CASA 110 (Fragmento)

VII

Estaba cansada, la falta de sueño y el trabajo la habían agotado por completo. No le fue difícil quedarse dormida aquella noche, ovillada sobre su cuerpo para entrar en calor. Pronto, estaba soñando.

Se encontraba en una fiesta, llevaba un vestido largo, verde como el color de sus ojos. Descubrió a Alejandro entre los asistentes a la fiesta y le sonrió. El abogado le devolvió la sonrisa y la saludó con un gesto de su mano. Ella hizo lo mismo. Ambos caminaron en dirección al otro, pero antes de que se encontraran frente a frente, el escenario desapareció junto con Alejandro. Laura ya no se encontraba en el salón, sino en un espacio abierto y oscuro. Sus sentidos se llenaron con el perfume del verano en Maine, tan suave e increíblemente poderoso que la abrumó. El más fuerte de aquellos aromas era el del Jasmín de medianoche. Laura podía oír los grillos cantando muy cerca y a las luciérnagas encendiendo la noche con su brillante luz. Cuando miró hacia el cielo, vio la moneda plateada y pulida de la cara de la Luna, por encima de su cabeza. Pinceladas frías de luz de luna brillaban en su rostro. Su blanco brillo reflejaba en todas partes, transformando la niebla que brotaba de las hierbas enredadas alrededor de sus piernas desnudas, en el aire claro y diáfano del amanecer. Levantó sus manos con los dedos extendidos, enmarcando el satélite como si estuviera tomando una fotografía. Y cuando el viento de la noche acarició sus desnudos brazos sintió que su corazón se hinchaba, primero de amor y felicidad y luego se contraía de miedo y de horror. Percibió una sensación salvaje y terrorífica, en la perfumada espesura, adormilada por alguna fuerza en contraposición. Laura oyó una voz susurrante detrás de su espalda y volteó asustada. “Lauraaa, help mee”. Se sobresaltó y su corazón latió desbocado, aquella voz, estaba segura, era la voz de Linda.  Nuevas y terroríficas imágenes se sucedieron ante sus ojos, como si de una vieja película se tratara, pero esta vez vio la escena completa. Un hombre discutía acaloradamente con una mujer quien le increpaba algo que Laura no pudo oír. Las imágenes poco nítidas, se sucedían delante de Laura como a través de una cortina de humo, como si fuera una película de cine mudo. El hombre movió las manos gesticulando amenazante. El rostro de la mujer denotaba miedo, pero a pesar de ello no cedió, siguió increpando al hombre. Laura estaba segura de que se trataba de los esposos Williams. El hombre se acercó amenazante a la mujer, una mueca desagradable se dibuja en sus labios en lo que se suponía era una sonrisa. Sus ojos estaban sedientos, poseídos por cierto poder maligno, su mirada cruel le heló la sangre a Laura.

