CASA 110

LA CASA ( parte 2)

III

Alejandro dejó a Laura en su casa muy a su pesar, hubiese preferido quedarse con ella aquella noche. Estaba muy preocupado, a pesar de que ella al fin se había abierto a él. Lo que le había confiado, no lo dejaba más tranquilo, por el contrario, no sabía muy bien cual sería el siguiente paso de Laura y eso lo desvelaba.

Se tendió en su cama y situó uno de sus brazos detrás de su cabeza. La lampara en el techo hacía que la tenue luz que se filtraba por las persianas de su ventana formase pequeños círculos sobre el blanco cielo raso. Sopesó las palabras de la psicóloga y llegó a la conclusión de que Laura tenía razón en cierta forma, algo extraño estaba pasando. No tenía sentido pensar en que ambas mujeres se habían sugestionado con las historias que se contaban. Creyó que sería conveniente hacer sus propias indagaciones y ver si conseguía alguna información. Suspiró frustrado, estaba claro de que le sería difícil conciliar el sueño por lo que decidió levantarse de la cama y se dirigió a la sala. Aquel acto fue algo completamente inconsciente, quería constatar que ella estuviera durmiendo y no sentada frente a la chimenea sumida en sus pensamientos. No vio nada, la casa estaba a oscuras, aquella comprobación la realizó varias veces durante el resto de la noche antes de quedarse dormido casi antes del amanecer.

IV

Laura parecía algo más relajada a la mañana siguiente. Había dormido sin interrupciones la noche anterior, después de desahogarse con Alejandro. No había ocurrido lo mismo con el abogado, que no pudo conciliar el sueño en toda la noche. No obstante, lo tranquilizo verla radiante cuando la recogió en su casa para llevarla al trabajo.

 Apenas se despidió de ella, fue al archivo que tenía en el sótano de su oficina. Sabía que en el lugar estaban los documentos que las empresas que sucedieron a la Cerro de Pasco Corporation nunca se tomaron la molestia de pasarlas a archivos digitales. Desde luego, era un trabajo tedioso que le demandaría tiempo y probablemente no encontraría nada que le sirviera. Al abrir la puerta sintió un soplo de aire helado y húmedo que olía a guardado y a hojas de papel antiguo, tal y como huele un libro que tiene décadas sin ser abierto. Todo estaba a oscuras, por lo que antes de bajar las escaleras, tanteó en la pared en busca del interruptor de la luz. Cuando lo halló, lo encendió al mismo tiempo que emitía un sonoro suspiro de asombro.  Cinco largas filas de archiveros se hallaban dispuestos ordenadamente en aquel frío sótano. Bajó las gradas de concreto despacio, pensando que en aquellos archiveros habría demasiada información que sería muy difícil de cotejar. Se detuvo delante de los archiveros con los brazos en jarra y el rostro perplejo. Pensó que el sótano tendría unos treinta metros de largo y que albergaba al menos unos cien archiveros. Suspiró resignado, si quería información sobre la casa de 110, sobre el hospital y sus antiguos pacientes, tendría que dedicarle tiempo a la interminable fila de archiveros.

V

Un sonido ensordecedor la despertó de un sobresalto, se sentó en la cama y trató de sacudirse el sueño que la envolvía. Se pasó las manos por los ojos y bajó los pies al suelo. Esperó atenta a que se sucediera otro sonido, pero no oyó nada, todo estaba en silencio como de costumbre. En la sierra, a aquella altura, ni siquiera había grillos que cantaran rompiendo la paz de la noche. Se sintió confundida, estaba segura de que la había despertado un gran estruendo muy cerca a ella. Suspiró y cuando se proponía volver a dormirse, oyó con claridad que alguien la llamaba por su nombre. Frunció el ceño perpleja, al principio pensó que era la voz de Alejandro y creyó que tal vez el abogado se encontraba en problemas, o tal vez enfermo, pero desechó esa idea de inmediato, cuando oyó su nombre por segunda vez.

Era la voz de una mujer.

Las sienes empezaron a palpitarle con fuerza, y sintió el impulso irrefrenable de dirigirse a la casa que había ocupado Melinda.

