Figueres, España, octubre de 1919.

I

Echada en su cama, Tatiana oía el viento de octubre que tarareaba afuera, arrastrando las últimas hojas secas de la temporada, introduciéndose por las viejas rendijas de las ventanas. Observaba el recorrido de la media luna por el cielo cubierto de estrellas, mientras su corazón anhelaba a Alexander. Su visión se hizo de pronto tan sobrecogedoramente clara, le parecía advertir cada destello, cada filamento de luz que viajaba desde los confines del universo hasta sus retinas. Cada espacio intensamente oscuro del firmamento. Pero al mismo tiempo, pudo percibir los rasgos de su amante asunte, como si se hallara allí en su cama. Los ojos azules, el asomo de gris entre sus cabellos rubios, la sonrisa relajada y seductora. Suspiró pesadamente y su corazón se estremeció de tristeza.

Se habían visto en contadas ocasiones durante el último año. la distancia y la soledad la estaban carcomiendo por dentro. Pero no solo era eso, el cansancio y la dificultad respiratoria que le había achacado al trabajo habían dado paso a más pérdida de peso y un dolor agudo e intermitente en el pecho, a los que pretendió restarle importancia por algún tiempo. No le había mencionado nada de aquello a Alexander las pocas veces que se vieron, olvidaba todo cuando estaba a su lado y durante aquellos días parecía retornar a ella, las fuerzas, el color en sus mejillas y sobre todo las ganas de seguir viviendo.

Se incorporó con lentitud sobre la cama, bajó los pies descalzos al suelo, y percibió el frío que de inmediato se elevó a través de las plantas de sus pies hasta la pantorrilla. Intentó ponerse de pie, al principio no lo consiguió. Caminó por la habitación con los brazos cruzados sobre sus pechos con expresión apesadumbrada. Le dolía la espalda, había intentado infructuosamente conciliar el sueño y no lo había conseguido. Se sentó en una silla frente a la ventana y contempló la oscuridad. La luz de la lámpara en su mesita de noche emitió brillos sobre su larga y quebradiza cabellera. Su rostro pálido y demasiado delgado se veía algo fantasmal.

No era la primera vez que se desvelaba, era algo cotidiano en los últimos meses. Cuando al fin conciliaba el sueño, luego de horas dando vueltas y vueltas, un dolor pulsante en el pecho la impulsaba a despertar. La mayoría de las veces intentaba sumergirse por debajo del dolor y seguir durmiendo. Pero este tiraba de ella sin descanso y la obligaba invariablemente a salir a la superficie y a abrir los ojos entre balbuceos embarullados en donde reconocía su propia voz, pero le parecía provenir de un lugar muy distante.

De pronto sintió una fuerte onda de temor que le recorrió el estómago. En su cabeza empezó a cobrar forma una siniestra sospecha. Estaba enferma y era grave, era hora de que lo reconociera, y temió morir en aquel lugar lejos de su país, sola. Se le aprisionó la garganta. Se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido, sea cual sea, que pugnaba por escapar de sus labios. Pensó que su enfermedad, sea cual fuere, era como la mafia rusa. Cada vez que creía que se había librado de ella, volvía y la arrastraba de nuevo con más fuerza. Se sintió indefensa, como un caracol desprovisto de su caparazón.

El lado derecho de su cerebro le urgía a que se contactara con Alexander y le informara de la situación tan precaria por la que atravesaba. Había dejado de trabajar y se mantenía a duras penas con el poco dinero que había podido ahorrar.  Mientras, el lado izquierdo le exigía que se mantuviera callada. “Él no necesita más preocupaciones” le advertía. Una vez más, ganó el lado izquierdo.

Sintió un repugnante instante de vértigo y aturdimiento que la obligó a cerrar los ojos y aspirar lenta y profundamente. Se inclinó en su silla hacia adelante con las manos entrelazadas entre las rodillas. Los largos y casi esqueléticos dedos entrelazados y con expresión desesperanzada. Tatiana tomó conciencia de que estaba conteniendo la respiración. Expulsó el aire sonoramente, hinchando las mejillas por unos instantes.

