El Hospital (Segunda parte)
II
Alejandro dejó su oficina y se dirigió con pasos ágiles hasta la sala de descanso con la intensión de tomarse un café. para llegar hasta allí tenía que pasar indefectiblemente frente a la oficina de Laura. Ella tenía la costumbre de mantener la puerta abierta para que la gente se sintiera en libertad de entrar y hablar con ella de lo que necesitaran. Le gustaba que los empleados o cualquier miembro de la comunidad se acercara sin necesidad de citas o anuncios previos. Alejandro no pudo evitar detenerse y observarla por unos segundos, ella se encontraba muy concentrada en unos documentos que tenía entre sus manos y no se percató de la presencia del abogado, que caminó resuelto hacia la puerta.
Laura notó una silueta en el umbral de la puerta. Levantó la mirada y en sus labios se dibujó una sonrisa al ver al visitante.
_Alejandro_ dijo al verlo_ no imaginé que fueras tú.
_Hola Laura, pensé que estarías en alguna de las comunidades.
_Bueno, también tengo que presentar informes, tengo una reunión con el gerente esta tarde. ¿Me necesitas para algo?
Alejandro pensó en una lista bastante extensa de necesidades que podía mencionarle a ella, pero prefirió cerrar la boca.
_No_ dijo con una media sonrisa que a Laura le pareció encantadora_ solo quería saludarte.
_ ¿Quieres pasar, o estás muy ocupado?
_ Iba por un café, no quiero molestarte.
_Siempre tengo unos minutos para ti_ dijo ella y se sonrojó.
_Me gusta cuando te sonrojas_ dijo él sin pensarlo y se arrepintió de inmediato.
Laura volvió a sonrojarse, se comportaba como una adolescente tonta cuando de Alejandro se trataba. El abogado entró a la oficina y se sentó frente a ella.
_El domingo comeremos en mi casa_ dijo Laura tratando de desviar la conversación hacia temas menos escabrosos.
_Pensé que le tocaba a Melinda_ dijo él frunciendo el ceño.
Laura se puso algo inquieta.
_ ¿Melinda no te lo dijo? _ preguntó sin mirarlo a los ojos.
_ ¿Qué cosa? _ preguntó él a su vez.
_ Dejará de asistir a los almuerzos_ contestó ella sin mirarlo.
Alejandro la observó desconcertado.
_ ¿Qué ha sucedido, hice algo que la molestó? _ preguntó algo desconcertado.
Laura levantó la mirada y se encontró con la mirada cada vez más perdida y desconcertada del abogado.
_ ¿Por qué preguntas eso? _ dijo ella confundida.
Alejandro se puso algo nervioso. Se puso de pie y desfiló frente al escritorio de la psicóloga con las manos en las caderas.
_ ¿Alejandro? _ preguntó ella moviendo de un lado a otro la cabeza observándolo, como si el abogado fuera una pelota de tenis en un campo de juego.
Se detuvo y la enfrentó, los ojos verdes de Laura lo escrutaban intrigados. Suspiró antes de hablar, lo cual inquietó a la psicóloga.
_Cuando te fuiste el otro día, Melinda y yo tuvimos una charla_ dijo él con precaución.
_ ¿De qué charlaron? _ preguntó ella perpleja por la extraña actitud de su amigo.
Él volvió a suspirar, no sabía si era conveniente que Laura lo supiera.
_ Me estás preocupando_ dijo ella.
_ No tienes porque, lo que sucede es que le dije sutilmente que no estaba interesado en ella_ dijo_ espero que no esté molesta por ello.
Laura entreabrió los labios sorprendida, pero trató de disimularlo lo mejor posible.
_Lo siento, no debería haber insistido en que hablaras de esto, no es de mi incumbencia_ dijo ella incómoda, pero a la vez extrañamente aliviada.
_No tienes que sentirlo, pensé que tal vez ella no se sentía cómoda asistiendo a los almuerzos por ese motivo.
