CASA 110

La casa

VII

Durante toda la semana, había dedicado unas horas a reconocer los documentos que contenían los archivadores del sótano. Encerraban demasiada información, muchas de ellas sin importancia, pero otras tal vez lo ayudaran a descubrir algunos secretos sobre la casa y sus anteriores habitantes. Había una lista completa de ellos desde que se fundara La Oroya hasta el año dos mil, año en que se inició el uso de archivos digitales.

Los primeros habitantes de la casa 110 fueron una pareja de norteamericanos y su pequeño hijo de tres años, los Smith. Vivieron en ella durante cuatro años, hasta que regresaron a los Estados Unidos. Alejandro cotejó datos de la pareja y el niño en los archivos correspondientes al hospital, que, por alguna razón, de la cual no tenía idea, también se encontraba en aquel sótano.  A los Smith, les siguió una pareja sin hijos los McDowell, se fueron tres años después. Luego ocupó la casa un ingeniero metalúrgico soltero, Phil Klein, que presumiblemente tenía gustos sexuales extravagantes para la época (según unos apuntes escritos a mano sobre su expediente), dejó La Oroya diez años después.

Alejandro estaba exhausto, y no había conseguido nada relevante que lo ayudara a desvelar lo que le sucedía a Laura. Decidió dejar todo para el día siguiente, sería domingo y tendría más tiempo. Había convencido a Laura de que viajara con algunas compañeras de trabajo a Huancayo por el fin de semana. No había experimentado nada extraño durante los últimos días por lo que pensó que estaría bien que saliera de la ciudad.

Regresó a su casa y sacó a pasear a Andy. El perro se mostró feliz, había estado todo el día encerrado y esperaba ansioso la llegada de su amo. Andy caminaba delante de Alejandro, se detenía de vez en cuando a olisquear alguna roca o el tronco de algún que otro árbol. No había otros animales cerca por lo que no tenía mucha necesidad de marcar territorio a cada paso. Alejandro caminaba con los ojos fijos en la casa 110, mientras su mente divagaba por algunos escenarios posibles. ¿Fantasmas? ¿Espíritus? ¿Poltergeist? Todo parecía inverosímil, pero él claramente había presenciado algo inexplicable.  De pronto, Andy llamó su atención, se había quedado completamente inmóvil con una de las patas delanteras levantada, la cola tensa y gruñía mirando la puerta de la casa 110, como si presintiera alguna presencia extraña o tal vez peligrosa. El abogado acarició al perro tratando de tranquilizarlo y decidió echar un vistazo a través de las ventanas. No tenía la llave, le había pedido a Laura que se la diera para devolvérsela al encargado. El vidrio que había roto ya lo habían repuesto y todo parecía estar en calma.

_Vamos Andy_ dijo y retornaron al camino.

Pensó en Laura mientras caminaba, esperaba que ella estuviera divirtiéndose, que olvidara un poco la locura en la que se había convertido su vida en las últimas semanas. Bajó una pequeña cuesta serpenteante que lo conducía al río Mantaro, se quedó allí lanzando piedras al río mientras Andy olisqueaba el terreno y tomaba un poco de agua. La noche empezó a caer y con ella llegó el frío. En el horizonte, observó una ondulada meseta de nubes iluminada con los últimos rayos de sol.

_Hora de ir a la casa_ dijo Alejandro y el perro ladró dos veces en señal de asentimiento.

Andy subió la cuesta corriendo, con la lengua colgada a un costado de su boca, movía la cola alegremente. Alejandro pensó en el increíble carácter de los perros, olvidaban las preocupaciones y el peligro, segundos después de que ocurrieran. En cambio, los seres humanos se hundían en los problemas y les era difícil salir a flote. Alejandro apuró sus pasos para alcanzar a su mascota, pronto, estuvieron dentro de la casa, dando cuenta de su cena.

VIII

Los rayos oblicuos de la tarde daban color a la campiña, parecían hondos y oscuros surcos que cubrían las faldas de las montañas. El sol había casi desaparecido y teñía las nubes de un color anaranjado rojizo. Laura sonrió ante el increíble espectáculo que observaba. El gélido aire empezaba a soplar y estaba desabrigada, pero quiso permanecer unos minutos más observando todo. Las mujeres que la acompañaban en su viaje, subían lentamente al vehículo que las llevaría a su hotel en el centro de la ciudad. Habían pasado un magnífico día en el campo, pero debían regresar, tenían programado asistir a un show folclórico por la noche y se hacía tarde.

_ ¡Vamos Laura, se hace tarde! _ gritó una de las mujeres.

Laura le dedicó una sonrisa resignada y se encaminó hacia el mini bus que la esperaba. El día había sido perfecto, no tuvo tiempo de pensar en nada de lo que le había sucedido y se sentía bien. Se sentó al lado de la secretaria de Alejandro, Mónica. Era una joven agradable y muy solícita.

_ ¿Habías estado antes en Huancayo? _ le preguntó.

