
Abrió un cajón del estante debajo del lavabo y extrajo una tijera. Recortó con cuidado la barba, para luego enjabonarse el rostro y proceder a rasurase. Cuando terminó, tomó una toalla y retiró algún que otro resto de jabón. Se observó en el espejo, y aprobó lo que vio.
Se dirigió a la parte trasera de la casa y se sentó en una de las mecedoras debajo del amplio alero. Observó el huerto que se extendía delante de él mientras que aspiraba el aire de la fresca tarde de verano.
Aún le parecía increíble, estar en Figueres después de aquella herida que estuvo a punto de quitarle la vida. Resultó que no fue una roca sobre la que había caído, sino que se trató de un gran trozo de vidrio que se le embutió en la parte baja de la espalda causándole una terrible herida por la que estuvo a punto de morir desangrado.
El general Beliávev se encargó de sacarlo del imperio mientras se recuperaba por completo de su herida. A penas pudo soportar los inconvenientes de un viaje, se dirigió a Figueres y desde el día en que llegó no se había apartado de Tatiana.
No esperó más de diez minutos en volver a hablarle de sus sentimientos y del deseo de tener una vida junto a ella. Con ojos tristes le confesó que anhelaba que ella fuera su esposa, pero que por los avatares de la vida esto nunca sucedería, al menos no bajo las leyes de los hombres, ya que, bajo sus deseos y ansias, ella siempre había sido su mujer.
Los ojos de Tatiana se llenaron de lágrimas al oír sus palabras y fue ese el momento exacto en el que Alexander extrajo una pequeña bolsa de terciopelo azul y se lo tendió a ella. Tatiana lo miró algo extrañada mientras la tomaba y abría.
Alexander se tomó el tiempo justo para disfrutar del rostro asombrado de Tatiana y a continuación la besó en los labios apasionadamente. Cuando se separó de ella para observar su reacción, la pregunta surgió de inmediato, como una prolongación natural.
_ ¿Quieres concederme el honor de ser mi compañera por el resto de mis días? _ preguntó.
Se le antojaron palabras ridículamente inadecuadas, insuficientes, exiguas, para expresar lo que ella significaba para él, pero aguardó impaciente por su respuesta.
Tatiana apretó los labios formando una fina línea para evitar que le temblaran. Se sentía emocionada, alagada y conmovida. Intentó hablar, pero de su boca no brotó sonido alguno. Carraspeó y volvió a intentarlo, tampoco lo logró, por lo que sacudió vehementemente la cabeza en una clara señal de asentimiento. Expresó con los ojos lo que sus labios no pudieron formular.
Enseguida, Alexander le dedicó la sonrisa más amplia que ella le haya visto jamás. La besó de nuevo para luego estrecharla contra su cuerpo por un largo tiempo. Cuando al fin la dejó ir, tomó el anillo que ella aún sostenía en su mano para deslizarla en el dedo incide de su mano derecha. Se trataba de un anillo de oro en donde iba engarzado un enorme zafiro rodeado de pequeños diamantes en forma de lágrimas. La gema había pertenecido a la madre de Alexander por lo que tenía un significado muy especial para Tatiana. Ivanov utilizó la piedra para crear una increíble sortija que fulguraba con luz iridiscente.
Aún recordaba aquel momento como si hubiese ocurrido solo minutos atrás. Recordaba el rostro incrédulo de ella y como le tembló la mano cuando la levantó para apreciar la joya. Recordaba también la alocada carrera de su corazón segundos antes de entregarle el anillo y la vacilante voz que tenía al empezar a hablar.
Cerró los ojos y oyó el sonido de la brisa del viento entre los aleros sobre su cabeza. Era un sonido profundo, pero a la vez susurrante y rítmico que recordaba la mano de Tatiana acariciando su piel desnuda. Percibía el perfume de los rosales y el estridente estridulo de las cigarras.
Pensó que nunca antes se había sentido tan pleno y feliz como ahora. Se hallaba colmado de renovada intensidad. Aquella pequeña casa y su propietaria se habían convertido en una parte indispensable de su vida. Una parte que lo llenaba de dicha, serenidad y sosiego.
Se deleitaba al descubrir que muchas cosas le resultaban familiares, como el golpeteo de los zapatos de Tatiana al chocar con el piso de azulejos españoles de la casa, o el zumbido de la puerta al abrirse, o el siseo que producía al cerrarse, o el siseo de su falda al caminar, o el aroma del guisado cocinándose en la cocina contigua, o la alegre risa de Tatiana cuando él contaba un mal chiste.
Había olvidado por completo, que su vida había estado plagada de silencio, un silencio denso, pesado y total, la clase de silencio que se podría escuchar en el espacio exterior, si alguna vez el hombre fuera capaz de llegar hasta allí.
