CASA 110

El hospital ( continuación)

VI

La semana había transcurrido bastante tranquila en emergencia, Habían atendido hasta el momento, tres pacientes. Uno de ellos, un chico de diez años con una fractura de tibia acababa de salir de la sala de emergencias. Melinda no tenía mucho en que entretenerse durante su turno de amanecida por lo que decidió leer un libro. El doctor se retiró a la sala de descanso luego de atender al chico. Trataría de dormir un par de horas, Melinda le avisaría si había otra emergencia. El libro era bastante adictivo, la tenía despierta y en vilo hacía ya un par de horas, pero el cansancio la fue venciendo y fue muy difícil sostener la cabeza.  Pronto tuvo el mentón clavado en el pecho solo por unos segundos, hasta que una potente detonación resonó en medio de la noche alterándola. Abrió los ojos como platos y su corazón se aceleró de inmediato. Estaba casi segura de que aquel sonido había venido del segundo piso del hospital. Se quedó allí, alerta, esperando oír algo más, pero todo estaba en silencio, en ese momento pensó, que tal vez solo había sido el “Síndrome de la cabeza que explosiva”[1] y que se lo había imaginado al quedarse dormida. Trató de volver a leer, pero ya no recordaba en donde se había quedado.

Decidió salir a tomar algo de aire fresco, a pesar del frío que reinaba en el exterior, pensó que tal vez eso le despertaría el cansancio. Afuera, el viento helado pronto la hizo tiritar, su halito formaba una nube a su alrededor. Se frotó las manos y luego sopló su cálido aliento sobre ellas tratando de hacerlas entrar en calor. Olvidó ponerse el abrigo para salir y estaba sintiendo los efectos del gélido aire de los Andes.

Desde la puerta, tenía una vista privilegiada. Observó la calle rodeada de cipreses y de retamas que durante el día dejaba apreciar sus coloridas y vistosas flores amarillas. No se veía a nadie, todo estaba desierto, echó un vistazo a su reloj y vio que eran un poco más de las tres de la mañana. Aún le quedaban varias horas por delante para que terminara su turno. Levantó la vista al cielo, la temporada de lluvias había terminado y ahora el frío se había recrudecido. Observó impresionada el disco óseo de la luna, parecía partir por detrás de una nube, con bordes recubiertos de plata. El cielo estaba envuelto de estrellas, pero no reconoció ninguna de las constelaciones que formaban, tampoco era experta en ellas.

Otro poderoso estampido estentóreo la sobresaltó y la hizo voltear y dirigir su atención al segundo piso del hospital. Una luz iluminó una de las habitaciones, pero enseguida volvió a quedar a oscuras, sintió un incómodo escalofrío, como si algo la pusiera sobre aviso. Regresó al hospital, se paró en el umbral de la puerta de la sala de emergencias y observó el interior, no había nadie. Se dirigió por el pasillo principal a la sala de descanso donde el doctor dormía sin sobresaltos. Pensó en subir al segundo piso, tal vez alguna de las ventanas estaba abierta y el viento estaba batiéndola, pero vaciló y se detuvo. De pronto, oyó de nuevo aquellos incesantes murmullos, sintió que algo tiraba de ella, algo que la atraía al segundo piso. Su mente era una confusa mezcla de expectación y temor, pero no pudo evitar subir lentamente las escaleras, sujetándose de la barandilla con tanta fuerza que sintió que la sangre dejaba de circular por su mano.

Los murmullos se hacían cada vez más fuertes, pero entendía poco de lo que decían. Las punzadas de miedo recorrían su corazón, avanzaba nerviosa, la tensión había invadido las venas de la enfermera como si se llenaran de clavos. Cuando estuvo en la parte de arriba, cesaron los murmullos por completo y una oleada de tenso silencio se extendió por toda la estancia. Era un silencio inquietante, como si todo estuviera muerto en el lugar, como si se encontrara dentro de un mausoleo gigante. El pulso le martillaba en la sien y supo sin lugar a dudas que terminaría su turno con un terrible dolor de cabeza.

