Historias entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, octubre -diciembre de 1923.

I

La noticia de que estaba embarazada no la tomó por sorpresa, sin embargo, un curioso destello de esperanza se asomó a sus ojos llenándola de infinidad de sensaciones que estaba segura no debería albergar. Se sentía feliz. Por un lado, pensó que un bebé era un regalo de Dios y le daría un motivo a su hasta ahora desgraciada vida de casada, pero, por otro lado, estaba asustada, no tenía idea de cómo reaccionaría Igor. Nunca hablaron de tener hijos, aunque era algo implícito en todo matrimonio ucraniano. No llevaban más de tres meses de casados y las cosas no habían mejorado

desde su noche de bodas, por el contrario, habían empeorado y a pesar de la felicidad de saber que sería madre, también temía que la rudeza que mostraba Igor en la intimidad pudiera causarle algún daño a su futuro bebé.

Igor nunca se había caracterizado mucho por preocuparse por las necesidades de Kataryna, con aquella única excepción cuando le había salvado la vida en el bosque, pero desde que se habían casado, bebía casi todos los días después del trabajo y llegaba a casa pasado de copas. Se había vuelto mucho más violento cada vez que obligaba a su esposa a que cumpliera con sus obligaciones maritales. Kataryna intentaba mantenerse inmóvil y lo más relajada posible esperando a que su esposo terminara y se quedara dormido por el efecto del cansancio y el alcohol.

Suspiró preocupada y estresada mientras llevaba ambas manos a su vientre y se lo acariciaba. A pesar de su condición, la joven no había experimentado malestar alguno, se sentía bastante bien físicamente, no obstante, no podía decir lo mismo de su estado emocional. Se sentía vacía y poco apreciada y muchas veces pensaba que no tenía valor alguno para su esposo. Se sentía como un mueble viejo que después de ser usado se deja en abandono cuando ya no sirve. Pero con este bebé sería diferente, era una pequeña personita que aún no había nacido, pero ya dependía de ella, la necesitaba y la valoraría por siempre.

Después de aquella seria y poco agradable plática que había sostenido con su madre, Kataryna se había resignado a aceptar que no encontraría amor en su matrimonio, pero nunca pensó que las relaciones íntimas con su esposo serían tan humillantes, repulsivas y hasta repugnantes. No le había hablado de los maltratos de Igor con su madre, es más, no había hablado de eso con nadie. Llevaba esa carga estoicamente dentro de su alma. Kataryna no solía confiar sus problemas personales a nadie. No hablaba mucho sobre si misma con su familia ni con sus amistades.  Aunque ahora ya no le importaba, ya que todas las humillaciones y los vejámenes que había sufrido, solo la habían conducido hasta el bebé que cargaba en sus entrañas y por el cual daría su vida si fuera necesario.

Suspiró y una suave sonrisa se dibujó en sus labios mientras volvía a acariciar su vientre.

II

Se despertó en medio de la fría noche de un modo sobrecogedoramente repentino, presa de fuertes dolores en el bajo vientre. Trató de moverse, pero sintió un escalofrío en la espalda y una fuerte tensión en el pecho lo que le dificultaba respirar. Volteó la cabeza a un lado y observó a su esposo durmiendo en posición fetal, con los ojos entreabiertos, los labios separados y emitiendo fuertes ronquidos.

_ Igor, Igor_ lo llamó entre dificultosos jadeos.

Igor se encontraba tan ebrio que no advirtió la penosa situación de su esposa.

Kataryna extendió un brazo en su dirección y lo sacudió un par de veces levantando la voz todo lo que pudo, pero Igor se removió inquieto, cambió de posición dándole la espalda y siguió durmiendo.