Lo que más le asombraba, era el modo en que percibía ahora las cosas, el modo en que el color inundó de pronto su mundo, confiriéndole a todos los objetos a su alrededor un aspecto magnífico. Las copas de los árboles, el pulcro jardín, los trazos de colores del huerto, le daban un aspecto irreal, pero a la vez sumamente real.
Se sentía profundamente conmovido ante la intensidad y el calor de las palabras de Tatiana al igual que con sus caricias y sus actos. Ambos poseían la misma intensidad en sus sentimientos, la misma pasión y vehemencia de carácter. Todo parecía un sueño, se hallaba en total tranquilidad de espíritu, aquel paraíso que tanto había anhelado al fin era suyo.
Ya casi no recordaba el caos en que se había convertido su patria, el asesinato de la familia real, ni la inminente derrota del ejército del Zar. Todo lo que recordaba eran las interminables tardes en las que paseaban con calma por el pequeño huerto que se hallaba detrás de la casa, examinando las enredaderas en flor sobre los muros y escuchando a las abejas zumbar. Recorrían sin apuro el invernadero recordando aquella vez que en el cumpleaños del zar habían huido de la fiesta para estar a solas en algún lugar parecido a aquel. Visitaban a veces la plaza del pueblo, en donde daban lentos y largos paseos tomados de la mano, en donde descubrían en sus ojos los vivos sentimientos y la intensa ansia de un enamorado. Todo lo que abrigaba Alexander era satisfacción, silenciosa y fuerte.
Pero algo inexplicable le oprimía el pecho cada vez que no estaba con ella, como en aquel momento. Sentía crecer dentro de él la desesperación y la angustia mientras que su mente se llenaba de ideas funestas y nefastas. No entendía que situaciones lo orillaban a sentirse de esa manera. Al mismo tiempo, se sentía avergonzado y perturbado porque no había motivo alguno que explicara su intenso desasosiego. En aquellos momentos, intentaba desterrar aquellas ideas de su mente, intentando convencerse de que cierta combinación de factores, uno de los cuales era, sin lugar a duda, el estrés que le había producido los años de guerra, lo estaban conduciendo a hacer suposiciones infundadas. Pero aquellas reflexiones racionales no tenían ninguna oportunidad contra la certeza que albergaba en sus entrañas. Intentó poner sus ideas y sus emociones en orden para borrar de su mente aquellos inquietantes pensamientos. Pero solo la presencia de Tatiana calmaba aquellas aflicciones, en realidad, la hacían desaparecer por completo.
Se echó a reír al pensar que Sigmund Freud habría calificado el problema de su personalidad, como la interacción de las fuerzas sicológicas conflictivas que habitaban dentro de él. Y que su inconsciente le jugaban una mala pasada cuando sus pensamientos, recuerdos, emociones, sus deseos y motivaciones interactuaban de manera alocada y desordenada, a la vez que todo esto se hallaba íntimamente relacionado con algún trauma sexual.
Se removió en la mecedora inquieto, ¿Qué diablos sabía Freud?, pensó. ¿Qué diablos sabía él sobre sí mismo?
Pero todo esto lo había llevado a un descubrimiento o tal vez lo más correcto sería llamarla epifanía. A veces uno no puede librarse de los fantasmas que lo persiguen. Si consigue reunirse de valor suficiente como para enfrentarse a ellos, es probable que pueda seguir con su vida, y ahora, él estaba dispuesto a hacer lo que fuera por seguir viviendo.
Fue la llegada del atardecer, y el avance de las azules sombras que anunciaban la noche lo que lo sacó de sus elucubraciones. Se puso de pie e ingresó a la casa. Encendió las lámparas a su paso. Abrió la puerta de entrada y cruzó el patio de baldosas celeste hasta la puerta que daba a la calle. La abrió y permaneció junto a ella durante un instante mientras se frotaba las sienes. A continuación, echó un vistazo a la calle visiblemente inquieto. Parecía oír con extraordinaria atención el sonido de cada paso que se acercaba. Observó un puñado de niños que se divertían haciendo piruetas en la calle. Poco después, sus madres los apremiaron a regresar a sus casas. Obedecieron no sin antes exclamar en airadas protestas. Oyó a lo lejos una música de fondo, un tema que hablaba del amor y la fidelidad que de inmediato le recordó a Tatiana. Sintió de pronto una punzada en su pecho, y deseó que ella ya estuviera de regreso. Cuando al fin la vio caminado por la estrecha calle, su corazón se sosegó de inmediato.
La luz de la luna penetraba por la ventana del dormitorio, con sus sosegados rayos argentados cuando hicieron el amor. Seducidos por la magia de la noche veraniega, el constante canto de los grillos, la briza leve y perfumada que apenas movía las hojas de los árboles del borde del jardín.
Figueres, España, octubre de 1918.
