Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, julio de 1922

I

Igor Gorodetsky era un ser calculador y manipulador, ambicioso e insaciable. Con la capacidad innata de detectar las debilidades y necesidades de los demás y utilizarlas como instrumentos para obtener su propio veneficio. Nunca había mostrado reparos en pasar por encima de quien sea necesario para conseguir lo que se proponía. La mayoría del tiempo parecía muy satisfecho consigo mismo, pero bajo esa máscara de suficiencia se arremolinaba una conflictiva mezcla de temor e inseguridad al rechazo. Amaba sentirse poderoso, el poder era como una droga para él y desde hace unos meses la droga que necesitaba era Kataryna. Quería que fuera suya, necesitaba enredarla en sus redes, poseerla. Su egocentrismo y su narcisismo lo estaban haciendo pasar un mal rato. Había pensado que sería fácil conquistarla, pero ella había resultado ser bastante difícil, distante, fría y hasta algo altanera. La falta de interés de Kataryna era lo que más obsesionaba a Igor, lo que más le atraía de ella. Era como un reto para él, tenía que sortear todas las barreras que ella había levantado a su alrededor y llegar a doblegarla. A pesar de que la mayor parte del tiempo experimentaba una familiar sensación de poder, de tanto en tanto su mente se llenaba de una cierta inseguridad que ocultaba un miedo demoledor a mostrarse débil.

No la había abordado desde su último desplante en la iglesia, con la intensión de que la muchacha se relajara y bajara un poco las defensas. La veía los domingos en la misa, pero no se acercaba a ella. Pero la acechaba todo el tiempo. Escudriñaba todos sus movimientos, como un cazador que intenta calcular si su presa va a huir, va a prestar resistencia o al fin cansada y extenuada dejará de luchar permitiendo que lo inevitable caiga sobre ella.

El sol lucía bajo entre las nubes de bordes naranjas, los rayos sesgados de la mañana daban color a los campos, haciendo parecer profundos y oscuros surcos que cubrían las faldas de las colinas. El suave murmullo del viento acariciaba las copas de los árboles del bosque presintiendo la pronta llegada del invierno. Las ramas cubiertas de hojas secas de un elevado arbusto se sacudieron indicando la presencia de Igor que observaba agazapado entre el follaje mortecino el sendero que conducía al pueblo.

Anastasia y Kataryna caminaban por el sendero con canastas en los brazos, llevando huevos que luego comercializarían en el mercado. Cuando Igor se percató de que las mujeres no lo verían, salió de su improvisado escondite y las siguió desde una distancia prudencial. Pensó que se parecía en algo a un tiburón asesino dando vueltas debajo de un pequeño e inestable bote, esperando el momento adecuado para saltar sobre su presa desprevenida. Soltó una desagradable carcajada ante su ingenioso pensamiento.

Cuando llegó al pueblo, la observó con fascinado interés desde una callecilla algo escondida y abandonada por incontables minutos.

Kataryna depositó la canasta en el suelo junto a su madre para luego, dirigirse en dirección a los puestos de venta que se hallaban en forma aglutinada y desordenada a lo largo de la calle principal. Deambulaba sola observando todo con una leve sonrisa. Entablaba breves conversaciones con alguna que otra vendedora para luego moverse de nuevo al siguiente puesto. Igor la contemplaba con ojos predadores casi histéricos. Dio un paso al frente y luego otro y cuando estuvo a punto de salir de su escondrijo y volver a abordarla la vio observando fascinada un Ochípok o pañuelo de seda para la cabeza. La pieza que solo era usada por las mujeres casadas era tan bella y exquisita que la dejó extasiada. De inmediato, Igor supo que Kataryna pensaba en su madre. Estaba seguro de que ella creía que la pieza se vería increíble en su madre. Observó el cambio repentino en el rostro de la muchacha, la sonrisa inicial se había desdibujado y ahora mostraba un rictus de tristeza, era imposible para ella comprar algo como eso, su familia no podía darse ese lujo. Pero también notó otra cosa, se veía mucho más hermosa y serena. Mucho más madura y controlada, se estaba convirtiendo en una mujer.

El deseo desesperado de tenerla se acrecentó en su interior, era más que deseo, una terrible necesidad. Esa sensación irracional de que fuera suya fue lo que a la larga lo detuvo, no debía aproximarse a ella de manera imperiosa, debía pensar mejor las cosas. Dio un paso hacia atrás y luego otro observando a la muchacha que agradecía a la vendedora para luego regresar junto a su madre.

