Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, invierno de 1926.

I

El invierno cubría con su manto crudo y gélido la ciudad, el viento arrancaba lastimeros gemidos a las descubiertas ramas de los árboles mientras el cielo gris y denso amenazaba con una tormenta. Kataryna terminaba de preparar la cena mientras observaba con una sonrisa de orgullo a sus dos pequeñas hijas que jugaban en el salón de la casa muy cerca de ella.

En la chimenea, la leña ardía bien y emitía un agradable calor aletargante. En la penumbra tras la estufa de la cocina, gorgoteaba la sopa. Afuera, una rama golpeaba el vidrio de la ventana movida por el inquietante aire invernal.

 Olena, la mayor de las niñas, corría de un lado a otro con la muñeca de trapo que su padre le había regalado al cumplir un año. Mientras tanto, Daryna, que apenas tenía ocho meses se esforzaba por alcanzar a su hermana en un intento de gateo que en realidad se asemejaba más al movimiento de un reptil.

Kataryna dejó lo que estaba haciendo y se sentó a contemplar a sus hijas, recordó de pronto, los duros momentos que vivió durante su primer año de matrimonio, el abuso y la indiferencia de su esposo, así como también la muerte de su primera hija.

Suspiró, las cosas habían mejorado con el nacimiento de Olena. Igor adoraba a su pequeña, se desvivía por darle cariño. Todo el cariño que nunca fue capaz de darle a su esposa. Kataryna ya no pensaba en ello, le había sido difícil asimilar la realidad de la situación, pero una vez que lo consiguió y aprendió a convivir con ella, las cosas se hicieron más fáciles. Es más, en aquella etapa de su vida hasta podría haber sugerido que era feliz. ¿Cómo no serlo al ver a Olena al lado de su padre? Todas las tardes después del trabajo, lo primero que hacía Igor era levantar a la niña en brazos y girar con ella como si fuera un carrusel humano. La niña disfrutaba de los juegos con Igor. Olena reía a carcajadas y su rostro enrojecía como un tomate, sus ojos azules brillaban de felicidad, mientras giraba en brazos de su padre.

El aullido del viento la volvió a la realidad, fijó su mirada en la ventana y se distrajo unos segundos pensando que la tormenta de nieve no demoraría mucho en empezar.

Olena depositó la muñeca de trapo en el piso e intentó trepar a la silla que se encontraba frente a su madre. Era una niña impetuosa, temeraria y que no se rendía con facilidad ante los obstáculos. Situó sus brazos sobre la silla y levantó su pie derecho buscando apoyo en uno de los travesaños, pero tenía la pierna demasiado corta.

Kataryna la observó interesada, quería saber cómo lograría la pequeña solucionar aquel impase.

Olena se apoyó en el pie izquierdo, se puso de puntillas e intentó de nuevo. Levantó el pie derecho y pudo encontrar el travesaño. Se impulsó con toda la fuerza de la que fue capaz mientras cerraba los ojos y emitía un pequeño gruñido como si con ello encontrara la fuerza que necesitaba para lograr su cometido. Pronto, tenías piernas sacudiéndose en el aire. Su rostro enrojeció hasta el nacimiento de su delgado cabello.

Kataryna quiso intervenir, se acercó a ella para ayudarla, pero se detuvo en el último instante. Si la tomaba en brazos y la sentaba en la silla, su pequeña armaría tal alboroto que los llantos y las pataletas no terminarían hasta que se quedara dormida.

Olena se contrariaba con facilidad. A pesar de su corta edad, era orgullosa y se exasperaba si no conseguía algo por sí misma. Kataryna tenía que reconocer en su hija algo del carácter de su padre.

La niña se removió zigzagueando las piernas en el aire como si fuera una culebra que se arrastra por la hierba, hasta que consiguió apoyar las rodillas en la silla. Se sujetó de los reposabrazos con sus pequeñas manos y a continuación se incorporó, no sin dificultad.

Kataryna emitió un suspiro de alivio y acarició el pelo de la triunfante niña.

Olena dio un par de palmadas mientras reía frenética, parecía uno de aquellos escaladores que acababa de llegar a la cima de una montaña escarpada e increíblemente alta.

Daryna, mientras tanto, sentada a los pies de su madre, intentaba llamar su atención con suaves quejidos.

Kataryna la levantó del suelo y la cobijó entre sus brazos.

Si bien Kataryna estaba convencida del amor de Igor por Olena, cuando este vio a Daryna por primera vez, se quedó prendado de ella. La niña tenía el pelo castaño claro y los ojos de su padre. Era idéntica a él. La sostuvo en sus brazos y caminó con ella por la habitación sonriendo como un tonto, embelesado.