_ No, es la primera vez_ contestó Laura con una sonrisa.

_ ¿Qué te ha parecido?

_ Me ha gustado, en especial la gente, es muy amable. ¿De qué parte del Perú eres?

_ Nací en Huancavelica, pero mis padres y yo nos mudamos a Lima cuando yo tenía diez años. Pero cada vez que puedo regreso a mi tierra a recargar energías. Creo que nunca me acostumbraré al caos de la ciudad.

Laura asintió, sabía perfectamente a que se refería Mónica.

_ ¿Cómo es Alejandro como jefe? _ preguntó la psicóloga, quería saber más de él, desde la perspectiva de otra persona.

Mónica sonrió de forma ensoñadora, lo que inquietó extrañamente a Laura.

_Alejandro es una buena persona, y un buen jefe, trata a todos con bastante aprecio y respeto, eso es lo que más me gusta de él, aparte de que es muy atractivo_ dijo y se echó a reír.

Laura esbozó una sonrisa incómoda.

_ Lo siento, no quiero que te molestes, sé que Alejandro y tú son muy cercanos_ dijo la joven.

_Oh no me molesta en absoluto_ mintió_ solo somos buenos amigos.

_ Pensé que eran pareja y que mantenían cierta distancia ya que trabajan juntos.

_ No, entre él y yo no hay nada más que una profunda amistad_ dijo Laura.

Mónica no pareció muy convencida, pero no quiso seguir insistiendo. Los había visto interactuar muchas veces y estaba segura de que entre Alejandro y Laura había mucho más que una simple amistad.

_Alejandro es una persona muy empática, trata siempre de ponerse en el lugar de los demás_ continuó la secretaria.

_Sí, lo he notado_ dijo ella con una media sonrisa.

_Imagino que sabes lo que hizo apenas llegaste a La Oroya_ dijo Mónica_ de seguro te lo habrá contado.

Laura frunció el ceño pensando, pero no se le ocurrió nada en particular.

_No sé a qué te refieres_ dijo.

_La muralla, frente al Hotel Junín_ dijo Mónica.

Seguía sin entender, la miró con el rostro interrogante, tenía las cejas levantadas, arqueadas en una forma graciosa que hizo reír a la secretaria.

_Frente al Hotel Junín hay una muralla cruzando la avenida, es la valla que separa la calle de la estación de tren.

Laura asintió, sabía de que hablaba la secretaria, pero aún no entendía adonde quería llegar con eso.

_Bueno, no sé si lo notaste, pero en esa muralla habían escrito una frase no muy agradable en letras grandes y rojas_ dijo ella extendiendo los brazos para que Laura se hiciera una idea del tamaño de las letras.

Laura hizo un gesto de asentimiento, ahora entendía de lo que hablaba Mónica.

_Pues, Alejandro pidió que pintaran la muralla_ explicó.

Laura abrió los ojos sorprendida.

_La gerencia dijo que no era una prioridad pintar la muralla, así que él puso dinero de su propio bolsillo para que la pintaran_ dijo Mónica.

_No tenía idea_ dijo Laura muy sorprendida.

_Alejandro no habló de esto con nadie en la oficina, pero soy su secretaria y a veces oigo algunas cosas_ dijo encogiéndose de hombros.

Laura asintió con una sonrisa. Sabía por experiencia que las secretarias escuchaban mucho más de lo que debían.

_Sé que lo hizo porque le preocupaba que te sintieras incómoda cada vez que pasaras por allí. Aunque desde luego, la pinta no estaba dirigida a ti.

_Mónica, te agradezco que me lo hayas contado_ dijo Laura sinceramente conmovida.

_ ¿Te gusta bailar? _ preguntó Mónica cambiando drásticamente de tema.

_ Si, me gusta_ dijo ella.

_Pues esta noche en la cena show podrás hacerlo.

Laura se echó a reír.

_ No soy muy buena bailando Huaylas.

_ Puedes aprender, yo te enseño_ dijo Mónica.

_Está bien ¿Por qué no? _ respondió.

IX

Alejandro llevaba unos minutos con la espalda apoyada contra el Corolla celeste, acababa de salir del gimnasio, tenía los brazos cruzados sobre su pecho y los músculos parecían querer salirse de las mangas de su camiseta. Llevaba el pelo algo desordenado y cuando el autobús se detuvo frente a él y Laura lo vio, sintió que su corazón se saltaba un latido.

_Wow se ve muy atractivo esta tarde_ dijo Mónica con una sonrisa.

Laura no dijo nada, pero no le gustaba mucho que se fijaran en él. Dejó que todas se adelantaran, ella fue la última en bajar del vehículo. Alejandro le dedicó una de sus mejores sonrisas al verla. Laura no pudo evitar sonreír con él.

_Pensé que decidiste quedarte en Huancayo_ dijo él y en sus labios se dibujaron una sonrisa ladeada.

Ella se echó a reír.

_Aquí me tienes_ contestó y le dedicó una sonrisa algo nerviosa.