Se levantó de la cama y se vistió de prisa, buscó las llaves de la casa 110 en su mesa de noche. Se puso el abrigo y salió de su casa sin siquiera molestarse en cerrar la puerta, con una idea fija en la cabeza, la casa la estaba llamando. Escuchó los ladridos de un perro a lo lejos, pero no le prestó atención. Caminó con pasos inseguros hasta la casa, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras, pero sin embargo ella podía ver todo con tanta claridad como cuando los reflectores iluminan el escenario de un teatro. Incluso pudo percatarse del gran hueco de bordes negros en medio de la alfombra azul de la sala, producto del cigarrillo que Melinda había dejado caer durante aquella terrorífica aparición que experimentó poco antes de renunciar.

No tuvo que cerrar la puerta porque fue como si alguien la cerrara por ella.  De pronto, le pareció como si el mundo se moviera en cámara lenta. Oyó de nuevo la voz de mujer que la llamaba, repitió su nombre dos veces arrastrando la última vocal.

“Lauraaaa, Lauraaa”

Se sobresaltó, abrió los ojos como platos y su corazón latió desbocado. Su respiración era superficial y dificultosa, pero no se detuvo, algo la impulsaba a seguir avanzando. Caminó despacio hasta el comedor. Las luces seguían iluminando todo a su paso, no entendía de donde provenían, pero no tenía tiempo de pensar en eso ahora. Volvió a oír que la llamaban, parecía provenir de la habitación de visitas. Algo la impulsaba a seguir, pero su instinto de supervivencia le decía que se quedara dónde estaba. Pero la fuerza pudo más.  Volvió a ponerse en movimiento, buscó el sitio de donde provenía la voz.

VI

Los ladridos desesperados de Andy lo despertaron. Suspiró molesto y se levantó de un salto de la cama, pensó que había olvidado sacar al perro para que hiciera sus necesidades. Andy no ladraba de aquella forma si no necesitaba salir al patio. Caminó de prisa hacia la lavandería en donde el perro tenía su cama. Mientras caminaba por la sala, desvió la mirada en dirección a la casa de Laura como tantas otras veces, pero se sobresaltó al ver la casa a oscuras, pero con la puerta abierta de par en par. Regresó a su habitación dando grandes zancadas y tomó su abrigo.

_ ¡Andy! _ gritó y el perro corrió hasta su preocupado dueño sin dejar de emitir sus desesperados ladridos.

Cuando Alejandro abrió la puerta, el can salió corriendo rumbo a la casa de Laura. El abogado pensó lo peor, algo le había sucedido a ella por eso el perro se encontraba tan alterado. Corrió detrás de Andy y cuando se disponía a bajar las gradas que daban al jardín, vio que el perro no de detuvo en casa de Laura, sino que siguió corriendo rumbo a la casa 110. Se quedó helado cuando notó una intensa luz en la vivienda y aceleró sus pasos. Su corazón latía desbocado, de pronto se sintió aterrado por lo que pudiera pasarle a Laura. Andy se detuvo frente a la puerta y empezó a rascarla con las patas delanteras. Sus ladridos ya no sonaban desesperados, sino que ahora parecían angustiados y al mismo tiempo desquiciados. Alejandro intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.

_ ¡Laura! _ gritó, pero nadie le respondió.

Se caminó apresurado en dirección a las ventanas de la sala. Acercó el rostro a una de ellas y miró dentro. La luz era tan intensa que podía ver todo con claridad. La sala estaba vacía. Se apresuró hacia las ventanas del comedor y allí la vio, caminaba con pasos muy lentos, como si algo tirara de ella rumbo a la habitación de huéspedes.

_¡¡Laura!!_ volvió a gritar y golpeó el vidrio de la ventana con sus puños.

Su corazón le latía ruidosamente, estaba espantado, no entendía que era lo que ella hacía allí y de donde provenían esas luces. Los ladridos de Andy sonaban enloquecidos y eso era lo que más lo asustaba. Sabía que los animales tenían los sentidos mucho más desarrollados que los seres humanos y el perro claramente presentía que Laura estaba en inminente peligro.

_ ¡¡Laura!!_ volvió a gritar, pero la mente de la psicóloga se encontraba en otro lugar, a años luz de distancia.

De pronto, la vio detenerse y le pareció que se debatía en la duda, pero pronto volvió a ponerse en marcha. El abogado sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, fue un aviso de que algo malo sucedería si no lograba detenerla. Recorrió el jardín con la mirada, encontró una roca de considerable tamaño y la lanzó contra el vidrio de la ventana, haciendo que los cristales se rompieran en pedazos.

