I
Contra todos los devastadores pronósticos del doctor, Tatiana aún seguía viva. Tal vez algo tenía que ver con la presencia de Alexander, o con los esmerados cuidados que le prodigaba, o simplemente con el amor. Había días mejores que otros, y cuando esto sucedía, salían a pasear por patio de baldosas azules. Tatiana tomada del brazo de Alexander, con una sonrisa cansina pero perseverante. La tos había disminuido gracias a las medicinas que el médico había recetado y que Alexander cuidaba que no le faltara. Tatiana presentaba mejor semblante, sus mejillas se habían teñido de un leve tono rosado que la hacían ver mucho más repuesta.
Aquella noche Alexander preparó para ella una sencilla cena a la luz de las velas. Tatiana escogió uno de sus viejos vestidos, se arregló el pelo de la forma en que solía usarlo en la corte del Zar. Conversaron animadamente durante la cena, y al final de la velada Alexander la sacó a bailar al sonido de un gramófono que había adquirido especialmente para entretenerla.
Tatiana se veía radiante, si algún desconocido la hubiera visto flotar en los brazos de Alexander en alguna pista de baile, jamás hubiese adivinado el mal que sufría.
_Deberías descansar_ dijo Alexander luego de algún tiempo.
_No estoy cansada_ contestó ella con un brillo especial en los ojos.
Alexander conocía muy bien aquel brillo, lo había añorado por demasiado tiempo, pero no podía esperar que aquel brillo se trasformara en fuego. No debía.
_Vamos te acompañaré a la habitación_ dijo él sosteniéndola de la cintura.
Tatiana se sentó en el borde de la cama y le dirigió una mirada expectante, pero a la vez decidida.
_Voy a dejarte sola por unos momentos para que te pongas cómoda_ dijo él.
Tatiana pareció desilusionada. Bajó la mirada hasta sus manos.
_ ¿Ya no me encuentras atractiva? _ preguntó.
_ ¿Qué?
_Sé que ya no soy la mujer que conociste, he envejecido y la enfermedad no me ha favorecido desde luego.
_ ¿Qué dices? Siempre serás la mujer más hermosa que he conocido_ contestó él con los ojos colmados de fervor, al tiempo que se acercaba a ella y se sentaba a su lado en la cama.
_Entonces…
_No quiero importunarte_ dijo él.
_Te necesito Alex_ dijo ella.
_ ¡Tati, yo también te necesito! _ dijo segundos antes de besarla apasionadamente.
Hicieron el amor despacio. Alexander la trató con gentileza a cada instante, no solo por el delicado estado de ella, sino porque aquel encuentro íntimo pareció surgir no solo del deseo carnal sino del empeño de sus almas por permanecer unidas por toda la eternidad.
II
Los días buenos habían desaparecido, los malos días habían ganado la partida. Se habían acompasado con el cielo gris y las hojas secas que el viento arremolinaba alrededor de la casa. La respiración sibilante había vuelto y las horas en las que Tatiana permanecía seminconsciente se habían alargado, sumiéndola en un extraño sopor.
El dolor era constante, solo se mitigaban con altas dosis de alguna droga recetada por el doctor. Alexander podía oírla desde la salita con su respiración siseante mientras descansaba sobre su espalda con los brazos extendidos a sus costados. Era como un sonido burbujeante, como si su garganta estuviera llena de agua. Este cambio desfavorable, aunque esperado, no hizo más que sumir a Alexander en la más azarosa oscuridad.
El sueño de Tatiana empezó a hacerse cada vez más turbado e incómodo, y Alexander que en ningún momento dejó de examinar con suma atención sus cambios de posición y de oír los reiterados, aunque casi inadvertidos quejidos, deseó sacarla de aquel letargo tan lacerante. Pero se contuvo, debía dejarla descansar, eso era lo que había recomendado el médico. Si no despertaba por si misma era señal de que el cuerpo se encontraba débil y debía dejarla descansar.