 La mujer tenía la mirada de pánico, los ojos sobresaltados, el rostro pálido y horrorizado. El hombre, que Laura suponía era John Williams, se lanzó sobre su esposa y le propinó una tremenda bofetada que la dejó postrada en el piso semi inconsciente, un hilillo de sangre se le escurría por la comisura derecha de sus labios. En ese momento, la escena se aclaró a los ojos de Laura, fue como si el humo desapareciera y el sonido regresara.  John se quedó de pie observando a su esposa con los ojos llenos de ira. Linda tardó unos segundos en recuperarse y se apoyó en su brazo derecho al levantase. Sus piernas la amenazaban con ceder. Cuando estuvo de pie, enfrentó con valentía a su esposo. “Ya no te temo, ya no importa lo que me suceda, ya no voy a callar” La mujer intentó salir de la casa, pero John giró hacia ella colocando su cadera al costado de la mujer y luego la hizo voltear a su izquierda. Las piernas de Linda se extendieron, luego se cerraron y el vestido blanco que llevaba puesto, no tuvo ninguna oportunidad, se partió en la espalda y en la cintura con un sonido que a Laura le recordó la crepitante leña en su chimenea. El movimiento funcionó a la perfección, la cadera del hombre se convirtió en un rodillo y Linda, impotente voló a través de él, su expresión decidida y valiente, se convirtió en una mirada de shock. Chocó de cabeza contra una de las sillas del comedor que se volteó y cayó sobre ella. Retiró la silla con dificultad, de su frente cayó una gota de sangre, pero su nariz chorreaba como un caño de agua que acababa de romperse. Su vestido blanco quedó rápidamente cubierto con una franja roja. Con un alarido histérico y los ojos desorbitados, John se lanzó sobre ella como si de un luchador libre se tratara. Pesaba mucho, setenta kilos o más, y los esfuerzos de Linda por ponerse de pie cesaron de inmediato. Sus brazos colapsaron como las patas de una mesa de té a la que le pidieron que sostuviera un automóvil. Su nariz herida volvió a estrellarse contra el piso de madera, entre la mesa del comedor y la silla que se encontraba en el suelo. Uno de sus brazos quedó debajo de uno de los reposa pies sintiendo un dolor paralizador. Trató de gritar, su rostro se veía como el de una mujer que estaba gritando, pero solo emitió un sibilante sonido.  Ahora John se sentaba sobre ella y tenía un fuerte dolor en la espalda. El hombre usó las rodillas para abrirse camino sobre el maltrecho cuerpo de su esposa, con la mirada llena de rabia e ira. Empuñó su mano derecha, la levantó sobre su cabeza y luego la descargó con todas sus fuerzas sobre el riñón derecho de Linda.  Laura emitió un sonido desgarrador, quería ayudar a Linda, pero solo era una espectadora en una función que había terminado de exhibirse hace setenta años atrás. Linda gritó y trató de deshacerse de él a pesar del terrible dolor que sentía. John se levantó y la dejó tirada en el suelo, pensó que ella había tenido suficiente. Linda se incorporó lentamente, primero sobre sus rodillas y luego sobre sus manos en una posición en la que parecía un gato viejo y maltrecho. Apoyó el pie izquierdo en el suelo, se sujetó de la pata de la mesa con ambas manos y se impulsó poniéndose de pie. La sangre seguía cayendo a raudales de su nariz rota.  Volvió a amenazarlo con ir a la policía, John pensó que se había vuelto loca, ¿no había tenido suficiente? Pero Linda no pensaba retroceder. Le dio la espalda, enseguida se percató de que había sido un error, quiso dirigirse a la puerta, pero John la detuvo de uno de sus hombros con una fuerza insólita y la tiró de espaldas al suelo. La parte trasera de su cabeza golpeó contra el duro piso con un sonido de huesos que se rompen. John la miró con ojos enardecidos, como un demente a punto de cometer una insania. Se acercó a ella y rodeó su garganta con ambas manos. Ella emitió un llanto estrangulado que pretendía ser un grito y arremetió hacia adelante con una sorprendente y vigorosa fuerza. Los ojos azules de Linda se veían más azules que nunca, miró a John con un horror impronunciable, luego abrió la boca y chilló con sonido ahogado, en el proceso de perder la vida estrangulada por las manos largas y poderosas de John. Lo golpeó en el pecho a través de la empapada tela de su camisa. El rostro pálido de Linda, se coloreó de azul violáceo en pocos segundos. Apenas luchaba, había perdido todas las fuerzas, solo intentaba respirar y cuando inspiraba dificultosamente, su garganta emitía un quejido aterrador. Tosía y se atragantaba, esforzándose por cada aliento. Hacía un terrible sonido como si un molino estuviera triturando su garganta. Laura no quiso seguir presenciando la escena, pero no podía moverse. Linda daba manotazos débiles en el piso de madera, los ojos amenazaban con salírsele de las cuencas, como si fueran canicas de cristal. John oyó el rápido traqueteo de sus pies, luego un ruido sordo, luego nada. Se había quedó inmóvil por completo.  