EL HOSPITAL (Parte 1)
I
Era la primera semana de guardia de Melinda, su turno empezaba a las doce de la noche y se extendía hasta las siete de la mañana. El fin de semana había estado lleno de altibajos. Por un lado, se había acercado a Alejandro, no de la forma en que a ella le hubiese gustado, pero lo consideraba un amigo. Por otro lado, creía que Laura estaba enamorada de él, a pesar de las reiteradas negaciones de la psicóloga. Suspiró resignada, no sucedería nada entre ella y Alejandro, pero no importaba, de todas maneras, apenas lo estaba conociendo, le importaba mucho más conservar la amistad de Laura. Ya llegaría el momento en que la psicóloga aceptara la realidad, pensó.
Ingresó en la sala de emergencias del hospital. Todo a su alrededor era viejo y algo desvencijado, pero aún servía para cumplir con su propósito, hasta que la situación mejorara y se pudiera renovar los equipos. Conversó con la enfermera que dejaba el turno. Todo había estado muy tranquilo durante la primera parte de la noche. Cuando su colega se despidió, Melinda recorrió la sala revisando la presión de la bomba de oxígeno, arregló las sábanas de la camilla a pesar de estar correctamente tendidas. Quería mantenerse ocupada en alguna cosa para que el sueño no la venciera. Pronto, el médico de guardia hizo su aparición, se saludaron y el hombre se dirigió a la zona de consultorios para leer uno de los enormes volúmenes que tenía en su oficina. Melinda volvió a suspirar, se había vuelto a quedar sola y no sabía en que entretenerse. Recordó que una de sus compañeras de trabajo, había mencionado que el segundo piso del hospital estaba decorado con antiguos murales. En la segunda planta se encontraba el área de pediatría. Decidió que era hora de echar un vistazo ya que no había tenido tiempo de hacerlo durante las dos primeras semanas de trabajo. Si alguien la necesitaba, tocaría el timbre en emergencias.
Se dirigió sin prisa por el largo y oscuro pasillo, tenían las luces apagadas para ahorrar energía, solo una que otra bombilla iluminaba con su luz mortecina el estrecho pasaje. Mientras caminaba, oía retumbar sus pisadas en el aire. Vio al médico sentado en su escritorio absorto en la lectura, entonces se dirigió a la derecha. Antes de llegar al final del pasillo, encontró la escalera que la llevaría al segundo piso. Quiso encender las luces, pero los fluorescentes parpadearon un par de veces y luego se apagaron, como si fueran luciérnagas a las que alguien les dio un manotazo. Suspiró frustrada, pero recordó que alguien le había mencionado, que en el segundo piso había unas luces de emergencia que funcionaban con energía solar. Algo moderno en este cacharro viejo, pensó. Subió las gradas despacio, casi a tientas, sujetándose con fuerza de la barandilla. Después de la vigésima grada, su pie derecho se topó con la grada siguiente, trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. La escalera no seguía de frente, sino que cambia de dirección hacia la izquierda. Siguió subiendo mientras proseguía a través de la negrura de la noche. El aire se sentía mucho más frío de repente, como si alguien hubiese olvidado cerrar alguna ventana.
Pronto, estuvo en el segundo nivel, dirigió su atención entonces a su derecha intentando hallar las luces de emergencia. Sus pupilas se habían dilatado para tratar de enfocar algún objeto en la oscuridad. Encontró la pared y tanteó en ella hasta que su mano golpeó contra algo que la enfermera pensó eran las luces de emergencia. Buscó el interruptor por algún tiempo que le pareció una eternidad, al fin lo halló y encendió las luces. Pronto dos focos iluminaban el segundo piso y el rostro algo cansado de la enfermera, no era mucho, pero le permitía ver el primer mural con bastante nitidez.
Se dirigió hacia él y lo observó desde cierta distancia, desde donde podía apreciar la obra. El mural, retrataba la vida minera en La Oroya, y tal vez de cualquier otro pueblo minero enclavado en la sierra. A la derecha pudo observar lo que parecía ser una familia. El padre, un trabajador minero, la madre y el hijo. Detrás del padre pudo notar barras de lo que parecía ser plata, al igual que piedras preciosas. En otro rincón había un par de manos sosteniendo minerales o tal vez piedras preciosas, no supo identificarlas con precisión. En la parte izquierda, se retrataban a cuatro mineros dentro de lo que parecía ser una mina subterránea, utilizaban cascos y linternas, pero solo llevaban pantalones, y sus torsos estaban desnudos. Dos de ellos, tenían en la mano perforadoras neumáticas. Lo que a Melinda le llamó mucho la atención fueron los ojos y las miradas de aquellos hombres, todos ellos tenían los ojos tristes y brillantes, la mirada algo desorientada o tal vez consternada y sombría. Era la mirada de la desesperanza y la resignación. Los rasgos eran bien característicos, ojos pequeños, nariz aguileña, tes curtida por el sol inclemente de la sierra, el cuerpo musculoso debido tal vez, al trabajo físico extenuante que realizaban. Observó la firma del artista. Carlos Díaz decía con una caligrafía que a la enfermera le pareció la de un médico por lo poco legible.
