En algún lugar de Polonia, noviembre de 1933.
I
Los fugitivos buscaron la seguridad del bosque mientras dejaban atrás su país, su familia y su pasado. Estaban exhaustos, asustados y húmedos, pero parecían no percatarse de ello. Sus sentidos estaban alertas ante la aparición de cualquier peligro. Después de casi media hora de marcha ininterrumpida, el corazón se les fue sosegando y golpe de adrenalina desapareció casi por completo. Empezaron a percibir el intenso frío en todo el cuerpo que los hacía temblar como hojas secas en la rama de algún árbol. Sus labios se veían morados sobre sus pálidos rostros.
_No debemos estar lejos_ dijo Kataryna. Trató de infundir ánimo a sus palabras, pero no lo consiguió.
La noche invernal era preocupante, podría acabar con ellos en cualquier momento, dejarlos petrificados en el suelo y nadie se percataría de ello.
Minutos después, hallaron el camino de tierra del que Dimitry les había hablado.
Igor divisó la luz de una lámpara a poco más de cincuenta metros de distancia.
_ ¡Hey! _ gritó mientras agitaba las manos sobre su cabeza.
_Shii no grites que pueden oírnos_ dijo Kataryna sobresaltada.
_Ya no estamos en Ucrania, ya nadie nos persigue_ dijo Igor con una verdadera sonrisa de alivio.
En aquel momento Kataryna cayó en la cuenta de que al fin eran libres e imitó a su esposo que seguía gritando y agitando las manos en dirección a la luz de la lampara. Enseguida percibieron que la luz se movía, es más, les pareció que se acercaba, bamboleándose de un lado a otro como si un fuerte viento lo sacudiera. Poco después, vislumbraron la silueta de una tartana tirada por dos caballos.
Los ojos de Kataryna se anegaron de lágrimas de felicidad. No podía creer que al fin estaban lejos del régimen.
En seguida, la tartana se detuvo frente a ellos y el conductor les habló con voz áspera y seca.
_ ¿Son los que Petrov envió? _ preguntó.
_ Si, soy Kataryna, ella es mi hija…
_ No me interesa saber sus nombres, no pienso hacer relaciones sociales con ustedes, mi trabajo es sacarlos de aquí y llevarlos a Varsovia. Suban a la tartana_ contestó en forma brusca y poco amistosa.
Kataryna y su familia obedecieron, subieron a la tartana, y se acomodaron debajo de una especie de carpa que hacía las veces de techo del estrecho carromato.
_ Hay ropa seca en esa bolsa_ dijo el hombre señalando con el dedo pulgar por encima de su hombro sin mirarlos.
Kataryna abrió la bolsa y sacó las prendas y ayudó a su hija a cambiarse, mientras Igor hacía lo propio. Luego, le tocó el turno a ella. La muchacha pensó que viajar sentados y contar con ropa seca era algo increíble después de los interminables días de marcha a pie y de inclementes climas. Pero, aun así, el camino no era sencillo, la tartana daba tumbos a cada tanto, el camino estaba cubierto por baches que las tormentas, la nieve y las heladas habían ayudado a crear y que el conductor no podía sortear. Sus cuerpos se sacudían de un lugar a otro, cada vez que una de las ruedas se colaba dentro uno de ellos.
_El trayecto hasta Varsovia es de unos 390 Km_ dijo el conductor sin voltear a verlos_ nos llevará unos quince días si el clima nos lo permite, pero es poco probable.
El hombre no dijo mucho más el resto de la noche. Solo ladró un par de palabras para ordenarles que comieran el contenido de una pequeña canasta. No quería enfermos que lo retrasaran por falta de fuerzas, dijo. Ni siquiera se molestó en decirles su nombre.
Al despuntar el alba, pasaron junto a una apacible laguna casi perfectamente ovalada y cubierta de una ligera bruma. Parecía el espejo de mano empañado de alguna burguesa. En la misteriosa espesura de plantas que cubría la orilla, un lobo lanzó su ronco aullido.
Los desnudos y vetustos árboles de fresno, robles, olmos y carpes retrocedieron lentamente y el estrecho camino se ensanchó dando paso a lo que en algún otro tiempo debió ser una carretera principal, pero que aun así era un mustio cúmulo de dejadez.