Laura observó la expresión de la mujer que yacía frente a ella, su boca dibujaba un rictus horrendo, con la lengua sobresaliendo de ella. John apretó su cuello por un tiempo que a Laura le pareció muy largo, trataba de asegurarse de que estuviera realmente muerta. Se levantó del suelo, tomó los brazos de su esposa y la arrastró hasta el cuarto de visita. Fue hasta el depósito que tenía en la lavandería y regresó con una bolsa de cal y una soga. Tomó una sábana blanca del closet y la envolvió con ella, asegurándose de cubrir el cuerpo con una generosa cantidad de cal. Amarró el cuerpo con la soga. Laura fijó su atención en el closet. John encendió la luz jalando de una pita amarrada al foco. Se agachó y levantó un falso piso. Laura pudo sentir el olor del aire rancio que provenía del sótano. John salió del closet y arrastró el cuerpo de su esposa hasta la entrada del pequeño sótano. Bajó unos escalones y arrastró el cuerpo detrás de él con mucha dificultad. Introdujo primero los brazos, la cabeza y el tórax. John jaló del cuerpo, pero las caderas quedaron trabadas. Tiró con fuerza y Laura pudio oír el desgarro de la sábana en donde había envuelto A Linda. John volvió a jalar, el esfuerzo lo hizo emitir un sonido cargado de ira y fatiga. Laura oyó el desagradable y sordo sonido de los huesos al romperse, esta vez, John no encontró obstáculos y el cuerpo desapareció. Laura no pudo ver más, no hasta que John volvió a salir del sótano mugriento y con raspones en el rostro y en el dorso de las manos.  En aquel momento, Laura sintió que ya no era solo una espectadora en aquella escena, sino que formaba parte de ella. John frunció el ceño enfurecido al verla. Por un momento, Laura se quedó donde estaba, se encontraba congelada en su lugar, cada músculo de su cuerpo parecía estar bloqueado, mientras John corría hacia ella gritando. Trató de estrangularla como a su esposa, pero no pudo, cada vez que intentaba rodear el cuello de la psicóloga con sus manos, la atravesaba por completo. Estaba formado por materia incorpórea y difícilmente podían unirse el plano astral y el plano físico. Eso hacía que Laura tuviera una leve ventaja, pero no impedía que estuviera aterrada, horrorizada de lo que acababa de ver y de lo que le podía suceder. Quería correr, gritar, escapar, pero no podía moverse, ni emitir palabra alguna.  John intentó algo diferente, levantó una mano y la tocó en la frente utilizando toda la fuerza mental de la que disponía. Laura sintió una terrorífica corriente que le recorrió el cuerpo y la obligó a levantar los ojos al techo. Sobre su cabeza, giraban fuertes luces intermitentes a cámara lenta, como en una discoteca. Se sintió como si estuviera bajo los efectos de algún potente alucinógeno, que la estaba haciendo perder la conciencia. Percibió que su cerebro se apagaba poco a poco sin que ella pudiera evitarlo. Pero de pronto, la adrenalina inundó su corteza cerebral, se le aceleró el ritmo cardiaco, y su cerebro le ordenó la más antigua de las decisiones innatas, presentar batalla. Intentó moverse, sacudir sus manos y mover los pies, no lo consiguió, aquella fuerza la seguía reteniendo. Trató de gritar, su garganta estaba seca y le dolía como si hubiese estado alentando a gritos a su equipo de fútbol favorito. Lo intentó de nuevo y esta vez un grito de desesperación casi animal escapó de su garganta y la fuerza que la retenía desapareció con él. Laura se movió al fin, su respiración estaba agitada, la noche recobró la calma, como si una tormenta hubiese amainado sorpresivamente. Miró a su alrededor, dio unos pasos y trastabilló, cayó sentada en la alfombra y tuvo que sostenerse con un brazo cuando la visión se le nubló. En seguida, perdió el conocimiento. En los segundos que precedieron a la pérdida de conocimiento, la habitación desapareció, dando lugar de nuevo al salón de fiesta. Laura sonreía en aquel bello vestido verde mientras caminaba al encuentro de Alejandro.