_No me mencionó nada sobre la conversación que mencionas, pero sí mencionó el motivo por el que no asistiría a los almuerzos_ mintió _ dijo que no tenía tiempo, que estaba algo ocupada con las guardias.
Alejandro asintió no muy convencido. Pero Laura no pensaba decirle la verdad, no pensaba mencionarle que su antigua amiga pensaba que era mejor no inmiscuirse en la relación de la psicóloga y el abogado.
_ ¿Te gustaría cenar en casa esta noche? _ preguntó él olvidándose por completo de Melinda. Sus ojos brillaron expectantes.
Laura pensó que se veía muy atractivo, su corazón latió con fuerza y de inmediato se odió por las sensaciones que estaba experimentando. Se había jurado que nunca más se enamoraría, había levantado una barrera a su alrededor, quería evitar que alguien volviera a acercarse a ella, pero Alejandro estaba destruyendo esa barrera más rápido de lo que ella podía volver a reconstruirla. Pensó en inventarse alguna excusa, pero al abrir la boca dijo todo lo contrario.
_Sí, me gustaría_ contestó.
Él le dedicó la mejor de sus sonrisas.
_ Perfecto, ¿te parece si te espero para llevarte a casa?
_Sí_ volvió a repetir.
Él volvió a sonreírle satisfecho.
_Será mejor que te deje trabajar entonces_ agregó antes de dejarla sola.
III
La segunda noche de guardia había trascurrido sin contratiempos, con excepción de un trabajador que se había presentado con fuertes dolores abdominales. Al principio, Melinda pensó que podía tratarse de apendicitis, pero de inmediato descartó su diagnóstico inicial cuando el hombre le explicó lo que había cenado antes de presentarse al trabajo. Había tomado parte en las celebraciones de un cumpleaños y la lista de alimentos que ingirió era interminable. Todo resultó ser una gran indigestión.
La tercera noche, sin embargo, le pareció oír las mismas voces que percibió en el segundo piso, solo que esta vez las oía en el pasillo del primer piso. Al principio, parecía ser un murmullo lejano, no entendía lo que las voces repetían, pero mientras la noche avanzaba fría e inexorable fuera del hospital, Melinda pudo captar alguna que otra palabra al azar. “Por favor”, “Perdón”, “No”. Sacudió la cabeza, se dijo a sí misma que el cansancio y las malas noches la hacían imaginarse cosas.
_ ¿Melinda? _ dijo una voz que la hizo dar un respingo en su asiento.
_ ¡Por dios doctor, casi me mata de un susto! _ dijo llevándose una mano al pecho, en donde su corazón latía acelerado.
_ Lo siento, no quise asustarte_ dijo el médico con el rostro algo avergonzado.
_No se preocupe doctor_ contestó la enfermera intentando calmar su acelerado corazón relajarse.
_Estabas tan absorta en tus pensamientos_ dijo el galeno.
_Lo que sucede es que ese sonido el que parece un murmullo me tiene estresada_ dijo la enfermera.
El doctor la miró con el ceño fruncido.
_ ¿Qué murmullo? _ preguntó.
_ ¿No lo oye? _ preguntó la enfermera algo confundida, ya que para ella sonaba bastante alto.
El galeno prestó atención, pero al parecer no oía nada.
_ Solo oigo, el aullido del viento tal vez sea eso lo que estás escuchando_ aventuró a decir.
Ella negó con la cabeza.
_ Venga, acompáñeme_ dijo_ si se interna dentro del edificio lo oirá.
Ambos caminaron despacio por el pasillo principal, mientras se internaban profundamente en la desolada oscuridad del hospital. Cuando Melinda pensó que estaban a suficiente distancia, el médico trató de encender la luz, pero parpadeó dos veces y luego se apagó con una pequeña explosión.
_Se quemó el foco_ anunció el galeno.
