VII
El sábado por la mañana amaneció con un sol radiante y el cielo totalmente despejado. Laura decidió dedicar el día a arreglar el jardín, había avanzado bastante, ya le faltaba poco, las constantes lluvias contribuían positivamente a que las flores que había sembrado empezaran a abrir sus primeros capullos. Los coloridos Pensamientos inundaba sus sentidos. Las flores fueron recomendación de Celia y Gladys, ellas les explicaron que los Pensamientos se habían adaptado muy bien al clima de La Oroya. Laura lo estaba comprobando, la increíble variedad de colores pasando por el amarillo, el blanco, el morado, el naranja y las mezclas de matices de estos colores en una sola flor daban una sensación de estar sumergido en un arcoíris. Las florecillas parecían pequeñas caras que apuntaban al sol.
Arrodillada en el mojado pasto, escarbaba arrancando la mala hierba que competía con las flores que había sembrado. De pronto, sintió dos pesadas patas sobre su espalda. Se levantó sobresaltada y trastabilló cayendo de espaldas en el suelo húmedo. Andy, el Chow Chow de Alejandro, se lanzó sobre ella llenándola de cálidos lengüetazos en el rostro.
_ ¡Andy, basta, basta ya! _ gritó.
El perro siguió impertérrito con su húmeda demostración de afecto moviendo la cola como si de una gran serpiente se tratara. Alejandro cruzó la calle y se quedó mirándola más rato de lo que debía con aire divertido.
_ ¡Andy, Andy, basta! _ volvió a gritar, mientras que con el rabillo del ojo percibió la silueta de Alejandro que no paraba de reír _ ¡Deja de reír y ayúdame! _ le exigió.
El abogado saltó la valla de piedras con bastante agilidad y detuvo al perro de la correa.
_ Lo siento, en verdad_ se excusó, pero seguía riendo.
_ No lo sientes, estas disfrutando esto_ dijo Laura con el ceño fruncido algo molesta.
Alejandro no pudo evitarlo y se echó a reír de nuevo.
_No puede evitarlo, le caes muy bien_ dijo señalando al perro.
_ Yo pienso que le enseñaste a atacarme_ dijo ella y una sonrisa se le escapó de entre los labios.
Alejandro negó con la cabeza sin dejar de reír. Laura quiso parecer molesta, pero no pudo evitar echarse a reír con él. Cuando al fin la risa dejó de atacarlos Laura observó detenidamente a Alejandro, era difícil dejar de admirar su arrolladora personalidad. Se veía muy atractivo a pesar de llevar una camiseta del Club Universitario de Deportes que había pasado demasiadas veces por la lavadora.
_Creo que ya sé que voy a regalarte por Navidad_ dijo ella mirando fijamente la camiseta.
Alejandro bajó la mirada perplejo.
_ ¿A qué te refieres? _ preguntó.
Ella se echó a reír sacudiendo la cabeza.
_Nada_ respondió.
Andy daba saltos moviendo la cola, quería llamar la atención de Laura, buscaba que ella le rascara la cabeza y acariciara su cuerpo.
_Andy, hoy estás muy hiperactivo_ dijo ella.
Alejandro emitió una pequeña carcajada.
_ ¿Ahora harás de psicóloga de perros? _ preguntó.
Ella entrecerró los ojos y lo miró ladeado un poco la cabeza.
_ No es gracioso_ contestó.
_Yo creo que si lo es_ dijo él.
Laura tuvo que acariciar al animal para que se tranquilizara. Andy adoraba las manos de la psicóloga sobre su largo pelo. Le gustaba que le rascara detrás de las orejas como ella estaba haciendo en ese preciso instante. Toda la inquietud del animal desapareció mientras se dejaba acariciar por Laura.
_ ¿Será que le gustas porque ambos tienen el mismo color de pelo? _ preguntó Alejandro echándose a reír de nuevo ante su ocurrencia.
_ Hoy estás con un extraño sentido del humor_ dijo ella.
_No me hagas caso, será mejor que me lleve al perro para que puedas seguir trabajando.
_ La verdad tengo la espalda y el trasero húmedos, ya se me quitaron las ganas de seguir trabajando_ contestó ella y Alejandro rio de nuevo.
_Entonces me lo llevo para que te cambies_ dijo.
Laura asintió, le dedicó una sonrisa algo coqueta encaminándose hacia la casa.