Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, invierno de 1924.

I

Kataryna se levantó de la cama tan rápido como le permitieron sus piernas y corrió al cuarto de aseo. Las náuseas que la habían atormentado durante toda la semana se habían acrecentado. Vomitó violentamente en la palangana de peltre, salpicando incluso el aguamanil, y a continuación retrocedió dando tumbos acuciada todavía por fuertes arcadas.

Observó asqueada todo el desorden que había causado y esto le provocó más arcadas.

Volteó el rostro y se limpió los labios con una toalla.

 Las náuseas volvieron a adueñarse de ella, tomó la palangana, la colocó en piso y se arrodilló delante de ella.

Volvió a vomitar, pero ya no quedaba otra cosa en su estómago más que bilis.

 Tuvo que salir al patio trasero en busca de agua ya que el aguamanil presentaba pequeños trozos de lo que había sido su cena a medio digerir. Poco después, se enjuagó la boca y regresó a la habitación.

 Sintió un fuerte mareo y tuvo que sujetarse del marco de la puerta para no caerse. Se le nubló la visión por unos instantes. Respiró profundamente un par de veces para recuperarse. Lentamente, volvió a recobrar la visión y el mareo fue cediendo.

Caminó despacio hasta su cama y se sentó en ella. Las inhalaciones y exhalaciones profundas la ayudaron a regresar a la normalidad.

Se hallaba segura ahora, estaba embarazada de nuevo.

Una placentera sensación le recorrió el cuerpo y se alojó en su pecho. Se sintió gratamente sorprendida, aunque sabía que tarde o temprano podía volver a ocurrir, pero a la vez una sensación de turbación pugnaba por sobrecogerla. A pesar de ello no pudo evitar que una suave sonrisa adornara su rostro.

Pero la sonrisa se le desdibujó inmediatamente, todos los recuerdos de su primer embarazo la sacudieron como una tormenta de verano. Los dolores, la indiferencia de Igor cuando más lo necesitó, la difícil caminata hasta la casa de sus suegros, el nacimiento prematuro de su bebé y la terrible desazón que sintió al enterarse de que la niña había nacido muerta. El pánico se apoderó de ella rápidamente. El miedo de la muchacha parecía algo físico, espeso y asfixiante.

 ¿Y si volvía a perder al bebé?

Sacudió la cabeza fuertemente tratando de eliminar los malos pensamientos. No tenía por qué volver a suceder. Pero no podía evitar sentirse apesadumbrada, y confundida. Con el rostro terriblemente desencajado, incapaz de mantenerse en pie, se volvió a sentar en la cama y a continuación se hundió en ella con un pesado suspiro.

Los largos y gélidos tentáculos del temor y la duda parecieron perforarle justo debajo del pecho.

II

Kataryna vivía en una casa amplia, de moderna construcción comparada a las de sus vecinos y amigos. Ubicada en una pequeña loma cubierta de pastizales. La casa contrastaba completamente a la vivienda en donde había nacido y crecido. El patio era de buen tamaño y detrás de él se extendía un bosquecillo de abetos, un pequeño arroyo lo bordeaba.

En el patio trasero delante de los establos, tenía un huerto que cuidaba con esmero. Tenía toda clase de verduras de estación: coles, zanahorias, remolachas, papas, cebollas, tomates y pepinos.

Le gustaba recorrer el bosquecillo en busca de setas en los veranos húmedos, entre los árboles de troncos más viejos y la hierba más larga.

Preparaba los vegetales encurtidos en botellas de vidrios y los acumulaba en una gran despensa de puertas de madera altas y anchas en el fondo de la cocina. La técnica se la había enseñado su madre, una forma muy eficiente de guardar alimentos para el invierno, o en época de escases, como había ocurrido durante la gran guerra.

Kataryna era solo una niña cuando la hambruna tocó las puertas de los ucranianos durante los terribles años de la gran guerra, cuando su padre tuvo que servir en el ejército mientras su madre y las niñas se quedaron solas en casa.

Anastasia tuvo que trabajar en una fábrica de uniformes para el ejército para poder sacar a sus hijas adelante. Durante aquellos años se alimentaron casi exclusivamente de los vegetales encurtidos y la carne seca que la familia había almacenado.

“Todo lo que sobre, ahora, servirá para mañana”, era el lema de su madre y no se cansaba de repetirlo una y otra vez. Aquellas palabras habían calado hondo en la joven y desde luego, seguía los consejos de su madre al pie de la letra.