_ Su pelo, es igual al mío_ había dicho poco después.

_ Sí, también tiene tus ojos, en realidad se parece mucho a ti_ le había contestado ella.

 Kataryna recordaba con total claridad los ojos orgullosos y la sonrisa brillante que esbozó Igor aquella noche en que nació Daryna.

El viento batía las ramas de los árboles contra el techo de la casa despidiendo un ruido sordo y a veces casi violento. El corazón de Kataryna se aceleró de pronto, no le gustaba el aullido del viento quejumbroso casi fantasmagórico.

Olena le exigió a su madre algo de comer, al parecer aquella pequeña aventura le había abierto el apetito. De inmediato la joven olvidó la tempestad y sirvió la cena a las niñas. Supuso que su esposo no tardaría en llegar a casa ya casi estaba oscureciendo.

Igor regresó del trabajo, poco después, entró a la casa con pasos cansinos, el rostro desencajado, y una persistente tos. Su cuerpo se estremecía de escalofríos, y la congestión era severa. Kataryna notó que además tenía los ojos rojos y brillantes.

 La joven posó una mano sobre la frente de su esposo y de inmediato constató que sus suposiciones eran ciertas, tenía fiebre.

_ Será mejor que no te acerques mucho a las niñas_ le advirtió a su esposo_ no quiero que se contagien con lo que sea que tienes.

Igor se limitó a mirarla con ojos amarillentos y desvaídos como si estuviera meditando lo que diría.

_ Dormiré en el cuarto de las niñas, ellas pueden dormir contigo_ contestó con voz grave poco después.

Kataryna asintió algo preocupada. El invierno no era el mejor momento para que las niñas cayeran enfermas.

Igor Gorodetsky tosió un par de veces, hizo una mueca de dolor, se oprimió con las manos el pecho antes de enfilar el pasillo rumbo a la habitación de sus hijas con la espalda algo encorvada y arrastrando los pies. Se sentía realmente mal, apenas podía respirar no solo por la congestión nasal, sino porque el aire llegaba con dificultad a sus pulmones. Le palpitaba la cabeza como si tuviera una mole de piedra en torno a ella. La tos era persistente, le dolían los músculos del abdomen al igual que la garganta. Intentó desvestirse y se percató que no solo eran los músculos del abdomen los que le dolían, sino todo el maldito cuerpo. Se sacó el abrigo y la camisa con mucha dificultad, sentía un dolor atroz en los brazos. Cuando intentó sacarse las botas, percibió que no podía mantener el equilibrio en las piernas y que el dolor se recrudecía. Tuvo que sentarse para terminar de sacárselas. Se paró con dificultad, y se sacó los pantalones, dejando que se le deslizaran por las piernas. Le dolía cada uno de los músculos de su cuerpo. Se dejó caer pesadamente sobre la cama. Su respiración se había acelerado como si acabara de correr una maratón. Trató de relajarse aguardando que la respiración se le normalizara.

  Kataryna entró a la habitación poco después con un plato de sopa caliente. Igor se incorporó con dificultad en la cama apoyado en ambas manos. Reclinó la espada contra la cabecera mientras Kataryna le entregaba el plato.

 Igor apenas comió, la tos no le dejaba tragar bocado. Con cada inspiración y exhalación sus pulmones emitían un desconcertante silbido. Kataryna se alarmó, aquellos síntomas no eran normales, pensó que podía ser algo más que una simple gripe. Necesitaba que un médico lo auscultara, pero no podía dejar a las niñas, ni llevárselas con ella, la noche había caído por completo sobre el campo y con ella también la nevada.

Decidió que lo mejor sería pedir ayuda a sus suegros. Observó a través de la ventana la nieve que ya se arremolinaba frente a ella, auguraba el principio de un gran temporal.

Cuando las niñas se durmieron, salió al encuentro del interminable abismo negro de la noche. De inmediato sintió como se le erizaban los pelos de su cuello y los brazos. El aire era frío y húmedo. Una ráfaga de viento le heló el rostro de inmediato. Se levantó el cuello del abrigo mientras intentaba ver en la oscuridad, pero por más que lo intentaba no podía ver absolutamente nada. No había nada que la guiara en el camino, solo los copos de nieve que danzaban en el aire y que parecían desafiar la gravedad frente a la luz de la lámpara a queroseno que llevaba en la mano y que amenazaba con apagarse debido a las fuertes ráfagas de viento que la hacía oscilar una y otra vez. Su sombra se alargaba sobre la helada capa de nieve como si de un fantasma se tratara. Se la veía pálida bajo la luz de la lámpara que ilumina tenuemente su rostro.