La mañana había trascurrido en un abrir y cerra de ojos y el sol se hallaba ahora en el cenit. Anastasia había terminado de vender los huevos y se disponía a recoger las canastas. Kataryna las tomó de inmediato y se dirigieron a comprar algunos víveres con el dinero que ganaron y comer algún que otro bocadillo. Cargaron aceite, keroseno, velas y algo de pescado. Fue entonces cuando Igor decidió que era tiempo de presentarse ante las dos mujeres. Se sentía algo más confiado y tranquilo. Salió de su escondrijo y caminó apresurado cuando se percató que las mujeres emprendían el regreso a casa.

_ Buenos tardes_ saludó el joven en tono educado.

Ambas mujeres voltearon al instante. Kataryna lo miró con sorpresa, Igor le dedicó una deslumbrante sonrisa que hizo que su corazón diera un pequeño salto. Esta nueva sensación la sobrecogió de inmediato.

_ Buenos tardes_ contestaron las mujeres al unísono.

_ ¿Necesitan ayuda? _ preguntó el joven haciendo ademán de tomar las canastas con las compras.

_ Gracias_ dijo Anastasia dándole las compras al joven.

Igor tomó la canasta de mano de Anastasia y prestó atención a Kataryna, estaba preparado para que ella le diera la espalda y lo dejara plantado con la mano extendida, pero para su sorpresa, Kataryna le entregó la canasta que llevaba mientras que una leve sonrisa se dibujaba en su sonrojado rostro.

Una embriagadora sensación de triunfo, sofocante y avasalladora invadió a Igor. Al fin ella estaba cediendo.

Enfilaron el camino de regreso en silencio, un silencio que por el contrario de lo que los tres hubieran supuesto, era reconfortante y hasta se podría decir que agradable.

Anastasia se fue quedando algo rezagada, tratando de darle espacio a los jóvenes.  Sonrió para sí misma cuando notó que su hija no salió huyendo. Pensó que al fin había cambiado de parecer.

_Espero que no te moleste que me haya ofrecido a llevar las compras_ dijo el joven luego de intensas deliberaciones consigo mismo.

_ No, al contrario, te lo agradezco_ contestó la muchacha sin mirarlo a los ojos con voz suave y algo avergonzada, llevaba la mirada baja.

El sol parecía colgar a medio camino sobre el horizonte, y bajo la mortecina luz de aquella tarde el rostro de Kataryna parecía una confusa mezcla de expectación y resignación.

Igor se inclinó hacia ella y clavó su mirada penetrante en Kataryna.

_Aun quisiera tratarte y conocerte mejor_ dijo el joven invadido por una excitación optimista.

La joven se detuvo frente a la puerta de su casa y por primera vez en aquel día levantó la mirada y contempló a Igor. Suspiró casi imperceptiblemente antes de hablar.

_ A mí también me gustaría_ contestó con un inquietante sonido de resignación en la voz que Igor no fue capaz de identificar.

Desbordado de una gratificante sensación de triunfo hizo una inclinación de cabeza y se alejó.

Kataryna se quedó parada frente a su casa mucho después de que Igor se fuera y de que su madre ingresara a la vivienda. Contemplaba el extenso campo a través de la agonizante luz del atardecer con ojos vacíos. El sol había casi desaparecido y teñía las nubes de un color anaranjado rojizo. Sintió una mezcla de disgusto y rencor con ella misma, era como si se dejara convencer, como si dejara sus convicciones y sus ideales a un lado, como si se dejara morir un poco. Apoyó la barbilla en una de sus manos y suspiró profundamente antes de que el sol se perdiera por completo en el firmamento.

II

Igor caminaba despacio a través de las vastas extensiones de cultivo de su padre con las manos extendidas a ambos lados. Sintiendo las doradas mieses que le rozaban las palmas. En unos días se iniciaría la cosecha y se esperaba que superara todas las expectativas, luego de varios años muy duros. Suspiró satisfecho y arrancó una espiga y la levantó para observarla mejor. Los rayos de sol la hicieron desprender suaves destellos amarillos. Volvió a suspirar y recordó a Karatyna. Aquella criatura lo tenía sumido en un complejo estado de frustración, expectación y aturdimiento.

