Figueres, España, Julio de 1920.

I

El viaje desde Vladivostok hasta Figueres, le había tomado mucho más tiempo del que él había supuesto. Desembarcó en la estación y con pasos apresurados se dirigió a la pequeña casa que ocupaba Tatiana. Se hallaba exultante y optimista. Al fin se hallaba libre de obligaciones, libre de compromisos. Aunque los compromisos y las obligaciones con su esposa e hijos no habían desaparecido, Alexander no pensaba mucho en ellos. Dinero no les faltaba, la seguridad no era una preocupación. Jamás había pasado por su mente, que los niños necesitaban de su padre, de una figura protectora, de un ejemplo a seguir. No, sus hijos y Galina tenían todo. Ahora le tocaba ser feliz, ahora su obligación era hacer feliz a Tatiana.

Sonrió, su corazón latía con fuerza y aceleró un poco más sus pasos. Los pájaros gorgoriteaban en los árboles que se alineaban como guardias alrededor del parque que solían frecuentar juntos, pero Alexander apenas fue consciente de ello. Estaba muy concentrado en los planes que su mente estaba entretejiendo para su nueva vida. Un viaje tal vez, una casa más grande, con un huerto como a Tatiana le gustaba. Tal vez podrían comprar una casa en el campo, pensó.

 Casi sin pensarlo se halló frente a la puerta de Tatiana, llamó con insistencia por unos minutos sin recibir respuesta. Pensó que tal vez ella estaría fuera. Aunque le pareció poco probable de que estuviera abierta, intentó abrirla. Para su sorpresa, se abrió con un chirrido a madera podrida. Ingresó al patio de baldosas azules y cerró la puerta detrás de él. Cruzó el patio despacio, aquella exultación que lo había acompañado todo el camino se había trasformado de repente en desconfianza y cierta inquietud.

Cuando estuvo frente a la puerta de la casita, algo que no supo identificar lo llevó a tomar el picaporte antes de llamar. La puerta se abrió y su corazón dio un salto antes de lanzarse a una carrera veloz. Algo no andaba bien le advirtió su cerebro. Tragó saliva dificultosamente e ingresó a la vivienda. Las ventanas estaban abiertas y una agradable briza circulaba a través de la casa. Las cortinas parecían flotar en una danza de movimientos elegantes y relajados.

Intentó hablar, pero se sorprendió al notar que su garganta no emitió sonido alguno. Carraspeó un par de veces antes de volver a intentarlo.

_ ¿Tati? _ dijo, su voz sonó más baja, casi un susurro.

Caminó con pasos lentos, vacilantes mientras observaba todo a su alrededor. La salita y el comedor parecían estar en orden. Se dirigió a la habitación, su corazón no paraba de correr, sentía que le latía en la garganta.

_ ¿Tati? _ repitió, esta vez su voz sonó algo más natural.

Cuando se halló frente a la puerta de la habitación, la vio entreabierta y le pareció percibir algunos movimientos. Empujó la puerta y lo que vio lo dejó al principio desconcertado y luego se sobresaltó de inmediato.

_ ¡Tati! _ dijo y se acercó con grandes zancadas a la cama, en donde Tatiana se hallaba tendida, cobijada entre cubrecamas como si fuera invierno.

_ ¿Alex? ¿Eres tú? ¿En verdad eres tú o estoy soñando? _ prorrumpió en preguntas aceleradas y nerviosas.

_ Soy yo preciosa_ dijo mientras se sentaba en el borde de la cama y le acariciaba la frente.

La vio cansada, desgastada y visiblemente enferma. Le costó reconocer la imagen que tenía enfrente. No podía creer que la mujer que tenía delante suyo era lo que quedaba de la encantadora, cautivadora, vibrante y lozana mujer de quien estaba enamorado.

El dolor que lo embargó fue casi insoportable y no tenía idea de que sufriría muchísimo más. Observó sus ojos hundidos, la piel sin vida, su aspecto de postrada debilidad, pero lo que más lo aterrorizó fue que vio tres cosas en su rostro que lo golpearon con fuerza, como si alguien se divirtiera a sus costillas lanzándole una piedra tras otra.

 La primera, que había perdido muchísimo peso desde la última vez que la había visto. Lo que quedaba de ella era un montón de huesos en una funda de carne doliente y débil.

La segunda, que no solo parecía terriblemente cansada sino muy grave.

 La tercera, que había estado enferma por mucho tiempo. Pero, además, había una cuarta cosa, y fue de todas las demás lo que más duramente lo golpeó, como si el que le arrojaba las piedras, no estuviera contento con ello y decidiera arrojarle una gran roca de mármol, le pareció que se estuviera viendo a sí mismo, creyó vislumbrar su futuro.

