I
Regresó a la casa 110, mientras Laura dormía. Cuando estuvo dentro, se quedó pensando en los sucesos de la noche anterior. Hubo algo que lo impulsó a salir de Lima lo más rápido posible. Ese algo fue también el responsable de que fuera a la casa 110 apenas llegó a La Oroya. Y estaba convencido de que ese algo fue quien se encargó de que la puerta estuviera abierta a su llegada. Todo parecía una locura, pero estaba convencido de que fuerzas extrañas y desconocidas intentaban ejercer alguna especie de control sobre la vida de Laura y eso lo inquietaba sobremanera.
Se dirigió a la habitación de visitas y encontró todo tal y como lo habían dejado la noche anterior. Observó el falso piso algo levantado, se arrodilló frente a él y lo abrió por completo. Definitivamente, había un sótano allí. El espacio era muy pequeño, con su altura y sus anchos hombros, le sería imposible bajar por las gradas. Suspiró y se acarició la barbilla, pensativo. Era una locura creer que podía haber un cadáver en aquel lugar, pero, sin embargo, estaba allí, dispuesto a entrar y descubrirlo.
No había estado en la casa más de veinte minutos, cuando oyó a Laura que hablaba a sus espaldas.
_Iré yo_ no creo que puedas entrar allí.
Alejandro volteó a verla asombrado.
_ ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.
_No puedo hacerlo, necesito entrar allí y saber que es lo que hay.
Alejandro se puso de pie al tiempo que sacudía la cabeza de un lado a otro.
_No pienso dejar que bajes allí. ¿Te has vuelto loca? Es probable que nadie haya entrado allí en décadas.
Laura le dedicó al abogado una sonrisa tensa.
_Lo he pensado muchas veces_ dijo ella_ y antes de que en verdad pierda la cordura, quiero saber que es lo que hay allí abajo.
_Entonces, entraré yo_ dijo él poniendo los brazos en jarra.
_Te lo agradezco, en verdad, pero no podrás entrar allí, el espacio es pequeño. Williams era mucho más bajo y delgado que tu y lo hizo con mucha dificultad.
Alejandro suspiró frustrado, no sabía que hacer, no quería que ella bajara, pero sabía que no había forma de hacerla cambiar de opinión tan fácilmente. Se pasó la mano por el pelo mientras pensaba. Se movía de un lado a otro nervioso, con el ceño fruncido. Parecía un animal enjaulado, desesperado y a punto de saltar sobre alguien.
_Pienso que será mejor que hablemos con la policía y que baje alguien preparado, con equipos adecuados.
Laura se acercó al abogado y lo retuvo de uno de sus brazos. Alejandro tuvo que detenerse y mirarla a los ojos con atención.
_No podemos ir con nadie ¿Qué se supone que diremos? No nos prestaran atención si le vamos con la historia de que sé que hay un cadáver aquí abajo porque lo soñé. Pensarán que estoy loca por sugerirlo y que lo estás por seguirme la corriente.
Alejandro suspiró con los ojos puestos en el techo, frustrado e impotente.
_Por favor, deja que baje, te prometo que tendré cuidado. Además, estarás aquí por si pasa algo_ dijo ella.
_ ¿De qué sirve que esté aquí si no puedo bajar si pasa algo? _ preguntó el abogado bastante preocupado.
_No pasará nada.
_No puedes estar segura de eso_ dijo él volviendo a pasarse la mano por el pelo.
_Tendré cuidado_ dijo Laura esperanzada de que él estuviera de acuerdo.
_Está bien_ dijo Alejandro después de unos interminables y tensos segundos. _ Pero al menor indicio de peligro quiero que subas de inmediato.
Ella le regaló una gran sonrisa, los ojos le brillaron.
_A su orden mi capitán_ dijo dedicándole a Alejandro el saludo militar.
_No es gracioso_ dijo él levantando ambas cejas_ no es gracioso que quieras arriesgar tu vida de esa forma.
Laura lo tomó de la mano y le dio un leve apretón.
_No pasará nada, si John me quisiera muerta o si pudiera matarme ya lo habría hecho.
_Eso no me hace sentir mejor y tampoco debería hacerte sentir mejor a ti_ dijo mientras la rodeaba entre sus brazos y la sostenía contra su cuerpo.
Laura suspiró profundamente mientras situaba su cabeza en el hueco del cuello del abogado. Alejandro se inclinó para estar a la altura de su rostro. Aspiró el aroma que emanaba de su pelo cerrando los ojos. Se quedaron así por un par de segundos, luego, se separaron despacio y se miraron a los ojos. Laura pudo percibir en la mirada del abogado temor, preocupación, desazón. Le oprimió el pecho saber que ella era la causante.
