IV
Hacía una semana que se había mudado a su nueva vivienda, le gustaba mucho la zona, en especial la casa. Ya había iniciado los trabajos en el jardín, con ayuda de un par de hermanas recomendadas por Alejandro. Se llamaban Celia y Gladys, daban servicio de limpieza y jardinería desde la época en que el complejo fuera propiedad de Doe Run Perú. El único problema era que no tenía carro propio y la casa se encontraba muy lejos del mercado o cualquier otro lugar donde comprar los productos básicos. Se desplazaba al trabajo en una combi que la empresa ponía al servicio de los empleados. Nunca antes necesitó de movilidad propia, ya que en la mayoría de los lugares en donde trabajó podía desplazarse sin dificultad. Pero ahora, pensó, sería conveniente comprarse un carro de segunda mano.
Alejandro se había ofrecido a hacer de chofer las veces que ella lo requiriera, la verdad, él la había ayudado muchísimo con las compras para la casa. Se habían hecho buenos amigos desde que Laura empezara a trabajar hacía dos semanas, pero no quería abusar de su confianza. Esperaría al menos unos meses antes de decidirse a comprar el carro, no podía darse el lujo de gastar dinero en ese momento cuando recién empezaba en un nuevo empleo.
Suspiró resignada y puso algo de música, eso siempre la relajaba. Empezó a tararear una canción, mientras se movía suavemente. Con la segunda, se sorprendió cantando y contoneando el cuerpo. Se sentía bien dejarse llevar por el ritmo de Bon Jovi.
“Love is like fingerprints
It don’t wash away
I let mine all over you
I take the blame”
V
Alejandro se sirvió una taza de café y se acercó a la ventana de la sala, había adquirido esa costumbre desde que Laura se mudara a vivir a pocos metros de su casa. Le gusta observarla a través de los cristales. No siempre tenía la suerte de verla, pero el solo hecho de observar su casa extrañamente lo llenaba de sosiego. Aquel día la vio moviéndose al ritmo de una canción que él no podía oír. La observó con fascinado interés por varios minutos. Se movía de forma sensual, tenía los ojos cerrados y parecía estar cantando. Alejandro suspiró algo aturdido, no entendía muy bien el encanto que ella ejercía sobre él. La miró absorto, no solo le atraían sus cabellos cobrizos que en aquel momento se balanceaban sobre su espalda al mismo ritmo de la música, también la gracia y el calor de sus ojos y lo armonioso de su mirada y su encantadora sonrisa. Suspiró desconcertado por las emociones que lo embargaban. Tenía que reconocer que Laura le gustaba, y mucho, pero algo tenía muy claro, no haría nada que atentara contra la amistad que había surgido entre ellos. Eso valía mucho más que una relación amorosa fallida.
VI
Era la tercera comunidad que visitaba Laura desde que había iniciado sus labores en el complejo metalúrgico. Se encontraba a más de cuatro mil metros de altura en la comunidad de Chacapalpa, a treinta y seis kilómetros de La Oroya. Para llegar hasta allí tuvo que cruzar el rio Mantaro por un puente colgante, ascendiendo por una cuesta escarpada. Laura quedó impresionada por el verdor de los pastos naturales que servían de alimento al ganado y las pequeñas casitas diseminadas a lo largo de las accidentadas montañas.
Los comuneros la llevaron a conocer la zona, subió una cuesta empinada hasta llegar a la cumbre de la montaña desde donde podía apreciar a las llamas y ovejas pastando. Desde la cima, parecía que todo el mundo entero se extendía a sus pies. Podía ver a un lado, el serpenteante correr del río entre las quebradas y por el otro, el pueblo, a unos ocho kilómetros de distancia que aparecía como una desafortunada maqueta. Las cuadrículas de las calles no existían, solo se observaban líneas zigzagueantes en donde se situaban las calles y las casitas dispuestas a desnivel siguiendo la ladera de la montaña. Vio la pequeña iglesia construida con grises ladrillos que sobresalía en la parte más alta del pueblo. El puente colgante por donde ingresó y el rojo río cargado de sedimentos. Vio ovejas pastando en las laderas como puntos blancos y a veces negros que se movían de tanto en tanto, bajo un cielo azul brillante. Tuvo que sentarse en la primera roca que encontró para adsorber en su mente la majestuosidad de la naturaleza que se encontraba a sus pies. Le dio la sensación de encontrarse en los confines de otro mundo. Se quedó allí tomando fotografías por un buen rato, hasta que volvieron a bajar al pueblo en donde un grupo de mujeres la esperaban con un delicioso almuerzo. A pesar de la precariedad en la que vivían no escatimaron en gastos preparando una Pachamanca que a Laura le pareció exquisita.
