El Hospital ( última parte)
IX
Melinda tenía dos días de descanso médico por recomendación de Laura. Se quedaría en casa a reposar. La psicóloga le había recetado un tranquilizante leve, mientras se quedaba en casa y se recuperaba de lo que fuera que le había sucedido. Durmió casi todo el día sin sobresaltos, se levantó mucho más recuperada, decidió tomarse un baño y arreglarse un poco, ya que al mirarse al espejo vio lo desmejorada que se notaba, aunque pensaba que se veía mucho mejor que el día anterior. Se metió en la tina y se relajó rápidamente al contacto con el agua caliente. Cerró los ojos, pero de inmediato la asaltaron los recuerdos del día anterior. Su corazón dio un vuelco y latió desbocado. Las imágenes del jovencito, con la cabeza destrozada la volvieron a hacer entrar en pánico. Tomó bocanadas de aire profundas un par de veces tratando de tranquilizarse. La cabeza le daba vueltas y sintió una leve sensación de nausea. Salió de la tina más rápido de lo que esperaba. Se vistió de prisa, había olvidado encender la calefacción y sentía frío.
Fue hasta la cocina y se tomó uno de los tranquilizantes que le recetó Laura. Tenía una opresión en el pecho y en la garganta que le dificultaba la deglución. Se obligó a tragar la pastilla con un trago largo de agua. El mareo se había convertido en un dolor de cabeza intenso en solo minutos. Decidió no tomar ningún analgésico, pensó que podía resultar contraproducente mezclado con el tranquilizante.
Fue hasta la ventana de la sala desde donde podía ver el hospital en la cima de la colina. Aquel lugar le producía una sensación tan desagradable e incómoda. Sabía que era absurdo, que la lógica le decía que era imposible lo que había experimentado, sin embargo, ¿qué más podía haber sido? Se estremeció, se le escarapeló todo el cuerpo, fue como una advertencia. Una corriente estática circulaba por todo su cuerpo y eso la alteró de nuevo. Sintió aquella corriente helada en su cuello, y se sobresaltó. Giró de inmediato sobre sus pies y sus ojos se abrieron en pánico. Recorrió la sala con ojos aterrorizados, pero no vio nada. Creyó que se imaginaba cosas, las apariciones solo ocurrían en el hospital, pensó. Trató de relajarse, buscó la caja de cigarrillos en su mesa de noche, tomó uno y regresó a la sala.
Encendió el cigarrillo, no se molestó en salir de la casa. Desfiló de un lado a otro de la habitación sobre la gran alfombra azul de la sala, mientras las cenizas de su cigarrillo caían sobre ella dejando pequeñas manchas grises. Volvió a sentir aquel aire helado, esta vez en su rostro. Se quedó petrificada, sabía que algo estaba por suceder, lo podía sentir en su estómago en donde de pronto, sintió un dolor lacerante. No podía moverse, sentía como si algo muy pesado la mantuviera sujeta con una fuerza paralizadora. Las luces de la sala se apagaron en ese momento, solo una tenue luz proveniente del alumbrado de la calle ingresaba a través de su ventana.
El cuerpo etéreo de una mujer delgada y rubia, apareció frente a sus ojos. El cigarrillo que sostenía se deslizó de entre sus dedos y terminó sobre la azul alfombra.
La translúcida figura llevaba puesto un camisón blanco. Parecía estar suspendida en el centro de la mesa del comedor. La escena era tan lóbrega que Melinda quiso gritar, pero no pudo emitir palabra alguna. Su corazón latió tan rápido que temió sufrir un ataque cardiaco. Sus ojos se le llenaron de lágrimas que pronto caían por sus mejillas inundándolas, pero aún no podía moverse. Contempló con la visión turbia, cómo la mujer se llevaba las manos a la garganta, se le retraían los labios y los ojos se le desorbitaban, como si alguien la estuviera estrangulando.
Melinda pugnó con la fuerza sobre humana que la tenía retenida, pero no logró moverse. El aire helado se convirtió en suaves ráfagas que hacían ondular su pelo. Trató de nuevo y esta vez pudo dar un paso al frente. La mujer levantó las manos haciéndole señas para que se acercara a ella. Melinda caminó despacio hacia la mesa. Las suaves ráfagas se convirtieron en un viento fuerte y constante. Era ridículo, ya que tenía todas las ventanas cerradas, no podía haber viento dentro de la casa. Pero allí estaba, un viento gélido y escalofriante que le helaba la sangre.