_ Será mejor que busque una linterna, es lo único con lo que contarás allí abajo_ dijo Alejandro y la dejó sola en la habitación.
Mientras que Alejandro se dirigía a su casa en busca de la linterna, Laura se sacó el abrigo quedándose solo con un polo mangas cortas, se acercó a la entrada en el piso, y observó las viejas gradas de madera que debía bajar para ingresar al sótano. Eran cinco, y si bien no podía ver mucho, por la oscuridad reinante, pensó que el espacio era muy reducido. Examinó con cuidado el lugar y llegó a la conclusión de que la entrada medía menos de un metro de profundidad. Debería arrodillarse para poder moverse dentro. Alejandro había encontrado los planos originales de la casa y debajo se hallaban las tuberías de desagüe y de agua potable. Los trabajadores ingresaban al sótano cuando debían arreglar alguna cañería. Le parecía increíble que nadie haya encontrado el cadáver o no se hayan producidos olores de descomposición que hubieran alertado al residente de turno.
El abogado regresó en pocos minutos con una linterna bastante potente, un par de guantes de jardinero y una pala. Laura lo miró interrogativa.
_ No creo que me sirva de mucho_ dijo.
_Lo sé, solo se me ocurrió traerla, por si acaso_ dijo con desasosiego.
_Alejandro, no quiero que estés preocupado.
_Es difícil no estarlo_ contestó mientras le acercaba la linterna y los guantes.
Laura le sujetó el rostro con ambas manos y lo acarició con la gema de los pulgares suavemente. Alejandro se quedó inmóvil, sorprendido, era la primera vez que ella le dedicaba una caricia tan intima.
_Voy a estar bien, porque sé que tu estas aquí_ dijo ella para luego exhalar un suspiro profundo.
Él solo atinó a asentir sin poder emitir palabra alguna. Ella le sonrió, se puso los guantes y tomó la linterna.
_Escucha_ dijo Alejandro mientras la detenía por uno de sus antebrazos_ según me informaron en mantenimiento de viviendas, los planos originales probablemente no concuerden con lo que hallarás abajo. Se hicieron múltiples modificaciones con el paso de los años.
Laura solo asintió y le dedicó una leve sonrisa con la intensión de tranquilizarlo, pero el resultado fue todo lo opuesto.
Ingresó al closet, apuntó la linterna dentro y observó por primera vez el interior. No se veía nada más que el suelo de tierra de un tono café oscuro. Laura pudo ver la maraña de tubos metálicos oxidados que recorrían el interior. Observó las gradas, la madera estaba bastante gastada, pero pensó que resistiría su peso. Dejó la linterna en el piso, volteó dándole la espalda a la pared del closet y situó el pie derecho en la primera grada, esta hizo un sonido crujiente y sordo de la madera que está a punto de ceder, pero no sucedió. Con sumo cuidado, situó el pie izquierdo en la segunda grada. Laura oyó otro crujido intenso y la sensación de que la madera cedía ante su peso. Perdió el equilibrio, pero se sujetó del borde de la entrada. Alejandro se sobresaltó, y se precipitó hacia ella.
_No te preocupes, estoy bien_ dijo.
La psicóloga, bajó el pie derecho despacio sobre la tercera grada, el pie izquierdo tanteó la cuarta grada mientras sus manos se sujetaban de las gradas superiores. Finalmente, su pie derecho pisó la quinta grada y luego el izquierdo descansó suavemente en el suelo del sótano.
_Estoy dentro_ anunció con voz firme.
Alejandro se acercó a la entrada y la miró con ojos atentos e inquietos, mientras ella observaba cada centímetro del espacio que la contenía. Se sentó en cuclillas y dirigió el foco de la linterna hacia el pequeño túnel que tenía delante y por el que tendría que adentrase. A ambos lados pudo observar los tubos de bronce, enredados unos con otros sin ningún orden previo. No se habían tomado muchas molestias al instalarlos.
_Tenías razón con respecto al sótano, el espacio es mucho más pequeño de lo que se veía en el plano. Tendré que arrastrarme de rodillas para poder avanzar_ dijo tratando de demostrar tranquilidad, cuando en verdad estaba hecha un manojo de nervios.
_Por favor, ten cuidado_ repitió el abogado.