Entre las mujeres se encontraban varias ancianas con quienes entabló conversación. La psicóloga pensaba que la mejor forma de conocer las costumbres y tradiciones de un pueblo era a través de las personas mayores. Aprendió como se hilaba y teñía la lana, además le explicaron como se preparaba la Pachamanca. Laura pidió que le contaran las historias mitológicas que circulaban de boca en boca, de generación en generación. Una de las ancianas se sentó a su lado, la mujer de ojos pequeños, nariz aguileña, sonrisa afable y piel apergaminada se llamaba Killasisa cuyo significado es “Flor de Luna”. La anciana le explicó que su madre la nombró de esa forma, porque hace ochenta y seis años, la flor de la Puya de Raimondi conocida por los lugareños como Titaca inició su floración justo el día en que la anciana vino al mundo. La gran planta de más de ocho metros de altura que demora decenas de años en crecer súbitamente inicia su inflorescencia, llenándose de pequeñas flores blanco-amarillentas que pueden producir hasta cinco mil de ellas. Después de que las flores se marchitan y lanza las semillas, la planta muere y desaparece poniendo fin así a un ciclo que puede durar cien años, según los expertos.
Killasisa le relató, además, sobre un ser mitológico, conocido como el demonio de los andes, se llamaba Jarjacha, este ser toma su nombre de los gritos siniestros que emite para asustar a la gente, ya que repite jar, jar, jar. También le habló del Muqui, el duende que vive en el interior de las minas, este ser, es probablemente, el más famoso entre todos los seres mitológicos de la sierra del Perú. Dicen que es pequeño, que no mide más de un metro de altura y que es el responsable de las desapariciones de herramientas o de vetas de minerales, además de producir extraños ruidos dentro de la mina.
Regresó a La Oroya cansada, pero plena, el día había sido productivo, se interiorizó de los problemas más graves de la comunidad y conoció un poco más de la cultura y tradiciones de los pueblos andinos del Perú.
El chofer la dejó frente al Hotel Junín, tenía que entregar el vehículo a la fundición y ya estaba oscureciendo. Laura decidió esperar la combi de servicio público que se dirigía a Paccha y que la dejaba frente al Chulec. Observó la calzada de enfrente y para su sorpresa, aquella frase “colorida” que la había recibido al llegar a La Oroya, había desaparecido. En su lugar observó la muralla pintada de blanco. Sonrió complacida, no sabía a qué se debía el cambio, pero en verdad lo agradecía. En ese momento, el inconfundible Toyota celeste se detuvo frente a ella. Alejandro le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras bajaba la luna y se inclinaba para verla.
_Creo que llegué justo a tiempo_ dijo.
Laura le devolvió la sonrisa. Abrió la puerta y subió al vehículo.
_ Hola Alejandro, sí, llegaste justo a tiempo_ dijo ella.
Laura le relató todo lo referente a su visita a Chacapalpa mientras hacían el trayecto a casa, el entusiasmo de la psicóloga contagió a Alejandro, la pasión de Laura por su trabajo era contagiosa.
Cuando se detuvo frente a la casa de Laura, la observó mientras ella terminaba su relato.
_ Lo siento_ se excusó la psicóloga_ estoy reteniéndote.
Él le dedicó una sonrisa encantadora.
_ No tienes porque hacerlo, me gusta oírte hablar sobre el trabajo, se ve que en verdad lo disfrutas.
_ Lo hago_ respondió ella con una brillante sonrisa _ ¿Te gustaría pasar y cenar algo rápido conmigo? _ preguntó esperando que él dijera que sí.
Le agradaba su compañía, compartían muchos puntos de vista y cuando no lo hacían, le gustaba discutirlos con él. Muchas veces los desacuerdos se volvían acalorados y profundos, y a pesar de ello, manejaban la situación de forma sensata, serena y tolerante. Esto sorprendía gratamente a Laura, ya que nunca había conocido a nadie que la hiciera actuar de esa forma, siempre trataba de hacer prevalecer su punto de vista frente a cualquier otro. Con Alejandro, no sentía la necesidad de imponerse.
_ Gracias, me gustaría mucho_ respondió el abogado.
Detuvo el motor del Corola y ambos se apearon, entraron a la casa que se encontraba a oscuras. Laura encendió las luces y le pidió a Alejandro que la esperara mientras se ponía más cómoda. Pronto, se dirigían a la cocina, en donde Alejandro se sentó mientras ella preparaba un lomo saltado.
_ ¡Vaya! No me imaginé que también cocinaras comida peruana_ dijo Alejandro.
Laura le dedicó una mirada de reproche.
_ ¿Qué? ¿Te imaginabas que no tenía idea de cómo cocinar? _ preguntó fingiendo molestia.
Alejandro puso cara “de no te lo tomes a mal”. Ella se echó a reír, divertida por la expresión del abogado.
_ Tengo que aceptar que eres muy buena cocinera_ dijo Alejandro una vez que probó el primer bocado.
_ Gracias_ contestó ella.
Siguieron conversando del trabajo durante algún tiempo, hasta que Alejandro se despidió y fue a su casa. Laura lo observó a través de la ventana hasta que él se metió a su casa. Suspiró, sonrió para sí misma. Cada día le gustaba más, pero sabía que lo mejor sería dejar las cosas como estaban, se llevaban muy bien para arruinar las cosas con una relación.