Kiev, República Socialista Ucraniana 1922.
I
La puesta de sol de aquella tarde de verano parecía una mancha sanguinolenta y fulgurante que se fusionaba a la perfección con su desalentado y abatido corazón. Sentía que perdía cada vez más el control de su joven vida, y un sentimiento de angustia la sobrecogía. Percibió un pesado nudo en la garganta y las lágrimas le anegaron los ojos de inmediato, deslizándose por sus pálidas mejillas en cuestión de segundos.
Su llanto fue poco espectacular y silencioso.
Suspiró profundamente y se secó el rostro con el dorso de su mano derecha. Se levantó de la cama en donde había estado sentada durante casi una hora sopesando las palabras de su madre. Entendía que su progenitora quisiese lo mejor para ella, que deseara ahórrale decepciones y pesares, pero lo que no entendía, era su empeño en que se relacionara con un joven por el cual no sentía nada.
Se acercó con pasos lentos hasta la ventana, las piernas las sentía pesadas y tensas como si caminara con grandes bloques de piedra atados a los pies. Oteó a través del cristal con una mirada insegura y errática, mientras los últimos rayos de resplandor se filtraban a través de los árboles y esculpían líneas doradas sobre los interminables campos de trigo. Soltó un suspiro profundo procurando no perder la calma, pensando en que la vida seguía su curso a pesar de su tristeza. Es más, la naturaleza se encargaba de regalarle un espectáculo de belleza y esplendor inigualables, como si con eso buscara sosegar un poco su maltrecho corazón. Contempló el firmamento por donde el sol con sus llameantes franjas de luz rojiza y doradas la bañaban, mientras volvía a suspirar.
Había dejado de asistir a misa durante todo un mes luego de que abandonara a Igor en mitad del sendero y regresara a casa sola. Pero ya no podía seguir evitándolo. Sus padres le exigían que reanudara sus visitas a la iglesia.
Se pasó una mano por el pelo en un gesto de nerviosismo, sus padres tenían razón, no podía poner su vida en pausa solo por no toparse con Igor. Juntó las manos e hizo sonar sus nudillos, lo hacía desde niña inconscientemente cuando se encontraba nerviosa, aunque su madre le recordaba siempre que era un mal hábito.
Aquella tarde en que Igor solicitó la autorización de su padre para acompañarla de regreso a casa parecía lejana, pero al mismo tiempo tan reciente. Aún rememoraba la conversación poco funcional que sostuvieron y la mirada de reproche de su padre cuando llegó a casa sola. Nunca había visto aquella terrible expresión de indignación y vergüenza en la cara de su padre. De tanto en tanto, aún la angustiaba como si se tratara del rostro de un fantasma pálido y atormentado que vaga por el mundo buscando alguna forma de resarcimiento.
Su padre le recordó durante la discusión, en más de una oportunidad que ya estaba en edad de que algún joven la cortejara, y que mejor partido que Igor, fue la contribución de su madre al tenso debate. Karatyna había protestado con vehemencia diciendo que era muy joven, que solo contaba con quince años. A lo que su madre replicó con énfasis que ella ya se había casado con su padre a la misma edad.
Al oír el razonamiento de su madre, una terrible sensación de desamparo la embargó. Sintió que perdía una batalla, que las personas más importantes en su vida se aliaban en su contra. No entendía la obsesión de sus padres por que se casara tan joven y con alguien que no conocía. Porque era así como ella lo veía, una obsesión, era la única explicación lógica para Kataryna. Se sentía traicionada y confundida con la actitud de sus progenitores.
Sus padres insistieron en la conveniencia de que la menor de sus hijas conociera a Igor, bueno, si el joven aún estaba dispuesto a conocerla después de tamaño desplante.
Kataryna pidió suplicante que no siguieran insistiendo mientras corría hacia su habitación y se encerraba en ella durante toda la noche sin volver a dirigir la palabra a sus consternados padres. Se había dejado caer sobre la cama como una de aquellas actrices de alguna obra de teatro dramática, con las piernas y los brazos extendidos mientras su cuerpo se sacudía en suaves espasmos durante su silencioso llanto.
Recordó las bodas de sus dos hermanas mayores, ambas se casaron enamoradas, al menos eso pensaba Kataryna, por lo que no entendía la insistencia de sus padres para que ella se casara sin amor.
