República Socialista Ucraniana, 1933 (Segunda parte)
IV
Los días se sucedían cada vez más lentamente, parecía que el tiempo incluso se hubiese detenido, como si el relojero del universo descuidadamente hubiera olvidado darle cuerda al reloj de la vida.
Kataryna no dejaba de pensar en la urgencia de escapar del régimen y la hambruna que estaba a punto con cobrarles la vida. Estaba perfectamente consciente de que la enorme empresa que deseaba llevar a cabo sería casi imposible si las condiciones climáticas empeoraban.
Corrían los últimos días del otoño y era imprescindible iniciar el viaje lo antes posible. La huida sería muy riesgosa, en especial con una niña de seis años, pero estaba convencida de que escapar de Ucrania era su única esperanza de sobrevivir.
Las hojas de los árboles alfombraban el suelo del bosque, cuando se encaminó a casa aquella tarde. El cielo gris se amalgamaba completamente a su espíritu sumido en una terrible tiniebla de desesperanza y ansiedad. Pensó que debía tomar una determinación aquel mismo día o sería muy tarde. No podía seguir esperando a que Igor tomara aquella decisión trascendental por ella. Se estremeció ante la idea. Nunca había tomado una elección por sí misma, y temió asumir la responsabilidad de las consecuencias de aquellas decisiones. La vida de Daryna estaba en sus manos, pero sabía en lo profundo de su ser que no había otro camino que tomar. En aquel momento, con valentía, entereza y denuedo tomó la inapelable determinación de huir, aunque su esposo no estuviera de acuerdo con ella.
De pronto, una pequeña chispa de esperanza entibió su desalentado corazón, como cuando los tenues rayos del sol iluminan las oscuras nubes de otoño en el crespúsculo.
Cuando regresó a casa, encontró a su esposo sentado en la cocina sumido en un doloroso ensimismamiento. Con la mirada fija en algún punto del suelo.
Kataryna se sacó la pañoleta que llevaba alrededor de su cabeza, la dejó sobre la mesa y se sentó frente a él. Lo observó en silencio por unos segundos y luego le habló con voz clara, suave pero firme.
_Igor, he dejado que pasara algún tiempo, imagino que ya habrás pensado en la propuesta que te hice.
Igor levantó la mirada y le dedicó a su esposa una mirada de desconcierto. Intuyó una perpleja y desconfiada expectación en el rostro de su esposa. Pero se limitó a guardar silencio. Estaba abatido, ya no era el duro Igor de otros tiempos.
_ ¿Igor?
_ Si lo he pensado_ dijo al fin_ y no estoy de acuerdo.
El rostro de Kataryna se tiñó de un gesto de fastidio y frustración.
_ Igor tengo el dinero, lo he guardado por varios años, y solo yo sé dónde está escondido. Si decides no hacer este viaje, tomaré a Daryna y me la llevaré_ amenazó.
Igor la observó con el ceño fruncido, pero no tenía fuerzas para discutir con su esposa. Por el contrario, Kataryna tenía los sentidos alertas, y se encontraba en actitud expectante.
Igor exhaló un largo suspiro antes de volver a hablar.
_Imagino que estás al tanto de que no podrás tomar una carreta o unos caballos y simplemente dejar la ciudad_ dijo.
_ Lo sé, tendremos que caminar hasta la frontera con Polonia_ respondió ella.
_ Sabes que si nos descubren los bolcheviques tienen orden de dispararnos_ dijo Igor.
Kataryna se removió inquieta en su silla antes de responder.
_ Sí, lo sé_ contestó.
Igor volvió a exhalar otro suspiro esta vez más sonoro, que a Kataryna le sonó a desesperación. Miró a su esposa a los ojos y sintió la firmeza de su voluntad.
_ Está bien_ dijo Igor después de unos segundos_ si es eso lo que quieres, hagámoslo.
Kataryna exhaló un suspiro de alivio.
_ Ahora dame los detalles_ exigió.