El terror que le atenazaba iba en aumento, hasta que se tornó insoportable cuando estuvo frente a la aparición. Los ojos de la mujer le sobresalían de sus orbitas presa de lo que Melinda consideró un frenético horror. El viento se levantó en furiosas ráfagas que la hicieron tambalear de un lugar a otro. Le era difícil mantenerse en pie. Pronto, los libros acomodados pulcramente en los estantes, empezaron a volar por los aires y a estrellase con fuerza en el suelo, en las paredes del comedor y contra el cuerpo de Melinda quien intentaba cubrir su rostro con los brazos. A pesar del terror y la confusión de su mente, un pensamiento la golpeó como un látigo, allí estaba de nuevo, estaba sucediendo de nuevo, pero esta vez, ella estaba allí como testigo forzado de los hechos.
Ahora no solo los libros volaban, también las pocas vajillas que le quedaban. El viento era tan fuerte que trastabilló con uno de sus pies y cayó al suelo. Permaneció allí en posición fetal tratando de cubrirse el rostro para evitar que algo le cayera encima. No sabía que hacer, no tenía idea de como detener aquel ataque.
Minutos después, el viento amainó, observó con ojos desesperados a su alrededor. Parecía que los objetos habían dejado de volar por toda la casa. Se levantó con mucha dificultad, sentía su cuerpo pesado como una gran bolsa de papas. Apenas se puso de pie, volvió a caer, esta vez de bruces, cuando se levantó tenía rasguños en la frente. No sabía contra que se había golpeado. Pensó que todo había acabado al fin, cuando un zumbido ensordecedor la obligó a taparse los oídos. Parecía que todo un panal de abejas se había congregado en su cabeza. Intentó cubrirse los oídos con las manos ya que el subido amenazaba con hacerle estallar los tímpanos. No supo cuanto tiempo siguió allí en el suelo hasta que el zumbido desapareció, tal y como había llegado.
Enseguida, vio materializarse otra aparición delante de ella, esta vez era un hombre, vestido con lo que ella pensó era un mandil blanco, parecido a los que se usaban en el laboratorio del hospital. Tenía una repulsiva mueca en el rostro, la cara pálida y los ojos hundidos inyectados en sangre. Melinda lo miró con pánico y terror crecientes, creyó que aquel show terrorífico nunca terminaría. La mujer del camisón blanco apareció de nuevo muy cerca al hombre, ambos se miraron, esta vez, la mujer mostraba la piel agrietada y reseca, y los ojos hundidos en sus cuencas, como si hubiese envejecido cuando en realidad Melinda sabía que eso era imposible. El hombre enfureció, mostró unos dientes carcomidos en un terrible gesto. Levantó una mano en dirección a Melinda. La enfermera sintió un dolor pulsante en el pecho y una fuerza sobre humana que la empujaba contra la pared, en donde recibió un golpe que la dejó seminconsciente.
No supo cuánto tiempo demoró en volver en sí, pero cuando despertó tenía el cabello desgreñado, lleno de polvo y sudor, u ropa estaba desaliñada y arrugada. Se puso de pie con dificultad y salió de su casa lo más rápido que pudo. La arrasó una revelación, simple, pura, devastadora que rompía con todos sus esquemas preestablecidos. La casa y el hospital estaban embrujados. Lo que no entendía era porque aquellos espíritus se ensañaban con ella. No sabía qué hacer, estaba desorientada y aturdida.
No supo muy bien como llegó a casa de Laura quien se sobresaltó al verla en aquel estado. Cuando Melinda pudo hablar había una nota de histeria en su voz. Laura vio en sus ojos pánico y terror.
_ ¡Creo que me estoy volviendo loca! _ dijo_ No puedo seguir aquí.
Laura la tomó del brazo y la obligó a entrar a su casa, pensó que la enfermera se desmayaría en cualquier momento.
_ ¡Mañana mismo renuncio, no puedo seguir un minuto más aquí! Sé que piensas que estoy loca, pero es real Laura.
La voz de Melinda se había convertido en un ronco susurro.
X
Andy corría ladrando como un poseso rumbo a la casa de Laura, el perro había esperado todo el día (al igual que su dueño) para visitar a la mujer de cabellos cobrizos y sonrisa encantadora que vivía a unos metros de su casa. Cuando abrió la puerta, Andy se lanzó sobre ella y le dedicó largos y cálidos lengüetazos.
_ ¡Andy, Andy! _ gritó Alejandro mientras lo sostenía para evitar que la psicóloga cayera al suelo.