De aquello había transcurrido un mes, un largo y estresante mes, pero sentía que había ocurrido solo ayer. Kataryna siguió con su vida, luego de aquel episodio, cumplía con sus obligaciones en la casa, cuidaba de los animales, acompañaba a su madre al mercado y todo lo que se esperaba de una buena hija, con excepción de acompañar a misa a sus padres los domingos por la mañana. Se había inventado toda clases de excusas durante cuatro semanas, como un intenso dolor de estómago, una terrible jaqueca, un golpe inexistente en la rodilla y un dolor fulminante de muela. Ya no sabía a qué echar mano para seguir sosteniendo sus excusas.
Su madre se había comportado de forma transigente e indulgente con ella, esperando que con el paso de los días la joven recapacitaría, pero Kataryna no había reevaluado su postura. Aquel sábado por la mañana sentó a la menor de sus hijas frente al pichka[1] y le expresó sus deseos de que regresara a misa. Los vecinos, dijo, empezaban a hacer preguntas y a inventarse todo tipos de conjeturas, desde que Kataryna estaba aquejada por alguna terrible enfermedad, hasta un posible embarazo. Kataryna se encogió de hombros, no le importaba mucho lo que los demás pensaran de ella. Pero la madre no estaba de acuerdo, no era conveniente que utilizaran a Kataryna como la comidilla del pueblo. Desde luego, eso dificultaría las pretensiones de algún que otro joven, entre ellos el propio Igor.
_Mañana por la mañana nos acompañarás a misa_ sentenció su madre con una mirada algo severa, pero a la vez paciente.
Kataryna alzó la mirada hacia el rostro de su progenitora e hizo una mueca de disgusto mientras se encogía de hombros. Un doloroso espasmo en el estómago hizo que se estremeciera, esta vez a diferencia de otras, era completamente real. Trató de protestar, pero su madre la hizo callar con un ademán de su mano derecha.
_No quiero discutir contigo, tengo muy en claro tu posición, no puedo obligarte a que veas a Igor, pero no puedes dejar de asistir a misa_ sentenció.
Kataryna exhaló un mudo suspiro de resignación y decidió que debía dejar de discutir con su madre. Le dedicó una sombría mirada antes de pedir permiso para retirarse. Su madre asintió en silencio y dejó que la joven se dirigiera a su habitación.
Había permanecido encerrada todo el día sin probar bocado, dejándose llevar por llantos intermitentes, algunas veces cargados de desesperación, otras de rabia.
El sol había desaparecido por completo y los extensos campos de trigo que hacía pocos minutos se cubrían con pinceladas doradas y rojas se veían ahora envueltos en un manto oscuro y apagado. Kataryna suspiró de nuevo y giró sobre sus talones despacio, las piernas ya no las sentía tan pesadas, es más, las sentía mucho más ligeras. Tal vez el llanto la había ayudado a eliminar el creciente desasosiego que cargaba su corazón. Caminó con pasos lentos hacia la puerta de madera que su propio padre había construido con algún árbol del bosque de los alrededores del río Dniéper y después de vacilar por unos instantes, tomó el jalador con mano firme, tiró de él y abrió la puerta. Sus padres se encontraban sentados a la mesa y la observaron con una extraña curiosidad pintada en sus rostros, pero no dijeron nada. Iván, le hizo un gesto para que se sentara con ellos. Kataryna asintió en silencio y se puso en marcha. Se sentó al lado de su madre. La mujer le dedicó una sonrisa suave que trataba de infundirle confianza y seguridad. Tomó uno de los tres platos que yacían sobre la mesa y sirvió un caliente y apetitoso Borsch[2] que sería la cena de aquella noche.
II
Los suaves rayos de luz que ingresaban a través de la ventana de su habitación la despertaron de su intranquilo sueño, aún algo aturdida y envuelta en una gastada manta de somnolencia. Se restregó los ojos en un intento por abandonar por completo aquel estado. Se incorporó despacio en la cama y extendió los brazos sobre su cabeza desperezándose. Sin previo aviso, el recuerdo de Igor le llegó como en una gran ola que rompen en la orilla de un alto acantilado. Su corazón se aceleró y una repentina mirada de desaliento asomó a su rostro. Había llegado el día en que debía volver a verlo. Aquel pensamiento la hundió en una compleja mezcla de aprehensión y expectación. Respiró lenta y pausadamente tratando de que el corazón se le sosegara un poco.
Bajó los pies al piso de madera, descansó los codos sobre las rodillas y sepultó la cabeza en los brazos. Se mantuvo así por largos minutos.