 Se internó de inmediato en la oscuridad. Caminó lo más rápido que pudo sobre la gruesa alfombra de nieve que cubría el suelo, no quería dejar a las niñas solas mucho tiempo ya que Igor no estaba en condiciones de hacerse cargo de ellas. La nieve parecía acariciar su rostro como si se tratara de gélidos dedos, cubriéndole los párpados y las pestañas.

Luego de incontables minutos, observó el tenue destello de unas luces, a no más de cincuenta metros a través de la cortina de nieve.

_Es la casa de mis suegros_ dijo en voz alta, como si oír su propia voz la ayudara a llegar deprisa.

Aceleró sus pasos, siguió caminando por un rato que le pareció excesivamente largo, mientras avanzaba por la frígida oscuridad con la rapidez que la nieve se lo permitía.

Las luces se hicieron más intensas y entonces supo que estaba cerca. Suspiró y su aliento formó una pequeña neblina blanca a su alrededor debido al frío de la noche la cual se hizo patente debido a la luz de la lampara.

Cuando al fin recorrió el tramo final que la llevaba hasta la casa suspiró aliviada. Se detuvo en el linde del claro que rodea la casa tratando de recuperar el aliento. Poco después, tocó a la puerta un par de veces antes de que alguien se dignara a abrirla.

_ ¿Kataryna que haces aquí con este clima? _ preguntó su suegro alarmado al verla, recordaba a la perfección la última vez que Kataryna estuvo allí en similares condiciones y las cosas no habían terminado muy bien para ella.

La muchacha no se quitó el abrigo, ni se puso cómoda.

_ Igor está muy enfermo, necesita un médico, no puedo quedarme mucho porque dejé a las niñas solas_ dijo atropelladamente.

Su tono de voz delataba su creciente inquietud. Los padres de Igor se alarmaron de inmediato.

_ ¿Qué es lo que tiene mi hijo? _ preguntó la madre en tono vacilante.

_ Parece una gripe, pero tiene mucha fiebre y respira con mucha dificultad, sus pulmones hacen un ruido extraño_ explicó la muchacha.

_ Iré a buscar al médico _ anunció su padre mientras tomaba su abrigo y se preparaba para salía de la casa.

_ Tengo que regresar_ dijo Kataryna_ me preocupa las niñas.

_ Yo iré contigo_ dijo la madre de Igor.

_ Será mejor que te quedes en casa_ contestó el padre con voz autoritaria_ no sería prudente que te expusieras a lo que tiene Igor.

La mujer no intentó protestar, le temía mucho más a Gorodetsky que a la enfermedad que aquejaba a su hijo.

 Gorodetsky fue en busca del médico, mientras Kataryna emprendió el regreso a casa de inmediato.

 El viento silbaba con fuerza a su alrededor, haciendo tambalear la lámpara que llevaba en la mano derecha. Tenía que detenerse cada tanto para sostenerla con ambas manos. La inquietud se apoderó de ella y su corazón empezó a latir aceleradamente. Sintió que el rostro le ardía, no solo por el frío sino por la terrible sensación de que algo muy malo iba a suceder. Un turbio torrente de pensamientos le bullía en la cabeza, lo cual la hizo acelerar el paso alejándose de la casa de sus suegros a toda prisa.

De pronto, sintió que su pie derecho se topaba con algo grande y duro. Trastabilló y cayó de rodillas en el helado suelo. Kataryna dejó escapar la lámpara, en un intento por amortiguar la caída, utilizando ambas manos para sujetarse y no caer de bruces. La lámpara se hizo trizas al llegar al suelo extinguiéndose así, el último atisbo de luz. La negrura que rodeó a la muchacha fue absoluta.

Se levantó con dificultad, el dolor en ambas rodillas era considerable. Cuando estuvo de pie, se encontró totalmente desorientada. Giró sobre sus talones buscando la luz que le indicara la dirección de la casa de sus suegros, pero ya se había alejado lo suficiente y no pudo encontrarla.

Sintió una inesperada punzada de inquietud. Un miedo glacial le removió el estómago. Respiró profundamente tratando de ignorar aquella sensación sumamente desagradable. Pensó que sería tragada por la amplitud de la oscuridad. El miedo la invadió y no supo hacia dónde dirigirse. Temió que pudiera ser presa de algún animal salvaje o que cayera de nuevo al suelo y se torciera un tobillo. Volvió a respirar profundamente un par de veces, apartó todos aquellos pensamientos negativos de su cabeza y siguió adelante. No se dejaría amilanar por la situación, debía regresar a casa junto a sus niñas.