El dolor afloró de pronto, cinco intensas palpitaciones. Apretó los dientes, aguardando que remitiera mientras intentaba convencerse de que las punzadas habían sido menos agudas que las de la mañana.

Otras tres punzadas la azotaron. Solo podía tomar aire en inspiraciones poco profundas por que el dolor en el pecho era intenso. Un sudor frío le cubrió el cuerpo de inmediato, que apelmazó el camisón azul que llevaba puesto.

Se llevó una mano al pelo alborotado. La visión se le hizo un poco borrosa y se enjugó un asomo de lágrima con la base de la mano. Se puso de pie con notable esfuerzo. Le costó creer que el dolor se haya intensificado tanto en tan poco tiempo. Era como si la enfermedad hubiese estado esperando a que ella lo aceptara para hincar sus garras con todas sus fuerzas.

De pronto le cedieron las piernas como consecuencia del descenso de oxígeno causado por la respiración superficial y la desmesurada alteración. Consiguió llegar a duras penas a la cama, se sentó en ella y agachó la cabeza. Se llevó los brazos cruzados por delante del pecho para tomar los hombros. Cuando el dolor remitió un poco, levantó las piernas y se tendió en la cama con dificultad. Tenía los ojos hundidos y un aire cadavérico. Aunque el dolor en el pecho remitió, en su lugar se instaló un profundo dolor de cabeza.

Por primera vez en toda su vida, le aterrorizó el futuro, un futuro que al parecer solo tenía un camino. Un camino que no tenía retorno. Temió ver lo que había sido y en lo que se había convertido, sumergida en el dolor al comienzo y enterrada por completo al final.

Vladivostok Rusia, febrero de 1920

I

Alexander Ivanov, se ajustó el cuello del abrigo de piel que llevaba puesto y observó el amplio espejo blanco de mar congelado en forma de herradura que se extendía debajo de sus pies. Su aliento formaba una nube blanquecina a su alrededor que se depositaba en su barba, cejas y pestañas formando diminutas burbujas de hielo que le daban una apariencia agotada y treinta años mayor. La cicatriz en su mejilla se disimulaba aceptablemente bajo el tupido vello facial.

Dirigió su mirada a su izquierda y divisó un gran barco atracado en la gruesa capa de hielo. Pasarían algunas semanas antes de que pudiera zarpar. Soldados dispersos en forma algo desordenada se encontraban sentados sobre butacas improvisadas, pescando en el hielo. Las provisiones escaseaban y mucho de ellos estaban enfermos y hambrientos.

Giró sobre los tacones de sus negras botas de cuero, mientras introducía una de sus manos en el bolsillo en busca de su última papirosa.[1] La luz del sol se reflejó brillante en el anillo que lucía con orgullo en su mano derecha. Llevaba repujada la imagen de un leopardo del Amur. Se había ganado aquel apodo entre sus amigos, por la valentía y coraje que demostraba en los campos de batalla. Ahuecó su mano izquierda para proteger el cigarro del viento y lo encendió. Le dio una profunda calada, el humo entibió levemente su garganta, lo retuvo en sus pulmones por unos segundos y luego, lo exhaló con fuerza. Se frotó la nuca mientras sus desesperanzados y ensombrecidos ojos azules, observaban la derruida ciudad que se levantaba en sucesivas capas en las faldas de las ondulantes colinas.

Echó a andar en dirección oeste rumbo a la ciudad con pasos lentos, mientras le daba otra calada a su cigarro y luego observaba como el gris humo se difuminaba en el helado aire. Llevaba unos minutos caminando cuando advirtió un movimiento a su izquierda. Se trataba de un soldado, delgado y algo demacrado, que andaba con movimientos lentos y la espalda encorvada como si se tratara de un anciano, a pesar de que su rostro de facciones finas e imberbe, estaba cubierto por una capa grasienta, en donde los granos de acné destacaban en la frente y la barbilla como huellas indelebles.

El joven se detuvo al verlo y se cuadró ante él en posición de firmes, en un saludo militar. Alexander le devolvió el saludo y pudo notar en su rostro, el desaliento y la amargura de una guerra que sabían que jamás ganarían.

