V
Habían pasado una par de horas desde que Alejandro regresó a su casa, luego de que discutieran una y otra vez lo que Laura había experimentado en aquella aterradora visión. A pesar de que estaba cansada, no podía dormir, ya pasaba de la media noche, por lo que decidió tomarse una pastilla que la ayudara. Se levantó renuente, tenía frío y sabía que la cocina lo estaría aún más. No encendió las luces, la casa estaba en penumbras, la luz del farol que ingresaba a través de las ventanas de la casa la iluminaba tenuemente. Caminó descalza sobre la mullida alfombra, pero cuando llegó a la cocina, sintió el frío subiendo a través de sus pies. Se apresuró en llevarse la pastilla a la boca y pasarla con un poco de agua. Observó a través de la ventana en dirección a la casa de Alejandro, todo estaba a oscuras, probablemente estaría durmiendo, pensó. Suspiró, él estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos. Se sentía cada vez más atraída hacia él, pero estaba decidida a no dar rienda suelta a sus sentimientos. No deseaba que las cosas salieran mal entre ellos y terminara destruyendo la amistad que tenían.
Sonrió para sí misma mientras recordaba el día en que lo había conocido, pensó que por primera vez en su vida sus instintos le jugaron una mala pasada. No le había caído del todo bien cuando lo conoció, pero el abogado resultó ser todo lo opuesto a lo que ella se había imaginado. Alejandro era un hombre atento, amable, asertivo, muy prudente y respetuoso con los demás. Laura lo consideraba, además, generoso y comprometido con su trabajo y las personas que lo necesitaban. Pero no podía olvidar, que era un hombre muy atractivo, sus bellos ojos marrones eran francos y sinceros, su sonrisa ladeada le detenía el corazón, y su cuerpo, debajo de la ropa que usaba dejaba adivinar unos bien desarrollados músculos que parecían puntos de referencias geográficos. Se echó a reír de su ocurrencia sacudiendo la cabeza.
De pronto, oyó unos sonidos que la sacaron de aquellos pensamientos, pensó sonaron a madera que cruje. Al principio no supo de donde provenía, pero se quedó quieta y en silencio en actitud vigilante. Volvió a oírlo, tres o cuatros crujidos que parecían provenir del piso del comedor. Caminó despacio intentando hacer el menor ruido posible. Se quedó parada en el umbral de la puerta que daba al comedor y aguzó el oído. Lo oyó de nuevo, pensó que eran pasos sobre el piso de madera. Era muy común oírlos por la noche cuando la madera se contraía por el frío, pero prestando mayor atención, pudo comprobar que el sonido era diferente. “No son pasos”, pensó. Sonaba como si alguien estuviera arañando el piso de madera, algo así como cuando Andy arañaba la puerta en busca de atención, pero esta vez estaba segura de que no se trataba del perro de Alejandro. Emitió un sonoro suspiro que no pudo evitar, al parecer, los extraños fenómenos, no pensaban darle tregua, se sentía exhausta y sumamente aturdida, pero no le quedaba más opción que seguir hasta descubrir lo que sucedía.
Los rasguños siguieron, pero parecían cambiar de lugar, como si alguien debajo del piso se arrastrara ayudándose de sus manos sobre la madera. Laura caminó despacio, siguiendo los extraños arañazos hasta la habitación de visitas. Las cortinas estaban corridas y la luz de la luna ingresaba de lleno a través de la ventana. Los sonidos se detuvieron y todo volvió a quedar en silencio.
Laura se quedó parada frente a la puerta del closet perpleja, pensó que los arañazos la habían llevado hasta allí, como queriendo indicarle algo. Sintió de pronto una corriente helada arremolinándose alrededor de sus pies descalzos y en su columna vertebral que la hizo estremecerse. Los inquietantes murmullos volvieron como si alguien acabara de encender algún equipo de sonido. Los oyó detrás de su espalda. Laura volteó sobre sus talones asustada. Tenía los ojos bien abiertos, respiraba con los labios separados intentado que el aire le llegara a los pulmones. El corazón se le había acelerado y latía desbocado. Sintió que el sudor se resbalaba desde su frente y recorría su mejilla derecha. Se secó el rostro con el dorso de la mano y tragó saliva con dificultad.