Observó el largo y oscuro pasillo, había olvidado encender las luces y trató de ajustar sus ojos a la oscuridad reinante. Observó que una fina neblina cubría el piso, no supo identificar de donde provenía. La niebla de aspecto lechoso se enroscaba entre sus piernas. Los murmullos volvieron, Melinda creyó que venían de la sala de pediatría, caminó despacio, algo tiraba de ella como una mano invisible. Sintió la neblina helada en torno a sus pies. El miedo hizo presa de ella, un miedo sofocante y cálido que le recorría el cuerpo. Apretó los labios para evitar que le temblaran.

 Se detuvo frente a la puerta de pediatría, tomó el pomo con una mano y el tirador con la otra, esta vez, se abrió al primer intento. Ingresó lentamente y cuando estuvo dentro, la puerta se cerró de un portazo. Ella dio un salto como si un resorte la impulsara. Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Su respiración se había acelerado, su corazón latía con fuerza. Un viento frío le heló el cuello, giró sobre sus talones abriendo los ojos en pánico.

“Ayudaa”, oyó muy cerca de su oído, y volvió a girar aterrada. Buscó con desesperación en las tinieblas cada vez más pronunciadas. Observó con confusión y desesperación crecientes, una figura saliendo de entre la niebla. Contuvo la respiración al advertir que era el niño de sus sueños, su presencia incorpórea la perturbó, podía ver a través de él. Parecía un poco confuso y alterado.

“Ayúdame” volvió a repetir extendiendo sus encallecidas manos hacia Melinda, mientras sentía crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. La enorme herida en la cabeza del chico sangraba profusamente, astillas de hueso sobresalían de su negro cabello, mientras una sustancia viscosa y gris se pegaba a su mejilla. Todo pareció enlentecerse entonces. El chico llevó una mano a su cabeza y la introdujo en la herida. “Fue culpa de míster John” dijo moviendo la boca con mucha dificultad. El chico se acercó más a Melinda, quien sintió una especie de terror paralizante que le impedía moverse. Su corazón se había acelerado tanto que le dificultaba la respiración, sus pupilas estaban dilatadas, un sudor frío recorría su rostro pálido. El ser fantasmal se acercó tanto a Melinda que pudo olerlo, era una mezcla de grass, estiércol, tierra húmeda y sangre. Pasó a través de ella y desapareció, cuando Melinda pudo al fin emitir un grito desesperado.

El doctor que se encontraba aún durmiendo en el primer piso, se levantó de un salto y se le heló la sangre al oír aquel grito desgarrador. Se dirigió de prisa a las escaleras, trató de encender la luz, pero el interruptor no funcionaba. Subió las gradas a trompicones y cuando estuvo en lo alto, buscó las luces de emergencia y las encendió. Las brillantes luces lo cegaron por unos segundos, pero pronto sus ojos se adaptaron, caminó por el pasillo con inseguridad, vio la puerta de pediatría y se acercó a ella, la abrió con algo de temor, su corazón latía expectante. Encontró a Melinda arrodillada en el piso con el rostro hundido en sus manos. Se balanceaba sobre su cuerpo una y otra vez.

_ ¡Melinda! _ dijo el médico mientras intentaba sacarla del trance en que se encontraba.

La enfermera se sobresaltó y emitió otro grito al sentir las manos del doctor sobre su hombro.

_ Melinda soy el doctor Rosales_ dijo_ no te alteres.

_ ¿Doctor?

_ Sí soy yo_ dijo él medico totalmente consternado ante la escena que estaba presenciando.

Melinda se abrazó a él mientras lloraba de desesperación y terror. El doctor Rosales, jamás olvidaría la expresión de pánico que había visto en los ojos de la enfermera.

_ ¡¿Qué fue lo que paso?!_ preguntó el galeno.

_Creo que es verdad_ contestó ella con la voz entrecortada.

El doctor la miró sin comprender de qué hablaba.

_Creo que las historias que le contaron son verdad_ se explicó.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ la interrogó mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Melinda caminó con mucha dificultad sujeta por el doctor, sus piernas parecían de goma y amenazaba con ceder. Bajaron las escaleras, pero Melinda no había dicho aún una palabra. Rosales la ayudó a recostarse en una camilla de la sala de emergencias y le sirvió una taza de mate de anís. Melinda bebió de prisa, tenía la garganta y los labios secos, el corazón acelerado y el rostro sudoroso como si hubiese tomado parte en una carrera. El doctor la miraba aturdido, desconcertado y preocupado.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó poco después.

Melinda asintió sin mucha convicción.