 Si bien no le faltaba nada, ya que las tierras que Igor había recibido de sus padres producían buenos ingresos, sabía que la vida daba muchas vueltas y un día se podía estar arriba y al siguiente abajo.

Ocurrido muchas veces en Ucrania y desde luego, no había que descartar la posibilidad de que ocurriese de nuevo.

Los meses se sucedieron uno tras otros, y Kataryna se sentía cada vez más nerviosa, ansiosa y preocupada. Alguna vez había llegado a acunar esperanzas de que aquella invariable frialdad en la conducta de su esposo podría llegar a transformarse en algo parecido al cariño y el respeto.  Sin embargo, aquella leve esperanza había desaparecido por completo.

Igor seguía alejado y cada vez más abstraído, bebía sin descanso y casi no se dirigían la palabra a no ser que se vieran obligados a que hacerlo. Cuando llegaba a la casa con el dinero de la venta de los granos o de los animales, separaba un monto para la única actividad que al parecer le causaba placer, la bebida y el resto se lo entregaba íntegramente a su Kataryna, por lo que ella daba gracias al cielo, ya que le permitía ahorrar. Guardaba el dinero en un lugar secreto, debajo de un tronco viejo e inclinado cerca a la orilla del arroyuelo en el bosquecillo detrás de su casa.

Se preguntó muchas veces que motivaba a Igor a que dejase su dinero en manos de Kataryna ya que no era costumbre que los hombres delegaran el trabajo de administración a sus esposas. Pero nunca se animó a preguntárselo, no quería que se molestara y cambiara de opinión.

Debido al embarazo y las preocupaciones, dormía poco, sus pensamientos siempre la llevaban inexorablemente a la terrible noche en donde su ya desagradable vida se convirtió en una terrible tragedia. Era algo de lo que no podía hablar con su esposo, ni con su madre. Kataryna siempre se mostraba reservada con su familia y las pocas amistades a las que frecuentaba.

La noche anterior, como tantas otras, Igor llegó a la casa en un estado lamentable, se tambaleaba de un lado a otro y profería una sarta de palabras ininteligibles. Kataryna le ofreció un plato de comida, pero Igor lo rechazó con vehemencia, moviendo la cabeza de un lado a otro haciendo que su desordenado cabello se sacudiera como si se tratara de un trapeador aseando el piso. Pese a ello, tomó a su esposa de uno de sus brazos y la arrastró hasta la habitación pretendiendo que ella se acostara en la cama.

 Kataryna, quien llevaba ya 8 meses de gestación sintió que la indignación y la rabia la quemaban por dentro, anidando en su estómago y en su pecho. Sintió que la mejilla le ardía y que su corazón latía no de temor, sino esta vez, de una cólera sofocante y electrizante que le circulaba por todo el cuerpo. No podía seguir de la misma forma, no podía dejar que Igor siguiera asaltándola en forma violenta, no, no se dejaría intimidar. Miró a Igor a los ojos levantando la barbilla en una actitud claramente desafiante, e hizo caso omiso de lo que le exigía.

_ ¡Te dije que te acostaras en la cama! _ le espetó.

Kataryna frunció el ceño y negó con la cabeza mientras apretaba los labios. Aquella negativa pareció despejar la alcoholizada mente de Igor, quien perdió los papeles y de un empujón la tendió de espaldas en la cama. Pronto, Karatyna tenía a su esposo encima intentando obligarla a separar las piernas, empeñado en lo que quería alcanzar.

La joven le dedicó a su esposo una expresión de consternación que no requería de traducción, la furia acumulada durante tanto tiempo resbalo sobre Igor como una terrible tormenta. La joven emitió un grito turbulento y alborotado, mientras lo golpeaba con los puños.

El primer golpe le cayó justo en la nariz. Igor prorrumpió un grito mezcla de dolor y sorpresa. Antes de que pudiera reaccionar el segundo golpe cayó en la nuez de Adam haciendo que dejara de respirar por un segundo. Trató de articular algo, pero solo pudo emitir unos balbuceos ahogados. Kataryna le lanzó esta vez un manotazo en la mejilla izquierda mientras seguía profiriendo gritos perturbadores y desesperados.

 Igor se detuvo, se incorporó y Kataryna pudo percibir en su rostro un indiscutible asombro.

