I
Con la mente atestada por casi todas las deterioradas emociones que un hombre es capaz de experimentar: odio, cólera, pérdida, desesperación, temor, frustración, Alexander conseguía mantener un delicado equilibrio psicológico. La oscuridad de la noche oprimía contra las ventanas de la casa desierta, desierta por la ausencia de Tatiana. Constantemente se detenía a ver sus cosas, sus viejos vestidos en el armario, sus desgastados zapatos debajo de su cama, antiguas fotografías, en donde se la veía radiante y llena de vida, una en donde Alexander y ella aparecían juntos, felices, sonriendo, viéndose a los ojos en alguna gran fiesta aristocrática. Tal vez, aquella fuera la única fotografía en la que aparecían juntos, pensó. Era insoportable continuar así. Decidió guardar las fotografías, después de todo era el único recuerdo que le quedaba de ella.
Cada noche desde que ella se había ido, se mantenía en un terrible estado de abstracción, despierto, mientras meditaba el hecho de que un extraño crecimiento en los pulmones de Tatiana, no mayor al tamaño de una moneda fuera suficiente para arrebatarle la vida a la mujer que amaba y dejarlo solo para siempre.
Una de aquellas noches, mientras revisaba sus cosas, encontró un cajón oculto en el vetusto armario. Lo abrió y halló lo que parecía ser un diario. Titubeó al principio, le parecía estar inmiscuyéndose en los pensamientos íntimos de Tatiana. Pero luego terminó por abrirlo. Era una sucesión de relatos muy personales de la vida de la baronesa desde que había abandonado Moscú durante la revolución.
Alexander se sentó en el borde de la cama y acercó la lámpara, que iluminó un pasaje como si este fuera un actor sobre un escenario.
“La noche fue terrible, no pude dormir alterada, esperando que, en cualquier momento, alguien detuviera el tren y me obligaran a bajar”
Alexander suspiró apenado. Tatiana tuvo que huir sola, arreglárselas sola, mientras que él peleaba en la guerra. Una guerra que desde siempre había estado predestinado a perder.
Se embarcó de lleno en la lectura de los pensamientos, ideas, y emociones de Tatiana. Y a medida que profundizaba en sus apuntes, empezaba a comprender mejor el corazón y el alma de aquella mujer que lo había esperado, anhelado y amado desde la distancia.
“Mijaíl se ha ido, puedo descansar tranquila esta noche. La vida de Alexander ya no corre peligro. Pero daría cualquier cosa porque estuviera aquí conmigo ahora”
Las lágrimas anegaron los ojos de Ivanov. Pensó que sería capaz de entregar su brazo derecho por tener la oportunidad de regresar el tiempo y hacer las cosas de diferente manera. De negarse a regresar a Rusia para intentar retornar el poder a los Romanov cuando en realidad no habían tendido ni la más mínima oportunidad de hacerlo. Pero ya era tarde, ella se había ido, lo había dejado solo sumido en la más terrible oscuridad.
De todas las cicatrices que poseía, las que más le habían dolido no eran precisamente las externas, sino las internas. Las había examinado una por una, durante tantas noches, largas e insomnes, después de la muerte de Tatiana, catalogándolas una por una con una mórbida fascinación. Y había llegado el momento de dejar de hacerlo y actuar, ya que la vida no era más que una aniquiladora carrera desprovista de significado. Se preguntó si acaso no tenía derecho a dejar la galopante carrera y hacerse a un lado. Se preguntó qué sucedería después que lo hiciera. Estaba en desacuerdo con los que pregonaban que la vida era una especie de preparación para el infierno. Él estaba convencido de que la vida era de por si un infierno. Así que, que más daba, buscaría a Mijaíl y le haría pagar por todo, de una forma o de otra y tal vez, solo tal vez, así volvería a encontrar la paz.