Le estaba representando un tremendo esfuerzo esperar unos días antes de presentarse en casa de los Weleczuk. Kataryna se había convertido en algo así como una fijación histérica para él. Había orquestado un pequeño plan para acercarse a la joven, y estaba esperando el momento adecuado para hacerlo. Aunque en realidad no tenía ni la menor idea de cuando sería aquello. De lo que sí estaba seguro era de que se empeñaría en conseguir lo que quería.

Dejó caer la espiga que sostenía en la mano e hizo el camino de regreso a su casa. Pensó que ya había esperado suficiente y que debía actuar ahora. Apresuró sus pasos, su corazón empezó a acelerarse como si estuviera corriendo alguna carrera. Pero si lo pensaba con cuidado, aquella situación era como una carrera en donde la meta era Kataryna. Sacudió la cabeza y sonrió ante su ocurrencia.

Cuando estuvo frente a la vivienda de sus padres, volteó a apreciar una vez más el campo totalmente cubierto por millares de espigas de trigo que proveerían a su familia durante el invierno. Eso tenía que significar algo, se dijo. Si bien el padre de Kataryna poseía un pequeño campo, este no representaba ni siquiera la décima parte del de su padre. En su extrema soberbia suponía que no existía mejor partido para Kataryna que él mismo. Volvió a voltear, y esta vez abrió la puerta de la casa e ingresó en ella.

Salió una hora después, luego de darse un buen baño y tomarse el tiempo para arreglarse, y pensar cuidadosamente lo que iba a decir una vez que estuviera frente a Kataryna. Caminó algo nervioso de un lado a otro de su habitación con las manos a la espalda y la cabeza gacha. Llevaba el ceño fruncido y una línea de concentración se le había formado sobre la ceja izquierda. Se detuvo de repente y aspiró profundamente. Al parecer estaba listo para enfrentar lo que vendría. Tomo un paquete que descansaba sobre su mesa de noche y salió de la casa dando grandes zancadas. Un mozo de establo lo esperaba con su caballo justo frente a la casa. Subió de un salto al animal y salió en dirección a la casa de Kataryna a paso de trote.

Llegó a casa de los Weleczuk quince minutos después, vestía el mejor de sus trajes de gala, un pantalón ancho de satén negro y una Vyshvanka blanca bordada muy delicadamente en el cuello, los puños y la pechera. Completaban su atuendo, un abrigo también bordado y una faja dorada alrededor de la cintura, además de las infaltables botas de cuero. Anastasia le sonrió con cortesía y le invitó a que pasara.

_Iré a buscarla_ agregó.

Igor asintió y se acomodó en la incómoda silla de madera. Pensó que la familia tenía tan poco, que de seguro estaría de acuerdo en que su hija menor se casara con alguien como él. Pero estaba consciente de que tenía que hacer su mejor esfuerzo para llenarse de la paciencia necesaria hasta convencer a la arisca muchacha de que él era el hombre que le convenía. Su mirada se había clavado en algún punto sobre el fogón. Tenía los ojos en blancos y algo inseguros.

Mientras se encontraba sumido en sus pretenciosos pensamientos, la muchacha había salido de su habitación y lo observaba en silencio. Decidió que no podía seguir allí mirándolo por lo que dio un paso al frente mientras saludaba con voz suave y algo vacilante.

_Buenas tardes_ dijo.

Igor dio un respingo, estaba tan absorto en sus arrogantes reflexiones que no se había percatado de la aparición de la muchacha. Se puso de pie de inmediato e hizo una inclinación de cabeza en señal de saludo.

_Por favor, siéntate_ dijo ella mientras se acercaba a Igor con una leve sonrisa.

Igor volvió a tomar asiento en la silla que estuvo ocupando antes de la llegada de Kataryna. Se pasó la mano por el pelo castaño perfectamente peinado esperando a que ella se sentara también.

Kataryna se sentó frente a Igor, la mesa del comedor los separaba. La muchacha pensó que lo mejor era mantener la distancia. Tuvo tiempo de observar al joven que tenía enfrente. No podía negar que era un joven muy atractivo, y a pesar de la primera impresión que le había causado, también debía reconocer que era educado y atento. Y muy a su pesar también tuvo que reconocer que estas cualidades habían pasado desapercibidas para ella porque como le había dicho su madre, lo había prejuzgado, viendo solo su lado egocéntrico y vanidoso. Después de todo, no hay persona perfecta, todos tenemos algún que otro lado oscuro, pensó. Se percató además de que llevaba un paquete envuelto en papel y sujeto con una cinta de raso roja.