_ ¿Qué fue lo que paso? _ volvió a preguntar el galeno.

Melinda emitió un suspiro profundo, sabía que lo que iba a decir parecería algo inverosímil en aquel momento bajo las luces de los fluorescentes de la sala de emergencia, ella misma comenzaba a pensar que lo que había visto probablemente era producto de su imaginación. De todas maneras, le contó al médico los terroríficos acontecimientos de esa noche. Melinda pudo ver en los ojos del hombre un brillo de escepticismo e incredulidad. Cuando terminó, se quedó en silencio, sopesando cada palabra que había salido de su boca, ella misma no podía creerlo, pero percibió en su mente, un insondable respeto por aquello que sobrepasa la comprensión humana.

_ Creo que te has sugestionado con todo lo que te conté_ sentenció el doctor luego de unos segundos.

_No estoy tan segura, pero de todas formas no hay explicación lógica para lo que vi, tal vez estaba cansada y con sueño.

Tal vez, su mente adormilada se desvió de la realidad, pensó.

_Sí, lo más probable es que estuvieras algo dormida. ¿Has tenido episodios de sonambulismo?

Melinda se echó a reír a pesar de que seguía aterrada.

_No que yo sepa doctor, pero la verdad no podría asegurarlo, no duermo acompañada_ dijo.

_ Quizás estas pasando por momentos tensos y eso desencadenó un episodio de sonambulismo, estuviste inmersa en una pesadilla que te pareció muy real.

Melinda lo meditó por un momento, probablemente esa era la explicación más lógica. Pareció relajarse un poco con esta explicación mucho más lógica que aceptar la existencia de fantasmas.

_Será mejor que vayas a casa a descansar_ dijo el médico.

_Falta poco para que termine el turno, preferiría quedarme_ dijo ella_ de todas maneras será difícil que duerma ahora.

El doctor asintió algo preocupado por ella.

_Estamos con escases de personal, no hay un psicólogo en el hospital, pero creo que sería conveniente que veas a uno_ aconsejó el doctor Rosales.

_Conozco a una, es una amiga que trabaja con las comunidades_ dijo Melinda recordando a Laura.

_Entonces sería bueno que hablaras con ella.

Melinda asintió.

_ Lo haré mañana por la tarde antes de regresar a la guardia_ dijo.

_Creo que sería conveniente que te quedaras en casa mañana.

_No me hace sentir mejor, vine a trabajar, no a quedarme en casa_ contestó.

_Está bien, dejemos que sea tu amiga quien decida qué es lo mejor.

Poco a poco, la luz del día fue imponiéndose sobre la tierra con lentitud, al igual que en la mente nublada de Melinda.

VII

La enfermera se sorprendió al ver que había dormido casi diez horas ininterrumpidas. No tuvo sobresaltos, ni recordó haber soñado. Se sentía algo más tranquila, pero las manos le temblaban levemente. Se dirigió a casa de Laura, luego de comer un sándwich. No faltaba mucho para que oscureciera.

Cuando la psicóloga la vio no pudo evitar pensar que algo raro estaba pasando con su amiga. Melinda siempre se había preocupado de su aspecto personal, le gustaba cuidar su hermosa cabellera, larga y negra, pero ahora la veía algo desgarbada, con el pelo despeinado y envuelto en una maraña. Su rostro estaba pálido y sus labios rojos habían desaparecido dando paso al color amarillo desvaído típico de un enfermo. Tenía dos grandes ojeras debajo de sus ojos y su rostro parecía haber envejecido de repente. Creyó que había perdido peso. Bajo la mortecina luz del atardecer su rostro parecía fantasmagórico. La refinada belleza de la mujer había desaparecido dando paso a una joven fatigada y casi cadavérica. Laura la miró con desconcierto y preocupación.

 _ ¿Estás bien? _ preguntó sabiendo que era una pregunta estúpida, claro que no estaba bien.

_ No mucho_ dijo la enfermera con una sonrisa bastante forzada.

_ ¿Quieres entrar a la casa para que hablemos?

_ Se que está empezando a hacer frío, pero necesito un cigarrillo_ dijo sacando uno del bolsillo de su abrigo.

_ No te preocupes, podemos quedarnos aquí afuera_ dijo Laura mientras se sentaba en las gradas de ingreso a la casa.