_ ¡Genial! _ dijo Melinda, su voz sonó mucho más sarcástica de lo que quería.
Se quedaron en silencio, tratando de escuchar algo, reinaba la oscuridad, una oscuridad cavernosa y un silencio sepulcral. El aullido del viento, afuera del hospital había cesado, como si alguien lo hubiese cortado de tajo. En medio del silencio Melinda sintió el martilleo de su corazón. Los murmullos se oyeron más fuertes, el galeno pudo oírlos también y abrió los ojos en señal de asombro.
_ ¿Lo oye? _ dijo Melinda y su voz retumbó en las paredes.
El médico se sobresaltó al oírla y se le erizó la piel.
_Sí, lo oigo_ contestó con voz trémula.
La tomó del brazo y la arrastró por el pasillo hasta regresar a la sala de emergencia.
_ ¿Por qué hizo eso? _ preguntó ella.
_Me considero escéptico en cuanto a los fantasmas y cosas por el estilo, pero no me sentí muy bien allá_ dijo señalando el fondo del oscuro pasillo.
_ ¿De qué habla? _ preguntó Melinda intrigada.
El doctor exhaló una gran bocanada de aire, que al parecer había estado reteniendo en sus pulmones.
_Pude entender algunas palabras entre los murmullos_ dijo.
Melinda le indicó con la mirada que continuara hablando.
_Oí, “John”, “por favor”, “déjame”, “perdón”.
Melinda lo miró con los ojos encendidos por la sorpresa. Algunas de las palabras eran las mismas que ella había oído anteriormente.
_Tal vez sea solo mi imaginación, tal vez sea sugestión, tu sabes, por las historias que cuentan sobre el hospital, que de por sí ya son suficientemente inquietantes_ dijo el galeno.
_ No tengo la menor idea de lo que está hablando, solo llevo aquí tres semanas y nadie me ha hablado al respecto_ dijo la enfermera.
_ Bueno, veras, yo llevo aquí algo más de un año, y lo primero de lo que me hablaron, fue de los espíritus que recorren el lugar_ dijo el galeno.
_ ¿Fantasmas? _ preguntó mientras el escepticismo teñía su voz.
_Podrías decirlo así_ contestó el doctor.
Ella se echó a reír, su risa estaba cargada de escepticismo.
_Tal vez los murmullos provienen de algún equipo algo viejo, probablemente algún generador o algo así_ dijo la enfermera intentado hallar alguna explicación lógica al fenómeno.
_No tengo la menor idea, puede que tengas razón, todo es tan antiguo aquí_ dijo el médico.
_Sea como sea, tal vez sea buena idea que me cuente las historias sobre el hospital, así tendremos en que entretenernos esta noche.
_Está bien_ dijo el doctor con una media sonrisa.
Se sentaron en la sala de espera en el área de emergencia mientras el doctor le relataba las historias que circulaban de boca en boca. Ya no había ningún personal antiguo en el hospital para corroborar aquellas historias, pero que importaba.
Las enfermeras más antiguas del hospital solían contar a sus familiares y amigos, que durante la soledad y silencio de sus guardias oían a personas penando por los pasillos del edificio. A veces, si estaban solas y muy quietas, podían ver a algunos de los pacientes que murieron en el hospital, deambulando por los pasillos, buscando algo o a alguien. Algunos, vestidos con la ropa que tal vez traían cuando llegaron al hospital, otros con batas hospitalarias con la que presumiblemente se internaron. Sus rostros siempre se veían tristes y desconcertados, parecían no tener idea de dónde se hallaban o que les había sucedido. Las enfermeras que llevaban años trabajando en el hospital, sabían que lo mejor era no intervenir con aquellas almas en pena. No les hablaban, tampoco se movían, dejaban que aquellos fantasmas desaparecieran como habían llegado. La mayoría estaba acostumbrada a ello, pero eso no significaba que no experimentaran una sensación algo espeluznante, antinatural y terrorífica.