I
La inquieta alma de Alexander no permaneció por mucho tiempo en Figueres. El general Beliávev le escribió a finales del verano, demandando su presencia en los Urales con urgencia. Alexander, por primera vez mostró reticencia y marcada vacilación. Deseaba fervientemente dejar atrás su pasada vida y dedicarse a construir una nueva con Tatiana. Pero la baronesa lo convenció de que debía regresar y cumplir con su palabra. Ella le aseguró que lo esperaría el tiempo que hiciera falta, hasta que el Ejército blanco recuperara el control del imperio. Alexander se despidió con la promesa de que regresaría a ella, apenas pudiera.
Mientras tanto, Tatiana desgranaba lentamente los días ayudando en el hospicio del pueblo dos veces por semana, al mismo tiempo que trabajaba dando clases de piano y canto a una jovencita de una de las familias más acomodadas de Figueres.
Regresaba a casa luego de una de aquellas clases, pensando que la jovencita difícilmente llegaría a convertirse en una afamada artista. La música no era uno de sus talentos. Eran algo más de las siete de la noche, y la luna llena se alzaba orgullosa en el firmamento. Soplaba un viento algo desagradable, el primer viento frío después de una larga e inusual temporada veraniega. Sonrió para sí misma al recordar el último verano, el mejor de toda su vida pensó.
El viento arrastraba consigo unas nubes apretadas que venían del norte y por unos segundos pareció que la luna jugaba a las escondidas con ellas, confiriéndole a las nubes una coloración argentada. A medida que trascurrieron los minutos, las nubes se fueron haciendo más densas y la luna terminó por desaparecer detrás de ellas por completo.
Cruzó el parque en donde tantas veces había dado largos paseos con Alexander y su corazón anheló volver a tenerlo cerca. Emitió un suspiró largo y sonoro intentando eliminar aquella sensación de vacío en su pecho que la acompañaba invariablemente cuando estaba sola y pensaba en él.
Avanzó con pasos rápidos por la sinuosa y angosta calle llena de un grueso manto de hojas secas. La calle parecía estar desierta, no se veía a nadie más. Levantó la mirada al cielo y solo vio oscuridad. Pensó que la lluvia no tardaría en caer. Faltaban solo unos pocos metros para llegar a su casa cuando oyó el peculiar sonido de unos pasos que se acercaban detrás de ella. De repente, una mano la agarró justo por encima del codo. Los dedos la oprimieron. De inmediato, percibió que algún nervio enviaba agudas señales de dolor desde el codo hasta la parte izquierda del hombro. Antes siquiera de que pudiera reaccionar, oyó una voz repulsivamente familiar que la hizo flaquear las piernas al mismo tiempo que un desagradable hormigueo se le instaló en el estómago.
_No intentes gritar ni armar algún alboroto, solo quiero hablar contigo_ dijo.
Tatiana volteó despacio con los ojos entornados y llenos de desconfianza y temor. Una oleada de aprehensión recorrió su columna de arriba abajo, asintiendo completamente desarmada. Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa maquiavélica que Tatiana recordaba muy bien.
El hombre la apremió a seguir avanzando, la hizo atravesar el patio de baldosas azules casi a rastras, hasta ingresar a la pequeña casa. Cuando estuvieron dentro. Tatiana encendió las lámparas, mientras el hombre observaba todo a su alrededor con una sonrisa sarcástica.
_ ¿Aquí es donde vives? _ preguntó con un tono burlón en la voz_ pensé que te estarías dando la gran vida con el dinero de mi padre.
Sonrió levantando el mentón y manteniendo la mirada fija en ella durante más tiempo del que debía.
Tatiana acababa de pasar unos segundos en blanco. Por primera vez en su vida, se había quedado completamente en blanco, como una de aquellas páginas que los libreros dejan en la encuadernación de un libro y en ese momento comprendió de que está asustada.
_ ¿Qué es lo que quieres Mijaíl? _ preguntó con un hilo de voz cuando al fin pudo reaccionar.
El hijo del difunto barón se acercó a ella con pasos calculadamente lentos. Aquel peculiar sonido de pasos la distrajo por unos segundos y dirigió su mirada al suelo. Mijaíl usaba unas botas extrañamente singulares. Eran marrones, de cuero y terminaban en punta. Los tacos eran exageradamente altos para un hombre. Le parecieron cómicos, el tipo de calzado que estarían dispuestos a utilizarlos los payasos pensó. Aquel pensamiento la relajó y pareció recomponerse un poco ante la repentina y desagradable llegada de su visitante.
Mijaíl se detuvo muy cerca de ella con aquella sonrisa lasciva que ella odiaba tanto. En realidad, era a él a quien odiaba, lo odiaba tanto que los latidos acelerados de su corazón contaban los segundos para que volviera a desaparecer, así como había llegado, pero estaba segura de que eso no ocurriría muy pronto. Intentó demostrarle fría indiferencia, pero era una tarea muy difícil de cumplir.