Había quedado petrificado, había dejado de respirar. Se ordenó a si mismo aspirar, pero durante un terrorífico segundo, nada sucedió. Su pecho permaneció tan rígido como el tablero de una mesa. Cuando al fin se expandió con un silbido jadeante, expulsó el aire que acababa de inspirar y volvió a inhalar, pero esta vez, un poco menos sonoramente.

Tatiana le brindó una sonrisa, pero las comisuras de sus labios se arquearon casi de inmediato. Sus ojos verdes se retiraron a las profundidades de sus cuencas y la tos la atacó, como un animal salvaje que cae sobre su presa.

Alexander notó una picazón en los ojos y un bulto ascendió por su garganta. De pronto, como un rayo que cae en la pesadísima y turbia oscuridad, recordó las incontables pesadillas en donde Tatiana era la protagonista y pensó que el mundo se le caía encima, que el mundo intentaba cobrase una deuda que no sabía exactamente cuál era.

Se sintió culpable, culpable de haberla abandonado por tanto tiempo, culpable por no haber descubierto a tiempo que algo malo sucedía con ella.

Le sostuvo las manos hasta que los espasmos que le producían la tos fueron disminuyendo. Notó que el anillo que le había dado bailaba alrededor de su dedo. En aquel momento pudo reparar en la cantidad de peso que había perdido.

Tatiana le sonrió. Alexander observó las oscuras manchas que se dibujaban debajo de sus preciosos ojos. Pero a pesar de su evidente agotamiento, sus ojos verdes danzaron y centellearon.

_Pensé que no volvería a verte_ dijo ella, las palabras salieron entrecortadas debido a la emoción que la embargaba.

_ ¡Tati! _ dijo él y se detuvo, no sabía que podía decir para aliviar en algo su estado.

Recostó su rostro sobre las manos de ella e intentó ahogar la desesperación que sentía. No podía perder los papeles en aquel momento, ella lo necesitaba más que nunca. Tatiana acarició su pelo una y otra vez. Aún en su lecho de padecimiento, era ella quien intentaba apaciguar los temores de Alexander. Permanecieron en silencio por unos momentos y cuando Ivanov pensó que podía enfrentarla la miró a los ojos con total veneración antes de acercar sus labios a los de ella en un tierno y entregado beso.

_Me alegra tanto de que estés aquí_ dijo ella poco después, como si no pasara nada.

_Me alegra mucho estar al fin de regreso_ contestó él con una sonrisa triste.

La tos volvió a azotarla. Ivanov se levantó de la cama y la ayudó a incorporarse, eso hizo que la tos desapareciera casi de inmediato.

_ ¿Cuándo viene el doctor? ¿Por qué estás sola? ¿Dónde está la criada que te ayudaba con la casa? _ estalló en preguntas apresuradas.

Tatiana pareció inquietarse un poco. Desvió la mirada hacia sus manos y jugó un poco con su anillo. Lo hacía girar una y otra vez alrededor del esquelético dedo.

_La criada solo viene una vez por semana_ dijo.

Alexander la miró aturdido, pero no dijo nada, esperó a que ella continuara.

_El doctor viene dos veces por semana. Ha estado aquí ayer.

_ ¿Estás sola todo el tiempo? ¡Eso es inaudito!

Tatiana pensó que se veía molesto e intentó suavizar las cosas.

_Estoy bien, no necesito de alguien las veinticuatro horas del día.

Alexander se pasó la mano por el pelo incrédulo. No entendía el motivo por el cual Tatiana minimizaba la situación.

_Necesito que me digas donde puedo encontrar a la criada y al médico. Necesitas una enfermera a tiempo completo y quiero oír las explicaciones del médico.

_Alexander, por favor, todo estás bien_ dijo ella con voz débil.

_ ¿Bien? ¡Nada está bien! _ dijo con voz angustiada.

_No te alteres Alexander_ dijo ella mientras los ojos se llenaban de lágrimas.

Alexander pareció sosegarse un poco al verla tan vulnerable.

_Lo siento Tati, no busco alterarte, pero necesito entender que sucede_ dijo acariciando la piel seca y arrugada de la mejilla de la baronesa.

Tatiana suspiró pesadamente y de inmediato hizo una mueca de dolor.

_Son mis pulmones_ explicó poco después_ el doctor dice que son mis pulmones. Es cáncer_ sentenció.

La mente de Alexander se reusó a asimilar las palabras que Tatiana acababa de formular. Se mostró perplejo, perturbado y completamente paralizado.

_No hay nada que se pueda hacer_ dijo ella.

En ese instante, sintió que su alma se desquebrajaba en pedazos. Aquellos trozos agudos y punzantes nunca más volverían a unirse.