_ También me da gusto verte_ dijo ella mientras sobaba la cabeza del perro.
_ Lo siento_ se excuso Alejandro con una sonrisa avergonzada_ cuando se trata de ti no hay forma de detenerlo.
Laura se encogió de hombros y levantó las cejas haciendo un gesto de resignación.
_Ya estoy acostumbrada, lo mejor es acariciarlo así se apacigua.
La psicóloga se arrodillo en la mullida alfombra y abrazó al perro mientras le daba palmadas en la espalda. Andy sacudía incesantemente la cola mientras disfrutaba de las caricias de Laura.
_ ¿Te gustaría ir a tomar algo de sol? _ preguntó ella _ hace mucho frío dentro de la casa.
_Está bien, pero será mejor que te pongas los lentes_ dijo mientras él hacía lo propio.
Ella asintió y fue a la habitación por sus lentes. Se dirigieron al jardín y se sentaron en las gradas que daban a la carretera mientras Andy corría ansioso por el jardín, deteniéndose de tanto en tanto a olisquear el suelo o algún tronco. Alejandro introdujo la mano dentro del bolsillo de su abrigo y extrajo una pelota de tenis. De inmediato se la lanzó al perro. Andy dio un gran salto, atrapando la pelota en el aire. Se acercó a Laura y le entregó el trofeo.
_ Creo que te prefiere a ti_ dijo Alejandro fingiendo sentirse ofendido.
Ella se echó a reír.
_ No te molestes conmigo, yo no tengo la culpa_ contestó Laura.
_Lo que sucede es que se hace imposible no sucumbir ante tu arrebatadora personalidad_ dijo el abogado.
La sonrisa de Laura se desdibujó de inmediato. Se sonrojó y se puso algo nerviosa. Cada vez que Alejandro trataba de encaminar su relación hacía algo más que una simple amistad, ella se ponía en guardia. El abogado no supo que decir, se sintió fuera de lugar.
_ No hace falta que seas sarcástico_ dijo ella, su voz sonó tensa cuando habló.
Alejandro se quitó los lentes, se frotó los párpados y volvió a mirarla.
_ No lo soy_ dijo_ eres una mujer muy intensa, que disfruta de su trabajo, que se entrega por completo a las personas que la necesitan, exsudas confianza y felicidad y tu entusiasmo es contagioso_ dijo él mirándola con ojos admirados_ además, eres muy hermosa.
Los ojos de Alejandro la atravesaron. El corazón de Laura dio un vuelco y le fue difícil sostener la mirada del abogado a pesar de tener los lentes puestos. Bajó los ojos en dirección a sus zapatos. Alejandro trató de acariciarle la mejilla, pero su mano quedó suspendida a unos centímetros del rostro de su vecina. Vaciló por unos segundos, pero se armó de valor y paseó la yema de sus dedos suavemente por el rostro de Laura, haciendo que se estremeciera.
_Soy sincero cuando hablo, no tengo la costumbre de utilizar el sarcasmo contigo. Me resulta imposible_ dijo.
Laura levantó la mirada y Alejandro advirtió que ella apreciaba sus palabras.
_Eres un buen amigo_ fue todo lo que ella pudo decir.
Alejandro le dedicó una sonrisa algo triste. “Amigo, pensó, no me considera más que su amigo”.
Andy escarbaba en el jardín a pocos metros de distancia, pero Laura y Alejandro se hallaban demasiado absortos en la conversación para percatarse de aquella travesura perruna.
_Olvidé decirte que Melinda renunció_ dijo ella cambiando drásticamente de tema.
_ ¿Qué sucedió? ¿Por qué se va? _ preguntó Alejandro sorprendido.
_No está bien, está convencida de que hay fantasmas en el hospital y en su casa.
Alejandro emitió un suspiro pesado.
_No entiendo, cuando la conocí parecía ser una persona razonable_ dijo el abogado.
_Siempre lo fue_ contestó la psicóloga_ me siento culpable por no poder ayudarla.
Su voz sonaba dolida y desconcertada. Alejandro no pudo ver sus ojos, pero suponía que la psicóloga se sentía mal por su amiga.
_ No te sientas así, has hecho lo que ha estado en tus manos. Probablemente estará mejor en Lima. Necesita de especialistas que la ayuden. Tú no puedes hacer mucho por ella aquí.
Laura aspiró una bocanada profunda sintiéndose frustrada.
_Lo sé, no puedo dedicarle tiempo, además no tengo experiencia.
