II
Melinda y Laura habían sido amigas por cinco años antes de que Laura dejara Arcata. Eran muy diferentes una de la otra, como el agua y el aceite, pero eso no impedía que se llevaran muy bien. Solían almorzar juntas los domingos, turnándose la tarea de cocinar. A pesar de que Melinda estaba en una relación en ese momento, nunca perdieron la costumbre de almorzar juntas los domingos.
Era el día en que Laura debía cocinar, había quedado encantada con un Rocoto Relleno que una de sus compañeras de trabajo le había invitado, por lo que decidió probar sus habilidades culinarias. Se dirigió al mercado y compró los rocotos a una anciana que había bajado de su pueblo con una cosecha de su propia huerta. Llegó a su casa con la bolsa de las compras y se dispuso a preparar los rocotos, los vio pequeños, en comparación a los que se servían en los restaurantes arequipeños. Se encogió de hombros, prepararía un par para cada una, pensó. Abrió los rocotos, sacó las semillas y los dispuso dentro de una olla para hervirlos. Preparó el relleno, llenó los rocotos con él y los metió al horno como era costumbre. Cuando Melinda llegó, Laura se encontraba con un extraño escozor en las manos.
_ Creo que el rocoto me ha producido algún tipo de alergia_ explicó Laura.
Cuando la psicóloga sirvió los rocotos, Melinda los vio tan pequeños que los miró con desconfianza. Pero para no incomodar a su amiga no dijo nada y partió el rocoto metiéndose un pedazo a la boca. No pudo pasar del segundo mordisco, el rocoto estaba tan picante que era imposible comérselos. De inmediato sintió que los ojos le lagrimeaban y que le escurría la nariz. Tuvo que sacarse la comida de la boca.
_ ¡Esto está muy picante! _ dijo.
_ Supuse que lo había lavado bien_ dijo la psicóloga algo avergonzada.
_ Lo que pasa es que es un rocoto muy pequeño, esos son los que más pican.
_No lo sabía_ dijo Laura que ahora sentía el escozor en los ojos porque se los había tocado con las manos.
Las lágrimas empezaron a recorrerle el rostro, las manos las tenía como si sostuviera en ellas grandes pedazos de carbón encendidos.
_Laura, será mejor que dejemos el almuerzo para otro día y que te acompañe al hospital_ dijo Melinda_ necesitas que te traten.
Las dos mujeres rieron a carcajadas recordando aquel episodio.
_Ahora me parece gracioso_ dijo Laura_ pero en aquel momento no me lo pareció en lo más mínimo.
_Sí, tu primer rocoto fue incomible_ dijo Melinda riendo a todo pulmón.
_Sería lindo retomar aquellos almuerzos_ dijo Laura.
_Por mi encantada_ respondió la enfermera.
_Solo que tendríamos que incluir a Alejandro_ dijo la psicóloga.
_ ¿Quién es Alejandro? _ preguntó Melinda confusa.
_Es el abogado de quien te hablé.
_ ¿Ahora almuerzas con él los domingos? ¿Y dices que no hay nada entre ustedes? _ preguntó con un gesto de incredulidad.
_ ¿Acaso tenía una relación contigo?
_Bueno, no.
_Somos buenos amigos, eso es todo, además éramos los únicos en esta parte de la residencial antes de que llegaras. ¿Qué se suponía que debíamos hacer?
Melinda asintió encogiéndose de hombros.
_El próximo domingo me toca cocinar a mí, allí te lo presentaré_ dijo Laura.
_ Me parece perfecto_ dijo Melinda con una sonrisa pícara.
III
Melinda y Laura se encontraban hablando muy entretenidas cuando Alejandro tocó la puerta. La psicóloga fue a abrir y encontró al abogado con la mejor de sus sonrisas.
_Pasa Alejandro_ dijo mientras se hacía a un lado y lo dejaba entrar.
El abogado le entregó una botella de vino mientras entraba. De inmediato su atención se centró en la mujer que se encontraba sentada en uno de los sillones de la sala. Laura lo observó con disimulo y no le gustó mucho lo que vio. Melinda se puso de pie al verlo y le dedicó la mejor se sus sonrisas. Fue evidente para Laura que la atracción fue instantánea entre el abogado y la enfermera.