Ella solo asintió, dejando la linterna en el suelo y poniéndose a gatas. Allí, con el rostro muy cerca al suelo pudo notar que el aire se ponía algo más denso. Aspiró profundamente y dirigió la linterna hacia el pequeño túnel de sesenta centímetros de altura y a penas cincuenta centímetros de ancho. Levantó la mirada y muy cerca de su cabeza, vio el antiguo piso de madera. Regresó la mirada al frente y a un par de metros de distancia, pudo divisar un montículo de basura y hojas secas, pensó que tal vez había alguna rendija por donde habían ingresado provenientes del jardín. Además, observó tres rocas de mediano tamaño que los constructores habrían olvidado retirar. Avanzó despacio, no solo por temor a lo desconocido, sino también a que se le dificultaba andar en aquella posición, se apoyaba en las rodillas y en los codos arrastrándose, con movimientos parecidos a los de una serpiente. De pronto, su mente se llenó de los peores recuerdos de su niñez, recuerdos que pensó que había olvidado por completo.
Tenía unos siete u ocho años, cuando jugaba a las escondidas con un grupo de niñas, en el granero abandonado de una granja, a unas calles de la casa de su abuela, en un pequeño pueblo de Maine. Era muy común en aquella época que los niños jugaran fuera de casa, explorando, sin mucha supervisión, eran otros tiempos, en donde la seguridad no era un problema y los niños agradecían la libertad de la que disfrutaban.
_¡…ocho, nueve, diez! _Oyó Laura decir mientras se apresuraba a esconderse en la parte trasera del granero.
Vestía un pantalón azul, blusa blanca y dos trenzas con moños azules en los extremos, que se balanceaban a medida que ella corría. Se quedó muy quieta y en silencio en un rincón del granero. El suelo estaba cubierto de paja seca. Desde su escondite, vio a una de sus amigas buscando a las demás. Laura se puso en cuclillas para evitar que la vieran. La niña observó a su alrededor un par de veces y salió del granero. Laura se echó a reír con una risita sofocada, tapándose la boca con una de sus manos. No la habían descubierto, pero sabía que tarde o temprano lo harían. Observó el lugar en donde se encontraba tratando de hallar un escondite mejor. Observó a su derecha y vio una pequeña portezuela metálica en el suelo. Se acercó a gachas, observando de tanto en tanto la entrada del granero, esperando ver de nuevo a la niña que la buscaba. Abrió la portezuela metálica y descubrió una abertura estrecha y compacta. Se metió en ella de inmediato y cerró la puerta sobre su cabeza. El espacio era pequeño, pero suficiente para que la contuviera. Al principio, no vio mucho, hasta que sus ojos se ajustaron a la oscuridad. Un estrecho túnel se abría a su derecha.
_ ¡Laura! _ oyó que la llamaban.
Oyó pasos sobre su cabeza, la estaban buscando. Se adentró en silencio en el túnel, arrastrándose.
_ ¡Laura! _ volvió a oír.
Pero esta vez no solo oyó su nombre sino también el chirriante sonido de algo que se arrastraba. La niña que la buscaba, en su afán por encontrarla, había arrastrado una pesada caja de madera para subirse sobre ella y revisar los altos del granero. Había situado la caja sobre la portezuela sin percatarse de ella. Cansada de buscar, salió del granero y se reunió con las demás niñas. Laura, permaneció en silencio por varios minutos, hasta que pensó que la niña se había ido. Intentó entonces salir del túnel, pero entró en pánico al ver que no podía abrir la portezuela sobre su cabeza. La empujó con todas sus fuerzas un par de veces sin éxito. Su corazón se aceleró, estaba muy asustada. Gritó los nombres de todas sus amigas, pero no obtuvo respuesta, el silencio era profundo y atemorizante. Intentó de nuevo abrir la portezuela, pero solo consiguió que un puñado de tierra cayera sobre ella. Un poco de polvo le irritó el ojo derecho y las lágrimas se acumularon en él de inmediato. Se restregó el ojo con la mano, lo cual empeoró la situación, sintió que algo le raspaba el iris, casi no veía con el ojo derecho y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se sintió indefensa y aterrorizada. Se lanzó a llorar desesperada mientras gritaba una y otra vez. Pronto, el aire se volvió denso y asfixiante, respirar se hacía cada vez más difícil. Empezó a sentirse soñolienta, pensó que nunca más saldría de allí, su mente empezó a divagar, mientras que su respiración se hacía cada vez más pausada y lenta. No supo muy bien cuanto tiempo estuvo allí encerrada, pero sus padres le dijeron que fueron más de cuatro horas. La rescataron solo minutos antes de que muriera asfixiada. Fueron los peores momentos de toda su vida.