 El rostro ceñudo de Kataryna había enrojecido hasta el nacimiento de su fino cabello. Una furia amarga la inundaba.

_ ¡¿Qué diablos te pasa?! _ preguntó Igor con la voz pastosa aún bajo los efectos del alcohol y los golpes que había recibido.

_ ¡No te atrevas a tocarme!_ gritó la joven en tono frío y brusco_ mi embarazo está muy avanzado y puedes lastimar al bebé! _ gritó ella con gesto despectivo, apartándose con ímpetu de su esposo todo lo que le fue posible.

Igor la tomó del brazo con fuerza, Kataryna sintió sus uñas clavándosele en la piel, como si fueran las garras de un ave de rapiña. Pugnó unos segundos y se soltó de su agarre con un movimiento brusco, quedando plantada delante de él con otra mirada mucho más desafiante que la primera.

 Igor la miró con expresión insólita. Farfulló protestas como un poseso, pero Kataryna no pudo entender nada de lo que decía. No se dejó intimidar. Habló con vehemencia, con las manos extendidas.

_ ¡No voy a dejar que me toques hasta que el bebé haya nacido! _ dijo resuelta_ ¡y si te importo algo y si te importa algo este bebé vas a respetar mi decisión!

Igor pareció serenarse un poco. Se pasó la mano por el pelo, parecía avergonzado y bastante aturdido, no pudo mirar a su esposa a los ojos.

La joven tenía la respiración acelerada, y los ojos inyectados en rabia.

 Igor se encogió de hombros y levantó las manos en señal de rendición.

 Kataryna lo miró con frialdad, o tal vez fuera furia, Igor no supo distinguir.

 Con grandes zancadas, bueno tan grandes como un embarazo de ocho meses le permitía, Kataryna se dirigió a la cocina buscando alejarse de Igor y a la vez tratando de tranquilizarse. No le haría nada bien al bebé que ella siguiera nerviosa.

 Igor se quedó en la habitación confundido y turbado. Se sentía conmocionado por la nueva actitud de su esposa. Se pasó la mano por el pelo un par de veces mientras trataba de comprender lo que acababa de pasar.

¿Desde cuándo ella gritaba de esa forma? Siempre había utilizado una voz suave y baja cuando se dirigía a él, en especial desde su noche de bodas. Había notado este cambio de inmediato. Si bien, Kataryna nunca le levantó la voz, siempre se había mostrado muy segura de sí misma. Pero se produjo un cambio en ella la noche de bodas después de que mantuvieran relaciones sexuales por primera vez. Igor se pavoneó de aquello, se dijo a si mismo que ese era el efecto que un hombre causaba en una chiquilla inexperta como ella. Pero esto, esto era nuevo, jamás se imaginó siquiera que ella pudiera retarlo como lo había hecho.

Se sentó en la cama confundido, se restregó la barba de dos días y se mesó los cabellos con ambas manos.

 ¿Y si decidía dejarlo? ¿Y si decidía irse? Sacudió la cabeza.

No, no, no, jamás se iría, jamás lo dejaría porque ¿a dónde demonios iría? ¿con su familia? Sus padres se avergonzarían de ella si regresaba a casa. Además, él jamás dejaría que se llevara al niño que lleva en su vientre, después de todo era hijo suyo.

 Sus pensamientos se volvieron cada vez más sombríos. Si bien pensaba que Kataryna se había vuelto loca por desafiarlo de esa forma, una leve brisa de arrepentimiento le atenazó las entrañas. Una oleada de aprehensión recorrió su columna de arriba abajo.

_ ¡No! _ dijo con vehemencia_ no se atreverá a dejarme nunca.

III

Los hijos son el reflejo de sus padres, dice un dicho y si bien no en todas las ocasiones se cumple este apotegma en el caso de Igor Gorodetsky se cumple y excede las expectativas. Aprendió de su padre, quien encontraba en su hijo una audiencia inagotable, la manipulación y el mangoneo. Ejercido por el hombre sobre su madre, quien siempre se mostró sumisa y obediente. Desde luego, en aquella retorcida mente, tenía la ferviente convicción de que aquel era el papel que todas las mujeres debían cumplir frente a sus esposos. Complacerlos en todo, respetarlos y por sobre todas las cosas obedecerlos.