Repentinamente, Tatiana despertó al oír un súbito ruido en la casa y se alzó alterada exclamando en un delirio febril.
_ ¿Ha llegado Alexander?
_Estoy aquí preciosa, no me he ido a ninguna parte_ replicó Ivanov con un nudo en la garganta, intentando ocultar su temor, ayudando a Tatiana a tenderse sobre las almohadas de nuevo.
Era una pesadilla para él verla en ese estado tan calamitoso. Pero no podía desmoronarse ahora.
_Jamás lo volveré a ver, se fue a la guerra y jamás lo volveré a ver_ dijo en el mismo tono agitado, con la voz quebrada y los ojos verdes llenos de lágrimas mientras su pecho subía y bajaba como un fuelle.
Alexander se sentía sumamente acongojado. En aquel momento se percató de todo el sufrimiento que Tatiana tuvo que enfrentar durante su ausencia: la soledad, el aislamiento y el abandono. Ella estaba delirando, era verdad, pero sobre la superficie de aquel delirio flotaba todo el dolor y desdicha que tuvo que enfrentar durante años.
Intentó sosegarla ansiosamente. Le tomó el pulso, era débil pero rápido y al ver que Tatiana seguía delirando acerca de él, su temor se acrecentó.
Tatiana habló luego de su infancia, lo dura que había sido su vida, las carencias por las que había pasado. Repitió palabras acerca de una mascota de cuando era niña, un perro o algo así. De pronto su expresión fue de angustia, para luego transformarse en desesperación, como si huyera de algún enemigo, removiéndose en su lecho, mientras el sudor le corría por la frente. Alexander le secó la frente con un paño húmedo. Luego la oyó cantar:
“Enebro, enebro, ¡enebro mío! En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!”
Su expresión fue entonces de felicidad.
Alexander dejó de respirar por un segundo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ahogar su dolor y su sufrimiento. Tatiana estaba recordándolo, recordando aquella tarde inusualmente cálida en Moscú cuando desnudo ante la ventana de la habitación de hotel en la que tenían sus encuentros furtivos, él había cantado aquella canción, mientras las cálidas manos de Tatiana lo envolvían.
Las horas trascurrieron para Tatiana en desvelado dolor y delirio, mientras que Alexander se sumía cada vez más en cruel angustia. El médico apareció después, solo para corroborar lo que Alexander suponía, eran las últimas horas de Tatiana.
Poco antes del amanecer, Tatiana despertó de su angustioso sopor y observó a Alexander demacrado y afligido. Buscó su mano y la tomó. Alexander intentó sonreírle, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
_Necesito que me prometas algo_ dijo ella.
_Lo que quieras preciosa_ contestó Ivanov.
_Necesito que me prometas que después de que me vaya vivirás.
Alexander se quedó en silencio, eso era algo que no podía prometerle a ella. Ya lo había pensado antes, si ella tenía que irse, ¿qué caso tenía que él siguiera viviendo?
_Alex, necesito que me lo prometas, necesito oírte decir que seguirás con tu vida. No voy a morir tranquila si no me lo prometes.
_Tati, no pienses en eso ahora, no debes preocuparte por mí.
Tatiana apretó la mano de Alexander con toda la fuerza que le quedaba.
_ ¡Prométemelo! _ le exigió nerviosa.
_Te lo prometo_ contestó_ pero no te inquietes.
Alexander percibía la confusión y la fatiga de Tatiana. Pensó que ella intentaba hablar de forma coherente pero que su enfermedad la confundía.
_Se que no crees en dios o en la existencia de una vida después de la muerte, pero yo te juro que esperaré por ti, esperaré a que llegue el momento de que volvamos a estar juntos. Pero no antes. Las cosas se dan cuando se tienen que dar, no antes, no después. Lo nuestro aún tiene que esperar, y eso haré, esperaré por ti. Te lo juro, esperaré por ti hasta que sea el momento.