_” Lauraaa… Lauraa help me” _ dijo una voz susurrante y fantasmal, la misma que Laura había escuchado antes en casa de Melinda.
La psicóloga gimió, empapada y sofocada. Frente a ella, se materializó Linda, la que alguna vez fuera la mujer de Williams. Laura dio un paso atrás instintivamente, mientras que la aparición extendía una de sus manos como si intentara tocar a Laura. Ella dio otro paso atrás, y después otro. Su espalda chocó contra la puerta del closet y ya no tuvo lugar a donde huir. La aparición se acercó despacio y la atravesó, en realidad fue como si se metiera en el cuerpo de Laura dejándola petrificada. Sintió súbitamente, como una fuerza primitiva le atravesaba el cuerpo como si de un fluido se tratara.
En su mente se agolpaban una tras otra, imágenes horripilantes sin ningún sentido aparente como si un proyector, arrojara las imágenes en su mente al azar. Observó a Linda sonriendo con un vestido blanco muy hermoso, un hombre que creyó era John Williams con una pipa en la boca, Linda con una mueca de terror en el rostro, los ojos desorbitados y el rostro violáceo. Las imágenes siguieron incansables en la mente de Laura, un chico trabajando en el jardín de la casa 110, una gran roca bañada en sangre y lo que parecían ser restos de cuero cabelludo y pelo.
Se sintió aterrorizada, completamente espantada, pero no podía moverse ni emitir sonido alguno. Su corazón no paraba de correr, se le hacía difícil respirar, sus pulmones se esforzaban al máximo, pero no podía introducir suficiente aire en ellos. Pensó que se desmayaría en cualquier momento. El pavor la recorría en oleadas subiéndola cada vez más desenfrenadamente como si la sacudiera. Las imágenes siguieron proyectándose en su cerebro una tras otra, cada vez más rápido que no podía entenderlas, pero antes de que se detuvieran por completo, lo vio, un cadáver enterrado debajo del piso de madera. Fue allí cuando al fin pudo moverse y respirar de nuevo.
Se llevó una mano al cuello, se había esforzado tanto en respirar que tenía la garganta lacerada y seca. Estaba aturdida, la última imagen había sido muy clara, un cadáver envuelto en sábanas blancas, enterrado en un pequeño sótano debajo de un piso de madera. Bajó la mirada y observó el piso alrededor de sus pies. Acababa de ser una espectadora inocente en tan misterioso episodio. Estaba casi segura de que si cavaba debajo de sus pies encontraría el cadáver de Linda. Se sintió cansada, desanimada tras la terrible experiencia vivida. Creyó que no estaba a la altura de la tarea que ella misma se había encomendado, aunque si lo pensaba mejor, aquella tarea se la había encomendado alguien más.
VI
Alejandro nunca perdió la costumbre de observar a Laura a través de la ventana de su casa, por el contrario, ahora lo hacía con mayor frecuencia, preocupado por su seguridad y por su estado emocional. Con una taza de café humeante en la mano, aquella mañana observaba a su vecina de cabellos cobrizos, moverse de un lado a otro de la cocina, sosteniendo el teléfono en el oído izquierdo, hablando monótonamente a su interlocutor invisible. Segundos después, la observó llevarse la mano libre a la cabeza en gesto de fastidio. Habló por unos segundos más antes de cortar la llamada al tiempo que suspiraba profundamente. Puso los brazos en jarra y sacudió la cabeza frustrada.
Alejandro supo de inmediato que ella necesitaba hablar, así que dejó la taza sobre la mesa sin siquiera haber probado el café, y se dirigió a su casa.
Laura seguía algo nerviosa cuando él llegó, pero trató de disimularlo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Llevaba puesto un polo azul, que decía MAINE en letras amarillas y mayúsculas.
_ ¿He llegado en mal momento? _ preguntó Alejandro.
_No Alejandro, nunca llegas en mal momento_ contestó ella _ Estuve hablando con mi madre, está preocupada por mí, me nota algo estresada y distante desde que Melinda murió. Quiere que regrese a casa.