_Espero que no te moleste que haya venido sin invitación_ dijo él luego de encontrar su voz.

Ella negó con la cabeza, sentía un raro cosquilleo en la boca del estómago y se sorprendió al comprobar, que en realidad no le incomodaba para nada que él estuviera en su casa en ese momento.

_ Compré esto para ti_ dijo Igor extendiendo la mano en donde sostenía el paquete por encima de la mesa en dirección a Kataryna.

Ella abrió los ojos sorprendida, sus mejillas se sonrojaron de inmediato, pero no hizo ademán de tomar el paquete.

_Bueno en realidad, supongo que es para tu madre_ aclaró el joven observándola con aquellos ojos penetrantes de los que hacía alarde.

 Kataryna pareció confundida. Se había quedado tan quieta y silenciosa como si se tratara de una estatua griega mientras observaba el paquete que seguía suspendido en la mano de Igor en el centro de la mesa. Pensó que la cinta de raso con la que estaba sujeto el paquete le habría costado mucho dinero.

_Por favor, tómalo_ la animó con una sonrisa natural y encantadora de la que el mismo Igor se sorprendió.

Kataryna extendió despacio su mano derecha y tomó el paquete. Lo depositó sobre la mesa y posó sus grandes ojos azules sobre él por unos segundos.

_Dijiste que es para mi madre_ dijo ella levantando la mirada y encontrándose con los ojos brillantes del joven.

_Supongo que si_ contestó él.

Kataryna frunció el ceño desconcertada. Cada vez entendía menos.

_Por favor, ábrelo y lo entenderás_ dijo él.

Karatyna vacilo por unos momentos antes de jalar el listón y abrir el paquete. Sus ojos no dieron crédito a lo que veían. Dentro, el ochípok parecía mucho más hermoso que la primera vez que lo había visto en el mercado. Kataryna observó el objeto con sorpresa y admiración. Luego levantó de nuevo la mirada hacia Igor. Sus ojos brillaban y en sus labios se había dibujado una pequeña sonrisa.

_ ¿Cómo supiste? _ preguntó ella aún impactada.

_Te vi viéndolo aquel día en el mercado antes de acercarme a ustedes_ respondió con una exquisita cortesía que sorprendió gratamente a la muchacha.

Kataryna reveló una sonrisa de cortesía algo más ancha de lo que esperaba e Igor tuvo la certeza de que fue la decisión correcta que la acercaría más a ella.

_Espero que te guste_ dijo Igor regalándole a la joven otra sonrisa algo más natural y levemente sincera.

_Me gusta mucho, ahora entiendo porque decías que era para mi madre. Quería regalárselo por su cumpleaños, pero es muy caro. No puedo pagarlo_ explicó ella con una renovada sonrisa de cortesía.

Igor solo asintió.

_Agradezco mucho el gesto, en verdad_ dijo ella_ pero no puedo aceptarlo_ agregó tendiendo el regalo hacia Igor.

El joven quedó sorprendido y confundido.

_ ¿Por qué no? _ preguntó_ lo compré para ti. Es decir, para que pudieras regalárselo a tu madre.

Kataryna suspiró. Tragó saliva mientras pensaba como explicárselo sin que se sintiera ofendido.

_No puedo aceptarlo_ dijo ella mientras situaba el regalo sobre la mesa _ porque es un regalo muy costoso y si lo acepto me comprometería de cierta forma contigo y no quiero eso.

El joven desvió la mirada al suelo y empezó a mover la pierna izquierda nerviosamente. Ella complicaba siempre las cosas, pero a la vez, era eso lo que lo impulsaban a seguir, buscando como derrumbar sus barreras.

_Apenas nos estamos conociendo_ agregó la joven_ no se vería bien que acepte este obsequio. Espero que entiendas mi posición.

El joven la miró con ojos frustrados.

_Comprendo_ dijo_ aunque no me guste tu rechazo_ agregó con una sonrisa algo abatida.

_Lo siento_ dijo ella_ si tal vez solo hubiesen sido flores habría estado feliz de recibirlas.

Igor sonrió y su sonrisa fue extrañamente clara y genuina. Ella le devolvió la sonrisa.

_Podría darle yo mismo el presente a tu madre_ aventuró Igor.

_Por favor, no lo hagas, preferiría no tener que deberte nada.

_No me deberías nada_ se apresuró Igor.

_Por favor_ repitió ella con ojos suplicantes.

