I
Regresó a Figueres unos días después. La casita en la que Tatiana había vivido sus últimos años, le parecía más solitaria que nunca y el chirrido de los goznes oxidados de la puerta se oían más fuertes que en otros tiempos menos desolados. Un objeto, un olor bastaban para sumirlo en profunda tristeza y para hacer surgir fantasmas desde su cementerio de sueños destruidos. Decían que solo la muerte preparaba de verdad para la vida. Pues él se sentía completamente muerto en lo que otros llamaban vida. Ya que no existe peor opresor como el desconsuelo, ni déspota tan atroz como la turbación.
Sus sueños eran intranquilos y muchas veces desesperados, en donde intentaba gritar, pero lo único que emitía era una serie de silenciosos jadeos. Despertaba en la cama que había compartido con Tatiana, presa de terribles agitaciones. Su corazón latía atronador. Se incorporaba en la cama, con un charco de sudor a su alrededor, mientras esperaba a que los rugidos sordos dieran paso a palpitaciones uniformes. Para luego ponerse de pie y dirigirse con pasos cansinos hasta la salita. Se sentaba en el desvencijado sillón con la mirada perdida esperando que el amanecer se hiciera cada vez más brillante, el aire de la habitación se hiciera más cálido y los latidos de su corazón se ralentizaran. Cuando el sol iluminaba por completo el firmamento, se masajeaba la nuca, donde invariablemente tenía los músculos entumecidos y duros como si masajeara un trozo de piedra.
Iba todas las tardes al cementerio, llevaba rosas rojas y las depositaba en la tumba de Tatiana. Se sentaba por horas frente a la sepultura y hablaba en voz alta con ella como si aún estuviera viva. Llevaba meses en ese estado de shock emocional que lo sumía cada vez más en la depresión.
Desde que Alexander enterrara a Tatiana, un hombre encorvado y enjuto lo observaba desde cierta distancia. Desde hacía días se debatía entre ofrecerle consuelo o dejarlo solo con sus demonios.
Aquella brillante tarde de verano decidió que ya era hora de acercarse. Caminó despacio en dirección a Alexander, con pasos vacilantes, no porque estuviera indeciso de abordarlo sino porque los años lo obligaban a hacerlo. Cuando estuvo frente al exsoldado carraspeó un par de veces antes de que Alexander se percatara de su presencia.
El exsoldado lo miró con expresión confusa, intrigada y a la vez algo molesta ya que lo estaba interrumpiendo en sus más profundas cavilaciones.
_No quiero molestarlo, mi nombre es Esteban, soy sacerdote en la iglesia del cementerio_ dijo el anciano.
Por primera vez Alexander reparó en la sotana negra que el anciano vestía e intentó relacionar su rostro con algo.
_Lo veo llegar al cementerio todas las tardes_ dijo_ lo veo sentarse en esa banca por horas, conversando con la mujer que enterró aquí.
Alexander le dedicó una mirada perpleja.
_Fui yo quien hizo el servicio religioso el día que la enterraron_ se explicó.
Alexander cambió su expresión perpleja por otra de comprensión.
_Ella ni siquiera era católica_ dijo Alexander con una sonrisa triste como si eso lo explicara todo.
_Lo sé, pero no hay muchos ortodoxos por esta parte del mundo_ dijo el anciano_ para dios no importa la religión, sino la fe que tengamos en él.
Alexander volvió a sonreír, pero esta vez era una sonrisa de incredulidad y escepticismo. El anciano no pareció importunarse con la actitud de Alexander.
_ ¿Puedo sentarme? _ preguntó, por el contrario.
Alexander se hizo a un lado, aunque lo último que quería en ese momento era una charla con un sacerdote.
Una brisa suave que aliviaba el calor característico de aquella época del año corría entre los escasos árboles de Encina.
El sacerdote se quedó en silencio por unos momentos mirando el suelo, elucubrando, lo cual puso impaciente a Alexander.
El sacerdote levantó lentamente la mirada. Ivanov pudo vislumbrar su hundida y apergaminada piel entre los huesos de su rostro como si de una máscara terrosa se tratara. El hombre movió ligeramente la cabeza y entornó sus ancianos y sabios ojos en su dirección. Su labio superior se levantó en una sonrisa, eran desdentados y arrugados, pero colmados de una dulzura, quietud y paz que Alexander nunca había visto. Por un momento, le embargó la sensación de que estaba frente a un ser sobresaliente, extraordinario, desconocido. Una entidad sobre humana que vistió el cuerpo octogenario y marchito de este hombre como si fuera un disfraz. Su cabello gris revoloteaba con la brisa y un halo extraño le rodeaba la cabeza como a uno de aquellos santos de los cuadros de las iglesias.