_Soy yo quien va a hacer las preguntas_ dijo mientras le lanzaba una mirada asesina y la tomaba de repente del brazo con además brusco.
_ ¡Suéltame! _ exigió con la voz más serena de la que fue capaz.
Mijaíl no la soltó, por el contrario, se hundió en la asustada pupila de Tatiana, quien había comenzado a percibir la maquiavélica radiación que despedía el propietario de aquellas curiosas botas, como si intentara absorberle la esencia.
En esta ocasión, no se quedó en blanco, pero sintió un tamborileo profundo y lento en su pecho. Todos sus sentidos se habían agudizado.
Mijaíl observó el anillo que llevaba Tatiana en la mano derecha con suspicacia.
_ ¿Quién te dio ese anillo? No formaba parte de las joyas que te dio mi padre.
_No tienes idea de lo que me dio tu padre y no es asunto tuyo_ contestó en un arranque de valentía.
Mijaíl le apretó el brazo mientras acercaba su rostro al de ella. El dolor fue intenso y tuvo que suprimir el impulso de gritar.
La voz de Mijaíl que al principio había sonado algo truculenta, ahora adquirió un tono amenazador.
_No te conviene ser desagradable conmigo, porque ahora yo tengo el toro por las astas y tu amiguito Ivanov, no está por aquí para salir en tu defensa_ dijo al tiempo que la zarandeaba un poco y luego la soltaba.
Tatiana le dio la espalda por unos segundos para que él no viera como le temblaban las manos. A continuación, giró sobre sus talones, y esperó a lo que debía enfrentarse.
Mijaíl sacó su arma de fuego de una pistolera de piel sujeta a su cintura, que se hallaba convenientemente oculta debajo de su abrigo. Su intensión claramente era amedrentarla. Se sentó en el raído sofá y depositó el arma en una mesilla auxiliar delante de él. La luz amarillenta de la lámpara en la mesilla iluminaba su rostro confiriéndole una expresión mucho más exasperante e irritante.
_Los soviéticos buscan a los soldados del Zar. Quieren terminar con todos como hicieron con la familia real.
Tatiana no respondió, seguía de pie en el mismo lugar en el que Mijaíl la dejara.
_Están buscando a Ivanov. Saben que mantienes correspondencia con él.
_ ¿Qué tienes que ver tú con eso? _ se atrevió a preguntar.
_Trabajo con ellos_ respondió mientras esbozaba una sonrisa tan malvada que Tatiana quedó aterrorizada _ y tú vas a ayudarme a atraparlo, de ese modo conseguirás que te deje en paz.
Tatiana lo observó incrédula. En su mirada no solo había reproche y enojo sino también terror y desesperación.
_No sé dónde está_ contestó con voz débil.
Mijaíl exhaló un suspiró de irritación y golpeó la mesilla con la mano derecha, fue un golpe seco y violento que hizo que Tatiana diera un respingo. En su expresión, Mijaíl vio confusión e inquietud. Se sintió complacido con lo que vio, la tenía exactamente donde la quería. Siempre había tratado a Tatiana con arrogancia, altanería y desdén, y con un decidido prejuicio, por lo que estaba convencido que conseguiría de ella lo que se proponía y tal vez, algo más. Aquella idea lo hizo sonreír obscenamente.
Tatiana no respondió, se quedó en silencio sopesando la situación. Tenía la certeza de que si accedía a darle a Mijaíl algún tipo de información por vaga que sea, esto podría conducirlo hacia Alexander. Del mismo modo, accedería tácitamente a convertirse en espía de los soviéticos y no estaba dispuesta a ninguna de las dos cosas. Su firmeza de carácter y de principios no se lo permitiría. Aun cuando Mijaíl la estuviera amedrentando, ella jamás haría algo para dañar a Alexander, prefería estar muerta.
Barajó con sumo cuidado sus posibilidades. Siguió mirando fijamente a Mijaíl con una alarmante expresión de confusa certeza, si cedía a sus peticiones significaría el fin de Alexander y el fin de su propia libertad. No tenía idea de cómo se libraría de aquella incomprensible pesadilla.
¿Y si le ofrecía todo lo que le quedaba? Estaba segura de que Mijaíl no dejaría pasar una oportunidad como esa. Era un hombre obsesivo y avaro, traicionero y mezquino. No tenía principios, ni lealtad por nada más que por sus propios intereses. ¿Pero que le aseguraba a ella que Mijaíl la dejaría en paz una vez que obtuviera los bienes que por derecho le había heredado su esposo? Nada se lo garantizaba, pero debía intentarlo, no tenía otra salida.