Se despertó sobresaltada, su respiración era dificultosa y se sorprendió al descubrir que las lágrimas bañaban sus mejillas. El sueño había sido tan sorprendentemente real que la dejó petrificada por unos segundos. Sus conjeturas y suposiciones habían alcanzado el punto más elevado, como una bomba que está a punto de estallar y si no se cuidaba, le estallaría en la cara. Sintió que un arrebato de desesperación empezaba a hacer mella en ella. Con mucha dificultad evitó emitir un grito, no quería alertar a nadie, aunque no había a muchos a quienes alertar, no tenía más vecinos que Alejandro y él no se encontraba en su casa. Había viajado a Lima por trabajo, aunque lo hizo de manera renuente, no quería dejarla sola por mucho tiempo dada las circunstancias.

Se sentó en el borde de la cama y bajó los pies al suelo, suspiró consternada mientras se secaba la mejilla con el dorso de su mano. El ciprés vecino, mecido por el viento, desprendía suaves murmullos, que la sobresaltaron. Pensó que, desde hace algún tiempo, todo la sobresaltaba y volvió a suspirar inquieta. Se mantuvo allí por unos minutos sopesando su siguiente paso, quería ir de inmediato a la casa 110, abrir aquel falso piso y bajar al sótano. Estuvo equivocada todo el tiempo al pensar que el cadáver estaría en su propia casa, pero ahora lo sabía y no tenía dudas, el cadáver estaba en la casa 110. Se levantó de un salto, como si la cama en donde estaba sentada, estuviera repleta de agujas, se cambió de prisa y salió rumbo a la casa que había pertenecido a Melinda. Pero cuando estuvo en la calle, caminó despacio al principio, abrochándose el abrigo y frotándose las manos para entrar en calor. Se obligó a mover los pies más deprisa, su paso se hizo más ágil y su mente más perspicaz.

 Cuando estuvo frente a la casa, recordó que ya no contaba con las llaves, Alejandro las había devuelto con la esperanza de mantenerla alejada del lugar y por ende segura. Al menos eso era lo que él suponía. Con lo que no contó el abogado, fue que todas las fuerzas del universo se confabulaban para hacer que Laura entrara a la casa. La puerta se abrió sola con un chirrido macabro, como invitando a la psicóloga a que pasara. Ella dudó por unos segundos, y no fue consciente de como ingresó en la vivienda, fue como si sus pies se movieran solos. Apenas estuvo dentro, la puerta se cerró con un golpe violento. Laura dio un respingo, su corazón se aceleró y volteó de inmediato, pensó que alguien o algo la había cerrado, pero no encontró nada. Suspiró tomando valor para seguir, tenía la agobiante certeza de que volvería a ocurrir algo malo.

Caminó despacio atravesando la sala de camino al comedor, se detuvo frente a la mesa y observó escudriñando la oscuridad. No había nada, no había susurros, no había apariciones, no había visiones. Por un momento llegó a pensar, que nada sucedería después de todo. Pero de todas formas siguió caminando hasta la habitación de visitas, quería corroborar que dentro del closet existía realmente el falso piso que había visto en el sueño. Cuando estuvo frente al closet, tomó la perilla del picaporte y antes de que pudiera girarla y menos aún abrirla, sintió una fuerte descarga eléctrica que le subió por el brazo y se extendió por su columna vertebral. Intentó apartarse, pero no pudo. Tenía los músculos comprimidos. En seguida, vio caras y cuerpos inmateriales transparentes, podía ver a través de ellos. Oyó risas diabólicas, luego llantos. Percibió varias emociones mezcladas, miedo, maldad, ira, terror. Los rostros se movieron mirándola como si quisieran discutir algo con ella. Todo sucedió muy rápido, luego se desvaneció. La descarga desapareció de forma brusca, tal y como había aparecido.