Una de aquellas experiencias sobrepasó todo lo humanamente aceptable. Una de las enfermeras nuevas, tuvo un encuentro con uno de estos espíritus, era la de un niño pequeño, tal vez unos seis años de edad que buscaba a su madre llorando desconsoladamente. La enfermera sabía que no debía hablarle, pero sintió tanta pena que quiso tranquilizarlo de alguna manera. Le dijo que pronto encontraría a su madre. El niño cambió su rostro de tristeza por uno de consternación y luego por otro de horror. Llevó una mano a su estómago y la enfermera pudo observar como la bata blanca que llevaba se teñía de un color rojo oscuro solo en segundos. En el lugar en donde debería estar su estómago, vio un hueco del tamaño de una pelota de futbol y los intestinos colgando mientras el niño con cara de terror trataba de sujetarlos para que no se esparcieran por el suelo. La enfermera emitió un grito que alertó a todos en el hospital, incluidos los pacientes que se hallaban internados y que despertaron presa de un tremendo susto. Tuvieron que adminístrale un calmante a la enfermera, que renunció poco después, no había nada que pudiera hacerla permanecer en aquel horrible hospital, según sus propias palabras.
Luego de los relatos, Melinda observó al doctor con el escepticismo escrito en sus bellos ojos.
_ Lo sé, es difícil de creer_ dijo el galeno.
_ ¿Acaso usted ha sido testigo de algo semejante? _ preguntó la enfermera.
_ No, nada tan extraño al menos_ dijo_ solo algunos ruidos y tal vez me ha parecido ver alguna sombra que pasaba de tras de mí con rapidez. A veces siento un aire helado en el cuello o en las piernas. Pero nada de eso es algo anormal. Este lugar es viejo, las paredes y el techo crujen. Tal vez haya alguna que otra ventana abierta en alguna parte o quizás sean rendijas que nadie ha podido encontrar y cerrarlas.
_ Sí, tiene razón, yo también sentí aquel frío en el segundo piso hace unos días atrás_ dijo Melinda.
_Estabas en lo cierto_ dijo el galeno observando el reloj que colgaba de la pared_ hablar de estas historias nos ha ayudado a pasar el tiempo, ya casi es de día, en una hora más saldremos de aquí.
Melinda asintió con una sonrisa.
Pronto, la enfermera enfilaba el camino de regreso a su casa pensando en la inverosímil historia que le relató el doctor. Cuando estaba a pocos metros de su vivienda, giró el rostro a su derecha, en dirección a la casa de Laura. Suspiró algo frustrada, de seguro Laura estaba en el trabajo. Pensó que sería bueno hablar con ella. Tal vez lo hiciera en la tarde, después de dormir unas horas. Después de que dejara de ver a Alejandro, las cosas habían mejorado entre ambas. Estaba convencida de que Laura estaba enamorada del abogado, aunque hasta el momento no haya sido capaz de exteriorizado.
Desayunó un par de huevos revueltos, pan y una enorme taza de café, tal vez a otras personas el café les producía insomnio, pero no a Melinda, a ella, por el contrario, la ayudaba a dormir. Fue hasta su habitación, se sacó el uniforme y se enfundó en su grueso pijama. Se metió a la cama y en pocos minutos estaba dormida. Pero el sueño fue intranquilo, en su mente se arremolinaban recuerdos de la noche anterior, las historias del doctor junto con imágenes que su subconsciente hicieron aflorar.
