San Lorenzo Paraguay, setiembre de 1955.
I
Kataryna se acercó a la ventana, en su rostro se dibujaba una expresión de indiscutible abatimiento, incertidumbre y resignación que se amalgamaba con la lentitud de sus pasos. Observó la profundidad de la sosegada noche, el cielo estaba totalmente despejado, las estrellas con su brillo blanco se veían en todas partes. La cara perfecta de la brillante y redondeada luna se levantaba cercana al cenit. Resplandecía vívida y misteriosa sobre las copas de los árboles vecinos que acunados por el viento desencadenaban suaves murmullos.
Respiró pesadamente y su aliento empañó el cristal. Tomó aire mientras cerraba los ojos, sus suaves facciones estaban difuminadas y pálidas bajo la luz de las velas, sus labios le temblaban suavemente. Cuando abrió de nuevo los ojos exhaló con lentitud el aire que había retenido en sus pulmones.
Oyó que alguien llamaba a la puerta. Giró sobre sus talones y tomó la pañoleta que estaba junto a la cómoda con manos trémulas, y antes de cubrirse la cabeza con ella, un nudo se le formó en la garganta y sus ojos se anegaron de lágrimas. Suspiró profundamente, y se llevó una mano a la boca tratando de ahogar el llanto. No podía dejarse llevar por la angustia en ese momento. Un segundo golpe hizo que se pusiera en movimiento.
Abrió la puerta después de vacilar por unos segundos, se sentía cansada y atemorizada. La mirada bondadosa del hombre de blanca y frondosa barba, y largos cabellos que se encontraba al otro lado de la puerta, la serenó. Llevaba una rasa[1] azul, un kamelaukion[2] negro, acompañado por un epanókamelaukion[3]. De su cuello colgaba un peritrakhelion[4] amarillo. Entre sus manos sostenía un pequeño crucifijo. Antes de dejar que el hombre ingresara a la casa, inclinó la cabeza en señal de respeto. Cerró la puerta y le indicó el camino con un ademán de su mano. Siguió al Pope[5] por el estrecho pasillo en penumbras, solo las luces de un par de velas sobre la mesa del comedor iluminaban tenuemente la estancia con un gotear persistente de la cera derretida. Los ecos de sus pasos retumbaron graves en las paredes de la pequeña casa, como si presagiaran la llegada ineludible de la muerte.
El hombre se paró en el umbral de la puerta por unos segundos antes de ingresar a la habitación en donde el enfermo agonizaba. La habitación no era muy espaciosa, ni mucho menos acogedora. Contenía una cómoda, un estante repleto de libros, un par de rusticas sillas de madera labrada, una mesa que hacía las veces de escritorio y en donde la luz de una lámpara a keroseno iluminaba la cama en donde yacía el enfermo. Un majestuoso cobre labrado se hallaba en el centro del mueble y destacaba no solo por su anacronismo sino también por su exquisitez y esplendor.
El rostro pálido y cadavérico, casi sin vida del enfermo intentó esbozar una sonrisa. El sacerdote se sentó en una de las viejas silla junto a la cama del moribundo. Sostuvo su mano, se inclinó despacio, aproximándose a su oído y cerró los ojos. En seguida se oyó la voz susurrante del hombre, movía los labios en lo que cualquiera supondría una plegaria.
Kataryna volteó sobre sus talones despacio y los dejó solos. Era un momento íntimo y privado. Había sido difícil para ella convencerlo de que aceptara que el Pope le diera la extremaunción. Las profundas convicciones personales y filosóficas del enfermo eran antagónicas a las creencias religiosas de la mujer, pero de algún modo habían cultivado la tolerancia y el respeto mutuos.
Se alejó sin hacer ruido y se refugió en la cocina. Recorrió la estancia con ojos afligidos. Sintió que se le formaba otro nudo en la garganta, las lágrimas la amenazaban con echarse a rodar por sus mejillas. Suspiró pesadamente, se sentía abrumada, desgastada y con una creciente angustiada. Encendió la cocina a leñas y puso un poco de agua a hervir. Se preparó una taza de café y se sentó frente a la desvencijada mesa de la cocina que también hacía las veces de comedor. Tomó un sorbo del café y se obligó a tragar. Volvió a recorrer la estancia con la mirada, no llevaba mucho tiempo viviendo en aquella casa, pero guardaba gratos recuerdos de ella.
Situó los codos sobre la mesa y hundió su rostro entre sus palmas abiertas, se sentía pesarosa y bastante asustada. El nudo en su garganta era cada vez más fuerte, y ahora se le había sumado una opresión en el pecho. Empezó a sollozar, sus lágrimas cayeron lentas, tibias y punzantes.
El sonido de unos pasos la regresó a la realidad, se secó precipitadamente las mejillas con el dorso de sus manos. Levantó la mirada y se encontró con el religioso quien la observaba con una mirada indulgente. Se puso de pie con movimientos lentos, estaba tan cansada física y emocionalmente por lo que cualquier movimiento requería de un gran esfuerzo. El hombre descansó su mano sobre el hombro de Kataryna reconfortándola.
_Llámeme cuando llegue el momento_ dijo.
Kataryna asintió y lo acompañó a la puerta. Lo vio desaparecer al amparo de la densa cortina de oscuridad de aquella fresca noche de primavera. Cerró la puerta poco después. Suspiró cansinamente recostando la espalda contra la puerta. Se quedó allí por un momento sumida, abatida por la tristeza y la incertidumbre de lo que le depararía el futuro.