Melinda no la imitó, necesitaba quedarse parada mientras fumaba. Encendió el cigarrillo y le dio una profunda calada. Intentaba buscar valor para contarle todo a su amiga. Saboreó la tibieza del humo a medida que se introducía en sus pulmones. Retuvo el humo dentro por varios segundos, antes de exhalarlo. Laura notó que el cigarrillo temblaba levemente entre los dedos de Melinda.

_No sabía que fumabas_ dijo.

_Lo dejé cuando tenía veintitrés años, porque una tía muy querida había muerto de cáncer en los pulmones_ explicó.

Laura la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué te hizo volver a fumar? _ preguntó algo confundida.

Melinda la observó con rostro sombrío.

_Necesito algo que me relaje, y esto es lo único que he conseguido.

_ ¿Qué está sucediendo? _ preguntó la psicóloga_ te noto extraña y nerviosa.

_ Volvió a suceder_ dijo vacilante_ anoche volví a ver al niño de mis sueños, solo que esta vez, estaba despierta, al menos eso creo_ agregó.

Laura la observó con atención, no entendía muy bien lo que ella estaba diciendo, pero pudo ver la oscuridad que había en sus ojos. Tenía la mirada insegura y errática. Melinda le narró los acontecimientos con voz trémula. Se detuvo varias veces, parecía que no podía hilar muy bien sus ideas.

_ El doctor Rosales me dijo que sería bueno que hablara con un psicólogo_ dijo con una sonrisa abatida luego de terminar de narrarle los hechos. _ Tu eres la única psicóloga por aquí, además, sigues siendo mi amiga, al menos eso creo_ agregó tirando la colilla del cigarrillo antes de que le quemara los dedos.

_Claro que soy tu amiga_ se apresuró a decir Laura poniéndose de pie y acercándose a Melinda. Le frotó la espalda esperando que ese gesto la ayudara a relajarse.

_Espero que no sigas resentida conmigo por lo de Alejandro_ dijo Melinda con una sonrisa algo triste y avergonzada.

_Creo que no es momento para hablar de Alejandro_ contestó Laura

_No quería incomodarte. Cuando dijiste que no había nada entre ustedes, pensé que así era_ se excusó la enfermera_ Pero cuando los vi interactuar, me di cuenta de que entre ustedes hay algo muy fuerte.

_Olvídate de eso, entremos a la casa y hablemos de lo que te está sucediendo_ dijo Laura.

Melinda asintió y caminó hasta la sala, seguida muy de cerca por Laura.

VIII

Laura Brown subió al Toyota celeste y le dedicó una leve sonrisa al conductor. De inmediato, él se percató de que algo la preocupaba, pero no quiso presionarla. Hicieron el camino al trabajo en silencio, Laura se encontraba sumida en sus pensamientos mientras observaba con ojos afligidos a través de la ventana del automóvil.

_Laura, ¿te encuentras bien? _ preguntó Alejandro.

La psicóloga despertó de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa lánguida.

_Lo siento, estoy bien, pero estoy preocupada por Melinda.

_ ¿Qué sucede con ella? _ preguntó el abogado frunciendo el ceño y observando por un par de segundos a Laura.

Laura le explicó a grandes rasgos lo que sucedía con Melinda. Alejandro le dedicó una mirada escéptica.

_ Lo sé, lo sé, es difícil de creer, pero algo grave sucede, y no tengo idea de cómo ayudarla_ dijo levantando las manos en señal defensiva.

_ ¿Quieres que hable con ella? _ preguntó.

_ No sé, tal vez no es buena idea que ella sepa que te he comentado esto. Técnicamente, estoy violando los principios éticos al contártelo.

Alejandro asintió.

_Tienes razón, no quiero meterte en problemas.

Ella le sonrió con los ojos brillantes.

_Agradezco que me hayas escuchado, ella es mi amiga, y se hace difícil tratarla como si fuera un paciente más. Además, nunca ejercí la psicología como terapia. He trabajado siempre en el sector social.

_No te preocupes, pienso que está estresada y se ha sugestionado con las historias que le contaron sobre el hospital.

_Estoy de acuerdo, solo espero que pronto se recupere y vuelva a ser ella misma_ dijo Laura, pero su voz no sonó muy convencida.

IX


[1] Trastorno del sueño raro en la que el paciente siente ocasionalmente un sonido muy fuerte que describen como un estallido.

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