Kataryna se levantó exaltada de la silla y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina mientras le explicaba a Igor todo lo referente al viaje que emprenderían con la intención de huir de su natal Ucrania. Su rostro denotaba una mirada satisfecha, saturada de suficiencia.
_ Tendremos que salir lo antes posible_ comenzó diciendo_ el invierno está por llegar y eso nos dificultará la marcha.
Igor asintió y le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando.
_Caminaremos hasta Medyka, es una ciudad fronteriza con Ucrania, se encuentra a 640 kilómetros de Kiev.
Igor la observó incrédulo.
_ ¿Cómo se supone que caminaremos con la niña 640 kilómetros? _ preguntó con desasosiego _ eso implicaría caminar más de quince días.
_ Si, tal vez 20 o 22 días, dependiendo de Daryna, y eso si la buena fortuna nos acompaña y no nos encontramos con soldados bolcheviques en el camino.
Igor pensó que todo aquello era una locura, jamás llegarían siquiera a la frontera. Pero decidió sacudirse el pesimismo del pensamiento y seguir escuchando a su esposa.
_ Luego ¿qué?
_Descansaremos unos días allí, hasta que estemos en condiciones de volver a seguir con el viaje. Desde Medyka a Varsovia seguiremos en carreta, son casi 400 kilómetros.
Igor suspiró, no contestó, se limitó a esperar.
_ Desde Varsovia seguiremos hasta Gdanks, son un poco más de 400 kilómetros.
Una repentina mirada de desaliento asomó al rostro de Kataryna. Acababa de asimilar lo difícil que sería la marcha solo después de expresar en voz alta sus pensamientos. Aspiró una bocanada profunda de aire antes de continuar.
No se dejaría amilanar, nada había sido fácil en su vida, y como todo lo demás, estaba segura de que lo superarían.
_ Desde Gdanks iremos a Bremen en Alemania y desde allí, podremos embarcar a Sudamérica.
Igor volvió a asentir, seguido de un sonoro suspiro.
_ La parte más difícil será cruzar la frontera_ dijo ella_ será peligroso. Pero una vez que lleguemos a Polonia las cosas serán más fáciles.
_ Que se supone que comeremos mientras sigamos en Ucrania_ preguntó Igor_ son más de veinte días de caminata y ya casi no nos quedan alimentos y menos aún, fuerzas.
_ El hombre que nos ayudará se encargará de los alimentos.
Igor volvió a fruncir el ceño, le dirigió a su esposa una mirada de incertidumbre.
_ ¿Quién es ese hombre? ¿cómo se supone que conseguirá alimentos? _ preguntó.
Kataryna cruzó los brazos sobre su pecho tratando de protegerse.
_Su nombre es Dimitry Petrov, él es un bolchevique_ contestó asustada esperando la reacción de su esposo.
Las palabras de Kataryna quedaron flotando por un instante en el aire antes de que Igor las asimilara. Todo lo que Kataryna le decía le parecía inconcebible. Se sentía flotar dentro de una de una pesadilla. Una pesadilla en la que llevaba casi dos años sumergido.
_ ¡No puedes estar hablando en serio! _ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro _ No hay nada como proporcionar un arma a nuestro verdugo. ¡¿Estás fuera de tus cabales?! _ dijo levantando bastante la voz. _ ¿No se te ha ocurrido que este hombre puede entregarnos a las autoridades? _ preguntó con un gesto de incredulidad.
La observó con los ojos abiertos como platos y con absoluta desaprobación en la mirada.
Kataryna se acercó rápidamente a Igor, lo miró a los ojos y habló con vehemencia y total seguridad.
_ Él no nos entregará, así como no entregó a decenas de familias que han huido del país. Él solo está interesado en el dinero.
Perturbado, Igor la miró con gravedad.
_ No puedes estar segura de eso.
Kataryna sintió un leve escalofrío y exhaló un mudo suspiro. Se sintió aturdida por un momento, pero se recuperó con rapidez.