El viejo Josef Gorodetsky era un hombre corpulento, con la cabeza estrecha (en armonía con su mente) y unos ojos verdes pálido. Mantuvo a su esposa bella y silenciosa, pero a la vez sufrida y maltratada, en una sumisión de dolor y miedo durante décadas.

_Las mujeres deben obedecer a sus esposos, al fin y al cabo, son de su propiedad una vez que abandonan la casa de sus padres. Eso sí, debes enseñarles a respetarte, pero jamás la golpees. Las mujeres son delicadas como pétalos de girasol. Flores que alegrarán tus días en la cama_ sentenció para luego emitir una carcajada estruendosa mientras se apoyaba en el quicio de una puerta para evitar caer al suelo.

Como tantas veces se pasaba de copas y en esos momentos lo primero que hacía era irse de bocas.

Igor oía con atención cada detalle, cada palabra y lo guardaba profundamente dentro de él como cimentando las bases de la desastrosa y retorcida construcción en la que se convertiría su vida. Josef era un padre autoritario, distante la mayoría de las veces y sobre todo exigente. Era un hombre muy difícil de complacer. A veces particularmente cruel y despiadado. Nunca le había golpeado, pero sus palabras podían herir mucho más que sus porrazos. Sentía el mismo miedo que su madre y a veces hasta lo odiaba un poco, pero también lo amaba.

Pero Igor percibía una cierta predilección de su padre por su hermano Borys, lo que le causaba una desagradable sensación de inquietud, que en realidad eran celos y envidia muy mal disimulados.

Borys era mayor, alto, fuerte y apuesto, más inteligente, honesto y de buen carácter. El viejo Gorodetsky sentía cierta debilidad por él a pesar de que el joven no comulgaba con muchas de las ideas de su padre.

Igor se preguntaba a que se debía aquella predilección y buscaba secretamente la clave para lograr la aprobación y el afecto de su padre.

Josef era conocido en Kiev por ser uno de los terratenientes más importantes y prósperos, pero a la vez por ser ambicioso, manipulador y voraz. Utilizaba todos los recursos de los que disponía para conseguir lo que se proponía.

Se había apropiado por medios poco legítimos de las tierras aledañas a las suyas justo al principio de la gran guerra. Mientras la mayoría se encontraban preocupados por lo golpeada que se encontraba la economía y los hijos que habían perdido durante los enfrentamientos. Gorodetsky planeaba meticulosamente como apropiarse de todo lo que podía echar mano.

Una mañana de mediados de setiembre, la última de las nevadas se había transformado en una lluvia torrencial propiciando de inmediato la formación de inmensos lodazales que entorpecían el desplazamiento.

Los campesinos tenían por tradición enfrentar a los jóvenes en una pelea cuerpo a cuerpo en donde probaban su fuerza y valentía. Si ganaban, eran considerados como adultos, pero si perdían eran el hazmerreír de toda la comunidad.

Aquella mañana lodosa de setiembre Gorodetsky presentó a su hijo Igor de trece años como oponente de un joven mucho mayor y por lo tanto mucho más alto y corpulento. Igor se sentía nervioso y asustado, nunca había tomado parte en una pelea y su intranquilo corazón se preguntaba que pretendía su padre con todo aquello.

Llegaron con dificultad hasta el establo en donde habían acondicionado un ring para la pelea. La carreta en la que viajaban se quedó atracada en el barro un par de veces. El corazón de Igor latía desbocado, su cara iba cubierta de sudor y no tardó en ponerse roja.

Pronto su contrincante subió al improvisado ring. Los ojos de Igor se abrieron de par en par al ver al joven de poco más de dieciséis años que le llevaba al menos veinte centímetros. Observó sus brazos, los músculos amenazaban con romper la tela de su camisa. Sintió pánico, sin poder evitarlo miró nerviosamente hacia atrás por encima del hombro a su padre. Este solo le hizo un gesto con la cabeza indicándole que prosiguiera y se enfrentara a su destino, el cual era una mole con veinte kilos más que él.

Los espectadores que se habían congregado para presenciar la pelea rodearon el ring con las miradas sedientas de acción y violencia. Todos los ojos estaban fijos en Igor. Sabían que era una prueba a la que Gorodetsky sometía a su hijo. No había forma de que el muchacho ganara aquella pelea y sin embargo allí estaba, en el ring, enfrentando a aquel mastodonte. Había que reconocer que el chico tenía agallas, otro en su lugar ya estaría corriendo de regreso a casa.