Ya no podía seguir negando las sensaciones que el abogado le provocaba. Una extraña mezcla de seguridad, calidez, ternura, apego e intenso afecto.

_ Déjame ayudarte con eso_ dijo él tomando la pequeña maleta que Laura sostenía en su mano.

Abrió la maletera y la guardó dentro. La psicóloga lo observaba con los ojos brillantes y una media sonrisa en los labios.

_ Vamos, te llevaré a casa_ dijo al tiempo que abría la puerta para ella.

Laura subió al vehículo y Alejandro cerró la puerta. Mientras rodeaba el Toyota, Mónica lo saludo con la mano y una sonrisa coqueta. Laura sintió una corriente inexplicable que le recorrió el cuerpo y se alojó en su estómago. Alejandro le devolvió el saludo a su secretaria y subió al carro. Puso el motor en marcha y se integró al tráfico.

_Anoche, Mónica me envió un video_ dijo poco después.

Laura lo miró con las cejas levantadas. Alejandro se echó a reír.

_ No es lo que piensas, el video era tuyo_ dijo mirándola a los ojos.

Ella parecía perpleja.

_ Anoche fueron a un show de música folklórica_ dijo él.

_ Sí_ contestó ella con cautela.

_En el video estás bailando_ dijo él mirándola con una sonrisa.

_ Voy a matar a Mónica_ contestó ella.

Alejandro se echó a reír.

_No entiendo porque, se te ve muy contenta, parece que lo disfrutaste, además bailas muy bien.

_No seas condescendiente conmigo, no bailo muy bien el Huaylas, es más nunca lo había bailado antes.

_ Pues para no haberlo bailado nunca, lo haces muy bien. Yo tengo dos pies izquierdos, no soy muy bueno bailando.

_Quiero ver ese video ¿dónde tienes el teléfono? _ dijo Laura mientras buscaba el abrigo del abogado en todas partes

Alejandro se echó a reír.

_No está en el abrigo, ¿no tienes frío? _ dijo Laura mientras observaba con detenimiento al abogado. Paseó sus ojos con interés por los bíceps del abogado por más tiempo del que creía conveniente.

_Cuando salí del gimnasio tenía calor, pero ahora está haciendo un poco de frío_ dijo_ El teléfono está en la guantera_ agregó.

Laura abrió la guantera y tomó el teléfono del abogado.

_ ¿La clave? _ preguntó mientras encendía el móvil.

_ No tiene clave, no tengo nada que esconder_ dijo y le dedicó una sonrisa.

Laura se la devolvió y luego buscó el video en cuestión, pronto se vio zapateando, saltando y moviendo las manos con frenesí como si sostuviera los bordes de una falda invisible. La psicóloga se echó a reír. Alejandro la observó, parecía tranquila y relajada, pensó que había hecho bien en animarla a hacer aquel viaje.

_Creo que ayer tomé unas copas de más_ dijo ella.

_Creo que te vino bien el viaje_ contestó él.

_Sí, te agradezco que insistieras, me siento mejor.

_Me alegra oír eso_ dijo el abogado mientras detenía el vehículo frente a la casa de Laura.

La psicóloga le entregó el teléfono y antes de apearse, situó una mano sobre el brazo de Alejandro. Sintió su piel cálida y su mirada penetrante.

_Quería agradecerte_ dijo ella mirándolo con ojos brillantes.

_No tienes porque, puedo recogerte cuando quieras_ dijo él sonriendo.

Ella sacudió su cabeza negando.

_No es por eso por lo que quiero agradecerte_ dijo y él la miró intrigado. _Mónica me dijo que fuiste tú quien pintó la pared en donde estaba aquella frase en la que me halagaban.

Alejandro se echó a reír.

_Bonita forma de expresarlo_ dijo. _ No necesitabas saberlo_ agregó.

Ella le sonrió, sus ojos parecieron brillar en la penumbra del carro.

_Gracias _ volvió a decir y le dio un beso en la mejilla.

El corazón de Alejandro se aceleró de inmediato. Laura abrió la puerta, se apeó, obligando a Alejandro a hacer lo mismo. Hacía frío, Laura levantó el cuello de su abrigo.

_Estas desabrigado_ dijo ella.

_ No te preocupes, voy a la casa. Si no estás muy cansada, me gustaría mostrarte lo que encontré este fin de semana.

Ella abrió los ojos y separó un poco los labios.

_ ¿Encontraste algo? _ preguntó sorprendida, no había tenido muchas esperanzas de que Alejandro descubriera algo entre tantos papeles.

_ Creo que sí, de eso quería hablarte.

_ Voy a preparar algo caliente para comer mientras regresas_ dijo ella.

Alejandro asintió y bajó la maleta de Laura. Quiso llevarla hasta su puerta, pero Laura lo detuvo.

_ Lo puedo llevar sola, no pesa mucho_ dijo.

Él volvió a asentir y le entregó la maleta.

_ Gracias Alejandro, gracias por todo_ dijo, mirándolo con ternura.

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