_No te sientas mal por esto, se pondrá mejor en Lima_ volvió a repetir el abogado.
Laura asintió no muy convencida.
XI
Melinda regresó a Lima derrotada y molesta, pero a la vez temerosa y vulnerable. La extraña experiencia que había vivido en La Oroya la tenía sobresaltada y tensa, pero pensó que era lo mejor que podía hacer. Estaba dispuesta a esforzarse para recuperar la cordura y luego, buscar un nuevo empleo. Llevaba tres días en la capital, y a pesar de que se había propuesto buscar un especialista e iniciar las terapias de inmediato, no lo había hecho, porque los episodios terroríficos y extraños que había vivido habían desaparecido apenas salió de La Oroya. Estaba convencida de que eran espíritus que habitaban en aquella casa y en el hospital. Como ya no pensaba regresar, imaginó que allí se terminaban sus problemas. En eso se equivocaba.
Salió de su departamento y fue a hacer unas compras, aspiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron del contaminado aire de la ciudad. Levantó los ojos hacia el cielo observando el abultado manto gris que lo cubría. No le importó, era agradable estar de nuevo en el caos de Lima mientras eso la ayudara a recuperar la cordura y la lucidez mental que pensó había perdido. Caminó sin prisa por el supermercado mirando las góndolas distraídamente, comparando precios o viendo productos nuevos. Se distrajo observando a un pequeño niño de ondulados cabellos pasear con un carrito de compras. Sonrió, el pequeño cargaba con bolsas de dulces y las depositaba en el carrito. Se dirigió a la zona de frutas y admiró la gran variedad que tenía delante. Los carteles anunciaban los precios rebajados.
“Manzana nacional: s/ 2,10”
“Manzana Israel: s/ 2,95”
“Pero Manzana: s/ 2,80”
Observó con cuidado las opciones y cargó en una bolsa cuatro manzanas nacionales. Pensó que le vendría muy bien un pie de manzana, lo prepararía en la tarde y lo acompañaría con un café.
Regresó a su casa, se sentía mucho mejor de lo que se había sentido en días. Definitivamente renunciar había sido la mejor idea. Preparó el almuerzo y se sentó a comerlo frente al televisor, no era algo que comúnmente hiciera ya que pensaba que era una mala costumbre ver la televisión mientras se come, pero con todo lo que había pasado, creyó que un poco de compañía, aunque solo fuera la caja boba no le vendría mal. Comió con bastante apetito y se encontró riendo de los malos chistes de una pareja de cómicos, se sentía ella misma de nuevo.
Apagó el televisor, lavó los platos y horneó el pie. Lo dejó sobre la mesa para que se enfriara y decidió tomarse una siesta. Estaba cansada, las intensas experiencias que había vivido no la habían dejado descansar apropiadamente. Se tendió en la cama, pensó unos momentos en los sucesos que la habían hecho huir de su trabajo y suspiró. Cerró los ojos, su respiración se hizo lenta y acompasada, oyó las sirenas de una ambulancia a lo lejos, no le prestó atención, vivía muy cerca de dos hospitales por lo que estaba acostumbrada a ello. Las imágenes en su mente se fueron diluyendo poco a poco y pronto se quedó dormida.
No llevaba más de quince minutos durmiendo, cuando empezó a soñar.
Estaba de pie frente al Hospital de Chulec, era de día, el sol estaba en lo alto y brillaba sobre su cabeza. Observó el edificio con detenimiento, estaba bastante descuidado, la pintura se descascaraba como si fuera una serpiente cambiando su vieja piel por una nueva, pero en este caso, el edificio dejaba al descubierto, capas de las antiguas pinturas. Melinda ingresó al edificio, todo estaba en ruinas, un par de camillas sucias y oxidadas le impedían el paso. Las rodeó y siguió internándose en el pasillo. Los instrumentos médicos, estaban tirados en el piso y el polvo lo cubría todo a su alrededor. No había luz eléctrica, solo los rayos del sol ingresaban por las ventanas e iluminaban los abandonados pasillos. Quiso sentarse, pero los desvencijados bancos de madera de la zona de espera parecían a punto de desintegrarse. Una ráfaga de viento ingresó por la puerta que había dejado abierta de par en par y con él, regresó el murmullo. De inmediato, la invadió una sensación de impotencia muy conocida. Quiso regresar sobre sus pasos y salir de aquel lugar, pero no pudo, una fuerza invisible la obligaba a seguir adelante, era como si sus músculos no la obedecieran y actuaran por voluntad propia. Dio unos pasos y pudo entender con claridad lo que las voces decían. Por un momento se quedó paralizada.