Se detuvieron una vez durante la mañana y otra al medio día en el borde de la carretera para alimentarse.
Los taladrantes y desconfiados ojos del conductor proyectaban una mirada penetrante sobre ellos, poseían una tonalidad idéntica a la del cielo, gris como la panza de un burro.
Kataryna lo escrutó sin disimulo. El pelo blanco y desgreñado, que necesitaba un lavado con urgencia, colgaba en mechones sobre sus ojos. Su rostro resplandecía de sudor, a pesar del frío. Llevaba la ropa sucia y hecha jirones, daba la impresión de ser un prisionero que acababa de escapar de su reclusión luego de una década de estar encarcelado. Observó a demás su rostro, la piel de las mejillas le colgaban flácidas y muertas, pálida como la harina que fabricaba en el molino de su casa, pero se hallaba bien plantado con los pies separados en el suelo, con postura firme. Una brisa le echó el cabello para atrás y pudo vislumbrar una vieja cicatriz en la frente.
En seguida, el conductor se acercó a la tartana con una forma de caminar similar a la de un animal al acecho, arrastrando los pies, con la cabeza levantada y el cabello largo ocultando sus ojos y sus orejas y meciéndose contra sus flácidas mejillas. Pudo notar también, sus nudosas manos, algo retorcidas, tal vez por la artritis.
Por la tarde, el viento empezó a soplar desde el este. El conductor se llevó las manos a la cabeza y se removió lentamente el pelo con los dedos, otorgándole un aspecto más desaliñado que nunca. Escuchaba el sonido del viento pasando justo por sus orejas mientras observaba el cielo con preocupación.
El último tramo del recorrido estaba flanqueado por centenarios olmos de una considerable altura. Se detuvieron poco después y levantaron la carpa.
_ Aquí no hay peligro_ dijo_ a nadie le importa los ucranianos que cruzan la frontera. Pero temo que el clima no nos ayudará esta noche.
Encendieron una fogata frente a carpa y se deleitaron con el calor de las llamas sobre su rostro.
El viento sopló con más fuerza después de la cena, lo que los obligó a refugiarse en la tienda. El conductor se ovilló sobre su cuerpo y en pocos minutos se iniciaron los ronquidos estentóreos. Parecía inmune a los aullidos del viento que se sucedían en extrañas ráfagas sobre el techo de la tienda.
Fuera, el viento arreciarte y helado profirió un leve chillido y luego se normalizó a un gemido bajo y constante. La fogata terminó por extinguirse y todo se sumió en la oscuridad, mientras la ventisca parecía haber amainado un poco. Pero no duró mucho, el viento gélido volvió a soplar, esta vez con tanta fuerza que algo golpeó con un ruido sordo contra la tartana. Los caballos relincharon asustados.
Kataryna abrazó a su hija con fuerza, mientras emitía un suspiro nervioso.
Igor, sentado en el suelo con las piernas separadas y las manos entrelazadas parecía observar a la nada.
La joven mujer aún no se habituaba a la carencia de empatía de su esposo y pensó que probablemente jamás lo haría.
El viento rugió en el cielo vacío, el frío se recrudeció.
Daryna tiritó de arriba abajo entre los brazos de su madre. Le castañeaban los dientes. Karatyna la estrechó con más fuerza, pero le temblaban las manos y tenía los ojos empañados en lágrimas.
Un par de horas después, el chillido de la ventisca se había reducido a un zumbido. En algún momento, madre e hija se sumieron en el letargo de un descanso que fue profundo y reparador y no turbado por pesadillas o ansiedades.
Por la mañana, se inició sin contratiempos, a pesar de que el cielo seguía amenazantemente gris. La tartana seguía su incesante traqueteo dando tumbos de rato en rato. Un par de horas antes del crepúsculo subieron una interminable cuesta larga y empinada, desde donde vislumbraron un valle salpicado por olmos y robles aquí y allá. Frente a ellos, avistaron una cabaña que se hallaba en la ladera que conducía a una colina, que durante el verano se teñía de verde esmeralda. Por doquier, aparecían campos con la tierra de labranza preparada para descansar durante el largo invierno hasta el inicio de la siguiente primavera.