Pero necesitaba pensar las cosas, necesitaba tiempo. Pensó que la prudencia exigía una retirada estratégica, pero no sin antes ofrecerle a él todo lo que tenía. Unos minutos más de silencioso esfuerzo le permitieron continuar con cierta compostura.
A Mijaíl la pausa se le antojó eterna.
_Tengo un trato para ti_ dijo ella al fin esperando a que le acometiera el temor, pero no sucedió.
Mijaíl se echó a reír con una de aquellas características y vulgares carcajadas que Tatiana recordaba tan bien.
_Soy yo quien te está ofreciendo un trato_ dijo aún entre carcajadas.
_Escúchame bien. Puedo darte algo mucho más interesante que Ivanov.
Mijaíl cambió su expresión, dejó de reír y le prestó suma atención.
_Puedo darte todo lo que me dejó tu padre. Puedes tomarlo e irte de Europa, tal vez a Estados Unidos y allí iniciar una nueva vida_ dijo sin apenas darse cuenta de que su voz se iba haciendo cada vez más firme, más segura y que sus palabras adquirían casi un ritmo prosaico.
Mijaíl la observó frunciendo la frente y con un gesto de incredulidad en la mirada. Pensó que todo sonaba demasiado bueno para ser verdad.
_No vivirías en este antro si aún tuvieras algo de lo que te apropiaste_ dijo paseando la mirada en derredor.
_Tengo joyas y barras de oro_ dijo Tatiana_ si vivo modestamente es porque no deseo llamar la atención. No necesito más.
Mijaíl no parecía muy convencido, la miraba con el ceño fruncido y una media sonrisa incrédula.
_Sé que perdiste todo cuando los bolcheviques tomaron el poder, y estoy segura de que no te pagan lo suficiente.
¿Y tú que ganas con esto? _ preguntó al mismo tiempo que tomaba el arma de la mesilla y se ponía de pie.
Tatiana observó el arma con cierta alarma, pero intentó concentrase en lo que decía.
_Solo que me dejes en paz_ contestó ella con total aplomo_ Tengo mucho más de lo que te imaginas y te daré todo con tal de que te olvides de Ivanov y de mí.
Aquello fue como si Tatiana poseyera un poderoso imán y los bolsillos de Mijaíl estuvieran repletos de hierro.
_Entrégamelo todo_ exigió.
_No lo tengo aquí. ¿Piensas que tendría las joyas aquí? Lo tengo en un lugar seguro. Necesito una semana. Dame una semana y te entregaré todo lo que tengo. Solo tengo una condición, necesito que me des tu palabra de que me dejarás en paz.
Mijaíl sacudió la cabeza negando.
_ ¿Dónde tienes las joyas? Iremos por ellas ahora mismo.
_Las joyas las tiene un amigo mío que vive en Paris.
Mijaíl se echó a reír.
_Pues iremos a Paris en la mañana_ contestó.
_No puedo aparecerme contigo allí_ dijo nerviosa. Su plan no estaba dando resultado. _ dame una semana y tendré todo para ti.
Mijaíl se quedó en silencio, sopesando la situación, pronto, su avaricia decidió por él.
_Tengo a un par de hombres vigilándote, no hay modo de que huyas. De todas maneras, puedo encontrarte y si lo hago estarás muerta_ dijo con una mirada asesina.
Tatiana tragó saliva dificultosamente, estaba asustada, pero asintió con un movimiento lento de cabeza.
_Tienes una semana_ dijo y salió de la casa dando un portazo.
Después de que se fuera y la dejara sola al fin, llegó la lluvia que golpeó en los cristales de las ventanas. Era fría, la primera lluvia de otoño. Al día siguiente, las últimas hojas marrones que quedaban en los árboles terminarían de caer y formarían parte de la alfombra en el suelo.
Tardó algún tiempo en moverse, se sentía presa de un silencioso miedo, estaba demasiado asustada para deshacerse en llanto. Se dirigió al baño poco después, vio su reflejo en el espejo, tenía los ojos abiertos de par en par, la piel pálida como la de un muerto. Se percató que no podía respirar, era como si alguien hubiese apretado el interruptor de apagado y sus pulmones no respondieran. Se forzó a inhalar y cuando exhaló, sus pulmones emitieron un pitido agudo, y empezó a toser. Maldita tos, pensó, siempre aparecía en las peores circunstancias. Tatiana durmió mal aquella noche, y el sueño que logró conciliar estuvo plagado de pesadillas.
II
Empezaba a colarse en el aire una claridad del color del acero fundido, cuando Tatiana desembarcó en la estación de París dos días después. Se había esforzado por conservar la calma durante todo el viaje, pero poco a poco notó en su interior la mordedura del pánico. Observó a su alrededor con inquietud, intentaba comprobar si alguien la seguía, mientras encendía un cigarrillo. No estaba segura, pero pensó que había podido despistar a los hombres de Mijaíl. Caminó deprisa zigzagueando entre la multitud que abarrotaba la estación. Avanzó internándose por pequeños y pocos transitados pasajes, hasta que se halló frente a una amplia pero empinada calle adoquinada. Tiró la colilla al suelo y la pisó con la punta de su zapato.