Ahora estaba de nuevo, metida bajo tierra, en un lugar oscuro y asqueroso, tratando de encontrar un cadáver que probablemente no existía, al menos eso le decía la razón, pero el corazón le decía otra cosa. El aire era cada vez más denso y rancio, y sus pulmones trabajaban al máximo, las inspiraciones eran rápidas y profundas. Sintió una gota de sudor en la sien izquierda, a punto de escurrírsele por la mejilla, a pesar de la baja temperatura atmosférica. Los guantes la ayudaban con el helado suelo bajo sus manos, pero empezaba a sentir un leve dolor en los codos.
Levantó la cabeza y sintió un golpe seco. Había olvidado la poca altura del túnel. Se detuvo por unos segundos a que remitiera el dolor y luego siguió avanzando. Se detuvo cerca de las rocas que había visto unos minutos atrás, no podía pasar sobre ellas, tuvo que hacerlas a un lado para seguir avanzando. Le fue difícil moverlas, tenía los brazos débiles debido a que llevaba unos minutos sosteniéndose sobre ellos. Trató de mover la más pequeña, con la mano derecha, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el brazo izquierdo, pero no pudo hacerlo. La respiración se le aceleró, el aire denso y asfixiante le laceraba los pulmones, en sintonía con su esforzado y palpitante corazón. Sintió que se le nublaba la vista, temió perder la conciencia allí abajo y que terminar asfixiada. Tosió un par de veces, trató de enfocar la vista, y respirar pausadamente para aprovechar mejor el poco oxígeno que tenía el aire en aquel estrecho pasaje, ignorando todas las incomodidades lo mejor posible y mantuvo la mente fija en su objetivo. Se cuidó de no volver a golpear la cabeza contra el piso de madera. Se dijo a si misma que tenía que concentrarse en cada inhalación y cada exhalación. Cuando pudo relajarse, vio todo con claridad de nuevo.
Intentó mover la roca por segunda vez con todas sus fuerzas, extendió la pierna derecha y luego la izquierda. Buscó a tientas con el pie derecho un punto de apoyo sólido. Hurgó con inseguridad en el pequeño espacio en el que se encontraba. El pie se introdujo entre dos caños y se le quedó atrapado, quiso sacarlo con desesperación, lo que aceleró de nuevo su respiración. El sudor le corría por el rostro y se le introducía en los ojos. Levantó la mano derecha y se la pasó por la cara. El guante áspero le magulló la piel. Cerró los ojos por unos segundos y se concentró en relajar su acelerada respiración, cuando lo consiguió, concentró su atención en liberar el pie. Lo movió para abajo sin suerte, luego lo hizo para arriba y el pie quedó libre al fin. Volvió a tantear con cuidado, encontrando la pared derecha. Apoyó el pie en ella con fuerza, descansando todo el peso del cuerpo sobre el brazo izquierdo y utilizó la mano derecha para intentar mover la roca. Presionó con fuerza y esta vez, consiguió moverla unos centímetros. En aquel momento, un calambre paralizante le hundió los músculos de su muslo derecho, amarrándolos desde la parte posterior de la rodilla hasta la nalga derecha.
No pudo seguir, tuvo que detenerse, apoyándose en el brazo izquierdo y masajeando la pierna con la mano derecha. La posición requería de un gran esfuerzo del lado izquierdo de su cuerpo para equilibrase. Al principio, fue como amasar piedra, gimió suavemente para no alertar a Alejandro y en su boca se dibujó una mueca temblorosa de dolor. Trabajó en los músculos de su pierna hasta que finalmente empezaron a aflojarse. Extendió la pierna todo lo que pudo, esperando que el calambre regresara, pero no lo hizo. Decidió avanzar con precaución, se dispuso a mover la segunda piedra, esta vez lo logró en el primer intento, siguió con la tercera.
_ ¡Laura, habla conmigo!
Era la voz preocupada de Alejandro desde la entrada al sótano.
_Estoy bien, pero es difícil seguir, me tomará algún tiempo recorrer esto.
_Está bien, pero al menor indicio de algo extraño, sales de inmediato_ dijo.
_Está bien_ gritó ella, cada palabra era un suplicio porque necesitaba utilizar más oxigeno del que tenía.