Levantó el rostro y su mirada parecía algo más serena y controlada. Se pudo de pie dirigiéndose hacia la silla en donde descansaba el vestido que usaba cada domingo para ir a la iglesia. Se vistió con rapidez. “A mal tiempo buena cara”, pensó. Se sentó de nuevo en el borde de la cama y se calzó las botas, y fue hasta el ropero en busca del pañuelo que utilizaba para cubrirse la cabeza. Pronto salió de su habitación para dirigirse a la de su madre. Se detuvo frente a la cama levantando la mirada hasta el crucifijo que pendía de un oxidado clavo sobre la cabecera de la cama de sus padres. Del ícono colgaba un rushnyk[3] de brillantes colores. Le trajo a la memoria las historias que su madre, incansable repetía sobre el día en que conoció a su esposo Iván, la construcción de su casa o el día de su boda. Cada vez que Anastasia contaba estas historias, Kataryna la escuchaba con desbordado interés, sus ojos brillaban y una sonrisa se dibujaba en sus labios. Pero algo había cambiado con el trascurrir de los años, aquella sensación de rebosante fascinación había desaparecido dando paso a una inquietante revelación. Sus padres sentían un profundo cariño uno por el otro, pero no se amaban. Su semblante de oscureció de repente ante aquella idea. Volvió a observar el crucifijo, no podía apartar los ojos de aquel objeto inanimado, pero de gran valor sentimental para la familia, recordando todo lo que su madre le había contado sobre él y de cunado llegó a la vivienda.
La pequeña y blanca casa de los Weleczuk fue levantada por las propias manos de Iván y sus cuatros hermanos hace más de veinte años, unos meses antes de que desposara a la madre de Kataryna. La había construido con madera proveniente del bosque que bordeaba el río Dniéper y cubierta luego por excremento de caballo que servía como aislante térmico. La casa tenía forma pentagonal, con el techo de paja, constaba de dos habitaciones y una cocina que hacía las veces de comedor y recibidor de visitas, además de un cuarto de aseo en el fondo del patio trasero. Como campesinos de escaso recursos, los Weleczuk no podían darse el lujo de pintar su vivienda y menos de adornarla. Pero Iván se las ingenió para darle una mano de pintura blanca y adornar las paredes exteriores con detalles florales alrededor de las ventanas y las puertas. Había pintado el perímetro de la casa como era la costumbre en su pueblo, para proteger a la familia de los malos espíritus y de otro tipo de adversidades como las enfermedades. Una valla de madera blanca rodeaba la vivienda y una puerta en el patio trasero separaba la casa del inicio del bosque.
Los únicos objetos que Anastasia, la madre de Kataryna llevó a su nuevo hogar cuando ingresó a ella en su noche de bodas fue un crucifijo de madera labrada, (obsequio de su madre, el crucifijo había pertenecido a su abuela, quien se la había obsequiado a su madre cuando esta se casó) y el colorido rushnyk. Había situado el crucifijo en la pared sobre la cabecera de su cama, y como devota creyente, creía firmemente que el crucifijo cuidaba de su familia.
Kataryna regresó a la realidad cuando oyó a su madre llamarla con voz suave y serena.
_ ¿Estás lista? _ preguntó.
Kataryna giró despacio para enfrentar a su madre. Trató de esbozar una sonrisa mientras asentía con un hilo de voz. Oyó sus pasos sobre la crujiente madera y eso la sobresaltó. Se encontraba inquieta y algo atemorizada.
Los Weleczuk dejaron su vivienda en silencio, mientras se dirigían por el serpenteante sendero rumbo a la iglesia. No hablaron mucho durante el trayecto, aún permanecía cierta tensión entre padres e hija. Kataryna tenía la mirada fija e inexpresiva, casi vacua. Caminaba algo rezagada detrás de sus padres emitiendo suspiros resignados de tanto en tanto.
Al llegar a la iglesia ingresaron en medio de un silencio reverencial y se situaron en la décima fila del lado izquierdo de la impresionante construcción. Kataryna se dejó caer con un suspiro sonoro y recorrió casi inconscientemente con la mirada, cada rincón de la iglesia. Pronto encontró lo que estaba buscando. Igor se situaba a su derecha, varios lugares delante de ella. Estaba de espaldas, con la mirada baja, parecía muy concentrado en sus plegarias. Al menos eso pensó la muchacha, la realidad era muy distinta a las suposiciones de Kataryna. Si hubiese podido leer en aquel momento los pensamientos de Igor probablemente habría pensado que el joven estaba loco de remate.