Se hallaba de pie frente al mural infantil observándolo, cuando sintió aquel aire frío en su cuello y la impresión de que alguien pasaba con rapidez detrás de ella. Se volteó de inmediato, pero en realidad todo pasaba en cámara lenta. Giró sobre sus pies y observó un niño vestido con un mameluco verde y una camisa blanca. Le dio tiempo de pensar que la ropa y el peinado del niño no eran contemporáneos, incluso pudo aseverar que estaba vestido a la usanza de los años cuarenta o cincuenta. De inmediato, la escena se repitió, Melinda parada frente al mural observando a Mickey que sonreía alegre, sintió el aire frío en su cuello y volvió a tener aquella sensación de que alguien se desplazó de prisa detrás de ella, como si ese alguien o algo, volara. Volvió a voltearse y allí estaba el niño, pero esta vez se acercó muy despacio, como si las imágenes de una película pasaran a 960 cuadros por segundo. Pudo ver que en realidad no se trataba de un niño, sino de un adolescente, tal vez de trece o catorce años. Había cometido el error de pensar en un niño debido la baja estatura del jovencito. Sus rasgos le indicaban que probablemente era alguien que había nacido en la zona. Las imágenes retrocedieron como si fuera una película grabada en cinta VHS y alguien le hubiese apretado el botón de rebobinado. De nuevo, Melinda se vio observando el mural, sintió el frio aire en su cuello y observó con el rabillo del ojo que alguien pasaba detrás de ella con rapidez. Giró sobre sus talones despacio, y observó al jovencito que la miraba con ojos desorbitados, su expresión le produjo a Melinda una espeluznante sensación de pánico. El jovencito abrió y cerró la boca como si intentara decir algo, pero la enfermera se percató que el joven presentaba el parietal hundido. Parte de la materia gris colgaba sobre sus hombros en una maraña indescriptible, parecida a tela de araña en una fiesta de Halloween. Melinda profirió un grito ahogado en el sueño y se llevó una mano a la boca. Las imágenes volvieron a rebobinarse, Melinda volvía a estar frente al mural apreciándolo. El frio en el cuello, la sensación de que alguien pasa a toda prisa. El niño tratando de hablar. La terrible herida en la cabeza. Ahora no solo es materia gris lo que observa, también ve sangre que corre por el rostro escalofriante del jovencito. El ojo izquierdo sale de su órbita y queda colgando sobre su mejilla. El joven dio difíciles pasos hacia Melinda y la tomó del brazo, “Ayúdame” pronunció el joven luego de varios terroríficos intentos. La enfermera sintió un miedo glacial que le revolvió el estómago. Podía sentir los músculos de todo su cuerpo en tensión. Quiso gritar, pero estaba tan aterrorizada que ningún sonido pudo escapar de su garganta. De pronto, el joven desapareció frente a sus ojos, como si se tratara del truco de un prestidigitador.
Despertó sobresaltada, su corazón latía desbocado, respiraba entrecortadamente. Un sudor frío cubría su rostro. El sueño fue tan real que estaba aterrada. Se levantó de la cama de inmediato y fue al baño. Se miró al espejo y se vio sudorosa y pálida. Se echó agua en el rostro para tratar de tranquilizar su corazón horrorizado. Suspiró un par de veces hasta que su cuerpo se fue calmando. Regresó a la habitación y vio la hora, eran las cinco de la tarde. Había dormido nueve horas y se sentía como si no hubiese dormido nada.
Se preparó un sándwich que haría las veces de almuerzo y lonche. Se sentó en la cocina y comió recordando el sueño que había tenido. Le parecía increíble recordar cada detalle, normalmente, solo recordaba la última parte de los sueños que tenía y poco después de despertar se le olvidaban por completo. En este caso, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo recordaba más detalles, detalles perturbadores, que la estremecían de tanto en tanto, hasta podía oler la sangre y la materia gris del niño de su pesadilla.
Emitió un suspiro profundo intentando borrar aquellos horrorosos recuerdos de su mente, luego, se dirigió a la puerta, salió al jardín y observó la casa de Laura. Enseguida vio el Corola celeste detenerse frente a la casa de la psicóloga. Poco después, la vio apearse del carro y despedirse del chofer del vehículo con un gesto de su mano. El carro retornó por el camino por el cual había llegado y Laura bajó las gradas en dirección a su vivienda. Melinda esperó unos minutos antes de enfilar el sendero que la conducía hasta la casa de su amiga.