Avanzaba a tientas en la oscuridad con los brazos extendidos, tratando de protegerse en caso de que se encontrara con algún obstáculo, como un árbol, por ejemplo. Sus pasos eran vacilantes y muy lentos. Sus pupilas se dilataron tratando de ajustarse a la oscuridad, pero no veía absolutamente nada. Un ruidoso graznido proveniente de algún punto cercano a ella la sobresaltó y se detuvo de golpe. Permaneció absolutamente inmóvil por largos segundos, tratando de aguzar el oído. Respiraba dificultosamente, con los labios entreabiertos. La situación era suficientemente amenazante.

 Se frotó los ojos con ambas manos como si eso la ayudara a ver con mayor claridad. Volvió a emprender la marcha lentamente procurando no volver a trastabillar. El dolor en sus rodillas era cada vez más intenso, pero trataba de restarle importancia. Mantenía su mente ocupada en encontrar el camino de regreso a casa. Actuaba únicamente por instinto, mientras que caminaba a tientas por el campo y se internaba profundamente en la desolada oscuridad.

Volvió a detenerse y escrutó a su alrededor. Giró la cabeza, primero a la izquierda y luego a la derecha y se quedó mirando fijamente la negrura de la noche. La interminable extensión de frío bajo sus pies le parecía un inmenso espejo congelado. Volvió a ponerse en marcha lentamente hasta que, a lo lejos a su derecha, divisó en destello.

El corazón de Kataryna volvió a acelerarse. Aquella pequeña luz apareció ante sus ojos como si fuera un brillante faro en un vasto océano negro. Con cada paso el resplandor se hacía más intenso. Pronto pudo divisar la casa y se sintió aliviada. Avanzó por el sendero con grandes zancadas.

Abrió la puerta apresurada y entró en la vivienda. No se sacó el abrigo y fue directamente a la habitación en donde se encontraban sus hijas. Las niñas seguían dormidas. Arropó con cuidado a sus hijas y luego se dirigió a la habitación que ocupaba su esposo. Lo encontró sudando profusamente a causa de una elevada fiebre, con la respiración entrecortada y retorciendo su cuerpo como si fuera una serpiente a quien acababan de cortarle la cabeza.

_ Igor, pronto estará aquí el doctor, tu padre fue por él_ dijo la joven.

Igor se encontraba en un estado semi inconsciente y no podía oírla.

El terrible silencio en la habitación solo fue roto por golpeteo de las ramas contra la ventana y el aullido del viento.

 Kataryna no podía hacer nada más que mojar un paño en agua y colocárselo sobre la frente, en un intento por bajar la fiebre y disminuir así los espasmos que sufría.

 Le dolían las rodillas producto de la caída, pero ahora no tenía tiempo de pensar en aquello.

Gorodetsky llegó poco después acompañado del médico del pueblo. Kataryna los acompañó a la habitación que ocupaba en ese momento el enfermo. Esperó expectante en el umbral de la puerta de la habitación, lo que el médico tenía que decir.

_ Tiene neumonía_ afirmó el médico con la mirada vacilante_ le daremos tratamiento, esperemos que no sea muy tarde.

El padre de Igor trató de ahogar un gemido de horror. Kataryna solo pensó en sus hijas.

_ Doctor tengo dos niñas pequeñas_ dijo asustada.

_ Trate de mantenerlas alejadas, pero si usted va a cuidar de él, lo mejor será que saque a las niñas de la casa y las hospede con algún familiar.

Kataryna miró alternativamente primero a su suegro y luego al médico.

_ Pero tendrá que hacerlo mañana después de la tormenta_ agregó el galeno.

Kataryna asintió.

El doctor dejó instrucciones precisas para el tratamiento del paciente. La mortalidad a causa de la neumonía era muy elevada. Kataryna debía prepararle a su esposo una infusión de 6 dientes de ajo y media cebolla, a los que se le añadiría 250 ml de agua y dos cucharadas de miel. El enfermo debía beber la infusión cada vez que la tos le dificultara la respiración. Además, debía beber un extracto de hoja de olivo. Esta infusión ayudaba al cuerpo a luchar contra la infección atacando la neumonía. La alimentación debía ser liviana tratando de evitar en lo posible alimentos de origen animal si es que el paciente llegaba a comer algo.  Las compresas de agua fría eran muy importantes para tratar de mantener a raya a la fiebre. El médico le advirtió a la joven que la calentura subiría por las noches y después del almuerzo. El proceso de la enfermedad sería largo y tedioso y si tenía suerte, el paciente sobreviviría.

Kataryna suspiró sobrecogida una vez que su suegro y el médico salieron de la casa. Sus hijas seguirían expuestas mientras se mantuvieran en la vivienda.