Una creciente pesadez la aturdía. Otro fuerte espasmo en el bajo vientre la hizo gritar. Su corazón latía frenéticamente, jadeaba esperando que el dolor remitiera. Mantenía los ojos bien abiertos, observando el techo sobre su cabeza, pero en ellos se pintaba una expresión asustada y aturdida. Sintió que un líquido tibio se extendía debajo de su cuerpo. Llevó una mano a su entrepierna y comprobó aterrada que el líquido que mojaba sus dedos era sangre. Cuando el dolor atenuó, se incorporó en la cama entre jadeos y pudo observar con mayor claridad que la pérdida de sangre era mucho mayor de lo que ella suponía. Una oleada de pánico la asaltó en ese momento. Se puso de pie con una expresión aterrorizada, sintió las piernas débiles y tuvo que sujetarse de la pared para buscar sus zapatos. Le acometió en ese momento una sensación de vértigo e irrealidad.

 Otra contracción la arrasó con tal fuerza que casi cayó al piso emitiendo un grito ahogado. Se sintió incapaz de avanzar como si estuviera anclada a una enorme roca de dolor. Cuando pudo recuperarse, avanzó a tientas por la oscuridad del cuarto tanteando la pared hasta encontrar su abrigo, percibió que sus manos le temblaban al igual que sus piernas. Cuando pudo vestirse, salió de la casa en busca de ayuda. El aire frío de la noche de invierno la asaltó en el rostro de inmediato.

 La casa más cercana era la de sus suegros que se encontraba a poco más de un kilómetro de distancia. Movía las piernas con dificultad, no solo por el intenso dolor que sentía sino también por la nieve que se había acumulado durante la tormenta del día anterior. Arrastraba las piernas, sujetándose de algún árbol cuando otra contracción la asolaba con fuerza. El viento se alborotaba violentamente a través del campo llano, arrastrando la nieve como si fuera la espuma de las enfurecidas olas de un mar borrascoso.

Gritó de dolor, pero sus quejidos se vieron opacados por el fuerte silbido del viento. Jadeó un par de veces sosteniendo su apenas abultado vientre, a medida que sus mejillas se encarnaban por el frío y la desesperación. Otra oleada de pánico la amenazó de nuevo, abrumándola completamente.

Tuvo unos segundos de lucidez cuando el dolor remitió un poco. Una lógica aterradora y aplastante la sobresaltó. Estaba perdiendo al bebé y no había nadie quien la ayudara, debía llegar a casa de sus suegros a como diera lugar.

El viento libre de obstáculos silbaba violentamente en la inmensidad del paraje. Luchó con agitación contra la nieve amontonada, su silueta oscilaba entre la negra penumbra y el implacable viento. De pronto cayó al suelo torciéndose cuando un aberrante calambre se adueñó de su vientre. Se llevó una mano al lugar de donde provenía el dolor, mientras se mordía la otra para extinguir los alaridos que amenazaban con escapar de su garganta. Una gran nube de nieve se elevó en el aire a su alrededor, y el viento se encargó de disiparla, esparciéndose levemente sobre su rostro adolorido.

El viento del crudo invierno emitía un sonido muy desagradable, algo así como un zumbido monótono y algo amenazante que no se interrumpía.

Intentó incorporarse, pero lo único que consiguió fue otro espasmo, por lo que al cabo de un rato se arrastró hasta un tronco cercano y se aferró a él para tratar de ponerse de pie. El desasosiego y la desesperación la atenazaban por dentro.

 Cuando al fin se incorporó, retomó su difícil caminata, le tomó casi una hora llegar a su destino y cuando lo hizo golpeó la puerta con las pocas fuerzas que le quedaban.

Su suegro abrió la puerta y acercó la lámpara hacia ella, la luz tiñó su rostro de una palidez cadavérica. Su camisón blanco llevaba una gran mancha roja que cubría casi toda la parte baja de la prenda. El hombre llamó a gritos a su esposa y ayudó a Kataryna a entrar en la casa.

_ ¿Dónde está Igor? _ preguntó su suegra con una expresión desesperada que no tranquilizó en nada a Karatyna.

_ Está dormido, no pude despertarlo_ dijo Kataryna en un susurro apenas audible, empezaba a ver estrellas bailando a su alrededor.

En ese momento otra contracción estremeció su agotado cuerpo y su suegra la ayudó a tenderse en la cama. La mujer ordenó a los sirvientes a que calentaran agua mientras auscultaba a Kataryna.

_El bebé está a punto de nacer_ anunció con el rostro desencajado_ Espera a que te diga y puja con todas tus fuerzas_ agregó.