 Cuando recobró la conciencia, estaba recostada de espalda contra la puerta, con la respiración agitada y un terrible dolor de cabeza. Se puso de pie, a pesar de que le temblaban las piernas y éstas amenazaban con ceder en cualquier momento. Con temor, volvió a tocar la perilla, pensando que de nuevo sentiría la descarga, pero esta vez no sucedió nada. Laura pudo abrir la puerta. Buscó a tientas el interruptor de la luz, cuando lo encontró, la encendió. Observó el pequeño espacio iluminado, estaba vacío, desde luego, ¿Qué se suponía que encontraría allí? Bajó la mirada al piso y para su sorpresa, no había nada que indicara la existencia de un falso piso o alguna entrada a algún sótano. Suspiró frustrada, por un momento pensó que realmente se estaba volviendo loca. Sintió el impulso de salir de allí y regresar de inmediato a su casa, pero algo más fuerte que ella la retuvo. Dio un paso, e ingresó al closet. Levantó la mirada sobre su cabeza, hurgando cada rincón, luego observó a su derecha primero, y a su izquierda después. El pequeño closet medía unos dos metros de ancho por metro y medio de largo y unos dos metros y medio de alto. No encontró nada fuera de lo normal y se dispuso a salir.

 Cuando se movió, oyó un crujido bajo sus pies, como si el lugar en donde se encontraba parada fuera hueco. Volvió a moverse y de nuevo oyó aquel crujido. Salió del closet y se arrodilló en el suelo para observarlo mejor. Examinó con atención el piso y se percató que las líneas de las baldosas de linóleo no coincidían. Pasó sus dedos por las líneas formando un rectángulo de poco más de metro y medio de ancho y metro de largo. Creía haber descubierto el falso piso, pero no tenía idea de cómo abrirlo. Volvió a ingresar al closet, pisó el centro del rectángulo un par de veces, esperando que tal vez se abriera con la presión del pie, pero no sucedió nada. Emitió un suspiro inquieto y frustrado. Lo pensó por unos segundos y luego, pisó el borde superior derecho de lo que ella suponía era el falso piso. Oyó un sonido parecido a un click, y la puerta cedió de golpe. Volvió a presionar el borde y esta vez, el falso piso se levantó. Laura no pudo evitar sonreír, a pesar de la inquietante sensación de que se estaba metiendo en terreno peligroso. Volvió a arrodillarse en el piso fascinada por su descubrimiento.  Pensó que ahora podría levantar el falso piso, como si de una escotilla se tratara. Situó sus manos en los bordes y trató de levantarlo, antes de tener la posibilidad de hacerlo, la luz del closet se apagó y la psicóloga sintió que la temperatura en la habitación bajaba estrepitosamente.

 Se levantó del suelo asustada, sus sentidos se pusieron en alerta de inmediato, recorrió la habitación con los ojos bien abiertos, estaba pálida y muy asustada. En ese instante, la habitación completa se iluminó con una luz brillante, que no supo identificar de donde provenía. Los reflejos eran tan deslumbrantes, que la obligaban a cerrar los ojos y protegerse el rostro consternado y confuso, con uno de sus brazos. Segundos después, la luz se apagó, y la habitación quedó de nuevo a oscuras. La temperatura descendió de nuevo, su aliento formaba una nube a su alrededor. Laura pensó que terminaría congelándose en aquella habitación y nadie lo sabría. Su cuerpo temblaba con violentos espasmos producto del frío. Trató de salir, pero una sensación terriblemente helada le recorrió la espalda, como si las manos de un hombre de nieve la acariciaran. De improviso, sintió que algo muy fuerte la sacudía, trastabilló y casi perdió el equilibrio. Sus ojos se dilataron por la desagradable sorpresa. Una segunda sacudida la tomó desprevenida y cayó de espaldas al piso. Sintió un dolor profundo y lacerante en el centro de la espalda que la retuvo en el suelo por unos segundos. Antes de que pudiera siquiera pensar en levantarse, la fuerza desconocida, la hizo volar hacia delante, Laura levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la blanca pared de la habitación. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero lo tenía adormecido desde el hombro hacia abajo. No pudo protegerse la cabeza, sintió un dolor agudo, intenso y pulsante como si su cabeza le fuera a estallar. Rebotó, se tambaleó y después cayó de rodillas frente a la pared. La oscuridad se apoderó de ella como si hubiera caído en un agujero negro, estaba perdiendo la consciencia.