Igor se mordió el labio inferior inquieto e hizo un gesto de impaciencia mientras paseaba los ojos por la pequeña estancia, no había mucho en que distraerse en aquella pocilga, pensó. Además, no entendía porque ella se negaba a sus atenciones.

_ No quiero que tomes a mal esto, no te estoy rechazando, solo quiero que comprendas que no es adecuado_ dijo la muchacha mientras cruzaba las manos sobre su falda.

Igor asintió en silencio, entendía la situación, ella era orgullosa y definitivamente no quería que él pensara que estaba interesada en su dinero. Desde luego, esto solo complicaba un poco más las cosas, pero, por otro lado, las cosas también estaban cambiando. Ella se estaba abriendo, tal vez no con la rapidez que a Igor le hubiese gustado, pero había una luz al final del túnel. Sin lugar a dudas, Igor pensó que ésta había sido una experiencia reveladora.

III

Detrás de la casa de Kataryna, cerca de la valla que separaba el patio trasero de los límites en donde se iniciaba el bosque verde oscuro formado de ejércitos de viejos y gruesos robles que crecían muy juntos, había un imponente y frondoso árbol de nogal en donde Iván había instalado un columpio de madera cuando la primera de sus hijas creció lo suficiente para poder hacer uso de él. A pesar del paso de los años, aún seguía en pie, cubierto por el verde techo natural que hacía de las cálidas tardes mucho más frescas. A Kataryna le gustaba sentarse en él durante las tardes antes de que el invierno hiciera imposible pasar tiempo al aire libre.

Había pasado un poco más de un mes desde que Igor la visitara con el obsequio para su madre. No había vuelto a regresar después de aquel día, al principio Kataryna supuso que se había ofendido por su rechazo, pero seguía viéndolo los domingos en misa y entablaban pequeñas conversaciones en donde el joven se comportaba como todo un caballero. Pero ya no había insistido en acompañarla a casa, ni había vuelto a visitarla.

Kataryna Weleczuk levantó los ojos hacia el impresionante techo verde que se levantaba a varios metros sobre su cabeza. Los rayos brillantes del sol perforaban el follaje formando pequeños círculos resplandecientes a su alrededor. La suave briza soplaba haciendo revolotear su cabello en torno a ella al mismo tiempo que arrojaba suaves murmullos en la cima del árbol.

Bajó la mirada hacia sus pies, se sostenía de la soga con ambas manos mientras que con sus pies dibujaba formas sin sentido sobre el suelo de tierra. Suspiró, tenía una pequeña sensación de inquietud en el pecho, odiaba tener que admitirlo, pero extrañaba a Igor. Supuso que lo vería mucho más a menudo luego de su última visita y ocurrió exactamente lo contrario.

Se impulsó despacio, ayudada por sus dos pies, luego, los levantó en el aire y dejó que el columbio se moviera. Inclinó el cuerpo hacia atrás y observó de nuevo la copa frondosa del árbol sobre su cabeza mientras se columpia una y otra vez como cuando era pequeña. Se mantuvo así por unos minutos hasta que bajó los pies y se detuvo de improviso.

Se levantó de un salto y se dirigió hacia la cerca, cruzó la puerta de madera y se internó en el bosque. Desde pequeña, le gustaba caminar por el bosque, observando todo a su alrededor, ardillas, aves, alguna flor que con esforzado empeño se desarrollaba lo suficiente para alegrar su día con sus maravillosos colores. Llegaba hasta el río, en donde lanzaba piedras al cauce, cuando el clima lo permitía, o hacia rebotar las piedras cuando el invierno congelaba el agua. Además, le gustaba disfrutar del silencio a su alrededor. 

Se internó a su izquierda, sabía que, si seguía por ese sendero enmarañado de maleza achaparrada y árboles altos y enjutos, descendería directo al río. Caminó despacio, disfrutando de la naturaleza a su alrededor. De tanto en tanto se detenía al oír el trinar de algún que otro pájaro que parecía darle la bienvenida, o alguna ardilla que roía apresurada alguna semilla. El tortuoso sendero desdibujado por el que transitaba entre los árboles que empezaban a deshojarse se fue encogiendo poco a poco, hasta que le fue difícil caminar sin que alguna rama se enganchara a las mangas de su vestido.