Siguió deambulando por calles angostas y empinadas lentamente mientras contemplaba los cúmulos de desechos que se extendían en todas direcciones. Muchos de ellos atrapados entre los arbustos que flanqueaban la carretera. Restos carbonizados de madera, trozos de vidrio roto, libros destruidos cuyas hojas volaban al viento, ropas hechas girones. Las hojas secas que el verano pasado engalanaron las copas de los árboles crujían ahora, debajo de sus botas. Una gran nube de humo negro formaba un telón de fondo opaco sobre el cielo despejado. Un gran pedazo de lona que alguna vez formó parte de una tienda de campaña había quedado atrapado en unos árboles y revoloteaba a la intensa luz del mediodía, como una extensa lengua pálida. Miró el suelo y vio que algunos adoquines estaban sueltos, desplazados por algunas hierbas que crecieron vacilantes en la pasada primavera. Además de algún que otro pedazo de riel de metal oxidado que señalaba por donde habían transitado los tranvías. A su izquierda, vio un solitario tranvía estropeado, volcado en el suelo. Muchas veces recorrió aquellos caminos durante su larga estancia en la ciudad, pero cada vez se demoraba más en ellos, como si quisiera evitar llegar a su destino, como si quisiera dejar todo atrás.

Acercó el cigarro a sus labios y le dio otra calada, tiró la colilla antes de que le quemara los dedos y la pisó contra el frío suelo. Dejó atrás la destrozada calle, con los desechos acumulándose. Ante él vio una vía secundaria más amplia y recta que la calle principal, que culminaba en una cresta con un impresionante muro cubierto de hiedra amarillenta y muerta. En el desvío, había un poster de propaganda Roja partido en dos, tirado en medio de la calle. Sobre su cabeza, una bandera con el emblema del Zar ondeaba al viento. El pavimento era irregular a diferencia de la calle principal: unas veces piedras enlosadas, otras, adoquines y otras veces simple tierra con vegetación de un color grisáceo.

Subió la última cuesta, delante de él, los árboles gigantescos que se retorcían en forma grotesca se apartaban de la carretera, dando paso a lo que quedaba de las edificaciones más emblemáticas de la ciudad con las derruidas piedras de sus muros esparcidas por el suelo. Pensó en los años al servicio del Zar y del Ejército Blanco, en su disfuncional familia y en Tatiana, a quien no veía desde hacía casi un año, y en los compañeros que había perdido durante los seis años que llevaba en el ejército.

 Enfiló el camino de ingreso a un vetusto y algo arruinado edificio de piedras de dos pisos que apenas se había salvado en la última incursión de los rebeldes y que hacía de Cuartel General del Ejercito Blanco. Muchas de las ventanas estaban cubiertas por listones de madera que cumplían la función de los ahora vidrios rotos. Las imponentes puertas de madera labrada le dieron la bienvenida, escuchó chirriar la pesada puerta, girando levemente sus goznes.  En el interior, la abundancia de polvo y telarañas esparcidas en los altos techos hacían que el lugar pareciese abandonado. Recorrió con la mirada la estancia principal, observó un reducido grupo de oficiales, advirtió en todos ellos, la urgencia de sus ojos desesperados. La reciente muerte de Kolchak[2] había dejado a todos desmoralizados y confundidos, como hijos que acababan de perder a uno de sus padres. Tres de ellos hablaban en voz baja al resplandor del hogar, mientras se calentaban las manos en la improvisada fogata encendida en un cilindro metálico. Otros dos se encontraban sentados en unos desvencijados y mugrientos sillones, cabizbajos y cavilosos. Otros dos sostenían una acalorada discusión gesticulando de manera exagerada. Llamó su atención, el concierto para piano número dos de Rachmaninov[3] que sonaba amortiguado desde el segundo piso del edificio. Alexander emitió un suspiro pesado, había oído aquella pieza incontables veces durante sus años de servicio, bajo el mando del General Iván Beliávev

La primera vez que Alexander vio a Beliávev fue una fría mañana de enero del año 1915, cuando asumió el mando de la unidad militar a la que pertenecía. Llamó la atención de todos sus nuevos subordinados de inmediato, no solo por su impresionante porte atlético y altivo, su intimidante personalidad, su fuerte y dominante presencia, la dureza y rigidez de su carácter, sino también porque lo precedía un grupo de soldados cargando un imponente piano de cola. El excéntrico general, estaba dotado de un magistral genio, concertista afamado, había abandonado una impresionante carrera para enrolarse en el ejercito al servicio del Zar.  Tal vez ya no engalanaba los más espectaculares escenarios de Moscú, ni maravillaba a los más acaudalados espectadores, pero aún mantenía la costumbre de interpretar las obras de los más aclamados músicos rusos, así fuera, a pocos metros del campo de batalla.