Kataryna sintió cierto alivio al ver que Igor no se había percatado de su llegada, tal vez tendría suerte y podría salir cuando acabara la misa sin que Igor se diera cuenta de su presencia después de todo.
Pero no tuvo tanta suerte.
Apenas terminó el servicio, Igor la divisó y en sus labios se dibujó una sonrisa de satisfacción y profunda suficiencia. Allí estaba ella, después de semanas de ausencia y no perdería la oportunidad de acercarse de nuevo.
Se abrió espacio entre la multitud que intentaba salir de la iglesia con grandes zancadas y abordó de inmediato a la familia, mientras su ágil mente orquestaba una increíble trama de enredos para que la inocente joven cayera en sus redes. Tenía que calmar sus nervios, debía actuar de forma cauta si no quería darse el lujo de cometer otro error. Profirió un hondo suspiro y habló con voz baja y serena.
_ Buenos días_ saludó el joven con una teatral inclinación de cabeza.
_ Buenos días _ respondieron Iván y Anastasia.
Kataryna permaneció calla, un pequeño cosquilleo que la atenazaba en aquel momento la sobresaltó. Era una sensación bastante extraña, una mezcla de ansiedad con una buena dosis de curiosidad.
_ Kataryna, saluda al joven_ dijo su madre, mientras le daba un pequeño e imperceptible pellizco.
La joven se sonrojó, se sintió de pronto avergonzada, fue como si le arrojaran agua caliente en pleno rostro. Apretó los labios formando una fina línea.
_ Buenos días_ contestó de mala gana poco después.
Anastasia la observaba con abierta desaprobación, mientras los ojos de Igor la escrutaron con atención.
Igor tenía la mirada fija en Kataryna, le dedicó una sonrisa que la joven consideró bastante soberbia.
_ Kataryna, quisiera acompañarte a tu casa_ aventuró el joven.
El corazón de Kataryna se aceleró, se puso algo nerviosa, descansó el peso de su cuerpo primero sobre la pierna derecha, luego sobre la izquierda como si acabara de efectuar un terrible y extenuante esfuerzo físico y necesitara darse algo de tregua. Vaciló por unos segundos, tragó salivaba con un chasquido en la garganta y luego habló con voz clara como el tañer de una campana.
_ Te lo agradezco, pero quedé con unas amigas _ dijo y se apresuró en salir de la iglesia dejando a sus padres y a Igor totalmente desconcertados.
III
Iván y Anastasia observaron incómodos y avergonzados a Igor. El joven trató de disimular la sensación de impotencia y rabia que lo invadía. Una clase de impotencia y rabia que nunca había sentido antes. Kataryna escapaba completamente a su control y eso no le gustaba. Sintió que se le escurría de entre los dedos como si fuera agua y lo que era peor, odiaba el poder que ella ejercía sobre él. Buscó en lo más profundo de su interior la calma que necesitaba para disimular su exasperación, si hablaba en aquel momento no podría evitar el tono de profunda irritación que escaparía de su voz. No era buena idea que los padres de la joven vieran su verdadera personalidad.
Igor era un hipócrita consumado, un simulador que detrás de su supuesta decencia, sobriedad y educación, ocultaba un cinismo, que fingía lo que no era ni creía ser.
Cuando Iván y Anastasia llegaron a su casa encontraron a su hija ocupada picando verduras para el almuerzo. Se movía apresurada de un lado a otro tratando de no enfrentar la mirada de sus progenitores. Iván le dirigió una mirada reprobadora, pero se mantuvo en silencio. Se dirigió de inmediato a su habitación y se cambió de ropa. Salió de la casa rumbo a los establos dejando a ambas mujeres solas. Anastasia se sentó frente a su hija y antes de hablar suspiró profundamente, esperando encontrar las palabras adecuadas dentro de su corazón.
_ Había decidido dejarte tranquila por un tiempo antes de que tuviéramos una plática, pero después de lo que hiciste hoy no puedo seguir callada_ dijo mientras cruzaba las manos y las depositaba sobre la mesa.
Anastasia hizo un gran esfuerzo para que su voz no sonara seca y cortante.
Kataryna quiso protestar, pero antes de que pudiera decir nada, su madre levantó un dedo en un gesto admonitorio. La joven dejó el cuchillo que sostenía sobre la mesa, se limpió las manos con un paño y se sentó frente a su madre con las manos sobre su falda y el rostro teñido de muda indignación.