Se detuvo de inmediato, algo preocupada y recorrió el sitio en todas direcciones, le pareció extraño, conocía el camino al dedillo, creía que podía hacer el trayecto incluso con los ojos cerrados. Creyó que tal vez, había dado un giro equivocado mientras se entretenía observando a los animales, pero para su tranquilidad al hacer completo silencio, oyó el gorgoteo inconfundible del rio que corría aguas abajo.

 Siguió el murmullo del agua y en pocos minutos estuvo frente a la orilla del rio y la expresión de preocupación inicial desapareció de su rostro dando lugar a una sonrisa de alivio. Pronto, divisó a unos metros más adelante el viejo tronco en medio del bosque en el que le gustaba sentarse y meditar por horas. Desde allí, podía oír el sonido serpenteante del río y observar la otra orilla bordeada por filas interminables de árboles.

 Se trepó sobre el tronco y se sentó en él, rodeando sus rodillas con sus manos. La brisa seguía suave y fresca, pero no se había percatado de que la tarde estaba cayendo. El sol se situó en el horizonte con su mortecino resplandor, iluminando las aguas del rio, confiriéndole una apariencia algo fantástica conforme la tarde se diluía gradualmente en el crepúsculo. No llevaba más de unos minutos en aquel lugar, cuando oyó un leve movimiento a cierta distancia a su derecha, pero no le prestó mayor atención, supuso que se trataba de alguna que otra ardilla que se apresuraba en acumular la mayor cantidad de bayas antes de que el invierno le impidiera buscar alimentos.

Volvió a centrar su atención en los colores que adquiría el rio surcados por los rayos del atardecer. Levantó la mirada al cielo y se percató de que se había vuelto de un color amarillo enfermizo. Pronto, otro movimiento esta vez, más cerca de ella la sobresaltó, haciendo que ahogara una exclamación. Se volvió en el acto con los ojos bien abiertos y algo desorbitados, pero lo que vio fue a dos ardillas correteando entre las hojas muertas, agitaron las colas mientras trepaban con rapidez a un árbol. Kataryna emitió un suspiro de alivio. Pensó que se hacía tarde y que debía regresar a casa antes de que empezara a oscurecer, de lo contrario el camino de regreso se le dificultaría. Cuando se disponía a bajar del tronco, volvió a oír otro movimiento, incluso puso verlo entre los arbustos a tan solo un par de metros frente a ella. En solo un instante apareció de entre los arbustos un enorme lobo gris que la observaba con ojos acechantes. Su corazón dejó de latir por un par de segundos y luego reanudó su marcha a toda prisa. Un nudo se le formó en la garganta y la invadió el terror, intenso y caliente.

Antes de que Kataryna pudiera procesar lo que estaba sucediendo, otro lobo mucho más grande salió de entre los arbustos y se situó junto al primero. El pelaje del animal le recordó a Kataryna un manto blanco y brillante de nieve. Sus ojos negros y salvajes la miraron inyectados en sangre. Arrugó el hocico y gruñó mostrando las fauces.  De inmediato, Kataryna sucumbió al más puro pánico. Sintió como se le erizan todos los pelos de su cuerpo incluyendo sus cabellos. Su espalda y sus hombros se contrajeron y su cuerpo se puso en guardia. Se le dilataron las pupilas, tenía las mejillas calientes y le palpitaban, y los labios se le entreabrieron instintivamente para tratar de respirar con más facilidad.

Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Intentó gritar, pero los músculos de su diafragma no reaccionaron y lo único que salió de su garganta fue un quejido acuoso. Lo que sin lugar a duda le salvó la vida, ya que de haber logrado emitir algún grito, habría provocado que los animales se abalanzaran sobre ella de inmediato.

Su pánico inicial se había convertido de pronto en un manto inerte de terror. No podía moverse, se encontraba totalmente petrificada inmersa en una especie de terror paralizante. Las lágrimas de desesperación y terror se acumulaban en sus ojos, y corrían por sus mejillas en hilos calientes. Intentó moverse, pero sintió que algo la sujetaba de los hombros con fuerza. Los ojos le dolían en las cuencas, como si las lágrimas que derramaba estuvieran cargadas de sustancias lacerantes. Trato de moverse de nuevo y esta vez pudo hacerlo.

Lanzó una mirada de desesperación por encima de su hombro, tratando de observar alguna forma de escape. Intentó ponerse de pie lentamente para no llamar la atención de los dos animales que se veían cada vez más amenazantes. Sin darles la espalda, bajó dificultosamente del tronco. Los animales se movieron al acecho, subiendo al tronco del árbol caído. La respiración de la joven se aceleró, respiraba con rápidos jadeos.  Dio un paso atrás y luego otro sin despegar los ojos de los animales que ahora la acechaban desde la cima del tronco.