Alexander caminó sin prisa internándose en el edificio, por estrechos y fríos pasillos, con baldosas sueltas, de otrora impresionantes pisos de mármol que ahora se encontraban polvorientos y opacos. Los cuadros que alguna vez adornaron las paredes del edificio habían sido robados o destruidos en alguna de las incontables incursiones de los” rojos”. Las vastas y lóbregas estancias albergaron alguna vez, bellos tapices que ahora se veían deslucidos o rotos. Destruidos por el lento pero implacable paso de los años y del horror de la guerra, narrando una afligida historia de perdidas grandezas. Se sacó la norvezhka[4] y se pasó la mano por el rubio y revuelto pelo mientras caminaba por pasadizos vacíos hasta que deslumbró una escalera y subió las gradas. Recordó entonces, lo difícil que había sido subir el piano por aquella estrecha y ensortijada escalera de madera de roble, los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasaje. Pero había aprendido, apenas se unió al ejército, que la única extravagancia de Beliávev era su piano, jamás lo abandonaba así le cayera encima el fin del mundo o alguna que otra refriega. Como también había aprendido que aquella melodía solo presagiaba malas noticias. Cuando llegó al segundo piso, se quedó parado frente a la sala en donde el general movía veloz los dedos sobre las teclas de marfil de su viejo piano, algo maltrecho y descolorido. Su cuerpo encorvado sobre el piano, en evidente tensión. Alexander pudo distinguir rígidas arrugas que surcaban su rostro sudoroso y pálido. Sacudía la cabeza al ritmo de la música haciendo que el pelo negro de su frente le cayera sobre los ojos en forma teatral. Cuando levantó los ojos y observó a través de sus lentes, vio a Alexander parado en el umbral del salón. Detuvo de inmediato su interpretación con una nota musical extremadamente baja y disonante, luego, se pasó la mano por el pelo tratando de arreglarlo, e hizo un ademán con la mano para que el joven oficial se acercara.

Alexander le dedicó el saludo militar.

_Descanse, siéntese_ dijo el general con la voz algo agitada y con los ojos de una intensidad febril.

No había más mobiliario que una chimenea crepitante de blanco alabastro, un deslustrado lavamanos, un escritorio, un par de sillas anticuadas, un atril. Apilados en desorden por toda la estancia se veían incontables partituras y desde luego el piano. Alexander se sentó en una vieja silla pintada de verde. El general desfiló una y otra vez detrás de su escritorio con las manos a la espalda y la mirada baja. Aquella actitud preocupó al joven oficial. Luego de unos interminables segundos se detuvo y observó a Alexander con seriedad. Sus ojos estaban inflamados, vidriosos y parecía algo ausente cuando habló.

_ Polkóvnik[5] Ivanov, usted es uno de mis mejores oficiales, no solo lo aprecio como soldado, sino también por sus cualidades como persona.

_Se lo agradezco señor_ contestó Alexander con una leve inclinación de cabeza.

El general suspiró antes de proseguir, tenía el rostro tenso y contrariado. Los labios apretados en una fina línea.

_Antes de proseguir, quiero que sepa que no queda nada por hacer. En realidad, hemos hecho mucho más de lo que humanamente podíamos_ agregó y se quedó en silencio por unos segundos.

Alexander frunció el ceño algo aturdido.

_Los Rojos, llegarán de nuevo aquí en algunas semanas, se están movilizando en Moscú mientras hablamos. Les será difícil llegar por el invierno, así que esperaran a la primavera para ponerse en camino.

Alexander se levantó de un salto, apretó los puños y en sus ojos se formó una chispa de indignación caliente y brillante.