_No nos detendremos_ dijo el conductor con voz autoritaria adivinando los pensamientos de sus pasajeros_ continuaremos durante la noche.
Nadie intentó protestar, se mantuvieron en silencio mientras la noche caía sobre ellos.
Igor clavó su mirada en el horizonte en donde algunas oscuras colinas se encontraban con la negrura del firmamento carente de estrellas. El silencio era inquietantemente sepulcral, reinaba una oscuridad cavernosa casi maligna. Una niebla baja y espesa se enroscaba con aspecto lechoso entre las ruedas de la tartana. La luz de la lámpara de queroseno que el hombre mantenía encendida bañaba la niebla baja con luz ligera dándole un aspecto perlado y tornasolado. El aire era húmedo, frío y desapacible.
La niebla resbalaba lentamente entre las patas de los animales cuando pasaron cerca de un pequeño arroyuelo, era apacible y lo cubría una especie de bruma fantasmagórica.
Poco después de medianoche, un fuerte tirón, un golpe y el relincho agónico de uno de los caballos sobresaltó a los pasajeros que dormían en la parte trasera de la tartana. El conductor bajó del carromato de un salto e inspeccionó a los animales.
Kataryna e Igor también bajaron de la carreta con sendas miradas de preocupación.
El conductor se acercó a ellos con una expresión impenetrable.
_Uno de los caballos se roto una pata, tengo que sacrificarlo_ dijo para luego voltear sobre sus talones y buscar su arma.
Kataryna subió a la tartana y buscó a Daryna que dormía despreocupadamente. La levantó en brazos y se alejó a tientas en la oscuridad. No deseaba que despertara sobresaltada cuando oyera el disparo que pondría fin a la vida del animal.
Minutos después, la estentórea detonación de la escopeta del conductor resonó en el silencio de la noche.
II
El único caballo que les quedaba avanzó despacio, hasta podría decirse que con solemnidad a través de la maltrecha carretera hasta que el cansancio lo hizo detenerse cabeceando y resoplando.
Tuvieron que salir de la carretera para que el animal bebiera y reposara. Los descansos eran cada vez más frecuentes, con un solo un caballo el camino se hacía mucho más dificultoso y para colmo de males, el animal se empeñaba en ir deteniéndose de trecho en trecho a mordisquear cada arbusto seco que encontraba en su camino.
Cuando intentaron retomar la marcha, el conductor sacudió las riendas e hizo chasquear la lengua contra el paladar y el caballo empezó a moverse. Esta vez, la fluidez de su paso lo mantuvo en el rastro de la derecha y su placidez indicó que no presentaba extrema fatiga.
Como a las dos de la tarde, el cielo se oscureció y los primeros copos de nieve empezaron a caer como pétalos de cerezo en el mes de abril.
_No quería detenerme en el pueblo, pero será mejor que lo hagamos_ dijo el conductor con rostro de resignación_ esta noche tendremos una tormenta de nieve.
Dos horas después, les adelantaron dos carretas y una biga tirada por un caballo, cada una transportaba a un par de hombres que de seguro se dirigían apresurados a sus casas para evitar la nevada. Eran las primeras personas que veían desde que habían cruzado la frontera a excepción del desagradable conductor.
La nieve se arremolinaba alrededor de la tartana cuando avistaron el pequeño pueblo, que contaba con una calle principal y no más de media docena de callecitas perpendiculares.
La calle principal era ancha y adoquinada, aunque la capa inferior de tierra afloraba en muchos puntos, allí donde el pavimento estaba desintegrándose, debido probablemente a las fuertes heladas. Terminaría por desaparecer por completo antes de que trascurrieran pocos años si alguien no se decidía a darles mantenimiento.
Mientras avanzaban a través de ella se oyeron espesos y ensordecedores ladridos y de inmediato una jauría rodeó la tartana. Todos los pasajeros observaron el extraño recibimiento con curiosidad y cierta alarma.
Una mujer envuelta en un abrigo de pieles salió de una casa de dos plantas y les gritó algo a los perros, quienes de inmediato se alejaron. Ostentaba cierta apariencia mística de pie en el umbral de la puerta mientras la nieve se concentraba a su alrededor.