_ ¡No puede nacer, apenas tiene cinco meses! _ dijo Kataryna desesperada.

_ Este bebé se viene ahora mismo_ espetó su suegra.

Kataryna sintió otra contracción que la paralizó por completo.

_ ¡Vamos Kataryna puja ahora!

La joven estrujó las mantas de la cama con ambas manos y pujó con todas sus fuerzas mientras emitía un gruñido de dolor y desesperación casi animal.

_ Ya está fuera_ dijo la mujer.

Karatyna no podía mover los ojos, las estrellas que veía a su alrededor empezaron a desaparecer. De pronto, el mundo empezó a oscurecerse, la luz se fue esfumando, desapareciendo como el agua que se desliza por el desagüe de un sumidero. Trató de preguntar por el bebé, pero su voz se fue apagando como la llama de una hoguera que termina por consumirse.

Empezó a recuperar la consciencia cuando la luz del sol ingresaba a través de la ventana de la habitación. Se llevó una mano al rostro tratando de evitar la intensa claridad del día. El viento había amainado y se apreciaba algún que otro claro en el cielo. No recordaba donde estaba ni que había sucedido. Movió la cabeza a la derecha y luego a la izquierda tratando de reconocer el lugar. De pronto, como si algo le hubiese caído sobre la cabeza, todo le regresó a la mente. Los dolores, la difícil caminata hasta la casa de sus suegros y el nacimiento de prematuro de su bebé.

Dio un respingo y abrió los ojos de golpe. Se vio sumida en la fuerte luz de un amanecer del color oro.  Todo estaba en silencio, en calma, pensó que era la calma posterior a la conmoción y se sintió abrumada por una sensación familiar e incómoda que le inundó el pecho hasta formar un inmenso nudo en su garganta. Tragó saliva tratando de deshacer la desagradable sensación.

 Trató de incorporarse, pero aún se encontraba muy débil, debido a la masiva pérdida de sangre y al gran esfuerzo que tuvo que soportar su cuerpo.

_No te levantes_ oyó decir a su suegra que se encontraba de pie observándola desde el umbral de la puerta de la habitación que ocupaba.

_ ¿Cómo está mi bebé? _ preguntó de inmediato. Aunque en su corazón sabía a la perfección la respuesta a esa pregunta.

Recorriendo la habitación con la mirada, se veía pálida y desmejorada. Se detuvo en el rostro de la madre de Igor, la mujer parecía nerviosa y huidiza.

_ ¡Deme a mi bebé! _ dijo Kataryna con voz angustiada.

 Sus pensamientos se volvían cada vez más sombríos y desesperados.

La mujer miró a su nuera con desazón y le habló con voz casi inaudible.

_ El bebé nació muerto, era una niña_ agregó.

Kataryna sintió que el mundo se le venía abajo, emitió un grito estentóreo y desgarrador de desagradable sorpresa y horror. La embargaron el dolor y la desesperación. El sonido de su voz desgarró su corazón, no pudo soportarlo y terminó desmayándose.

El padre de Igor acercó unas sales aromáticas a la muchacha. Poco a poco Kataryna volvió en sí. Al estar totalmente consiente la realidad la arrasó como un sunami que destruyó todo a su paso. La tristeza y el terror la desquiciaron por completo y se sintió totalmente perdida. Quiso estar muerta, deseó haber muerto junto con su bebé. Odió a Dios en aquel momento con una fuerte punzada de amargo resentimiento, por haberle arrebatado a su bebé y dejarla viva. Su llanto desgarrador inundó la habitación mientras trataba de incorporarse. Le fue difícil emitir palabra, presa de su desbordante desconsuelo, cuando lo hizo lo que brotó de su garganta no fue más que una suerte de palabras envueltas en gemidos.

_ ¡Deme a mi bebé! _ exigió.

La mujer le entregó el pequeño feto del tamaño de un puño envuelto en una blanca manta. Kataryna acunó a su niña entre sus brazos antes de destaparla y observarla. La niña no había terminado de desarrollarse, era tan pequeña que cabía en la palma de una mano. Carecía de cejas y pestañas. La cabeza era mucho más grande que el reto del cuerpo. Su piel era translúcida, se podía observar algunos órganos a través de ella.