Pronto, desamarró la pañoleta dejándola sobre la mesa. Fue hasta la habitación que ocupaba el enfermo. Se detuvo frente a su lecho y lo observó. Bajo la luz mortecina de las velas su rostro enjuto se veía demacrado, casi fantasmal. Su frente, más alta de lo normal, sus mejillas consumidas llenas de arrugas. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, su respiración era superficial y dificultosa, un resuello acompañaba cada una de sus expiraciones. La cicatriz en su rostro, la que lo había acompañado gran parte de su vida parecía ahora una profunda grieta en la arrugada piel. Los dedos largos y esqueléticos de sus manos rugosas, semejantes a garfios se veían retorcidos y de una mortal y alabastrina blancura. El anillo que llevaba como inveterada costumbre por más de cuatro décadas, amenazaba con deslizarse de su dedo anular derecho. Con la mano izquierda sostenía un relicario que colgaba de su cuello.
Kataryna recordó el día en que lo conoció: su sonrisa seductora; la soltura de sus movimientos; sus modales suaves y caballerosos, sus ojos azules brillantes e inteligentes. Ahora solo quedaba un esquelético cuerpo, con la piel amarillenta y apergaminada en el que apenas podía reconocer al hombre del que se había enamorado.
_ ¿Alexander? _ lo llamó con voz vacilante.
El enfermo no abrió los ojos. Sus párpados estaban inflamados y morados. Por debajo, la piel estaba más oscura, casi negra.
Karatyna se acercó a él y pudo notar que tenía sangre en la comisura de sus arrugados labios. Tomó un paño y lo humedeció con el agua de un cántaro de barro que se encontraba en un rincón de la habitación. Se sentó en la cama al lado del enfermo. Despacio, limpió la sangre de los labios de su compañero. Cuando terminó, el enfermo abrió los ojos, gemelas cuevas de azul profundo. Sus labios agrietados intentaron articular algunas palabras.
_Kataryna ¿eres tú? _ preguntó con voz trémula.
_Sí, soy yo.
_Me duele mucho, me cuesta respirar.
Kataryna tomó una de las manos del enfermo entre las suyas, la tenía fría y le temblaba levemente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no podía llorar, tenía que ser fuerte.
_Ya no falta mucho_ dijo ella_ sé que estás sufriendo, pero ya no falta mucho.
Intentó hablar sin que su voz se quebrara, pero era una tarea muy difícil.
Alexander intentó sonreír.
_Quiero que sepas una cosa_ dijo el enfermo mientras clavaba sus cansados y adoloridos ojos en Kataryna.
Ella esperó a que él continuara.
_ No necesitas rezar por mi alma, no pienso regresar por las noches a tirar de tu pie.
Karatyna no pudo evitar echarse a reír a pesar de la dolorosa situación. Eso hizo sonreír a Alexander.
Enseguida, se puso serio. Inhaló profundamente y tuvo un acceso de tos. Karatyna trató de calmarlo. Acomodó su almohada y lo ayudó a incorporarse.
_Sé que no he sido el hombre que hubieses querido, sé que no te hice feliz, pero te quise, te quise a mi manera_ dijo animado por una última llama de energía.
“Tal vez me hayas querido” _ pensó_” pero nunca lograste amarme” El nudo en el pecho se hizo más fuerte, pero no tenía derecho a echarse a llorar. Siempre lo había sabido, desde el primer día supo que él nunca podría amarla. Pero aun así dolía confirmarlo después de tantos años juntos. Lo besó en la frente. El nudo en el pecho le impedía decir palabra. Además, que se suponía que debía responder a aquello.
Alexander cerró los ojos inyectados en sangre y su aliento agonizante se hizo más lento y pausado, su cuerpo cansado y abatido empezaba a apagarse.
Fue como si su mente se despegara de su agotado y estropeado cuerpo y empezara a volar a una velocidad increíble. A su alrededor se sucedían imágenes de su vida como si a una cinta de video le hubieran pulsado el botón de rebobinado. La cinta se detuvo de pronto en la imagen de una mujer de largos cabellos cobrizos, ojos verdes y la sonrisa más maravillosa que él hubiera visto jamás. Aquella sonrisa que siempre amó y que había extrañado infinitamente.
Siempre había creído que el paraíso después de la muerte en el que creían sus padres y sus antepasados no existía, sino que el paraíso lo encontraría en algún momento de su vida, después de largas luchas e interminables vicisitudes. Pero ahora, a solo momentos de que su azarosa vida concluyera ya no estaba tan seguro de ello. Tal vez el paraíso se hallaba al final de la vida después de todo, allí junto a la mujer de cabellos cobrizos, tan bella y joven como cuando la había conocido.
_Todo está bien_ dijo Kataryna con la voz entrecortada, mientras le acariciaba las manos_ Déjate llevar, todo está bien_ repitió.
_ ¡Tati! _ dijo él en un último esfuerzo.
Kataryna lo oyó exhalar débiles gemidos como si la vida se le estuviera escapando lentamente. El nudo en su pecho se hizo insoportable. Aunque siempre lo supo, le dolió comprobar que Alexander al fin hallaba lo que había buscado más de la mitad de su vida.
La mujer de cabellos cobrizos abrazó el maltrecho cuerpo del enfermo acunándolo en sus últimos momentos.
De pronto los quejidos se detuvieron por completo y Kataryna pudo oír la última exhalación de Alexander.
[1] Rasa: Vestido amplio y de mangas largas, parecido a una toga, utilizado por los clérigos ortodoxos.
[2] Kamelaukion: Especie de tocado generalmente negro de forma cilíndrica. Puede ser de seda o terciopelo.
[3] Epanókamelaukion: Velo negro, muy liviano, que se sujeta al kamelaukion y que cubre la nuca, cayendo sobre la espalda.
[4] Peritrakhelion: Estola del sacerdote.
[5] Pope: religioso de la iglesia ortodoxa rusa.