I
Cualquier observador podría haber supuesto que la serie de eventos que estaba a punto de desencadenarse en la vida de Alexander parecían casuales, pero en realidad lo eran solo en apariencia. En realidad, le había llevado casi cinco meses de investigaciones, seguimientos, pago de sobornos a jueces, abogados y fiscales. Atravesó países, navegó ríos, rastreó movimientos por toda Europa. Buscó hasta en los sórdidos sótanos de los burdeles de mala muerte, hasta que al fin pudo dar con el paradero del hombre culpable de sus tribulaciones y su amargura.
Mijaíl, vivía en Londres desde hacía un año. Se daba la gran vida a costa del dinero que le había robado a Tatiana. Alexander sentía una rabia infinita hacia él, pero no dejaría que ese sentimiento le nublara el juicio y le hiciera perder la oportunidad de acabar por completo con él. Había calculado sus movimientos con perfección milimétrica y estaba a solo días de ponerlos en práctica.
Apresuró sus pasos por una calle bordeada de paredes rojizas mientras el cielo gris de la tarde de primavera se cernía sobre él. Le dio una calada profunda a su cigarrillo, aunque sabía que no debería estar fumando. Se detuvo a examinar el interior de un arrendamiento, niños sucios jugando, perros sacudiéndose las pulgas, ropa secándose en cordeles que se extendían como telas de araña de ventana en ventana. Uno de los chiquillos a quien un moco le colgaba como sebo de vela de la nariz lo observó con expresión pavorosa. Alexander intentó sonreír, y por primera vez en meses, pensó en sus hijos. Mantenía esporádicas correspondencias con Galina, en donde le mantenía informado sobre el desarrollo y necesidades de los tres niños. Sacudió la cabeza, no era momento de ponerse a pensar en otra cosa que no fuera su esperada venganza.
Siguió avanzando por una calle estrecha, hasta encontrase frente a un bar que más se asemejaba a un tugurio, oscuro y nauseabundo. No era la primera vez que visitaba aquel lugar, pero esperaba que fuera la última.
Sólo había dos clientes, en realidad era muy temprano para lanzarse a los brazos de Sileno, pero al parecer las reglas de urbanidad no incluían a aquellos asiduos. El primero era un joven de piel cetrina, con un abrigo desproporcionadamente largo que parecía estar adormilado por efecto del alcohol. El segundo, era un anciano blanco, borracho que bebía cerveza de un vaso largo y grueso. Cada vez que se llevaba el vaso a la boca, le temblaban las manos. Su piel era pálida y cuando levantó la mirada hacia Alexander, vio que sus ojos estaban obsesionados por la bebida, se hallaba atrapado dentro de aquella repulsiva celda, demasiado profunda para salir de ella.
El cantinero, un hombre de espalda ancha y frente prominente se hallaba sentado detrás del mostrador. Al fondo, sobre una plancha caliente había un trasto con café caliente. Sobre el mostrador, frente al cantinero se hallaba una taza de porcelana blanca y gruesa, de donde humeaba un vapor fino y blanco.
El cantinero levantó la vista del periódico ajado que leía, un ejemplar de The Times. Por un momento en sus ojos apareció esa extraña y peculiar expresión de un hombre que busca en sus recuerdos el nombre correcto de alguien. Hasta que se le iluminó el rostro al recordarlo.
_Sigue con el café_ dijo Alexander señalando la taza humeante.
_Desde luego, vendo alcohol, pero no lo bebo_ dijo_ ¿quiere uno?
_ ¿Un café o un trago? _ preguntó Alexander con un amague de sonrisa.
_Lo que guste Ivanov.
Alexander sacudió la cabeza negando.
_Estoy bien, gracias.
Alexander procedió a remover sus bolsillos y extrajo algo de uno de ellos. Depositó un rollo de billetes sobre el mostrador, cerca de la taza blanca. El rollo estaba sostenido con un delgado cordel.
El cantinero procedió a contar los billetes.
_Son cinco mil_ dijo Ivanov.
El cantinero se volvió enrollando de nuevo los billetes en un rollo apretado. Alexander observó a los dos clientes. El muchacho seguía durmiendo. El viejo había dejado el vaso vacío sobre el mostrador y miraba la escena entre Alexander y el cantinero con expresión tonta. Alexander pensó que no representaba peligro alguno, tenía los ojos rojos y brillantes y probablemente no podría discernir lo que estaba sucediendo frente a sus narices y después de todo poco le importaba si lo hacía. El cantinero desapareció debajo del mostrador al igual que el dinero. Rebuscó entre unas cajas y luego volvió a reaparecer frente a Ivanov con un cartapacio de cuero vacuno manchado y sucio. Lo puso sobre el mostrador y lo empujó con suavidad hasta dejarlo frente a Alexander.