“Ayúdame, John tiene la culpa”
Melinda frunció el ceño, no entendía de que se trataba todo aquello, quien le pedía ayuda y quien era John. Prestó atención a las voces, tratando de entender algo más de lo que decían, pero desaparecieron. En su lugar, una corriente helada la atravesó, haciendo que el bello de la nuca se le erizara. Cerró los ojos presa del terror, incapaz de respirar. El corazón le martillaba en la garganta, en ese momento supo, que se trataban de dos espectros diferentes. Los murmullos le pedían ayuda y aquella corriente helada trataba de aterrorizarla. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas.
En ese momento, despertó sobresaltada, oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. No pudo evitarlo, y esta vez lloró presa de la desesperación, ante la onda realidad que se abatía imponente sobre ella, atravesándola, aquellas apariciones, no pensaban dejarla en paz, no habían desaparecido. Se sentía desorientada, atemorizada e impotente. Cuando al fin pudo calmarse, se percató que estaba a oscuras, se levantó de la cama con dificultad y se acercó a la ventana, el cielo estaba cubierto de estrellas, la luna, un perfecto circulo, iluminado de amarillo. Experimentó una terrible inquietud, aquel espectáculo en el cielo limeño era extraño e inusual.
Cruzó sus brazos sobre su cuerpo, tratando de protegerse, sus ojos se inundaron de confusión e incertidumbre. De pronto, el televisor de la sala se encendió, el volumen del aparto estaba muy alto que la sobresaltó. Giró sobre sus talones y se dirigió de inmediato a la sala con el corazón acelerado. Los canales se sucedían unos a otros como si un visitante invisible estuviera jugando con el control remoto. Melinda sintió que la sangre se le agolpaba en el rostro. Buscó el control remoto desesperada pero no lo encontró. Se acercó al televisor y jaló el cable de alimentación eléctrica y lo desconectó. Para su sorpresa, el aparato no se apagó, siguió su carrera alocada, cambiando de canal uno tras otro. Se llevó las manos a la cabeza aturdida, no sabía que hacer o que decir. En ese momento, oyó un atronador sonido, parecido a una multitud de fuegos artificiales estallando. Su rostro se puso blanco y pálido, sintió una desesperación absoluta, un escalofrío que iba en aumento. De pronto, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle un puñetazo en el vientre. Profirió un grito ahogado y gutural mientras su cuerpo se doblaba en dos. El panorama se tornaba más aterrador que nunca. Su cuello se dobló hacia atrás, cuando la energía invisible le dio un golpe en la frente con una fuerza rápida y avasalladora. Se tambaleó y cayó de espaldas, con el rostro desfigurado por el horror. Una expresión terrorífica se esparcía por su rostro como si fuera una mancha. Tenía los ojos dilatados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, la piel fría y el aliento agitado. Sintió que algo le atenazaba el cuerpo y le aplastaba los pulmones. Profirió un grito desesperado que no pudo escapar de su garganta. Luchó con todas las fuerzas para tratar de liberarse de aquella fuerza invisible. La respiración se le hacía cada vez más difícil, trataba por todos los medios de llevar aire a sus pulmones, temblando de terror. Su garganta emitía sonidos graves, estaba a punto de ahogarse, cuando de pronto la presión en los pulmones desapareció y ella pudo moverse de nuevo. Se puso de costillas y tosió mientras el aire ingresaba de nuevo a sus agotados pulmones. Se quedó así por unos minutos, empapada de sudor y paralizada por el miedo.
Cuando al fin pudo levantarse, lo hizo con mucha dificultad, sosteniéndose de la mesa de la sala. Su garganta aún emitía extraños sonidos mientras ella respiraba. De pronto, sintió un dolor muy fuerte en el pecho que se replicó en la cabeza. Su cuerpo se estremeció con fuertes espasmos y volvió a caer al suelo, producto de un ataque. Se removió y se convulsionó espantosamente. Agitó las extremidades y dio golpes con ellos en el suelo. Se mordió la lengua y un hilo de sangre se extendió por la comisura izquierda de su boca. Los ojos se quedaron en blanco dejando al descubierto el globo ocular. De pronto, se detuvo, recuperó levemente la conciencia, y pudo observar la habitación, los objetos se iban desdibujando, quedando reducidos a manchas, era como si su cuerpo se apagara despacio, arrullado por una fuerza invisible que la instaba a dejarse llevar. En pocos segundos, todo había terminado.