Alejandro
I
El complejo metalúrgico de La Oroya venía arrastrando una larga paralización de más de una década, hasta que al fin un año atrás, los acreedores pudieron venderla a precio de ganga a una empresa canadiense que se comprometió a volver a ponerla en marcha de forma paulatina, desde luego, con la venia del gobierno y muchas concesiones ambientales.
Alejandro Quesada provenía de una de las familias más acaudaladas del Perú. Había estudiado en una de las mejores universidades de Europa y hacía varios años que trabajaba en el bufete jurídico de su padre como abogado senior.
Uno de sus principales clientes era la empresa canadiense a quien habían asesorado antes, durante y después de la compra del complejo metalúrgico. El trabajo de Alejandro fue excepcional, por lo que la compañía canadiense le ofreció un trabajo permanente en La Oroya. Alejandro supuso que su padre pensaría que era una locura dejar un bufete que ganaba millones y que pronto sería suyo por un sueldo fijo en los confines de la Sierra Central, pero para el abogado, no había mejor oportunidad que esta, le parecía satisfactorio y excitante.
A Alejandro no le importaba mucho el dinero, quería contribuir con su país en la medida de lo posible, y tras largos años de paralización, el despido de miles de trabajadores y la crisis económica en que vivían los habitantes de la zona, pensaba que ayudar a la reactivación de la ciudad minera sería una de sus contribuciones más importantes.
Muchas Organizaciones No Gubernamentales, no estaban de acuerdo con la reactivación de la empresa por los costos ambientales que eso implicaba, pero los pobladores habían pedido con desesperación a varios gobiernos de turno que volvieran a poner en funcionamiento el complejo ya que era el único medio de sustento de decenas de miles de personas.
Cuando Alejandro entró en la oficina de su padre, este lo recibió con una sonrisa, la cual se evaporó cuando le explicó que dejaría el bufete para irse a trabajar, literalmente, a la punta del cerro. El hombre intentó procesar la información que acababa de recibir, mostró un rostro repleto de consternación y perplejidad que no requería de traducción. Sus ojos se detuvieron con disgusto sobre su único hijo. Trató de hacerlo entrar en razón, pero Alejandro estaba decidido. El progenitor quedó profundamente decepcionado ya que pensaba retirarse en un par de años y dejar todo en manos de su hijo. Suspiró abatido, antes de endurecer la voz sacándole en cara todo lo que había aprendido en el bufete.
_ ¡Te arrepentirás de esto! _ exclamó y su voz retumbó nítidamente en las paredes de la oficina.
Alejandro aclaró la garganta y respiró profundamente, la situación se había vuelto incómoda, no quería pelear con su padre, lo respetaba mucho, pero se sentía indignado por la forma en que lo estaba tratando, no necesitó decírselo, porque lo llevaba escrito en la cara. Observó a su progenitor con la dignidad y fortaleza que lo caracterizaban y le habló con honestidad e integridad.
_ Papá, tengo cuarenta y cinco años, no soy un niño y esto es lo que quiero hacer. No quiero faltarte el respeto, pero no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando que dejaré la empresa_ dijo con voz clara y firme.
_ ¡Eres un Quesada, no puedes ser el empleaducho de una empresa minera! ¡Tu abanico de opciones será muy limitado! _ gritó mientras lo envolvía un escalofrío.
El comentario le pareció a Alejandro ignorante y ofensivo, pero sabía que no podía cambiar la forma de pensar de su padre. Se hizo un silencio frío entre ambos y a pesar de la profunda desazón que sentía, el señor Quesada colocó una paciente mano sobre el hombro de su hijo.
_ Respetaré tu decisión, esperaré a que te canses de jugar y regreses a la empresa_ dijo poco después.
Alejandro no agregó más leña al fuego, salió de la oficina de su padre rumbo a su nuevo empleo, de eso hacía ya un año.