La abrazó contra su cuerpo en un intento por tranquilizarla, las cálidas palabras con las que intentaba darle seguridad llegaron a los oídos de Alexander, pero no lograron alcanzar su ánimo, pero ella no tenía por qué saberlo.
_Viviré mi vida, hasta que sea el momento de volver a vernos_ dijo él en su oído_ lo juro.
Tatiana le acarició el rostro, Alexander presentaba una tupida y descuidada barba que cubría en gran parte la cicatriz de su mejilla. Pasó sus dedos por la zigzagueante huella y le sonrió.
_Quiero que recuerdes algo_ dijo Ivanov al tiempo que las lágrimas se le agolparon y en la garganta se le formaba un nudo apretado que le dificultaba respirar_ quiero que recuerdes que te amo, te amo más que a nada en el mundo.
Las lágrimas invadieron los ojos de Tatiana y las luego cayeron libres ´por sus mejillas.
_Yo también te amo, siempre te he amado_ dijo antes de que compartieran un desesperado y conmovedor beso.
III
Sostuvo la mano de Tatiana mientras el patriarca le daba la extrema unción. Sintió profundamente la solemnidad del acto, a pesar de no profesar la fe. Era su amada Tatiana quien se despedía para siempre de la vida, de aquella vida que había vivido con tanto coraje y tenacidad. Debía honrarla, honrar su vida, sus sacrificios, sus desencantos viviendo la existencia que a él le había tocado.
Sostuvo su mano cuando se perdía poco a poco en las oscuras tinieblas, cuando dejaba este mundo, cuando lo dejaba a él.
Sostuvo su mano cuando por última vez le decía que la amaba y que la amaría hasta con él último de sus alientos.
Sostuvo su mano cuando dejó este mundo y cuando la besó por última vez.
Sostuvo su mano mientras que el horrendo dolor en su pecho se desencadenaba destrozándolo, devorándolo, al mismo tiempo que las lágrimas a las que había evitado por tanto tiempo se deslizaban y caían por su rostro, a la vez que emitía un grito desgarrador.
El azul se desvaneció en el cielo y entonces sangró rojo, acompasando el corazón de Alexander. Deseó estar muerto para estar con ella, para que su alma al fin descansara en paz por siempre. Pensó que, si en verdad existía un dios, este había armado todo aquel caos solo para torturarlo. O tal vez ya estaba muerto, y dios ya lo había condenado y lo estaba torturando. Tal vez el infierno del que tantos hablan era ese, porque no había otra explicación para el terrible dolor que sentía en aquellos momentos. Algunas religiones pensaban que en cada existencia se pagaban los pecados de la existencia anterior. Se preguntó cuántos pecados más debía pagar para que su alma pudiera alcanzar la paz.
Permaneció sosteniendo la mano de su amada por largo tiempo hasta que se quedó sin lágrimas y su mente comprendió que no había nada que pudiera hacer para regresarla a la vida.
Abrió uno de los cajones del armario de Tatiana y sacó una tijera, caminó arrastrando los pies hasta la cama, se sentó en el borde y cortó un mechón de los cobrizos cabellos de Tatiana. Lo envolvió en un pañuelo y lo guardó en el bolsillo de su saco.
Depositó un beso en su frente y cubrió su rostro con cuidado.
Toda aquella noche Alexander deambuló por la ciudad, entró a bares y burdeles con la mente cubierta por una especie de neblina espesa y oscura. Regresó a las calles indolentes e insensibles. Se sentó en el banco de la plaza en donde tantas veces habían ido a pasear, mientras pensaba que lo perverso tiene que ver con la fatalidad, con lo siniestro, con lo nefasto e injusto. Porque eso era la muerte de Tatiana, algo completamente irracional e injusto.
Tatiana siempre había sido su piedra de toque, la escala con la cual medía su capacidad para interactuar con el mundo, su capacidad de dar y de recibir. Es decir, siempre fue la escala con la cual midió su conducta, su sensatez y su cordura.
Hundió el rostro entre las manos desolado. ¿Cómo se suponía que cerrara las puertas de su pasado con Tatiana? ¿Cómo se suponía que pusiera remiendos sobre tamaña herida y siguiera adelante?