La noche fue larga y agotadora, las compresas frías parecían no surtir efecto. Igor tenía los labios secos y agrietados, Kataryna trataba de mantenerlo hidratado acercándole de vez en cuando un recipiente con agua para que bebiera. Igor apenas lo hacía, estaba bastante desorientado.

Como el médico le indicó, le dio de beber a pequeños sorbos la infusión de hojas de olivo. Igor tragaba con dificultad, la tos le dificultaba poder deglutir.

 Susurraba palabras ininteligibles, y luego volvía a sumirse en aquel letargo que preocupaba cada vez más a Kataryna.

Luego de una noche agitada e interminable, Igor se fue relajando y se quedó dormido. Kataryna notó que la fiebre había bajado, pero no había desaparecido del todo. Necesitaba descansar antes de que las niñas despertaran. Se dirigió hasta la pequeña sala que solía utilizar para bordar y coser. Se hundió pesadamente en un antiguo pero mullido diván que había pertenecido a la abuela de Igor, dejando escapar un fuerte suspiro.

 Le ardían las rodillas heridas, le palpitaban como si fueran dos muelas cariadas.

A través de la ventana, Kataryna pudo contemplar, que la oscuridad de la noche se diluía poco a poco, dando paso a una claridad neblinosa.

 De pronto, sintió frío como así acabara de percatarse que afuera probablemente el termómetro había descendido al menos treinta grados. Se levantó del diván y buscó algo con que cubrirse los hombros. Aún soplaba una gélida briza que azotaba las ramas de los árboles cuando se acercó a la ventana para seguir contemplando el amanecer.

 Pronto la espesa neblina, se disipó y la luz amortiguada del día tomó su lugar.  En el horizonte, entre los árboles, el cielo se tiñó de colores rojos y naranjas. Kataryna suspiró mientras cruzaba los brazos sobre su pecho para tomar sus hombros con sus manos, un gesto de autoprotección. Al fin había terminado aquella terrible noche.

II

Kataryna observó con un extraño e inquietante nudo en el estómago la carroza que se alejaba de su casa, llevándose a sus dos hijas con ella. Su madre Anastasia se haría cargo de ellas hasta que Igor estuviera fuera de peligro. La sensación de que algo malo sucedería crecía en ella a medida que la carroza se alejaba. Se sintió de pronto sumergida en una soledad espantosa. El nudo estaba ahora también en su garganta, las lágrimas se agolparon en sus ojos, amenazantes. Aspiró una bocanada profunda de aire frío e ingresó a la casa.

III

Diez días después, la fiebre de Igor había remitido considerablemente, pero aún no había desaparecido por completo. Las secreciones seguían fastidiando a Igor, pero podía respirar un poco mejor. Se mantenía consciente todo el tiempo y solo se dormía cuando lo vencía el cansancio. Su apetito también había mejorado. Kataryna consideraba que aquella era la mejor señal de su mejoría.

Mientras Igor daba buena cuenta de un humeante plato de sopa, Kataryna salió al patio caminando sobre la gruesa capa de nieve que se había acumulado. Debajo de sus pies, la nieve crujía a cada paso. Se sentó debajo de un gran árbol con ramas desnudas y retorcidas que se extendían hacia el cielo con una extraña apariencia espectral.

 El suelo estaba increíblemente frío, pero a Kataryna no le importó, necesitaba aquel tiempo a solas. Sentir el aire helado sobre su rostro la ayudó a relajarse. Observó el vaho que desprendía su aliento en la fría mañana. Emitió un suspiro sonoro, recostando la cabeza contra el tronco del viejo árbol. Sintió que su corazón se estremecía de repente como si aquello fuera alguna advertencia de que algo malo estuviera a punto de suceder de un momento a otro. Se levantó inquieta y regresó a la casa con paso cansino y la cabeza gacha. No tenía idea de que le sucedía, estaba nerviosa y no tenía ningún motivo para ello. Fue a la habitación que ocupaba Igor, recogió el plato de la sopa y lo miró con desasosiego. Igor lo notó, pero no dijo nada.  Se sintió frustrada, era increíblemente difícil comunicarse con él. Se sentía sola todo el tiempo como si no tuviera a nadie en el mundo.

Unos insistentes golpeteos en su puerta interrumpieron sus pensamientos. Volvió a dedicarle a su esposo una mirada algo triste y luego salió de la habitación. Dejó el plato en la cocina y fue a abrir la puerta. Encontró a su madre Anastasia con los ojos consternados y la mirada aturdida. La sonrisa inicial de Kataryna se esfumó rápidamente, dando paso a una mirada abrumada y sofocada.

_ ¿Qué fue lo que pasó? _ preguntó de inmediato sin siquiera saludar a su madre.