_Puedo entender que no quieras casarte, pero lo que no puedo entender es que trates a Igor de la forma en que lo estás haciendo. Creo que tu padre y yo no te criamos de esa forma. Siempre les hemos enseñado a tus hermanas y a ti que el ser pobres no es excusa para comportarse de forma descortés. Tu comportamiento está dejando mucho que desear. ¿A caso Igor te ha faltado el respeto? _ preguntó Anastasia posando una pesada mirada sobre su hija.
Kataryna miró a su madre avergonzada a través de sus pestañas. Suspiró suavemente antes de responder.
_No_ dijo con voz baja casi inaudible.
_ Entonces, no entiendo porque tienes que comportarte de esa forma_ preguntó Anastasia.
_ Mama, no quiero conocer a Igor, no estoy interesada en él, hay algo en su mirada que no me inspira confianza_ dijo la muchacha atropelladamente.
Anastasia exhaló un suspiro de consternación. Se pasó una mano por el pelo rubio entrecano tratando de tranquilizarse.
_No lo conoces, estás llegando a conclusiones precipitadas, lo estás prejuzgando. Una muchacha como tú no puede dejar pasar una oportunidad como esta. Igor es de buena familia. Muchas jovencitas de tu edad darían lo que fuera porque él se fijara en ellas.
Kataryna hizo un gesto de fastidio antes de defenderse.
_Entiendo todo lo que me dices, pero lo que no entiendo es porque quieres que me case tan pronto_ dijo con una mueca de desagrado y un gesto vehemente de sus manos.
Anastasia trató de ser paciente con su hija, no tenía caso obligarla a hacer algo que no quería. La observó con la cabeza levemente ladeada hacia adelante, tratando de entender su posición.
_Tu padre y yo no viviremos por siempre y tú necesitas de alguien que se haga cargo de ti_ explicó.
Kataryna se apartó un mechón de pelo de la cara y lo acomodó detrás de su oreja antes de hablar. Se sentía nerviosa y atemorizada.
_Mama, quiero trabajar en la fábrica como tú, quiero ganar mi propio dinero, no quiero depender de un hombre. No puedo casarme con alguien solo para que me mantenga_ dijo Kataryna, mientras una arruga de concentración se extendía por su rostro.
_ El trabajo en la fábrica es duro, y pagan poco, las mujeres trabajamos mucho más que los hombres y nos pagan la mitad. Lo más adecuado sería que te casaras con alguien como Igor que puede proporcionarte una vida bastante cómoda y sin preocupaciones_ dijo Anastasia.
Karatyna se levantó de un salto y caminó de un lugar a otro como un animal enjaulado a punto de saltar sobre el primero que se acercara demasiado a ella.
_ Mama, sé que no debería decirte estas cosas, pero mi papa y tú siempre se llevaron bastante bien….
Kataryna vaciló y se detuvo, no sabía cómo expresar lo que sentía, estaba avergonzada de hablar con su madre temas relacionados a su padre. Anastasia la animó con la mirada.
_Pero nunca los vi demostrase afecto, al menos en público_ dijo Kataryna esperando que su madre no tomara mal sus palabras.
Anastasia desvió la mirada mientras sopesaba las palabras de su inquieta hija.
_ Es verdad_ dijo poco después_ respeto mucho a tu padre, él hace lo mismo conmigo, pero si estas esperando que te diga que entre él y yo hay una gran historia de amor, eso no va a suceder. La vida real no es como en los libros que lees.
Kataryna tenía crecientes sospechas al respecto, pero corroborarlas la había aturdido un poco, eso era lo último que esperaba oírle decir a su madre.
_ Tu padre me pretendió cuando yo era mucho más joven que tú, era un joven educado y amable y seguí los consejos de mi madre. Iván nunca me levantó la mano, siempre me trató con respeto y nuestro matrimonio ha funcionado perfectamente. Siempre he tenido una especie de sexto sentido con respecto a tu padre, cuando los problemas empiezan a sobrepasarlo y pierde las esperanzas, es cuando yo le presto más apoyo. A veces necesita que sea más fuerte, por él, por todos nosotros. Trato de dar lo mejor de mí por esta familia, tal vez no hago lo suficiente, pero doy todo lo que está a mi alcance. _ agregó Anastasia con una mirada de resignación que Kataryna nunca había visto en su madre.
_ Mama, eso es justo lo que no quiero, tener que casarme sin estar enamorada_ musitó con la voz quebrada y los ojos consternados.