_Para serte sincero, he llegado a pensar que tal vez sería buena idea que vayas a tu casa por un tiempo_ dijo el abogado esperado la reacción de su vecina.
_No hablarás en serio_ replicó Laura en tono sorprendido_ tu más que nadie sabes que no voy a irme sin saber la verdad.
_Lo entiendo, en verdad, pero temo que suceda algo que no puedas manejar_ dijo con ojos preocupados, al tiempo que se acercaba a ella y la tomaba de los brazos con ambas manos. Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de ella.
_Tal vez puedas irte a Maine por un tiempo, no sé, tal vez puedas pedir unas semanas alegando que tienes problemas familiares, mientras tanto, puedo seguir investigando por mi cuenta_ intentó convencerla.
Laura sacudía la cabeza de un lado a otro con vehemencia a medida que él hablaba.
_No voy a irme y a dejarte a ti hacer todo el trabajo. Es más, es a mi a quien han revelado esas pistas. Tengo que estar aquí, no me cabe duda al respecto.
Alejandro se alejó frustrado, no sabía qué hacer para mantenerla segura. Le preocupaba que ella se metiera cada vez más profundo en todo ese misterio. Caminó nervioso de un lado a otro de la sala pasándose la mano por el pelo una y otra vez como si intentara aliñarse el pelo.
_Terminarás gastando la alfombra y tendrás que comprarme otra_ dijo ella tratando de romper la tensión que había entre ellos.
Él se detuvo, y puso los ojos en blanco.
_Vamos Alejandro, por favor, no te pongas así, no quiero que cargues esto sobre tus hombros, soy adulta, sé lo que hago.
_A veces creo que en realidad no sabes muy bien en lo que te estás metiendo_ dijo en un susurro_ y eso no me deja tranquilo.
Laura se acercó a él y acarició su rostro con ternura. Alejandro no pudo evitar dejarse llevar por su suave tacto y suspiró observándola a los ojos.
_Por favor, confía en mí, estoy bien, no me va a pasar nada malo_ dijo con los ojos nublados, las lágrimas se le estaban agolpando.
_ ¡Por Dios! Quieres levantar el piso de la habitación de visitas ¿y quieres que no me preocupe? ¡Piensas que hay un cadáver debajo! ¿y quieres que no me preocupe?
Laura bajó la mirada algo avergonzada. Se sentía muy emocional.
_Si lo dices de esa forma, suena a que estoy loca_ dijo con una media sonrisa triste.
_No pienso eso Laura_ dijo Alejandro de inmediato sujetándola de los hombros para evitar que se alejara.
_Sé que no lo dices en voz alta, pero es probablemente lo que piensas. Y no te culpo, cualquiera pensaría lo mismo, a veces, hasta yo misma lo pienso_ dijo tratando de sonreír, pero le fue imposible.
_Óyeme bien, no pienso que estés loca, yo mismo he visto cosas que no tienen explicación, puedo intentar darte opiniones hiperbólicas, seudocientíficas, religiosas o filosóficas, pero en realidad no sé qué diablos está pasando, y no puedo estar tranquilo sabiendo que piensas seguir adelante pase lo que pase.
_Alejandro, te estaré agradecida el resto de mi vida, me has apoyado desde el inicio y has hallado mucha información que yo no hubiese siquiera donde buscarla. Pero no puedo pedirte que sigas con esto, sé que te está desgastando y no quiero que salgas perjudicado_ dijo con la voz quebrada.
_Ni lo sueñes_ contestó decidido y hasta se podía decir que algo consternado por las palabras de ella_ no pienso dejarte y me duele que quiera que me aleje ahora.
_No quiero que lo hagas_ replicó Laura con los ojos brillantes, las lágrimas la amenazan_ pero no te juzgaré si lo haces, lo entendería.
_Pues estamos de acuerdo entonces_ dijo él_ estamos juntos en esto hasta el final.
Laura asintió conmovida.
_” La tortuga no puedo ayudarnos”[1] _ dijo Laura sacudiendo la cabeza y rompió en angustioso sollozo.
_Pues tendremos que ayudarnos solos_ contestó Alejandro y la abrazó contra su pecho.
[1] Hace referencia a una frase del libro It de Stephen King