_ Es Olena, ha caído enferma. La he traído, no es aconsejable que esté cerca de su hermana _ dijo Anastasia.

Kataryna miró a su madre con expresión confusa. Luego observó por encima del hombro de Anastasia hacia la carreta que esperaba a cierta distancia de la puerta. Los ojos de la muchacha seguían confusos, como si no estuviera segura de donde estaba o que estaba pasando. Se sintió de pronto atemorizada, murmuró algo inaudible y caminó dando grandes zancadas hasta el carruaje.

Kataryna pudo ver a su hija arropada en brazos de Iván, su padre. Él la miró con tristeza.

_ Dame a mi hija_ fue todo lo que pudo articular con voz angustiada.

Iván le entregó a la niña.

 Kataryna la abrazó contra su pecho, giró sobre sus talones y enfiló el camino de regreso a la casa. Cuando estuvo frente a su madre, le rogó que cuidara de la menor de sus hijas.

Anastasia asintió desolada mientras Kataryna ingresaba a la vivienda.

Trató de que la niña estuviera lo más cómoda posible. La fiebre la consumía y la hacía delirar. Hablaba de montar un pony blanco que la perseguía en el campo.

 La tos no se hizo esperar y las convulsiones la siguieron de cerca.

IV

El sudor bañaba a la niña, llevaba el pelo enmarañado y apelmazado, los labios cuarteados, el rostro enrojecido y los ojos vidriosos. Karatyna trató de hidratar a la niña, pero no pudo conseguir que bebiera.

_ ¡Kataryna! _ gritó Igor desde la otra habitación.

La joven entornó los ojos frustrada, arropó a la niña y se dirigió a la habitación que ocupaba su esposo. Se quedó de pie en el umbral de la puerta esperando con los brazos cruzados sobre su pecho.

_ ¿Quién tocó a la puerta? _ preguntó intrigado.

_Era mi madre, trajo a Olena, también ella ha caído enferma_ contestó con voz desarticulada.

Kataryna no pudo reconocer su propia voz que sonó distante y ajena.

Igor abrió los ojos de par en par, mientras de su garganta escapaba un gemido desolado.

_ Tendrás que arreglártelas solo_ agregó Kataryna_ debo cuidar de Olena.

Igor asintió apesadumbrado, sabía que la niña corría peligro, era muy pequeña y la enfermedad siempre se ensañaba con los pequeños y con los ancianos.

Kataryna salió de la habitación y una oleada de desesperación arrasó su cuerpo. La angustia estalló en su vientre con un dolor insoportable que la dobló en dos. Gimió profundamente, ni en sus peores pensamientos se había imaginado algo así. Tembló de miedo, se llevó una mano a la boca tratando de amortiguar sus gemidos. Se le nubló por un momento la vista y entró en pánico. Su respiración se volvió irregular y agitada. Trató de tranquilizarse y a tientas se acercó a una ventana y la abrió con dificultad. La fría briza le dio de lleno en el rostro y respiró profundamente par de veces.

Tenía los ojos abiertos de par en par, pero todo a su alrededor, todo, era oscuridad absoluta. Aspiró de nuevo una bocanada de aire helado y la negrura se fue despejando lentamente hasta que al fin pudo ver con claridad. Un ataque de pánico no la ayudaría en nada a afrontar lo que se le venía encima.

Regresó al lado de su hija, su corazón inundado de preocupación, angustia, sufrimiento e incertidumbre. Sintió una oleada de rabia en su interior, culpaba a su esposo de lo que le estaba pasando a su hija.

La visita del médico solo le acarreó mayores angustias. Las esperanzas eran escasas. La niña estaba muy grave.

_ ¿Qué puedo hacer por ella doctor? _ preguntó. En su voz se hizo evidente el cansancio y se le fue apagando mientras hablaba.

_ Intente bajar la fiebre_ contestó el galeno sin mucha convicción.

Kataryna asintió y le dedicó una sonrisa teñida de tristeza. Se sentía confusa y preocupada.

La noche fue larga y agotadora, la niña se durmió un par de horas antes del amanecer luego de que la fiebre remitiera. Kataryna pensó que lo peor había pasado y que su hija mejoraría. Se ovilló al lado de la niña y se quedó dormida.

Despertó sobresaltada cuando sintió que Olena convulsionaba de nuevo. La fiebre arrasaba su pequeño cuerpecito. Kataryna trató de sujetarla para que no se hiciera daño mientras le decía frases reconfortantes y tranquilizadoras que la niña distaba mucho de poder oírlas. Levantó una de sus manitas y luego la dejó caer con fuerza sobre la cama. Se sacudió un par de veces y luego permaneció completamente inmóvil.