_ Tenemos que correr el riesgo_ contestó.
_ Está bien, si estás decidida, no voy a impedírtelo_ dijo Igor_ haremos ese maldito viaje y que Dios nos ampare.
V
Dimitry Petrov, respiró hondo, retuvo el aire en los pulmones e intentó levantar la rueda de madera que con terquedad permaneció en su sitio. Lo intentó de nuevo, pero su brazo izquierdo se negó a obedecerlo. Lo que obtuvo en cambio, fue una fuerte punzada en el cuello y la espalda. Se levantó la camisa, y se miró el hombro, lo tenía rojo y palpitante, como si una lumbre ardiente lo acabara de abrasar. El corazón le latía con tanta fuerza que ante sus ojos veía puntos negros pulsátiles y por un instante temió perder el conocimiento.
Trató de relajarse, pensando en algo más que no fuera la frustración que sentía por la discapacidad que acarreaba su cuerpo. Sintió que sus sentidos se le agudizaban por unos segundos, creyó oír el murmullo amplificado del riachuelo que circulaba entre las rocas y las raíces retorcidas de los árboles, muy cerca de él; además de la briza de la mañana sobre su piel sudorosa, como si fueran cientos de gélidas agujas que se clavaban en su cuerpo.
Poco después, se le despejó la cabeza, pero el corazón le martillaba aún con más fuerza que antes, y le temblaba el brazo izquierdo. Se sentía algo aturdido y se percató de repente de que parte del problema radicaba en que se había olvidado de respirar. Se obligó entonces, a aspirar una bocanada de aire para oxigenar su aturdido cerebro, pero lo invadió entonces un fuerte vértigo cuando inhaló el aire fresco y húmedo del campo. Se tambaleó un poco y extendió las manos hacia la carreta para mantener el equilibrio.
Se apremió a reconocer, que poco después del ataque, el brazo le temblaba tanto que no podía sostener con la mano, nada más pesado que su abrigo. Había transitado por un largo y tortuoso camino antes de poder utilizar de nuevo aquel apéndice que llegó a considerar inservible, pero aún no había alcanzado su antigua capacidad. Probablemente nunca lo haría, pero se había encomendado la tarea de rehabilitarlo lo mejor posible.
Hizo un alto para enjugarse la frente que tenía embarduna de tierra y sudor. A continuación, hizo un esfuerzo febril por levantar la rueda, exigiendo al hombro un arduo sacrificio. Emitió un gruñido de dolor mientras le temblaba violentamente el brazo. Las venas moradas debajo de la piel parecían a punto de estallar. Los músculos cuidadosamente entrenados amenazaban con romper la delgada tela de su camisa.
Con un último y memorable esfuerzo consiguió su objetivo, introducir la masa[1] de la rueda en el eje de la carreta. Se sintió totalmente extenuado, pero a la vez frenético y exaltado. Se sentó entonces sobre una roca de considerable tamaño hasta que advirtió que se le acompasaban de nuevo los latidos del corazón y desaparecía el aturdimiento. Observó el riachuelo, quedaba bajo el cielo abierto, y el agua con el sol justo encima, relucía como la seda brillante.
Abajo, en la orilla, saltaba de piedra en piedra una rana, sin mojarse apenas las ancas.
Se quedó allí, observando la naturaleza a su alrededor, recordando los años como soldado bolchevique y sus deseos de aportar de algún modo a la construcción de una nueva nación en donde reinara la igualdad social para todos. Desde joven había tenido sólidas convicciones sobre lo que estaba bien y lo que no lo estaba. Pero el bien y el mal solo se le serían revelados con la madurez de la experiencia, el dolor de la evidencia y la veracidad de los hechos.
