Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, 1930.

I

En un principio, la mayoría de los campesinos había celebrado la idea de la colectivización de Stalin. Pero cuando el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética forzó la colectivización en tierras y hogares cambiaron de opinión de inmediato, en especial los campesinos de las zonas productoras de grano, es decir, Ucrania.

Los funcionarios del partido de la OGPU o Directorio Político Unificado del Estado llegaban a los campos en brigadas de siete personas para obligar a los campesinos a unirse a las granjas colectivas lo que significaba abandonar su parcela privada de tierra, además de sus ganados y equipos agrícolas. La mayoría de los campesinos eran amedrentados para unirse a las granjas colectivas, pero muchos se resistieron.

La preocupación iba en aumento para Igor y su padre. Muchos de sus amigos habían sido obligados a unirse a las granjas colectivas y temían que les llegara el turno en cualquier momento. Josep Gorodetsky no tenía la intención de entregar sus vastas extensiones de tierra al partido. Juró por la tumba de su padre que jamás les entregaría sus tierras a los malditos Soviéticos según sus palabras textuales.

Igor se sentía consternado ya que su padre parecía no entender la gravedad de la situación. Los Soviéticos habían asesinado a algunos de sus detractores frente a sus familias. Otros habían sido ejecutados o enviados a campos de trabajos forzados con la excusa de pertenecer a grupos contrarrevolucionarios. Muchos de ellos fueron deportados a Siberia con sus familias en donde morían de frío o de inanición. Por último, se encontraban los más afortunados, a quienes se los despojaba de sus viviendas y sus tierras que pasaban a propiedad del estado para después enviarlos a trabajar a colonias controladas.

Kataryna acababa de terminar la cena cuando su esposo llegó a la casa. Lo notó cabizbajo e inquieto cuando se sentó frente a la mesa de la cocina. Le sirvió la cena en silencio, esperando que Igor se decidiera o no a hablar. Su capacidad de comunicación no había mejorado con los años, aún le costaba entablar conversaciones con Kataryna.

Igor tomó un bocado de su sopa y masticó despacio mientras seguía inmerso en sus preocupaciones. Pero si no hablaba, si no se desahogaba estaba convencido de que terminaría enloqueciendo.

_ He conversado con mi padre_ dijo poco después_ no piensa entregar sus tierras al partido_ agregó mientras se pasaba la mano por el pelo con expresión alterada.

Kataryna lo observó con aprehensión, pensó con cuidado lo que le iba a decir, no quería decir algo que lo fastidiara y terminara molesto y ofuscado. Su carácter no había mejorado después de la muerte de su hija, por el contrario, lo había vuelto mucho más retraído y ausente.

Kataryna tomó su labor de punto e intentó tejer buscando la forma de mantenerse tranquila.

_Están desterrando a los que se oponen_ dijo preocupada _ He visto con mis propios ojos a miembros del partido arrastrar a la gente a vagones de tren para animales. Los suben con lo que tienen puesto y se los llevan a Siberia. He oído que los dejan abandonados a su suerte en donde mejor les plazca, con absolutamente nada. Algunos lugareños los ayudan y eventualmente tratan de regresar a sus lugares de origen, otros mueren de hambre o de frío.

_ Lo sé_ contestó Igor, se encontraba visiblemente perturbado_ no sé qué hacer, tarde o temprano nos buscarán.

_ Han llegado a casa de mis hermanas, sus esposos se unieron, no querían arriesgar sus vidas, ni las de sus familias _ explicó Kataryna con expresión de ansiedad creciente.

Kataryna era consciente de la relación poco disfuncional de Igor con su padre. Sabía que su esposo era capaz de todo por encontrar la aprobación de Gorodetsky. Le aterraba la idea de que Igor antepusiera los alocados deseos de su padre antes que la seguridad de su familia, en especial la seguridad de a su pequeña hija Daryna.

 Kataryna sopesó sus opciones, quedarse callada o hablar. No sabía muy bien lo que debía hacer. Dejó su labor a un lado sobre la mesa y se sentó frente a su esposo.

_ Una ola de levantamientos campesinos se ha iniciado en los campos _ explicó Igor_ mi padre piensa que deberíamos unirnos, y así enfrentar al partido.

Kataryna le dedicó una mirada consternada, sus ojos brillaban de indecisión, angustia y desesperación.

_ Están amenazando a mi padre_ dijo Igor_ la policía secreta lo persigue porque posee buenas y bastas tierras, lo acusan de ser uno de los incitadores en las protestas.