Lo siguiente que recordó fue a Alejandro sosteniéndola entre sus brazos, tenía una lágrima en el ojo derecho, brillante y perfecta. Los ojos locos de desesperación y angustia. La cara pálida y el rostro desencajado.

_¡¡Laura, Laura!! ¿Estás bien? ¿te duele algo? ¿puedes moverte? _ prorrumpió en preguntas apresuradamente.

_Estoy bien. Solo estoy algo asustada_ respondió_ y se sobresaltó al oír el sonido de su propia voz.

Era mentira, desde luego, pero lo dijo con bastante ímpetu. Claro que ella no podía ver lo que estaba escrito en su rostro.

Alejandro suspiró, pero ella no supo si de alivio, resignación o desesperación. Los brazos del abogado, fueron para ella, como agua fresca en un día caluroso, o tal vez lo más correcto sería decir que fueron como una taza de chocolate caliente en una noche fría.

_ ¿Cómo se te ocurre venir sola? _ preguntó inquieto.

_ ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en Lima_ dijo ella.

Alejandro no pudo evitar poner los ojos en blanco, se sentía consternado por haberla encontrado inconsciente y sola en aquella casa que no hacía más que causarle a ella problemas.

_Terminé el trabajo a las ocho y decidí venir porque no quería que estuvieras sola por mucho tiempo. Cuando llegué a casa, sentí el impulso alocado de venir hasta aquí. La puerta estaba abierta, así que entré de inmediato, sabía sin lugar a dudas que estabas aquí y que algo te había sucedido. ¡¿Qué diablos hacías aquí a esta hora?! ¿Cómo entraste?

_La puerta se abrió para mí_ respondió ella mientras se incorporaba llevándose una mano a la cabeza. Aún le dolía un poco.

_No te toques la frente_ dijo Alejandro_ tienes un buen golpe, te llevaré a casa, necesitas descansar.

Alejandro la ayudó a llegar hasta su casa, los primeros rayos del alba ingresaban a través de las persianas de su habitación cuando se acostó en la cama. Laura le narró con lujo de detalles lo que vio en la casa, la forma en que John había asesinado a su esposa y en donde había escondido el cuerpo.

_ ¿Cómo pudo seguir con él después de haberla golpeado tantas veces? _ se preguntó Alejandro_ tenía que suponer que tarde o temprano él terminaría matándola.

_Algunas mujeres resisten_ dijo Laura_ algunas supongo por pura y vieja terquedad. Pero principalmente lo hacen para mostrarle al mundo un rostro neutral y serio como si en realidad no pasaran por terribles e indescriptibles momentos. Siguen, no solo para convencer a los demás que tienen una vida grandiosa sino para convencerse a si mismas de que su vida podría ser peor allá afuera. Es difícil romper con esa cadena que te aprisiona, no sabes vivir de otra manera, eso es todo lo que conoces. Muy pocas pueden romperla y al fin vivir sus vidas, es como cuando a un esclavo lo liberan al fin, no sabe que hacer con su vida.

Alejandro asintió en silencio, sopesando las palabras de Laura.

_Iremos a inspeccionar el sótano después de que duermas unas horas_ sentenció poco después.

Ella necesitaba descansar, tiempo que él dedicaría a hacer sus propias indagaciones.

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