De repente, se oyó el tañer claro de una campana y a continuación Igor sintió que unos brazos fuertes y áridos lo rodeaban. Emitió un sonido desarticulado, áspero como un chillido. El mastodonte lo hizo girar sobre sus talones y a continuación le asestó un golpe contundente a la altura del riñón derecho. Igor cayó de bruces pesadamente sobre la lona mientras oía los gritos enajenados de los espectadores. Su nariz chocó de lleno contra el piso y pudo percibir claramente el sonido sordo de los huesos al romperse.

La muchedumbre gritaba enardecida mientras contaban a voz en cuello.

_ ¡Odna, dvi, try…[1]!

Igor trató de incorporarse, pero el dolor en la espalda era terriblemente paralizante.

_ ¡Chotyry, p’’yqat’, shist’…[2]!

El dolor lo envolvía por completo, tuvo que dejar de respirar por unos segundos ya que cada inspiración era un terrible suplició.

_ ¡Sim, visim, dev’yat’, …[3]!

Sus ojos se llenaron de lágrimas de dolor, indignación y vergüenza.

_ ¡Desyat’[4]! _ gritó la muchedumbre.

Declararon ganador a la mole mientras Igor seguía tirado en el frío suelo y el dolor lo cercenada en fuertes oleadas.

La muchedumbre se alejó en poco tiempo mientras Igor trataba de volver a respirar con normalidad. El dolor había remitido un poco y se había convertido en roncos latidos en la parte baja de la espalda.

Cuando todos se alejaron se incorporó con mucho esfuerzo apoyando las manos en el suelo y utilizándolas para levantarse. Las lágrimas recorrían por su rostro, al igual que la sangre que le salía a borbotones de la nariz y le manchaba la camisa, mientras soltaba un terrible rugido de dolor y rabia frustrada.

Levantó la mirada mientras se llevaba a la frente una mano, que le temblaba pesadamente. Se encontró con la mirada de su padre, que se mostró consternado al principio, pero de inmediato se puso furioso. Sin dirigirle si quiera la palabra, lo sacó fuera del establo a rastras a pesar de las quejas de Igor. Lo dejó sentado en medio del lodazal con la peor mirada de reproche que Igor le haya visto jamás.

El jovencito se levantó despacio, el suelo estaba muy resbaladizo. Sintió que todo le daba vueltas como si estuviera metido en un carrusel, con los pies hundidos en el barro hasta las pantorrillas.

_ Me das vergüenza _ dijo al fin su padre, su voz sonaba firme pero tranquila.

Igor sabía a la perfección que aquello no seguiría así por mucho tiempo. Tenía muy claro que debería desaparecer lo antes posible, pero le era muy difícil mantenerse en pie en aquel momento.

_ Me das asco _ dijo levantando un poco más la voz, pero aún seguía bastante tranquilo.

El mareo había remitido y retrocedió dos pasos dirigiendo ligeras y prudentes miradas a derecha e izquierda buscando una posibilidad de huir, aunque sabía que lo mejor era enfrentar a su padre que salir corriendo. Tal vez fuera el instinto de supervivencia lo que lo impulsaba a hacerlo, aunque aquel mismo instinto debería advertirle que lo mejor era quedarse y enfrentar la ira de su padre.

_ ¡Eres un inútil, una mujercita miedosa! _ vociferó esta vez mientras sus ojos se inyectaban en sangre.

Igor se preparó para correr, desvió los ojos a la izquierda y giró su cuerpo en esa dirección, su padre captó la idea de inmediato y se arrojó hacia Igor tan rápida y acentuadamente que Igor no tuvo tiempo de echarse atrás, pero sí de pensar que habría escapado con facilidad de no ser por el barro que estaba tan resbaladizo que cayó de rodillas. Antes de que si quiera tuviera oportunidad de levantarse, Josef cayó sobre él.

Los ojos de Igor se dilataron como si fueran a salírsele de las órbitas y su espalda chocó con el suelo lodoso.

_ ¡Vas a aprender que si pierdes trae consecuencias! _ gritó su padre en una especie de trance religioso mientras lo hacía rodar por el lodo.

El barro se le metió por la espalda, por los brazos y las piernas, pensó que tenía barro hasta en los zapatos. Las lágrimas regresaron cuando su padre le untó la cara con barro. El dolor en la nariz rota pasó a segundo plano, el dolor de la humillación era mucho más fuerte.