Estaba amaneciendo, y alguien del ayuntamiento vendría a llevarse su cadáver, depositándola en algún nicho anónimo de algún derruido cementerio. Para que su cuerpo desapareciera entre bloques de cemento y no en la tierra que la había visto nacer sino en aquel país remoto que la vio morir.
Todo su interior sentía perder el presente para abandonarse al pasado, en melancólicos recuerdos, en sueños desvanecidos, invocando el nombre de Tatiana en vano, una y miles veces deseando que sus manos pudieran volver a rozar sus mejillas.
Se hallaba demasiado cegado, demasiado fracturado emocionalmente, demasiado enajenado en su dolor para ver más allá del horizonte oscuro y disfrutar del siguiente amanecer, que invariablemente llega, si uno decide seguir respirando.
No supo si fue el intenso deseo, la desesperación o la locura, pero en ese momento notó su presencia viva sentada en el banco a su lado, como si una fuerza eléctrica recorriera su cuerpo. Aunque no supiera con exactitud cómo funciona el universo, supo con una certeza ciega que ella siempre estaría a su lado.
IV
Se aseguró de que Tatiana recibiera el mejor de los servicios funerarios de la ciudad. Se aseguró que llevara puesto el anillo de zafiro y la cadena con el dije en forma de T con pequeños diamantes incrustados que le había regalado. Las joyas proyectaban una luz centelleante que entraba por la ventana. Se sentía abatido y vacío. Aún no sabía cómo saldría adelante.
Contra una pared pintada de celeste se apoyaba el ataúd de Tatiana, y el cuarto se hallaba impregnado de un dulce y agradable aroma a rosas, pues a los pies del ataúd y alrededor de este Alexander había dispuesto cientos de rosas rojas.
Fueron contadas las personas que se acercaron a presentar sus respetos. Tatiana se había hecho de pocos amigos. A pesar de que físicamente Alexander se hallara presente, su mente se hallaba en otra parte, en otro tiempo, en un momento de su vida cuando las cosas eran más fáciles y felices.
Boris fue uno de los pocos amigos que asistieron al velatorio. Se inclinó con reverencia frente al féretro de Tatiana, alagó un brazo y le dio un fuerte apretón al hombro de Alexander quien se hallaba apostado al lado del ataúd como un perro guardián.
Alexander pareció salir momentáneamente de sus profundas cavilaciones y lo miró con sorpresa.
_No sabía que estuvieras viviendo en España_ dijo Alexander_ gracias por venir.
_Quería verla por última vez, ella era como una hija para mí_ dijo Boris con expresión apesadumbrada.
Alexander deslizó una mano por la mortaja de seda y encontró la mano de Tatiana.
_Lo siento mucho muchacho_ dijo Boris apenado_ sé que era muy importante para ti, al igual que lo eras para ella.
Alexander lo miró con desconcierto.
_El barón era mi amigo, pero siempre imagine que entre Tatiana y tu había algo más que amistad. La última vez que la vi le dije a ella que no era quien para juzgarla.
_ ¿Cuándo la viste? ¿Por qué no la ayudaste? ¿Por qué no me informaste que ella estaba enferma? _ preguntó con atropello.
Se sentía molesto y frustrado por la suerte que le había tocado.
_Supongo que ella no te lo dijo_ susurró Boris mientras agachaba el cabeza pensativo.
_ ¿Qué se supone que ella tenía que decirme? _ preguntó inquieto.
_Cómo fue que se quedó sin dinero.
Alexander frunció el ceño extrañado.
_Ella no quiso hablar de eso_ contestó Alexander_ ¿tienes tu algo que ver con eso? _ preguntó irritado.
Durante todo el día se había sentido hueco, como si alguien lo hubiera vaciado por dentro y de pronto se sentía repleto de emociones encontradas como ira, frustración, indignación, rabia. Pensó que estallaría en cualquier momento.