A Tatiana le palpitaba el corazón con tanta fuerza que notaba el pulso a ambos lados del cuello. Subió la elevada cuesta que conducía al final de la calle. Su respiración se había vuelto dificultosa y algo sibilante. Venía sintiendo un malestar creciente en el pecho desde hacía unos meses. Cada vez que se inquietaba o se ejercitaba sobre manera como era el caso, le producía un intenso cansancio, dificultad respiratoria y eventualmente tos. Pensaba que todo se debía al estrés y al exceso de trabajo y alguna que otra mala noche. Pero a aquellas alturas las molestias ya eran casi viejas amigas y se vieron eclipsadas momentáneamente por la expectación y la agitación emocional que sentía.
Observó una mansión de paredes blancas y techo negro al final de la calle. Se detuvo unos segundos para sosegar su agitado corazón. Se arregló un poco el pelo y se pasó las manos por el vestido en un intento por alizar la tela. Carraspeó un par de veces y avanzó. Los tacones de sus zapatos resonaban con determinación sobre los adoquines, con pasos decididos y orientados, lo cual le daba el aire de quien no sólo sabe a dónde va, sino que además no piensa desviarse de su objetivo a pesar del temor.
El silencio a su alrededor fue bruscamente alterado por su fuerte e insistente llamada a la puerta. Esperó impaciente por un par de minutos, pero nadie respondió. Llamó de nuevo, esta vez con más insistencia. Una anciana menuda y delgada le abrió la puerta. Llevaba el cabello blanco recogido hacia atrás, un mechón se le había escapado y ondeaba delante de su rostro, que la miraba con cara de perplejidad. No eran horas para una visita social, eso era seguro. Tatiana habló con voz aguda y apremiante, como acompasada con su desbocado corazón. La anciana la dejó pasar al vestíbulo y luego la escoltó a la biblioteca. Tatiana tuvo tiempo de admirar la magnífica casa, mientras los pasos retumbaban discordantes sobre los cuadros de las baldosas de mármol blancas y negras. Una impresionante escalera central de mármol se elevaba por encima del suelo y se extendía como tentáculos hacia los pisos superiores. Del techo colgaba una magnífica araña de cristales que quitaba el aliento. Pensó que el hombre a quien venía a ver no debía extrañar en lo más mínimo lo que había tenido que abandonar en Moscú. “Que vida tan antagónica”, pensó. Discrepaba por completo de lo que los bolcheviques pregonaban al pueblo sobre igualdad para todos. La anciana abrió una puerta de caoba con aire solemne y digno, le pidió que esperara dentro de la biblioteca. Tatiana paseó su mirada por la gran habitación. Tres de las cuatro paredes estaban repletas de ejemplares magníficamente encuadernados. Un espléndido escritorio también de caoba era el centro de atención. La única pared que no poseía ejemplares estaba recubierta por un mueble con innumerables licoreras de cristal de Murano, cada una de ellas llenas de algún licor extravagante y costoso. Frente al mueble, se hallaban unos sillones tapizados con terciopelo blanco.
El hombre se presentó poco después. Se llamaba Boris Sokolov. Era robusto, lucía un mostacho que crecía a ambos lados de su boca y una melena pulcramente peinada de pelo plateado, que correspondía con su predisposición por vestir elegantes trajes italianos y zapatos con brillo de espejo. Se veía tan deslumbrante como siempre.
Observó a Tatiana con interés, el miedo la iluminaba como un halo de luz. Su rostro estaba rígido, pálido, tenso como un nudo. La baronesa lo miró con ojos desesperados que lo hicieron ponerse en alerta. Tatiana se acercó apresuradamente a él y sus manos se aferraron a los abultados brazos de Sokolov como si se tratara de una alpinista a punto de caer al vacío y él fuera su soga salvavidas.
_ ¿Estás bien muchacha? _ preguntó Boris mientras la guiaba hasta los elegantes sillones franceses de terciopelo que habían captado la atención de Tatiana.
La baronesa se dejó caer en uno de ellos sin decir palabra. Se llevó una mano hasta la T que colgaba de su cuello y la acarició, como si con ello buscara protegerse de algún modo. Movió la cabeza de un lado para otro respirando trabajosamente.
_Imagino que no has desayunado, es muy temprano_ dijo pidiendo al ama de llaves un poco de té y un buen desayuno para Tatiana.
Se sentó al lado de ella esperando a que se decidiera a hablar.