Gorodetsky le frotó el pelo con lodo y durante aquel trance de éxtasis en el que se encontraba no percibió que le desgarraba la camisa.

_Ahora_ dijo mientras trataba de que su respiración agitada se relajara un poco_ vas a regresar a casa caminando y vas a pensar en lo que pasó hoy.

Igor yacía en el barro, mientras una fina llovizna empezó a caer. Sus ojos desorbitados estaban fijos en el gris cielo de invierno. Josef se puso de pie, también estaba embarrado pero su mente no percibía nada más que su rabia en aquel momento.

_Y tendrás que encontrar la manera de que reviertas lo que ha ocurrido_ agregó mientras se limpiaba las manos sobre los pantalones, para luego subir a la carreta y ponerse en marcha.

Igor se quedó tumbado con las piernas abiertas sobre el suelo cubierto de lodo, con la nariz rota y sangrando, sin poder levantase, con un vasto eco de tristeza en su interior. No sentía rabia sino una terrible tristeza. Aquella sensación de soledad, de distancia, de gran vacío entre él y su padre y la respuesta pareció brotar a través de aquella oscuridad personal. “Tengo que revertir esto a como dé lugar”.

Trató de levantarse un par de veces, pero se resbaló en cada intento y terminó de nuevo en el lodo. En aquel momento se encontraba totalmente cubierto por una gruesa capa de lodo, lo único que se distinguían eran sus ojos y el parpado blanco cada vez que cerraba los ojos.

Trató de levantarse de nuevo y esta vez lo consiguió, le fue difícil caminar porque el lodo agregaba peso a su ropa y sus zapatos. En el camino de regreso a casa tuvo que atravesar un par de granjas, pero por el contrario de lo que esperaba, los habitantes de esas casas lo miraron con lástima y piedad.

Cuando al fin llegó a casa, su madre quiso protestar, pero Josef la hizo callar de inmediato explicándole que todo era por el bien del muchacho. En aquellos tiempos, las mujeres tenían confianza en sus esposos y a pesar de los malos tratos, ella nunca había tenido motivos para dudar de su marido. Así que le dijo a Igor que le prepararía un baño. En realidad, durante el tercero, el agua seguía tiñéndose de marrón.

Pasaron dos años antes de que Igor pudiera volver a tener la oportunidad de enfrentar a la mole. Dos años en los que entrenó todos los días con lluvia o con nevadas intensas. Dos años en los que fue alimentando un odio infinito por aquel mastodonte que lo había derrotado en dos segundos. Esta vez estaba listo, era mayor, mucho más corpulento y desde luego con más experiencia.

Pocos minutos antes de que la pelea de revancha se llevara a cabo, Igor se sentía dominado por una gran excitación y su orgullo esta vez era mucho más fuerte que los golpes que había recibido años atrás. Las sensaciones de inquietud, impaciencia en cierta forma alegría, y una euforia tensa en todo el cuerpo lo embargaban por completo.

Cuando estuvo frente a la mole, advirtió que era mucho más alto que él y casi tan corpulento. Sintió una extraña excitación, unida a un sentido de urgencia. Pero se dijo a si mismo que debía disfrutar cada segundo de aquella pelea y no apresurarse en que llegara el final.

Cuando la campaña emitió su frío tañido, Igor se abalanzó sobre su oponente, lo tiró al suelo y con una rodilla le aplastó el pecho mientras que lo estrangulaba con ambas manos. Lo había tomado por sorpresa y aquel descuido le podía salir muy caro.

Igor apretó con fuerza, mientras los ojos de la mole se desorbitan y su garganta emitía ásperos sonidos intentando respirar.

La muchedumbre empezó a gritar, las cosas se salían de control rápidamente. Era una pelea sin reglas, pero Igor había llevado las cosas a otro nivel. Apretó un poco más y luego lo dejó ir. Se puso de pie y observó a la mole haciendo grandes esfuerzos para tratar de ingresar aire a sus pulmones. Tenía en el cuello las marcas de los dedos de Igor rodeándolo. Igor le sonrió con desdén mientras esperaba que se pusiera en pie. La mole lo hizo antes de que terminara la cuenta, al tiempo que Igor espera ansioso a que se reanudara la pelea.