_Ahí tiene lo que quería. Si algo sale mal diré que no lo conozco_ dijo con expresión severa.
Alexander asintió sin decir nada, tomó el cartapacio lo colocó debajo de su brazo derecho, y salió del bar.
Aquellos documentos le habían costado una pequeña fortuna, pero sabía que valdrían la pena.
Dedicó todo el día siguiente a poner en práctica su plan. Con los documentos que había conseguido, podría destapar todas las operaciones ilegales de Mijaíl, y mandarlo a la cárcel por un buen tiempo. Dejó las pruebas en manos de la policía y solo tenía que sentarse a esperar. Lo tenía exactamente donde lo quería, pero aun así no se sentía satisfecho. Diez o doce años en la cárcel no eran suficiente castigo comparado al daño que Mijaíl le había infligido a Tatiana. Había demostrado que podía ser tan ominoso como ruin y al menos necesitaba decírsele en la cara que era él el responsable de lo que estaba a punto de ocurrirle. Se sentía turbado, e inquieto, quería más, pero tendría que conformarse con lo que tenía. Odiaba la influencia perturbadora que Mijaíl ejercía sobre él. Lo mantenía en un estado de irritación y depresión constantes. Se sentía culpable de todo, incluso de no haber cumplido aún con su promesa de venganza.
Lo buscó en su gran mansión Victoriana, pero no dio con él. Decidió esperarlo en el bosquecillo aledaño, agazapado detrás de unos árboles, como un animal al acecho protegido por las sombras de la oscuridad. La noche era, como una de esas noches de abril, fresca y nublada, y el viento del noreste soplaba de frente.
Mijaíl no se percató de las formas alargadas y erguidas que seguían sus pasos desde los árboles, observándolo fijamente con ojos vigilantes. Alexander prosiguió su cauteloso avance, hasta que salió a su encuentro. Mijaíl se sobresaltó al observar una alta figura amenazante frente a él. Ajustó sus ojos a la oscuridad e intentó ver de quien se trataba.
_Soy yo, Mijaíl. Alexander Ivanov_ dijo con voz seca.
Mijaíl sonrió con una mueca, mientras levantaba sus cejas y arrugaba la frente en una serie de líneas paralelas muy marcadas.
_El soldadito Ivanov ha dejado de jugar a la guerra_ dijo mientras lo miraba de forma sostenida, penetrante e irónica, lo cual exasperó a Alexander.
El rostro de Mijaíl le pareció una gran ave de rapiña, un gran halcón nocturno dispuesto a saltar sobre su próxima víctima, tal y como había hecho con Tatiana.
_Te advertí que te destruiría si no dejabas en paz a Tatiana_ dijo con voz amenazante.
_Ohh, esto tiene que ver con la ramera esa_ dijo mientras desplegaba los labios en una sonrisa despectiva_ debí suponerlo.
_ ¡No te atrevas a hablar así de ella! _ gritó Alexander mientras se abalanzaba con decisión sobre él y lo agarraba por el cuello.
Todo aquel odio, toda la aversión, todo el desprecio que había estado acumulando durante meses afloraron de él y se trasportaron a sus recias manos.
Mijaíl tomó aire para gritar, pero fue incapaz de soltarlo, pues las fuertes manos de Alexander se habían cerrado en torno a su cuello. Se tambaleó, sacudió los brazos como si se trataran de aspas de molino intentando mantener el equilibrio, para luego intentar separar las manos de Ivanov, pero no tenía oportunidad.
Alexander lo estranguló hasta que sus forcejeos comenzaron a debilitarse y quedó simplemente a merced de las fuertes manos de Alexander, boqueando ruidos escabrosos, percatándose de que su corazón estaba dando sus últimos latidos frenéticos, su mente cavilando sus últimos pensamientos coherentes.
La indescriptible ira, nublaba por completo la razón de Ivanov, mientras apretaba cada vez con más fuerza el cuello de Mijaíl. De pronto, su rostro iracundo cambió de expresión, se sintió confuso y agobiado, estaba a punto de matar a Mijaíl. Había matado a más de uno durante la guerra, para defenderse, para defender a otros, pero nunca había asesinado a nadie a sangre fría. Lo soltó de inmediato y sintió una nauseabunda repulsión por sí mismo.