Un hombre a caballo que avanzaba en sentido contrario a la tartana se detuvo frente a la mujer y le gritó algo que Kataryna no pudo oír. Acto seguido, prosiguió su camino sin prestarles atención a los recién llegados.
_Es aquí_ dijo el conductor_ apéense, voy a guardar al caballo en el establo y los alcanzo.
El hospedaje era minúsculo, en la primera planta funcionaba una pequeña taberna y en la segunda, la pensión, que contaba con solo tres habitaciones. Una de ellas estaba ocupada por un matrimonio mayor proveniente de Rzeszów que se dirigía a Varsovia.
La mujer que había dispersado a los perros le entregó la llave de una de las habitaciones vacías a Kataryna y otra a Igor, mientras les hablaba en un casi perfecto ruso.
_Las mujeres ocuparán una habitación, los hombres la otra_ dijo_ cuando estén listos pueden bajar a comer_ agregó.
Acto seguido giró sobre sus talones y bajó la rechinante escalera de madera que se hallaba a su espalda.
Se sentaron frente a un humeante plato de sopa mientras el fuego rugía salvajemente en la chimenea proveyéndolos de un aletargante y agradable calor. La sensación del alimento caliente descendiendo por sus gargantas fue increíble e indescriptible.
Un agudo y penetrante aullido desde el exterior se unió a los crujidos de la madera crepitante. El vendaval zarandeaba las copas desnudas de los árboles, aislando completamente en sus hogares a los habitantes del pueblo, mientras prorrumpía en largos y penetrantes bramidos.
La puerta del hospedaje se abrió de golpe y el gélido viento irrumpió amenazante. La dueña de la pensión se apresuró a cerrarla mientras el viento gritaba y quebraba las secas ramas de los árboles con un ruido ensordecedor.
El resplandor del fuego proyectó un extraño perfil de Igor, tonificado un lado de su rostro, marchito el otro que sobresaltó a Kataryna. Su imagen era fantasmal y espeluznante. Le dio la sensación de que el fuego fue capaz de desvelar la esencia fundamental de la dualidad de su carácter.
El viento que ya superaba la fuerza de un vendaval, la sacó de sus observaciones, un alarido fantasmal se había originado al soplar a través de las vigas entrecruzadas del techo de la segunda planta.
El vendaval arreciante continuó ululando alrededor del hospedaje cuando los fugitivos y el conductor se retiraron a sus habitaciones.
III
El sol se levantó sobre las nubes teñidas de amarillo y naranja, ajeno por completo a la interminable noche tormentosa.
Les tomó algún tiempo salir del hospedaje después del desayuno ya que la nieve se había acumulado hasta una altura considerable.
El conductor se dirigió al establo a ver al caballo, mientras que la pequeña familia esperaba frente al edificio de dos plantas.
Igor pudo reparar en algunos detalles interesantes de aquel pequeño pueblo.
La calle principal se extendía por apenas unos quinientos o seiscientos metros. Al final de esta se levantaba un modesto campanario que sin dudas pertenecía a la iglesia. El hospedaje era una antigua construcción de piedra con techo a dos aguas en donde al parecer anidaban las palomas migratorias provenientes de África durante el verano. Un sinfín de nidos colgaban descuidadamente de los aleros del techo. Sin duda, la pensión necesitaba de un buen mantenimiento. Una pequeña placa situada al lado derecho de la puerta, que había pasado desapercibida la tarde anterior rezaba en polaco la frase: “Hospedaje y Taberna Buena Ventura” en letras doradas y brillantes. Las edificaciones que rodeaban al hospedaje eran en su mayoría de una sola planta con excepción de tres o cuatro que constaban de dos o hasta tres plantas dispuestas ordenadamente en el borde de una estrecha calzada.
Igor observó a un hombre delgado, alto y algo encorvado que cruzaba la calle una y otra vez con paso extrañamente rápido a pesar de la cantidad de nieve acumulada. Llevaba las manos detrás de su espalda, como un capitán en el puente de mando de su barco, mientras los observaba con disimulo, como si estuviera decidiendo si los recién llegados eran o no de confianza.
El conductor regresó pocos minutos después, se detuvo frente a ellos y se restregó los ojos, antes de apartarse el cabello de la frente, en un gesto que Kataryna había llegado a conocer muy bien (a pesar no saber siquiera su nombre) y que denotaba cansancio e inquietud.