Esta vez, dejó que fuera el mastodonte quien diera el siguiente golpe. Este se abalanzó sobre Igor emitiendo un grito desesperado, pero solo alcanzó a asestar un suave golpe en el mentón de Gorodetsky, quien de inmediato le devolvió el golpe con un gancho izquierdo. La mole se tambaleó un poco, pero no se cayó. Se recuperó en seguida y volvió a atacar a Igor. Trató de golpearlo, Igor se movió ágilmente a la izquierda y la mole no pudo alcanzarlo.

Igor aprovechó la oportunidad y lo golpeó en el estómago con tanta fuerza que el mastodonte cayó de rodillas en el suelo con un calor sordo que le cubría el vientre como si un fuego se acabara de encender dentro.

_ ¡¿Quieres más?!_ vociferó Igor en tono triunfal, mientras le daba otro golpe en el estómago.

La mole se llevó ambas manos al estómago mientras caía de espaldas sobre el piso y un hilillo de sangre caía por la comisura de su labio inferior. Detuvieron la pelea al notar que estaba inconsciente y declararon ganador a Igor.

La pelea había durado dos minutos, mucho más que la primera, pero no lo suficientemente larga para que Igor disfrutara de su victoria.

Cuando Josef Gorodetsky descubrió lo ocurrido, le dio un par de fuertes palmadas en la espalda y le sirvió un vaso de vodka. Era la primera vez que Igor tomaba alcohol y relacionó su sabor con emociones positivas como la victoria, la aprobación y el cariño. Tal vez, aquel día fue el inicio de su adicción, que estuvo latente, escondida debajo de su piel como un asaltante agazapado detrás de las sombras, esperando el momento justo para atacar. Poniéndose de manifiesto poco tiempo después de su matrimonio, tal vez, debido a su incapacidad de lidiar con las verdaderas emociones.

_ ¡Brindemos por un gran trabajo! _ había sentenciado su padre.

Tintinearon sus vasos y bebieron su contenido.

Borys se enteró de la gran hazaña de su hermano y lo recriminó de inmediato.

_ ¡Estuviste a punto de matarlo! _ le dijo bastante ofuscado_ ¿Qué pensabas?

Igor lo miró con aire condescendiente.

_No pensaba matarlo_ contestó_ solo darle algo de su propia medicina. Además, papá me ha felicitado. Lo que sucede es que te molesta que ahora yo sea su preferido.

_ ¿Preferido? ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Quieres congraciarte con papá? _ preguntó Borys perplejo. _ Estas equivocado. Si haces algo que sea porque lo deseas no para congraciarte con nadie.

Igor se echó a reír de una forma algo extraña y a Borys se le heló la sangre.

_Yo hago siempre lo que quiero_ le contestó con una mirada siniestra, mientras desafiaba el silencio helado de su hermano, que no ocultaba para nada su desaprobación.

IV

Igor se dirigió con pasos pesados y lentos hacia la puerta de la habitación en donde su esposa descansaba. Llevaba la espalda algo encorvada y la cabeza gacha. Cuando estuvo frente a la puerta, se quedó helado, inmóvil frente a la puerta, con la mano derecha encallecida por el trabajo en el tirador de hierro. Se obligó a colocar la mano sobre él y la puerta se abrió con un chirrido que sobresaltó a Kataryna.

Una ráfaga de aire húmedo y frio invadió la habitación haciendo que la joven cubriera con una manta a la pequeña niña que sostenía entre sus brazos.

El trabajo de parto había sido corto y había dado a luz sin inconvenientes. Su madre y la partera del pueblo la habían asistido. Al principio estuvo algo nerviosa, pero pronto se sintió más segura cuando al fin oyó el llanto fuerte y persistente de su bebé.

Anastasia la envolvió en una manta y se la puso entre sus brazos. Al verla, Kataryna se sintió desborda, con emociones encontradas, por un lado, la felicidad de que su bebé había nacido con bien y por otro la tristeza que aún llenaba su corazón por la pérdida de su primera hija.

_ Este es un momento especial_ dijo Anastasia_ no dejes que lo pasado eclipse la felicidad que sientes en estos momentos.

Kataryna levantó la vista y vio a los ojos a su madre mientras asentía. De inmediato dedicó de nuevo su atención a la niña que tenía en brazos.

_ Te esperé por mucho tiempo Olena. Ese es tu nombre. Ya tebe lyublyu[5] _ dijo besando la frente de la pequeña.