Mijaíl aterrizó sobre el pecho, mientras su barbilla impactaba con violencia contra el suelo. Un tropel de puntos brillantes como estrellas le llenó los ojos. Profirió un grito agudo, vociferante, seguidos de varios chasquidos rápidos en un intento por llenar sus pulmones de aire. Mijaíl se volvió con dificultad sobre su espalda jadeando por aire que ardía como fuego.
_ ¡Tatiana murió por tu culpa! _ bramó Alexander_ la dejaste en la miseria. ¡Murió por tu culpa!
Mijaíl respiró hondo. Aún notaba el aire que ardía en la garganta. Se incorporó apoyando las manos en el suelo.
Alexander lo observó con atención intentando descubrir cualquier signo de arrepentimiento por parte de Mijaíl, pero no halló nada en sus ojos.
_Scotland Yard te pisa los talones, no tienes a donde huir_ dijo Alexander, sonaba confiado y satisfecho de sí mismo. _ No te queda nada Mijaíl, me encargué personalmente de que perdieras todo.
Alexander le dedicó una última mirada triunfal y le dio la espalda. Se dispuso a regresar sobre sus pasos, ya no quedaba nada por hacer. En ese momento oyó la voz ronca de Mijaíl.
_ ¡Ivanov! _ gritó.
Alexander volteó sobre sus talones, y en ese momento, Mijaíl blandió su arma y disparó. La bala le rozó el lado derecho de la cabeza y siguió su trayectoria hasta impactar en el tronco de un árbol. Alexander emitió un grito de dolor y sorpresa. De inmediato, empuñó su revolver en dirección a Mijaíl y disparó dos veces. La primera bala le alcanzó en el estómago y la segunda en el pecho muy cerca al corazón.
Mijaíl cayó pesadamente entre bramidos de dolor. Un gran charco de sangre se extendió de inmediato.
El olor acre de los disparos llenó la noche, era el aroma de las garras de la venganza.
Alexander se acercó a él. Un fino riachuelo de sangre le fluía por el lado de la cara en donde el disparo de Mijaíl le había abierto una brecha en el cuero cabelludo.
Mijaíl tosió y un chorro de sangre emergió de su boca. Jadeó un par de veces con los ojos abiertos en una expresión aterrorizada. Segundos después, dejó de existir.
II
Alexander regresó a la ciudad y recorrió las calles oscuras. Su corazón seguía lleno de odio, ira, dolor y pesar, todos aquellos sentimientos que lo habían atormentado desde la muerte de Tatiana no habían desaparecido cuando ajustició a Mijaíl. Por el contrario, se sentía mísero, turbado y muy solo.
Se apoyó en una pared, cerró los ojos y descansó agitado. La herida en su cabeza seguía sangrando, y había dejado una gran mancha sobre su hombro y su cuello. Después de unos momentos de nebulosa reflexión, en que sus ideas intentaban abrirse paso en el cerebro lleno de un enredo de pensamientos pesimistas, volvió a abrirlos.
Se percató que había hecho incalculablemente mucho, pero había conseguido muy poco. Intentó seguir su camino, pero su cabeza le dio vueltas. Volvió a apoyarse contra la pared, cerró sus ojos y meditó con trepidante concentración.
¿Qué diablos había hecho? ¿Qué diablos haría ahora? No se sentía mejor después de haber matado a Mijaíl. La constante angustia, la rabia contenida a duras penas, el odio infinito por todos los que, de alguna u otra forma habían dañado a Tatiana, incluido dios, si es que en verdad existía, seguían dentro de él creciendo, haciéndose cada vez más grande más terrorífico, como un gran monstruo de dientes largos, punzantes y garras afiladas que está a punto de abrirse paso desde su interior arrasando con todos incluso con él mismo.
Empezó a sollozar, no fue un llanto apacible sino, desesperado, salvaje y rabioso. No pudo dominarse y de su garganta salió un grito estridente y doloroso que rasgó la noche, que luego de inmediato quedó casi extinto por un vómito como si gritara medio asfixiado en una ciénaga de nauseabundas aguas.
Cuando logró expulsar todo el contenido de su estómago, apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas extendidas y los brazos a ambos lados de su cuerpo. Jadeaba, sentía un desagradable sabor en la boca. Intentó poner en orden sus pensamientos, pero un gran desaliento volvió a apoderarse de su ánimo, tuvo el presentimiento de que no podría traspasar aquella muralla de depresión infinita sin poder cumplir la promesa que le había hecho a Tatiana en su lecho de muerte.
Vivir.