_Te contaré todo, pero será mejor que hablemos en otra parte_ dijo tomándolo del hombro y llevándoselo a un rincón en donde pudieran hablar.
Alexander se sentía inquieto, apretaba los puños y sentía sus uñas clavándose en la piel. Intentaba mantener la calma ya que lo último que quería era armar una escena en el velatorio de Tatiana.
_Cuando la revolución estalló, hice un trato con los bolcheviques, Lenin es mi amigo personal. Dejé Moscú y me instalé en Paris. Tatiana sabía dónde encontrarme, por si llegara a necesitarme y hace como un año fue a verme.
Alexander lo miró con incredulidad, Tatiana jamás le había mencionado nada de ese supuesto viaje a Paris.
_Cuando llegó estaba asustada, es más, debería decir que se veía aterrorizada. Mijaíl la había encontrado en Figueres. Él trabajaba para los bolcheviques como una suerte de cazarrecompensas. Le exigió a Tatiana que trabajara para él y que te pusiera una trampa para poder atraparte. Al parecer tu cabeza tenía precio.
Alexander no podía creer lo que estaba oyendo. Todo parecía ser tan difícil de creer. Aunque si lo pensaba con calma este no sería el único caso. Muchos de los oficiales leales al Zar fueron asesinados por supuestos amigos incluso por familiares con tal de salvar sus fortunas y sus pellejos.
_Tatiana se negó rotundamente a hacerlo y a cambio le ofreció a Mijaíl todo lo que tenía. A Mijaíl le brillaron los ojos de codicia como te lo imaginarás. Mucho más cuando él pensaba que lo que tenía Tatiana le correspondía por derecho propio.
Alexander empezaba a comprenderlo todo. Pero lo que no entendía era porque ella no se lo había contado nunca.
_Aun no entiendo que tienes que ver tú con todo esto_ dijo Alexander_ ¿fuiste tú quien pedía mi cabeza? _ preguntó amenazante.
_No muchacho, nunca me metí en ese tipo de cosas solo quería sepárame de todo y vivir mi vida en Francia. Tatiana me buscó para que fuera una especie de seguro de vida para ella. Mijaíl me conocía como amigo de su padre, pero no tenía idea de que yo tenía conexiones en las altas esferas de los bolcheviques. Así que tuve que mover algunos contactos para presionarlo y que los dejara a ambos en paz.
Alexander se pasó la mano por el pelo nervioso, incrédulo y terriblemente molesto.
_Sea como sea, Mijaíl se llevó lo que Tatiana le dio y se fue para siempre. No tengo idea de donde está ni que está haciendo, pero cumplió su parte del trato.
_ ¿Por qué la dejaste sola sin nada? Estaba en una situación paupérrima cuando llegué_ dijo con voz desgarrada de dolor.
_No tenía ni idea, muchacho. Ella me aseguró que tenía suficiente para vivir con decoro y que además tenía un trabajo decente. Me marché a Estados Unidos por varios meses y no supe nada más de ella, hasta que regresé un mes atrás. Sabía que estabas aquí con ella, pero jamás pensé que se estuviera muriendo_ se defendió Boris visiblemente afectado.
Alexander levantó los ojos al cielo frustrado mientras emitía un suspiró sonoro. Hace solo unos minutos no le encontraba sentido a la vida, pero ahora sí que la tenía. Viviría para buscar venganza. El desgraciado la había dejado en la calle. Intentó disimular la ira y la rabia que sentía, después de todo era el funeral de la mujer que amaba. Pero bajo la máscara de serenidad bullía un sin fin de emociones turbulentas: cólera, furia, sed de venganza. Pero a pesar de toda la rabia que se agitaba en su interior, sintió también una profunda veneración por el amor y la lealtad que demostró Tatiana hacia él, sin ningún interés, sin esperar absolutamente nada a cambio.
Se acercó a su ataúd, tomó su fría mano entre las suyas y le juró que vengaría su suerte, le juró que la amaría por siempre.