CASA 110

El Hospital ( tercera parte)

IV

Fue Laura quien la asistió, la encontró sentada con los ojos vacíos e inexpresivos, sus manos temblaban ligeramente.

_ ¿Melinda? _ dijo con voz suave.

La enfermera levantó la mirada y se encontró con los ojos de Laura que la miraba con desconcierto.

_No entiendo que le ven de divertido a todo esto_ dijo Melinda_ lindo recibimiento que tenían para mí.

_Será mejor que duermas hoy en casa, te ves cansada_ dijo Laura mientras apoyaba una mano sobre el hombro de su amiga.

_Lo estoy, tengo que regresar a la guardia esta noche.

_Gladys y Celia están afuera, ellas arreglaran tu casa mientras tú duermes en la mía. Yo tengo que regresar al trabajo. Tendrás toda la casa para ti sola_ dijo Laura mientras intentaba esbozar una sonrisa confiada.

_ Gracias, de verdad_ dijo Melinda y se dirigió a casa de Laura seguida de cerca por la psicóloga.

No tardó en quedarse dormida una vez que Laura la dejara sola. Cuando despertó se sentía mejor físicamente, pero en su mente se arremolinaban pensamientos agitados e inquietantes.

Regresó a su casa a las seis de la tarde. Las hermanas habían limpiado y ordenado la casa.

_ Gracias, no sé que haría sin ustedes_ dijo Melinda con una sonrisa agradecida.

_ No es nada señorita_ dijo Gladys.

_ ¿Cree que esto fue hecho por algunos chicos? _ preguntó Celia.

_ ¿Quién más pudo hacerlo? _ preguntó Melinda mientras observaba a las hermanas acomodar las escobas en la lavandería.

Las hermanas se miraron por unos segundos de una forma que a Melinda le pareció extraña.

_Por que no me dicen que es lo que piensan que pasó aquí.

Las hermanas volvieron a mirarse como si estuvieran decidiendo si hablar o callar.

Melinda puso sus brazos en jarra y posó sus inquisitivos ojos primero en Gladys, que era una mujer de estatura alta y delgada, luego observó a Celia que a diferencia de su hermana era más bien baja y de cuerpo triangular, con la parte inferior más ancha que la superior.

_ Vamos, estoy esperando, si saben algo quiero que me lo digan.

Celia se acercó a Melinda que esperaba de pie en el comedor, seguida de su hermana Gladys.

_ No es que sepamos algo_ dijo Gladys.

_En realidad es una tontería, son sandeces que habla la gente_ dijo Celia.

_Quiero oír esas sandeces_ dijo Melinda y obligó a las hermanas a que se sentaran con ella en la sala.

Las hermanas volvieron a mirarse por unos segundos, luego desviaron la mirada, una a sus manos y la otra a sus pies, como si fueran dos chiquillas a las que se les ha descubierto haciendo algo indebido.

 Celia y Gladys, trabajaron por muchos años en el Chulec, ofreciendo sus servicios de limpieza y jardinería a los residentes, hasta que la crisis del complejo metalúrgico las obligó a probar suerte en Lima. Por algún tiempo, estuvieron trabajando en la capital en lo que mejor podían. No les gustaba mucho Lima, era una ciudad muy grande, cara y ajetreada. Cuando apenas pudieron, regresaron a La Oroya. Fue Gladys quien se animó a hablar primero.

_Empezamos a trabajar aquí hace unos treinta o treinta y cinco años atrás, ya no recuerdo muy bien_ dijo_ en esta casa vivía una familia. El ingeniero, su esposa y sus dos hijos, una niña y un niño.

Melinda la observaba con atención, algo en el rostro de la mujer, no sabía si sus labios cuarteados por el frío o sus ojos cansados la hacían verse mucho mayor de lo que realmente era.

_La señora decía que la casa estaba embrujada_ dijo Celia.

Las hermanas se miraron de nuevo y luego suspiraron. Melinda pensó que se sentían incómodas dándole aquella inverosímil información.

_ ¿En verdad creen eso? _ preguntó la enfermera con una sonrisa algo escéptica.

_ Nunca lo vimos, no podemos decir que sea cierto o no, pero hasta ahora conservamos la costumbre de la ceremonia de lavado de ropa de nuestros difuntos, al igual que la preparación de alimentos en su honor. Se tiene la creencia de que, si no se realizan ambas cosas, el alma del muerto no podrá realizar el largo viaje al más allá y puede quedar vagando en la tierra_ explicó Celia.