_Ella fue muy importante para usted_ dijo el hombre, no era una pregunta sino sonaba como una afirmación, al mismo tiempo volvía a sonreír.
Aquella sonrisa apaciguó en algo el corazón de Alexander.
_Mucho_ se oyó respondiendo.
_Entiendo. Pero estoy seguro de que Tatiana no lo querría aquí todos los días sino viviendo su propia vida.
Alexander emitió un suspiro y frunció el ceño mientras observaba con detenimiento al hombre. Se preguntó cómo sabía el nombre de ella. Pero de inmediato se contestó a sí mismo, su nombre estaba escrito en la lápida en ruso y en español. No tenía caso que buscara explicaciones sobrenaturales
_Entiendo que no desea olvidarla_ continuó diciendo_ pero no puede seguir paralizando su vida.
No supo muy bien porque decidió abrirse frente a ese hombre, pero se oyó respondiendo a sus preguntas.
_No puedo irme y dejarla aquí. Esta no es su tierra, no hay nadie que pueda visitarla, dejarle flores y velar por ella_ dijo mientras se le formaba un nudo en la garganta.
_Entiendo_ repitió el sacerdote, guardó silencio por unos segundos y luego reanudó la conversación.
_ ¿Qué fue lo ella le pidió antes de morir?
Alexander lo miró perplejo con los labios entreabiertos.
_Me hizo prometerle que viviría mi propia vida_ contestó Ivanov con los ojos brillantes.
De pronto sintió que aquel hombre conocía su interior, sus dudas, sus temores y sus fantasmas.
_No está cumpliendo con su promesa postrado frente a esta tumba_ dijo el anciano mientras señalaba el sepulcro de Tatiana con un dedo huesudo y tembloroso.
_Ella ya no lo necesita, no necesita que vele por ella. Por el contrario, ahora lo acompañará siempre, a donde quiera que vaya. Tatiana velará por usted y estará en su corazón por el resto de su vida.
El anciano sacerdote posó una mano apergaminada sobre el hombro de Alexander. Sintió que una suave corriente cálida circulaba a través de su brazo y se extendía por todo su cuerpo.
_Necesita aclarar su mente, necesita una comunicación clara entre su yo consciente y su yo profundo. La comunicación es enemiga de las dudas y da muerte a la confusión, reaviva la seguridad, la certeza y la convicción en uno mismo y en sus capacidades.
Alexander sopesó las palabras del anciano, comprendía a la perfección sus palabras, pero una cosa era comprender y otra muy distinta intentar romper las barreras que lo atenazaban a Figueres y a aquella tumba.
La cálida sensación que recorría su cuerpo se asemejaba mucho a la sensación que se experimenta al estar frente a una llameante hoguera después de pasar todo un día a merced del gélido frío invernal. El calor había llegado a su rostro y empezaba a anidar en su mente.
_Usted tiene una promesa que cumplir, vivir su vida hasta que sea el día de volverse a encontrar con ella.
Alexander se puso de pie de un salto, alarmado, como si alguien le hubiera atacado con un arma punzo cortante o algo así. Pero la sensación de agradable tibieza no desapareció de su cuerpo.
_ ¿Quién es usted? _ preguntó con sobresalto en la voz.
El anciano volvió a regalarle aquella sonrisa armoniosa y sosegada.
_Solo soy un emisario_ contestó mientras se ponía de pie y regresaba con lentitud por el mismo camino por el que había venido, sorteando con dificultad las blancas tumbas que se levantaban a su alrededor, hasta que desapareció detrás de una pared cubierta por una verde enredadera.
Cuando Alexander pudo reaccionar al fin, caminó deprisa en dirección por la que el sacerdote había desaparecido, pero solo halló a un sepulturero cavando una fosa.
_ ¿A dónde fue el sacerdote? _ preguntó con voz nerviosa.
_ ¿Sacerdote? _ preguntó a su vez el sepulturero.
_Sí, el anciano, delgado y encovado de sotana negra.
_ ¿El padre Esteban? _ dijo el hombre con un brillo de tristeza en los ojos.
_Sí, el padre Esteban repitió Alexander.
_El padre murió hace dos meses_ contestó el sepulturero señalando una tumba blanca a pocos metros de allí.
Alexander lo miró incrédulo, pensó que había una confusión, que hablaban de personas diferentes, pero se acercó con pasos vacilantes a la tumba que le había señalado. Quedó petrificado al observar el nombre del sacerdote en la tumba junto a una fotografía del ser con el que acababa de sostener la conversación más extraña de su vida.