Un silencio mortal se hizo en la habitación.

 La desesperación llenó por completo a Kataryna y sacudió a su hija que yacía muerta en la cama.

_ ¡Olena, Olena! _gritó tratando de encontrar alguna respuesta.

Un suspiro de abatimiento escapó de sus labios. Volvió a sacudir a su hija repitiendo su nombre una y otra vez. Sintió que un escalofrío recorría su cuerpo lo cual la hizo aceptar la nueva revelación, simple, dura y devastadora. Su hija estaba muerta.

El mundo se transformó de pronto, en un zoom de cámara lenta, que acercaba y alejaba las terribles imágenes con cada latido de su desbocado corazón. Dejó escapar un grito ahogado y empezó a llorar.

Su mente intentaba procesar la información, su hija había muerto, dos de sus tres hijas estaban muertas. Ahora solo le quedaba una. Sintió que le sobrevenía una fuerte nausea y se apresuró a salir de la habitación, pero no pudo salir a tiempo, vomitó en una de las esquinas del cuarto sin poder evitarlo. La cabeza le daba vueltas y no supo que hacer.

Igor se dirigió apresurado a la habitación que ocupaba su hija al oír el grito desgarrador de su esposa. Vislumbró lo que había dentro y se le escapó un grito ahogado. Su hija yacía muerta en la cama, con los ojos en blanco, la piel muy pálida y el cuerpo cubierto de sudor. Su esposa lloraba con desesperación arrodillada en el frío suelo de cemento. Igor no pudo pronunciar palabra, se quedó helado por la terrible visión que tenía delante.

Poco después, Igor se armó de valor y entró a la habitación, fue directo a la cama y cerró delicadamente los ojos de su hija. Acarició su rostro con suavidad para luego cubrir su cuerpo con una manta.

Estaba desolado, sus hijas lo eran todo para él, los cabos que lo sujetaban a tierra. En aquel momento lo único en lo que pensaba era en beber, beber hasta caer rendido y olvidar, olvidar aquella desgracia. Pero algo muy dentro lo obligó a voltear sobre sus talones y enfrentar a su esposa, ella también estaba sufriendo, ella también acaba de perder a una de sus hijas. Se acercó a Kataryna, apoyó una mano sobre su hombro con firmeza. Kataryna reaccionó de inmediato al sentir la pesada mano de Igor sobre su hombro. Levantó los ojos y le dedicó a su esposo una mirada desafiante, cruda y furiosa.  Se hizo a un lado para que él no la tocara y se levantó del suelo de inmediato. Quiso acercarse de nuevo a su hija muerta, pero sintió que unos brazos tiraban de ella y la alejaban de la habitación.

Al principio no opuso resistencia, se sentía cansada y muy dolida para protestar, pero cuando Igor la llevó a la cocina, reaccionó. Se libró de su agarre y lo empujó en el pecho con todas sus fuerzas. Como Igor aún se encontraba convaleciente, trastabilló y cayó sobre una de las sillas de la cocina. Se sujetó firmemente de la mesa para no terminar en el suelo.

_ ¡Esto es tu culpa! _ gritó ella_ tú trajiste esta maldita enfermedad a la casa.

Los intensos ojos de Kataryna lo desafiaron. La idea que acudió a su mente era demasiado compleja, repleta de una horrible mezcla de ira y congoja para poder expresarla con palabras.

 Igor ya se sentía suficientemente culpable para ponerse a discutir con ella por lo que guardó silencio, bajó la mirada y dejó que su esposa siguiera desahogándose, prorrumpiendo en acusaciones en medio de gritos y llantos desgarradores.

V

En las horas que siguieron a aquellos espantosos sucesos, los padres de la pareja llegaron a la casa para encargarse de los preparativos del funeral. Kataryna se mantenía en el diván de la salita de costura, sumida en sus pensamientos. Cada tanto la desesperación la azotaban y empezaba a sollozar como lluvia que cae intempestivamente.

Igor ingresó a la habitación unas horas después, ella le lanzó una mirada feroz. El joven la miró con ojos desolados, él también había perdido a una hija. Kataryna volvió a sentir náuseas, trató de evitarlas respirando grandes bocanadas de aire. Igor la dejó sola y fue en busca de su suegra.

 Anastasia se sentó al lado de su hija. La tomó del hombro atrayéndola hacia ella. Al principio, Kataryna trató de resistirse, pero luego se hundió en el hueco del cuello de su madre, cerrando los ojos. El dolor que sentía era atroz, quiso dar todo lo que poseía por librarse de él. Emitió un grito ahogado de pena y desesperación.