Melinda se quedó pensando, pero por más explicaciones que le dieran, eran solo creencias, costumbres arraigadas que no tenían sentido, se dijo a sí misma.

_Todo eso solo son costumbres_ dijo, pero su voz no sonaba muy convencida de sus propias palabras.

_Tal vez_ dijo Gladys_ la verdad no nos consta, nunca vimos nada en esta casa, más que el desorden, igual a lo que usted encontró esta mañana.

_Entonces, ¿no es la primera vez que ven esto? _ preguntó la enfermera frunciendo el ceño.

_ No_ contestó Celia.

Observó a su hermana, antes de continuar hablando, como esperando que ella lo aprobara.

_Tres veces arreglamos la casa, la encontramos de la misma forma que ahora, la señora dijo que los espíritus lo hicieron. Ella lo tomaba bastante bien, decía que los espíritus habitaban esta casa, que, en días normales, veía a fantasmas pasease por la casa. Pero a veces se enojaban y tiraban todo lo que encontraban a su paso.

Melinda suspiró, en circunstancias normales no hubiera prestado atención a las historias de las hermanas, pero lo que había experimentado no era para nada normal, pensó.

_ ¿Cómo eran los espíritus que veía? ¿Se los comentó alguna vez? _ preguntó.

Gladys asintió.

_Dijo que un de ellos era el de una mujer joven, esbelta y elegante, rubia de largos cabellos. Dijo que se paseaba por la casa vestida con un camisón blanco largo que cubría sus tobillos.

_ El otro era el de un hombre de unos cuarenta años, pensaba que ambos eras extranjeros por sus aspectos_ explicó Celia.

Melinda no supo por qué, pero tembló levemente y luego se estremeció, como si una corriente fría la hubiera envuelto de repente.

_ Estos dos se dejaban ver todos los días_ dijo Gladys_ pero a veces aparecía otro, un jovencito de unos catorce o quince años, pero él era diferente, dijo que tenía aspecto serrano. Esas fueron sus palabras.

Melinda se sobresaltó, sintió un leve golpe en el corazón, aquella parecía la descripción del niño de su sueño. Sacudió la cabeza, lo cual llamó la atención de las hermanas. No tenía sentido, solo debía ser una coincidencia.

_ Señorita no queremos preocuparla_ dijo Celia_ solo son historias, nunca vimos nada entre estas paredes_ se apresuró a decir al ver el rostro pálido de Melinda.

_ ¿Dónde está esa mujer ahora, la que vivía en esta casa? _ preguntó la enfermera mientras se retorcía las manos inquieta.

_Hace veinte años que se fue, se cansó de vivir en esta casa, muchas veces llamaba a su esposo al trabajo diciéndole que todo estaba revuelto, que los espíritus habían tirado todo lo que había a su alrededor.

_ ¿Ha vuelto a vivir alguien aquí, después de que ella se fue?

_ No, nadie_ contestó Gladys_ estuvo vacía por un tiempo, luego se vino la crisis y la gente se fue, usted es la primera que vive aquí desde hace mucho tiempo.

Melinda asintió, pensó que lo más sensato sería irse a descansar antes de que tuviera que regresar a trabajar y olvidar aquella locura. Recordó que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser la correcta. Así que despidió a las hermanas y fue a tomarse un largo baño de agua caliente en la tina.

V

Alejandro salió de la oficina y cuando estuvo a punto de subir a su carro, observó a Laura del otro lado de la vereda corriendo detrás de la combi que iba a Paccha. Pero el chofer no la vio y siguió su marcha dejando a la psicóloga molesta y consternada. Alejandro sonrió y la llamó un par de veces antes de que ella se percatara de su presencia. Cuando lo vio, su rostro se transformó por completo, Alejandro pensó que sus ojos brillaban y que su sonrisa era clara y genuina. Sacudió la cabeza, pensó que se imaginaba cosas.

_ Laura no quiere nada conmigo_ dijo en voz baja casi en un murmullo y su corazón se entristeció.

Levantó la mano y le hizo gestos para que se acercara. Laura cruzó la calle apresurada.

_Gracias, siempre estás sacándome de apuros_ dijo ella mientras abría la puerta y se introducía de inmediato dentro del Corolla.

Alejandro hizo lo mismo y puso el vehículo en marcha y se incorporó al tráfico.