Kataryna abrazó a su bebé totalmente desolada, las lágrimas empezaron a caer de nuevo por sus mejillas y su cuerpo empezó a estremecerse una y otra vez debido al shock que estaba sufriendo.

Se mantuvo a ferrada a su bebé por largo tiempo, negándose a aceptar lo que había sucedido. Poco a poco, lentamente, fue calmándose y recuperando sus facultades. La negación dio paso a la aceptación. La aceptación era el inicio de la sanación espiritual, o al menos eso decían.

III

Todo el pueblo estuvo presente en el sepelio, todo el pueblo a excepción del padre de la difunta niña. Kataryna sentía el peso de todos los ojos. Pesados, asfixiantes y compasivos.

 Paseó los cansados y enrojecidos ojos alrededor y observó a un anciano que mostraba la frente despejada, el cabello peinado en una esmerada raya, poseía un ceñudo rostro enrojecido hasta el nacimiento de su fina y escasa melena, como si se encontrara molesto por tener que pasar aquella tarde helada de domingo en el cementerio, en vez de pasarlo frente a la hoguera de su cómoda morada.

A la derecha de aquel hombre que no reconoció, se encontraba una mujer mucho más joven que le sonreía con incomodidad, llevaba los ojos bien abiertos, los labios cerrados y la comisura ligeramente echada hacia atrás.

 Kataryna apretó los labios en una fina línea, mientras cerraba los ojos para evitar seguir viendo a todas aquellas personas que ni siquiera conocía. El rostro de Igor apareció ante ella esbozando una de sus desagradables sonrisas, en la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. Para los que la observaban con detenimiento y curiosidad, su rostro parecía compuesto, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre su pecho. Suspiró profundamente y abrió los ojos, mientras el patriarca terminaba su oración.

Kataryna se acercó a la tumba y echó una palada de congelada tierra sobre la tapa del pequeño féretro. Unas piedrecillas rebotaron y rodaron por los lados. Un hombre alto que ostentaba una bien cuidada barba color azabache la contempló con expresión compasiva y una sonrisa forzada, poco natural y que le requirió de un gran esfuerzo.

Los sepultureros terminaron el trabajo en pocos minutos y los asistentes empezaron a retirarse lentamente.

Kataryna caminaba con pasos cansinos, la cabeza gacha, ligeramente rezagada, parecía fuera de lugar, mientras su madre trataba de sostenerla de uno de sus brazos, acababan de dejar el cementerio y se sentía totalmente desolada. Sus pensamientos turbulentos, no contribuían en nada a su paz mental. Se desplazaba como un autómata mientras sus recuerdos la aturdían abrumadoramente.

Recordaba a Igor, y la forma impasible como había reaccionado cuando se enteró que Kataryna había dado a luz a su bebé muerto. Miró a la joven inexpresivamente, habló solo unas pocas palabras en tono seco e indiferente, antes de salir de la habitación en donde ella aún se encontraba convaleciente.

Anastasia acompañó a su hija a su casa luego del funeral mientras el día se consumía hacia el anochecer. La joven se mantenía con ademanes lentos y una sensación de tremenda fatiga no solo física sino emocional.

_ Voy a prepararte algo de comer_ dijo su madre luego de ayudarla a sentarse a la mesa.

Kataryna negó con la cabeza.

_No tengo hambre _ respondió.

_ Debes comer para reponerte rápidamente, tu esposo te necesita.

Los ojos de Kataryna atravesaron a su madre. La miró con expresión sombría y su madre observó las oscuras ojeras de fatiga y desazón que le rodeaban los ojos. Pero no pudo percibir las lóbregas y nebulosas profundidades de sus pensamientos.

_ Igor está tan dolido que no pudo ir al entierro_ se explicó su madre.

La joven acogió aquella afirmación con cierto escepticismo, quiso protestar, pero se quedó callada. No pensaba discutir con su madre al respecto. No serviría de nada, para todos los que los conocían, Igor era el mejor esposo del mundo.