_ ¿Quién es ese hombre? _ preguntó Igor antes de que el conductor pudiera decir algo.
_Es el hombre que se encarga de los caballos. Es algo extraño y desconfiado, pero hace un buen trabajo_ contestó el conductor.
_ ¿Cómo encontró al animal? _ preguntó Kataryna.
_Está descansado, ha comido y bebido, está listo para continuar con el viaje_ contestó, pero un dejo de preocupación en su voz lo delató.
_ ¿Pero? _ preguntó Kataryna.
_Pero si continuamos viajando con un solo caballo, no llegaremos nunca y el clima se pondrá peor_ contestó el hombre mientras se mecía los cabellos.
Kataryna asintió.
_ ¿Qué sugiere? _ preguntó Igor.
_Deberíamos comprar al menos un caballo más, si fueran dos sería mejor_ respondió.
_No tenemos mucho dinero para eso_ dijo Kataryna preocupada.
_Lo imagino, estoy dispuesto a pagar por uno, de todas formas, necesito reponer al que perdí, pero nos vendría bien tener otro más.
Kataryna observó a su esposo en forma interrogante, pero solo obtuvo un encogimiento de hombros de su parte.
_ ¿Cuánto nos costará? _ preguntó poco después.
_Deberíamos hablar con el dueño de los caballos_ contestó el conductor.
Se dirigieron a los establos en donde el hombre delgado y de espalda encovada cepillaba a un hermoso ejemplar azabache.
_ ¿Es ese el dueño de los caballos? _ preguntó Kataryna en un susurro.
_No, el solo se encarga de cuidarlos_ contestó el conductor.
_ ¡Apoloniusz! ¡Buscamos a Jakov!
El que respondía al nombre de Apoloniusz mantuvo la cabeza gacha mientras hacía un gesto con la mano y se dirigía al interior del establo con paso rápido casi como si corriera.
Kataryna e Igor se dirigieron miradas de extrañeza, pero no hicieron ningún comentario al respecto.
Enseguida, un corpulento hombre de mediana edad que usaba unas graciosas gafas que parecían pertenecerle a una de sus hijas se acercó con pasos cansinos, arrastrando su voluminoso cuerpo. No solo sus extrañas gafas llamaban la atención sobre su persona, sino también sus insólitos labios rojos.
_Buenos días_ dijo el robusto hombre y se inclinó hacia Kataryna para escrutarla con sus ojos de color gris verdoso a través de sus extraños lentes, mientras sus labios rojos se desplegaban en una sonrisa ancha que dejaron sus dientes amarillos a la vista.
_Buenos días_ contestó Kataryna algo intimidada por la presencia del hombre.
_ ¿En qué puedo servirles Adek Kostchy? _ preguntó el corpulento hombre con otra sonrisa mucho más ancha que la anterior.
Adek Kostchy, pensó Kataryna, con que ese era el nombre del hombre con quien viajaban.
_Ayudo a esta familia a llegar hasta Varsovia_ empezó diciendo el conductor_ pero uno de mis caballos ha muerto.
_ ¿Ayudas a estas personas o estas ganando dinero con ellas? _ preguntó Jakov con una sonrisa sarcástica.
Adek se removió incómodo y se meció los cabellos con ambas manos antes de continuar.
_Eso no viene al caso. Necesitamos dos caballos_ dijo con voz seca.
La perspicaz sonrisa dibujada en sus labios rojos advertía que lo entendía a la perfección, y como si de una obra de teatro se tratara y aquella frase fuera el pie para su entrada en escena, Jakov exclamó a gritos: “¡Apoloniusz, muestrales los caballos!” al mismo tiempo que se quitaba los lentes y empezaba a limpiarlos con el fondillo de su camisa.
Cuando el hombre terminó de limpiarlos y levantó la mirada, vio congoja y preocupación en los ojos de Kataryna.
_No se preocupe, no pienso aprovecharme de ustedes_ dijo.
Jakov había visto a decenas de ucranianos que huían del régimen, utilizando el pueblo como lugar de descanso, pero aun así le costaba imaginar el grado de desesperación que debía impulsarlos a huir en aquellas terribles condiciones.