Pronto ambas mujeres dejaron sola a la nueva madre para que descansara, mientras iban en busca del padre y entregarle la buena nueva.

Ahora Igor se hallaba de pie, expectante en el umbral de la puerta sin poder mirar a los ojos a su esposa. Se hizo un silencio frío entre ambos, mucho más frío que la ráfaga que acababa de penetrar en la habitación. Igor quedó completamente paralizado, los músculos de sus piernas se negaron a obedecer. Apretó la mandíbula y permaneció en silencio con la cabeza gacha.

 Kataryna se le quedó mirando fijamente sopesando sus opciones. Notó que el rostro de su esposo había palidecido de repente.

Igor sintió un poderoso impulso de dar vuelta y huir, pero la voz suave y resuelta de Kataryna lo detuvo.

_ Igor, acércate y conoce a tu hija_ dijo ella.

Gorodetsky levantó la mirada, dudó por unos segundos y empezó a andar lentamente hasta la cama en donde madre e hija descansaban. De pronto, algo lo hizo detenerse de golpe. En un aterrador instante Igor tuvo una terrible revelación. En su interior se removió el sentimiento de abrumador pesar, su propio padre no había sido un gran ejemplo para él. No tenía ni idea de cómo criar a un hijo, no tenía ni idea de cómo ser padre. ¿Y si era el peor padre del mundo? ¿Y si no era lo suficientemente bueno para su hija? Suspiró un par de veces pesadamente y desechó aquellos malos pensamientos de su cabeza. Aprendería a serlo, daría lo mejor de sí, no importaba nada más en el mundo, más que aquella niña.

Volvió a emprender la marcha hasta la cama en donde su esposa lo esperaba. Al llegar hasta ella, se detuvo en seco, se aclaró la garganta como si la situación se hubiese vuelto mucho más incómoda de lo que ya era.

Kataryna dio el primer paso y lo saludó con una aceptable imitación de afecto y le dio un medio beso en la mejilla.

 Igor pareció relajarse un poco y sonrió incómodo.

_ ¿Quieres cargarla? _ le preguntó a su esposo.

Igor asintió sin decir palabra, pero extendió ambos brazos para que su esposa le entregara a la niña. Sujetó a su hija suavemente y la acercó a su pecho. Instintivamente, empezó a acunarla y sonrió al ver que la pequeña se removía entre sus brazos acomodándose.

La niña no presentaba ni atisbo de pelo, sus cejas y pestañas tenía el color de los rayos de la luna. Mantenía los párpados cerrados por lo que no tenía idea del color de sus ojos. Su pequeña nariz asemejaba un botón, con la punta ligeramente hacia arriba y un poco redondeada. Su piel dejaba vislumbrar un color blanco algo lechoso. Igor tocó suavemente una de sus manitas y la bebé tomó su dedo índice entre sus deditos.

 El nuevo padre sonrió totalmente extasiado por la pequeña criatura que sostenía entre sus brazos. Se sentía desconcertado por la emoción que sentía. En aquel momento, se percató que aquel pequeño ser era su responsabilidad, la responsabilidad más grande que había tenido en la vida. Volvió a preguntarse si estaría a la altura de cumplir tal obligación. Dejó escapar un suave suspiro.

 Kataryna lo observaba con atención, al contemplar su interacción con la niña lo miró con indulgencia, tal vez esta pequeña criatura tenía el poder de hacerlo cambiar, pensó.

Igor caminó hasta la cama y entregó la niña a su madre.

_ ¿Cómo se llama? _ preguntó.

_ Su nombre es Olena_ contestó Kataryna.

Igor asintió. Nunca habían hablado de nombres, así que no se sintió con derecho de reclamar nada.

_ ¿Cómo te sientes? _ preguntó.

La joven pudo advertir cierta vacilación en su voz. Bajo la tenue luz de las velas Igor vio el rostro de su esposa iluminarse como una tarde de verano. Sonrió exhausta, pero a la vez serena y feliz.

_ Estoy bien_ contestó simplemente.

Igor asintió y no supo que más decir. Kataryna volvió su atención a su hija y le sonrió con dulzura. Igor se perdió en la ternura que percibía en los ojos de su esposa, dedicados solo a la niña.


[1] Uno, dos, tres

[2] Cuatro, cinco, seis

[3] Siete, ocho, nueve

[4] Diez

[5] Te amo

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