Kataryna se restregó el rostro con ambas manos para luego emitir un suspiro afligido. Con expresión torturada intentó en vano hablar, pero las palabras se negaron a salir de su boca.

_ Ayer encarcelaron a dos líderes de las revueltas y han desterrado de Ucrania a dos más_ siguió diciendo Igor.

La joven se removió inquieta en su silla. De pronto la invadió un oscuro presagio, ¿Qué diablos sería de ella y de Daryna si su esposo se negaba a entregar sus tierras e intentaba levantarse contra el gobierno? Probablemente, se apropiarían de todos sus bienes después de todo y de todas maneras terminarían exiliados. Se aclaró la garganta un par de veces y se obligó a hablar.

_ ¿Y aun así tu padre pretende seguir oponiéndose a entregar sus tierras? _ preguntó en una oleada de conmoción y desorientación que la azotó como una tormenta tropical.

_ No quiere ceder_ contestó Igor_ Le han puesto un apelativo. Kulak[1]_ continuó diciendo. Stalin anunció la extinción de los Kulaks.

Kataryna no salía de su asombro. Se tapó la boca impresionada. Tembló y se estremeció, estaba aterrada por lo que podía venir.

_ No. Igor, no es prudente, imagina que tomen represalias en tu contra. ¿Qué sucedería con nosotras? _ preguntó angustiada.

_ ¿Qué piensa tu padre de todo esto? _ preguntó Igor.

_ Mi padre se unió a las granjas colectivas, dice que ya tuvo suficiente en la guerra como para inmiscuirse en levantamientos.

_ ¡No podemos entregar lo que es nuestro por derecho propio, sin siquiera pelear! _ dijo Igor con vehemencia.

_ Por favor, Igor, piensa en nuestra hija Daryna_ dijo Kataryna con ojos suplicantes.

_ Lo hago pensando en ella.

Una ola de decepción y frustración le inundó el cuerpo. Se sentía acorralada, y lo peor era que no podía hacer nada al respecto. Observó a Igor aturdida e impotente. Se levantó de la silla que ocupaba con lentitud y abandonó la cocina. Salió de la casa dando un portazo que en otras circunstancias le habría valido una amonestación por parte de su esposo. No le importaba, no le importaba lo que él pensara ahora. Tenía que preocuparse por su seguridad y la de la única hija que le quedaba. Nunca había odiado tanto a Igor como en aquel momento. Una compleja mezcla de sensaciones la atormentaban: rencor, aversión, odio, rabia todo en uno.

Aspiró el agradable aire de un hermoso atardecer de julio tratando de relajarse para luego enfilar el camino al patio trasero de la vivienda con pasos rápidos. Se sentía amenazada y no precisamente por el gobierno sino por la estupidez de su esposo. Cruzó el huerto y en pocos minutos estuvo frente a los establos. Se detuvo de pronto como si alguien la obligara a hacerlo. Paseó su mirada primero por la amplia construcción de madera, y luego por los animales que pronto dejarían de pertenecerles. Aspiró una bocanada de aire y lo retuvo dentro de sus pulmones por unos segundos. Después exhaló pesadamente para luego reanudar su marcha con dirección al bosquecillo cercano. Cuando estuvo en el linde en donde termina la propiedad de Igor y se inicia el bosquecillo volvió a suspirar. Sentía que tenía un nudo en el pecho que le dificultaba respirar.

Se internó en el bosque poco después. Necesitaba estar a solas, y que mejor lugar que en el bosque en donde le gustaba pasear, para recobrar fuerzas y relajarse.

El murmullo inquieto de los pájaros que se alistaban para pasar la noche le dio la bienvenida. Levantó la mirada y divisó a un par de ellos, emitiendo sus trinos agudos y melodiosos. Extendían sus cuellos levantando sus cabezas hacia el cielo, mientras sacudían sus alas en un intento por que sus gorjeos se oyeran a mucha distancia.

El suelo estaba revestido de musgo y a medida que avanzaba hacia el medio del bosquecillo se volvía cada vez más compacto y espeso, las constantes lluvias solo contribuían a aglomerarlo y aparecía como una mullida alfombra verde. La tarde caería en poco tiempo, pero ella no se percataba de ello, lo que no podía obviar era la creciente ansiedad y desesperación que sentía. Se detuvo poco después en la profundidad de la espesura y se restregó los ojos con la mano, sentía que las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

 En seguida, siguió caminando hasta que sus oídos percibieron el riachuelo cuyas aguas parecían gemir al discurrir entre las abultadas y retorcidas raíces de los árboles y las grandes rocas que lo bordeaban mientras el crepúsculo se extinguía. Grandes rocas cubiertas de líquenes se alzaban aquí y allá, bajo la luz difusa y entre los troncos inmensos y retorcidos del encantador bosquecillo. El nivel del río había subido y se veía consumido y mustio con grandes manchas ambarinas.