_Alejandro, ella es mi amiga Melinda de quien te hablé. Melinda, él es mi vecino_ agregó señalando la casa de Alejandro que se veía a través de las ventanas de la sala.
_Mucho gusto_ dijo Melinda agitando la mano de Alejandro.
_Igualmente_ contestó él y la sonrisa se le ensanchó.
_ ¿Por qué no se ponen cómodos mientras termino la comida? _ dijo Laura.
_Puedo ayudarte si lo necesitas_ dijo Alejandro de inmediato.
_No hace falta, ya estoy acabando_ respondió la psicóloga.
Alejandro asintió y se sentó junto a Melinda mientras Laura regresaba a la cocina. La enfermera y el abogado se observaron con poco disimulo antes de entablar conversación. Los ojos de Laura se movieron brevemente hacia Alejandro y no le gustó comprobar que tenía la mejor de sus sonrisas mientras conversaba con Melinda.
Durante el almuerzo Laura permaneció la mayor parte en silencio. Dejó que Alejandro y Melinda se conocieran y fueran los que llevaran la conversación adelante. El abogado pensó que ella estaba distante, absorta en sus propios pensamientos. La observaba de tanto en tanto y empezó a preocuparse, Laura nunca se quedaba callada más que un par de segundos cada vez que almorzaban juntos.
_Estas muy callada_ dijo él de repente.
Laura levantó la mirada y se encontró con los ojos inquisitivos de Alejandro. Consiguió esbozar una leve sonrisa.
_Estoy dejando que se conozcan_ dijo, pero su propia voz no le sonó muy convincente.
Melinda no desaprovechó la oportunidad y siguió conversando con Alejandro. En todo momento se mostró encantada de poder ayudarlo, sirviéndole más comida, trayendo una servilleta para él o preguntando si quería más vino. Laura sentía unas ganas de entornar los ojos cada vez que la veía tan solícita, pero se contuvo. No podía actuar como una mujer celosa o posesiva ya que Alejandro no le pertenecía.
_Dime Alejandro, ¿Qué haces para entretenerte? _ preguntó Melinda.
Alejandro se echó a reír algo incómodo, le pareció que el tomo de la enfermera fue muy personal.
_La verdad, no hay mucho que hacer por aquí, más que el trabajo, hay unos restaurantes no muy buenos, hay una cancha de golf si es que lo practicas, un salón de bowling en el Club Inca, canchas de tenis y el gimnasio aquí en la entrada del Chulec.
_ Al menos tendré donde ejercitarme_ dijo Melinda.
_Yo voy al gimnasio por las noches_ dijo él_ si deseas puedo llevarte un día de estos para que lo conozcas.
El primer pensamiento de Laura fue que Melinda no necesitaba de ninguna persona que la acompañara a conocer el gimnasio ya que el gimnasio se hallaba a poco más de doscientos metros de su casa.
_Sería genial_ contestó ella con una de las sonrisas seductoras que Laura conocía muy bien.
El problema, pensó, es que ahora la estaba utilizando con Alejandro, y la sola idea le produjo una leve sensación de nausea. “Habré comido mucho”, se dijo a sí misma. Pero parte de ella deseaba levantarse y marcharse, pero ¿A dónde iría? Estaba en su casa.
Cuando sus dos amigos se retiraron entrada la noche y se quedó sola, aquella sensación que la atenazaba en el pecho desde que viera la interacción entre el abogado y la enfermera se intensificó. Por un momento sintió que iba a perderlo, se había acostumbrado a él, sentía cierta debilidad por él, le gustaba compartir sus cosas con Alejandro y si ahora Melinda lo seducía. Tuvo la certeza de que lo alejaría. Trató de convencerse, de que lo que sentía era el temor a la pérdida de un buen amigo, y que no había ningún sentimiento romántico de por medio. Suspiró algo confundida y cansada. Decidió que lo mejor sería irse a dormir. Se levantó del sillón que ocupaba en la sala y se dirigió a su habitación.
Desde el otro lado de la calle, a través de la ventana, Alejandro la observaba con atención. Ahora estaba seguro de que Laura no sentía nada por él. Lo había presentado a su amiga Melinda. Estaba más que claro para el abogado las intenciones de la enfermera y Laura estaba de acuerdo con ello. Tuvo que admitir que aquella certeza llenaba su corazón de decepción. Apagó las luces de la sala y se dirigió algo cabizbajo a su habitación.