_ Siempre hay algo que se pueda hacer_ contestó con la voz quebrada.

Tatiana sacudió la cabeza, y sus largos y resecos rizos parecieron corroborar sus palabras cuando se agitaron al ritmo de su cabeza.

_Estoy enferma hace mucho tiempo, al principio pensé que se trataba de una gripe que no terminaba de curarse. La tos aparecía intermitentemente. Luego se le unió el cansancio. Se lo atribuí al insomnio, pero nunca pensé que todos esos síntomas eran solo el inicio de la enfermedad.

_ ¿Por qué no le lo dijiste? _ preguntó acongojado_ hubiese dejado todo por venir a cuidar de ti.

_No era tu obligación_ respondió_ tenías cosas más importantes de que ocuparte.

_No tenías derecho de decidir por mí_ dijo él afligido.

Tatiana permaneció en silencio con el corazón a punto de estallarle en el pecho.

_ ¿Por qué el doctor no está pendiente de ti? _ preguntó contrariado.

_No tengo dinero_ respondió ella apenas en un susurro.

Alexander la miró con desmedida sorpresa.

_ ¿Qué sucedió con las joyas que tenías? _ preguntó confundido. _ ¿Por qué no me lo dijiste? podría habértelo enviado con alguien.

En ese momento se sintió estúpido, jamás imaginó que la única mujer que había amado en su vida se hallaba en una situación tan precaria y él no había hecho nada por evitarlo.

_Eso no importa Alex, no deseo hablar de ello.

_Tati, necesito saberlo, pensé que confiabas en mí_ dijo algo alterado.

_Confío en ti, pero no tiene importancia ahora_ dijo y volvió la tos galopante y trepidante.

Alexander fue a la cocina por un vaso de agua, intentó que ella lo bebiera, pero la tos era tan brusca que le fue imposible. Dejó el vaso sobre la mesilla de noche y se sentó a su lado sosteniendo su mano. Era todo lo que podía hacer. Unos minutos después Tatiana, se inclinó hacia atrás, recostó la cabeza en la almohada con los ojos cerrados y la cara empapada en sudor. Jadeaba aceleradamente. Ivanov se sintió frustrado, mortificado y sumamente consternado. Se odió a si mismo por no poder ayudarla. De lo único que podía asegurarse era de que su alojamiento fuera confortable y que de ahora en más recibiera la atención necesaria. Juró que no se despegaría de ella en ningún momento.

Ivanov acarició la huesuda mano de Tatiana y observó con detenimiento el anillo.

_ ¿Por qué no lo vendiste si necesitabas el dinero? _ preguntó.

_No podría haberlo hecho_ dijo ella_ era lo único que me quedaba de ti.

Alexander besó su mano con ternura y luego buscó sus labios.

_Necesito decirte algo_ expresó poco después_ sé que debería haberte dicho esto hace mucho tiempo, pero nunca hallé una situación propicia para hacerlo.

Tatiana lo miró a los ojos. Se veía atribulado y afligido.

_Te amo, siempre te he amado_ confesó.

Tatiana lo miró sorprendida, de sus hundidos ojos que se asemejaban a dos verdes canicas de vidrio agrietadas y casi opacas, surgió un intenso brillo como el de una llama de ascua reavivada, pero de inmediato se llenaron de lágrimas que no pudo detener.

_Vamos preciosa, no buscaba hacerte llorar_ dijo abrazándola contra su pecho.

_Lo siento, soy una tonta_ dijo intentando secarse las lágrimas con el dorso de la mano derecha.

Esta vez le tocó el turno de las confesiones a Tatiana.

_Yo también te amo_ dijo desde el pecho de Ivanov_ te amo desde el día en que te conocí.

Alexander se separó un poco de ella y la miró a los ojos incrédulo.

_ ¿Por qué me miras de esa forma? _ preguntó ella.

_ ¿Desde que nos conocimos? _ preguntó escéptico a su vez.

Ella asintió sin decir palabra.

_Cuando nos conocimos era un jovencito inexperto, inmaduro y sin futuro.

_Fue por eso por lo que juré que jamás sabrías mis sentimientos, que jamás te retendría, que solo me conformaría con lo que estuvieras dispuesto a darme.

_ ¡Por dios! Todos estos años pensé que seguías conmigo porque tenías alguna especie de lástima por mí y mi falta de experiencia. Desee tantas veces que la vida fuera diferente, desee tener diez años más y poder darte todo lo que merecías. Tener la oportunidad de que me eligieras a mí en lugar al barón.

_ ¡Alex! Desee tantas veces conocerte mucho antes de que el barón apareciera en mi vida. Pero no me arrepiento de nada, no me arrepiento de los momentos que viví a tu lado. La mejor etapa de mi vida fue la que viví contigo. Nunca me arrepentiré de haber sido tu amante.