Dio unos pasos más internándose de nuevo en la oscuridad. Intentó encender las luces, esta vez lo consiguió, pero se encontraban teatralmente dispuestas sobre el segundo mural, emitían su resplandor sobre toda la pieza, confiriéndole una sensación fantasmal. Esta vez la pieza artística emulaba al hombre perfecto de da Vinci, El Hombre de Vitruvio. Fue Leonardo quien realizó el dibujo a tinta y pluma de las dimensiones del hombre perfecto de Vitruvio con ciertas correcciones personales. El hombre de aquel mural se encontraba a más de once mil kilómetros de distancia y más de 530 años en el futuro del dibujo original. Melinda observó los brazos y piernas extendidas de aquel hombre, parecía que hubiese estado ejercitando. La firma en la obra de arte era la misma que la del primer mural.
Caminó internándose un poco más en el frío pasillo y allí halló el tercer mural, esta vez, se trataba de escenas médicas, en el centro habían pintado el interior de un cuerpo humano, los huesos, músculos, arterias, los pulmones, el sistema digestivo y el cerebro. A Melinda le pareció algo macabro, más aún en aquella noche gélida y oscura. A un lado se podía observar a un bebé en estado de gestación y una madre que sostenía a su pequeña niña mientras una enfermera le administraba lo que parecía ser una vacuna. En la parte inferior derecha, se observaba un microscopio y algunas bacterias en dos capsulas de Petri. En el lado izquierdo, se podía apreciar a varios médicos durante una cirugía. Melinda pensó que uno de ellos tenía una expresión de miedo que no necesitaba de traducción.
Recordó que había otro mural en el área de pediatría frente a los dos primeros. Se dirigió al lugar, sabía que aquel sitio no funcionaba hacía más de veinte años. Se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no pudo. Al principio pensó que estaba cerrada con llave, pero al girar la cerradura se percató que estaba trabada. Los años sin uso la habían oxidado. Trató de abrirla un par de veces más sin éxito. Observó a través de los vidrios de la puerta y vio el mural al fondo del cuarto. Volvió a zarandear la puerta y cogió el viejo tirador de hierro con una mano y el picaporte con la otra. Giró el pomo y jaló del tirador, la cerradura cedió y la puerta se abrió. Ingresó despacio a la gran sala en donde incontables niños pasaron la noche hace mucho tiempo atrás. El mural se hallaba a solo unos metros de distancia, trató de encender las luces, pero esta vez no consiguió su objetivo. Los fluorescentes habían cumplido con su tiempo de vida útil hacía décadas. Pero la tenue luz de los focos de emergencia ingresaba por la puerta y pudo observar algo del mural. Esta vez se trataba de dibujos infantiles de Disney: Mickey Mouse, Pluto y Tribilín con grandes sonrisas y ojos alegres. Estos personajes alguna vez hicieron la estancia de los niños internados más grata, pensó la enfermera con una media sonrisa en sus labios. Se acercó para leer la firma en el mural, Apolonio, pudo leer en el costado inferior derecho del mural.
Mientras seguía concentrada en los personajes infantiles percibió una corriente helada en su cuello que la hizo estremecerse. Con el rabillo del ojo, pensó ver una figura que se movió muy cerca a sus espaldas. Volteó de inmediato, no vio nada, pero volvió a sentir aquella corriente fría en su nuca. Oyó voces apagadas en el fondo de la sala, su corazón dio un vuelco, era una sensación algo fantasmal. Pero luego de pensarlo un poco creyó que eran imaginaciones suyas. Salió de la sala de pediatría de prisa y cerró la puerta de inmediato. Apagó las luces que tenía encendidas en el pasillo y bajó la escalera. Ya había saciado su curiosidad, pero había algo allá arriba que no le daba buena espina y prefirió trapear el piso si era necesario para mantenerse ocupada el resto de la noche.