Laura no reaccionó, estaba ya dentro de la habitación con la mirada dirigida hacia el techo, observando algo que el abogado no pudo determinar que era.

 Alejandro metió la mano entre los restos de cristal sin cuidarse mucho de ellos y levantó el pestillo abriendo la ventana. Dio un salto y se metió a través de la ventana abierta. Andy hizo lo propio cuando vio a su amo.

_ ¡Laura! _ volvió a gritar con voz grave e imperiosa, pero ella estaba con la mente en otra parte, parecía estar bajo los efectos de alguna especie de trance hipnótico.

Alejandro la tomó del brazo y la sacudió.

_ ¡Laura! _ la llamó y ella pareció regresar a la realidad.

En ese preciso instante, las luces desaparecieron y la casa quedó sumida de nuevo en la oscuridad de la noche. Andy dejó de ladrar y se paró sobre sus patas traseras sujetándose del cuerpo de la psicóloga con la ayuda de sus patas delanteras. Laura se veía bastante desorientada. No recordaba como había llegado hasta la casa, ni que había sucedido.

_ ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó desconcertada.

_Vamos, te llevaré a casa_ contestó el abogado rodeándola con uno de sus brazos para ayudarla a caminar.

Cuando estuvieron fuera, pudo observarla bajo la luz de los faroles, tenía los ojos verdes enrojecidos y vidriosos, los labios azules y temblorosos. La abrazó contra su pecho y la sostuvo allí por algún tiempo. Alejandro se sintió totalmente alterado, desconcertado y aterrado. No sabía que había sucedido, pero estaba seguro de que si no hubiese llegado a tiempo algo terrible le hubiera sucedido a ella.

_ Alejandro, ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó de nuevo desde el pecho del abogado.

Alejandro se separó de ella, pero le puso una mano en el hombro y la condujo hacia su casa.

_ Vamos, vayamos a tu casa y allí hablaremos_ dijo mientras la guiaba.

Mientras caminaban lentamente por la calle en penumbras bordeada de grandes y antiguos cipreses que parecían observarlos, Laura empezó a recordar lo que había sucedido. Cuando llegaron a su casa, Alejandro la ayudó a tenderse en la cama y se aseguró de que bebiera un té caliente. Ella aún se sentía confundida, algo desorientada.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó el abogado.

_ Mejor_ contestó ella, parecía distante.

_ ¿Recuerdas lo que paso? _ preguntó el abogado con una mirada de angustia.

_ Al principio no recordaba nada. Cuando me sacaste de aquel trance no entendía que hacíamos en casa de Melinda. Pero empecé a recordarlo todo poco después.

Alejandro la animó a que hablara, ella le explicó lo que había sucedido y aquella extraña sensación de que la casa la llamaba.

_ ¿Qué fue lo que veías en el techo cuando te sacudí? _ preguntó el.

_ Era el rostro sombrío de una mujer. Me llamó por mi nombre y cuando me sacudiste, pude oír que decía: “El chico necesita tu ayuda”. Lo dijo en inglés, es decir no lo dijo con palabras, pero lo oí en mi mente.

Alejandro emitió un sonoro suspiro cargado de confusión, desconcierto e impotencia. Laura pensó de inmediato que el abogado no creía una palabra de lo que ella le estaba diciendo.

_ Sé que es difícil creer en lo que te estoy diciendo_ dijo ella.

_No se que es lo que está pasando, pero lo he visto con mis propios ojos y me preocupas. No quiero que vuelvas a ir a esa casa_ dijo muy serio.

_No depende de mí, fui hasta allí inconsciente de lo que hacía.

Alejandro sopesó la situación, estaba preocupado y a la vez asustado de lo que pudiera pasar.

_ Creo que lo mejor será que salgas de aquí, tal vez sea buena idea que vayas a ver a tus padres por un tiempo_ dijo.

Laura sacudió la cabeza con vehemencia.

_ ¡No pienso irme, debo descubrir qué diablos pasa aquí, se lo debo a Melinda! _ dijo levantándose de la cama.

_Eres muy testaruda, deberías irte de aquí ahora mismo_ dijo él pasándose la mano por la barbilla con expresión preocupada.

_ No me iré_ contestó ella_ algo extraño está pasando y pienso descubrir que es.

Alejandro suspiró frustrado e impotente, pero si ella se empecinaba en querer descubrir lo que sucedía, él no pensaba dejarla sola.

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