Lanzó unas cuantas piedras, después de sentarse sobre el tronco de un árbol caído. Las pequeñas llegaron hasta las manchas ambarinas y se hundieron en las profundidades oscuras del riachuelo, formando ondas concéntricas. Las grandes la traspasaron hasta la otra orilla. Luego prestó atención al cielo por un rato. A pesar de que el atardecer estaba a punto de sumir todo en la oscuridad observó las nubes grandes y vaporosas que se desplazaban de norte a sur. Una aparecía como un conejo en pleno salto, con las orejas largas y erguidas. Otra era un delfín que parecía surcar algún océano tropical y la última asemejaba a un oso de peluche recostado de espaldas con las patas levantadas hacia el aire, una sonrisa se dibujaba en la boca del animal.

Oyó un leve ruido a tierra que se despeña a su derecha, esto la distrajo. Al voltearse vio que una porción en saliente de la rivera, reblandecida después de más de diez días de lluvias incesantes se había desmoronado, dejando a la vista las raíces de un inmenso árbol que se inclinaba peligrosamente sobre el riachuelo. El espacio que se había formado por el desmoronamiento parecía haber dejado a la vista una especie de gruta.

Kataryna se acercó al árbol, se agarró de una de las ramas cubiertas de exuberantes hojas verde esmeralda y se inclinó lo mejor que pudo para intentar ver en el interior. El espacio era grande, pensó que dentro podrían caber hasta seis personas sentadas. Y como si un rayo le hubiese pegado en la cabeza se le ocurrió una idea que al principio de pareció descabellada, pero que cobraba más fuerza en su mente segundo a segundo.

En aquel lugar debía esconder todos los alimentos en conserva que cupiera, además de la carne seca y desde luego, lo más importante, todo el dinero que había logrado ahorrar durante los años que llevaba casada con Igor.

Tal vez no lograra hacer cambiar de parecer a su esposo, tal vez no lograría que entregara voluntariamente sus tierras al partido, pero podía poner a resguardo todo el alimento que pudiera, además del dinero. Porque de algo estaba segura, las cosas no tardarían en empeorar, lo sabía, sentía una extraña sensación en las entrañas y cuando esto sucedía, pocas veces se equivocaba.

Descendió por una pequeña rampa de tierra muy cerca del corrimiento, hasta la rivera del rio por medio de improvisados peldaños de rocas, poniendo especial atención en no resbalar, de lo contrario terminaría de cabezas en el rio y completamente empapada. Las rocas se encontraban húmedas y cubiertas en su mayor parte por líquenes. Cuando estuvo bajo el lugar en donde se produjo el deslizamiento, se inclinó y puso las manos entre los muslos. En aquella postura trató de comprobar el estado de la cueva y sus dimensiones.

Sus botas se hundieron en la suave tierra de la rivera y el borde de su vestido acariciaba el barro en la orilla. Kataryna apenas fue consciente de ello, se hallaba completamente fascinada por su descubrimiento.

 La noche había terminado de cubrir con su manto de oscuridad el bosquecillo y a pesar de que la luna llena comenzaba a alzarse por el este, no había luz suficiente para que iluminara el interior de la gruta. Se incorporó con gesto reflexivo y en pocos segundos tomó una decisión. Regresaría por la mañana con alguna herramienta adecuada. 

La luz argentada de la luna se filtraba entre el techo de hojas iluminando tenuemente su camino de regreso a casa. Al llegar se dirigió a la habitación que ocupaba su hija, la encontró dormida. Se acercó a ella y depositó un suave beso en su frente.

Regresó sobre sus pasos rumbo al cuarto de aseo. Se sacó las botas y el vestido antes de lavarse. El agua fresca la reconfortó de inmediato. Luego, se dirigió a la habitación que compartía con su esposo vestida solo en su tradicional ropa interior, que consistía en un pantalón bombacho hasta las rodillas y una blusa con encajes en las mangas, ambos de lino blanco. Se quedó parada en el umbral de la puerta con expresión de desagrado. Un fuerte olor rancio la golpeó en el rostro. Era el olor característico que acompañaba a Igor como un estigma. El estigma que el mismo se había impuesto, desde luego.