Dimitry, hombre de edad media, agraciado, de facciones bien definidas, pelo castaño claro y ojos cafés con una inquietante expresión severa y adusta que distaba mucho de la realidad de su carácter. El color pardo oscuro de su vello facial contrastaba marcadamente con la palidez de sus mejillas. Era alto de estatura, musculoso y andaba siempre erguido, a pesar de que muchas veces el dolor trataba de doblegarlo. Llevaba siempre la ropa bien cuidada, aunque no hubiera mujer en su vida que se ocupara de ello.
Sus delgados labios se apretaron de tal forma que casi desaparecieron detrás de su boca, en una mueca de nostalgia, o tal vez fuera de resignación, al recordar su vida como soldado. Durante un breve tiempo las cosas se sucedieron deprisa, para luego empezar a sucederse con una extraña lentitud. Aunque no tendría que sorprenderse ya que las cosas malas duraban para siempre como solía decir su abuela, que en paz descanse.
Los días de un soldado destacado en un fuerte en el medio del infierno gélido de Siberia, no son muy atractivos o fascinantes como la mayoría de los civiles pensaría. Allí en aquellos confines olvidados del mundo, en donde los copos de nieve eran arrastrados por el vendaval que aullaba, en donde los vientos sepulcrales barrían las descoloridas estrellas y las hacían parpadear muy bajas. Era en aquel lugar en donde los soldados acababan atormentados, casi demenciales donde la mayoría se enterraba a la enajenación. Zona de pesadilla de la que, una vez que se entraba, pocas veces había regreso.
Lo que llevaba a que, en los días de franco, la mayoría de los soldados se desbandaran bebiendo hasta caer inconscientes o despertaran en prostíbulos desplumados como pavos en el día de navidad.
Pensó que las consecuencias habrían sido mejores para él, de haber decidido ir a emborracharse a un bar o a dejarse desplumar en algún burdel, en vez de pasar el fin de semana en casa. No era la primera vez que la mente de Dimitry discurriera en aquellas cavilaciones, pero cada vez que regresaba por aquel camino largo y sinuoso, plagado de frustraciones, reveces y desengaños se convencía aún más de que el destino había tenido que ver con su suerte. Como si el universo se hubiera confabulado para echar las cartas que decidirían su futuro. ¡Y vaya que le había tocado un par de malas manos!
Aquella fatídica mañana de verano, se levantó temprano de la pequeña habitación que arrendaba en el segundo piso de una casa de huéspedes, en alguna parte del mundo menos hostil y más hospitalaria que la Siberia. La dueña de la pensión, una inmensa mujer con pechos enormes y rebosantes, de cabellera rubia desgreñada le sirvió el desayuno con una extravagante sonrisa. Dimitry no pudo evitar devolvérsela. El rostro de la mujer asemejaba al de un perro pequinés con el pelo greñudo y la lengua colgando de un costado del hocico.
Cuando terminó de comer, se dirigió a la tienda de herramientas y abarrotes que se encontraba a pocas cuadras de la casa de huéspedes. Saludó al dependiente, un hombre de tes amarilla, ojos caídos como los de un cachorro apaleado y de labios extremadamente anchos. Sonrió para sí mismo, pensó en la dueña de la pensión y la comparó con el dependiente. Muy diferentes uno del otro, pero a la vez de aspectos extrañamente hilarantes. Escrutó por un buen rato toda la tienda con atención. No buscaba nada especial, pero le gustaba visitar los almacenes ya que realmente no tenía nada mejor que hacer.
Echó una mirada a los estantes de abarrotes y más adelante a los estantes de herramientas. La tienda contaba con una buena colección de hachas, las encontró de varios tamaños y para trabajos específicos. Hachas de tala, hachas de corte, hachas de filo ancho, hachas de una mano, más pequeñas que las anteriores, hachas de carpintero, hachas de ranurado y quien sabe cuántos tipos más. Dimitry no tenía idea de que existiera una gama tan grande de aquella herramienta, tan indispensable para un leñador.
Desde el estante de las hachas oyó al dependiente levantar la voz mientras conversaba con otro cliente. Prestó atención al recién llegado. Lo primero que llamó su atención eran sus musculosos brazos y sus labios extrañamente azules, como uno de aquellos cadáveres congelados que había visto incontables veces en las estepas Siberianas.