Anastasia permaneció en silencio unos segundos, luego, procuró mantener un tono paciente y razonable con su hija.
_En los años que tengo, Kataryna, nunca he visto a una mujer estar enamorada de su esposo, he llegado a pensar que eso no existe en realidad, que son inventos. Tal vez el amor exista, y sea justo lo que tu padre y yo sentimos el uno por el otro, pero definitivamente no es la pasión que describen los libros.
Kataryna se pasó una mano por el rostro y advirtió que los dedos le temblaban levemente. Su semblante se oscureció de repente al igual que se oscurece el día cuando una enorme nube se atraviesa en el camino de los rayos del sol.
Anastasia apoyó las palmas de su mano sobre la mesa y se puso de pie lentamente. Rodeó la mesa y se acercó a su hija colocando una mano paciente sobre su hombro.
_Mi deber como madre es prepararte lo mejor posible para la vida, creo que has aprendido muy bien todo lo que traté de enseñarte. Pero con respecto al amor, no puedo enseñarte mucho, solo puedo aconsejarte que busques un buen hombre que sea un apoyo para ti.
Kataryna sintió un fuerte nudo en la garganta, mientras veía en los ojos de su madre un frío brillo de resignación. Una certeza súbita y fundamental la arrasó de pronto, le dolió comprender que nunca encontraría el amor, nunca encontraría a alguien que le acelerara la respiración y le hiciera hervir la sangre.
De pronto, sintió una imperiosa necesidad de salir huyendo. Oía los latidos de su corazón en la garganta. Con ojos nebulosos miró a su alrededor.
Anastasia observó el cambio en los ojos de su hija, tenía la expresión grave y reflexiva, completamente triste. Acababa de entrar en ella, la dolorosa aceptación de la realidad de la vida.
_ No tiene que ser malo_ dijo_ el matrimonio es como un contrato, si ambas partes cumplen con sus obligaciones, las cosas funcionaran a la perfección.
Kataryna bajó la cabeza y se hundió en sus pensamientos. Anastasia acarició la espalda de la joven suavemente por unos segundos y la dejó sola.
Aquel nudo en su garganta se hacía cada vez más fuerte, difícil de soportar. Pensó que si no salía de la casa se echaría a llorar. Se levantó y salió de la pequeña casa en que vivía desde que había nacido y se encaminó hacia el bosque. Cruzó la valla sin siquiera prestarle atención a la puerta del patio trasero, que, movida por el viento, se batía contra la fachada lateral de la casa. El viento le alborotaba el cabello a un lado y a otro, pero apenas era consciente de ello, al igual que el crujido de las ramas rotas cuando pasaba apresurada entre los arbustos.
Le gustaba internarse en la espesura, le ayudaba a pensar y relajarse, pero ese día, las palabras de su madre que no dejaban de resonar una y otra vez en su cabeza, se tornaban cada vez más fuertes y duras al mismo tiempo que lacerantes e intimidantes. A medida que se hundía cada vez más en la vegetación de arbustos, matorrales y árboles de colores tan vividos y luminosos, sus pronósticos se hacían cada vez más sombríos. Se convencía de que su vida no sería lo que ella hubiera esperado, sino que tenía que aceptar lo que la vida le había dado y aprender a convivir con ello.
Vagó sin rumbo fijo por un largo tiempo y cuando el cansancio la venció, se sentó sobre un viejo tronco de álamo, a pocos metros de ella, corría gorgoteante el río, sus suaves facciones se veían difuminadas y pálidas a la luz de los rayos torcidos de la tarde que se escurrían entre la espesa vegetación de los árboles en donde gorjeaban alegres los pájaros preparándose para la noche. Unas cuantas hojas cayeron y revolotearon por delante de sus ojos. Sepultó su rostro en sus manos extendidas. Sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento y empezó a llorar.
La aceptación de la realidad entristeció el alma de Kataryna en cierta forma. La joven alegre, despreocupada y decidida había desaparecido. Ahora otra persona ocupaba su lugar. La conformidad, la resignación y cierta melancolía habían tomado su espíritu.
[1] Pichka: horno tradicional ucraniano.
[2] Borsch: Sopa Rusa / ucraniana hecha con remolacha.
[3] Rushnyk: toalla decorativa bordada, típica ucraniana, en donde se observan patrones ornamentales y símbolos que representan el camino, el destino y la protección de los miembros de la familia. Se suelen colgar por encima de los retratos de los familiares o de los iconos religiosos.