El desagradable olor a alcohol inundaba la habitación, mientras Igor embriagado dormía tendido en la cama boca arriba, con la boca abierta, emitiendo ronquidos que se asemejaban a los gruñidos de un motor que intentaba arrancar en una mañana helada de invierno.

Kataryna puso los ojos en blanco, había estado ausente de la casa solo dos horas, tiempo suficiente para que Igor se embriagara y se quedara dormido. Giró sobre sus talones y enfiló el camino a la habitación de Daryna. Se tendió al lado de la niña observando el techo de la habitación a oscuras. Su mente se sumergió en la idea apremiante de esconder los alimentos cuanto antes y la manera en que los trasportaría hasta el lugar del corrimiento sin llamar la atención de nadie. En aquellos momentos, no podía confiar ni siquiera en su sombra y menos en su esposo a quien se le iba la lengua y se ponía a hablar más de lo necesario en el pueblo cuando se encontraba inundado en copas.

 Le costó un poco conciliar el sueño, pero cuando lo logró su sueño fue intranquilo y perturbador.

Por la mañana, después de que Igor se fuera a trabajar al campo cargando a cuestas una terrible resaca, dejó a la niña en casa de su madre. De inmediato, regresó a su vivienda y se dirigió directamente al depósito de herramientas de Igor. Apoyada en la pared encontró una pala, la tomó y la sostuvo frente a ella sobre su pecho. Semejaba a un soldado con su arma a cuestas en un desfile militar. Salió del depósito y enfiló el camino que la llevaba al bosque.

Cuando estuvo frente al viejo árbol, levantó los bordes de su vestido y se lo amarró en la cintura, dejando al descubierto su ropa interior; de este modo evitaría que el vestido se volviera a mojar como había ocurrido la noche anterior.

Descendió con facilidad hasta el riachuelo utilizando los peldaños de rocas improvisados. Se inclinó poniéndose en cuclillas para escudriñar la cueva. El espacio era extraordinariamente grande Calculó que tendría unos tres metros de largo por dos de largo y más de un metro de alto.

El hoyo estaba enmarañado de raíces, pero eso no representaría problema alguno, podría cortarlas con la pala facilitando la entrada a la cueva. Además, estaba segura de que le serviría para esconder casi todos los alimentos que tenía en su despensa e incluso una buena cantidad de carne seca que pensaba preparar de inmediato.

Solo necesitaba encontrar la manera de trasportar todo hasta la gruta que había descubierto por accidente, hasta se atrevería a decir que la había encontrado por un milagro. Además del trasporte, debía asegurarse de que la humedad no destruyera los alimentos. Una vez que estuviera todo en la cueva se aseguraría de volver a tapar el hoyo con la tierra del deslizamiento y cubrirla con algunas rocas de la ribera del río.

“Vayamos paso a paso”, pensó, mientras atacaba la maraña de raíces a punta de pala. En poco más de media hora dejó la cueva limpia. Se sintió algo cansada pero satisfecha.

Regresó a su casa sopesando las posibilidades del traslado de las conservas, ese era un problema que aún no había resuelto, tenía que hacerlo rápido, porque estaba segura de que no disponía de mucho tiempo.

II

Los campesinos de las regiones cercanas a Polonia decidieron marchar hacia la frontera, intentando escapar de la colectivización. Pueblos enteros migraron escapando de la alocada campaña del partido. Kataryna hubiese deseado vivir cerca de la frontera para poder huir con su hija, pero aquello no era algo fácil de hacer.

Mientras Igor seguía trabajando, tratando de ignorar el peligro inminente en el que se encontraban, Kataryna dedicó todo su tiempo a salar delgados trozos de cerdo y a ahumar el pescado que pescaba ella misma en el riachuelo en donde se encontraba el árbol caído. Envasó la carne en frascos de vidrio y los trasportó junto con las conservas de verduras a lomo de caballo durante interminables viajes a lo largo de toda una semana.

Fue una empresa agotadora y estresante ya que el paraje estaba cubierto de árboles y maleza que dificultaba el tránsito del caballo. Kataryna no se dejó amilanar, sabía que era lo único que podía hacer para proteger a su hija de un futuro bastante incierto. Dispuso todo el dinero con el que contaba en una bolsa de cuero y lo amarró con un listón. Lo escondió debajo de algunos de los frascos de forma que cuando lo necesitara no tuviera que vaciar la cueva para encontrar el paquete.