Una lágrima resbaló por la suave mejilla de la baronesa. Se reclinó en el respaldo del sillón, con los brazos cruzados sobre su pecho como si intentara refugiarse y luego rompió en silenciosos sollozos.
Boris se sintió alarmado, algo muy grave tuvo que haber pasado para ella se decidiera a buscarlo, pensó.
Tatiana se puso una mano en la frente como si intentara tomarse la temperatura al tiempo que hablaba con voz queda.
_Lo siento Boris, no tuve otra opción.
_ Lo imagino, ahora intenta calmarte y dime que sucede.
Tatiana se secó las mejillas con un pañuelo que Boris sacó de uno de los bolsillos de su ostentoso traje importado, al tiempo que el ama de llaves dejaba sobre la mesa una taza de té y unos panecillos recién horneados. Boris la animó a que se lo tomara. Tatiana bebió un sorbo y el líquido le hidrató la seca garganta de inmediato. Se removió en su asiento y se inclinó hacia adelante. Su mano temblaba ligeramente cuando depositó la taza sobre la mesa. De pronto se sintió confundida, creyó que había sido una mala idea pedirle ayuda a Sokolov. Aquella confusión solo pareció llevarla hacia más incertidumbre y miedo. Boris percibió de inmediato su turbación y vio desánimo e impotencia en los ojos de Tatiana.
Boris Sokolov había sido por muchos años, uno de los amigos más cercanos del barón, si acaso no fuera el único. Tenía en alta estima a Tatiana y siempre habían compartido una relación cerca. Boris la quería como si fuera la hija que nunca había tenido. Con la muerte de su esposa y la partida de su único hijo hacia Estados Unidos hacía ya muchos años, vio en Tatiana la familia que había perdido. Con la muerte del barón, le hizo jurar a ella que lo buscaría si llegara a necesitar algo. Pero Tatiana no intentó ponerse en contacto con él ya que Boris había traicionado al imperio y se había convertido en desertor, uniéndose a los bolcheviques para salvar todo lo que era suyo a costa de cualquiera que se interpusiera en su camino. Pero al verse acorralada por Mijaíl, pensó que la única oportunidad que tenía era convencer a Boris de que la ayudara con el hijo de su difunto esposo.
_Mijaíl me encontró en Figueres_ dijo ella_ quiere que le entregue a Alexander Ivanov_ agregó, las lágrimas la amenazaban de nuevo.
Boris la observó con detenimiento, sopesando la información que ella acababa de darle. Percibió mucho más en sus palabras de lo que ella estaba dispuesta a detallar.
_Ya veo_ contestó. Se detuvo unos segundos para considerar sus siguientes palabras _ Siempre has tenido debilidad por ese joven_ agregó.
Tatiana se sintió expuesta, ahora más que nunca pensaba que había cometido un error. ¿Cómo pretendía pedirle ayuda al mejor amigo de su difunto esposo para intentar amparar a su amante?
Boris lo sabía, probablemente siempre lo había sabido. No podía mirarlo a los ojos, debería sentirse avergonzada de su clandestina relación con Alexander, pero lo último que había dentro de ella en aquel momento era vergüenza o remordimiento. Tatiana miró los interminables volúmenes de libros con la mirada perdida, como si estuviera decidiendo cuál de ellos leería primero. No le quedó más remedio que asentir lentamente, intentando recuperar la compostura. Se llevó de nuevo la mano a la frente y se acarició las cejas con suavidad como si quisiera librase de unos recuerdos terribles, luego se secó las lágrimas. Inspiró profundamente y lo miró.
_No estoy aquí para recriminarte nada_ dijo Boris_ no estoy en posición de hacerlo: Pero te prometí ayuda si la necesitabas y la necesitas.
_Le dije a Mijaíl que le daría todo lo que tengo si se olvida de Alexander y me deja en paz_ dijo atropelladamente, sus palabras cobraron velocidad y habló en un torrente de ansiedad_ estoy dispuesta a darle todo, pero no puedo estar segura de que cumpla con su parte del trato.
Los hechos, los sucesos, la rabia contenida y el miedo, todo se arremolinaba dentro de ella.
_Necesito que me ayudes a disuadirlo de que olvide todo, de que tome las joyas y se vaya para siempre_ dijo con voz desesperada.
Boris se puso de pie y caminó de un lado a otro de la biblioteca con las manos detrás de su espalda y la cabeza gacha, cavilando.
_Lo que me pides es muy difícil, me expondría ante los bolcheviques_ dijo luego de unos segundos interminables.
Tatiana experimentó una extraña combinación de desesperación y rabia. Bajó la mirada intentando no dejarse llevar por la angustia y la desesperanza. Cuando levantó la mirada le vibraba levemente el párpado izquierdo y tenía un ligero temblor en los labios. Tati respiró hondo y se dispuso a rogar si era necesario.