_Nunca fuiste mi amante_ dijo él_ siempre fuiste la mujer que he amado, la mujer de mi vida_ dijo con el corazón de en la mano.

Las lágrimas volvieron a rodar por las mejillas de la baronesa. Deseó que el tiempo retrocediera, que le regalara más años con Alex.

_Nunca he sido parte de tu vida_ dijo ella poco después_ solo he compartido ciertas vivencias, ciertos hitos durante el trascurso de ella.

_Tal vez creas que ha sido así, pero esos cortos momentos definieron quien soy y en que me he convertido.

Alexander la volvió a estrechar en un abrazo cargado de desesperación y desconsuelo, al tiempo que oía su respiración tumefacta y sibilante. Recordó que Tatiana al igual que él habían pasado gran parte de sus vidas con un cigarrillo en la mano y que tal vez ese haya sido el motivo de su enfermedad.

Se quedó dormida poco después, las intensas emociones y las increíbles confesiones la dejaron extremadamente agotada. Alexander la dejó descansar, la arropó y secó su frente sudorosa antes de escabullirse silenciosamente de la casa y salir a la calle. Le dio unas monedas al primer niño que encontró con la condición de que buscara al médico del pueblo. De inmediato regresó al lado de la baronesa y cuidó de ella.

El médico llegó un par de horas después, le explicó la situación y no le dio muchas esperanzas. Según todas las apariencias, estaba transitando por las últimas etapas de su vida.

Alexander se sentó en un viejo sillón y veló el sueño de Tatiana. Se sentía completamente abatido y desmoralizado. Había esperado tanto tiempo en decidirse a hablarle a Tatiana sobre sus sentimientos y cuando al fin lo había hecho, cuando al fin acordaron vivir juntos, sucede lo peor. Habían sobrevivido a su matrimonio con Galina, al nacimiento de sus hijos, a la guerra, a la revolución. Pero jamás había imaginado que la perdería por una enfermedad como aquella.

Ivanov se quedó dormido casi al amanecer, su sueño fue agitado e incómodo. Soñó que estaba solo, en un lugar dudoso. Alguien parecía llamarlo. Le costaba distinguir quien era, debido a la falta de luz y al estado esquelético de su cuerpo que parecía una funda rugosa y macilenta. Comprendió que era un cadáver que intentaba decirle algo, era el cadáver de Tatiana.

Despertó sobresaltado cuando la espléndida luz del amanecer de verano se filtraba a través de la ventana de la habitación. Tatiana seguía dormida, tenía el rostro pálido y los labios entreabiertos. Se acercó a su cama y se sentó en el borde. La respiración sibilante había desaparecido, observó su pecho y no pudo asegurar si aún respiraba. Se alarmó de inmediato. Acercó bastante su rostro al de ella intentando sentir el cálido soplido de su aliento sobre su mejilla.  Suspiró aliviado cuando descubrió su suave resuello.

El médico llegó poco después de las nueve de la mañana. Tatiana se había despertado con buen apetito y devoró todo lo que Alexander le había preparado. Algo de rubor cubrió sus mejillas y Alexander se sintió optimista cuando él doctor dijo que se veía mucho mejor aquella mañana.

Salió de la habitación para que el médico la auscultara. Se dirigió al patio trasero y descubrió que no quedaba nada del huerto. La maleza lo cubría por completo. Empezaba a vislumbrar la magnitud del abandono en el que se había sumergido Tatiana y volvió a sentirse sumamente culpable.

Se sentó debajo del alero de la casita y encendió un cigarrillo. Le dio una profunda calada y luego lo sostuvo frente a su rostro entre sus dedos, mientras expulsaba el humo por sus orificios nasales.

Debería dejar de fumar, pensó. El doctor también pensaba que la enfermedad de Tatiana se debía a los cigarrillos. Pero en aquellos momentos era lo único que lo ayudaba a mantenerse calmado, y debía mantenerse sereno por ella.

El doctor salió poco después, y las noticias no fueron muy alentadoras.

_Tal vez vida una o dos semas más_ sentenció antes de irse.

Alexander se quedó petrificado por las duras e insensibles palabras del médico, pero ¿acaso había otra forma de entregar tamaña noticia? Solo le quedaba darle a ella la mejor calidad de vida que podía. Acompañarla en sus últimos momentos. Pensó que después de todo, al menos tenía la oportunidad de estar con ella. No se hubiese perdonado nunca si la dejaba sola en sus últimos momentos. Aspiró profundamente varias veces con la intención de mantenerse firme y no desmoronarse frente a Tatiana, eso era lo último que ella necesitaba.

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