Pronto se encontró sentada en la sala con el rostro algo desencajado, lo que preocupó a Laura.
_ Espero no molestarte_ dijo Melinda con una sonrisa algo nerviosa.
_No hay problema ¿quieres comer algo? Porque estoy hambrienta.
_No, acabo de comer un sándwich.
_ ¿No te molesta si como algo mientras hablamos? _ preguntó Laura.
_ No, por favor, estas en tu casa_ contestó Melinda.
Ambas se dirigieron a la cocina, Laura se movió de un lado a otro buscando ollas, y calentando la comida. Pronto, se sentó frente a Melinda con un plato humeante frente a ella. Empezó a comer mientras observaba a Melinda moviéndose inquieta a un lado y otro de su asiento.
_Estas algo nerviosa_ dijo la psicóloga. Melinda le dedicó una sonrisa forzada. _ ¿Qué sucede? _ preguntó.
La leve sonrisa se le desdibujó.
_ Anoche tuve una experiencia extraña en el hospital_ empezó diciendo.
La enfermera relató cada detalle de lo que había sucedido en el hospital la noche anterior. La sensación de haber visto algo o a alguien, los susurros, las historias del doctor y los sueños extraños que había tenido.
_Creo que te sugestionaste con las historias del doctor y tu cansancio contribuyó a que tuvieras pesadillas_ explicó la psicóloga con aire profesional.
_ Fue una experiencia muy real_ dijo Melinda levantando ambas cejas_ aún me siento algo nerviosa, inquieta, sigo suspirando de tanto en tanto, no puedo eliminar la opresión que tengo en el pecho.
_ Entiendo, a veces sucede, el sueño es tan real que creemos que en verdad ocurrió. No es común, pero sucede_ dijo Laura.
Melinda sacudía la pierna derecha incontrolablemente. Seguía pálida, ojerosa y tenía las manos frías como dos cubos de hielo.
_ Tal vez sea bueno que vayamos al hospital y veamos a un médico, recomendaré que te receten un sedante leve y vuelvas a la cama y descanses_ dijo Laura.
_ No puedo, mi turno empieza a la medianoche_ dijo Melinda.
_ Si te encuentras inquieta, será mejor que te den descanso médico.
_ No puedo_ repitió_ apenas he empezado a trabajar, no voy a pedir descanso médico.
_Entonces, voy a darte unas gotas de clonazepam, solo unas gotas para que te relajes y puedas trabajar.
Melinda asintió, Laura fue a su cuarto por las gotas. Se las dio a Melinda junto con un vaso de agua.
_ Solo cuatro gotas, eso te relajará. No quiero que te preocupes, te sentirás mejor mañana.
Melinda volvió a asentir con una media sonrisa.
Regresó a su casa y decidió intentar dormir unas horas antes de ir a trabajar. Esta vez lo hizo sin pesadillas y al despertar se sintió mejor, tenía la mente despejada y la energía renovada.
Aquella noche de guardia pasó sin ningún tipo de sobresaltos, cuando regresó a su casa a la mañana siguiente casi le da un infarto. Parecía que un huracán había pasado por todas las habitaciones de la vivienda: los libros de la sala estaban regados por todas partes; los platos estaban rotos, como si alguien los hubiera estrellado contra el piso; la ropa en su habitación cubría gran parte del piso, la cama y algunas incluso colgaban del cortinero; el rollo de papel higiénico estaba extendido por toda la casa como guirnaldas en un árbol de Navidad. Se frotó los ojos con ambas manos e intentó comprender lo que había sucedido.
_ ¡¿Qué diablos pasó aquí?!_ preguntó en voz alta como si se dirigiera a alguien más.
Tomó el teléfono y llamó a seguridad. Estaba convencida de que algún grupo de chiquillos estuvo divirtiéndose a sus anchas en la casa mientras ella se encontraba trabajando.