CASA 110

Alejandro

III

Cuando despertó a la mañana siguiente, el sol refulgía en la ventana. Se levantó de la cama y se desperezó levantando los brazos sobre su cabeza. Miró el reloj que había dejado sobre la mesa de noche y emitió un suspiro resignado. Eran las ocho de la mañana y debía apresurarse si quería desayunar antes de que Alejandro llegara.

Cuando terminó de desayunar se encaminó al lobby y se sentó en un antiguo sillón azul con patas de aluminio, aún faltaban unos minutos para las nueve. No tuvo que esperar demasiado, pronto lo vio entrar por la puerta. Sintió una extraña alegría al verlo. Algo que no sentía hacía mucho tiempo, pero trató de restarle importancia a aquella inesperada emoción. Se saludaron de manera bastante formal y pronto salieron del hotel. Laura no pudo evitar dirigir la mirada a la muralla con la desagradable inscripción. Desvió los ojos de inmediato, pero a Alejandro no le pasó inadvertida su actitud. De nuevo se sintió incómodo y se aclaró la garganta antes de señalarle el vehículo. Aunque Laura pensó que no era necesario que lo hiciera ya que el Toyota parecía cargar encima un cartel con luces de neón que decía “SOY EL CARRO DE ALEJANDRO QUESADA”.

 El Corola cruzó el puente sobre el río Yauli y pasaron frente a un edificio de doce pisos, el único de La Oroya. Alejandro lo llamó “Sesquicentenario”, toda el área cercada pertenecía a la empresa.

_Aquella construcción que acabamos de pasar es el Hotel Inca y este de enfrente es el Club Inca. Hay dos torres de departamentos detrás del club_ explicó el abogado.

Laura solo asentía.

_ Todo está vacío ahora, esperamos que eso cambien dentro de poco.

Siguieron unos minutos más hasta que Laura observó una serie de casas a la orilla derecha del río Mantaro. Alejandro se detuvo en una caseta de seguridad y bajó la luna del carro. El guardia lo reconoció y lo saludó con un gesto de su mano. El abogado puso de nuevo el vehículo en marcha y cruzaron un puente que los adentró a la zona residencial. El vehículo enfiló un camino bordeado por cipreses subiendo una cuesta larga y empinada. Las casitas se encontraban cuidadosamente ordenadas subiendo una serpenteante colina. Alejandro tomó la primera curva a la derecha y se detuvo frente a una casa blanca de techo rojo y un pequeño porche. Dos grandes cipreses flanqueaban la casa, uno de ellos había crecido muy cerca de ella, y sus ramas cubrían parte del techo. El pequeño jardín circundante se hallaba bastante descuidado, el césped medía unos treinta centímetros de alto. Una muralla de piedra rodeaba el frente y el costado derecho de la casa.

_Esta es la vivienda que te asignaron_ dijo Alejandro_ El jardín está un poco descuidado, pero la casa está en buenas condiciones a pesar de los años que arrastra a cuestas.

Laura asintió, paseando la mirada alrededor.

_Mira, aquel es el Hospital Chulec_ dijo señalando un edificio situado a unos cincuenta metros de la casa, en la cima de la colina.

Al lado del hospital, se levantaba imponente una enorme mole de piedra, parte de la montaña que circundaba toda la ciudad.

_Es bueno saber que tengo el hospital cerca_ dijo ella. _ ¿Dónde está tu casa?

_Mi casa es aquella, cruzando la calle, la que se encuentra justo donde comienza la curva_ contestó el abogado señalando una casa que se encontraba bajando una leve colina.

Las ventanas de la sala, el comedor y la cocina de ambas casas se encontraban frente a frente.

_Parece que no hay más vecinos_ dijo ella observando que todos los jardines de las casas de su calle parecían abandonados.

_ Por ahora no, pero en un par de semanas tendremos por aquí a más gente. Están contratando a un jefe de laboratorio y a una enfermera.

Laura volvió a asentir.

_ ¿Quieres ver la casa? Traje las llaves.

_ Claro_ contestó la psicóloga.

Bajaron unas gradas de piedra que daban a la entrada de la casa. Alejandro abrió la puerta. La suave brisa hizo crujir las ramas de los árboles sobre el techo.

_ Ese árbol está muy cerca_ dijo ella con cara de preocupación.

_No podemos cortarlo, los árboles demoran muchos años en crecer aquí, tal vez este tenga unos noventa o más años. Pero no te preocupes, que han revisado la casa, el techo y el piso, todo está en orden.

Laura asintió sin mucho convencimiento, pero Alejandro tenía razón, si no era extremadamente necesario, un árbol de esa edad jamás debía cortarse, pensó.

La casa le pareció encantadora, poseía una amplia sala con muebles de madera, una chimenea hecha de ladrillos la hizo sonreír, sería agradable encenderla en los días más fríos. La sala se encontraba unida al comedor por un gran espacio abierto. La mesa para ocho personas también de madera hacía juego con los muebles de la sala. La cocina bastante amplia, contaba con otra mesa para cuatro personas y un gran depósito. Los dos cuartos se encontraban comunicados por un baño con bañera de porcelana parecida a la del hotel. Toda la casa, a excepción de la lavandería poseía pisos de madera. En el cuarto de baño y la cocina el piso estaba recubierto con linóleo. La sala, el comedor y las habitaciones contaban con grandes y gruesas alfombras que daban un poco de calidez a la casa. Las ventanas eran amplias, y dejaban observar todo el paisaje alrededor de la vivienda.

_La casa es muy acogedora_ dijo Laura_ me recuerda un poco a la casa de mi abuela en Maine.

_El Complejo Metalúrgico de La Oroya se construyó en los años veinte por una empresa norteamericana, por lo que estas casas tendrán unos noventa y cinco o más años.

_ ¡Vaya! Es increíble lo bien conservadas que están.

Alejandro asintió.

_Está lista, puedes mudarte cuando quieras, pero necesitaras utensilios de cocina.

Laura asintió volviendo a recorrer la casa, Alejandro se quedó en la sala esperándola. La psicóloga sintió la sensación más reconfortante y cálida que había experimentado en mucho tiempo. La casa la atrajo desde que entró en ella y se sentía feliz de poder vivir allí.

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