 El terror se apoderó de ella, su corazón latía desbocado y amenazaba con salírsele por la boca. Dio dos pasos más hacia atrás antes de que los animales saltaran al suelo y la acorralaran. Se detuvo helada debido al pánico, sus piernas no le respondían. Los animales se acercaron un poco más a ella mostrando las fauces y gruñendo. Kataryna observó los enormes dientes que sobresalían amenazantes de las fauces de los animales, mientras estos daban un par de pasos más y se situaban apenas a unos metros de distancia de la muchacha que parecía ahora una rata acorralada. Estaban tan cerca que ella pudo oler el hedor que emanaban de sus cuerpos, un hedor salvaje y de muerte.

Su garganta emitió al fin un grito estentóreo cargado de horror. El lobo blanco dio un salto decidido hacia Kataryna, ella le dio la espalda y se echó a correr desesperada. En aquella fracción de segundo, Kataryna fue consciente de que su vida se reducía rápidamente orientada hacia un único punto, la muerte. Una muerte de más estaba decirlo horrible y aterradora.

El lobo dio otro salto abriendo las fauces enormemente y cerrándolas alrededor de la pierna derecha de Kataryna. La muchacha cayó pesadamente de bruces en el suelo, golpeando la barbilla contra la punta astillada de una gruesa rama. En ese instante sintió un dolor lacerante en el mentón que opacó la desagradable sorpresa de las fauces del lobo alrededor de su pierna. Para su suerte los dientes del lobo se toparon con la bota de cuero minimizando la herida, pero no ocurrió lo mismo con la herida en forma de medialuna del mentón, al parecer profunda, que sangraba profusamente manchando el cuello y la pechera de su vestido, formando de inmediato una franja rojiza sobre él.

El lobo gris había dado alcance al lobo blanco y estaba a punto de agarrar a la muchacha del cuello cuando se oyó un estruendoso disparo muy parecido al sonido que hace el trueno en una gran tormenta. El lobo gris rugió de dolor y rabia. Sus labios contraídos se relajaron y cubrieron sus dientes mientras caía inerte a pocos centímetros del rostro de Kataryna.

De inmediato, el lobo blanco dejó a la muchacha y fijó su atención en el joven que sostenía la escopeta que acababa de matar a su compañero. El animal gruño aterradoramente y se dispuso a atacar al joven. Pero antes de que sucediera, se oyó otro disparo. Una gran mancha roja se extendió de inmediato en el vientre del animal, se oyó un aullido de dolor que estremeció a Kataryna que seguía tendida en el suelo. El animal herido, no retrocedió, es más, gruñó amenazante y se preparó para atacar al joven quien llevaba el rostro blanco y atemorizado.

El cazador trató de hacer un nuevo disparo, pero al jalar el gatillo se percató de que ya no contaba con balas. La adrenalina aceleró su corazón y un sudor frío invadió su rostro. Lo único que le quedaba por hacer era defenderse como pudiera.

Mientras esto sucedía, Kataryna intentaba levantar la cabeza y en un principio lo consiguió, pero el bosque a su alrededor se desdibuja y volvía a cobrar forma al ritmo de sus inestables latidos, primero absorbido por la oscuridad, luego nítido de nuevo, y un terrible dolor acompaña a cada vaivén.

Antes de que el animal atinara a saltar, Igor se abalanzó hacia adelante blandiendo la escopeta como si de un garrote se tratara, con el corazón retumbante en el pecho y las sienes palpitándole. Su piel estaba reluciente y húmeda a causa del pánico que lo envolvía. Alcanzó al animal con una fuerza avasalladora que no tenía idea que anidara dentro de él. El golpe le alcanzó al animal en la cabeza y con un gemido de dolor cayó al suelo muerto con los ojos abiertos y brillantes como canicas, la lengua afuera y una mezcla de sangre y espuma que emanaba de sus fauces afiladas.

Igor dejó escapar una bocanada de aire, y solo cuando esta pasó entre sus labios tomó consciencia de que había estado conteniendo su respiración. Cuando vio a Kataryna en el estado en que se encontraba se percató de la magnitud de los hechos, su semblante se convirtió en la viva imagen del horror mientras se precipitaba al lado de la muchacha.