Cuando terminó su cometido, cubrió la entrada de la cueva con tierra y luego con piedras de la orilla del riachuelo.

Se quedó observando el viejo árbol con las manos en jarra y decidió que no estaría de más agregar una maraña de troncos y ramas sueltas encima, solo por si a algún curioso se le ocurría escudriñar por el bosque. Lo creía improbable, pero no estaba de más tomar algunas precauciones. Satisfecha con lo que había logrado, regresó a casa.

Dos días después, Kataryna se encontraba tendiendo la ropa que acababa de lavar, y divisó a Igor que se acercaba a la casa con pasos cansinos, la espalda arqueada y la cabeza gacha. Pensó que se veía completamente desolado y se preocupó de inmediato. El hombre parecía haber envejecido en el lapso de unas horas. Pasó frente a su esposa sin decir una sola palabra y se dirigió a la casa. Karatyna lo siguió de cerca. Igor ingresó en ella y se desplomó sobre una de las sillas de la cocina. Situó los codos sobre la mesa y hundió el rostro entre las palmas extendidas.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó Karatyna con el corazón acelerado.

Igor levantó los ojos levemente y observó a su esposa por encima de sus manos.

_ El partido asesinó a mis padres y a mi hermano Borys_ contestó con una expresión desorientada y confusa. Como si acabara de despertar de una terrible pesadilla y no terminara de entenderla.

Kataryna abrió los ojos aterrorizados y llevó una de sus manos hasta su boca para evitar un grito ahogado.

_ Mi padre enfrentó a los miembros del partido y lo asesinaron de un tiro en la cabeza y luego hicieron lo mismo con mi madre y con Borys quien intentó defenderlos_ explicó.

Igor fijó su mirada en algún punto detrás de Kataryna y ella notó la mirada vacía en los ojos de su esposo. Pensó que todo era extrañamente desconcertante y aterrador, que el destino se había quedado en pausa solo para darle tiempo a que terminara lo que se había propuesto antes de que se iniciara el caos. Ella aún no lo sabía, pero en aquello tenía toda la razón.

 Estaba petrificada por la noticia, quería gritarle a Igor, decirle que se lo había advertido, que todo eso era culpa de su padre, pero se contuvo. No podía decirle eso ahora, no era el momento. Se acercó a él tratando de consolarlo, pero en realidad estaba aterrorizada. Temía que su familia fuera la siguiente si no entregaban sus tierras.

_ No contestos con matarlos destrozaron la casa, todo lo que había dentro y luego le prendieron fuego. Fue una advertencia para los demás terratenientes_ dijo Igor, las manos le temblaban al igual que los labios.

_ Lo siento mucho Igor, sé que estás pasando por un mal momento, pero debemos entregar las tierras_ dijo Kataryna.

Igor la miró a los ojos con cierto desprecio. Kataryna lo notó de inmediato, pero no le importó.

_ Mis padres están muertos ¿y tú te preocupas por las tierras? _ dijo Igor incrédulo.

Kataryna percibió que algo profundo y ardiente crecía dentro de ella y que amenazaba con explotar en cualquier momento. No podía entender la insondable estupidez de su esposo.

_ ¡Desde luego, no quiero que terminemos como tus padres!¡¿es eso lo que quieres para tu hija?!_ dijo con vehemencia.

Era la primera vez en mucho tiempo que Kataryna le levantaba la voz, pero ya no tenía intención de seguir sumisa y relegada.

 Igor la observó con sorpresa, fue como si acabara de recibir una bofetada por parte de ella.

_ No, no es eso lo que quiero para ella_ contestó en un susurro.

_ Se que lo que les pasó a tus padres es horrible, pero debemos pensar en nosotros ahora_ dijo la joven situando una mano sobre el hombro de su esposo intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo intentando sosegarse ella misma. No tenía caso que se pusieran a discutir en ese momento, debía actuar como un equipo si querían salir de esta con vida.

Igor asintió y apoyó ambas manos sobre la mesa para ponerse de pie. Se tambaleó un poco cuando sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie y alargó una mano en busca de estabilidad. Kataryna extendió la suya e Igor la tomó para apoyarse en ella.

Aquella noche, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, cada vez que se quedaban dormidos soñaban que el partido enviaba a sus soldados a arrebatarles la casa en medio de la noche, quemaban sus pertenencias y los asesinaban como a animales.

Por la mañana, sus pesadillas se hicieron realidad. Los enviados del partido forzaron su ingreso a la casa exigiendo que entregaran sus tierras.