_ Ya llegará el momento correcto cuando tengas que ser madre_ le dijo Anastasia mientras le acariciaba la espalda tratando de relajar la tensión que la muchacha estaba viviendo.

Kataryna asintió, no deseaba seguir hablando al respecto, necesitaba descansar y sanar sus heridas, de lo contrario sabía que se desmoronaría y si lo hacía no podría seguir adelante.

_Como alguien dijo alguna vez: “Existir es sobrevivir a elecciones injustas de la naturaleza” _ agregó su madre.

Kataryna volvió a asentir sin decir palabra alguna.

Cuando al fin su madre la dejó sola, deslizó los pies lentamente rumbo a su habitación. Se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos lentamente. Se incorporó, retiró la manta de la cama y se tendió sobre ella. Se tapó con la manta descuidadamente y cerró los ojos. Por un instante, volvió a desear estar muerta, unas lágrimas descendieron por su mejilla. Se las enjugó con el dorso de su mano, suspiró pesadamente un par de veces y pensó que a pesar de haber perdido a su bebé no era el fin del mundo, ni ella era la única mujer que había pasado por algo semejante. La vida seguía y ella tendría que intentar sobreponerse a ello.

Oyó un ruido en la puerta de la casa. Luego pasos vacilantes que se acercaban a la habitación. Supo de inmediato quien era. Kataryna se puso en alerta, todo su cuerpo se tensó de inmediato. Esperó inquieta con un remolino de emociones encontradas. La puerta se abrió lentamente, la joven le dirigió una mirada fulminante al hombre que entraba a la habitación en un estado lamentable, estaba completamente ebrio. Igor dijo algo que fue totalmente ininteligible para Kataryna. El joven caminó dando tumbos hacia la cama y la muchacha se levantó de inmediato. Igor trastabilló con su propio pie y cayó en el medio de la cama. Trató de levantarse, pero le fue imposible, segundos después se quedó profundamente dormido.

Kataryna suspiró pesadamente y una oleada de tristeza la volvió a invadir, sus ojos se llenaron de lágrimas y volvieron a inundarle las mejillas mientras se dirigía a la cocina. Suspiró derrotada. Se preguntó como haría para seguir viviendo al lado de un hombre a quien no amaba y que no la amaba a ella.

Igor evitó hostigar a su esposa durante un par de semanas, trató de mantenerse sobrio durante ese tiempo con poco éxito. Para suerte de Kataryna, el joven llegaba a la casa muy tarde y debido a su embriaguez se dormía rápidamente. Pero esto no duró mucho tiempo. Una noche llegó fastidiado, empujando los muebles y farfullando como un poseso. Kataryna se exaltó de inmediato al verlo en ese estado. Igor la tomó del brazo y la llevó a la habitación a la fuerza.

_ ¡Suéltame me lastimas! _ gimió asustada.

_Has estado evitándome y quiero que cumplas con tu obligación de esposa en este instante_ dijo con voz medio borracha.

El corazón de Kataryna amenazaba con salírsele por la boca, estaba asustada, temerosa de lo que Igor pudiera hacerle.

_ Tiéndete en la cama_ dijo él mientras se desabrochaba el pantalón.

Kataryna obedeció con los ojos llenos de lágrimas de consternación. Igor se tendió sobre ella y la besó en la boca con una fuerza paralizadora. La joven dejó de respirar contando los segundos para que él se alejara. Pronto lo hizo, solo para levantar la falda de su esposa y obligarla a abrir las piernas con su rodilla.

_ No te resistas, eres mi esposa_ dijo él en su oído con la voz llena de lujuria que a Kataryna le pareció terriblemente desagradable.

Trató de permanecer quieta para que él terminara rápidamente. Igor la penetró sin delicadeza y ella emitió un gemido profundo de dolor que él confundió por placer. Esto le excitó sobre manera y la poseyó como un animal furioso. Poco después, Igor hundía su rostro en los cabellos de Kataryna con un gruñido sonoro. La muchacha solo atinó a alejarse del rostro de su esposo. Pronto, Igor la dejó libre y se tendió de espaldas en la cama. No dijo palabra alguna. Pronto se quedó dormido.

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