_ ¡Entonces les haremos frente! _ dijo vehemente.

El general sacudió la cabeza de un lado a otro y bajó la mirada.

_Esta vez no podremos con ellos, son miles, saben que este es el último bastión que tenemos, y si nos invaden, ellos ganan. Nuestros hombres están débiles, hambrientos y enfermos.

Alexander se sintió de pronto turbado y desorientado.

_Esta noche_ prosiguió el general_ voy a ordenar a los soldados que abandonen sus puestos.

Alexander abrió los ojos sorprendido. Conocía al general hace seis años y era la primera vez que lo oía decir algo semejante. Beliávev se acercó a él y situó una paciente mano sobre el hombro del mejor de sus soldados.

_Debería regresar con su familia_ dijo.

_Mi familia está en Francia, señor, se refugiaron allí cuando estalló la revolución.

El general asintió.

_ Vladivostok está muy lejos de Francia_ dijo con la voz cansina.

_Así es señor_ contestó el oficial _ ¿Qué piensa hacer usted?

_Esperaré a que todos los soldados dejen sus puestos, luego pienso emigrar a América_ dijo con la mirada resignada_ ya no puedo hacer nada por mi patria.

_Es imposible salir de aquí durante el invierno_ contestó Alexander.

_Aún hay tiempo, podemos esperar la llegada de la primavera.

Ivanov asintió con los ojos brillantes y vacilantes. ¿Qué se suponía que haría? ¿A dónde se suponía que iría?

_Lo más sensato sería esperar a que se deshiele el mar e ir rumbo a Japón. Los nipones son nuestros aliados, al menos de momento, nos darán asilo y nos ayudarán a tomar el primer barco a Europa_ explicó Beliávev.

_ ¿Qué pasará con los soldados que tienen familia en Rusia? _ preguntó Ivanov contrariado.

El general sacudió la cabeza de un lado a otro, sus ojos verdes estaban enrojecidos por el cansancio y la impotencia.

_ No tengo idea, no hay nada que pueda hacer por los soldados que decidan quedarse_ dijo abrumado.

Alexander se puso de pie y se acercó al instrumento que ocupaba gran parte de la estancia.

_ ¿Qué será de su piano? _ preguntó.

El general emitió un pesado suspiro mientras pasaba la mano por el instrumento hecho de madera de nogal y que llevaba con él más de la mitad de su vida.

_Este también es el final de su camino_ dijo con pesar.

II

Decenas de soldados deambulaban con rostros pálidos y confusos, susurrando sin rumbo en todas direcciones, como si estuvieran perdidos y aturdidos, buscando de nuevo la dirección correcta que les era esquiva.  Siluetas negras en la fría noche, temblorosos, atemorizados e impotentes. Alexander los observaba apesadumbrado. La mayoría de ellos no tenía idea de lo que haría o a donde irían, sus familias se encontraban a miles de kilómetros de distancia en territorio enemigo. Solo unos pocos, poseían los medios para dejar el país e intentar forjarse un futuro a toda vista incierto en algún rincón del planeta en donde no tuvieran que preocuparse por guerras y hambre.

El coronel Ivanov recostó la espalda contra el frío muro de piedra, introdujo sus manos en sus bolsillos en busca de algún cigarro. Suspiró frustrado al recordar que había fumado el último hacía horas. Dirigió la mirada hacia su izquierda y observó la pálida y lúgubre luna, que brillaba con luz débil y titubeante sobre el amplio espejo de océano congelado, confiriéndole un color amarillo enfermizo.

Vio acercarse una figura, caminaba con pasos cansinos y vacilantes, andaba algo encorvado. Las manos en los bolsillos, la cabeza gacha. Pronto, supo de quien se trataba. Andréi Savonikov, el último de los mosqueteros, a quien cariñosamente sus demás amigos le habían dado el apelativo de Athos. Él último de sus amigos que quedaba con vida. Se conocieron hace casi siete años atrás, cuando ingresaron al ejército, deseosos de servir al Zar y a su patria.