El hombre se tambaleaba de tanto en tanto mientras amenazaba al dependiente señalándolo con el dedo índice y gritando improperios. Dimitry pensó que estaba ebrio, pero podía estar equivocado. Después de todo solo eran las nueve de la mañana.
Frente al hombre de los labios azules, sobre el mostrador, se alineaban algo así como una docena de botellas de vodka y otros licores. Detrás del mostrador, el hombre de los ojos de cachorro apaleado intentaba disuadir al recién llegado de que abandonara la tienda.
Dimitry se acercó al mostrador con cautela, mientras lleva la mano derecha a su cintura en busca de su arma. Se sintió consternado al percatarse de que no la llevaba consigo, ni si quiera llevaba puesto su uniforme. Observó al recién llegado, intentando determinar si se encontraba armado.
El dependiente lanzó una mirada de desesperación por encima del hombro y vio a Dimitry al mismo tiempo que el hombre de los labios azules advirtió su presencia con el rabillo del ojo. El recién llegado, dejó de prestar atención al dependiente y giró de inmediato en dirección al soldado. Dimitry tuvo tiempo de pensar, que los movimientos del hombre eran rápidos para pertenecer a un borracho. Pero como para contradecir sus pensamientos, el hombre trató de acercarse, pero se detuvo en seco, agitando los brazos violentamente en el aire, y de inmediato empezó a retroceder tambaleante mientras llevaba una de sus manos hasta el mostrador. El hombre de los labios morados tomó una de las botellas de licor y la blandió sobre su cabeza como si fuera un garrote. Dimitry se detuvo en seco al observar las intenciones del hombre, levantando las palmas de las manos en un intento por demostrarle que no tenía intención de buscar problemas.
_No quiero pelea_ profirió frunciendo el entrecejo y observando cautelosamente al hombre.
Lo que Dimitry no sabía era que el de los labios morados llevaba un arma de fuego escondida en la cintura de su pantalón, cubierta por el faldón de su camisa.
Labios morados volvió a tambalearse y dejó caer la botella al piso que se hizo añicos con un estallido, esparciendo todo su contenido. El olor fuerte y penetrante del licor colmó de inmediato el aire y lo volvió sofocante.
Dimitry se vio de repente sumergido en un peligro inminente.
El dependiente aprovechó el momento y se escabulló fuera de la tienda. Dimitry pensó que era lo mejor, porque la cosas acabarían poniéndose peor. En ese preciso instante el hombre de los labios morados tomó otra botella del mostrador y la lanzó en dirección a Dimitry, pero este lo esquivó con facilidad. La nueva botella compartió de inmediato el mismo final que la primera. El olor en la tienda se volvió mucho más intenso y asfixiante.
Dimitry sintió tal furia que ni siquiera pensó en reprocharle algo a aquel hombre. Simplemente se abalanzó sobre él en un intento por tirarlo al piso. Lo consiguió, pero con cierta dificultad. A pesar de que el de los labios morados estaba ebrio, su cuerpo robusto y sus increíbles músculos lo hacían un adversario de cuidado.
_ ¡¿Qué diablos está pensando?!_ gritó Dimitry mientras ambos hombres rodaban en el suelo.
El hombre de los labios morados le respondió con un rodillazo en el estómago. Dimitry chilló de sorpresa y dolor. El asaltante aprovechó el momento y se levantó ágilmente del suelo e intentó tomar otra de las botellas.
Dimitry adivinó sus intenciones y a pesar del dolor, le lanzó una patada que le dio de lleno en la pantorrilla. El dolor fue tan intenso que lo paralizó por unos segundos. Labios morados tuvo que agacharse para intentar masajearse la zona.