_Somos vecinos ¿no es así? _ preguntó el abogado.

Laura levantó ambas cejas y lo miró de reojo con una media sonrisa.

_Eso era lo que pensaba_ respondió y se echó a reír.

_Trabajamos en el mismo edificio_ continuó él.

_Sí_ respondió intentado adivinar a dónde quería llegar el abogado.

_Tenemos el mismo horario de trabajo.

_Técnicamente_ respondió ella cada vez más intrigada.

_Entonces no entiendo que tiene de malo que hagamos el trayecto juntos.

Laura inspiró profundamente pero no respondió.

_No entiendo porque te niegas a venir al trabajo conmigo_ dijo Alejandro con aire ofendido.

_No quiero molestarte, he pensado en comprarme un carro_ contestó ella.

_No te he pedido que compres un carro, puedo traerte al trabajo todos los días, hago ese recorrido de todas maneras.

_No quiero molestarte_ volvió a repetir ella_ te agradezco que me saques de apuros de vez en cuando, pero no quiero que te sientas en la obligación de hacer de chofer.

_ No es ninguna obligación, me gusta pasar tiempo contigo, y creo que a ti también.

_ Me gusta_ admitió ella_ pero no quiero abusar o terminaras aburriéndote de mí.

_Lo dudo_ dijo él muy serio y la observó por unos segundos.

Laura se puso nerviosa, tragó saliva, no sabía cómo actuar cuando él la miraba de aquella forma. Alejandro sopesó las cosas por unos segundos antes de volver a hablar.

_Somos amigos ¿no es así?

_ Claro_ dijo ella.

_Entonces, ¿contestarías con sinceridad?

_ ¿Qué quieres saber? _ preguntó ella algo inquieta.

_ ¿No quieres que te vean mucho conmigo porque hay alguien que te interesa? _ preguntó y retuvo el aire en los pulmones mientras esperaba a que ella respondiera.

Laura se echó a reír, su risa parecía una cascada y eso relajó a Alejandro.

_No, no hay nadie, no es por eso_ contestó ella.

_ Entonces ¿De qué se trata? _ preguntó.

Laura sabía perfectamente de que se trataba, pero no pensaba decírselo.

_No quería molestarte eso es todo, tal vez a mi no me interese nadie, pero no quiero que piensen que estamos juntos.

A Alejandro no le gustó mucho aquella respuesta. Sus ojos se oscurecieron y a Laura le pareció que se ponía algo triste.

_No es por mí_ se apresuró ella en aclarar_ no quiero que malinterpreten nuestra amistad, puede perjudicarte en tu vida privada.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó Alejandro y su voz sonó algo amarga.

_Si alguien te interesara, no te ayudaría en nada que te vieran mucho conmigo_ se explicó.

_ No me interesa nadie_ contestó.

Laura se sintió aliviada, por un lado, pero por otro, sintió desilusión porque acababa de decirle indirectamente que ella no le interesaba como mujer.

_ Mira Laura, no le des más vueltas al asunto, yo me sentiría feliz de poder llevarte al trabajo y a traerte a casa_ dijo mientras se estacionaba frente a la vivienda de Laura.

_ Bueno si en verdad no te molesto, me encantaría, me sacarías un problema de encima. Pero sabes que muchas veces me paso de la hora de salida, en especial cuando voy a las comunidades y no quiero crearte problemas.

_ Para eso está el teléfono, si vas a demorarte, me llamas y yo te espero o regreso a recogerte.

_ Ni pensarlo_ dijo Laura sacudiendo la cabaza de un lado a otro_ no pienso hacer eso.

_ ¿Por qué no? _ preguntó Alejandro con desconcierto.

_ Cómo se te ocurre que te haría esperar o regresar por mí_ dijo ella.

_Lo dices como si fuera algo malo.

_Te lo agradezco, de verdad, pero no puedo pedirte eso. Acepto de muy buen agrado que me lleves al trabajo y que me regreses a casa cuando coincidamos en el horario, pero no puedo dejar que me esperes como si fueras mi chofer_ dijo enfática.

Alejandro emitió un gran suspiro de frustración, pero decidió que era mejor no seguir insistiendo, al menos tenía la posibilidad de llevarla al trabajo ahora.

_ Está bien como gustes_ dijo.

_Gracias Alejandro, de veras_ dijo Laura con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla antes de bajar.

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