Andréi se detuvo frente a Alexander, a pesar de la penumbra, el último, pudo observar el rostro aturdido, desalentado y agotado de su mejor amigo. Tenía la mirada desdibujada, reflexiva y ausente. Apoyó la espalda contra la pared junto a Alexander y se dejó caer al suelo sentado, rodeando sus rodillas con sus brazos. En sus ojos se pintaba una especie de perplejidad turbada como si acabara de recibir un golpe sorpresa en el estómago. Alexander lo observó con creciente preocupación.

_   Todo esto es una reverenda mierda D’Artagan ¿Tienes idea de lo que harás ahora? _ preguntó Andréi con voz temblorosa sin mirar a su amigo

Alexander emitió un suspiro profundo y una nube de vapor rodeó su rostro cansado.

_Tendré que esperar a que el primer barco zarpe hacia Japón, luego veré la forma de llegar a España_ contestó.

Ivanov observó de nuevo a los soldados a su alrededor, algunos bebían como si ese fuese el último día de sus vidas. Otros caminaban como autómatas en cualquier dirección, perdidos en sus pensamientos, otros lloraban desconsolados sin saber lo que sería de sus vidas, en especial los más jóvenes que acababan de unirse al ejército y de un momento a otro no tenían a donde ir. Si regresaban a Moscú se enfrentarían a la posibilidad de la cárcel o lo que era peor, la ejecución.

_ ¿Lo primero que harás es ir a ver a la baronesa? _ preguntó Andréi desconcertado.

Alexander no respondió, en su lugar formuló a su vez otra pregunta.

_ ¿Y tú Andréi, que piensas hacer? _ dijo con la mirada perdida en alguna parte de la calle.

Andréi introdujo una mano en el bolsillo derecho de su abrigo y extrajo de él una carta. Se lo entregó a Alexander con movimientos lentos. El oficial tomó la carta de la mano temblorosa de su amigo. Lo observó por unos segundos y se percató de que había bebido. Su aliento oía a vodka barato. No le llamó mucho la atención, Andréi no era el único que se había dedicado a la bebida aquella noche. Acercó la carta a una fogata cercana que ardía dentro de un cilindro de aceite. Frunció el ceño y sus ojos se ensombrecieron de inmediato al leer su contenido. La carta estaba firmada por la suegra de Andréi, se la había enviado dos meses atrás, informándole del deceso de su esposa durante el parto de su primogénito, quien también había fallecido en el alumbramiento.

Ivanov se sintió profundamente consternado. Giró despacio sobre sus talones algo vacilante y enfrentó a su amigo que seguía sentado en el suelo con el rostro hundido entre sus manos. Inhaló una profunda bocanada de aire y se obligó a volver a su lado. Se puso en cuclillas frente a Andréi y le entregó la carta, quien se la guardó de nuevo en el bolsillo.

_Lo siento tanto_ dijo Alexander apoyando una mano sobre el hombro de su mejor amigo.

Andréi le dedicó una sonrisa dolida y luego se pasó ambas manos por su pálido y enjuto rostro.

_ Dos meses_ dijo_ murieron hace dos meses y acabo de recibir esta carta. Mis padres y mis hermanos murieron durante la Gran Guerra_ agregó con creciente desesperación_ Solo me quedaban Shura y el bebé. Ahora no tengo nada.

 Alexander pensó ver en sus ojos algo parecido a una histeria mal contenida que estaba a punto de explotar.

_Lo siento_ volvió a decir, no sabía que más podía agregar para aliviar el dolor de su amigo_ ¿por qué no me acompañas a Japón? Salgamos de aquí y empecemos de nuevo.

_Para ti es fácil decirlo, tu esposa y tus hijos están a salvo en Francia, la baronesa te espera en España_ contestó con algo de desdeño en la voz.

_Sé que no es fácil, pero no hay nada que te ate aquí_ continuó Alexander.

_No sabes nada, no tienes idea de cómo me siento, ya no tengo nada ¿porque seguir? _ dijo y Alexander sintió un escalofrío en su espina al ver su expresión turbada y algo demencial.

_Tienes razón, no puedo saber lo que estas sintiendo, ¿Por qué no entramos y hablamos de ello? _ trató de persuadirlo.

_No hay nada de qué hablar, amigo_ dijo mientras Alexander lo ayudaba a ponerse de pie.