_ ¡Kataryna! _ dijo con voz consternada.

La joven percibió que el mundo se alejaba de ella lentamente, convirtiéndose en algo que contemplaba a través de una ventana sucia en lugar de ser el espacio dentro del cual ella habitaba.

_Kataryna_ repitió Igor pasando suavemente sus dedos por la mejilla helada de la joven, poseído de emociones tan intensas que lo cegaban.

La joven trató de enfocar la mirada, veía el rostro de Igor como a través de una nube densa de humo.

_ ¿Igor? _ preguntó confundida.

La expresión de consternación de Igor no requería de traducción, pero se transformó al oírla hablar. Fue como si el peso de una gran roca cayera de sus hombros. Procuró desplegar una imitación aceptable de una sonrisa. Le representaba todo un problema porque aún se encontraba bajo los efectos de aquella horrible experiencia.

_ Kataryna ¿te encuentras bien? _ preguntó mientras la muchacha trataba de incorporarse.

Lo hizo con dificultad, ahora tenía un atroz dolor de cabeza, como la puerta del patio trasero de su casa cuando bate sin cesar en una tormenta de invierno.

_ Estoy bien, gracias a ti_ dijo ella, luego tomó aire con una profunda y trémula aspiración.

Igor la ayudó a sentarse y a recostar la espalda contra el tronco de un árbol mientras se recuperaba. El joven se sentó a su lado en el suelo y observó que tenía en el mentón, un feo hematoma violáceo alrededor de un corte en forma de medialuna, pero que había dejado de sangrar y en general no presenta muy mal aspecto.

_ ¿Qué hacías aquí sola en el bosque? _ preguntó el joven utilizando con ella un tono tranquilizador y razonable.

_ Me gusta caminar por aquí, lo hago todo el tiempo y jamás había visto un lobo_ contestó la muchacha con voz aguda y trémula, mientras se llevaba una mano hasta el mentón en donde sentía un dolor palpitante y desagradable.

_ En la granja sufrimos un par de ataques la semana pasada, por lo que decidí salir a buscarlos, esperando tener suerte. Es por eso por lo que me encontraba por aquí_ mintió con la destreza de un consumado delincuente.

Estaba siguiéndola como otras tantas veces. Y en aquel momento al ver la mirada de fascinado agradecimiento de Kataryna, una idea que espantaría a cualquier ser humano racional y empático, a Igor le resultó espantosamente atractiva. Aquella terrible experiencia ayudaría a sus propósitos.

_ Si no hubieses aparecido estaría muerta ahora_ dijo ella.

La joven se llevó una mano a la cabeza e hizo una mueca de dolor.

_ Será mejor que te lleve a casa_ dijo Igor_ ¿puedes pararte?

Kataryna asintió y trató de ponerse de pie con ayuda de Igor quien la sostenía con una mano de la cintura y con la otra del brazo. Apenas estuvo de pie, la muchacha sintió un mareó y buscó a tientas el tronco de algún árbol. Sus brazos parecían estar hechos de cera. El mundo se balanceó y temió volver a perder la consciencia, se quedó boquiabierta y tambaleante. Igor la sostuvo con fuerza.

Kataryna se humedeció los labios, intentó hablar, no pudo hacerlo, se aclaró la garganta, lo intentó de nuevo.

_ No creo que pueda caminar_ dijo casi en un susurro.

_ No preocupes, voy a cargarte_ dijo el joven levantando en brazos a Kataryna.

La muchacha se sonrojó hasta el nacimiento del pelo.

Cuando Igor la tuvo entre sus brazos aspiró su aroma, lo único que consiguió con eso fue multiplicar su obsesión por hacerla suya.

_ Trata de relajarte yo me encargo de llevarte a tu casa_ dijo en tono persuasivo.

Ella lo miró través de sus pestañas y sus ojos azules brillaron. Pensó que el joven no solo era atractivo, sino valiente.

_Dejaste atrás tu escopeta_ dijo la muchacha de repente.

_ No puedo llevarla ahora_ contestó_ vendré más tarde por ella.

El joven caminó con Kataryna en brazos por espacio de media hora sin demostrar ningún atisbo de cansancio. El sol había desaparecido por completo y en la penumbra del bosque, una niebla baja se enroscaba con aspecto lechoso alrededor de las hierbas y los pies del joven. No hablaron mucho durante el resto del trayecto. Pero Igor se había convencido de algo, pronto conseguiría que ella fuera suya.

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