_Por favor tienes que ayudarme, no tengo a nadie más. Conoces a Alexander desde que era un niño, eras amigo de su padre. ¡Por dios santo, eran todos amigos! _ dijo con la voz quebrada.
Boris emitió un bufido pesado y se sentó de nuevo en el sillón al lado de Tatiana.
_Está bien, voy a recurrir a los contactos que tengo, pediré un favor especial. Yo me encargo de Mijaíl.
Se volvió a poner de pie y salió unos segundos de la habitación. Regresó enseguida acompañado de la mujer de cabellos blancos.
_Quiero que acompañes a Lucy, ella va a prepararte una habitación. Quiero que descanses. En dos días iremos a Figueres. Le entregarás a Mijaíl lo que le prometiste y yo me encargaré de que te deje en paz_ sentenció Sokolov.
III
Unos duros golpes a la puerta le indicaron a Tatiana que el momento de la verdad había llegado. Se dirigió a la puerta nerviosa, con el rostro pálido y el corazón acelerado. Cuando la abrió, los ojos de Mijaíl la penetraron como cuchillas. Cuando intentó golpearla, ella levantó una temblorosa mano para detenerlo.
_ ¿Dónde diablos estabas? _ siseó el traidor con rudeza.
Antes de que Tatiana pudiera responderle, Mijaíl oyó la voz de un hombre que sonaba áspera y grave.
_Estaba conmigo en Paris.
Mijaíl observó a Boris con gran sorpresa y perplejidad.
_Toma lo que ella te prometió, vete y no te atrevas a volver_ dijo con desmedido autoritarismo.
_ ¡Tú no me das órdenes! _ gritó Mijaíl_ ¡Trabajo para el partido y vengo a cumplir con lo que me ordenaron!
_ ¿Te ordenaron robar a mujeres indefensas? Pues para tu información Tatiana no está sola, me tiene a mí.
Tatiana no se había atrevido a moverse, paseada la mirada entre uno y otro hombre, con expresión asustada.
_Estoy seguro de que sabes quién soy_ continuó Boris_ puedo llamar a los más altos rangos bolcheviques y comentarles tu pequeña estafa. Tatiana es como una hija para mí y a mi familia, nadie la toca.
Mijaíl pareció sorprendido, intentó ocultar su agitación queriéndose congraciar con Boris.
_Disculpa, no quería faltarte el respeto, pero tengo que encontrar a Ivanov, es uno de los líderes del ejercito blanco.
_Alexander solo sigue órdenes_ dijo Tatiana mientras estrujaba los dedos con fuerza, con la esperanza de expulsar por los dedos una parte de la furia que la invadía y recuperar así la compostura. _ Él es solo un soldado_ dijo con la voz quebrada.
_ Toma lo que ella te prometió y vete. Puedes hacer lo que quieras después, huir al extranjero, o continuar trabajando para los bolcheviques, pero olvídate de que Tatiana existe, olvídate de Ivanov_ espetó Boris.
Mijaíl se removió nervioso e inquieto. No le quedaba más remedio que hacer lo que le estaban ordenando. Boris era un alto mando bolchevique y sus alcances llegaban hasta el mismo Lenin.
_Está bien_ contestó observando a Boris de soslayo_ ahora quiero que me des lo que me pertenece_ dijo dirigiéndose a Tatiana.
La baronesa apresuró sus pasos hasta su habitación. Cogió un cofre de madera labrada entre sus manos y se dirigió de nuevo a la pequeña salita. Depositó el cobre sobre la desvencijada mesa y dejó que Mijaíl se abalanzara sobre él. Tatiana lo vio revolver su contenido con ojos avariciosos y rapaces. Cuando Mijaíl sació su sed de sordidez, observó el anillo en la mano de Tatiana y el dije que colgaba de su pálido cuello.
_También quiero lo que llevas puesto_ dijo señalando las joyas.
Tatiana cubrió instintivamente la sortija entre los pliegues de su vestido y se llevó la otra mano al cuello mientras sacudía la cabeza con vehemencia.
_Estas joyas no le pertenecieron a tu padre_ dijo desafiante_ no pienso dártelas.
Antes de que Mijaíl pudiera replicar, Boris lo detuvo en seco.
_ ¡Ya tienes lo que querías!¡Déjala en paz! _ gritó y su voz retumbó en la casi desierta salita.
Mijaíl tomó el cofre y se apresuró a salir de la casa antes de que Boris cambiara de opinión y lo expulsara de la casa sin nada.
Tatiana suspiró aliviada, sintió que una gran roca rodaba y caía de sus hombros. Tal vez Mijaíl arrambló con casi todo lo que estuvo al alcance de sus manos, pero no pudo trasformar el espíritu de Tatiana, el cual se mantuvo imperturbable e imperecedero a pesar de las pruebas a las que se había enfrentado.