Igor concedió todas sus demandas sin poner resistencia, mientras un nudo de rabia e impotencia le crecía en el estómago.

Seguirían viviendo en la casa, gracias a la “benevolencia” del régimen, pero ya no les pertenecía.

Nada les pertenecía, sus tierras, su casa, su ganado ahora le pertenecían al partido.

III

Con el trascurrir de los meses, muchos de los campesinos optaron por la resistencia pasiva, y se negaron a sembrar más granos de lo necesario para la supervivencia. Además, sacrificaron a los animales domésticos para evitar que el estado se los confiscara.

 Stalin los acusó de sabotaje, de tratar de matar de hambre a las ciudades y debilitar la fuerza de la industrialización.

Las autoridades dijeron que los campesinos escondían granos y exigieron mayores cuotas de producción para la colectivización para aquellos que se negaron a unirse a las granjas colectivas.

Igor y Kataryna trabajaban el doble para cumplir con todos los requisitos del partido y así poder vivir en paz y tener algo que llevarse a la boca. La joven temía que los miembros del partido descubrieran su escondite y además de confiscar todos los alimentos que tenía, la encarcelaran como forma de escarmiento.

Muchos de los campesinos ya habían sufrido las consecuencias de enfrentarse al partido. Eran desterrados a la Siberia, y otros asesinados como los padres de Igor.

El partido, hacía uso de mano de obra ucrania para la construcción de la presa Dniprohes sobre el rio Dniéper se encontraba en su máximo apogeo. El número de trabajadores que construía la presa y la estación de energía eléctrica se había triplicado en los últimos años. Para ello se movilizaron a los campesinos fuera de sus lugares de orígenes para emplearlos en la construcción de la presa. Muchos de los amigos y de los vecinos de Igor y Kataryna fueron arrancados de sus casas, como resultado de la colectivización forzada del gobierno que expulsó a los campesinos de sus hogares y poder así exprimir todos los recursos posibles.

 Igor temía que el partido lo expulsara y lo enviara a trabajar a la presa, si eso ocurría, su familia quedaría completamente desamparada, por lo que se esforzaba tenazmente en la producción de la tierra cumpliendo con la cuota exigida por el gobierno. Evitando así el trabajo en la presa. Muchos de los trabajadores en la represa terminaban con heridas graves o en muchas ocasiones perdían la vida.

Pero a pesar de todos los esfuerzos que realizaban apenas tenían para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación. En aquel momento, Kataryna se alegró de haber tomado la decisión de esconder las conservas, las brigadas del estado ingresaban casa por casa a requisar todo alimento que los campesinos guardaran. Rompían paredes en busca de alimentos. Si los encontraban en el sótano y no podían sacarlos le derramaban querosene para echar a perder los alimentos.

A los que no podían cumplir con la cuota exigida por el gobierno, les cortaban los suministros básicos, incluyendo los fósforos y el querosene.  Debido a las altas cuotas que los campesinos pagaban al gobierno, que iba aumentando sin miramientos, se hacía cada vez más difícil alimentarse. Muchos campesinos empezaron a sentir los estragos del hambre, en especial durante el invierno.

Pero las dificultades no solo eran económicas sino también sicológicas. La terrible muerte de los padres de Igor, en especial la de su padre, lo afectó en forma profunda y permanente. Se sintió de pronto perdido, abandonado y estéril. La necesidad de aprobación de su padre, la que había cultivado enfermizamente durante tantos años lo trastornaba por completo. El hombre por quien había vivido y desarrollado su existencia ya no estaba y no tenía idea en donde volcar toda esa necesidad. Las emociones de Igor siempre contradictorias e incoherentes como su propio espíritu se hacían cada vez más profundas. A medida que el tiempo trascurría se hundía cada vez más en sórdidos pensamientos y se aislaba del mundo. El hombre seguro de sí mismo, manipulador y ambicioso había casi desaparecido dando paso a un ser desesperanzado, abatido y completamente desprovisto de motivaciones.

Kataryna notó los cambios en su esposo. Si bien aún sentía cierto temor hacia él, se había percatado que podía enfrentarlo de manera solapada e indirecta lo que la fortalecía de cierta manera. Experimentaba una sensación extrañamente extraordinaria a medida que la estabilidad emocional de Igor se extinguía y la suya empezaba a brillar con luz propia.


[1] Kulaks: agricultores zaristas que poseían propiedades y contrataban trabajadores.

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