Dimitry se levantó rápidamente y tomó otra de las botellas. En un instante pasó por su mente la idea de que, si seguían de la misma forma, terminarían rompiendo todos los licores de la tienda. Entonces, sintió un escalofrío que no era inherente al templado verano, pero que no le era ajeno, era la familiar sensación de la adrenalina que le recorría el cuerpo en momentos de peligro.
El de los labios morados se incorporó justo en el momento en que Dimitry le lanzaba la botella. Él no se lo esperaba, y a pesar de su borrachera al ver el objeto volando hacia él dio un respingo y se volvió ligeramente a su izquierda de modo que la botella lo alcanzó en el hombro.
Labios morados emitió un gruñido, más de rabia que de dolor y se abalanzó sobre Dimitry que seguía ajeno al arma que el hombre guardaba en la cinturilla de su pantalón. Dimitry se hizo a un lado mientras que giraba el cuerpo ciento ochenta grados, tomaba otra botella del mostrador y la sujetaba sobre su cabeza del mismo modo en que labios morados lo había hecho anteriormente. Dimitry no perdió el tiempo y se abalanzó sobre labios morados, pero tropezó con una caja de clavos, se tambaleó y cayó sobre sus rodillas.
Labios azules tomó el arma de su cintura, la empuñó y apuntó contra Dimitry. De inmediato se oyó un disparo, la detonación en aquel lugar cerrado y atestado de mercaderías sonó atronador. La bala le pasó tan cerca que por poco le vuela una oreja. El olor a pólvora quemada anegó el establecimiento, era un olor muy familiar, pero no por ello agradable.
Dimitry, que aún sostenía la botella, la arrojó contra labios azules y lo golpeó en la barbilla.
El hombre lanzó un alarido, retrocedió tambaleante y chocó con un estante repleto de platos desperdigando su contenido en medio de agudos sonidos metálicos.
Dimitry deseó en ese instante no haber dejado su arma en su habitación, pero no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Corrió hacia el estante de hachas que había visto más temprano. Sujetó la primera que alcanzó por la cabeza y sintió dolor cuando se le enterró en la mano, pero apenas tuvo tiempo de ser consciente de ello.
El hombre lo siguió con el arma empuñada y se dispuso a disparar de nuevo. En una fracción de segundo, Dimitry pensó que podría forcejear con el hombre y lograr desarmarlo, pero una mesa con sendos canastos repletos de martillos los separaba, por lo que decidió lanzarle el hacha. El arma giró mientras surcaba el aire con dirección a labios morados.
Labios morados gritó y se agazapó mientras levantaba la mano que sostenía el arma intentando protegerse el rostro. La pistola salió volando rebotó en una de las estanterías y cayó al suelo. Se disparó y se oyó algo parecido a un golpe seco. En seguida Dimitry sintió un dolor agudo y un líquido caliente que bajaba como un torrente por el brazo izquierdo.
El hombre se arrastró hacia el arma con el pelo sobre sus ojos y un hilillo de sangre en el mentón, donde Dimitry le había golpeado con la botella.
Dimitry tuvo tiempo de pensar que labios morados era alarmantemente rápido, para estar ebrio. Parecía una serpiente que intentaba huir de algún depredador. Pero, Dimitry calculó con rapidez y pensó que labios azules se le adelantaría. Sopesó sus posibilidades en fracción de segundos. La posibilidad de que pudiera tomar al hombre del brazo antes de que lo apuntara con el arma y disparase era muy escasa, pero debía arriesgarse o de lo contrario terminaría muerto, eso era seguro.
Labios morados alcanzó el arma, giró sobre su cuerpo apoyando la espalda contra el piso y apuntó de nuevo. Al mismo tiempo, Dimitry se abalanzó sobre labios morados y forcejeó con él. La herida en el hombro le dolía horriblemente, sentía como si alguien le estuviera metiendo el dedo en la llaga y estuviera retorciéndolo dentro. Intentó no pensar en ello. Trató de olvidar el dolor, o de lo contrario sería su último pensamiento. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luchó con desesperación.