Por un momento, Ivanov advirtió el cambio en el semblante de Andréi, tenía la boca abierta, los hombros caídos, los ojos vacuos, las manos laxas, como si acabara de darse por vencido. Sufrió en solo segundos, una de las impresiones más fuertes y perturbadoras que pueda imaginar la mente humana.

Andréi alargó la mano hasta la cintura de Ivanov y arrancó el revolver de su funda. Cuando el coronel levantó la mirada, su compañero ya se había incrustado el cañón bajo el mentón.

_ Lo siento Alexander esta no es manera de vivir_ dijo mientras una lágrima rodaba lenta por su mejilla.

Andréi cerró los ojos y apretó el gatillo. La bala le arrancó parte de la barbilla, siguió su trayectoria rumbo al ojo derecho, lo despedazó y salió por la parte superior de la cabeza destrozándola. Un líquido oscuro salpicó la pared de piedra en donde pocos segundos antes ambos hombres estuvieron apoyados. Las llamas brillantes de la fogata alumbraron la horrible escena con un resplandor grotesco. Varios soldados llenaron el frío aire de expresiones de pánico y gritos sofocados. Por un instante, Alexander los ahogó con sus alaridos desesperados. Jamás olvidaría aquel terrible espectáculo.


[1] Papirosa: tipo de cigarro sin filtro con boquilla ancha.

[2]  Alexander Kolchak: Militar, caudillo del ejercito antibolchevique.

[3] Sergei Rachmaninoff: Virtuoso compositor y pianista ruso.

[4] Norvezhka: gorro de invierno utilizado por el ejército blanco.

[5] Polkóvnik es el grado correspondiente a coronel.

III

Alexander se despertó alterado e intranquilo, acababa de despertar de una pesadilla, en donde Tatiana caminaba en medio del fuego enemigo, con su largo pelo cobrizo alborotado por los enfurecidos fogonazos de un incendio como una surrealista antorcha humana. Parecía correr hacia él, con los ojos desorbitados en una súplica de ayuda. Había sentido como crujía su carne y cómo se agitaba el cuerpo de Tatiana. La desesperación y la ansiedad lo despertaron.

Se halló bañado en sudor, a pesar de que la temperatura era bastante baja. Se sentó en la cama con la respiración agitada y bajó los pies al suelo, jadeaba. Se sentía algo perturbado y confundido. Durante el último mes, después del suicidio de Andréi, despertaba azorado luego de terribles y vívidas pesadillas en donde la protagonista invariablemente era Tatiana. Deseaba con desesperación que el invierno desapareciera de una vez por todas y así regresar a ella.

No se consideraba creyente en los estudios de los sueños ni mucho menos, pero el modo misterioso, incomprensible y confuso de ellos lo ponía a pensar. En parte, por la naturaleza oscura de que se recubrían aquellos espacios de sobresaltos y temores, o tal vez su alma entreveía como a través de la niebla, alguna advertencia algo sobrenatural.

Una vez más empezaba a esclavizarlo la pesadumbre y la nostalgia, la angustia de siempre, con las que debía lidiar continuamente, tratando de evitar que lo envolvieran entre sus tentáculos y lo hundieran a los confines de un océano de depresión. Pensó que toda su vida era una sucesión de actos absurdos, riesgosos e inconexos, en un esfuerzo por darle algún sentido, cuando en realidad su voluntad lo llevaba inexorablemente hacia su eterna advocación por Tatiana.

Se puso de pie, necesitaba salir de aquel lugar de inmediato, sintió que se ahogaba y que terminaría muriendo si no lo hacía. Se calzó las botas y vistió un abrigo. Salió a la calle en donde reinaba el silencio. Le pareció increíble que perdieran la guerra contra los bolcheviques, pero que estuvieran confinados en Vladivostok por otros dos meses más era insoportable. Nadie podía salir, pero a la vez nadie podía llegar hasta ellos.

  Suspiró, la neblina que formó su aliento se extendió alrededor de su rostro mientras intentaba convencerse de que sus miedos eran infundados y que Tatiana estaba bien. Esta vez regresaría a ella y nada ni nadie los volvería a separar.  

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