Anastasia permaneció en silencio, mientras consideraba por un momento las palabras que le diría a su hija. Dejó que ella diera rienda suelta a su tristeza mientras la abrazaba con fuerza. Kataryna se encontraba atrapada en una pesadilla que no lograba comprender.

_ Se que esto es muy difícil_ dijo Anastasia poco después_ pero debes ser fuerte por la hija que te queda.

Kataryna levantó la cabeza y fijó sus ojos sobre su madre.

_ No tienes idea de lo que se siente perder a un hijo, no puedes imaginarte lo que significa que un hijo muera en tus brazos_ respondió con brusquedad.

Anastasia la observó pacientemente mientras acariciaba una de sus manos.

_Tal vez no lo sepa, pero eso no significa que no esté sufriendo al igual que tú, o quizás más que tú_ respondió.

Kataryna le dedicó una mirada cargada de frialdad.

_ ¿Más que yo? _ preguntó desafiante.

_ Sí_ contestó Anastasia, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. _ sufro porque mi nieta ha muerto y sufro por ti que eres mi hija. Como madre, hubiera dado lo que fuera para que no tuvieras que vivir este momento. Una madre no debería tener que enterrar a un hijo y ciertamente, una abuela jamás debería vivir más que sus nietos. Si hubiese podido, hubiera intercambiado lugares con Olena. Yo ya he vivido, ella recién empezaba a hacerlo.

El corazón de Kataryna se estremeció, las lágrimas cayeron por su rostro de nuevo, no entendía porque tenía que pasar por tantas desgracias, no comprendía porque dios se había ensañado de aquella forma con ella.

_ Tu vida se ha visto salpicada de tantas tragedias y aún eres muy joven_ dijo su madre.

Kataryna trató de secarse las lágrimas con el dorso de su mano y se dirigió a la ventana. Una luz amortiguada entraba a través de ella, pero aun así le hizo daño en los ojos. Los entornó, vio que de nuevo empezaba a nevar y arrastrando los pies se dirigió de nuevo al lado de su madre.

_Desde el día en que naciste, supe que tu vida no sería sencilla. Se que tus hermanas te contaron algo del día en que viniste al mundo. Pero solo yo sé lo difícil que fue que nacieras. Sufrí muchísimo para darte a luz y cuando al fin lo hice, no respirabas. Pensé lo peor, pero desde el primer día has sido una luchadora y lo seguirás siendo porque es parte de tu naturaleza, nunca te dejarás amilanar.

Las palabras de Anastasia siempre habían dejado una marca indeleble en el alma de Kataryna y esta vez no sería la excepción.

_ La vida continua y tienes a otra niña por quien luchar, por quien vivir_ dijo.

Kataryna volvió el rostro en busca de los ojos de su madre.

_ Sé que en este momento te sientes mentalmente inestable, piensas que tu esposo es el culpable de la muerte de Olena, pero no es así. Nadie podría haber previsto esto. Sé que preferirías estar lejos de él, pero también está sufriendo, a su manera, pero está sufriendo.

Anastasia situó una paciente mano sobre el hombro de su hija.

_ Además, piensas que no podrás seguir adelante, pero lo harás, lo harás ahora y lo harás las veces que sea necesario porque eres fuerte. Sé que lo eres.

Por un momento Kataryna tuvo la mente en blanco, tal vez fuera por la desesperación o quizás su mente buscaba una manera de protegerse, de no perder la razón No sintió nada, cerró su corazón al dolor.

Lentamente los pensamientos regresaron a su mente cansada y mortificada, miró de nuevo a su madre quien esperaba angustiada a que su hija dijera algo.

_ Tienes razón mama_ dijo_ debo seguir, pero eso no hace las cosas más fáciles.

_ Vamos, tienes que comer algo_ dijo Anastasia_ no puedes seguir así.

Comer era lo último que quería, seguía con una considerable sensación de náusea, pero se sentía demasiado cansada emocional y físicamente para protestar.

VI

Enterraron a Olena junto a la tumba de su hermana mayor, quien había nacido muerta.

 Kataryna había llorado hasta el cansancio durante el entierro. Los padres de Igor temieron que la muchacha hubiera perdido el juicio.

No llevaba puesto el abrigo y el aire invernal zarandeaba su cuerpo como si de un pedazo de papel se tratara.

 Aquello pareció devolverla a la realidad. Sintió una fuerza invisible en su interior que la sacudía y de pronto se percató que el dolor estaba actuando como un estimulante, agudizando la capacidad de su mente para pensar con mayor claridad. Vio un repentino destello de luz al final del oscuro túnel en el que había estado su mente hasta ese momento. Debía continuar, debía hacerlo por la única hija que le quedaba.

Deja un comentario