Sostuvo las muñecas del hombre con ambas manos y las levantó apuntando el arma al techo. Las manos le temblaban por el esfuerzo y el terrible dolor. Le palpitaban las sienes y la sangre salía a borbotones de la herida.
Labios morados no se encontraba mejor, estaba a punto de perder el dominio de la situación.
Con dificultad, Dimitry logró apoyar una rodilla sobre el estómago del hombre haciendo que este perdiera el aliento. Su garganta emitía sonidos graves cada vez que intentaba inhalar. Los músculos de sus brazos se debilitaron. Dimitry ganó terreno obligándolo a soltar el arma que se deslizó por el piso y terminó debajo del estante de enlatados. De inmediato, Dimitry, le asestó un puñetazo en la cara dejándolo inconsciente.
Dimitry se sentó sobre una de las cajas de madera que poblaban la tienda para recuperar el aliento lanzando inquietas miradas en dirección a la puerta, esperando la intervención de los agentes del gobierno en cualquier momento. Le palpitaba el hombro debido al maldito disparo, a la vez que la cabeza, pero el cerebro le funcionaba a la perfección.
De repente, el panorama cambió completamente, todo le daba vueltas en la cabeza, se sentía como si estuviera montado en una atracción de feria, como en una pesadilla.
Bajo la caja, alrededor de sus pies, el charco carmesí se hacía cada vez más grande. Tenía el brazo entumecido y aunque su cerebro le ordenaba que lo moviera, permanecía obstinadamente inmóvil. En un repentino esfuerzo, se levantó y por un momento el dolor era tan intenso que el mundo a su alrededor se volvió blanco, pero con dificultad consiguió conservar la conciencia agarrándose de un estante con el brazo sano.
Lo hospitalizaron poco después, y su recuperación fue dolorosa y lenta. La bala había destruido los tendones del hombro y al contrario de lo que se esperaba, como recompensa a su valentía y heroísmo el ejercito lo dio de baja y el partido nunca se ocupó de darle una pensión digna o un trabajo acorde para que pudiera sobrevivir con dignidad.
La desilusión que le causó la actitud del partido le dolió muchísimo más que la herida en el hombro o la pérdida de la movilidad del brazo izquierdo. Fue entonces cuando comprendió que la igualdad social que tanto pregonaban los bolcheviques distaba mucho de ser una realidad. Mientras él debía mendigar por algún empleo por debajo de sus capacidades solo para poder sobrevivir, otros le restregaban en la cara sus palacios usurpados y sus tierras confiscadas.
Con el trascurrir del tiempo, la venda que había llevado alguna vez sobre sus ojos terminó cayéndose por completo. La colectivización había sido una de las peores ideas de Stalin, y el peor modo de castigo contra los que como él, no querían plegarse a los deseos del partido. Decidió probar suerte en Ucrania, cambiar por completo su vida, darle algún sentido a lo que le había sucedido. Fue así como descubrió que podía hacer la diferencia, tal vez no salvaría al mundo, pero podría salvar un par de almas atormentadas por los “socialistas”.
Decidió poner sus conocimientos militares al servicio de las familias que deseaban huir del yugo del partido. Y que mejor manera de hacerlo que sacándolos de la unión. No lo hacía por el dinero, aunque no podía negar que vivía de ello. Sino que lo hacía como una forma de resarcir el daño que la ideología que alguna vez apoyó causaba en el pueblo ucraniano y, por otro lado, lo hacía para ir en contra del partido que lo había abandonado.
Ahora después de veinticinco viajes y más de setenta personas, se preparaba para una nueva y peligrosa aventura. Se puso de pie, observó el riachuelo que discurría a sus pies. Se masajeó el brazo izquierdo desde la muñeca hasta el hombro y pidió a Dios que le diera fuerzas para seguir haciendo lo que hacía, hasta que Él decidiera lo contrario.
[1] Masa: Pieza redondeada de la rueda, que sirve como soporte del eje.