La realidad era, que no tenía idea de como diablos saldría si llegaba a estar en problemas, pero no pensaba decírselo a Alejandro. Cuando John hizo aquel mismo recorrido jalando el cadáver de su esposa, el sótano se extendía por completo de bajo de la casa, en cambio con los años lo habían convertido en un estrecho pasaje. Inhaló profundamente procurando llenar sus pulmones de aire mientras intentaba convencerse a sí misma de que hallaría la forma de salir.
Siguió avanzando lentamente, arrastrándose, como si se tratara de un niño que empezaba a gatear. Sus brazos se resistían a seguir sosteniéndola, le temblaban un poco, pero estaba casi segura de que, si seguía así por más de diez minutos, colapsaría. Cada vez que movía sus rodillas, sentía un agonizante dolor que subía por su pierna, seguía por su espalda, hasta llegar a su tenso cuello.
Un poco más adelante, se encontró frente a frente con una enorme rata gris y peluda. No pudo evitar emitir un grito ahogado que sobresaltó al abogado quien estuvo a punto de caer de cabeza por la entrada del sótano cuando intentó ver dentro. Tener a un animal tan cerca, en un espacio tan reducido, sin probabilidades de escape, era una terrible experiencia.
_ ¡Laura! _ gritó asustado mientras su corazón daba un vuelco y volvía a latir, solo que esta vez lo hacía aceleradamente.
_ ¡Estoy bien! ¡Solo ha sido una enorme rata! _ gritó entre jadeos.
_ ¡Ten cuidado! _ gritó a su vez el abogado.
Laura estuvo equivocada al pensar que a casi cuatro mil metros de altura no encontraría roedores. Suspiró aliviada al comprobar que la rata había huido internándose entre la maraña de caños.
Se sentía cada vez más cansada. El aire no solo se había vuelto más pesado y húmedo, sino que también caliente contra toda lógica. Sudaba profusamente lo que hacía que se le pegara a la piel como una capa grasienta. Se sostuvo con el brazo izquierdo y se pasó el guante por la frente para despejar el pelo húmedo, esta vez con sumo cuidado para no volver a lastimarse. Volvió a dirigir la linterna hacia el estrecho pasillo que tenía por delante y divisó un bulto bastante grande a unos dos metros de distancia. No tenía idea bajo que parte de la casa se hallaba y después de todo qué importancia tenía.
Las rodillas le dolían al igual que los codos, era un dolor lacerante, intenso, pero aún soportable, no obstante, sabía que la piel estaba en carne viva y a punto de sangrar. La delgada tela de su pantalón no le servía mucho de protección. Avanzó lo más deprisa que pudo, tratando de no aspirar demasiado aire, lo necesitaría para su regreso. A medida que se acercaba al bulto, su cuerpo parecía pesar más, los brazos y las piernas parecían soportar el doble de su peso, por lo cual avanzaba mucho más lento de lo que hubiese querido.
Al fin estuvo frente a un bulto amarrado, estaba envuelto en una sábana que alguna vez fue blanca y que ahora presentaba manchas marrones, debido a los años en que había estado sometido a la acción de la naturaleza. Trató de sentarse para poder examinar el paquete, pero era imposible, el espacio no era suficiente. Decidió abrirlo, pero solo podía hacer uso de una mano. La correa estaba gastada, el tiempo y la naturaleza la habían desgastado, por lo que fue fácil abrirlo. Introdujo la mano derecha debajo de la sábana, y descubrió el bulto lo mejor que pudo. A pesar de la certeza que tenía de su contenido, se sobresaltó al ver un pie torcido en una horrenda posición. La piel estaba seca y retraída, pegada al esqueleto, casi momificada. La cruda realidad que quedó al descubierto, la dejó sintiéndose asqueada y aterrorizada. El misterio que la había envuelto como una densa niebla, empezaba a despejarse, pero descubrió que no la hacía sentirse mejor, por el contrario, volvió a preguntarse porque la habían escogido a ella para que hiciera tan macabro descubrimiento.
De pronto, sintió un estallido ahogado de dolor en la espalda que la hizo gritar, fue como si alguien la golpeara con un martillo en la columna. Su corazón se disparó, trató de introducir aire a sus pulmones, oyó un agudo sonido que salía de su boca, era el sonido del aire que entraba por su garganta y luego salía de nuevo en una serie de pequeños y efervescentes jadeos, pero eso no cambiaba la sensación de que se estaba asfixiando.
El dolor en la espalda era tan fuerte, que le restó importancia al problema de la respiración. El dolor parecía tragarla viva, como cuando una boa constrictora tragaba a una de sus presas. No recordaba haber sufrido un dolor tan profundo como el dolor que ahora estaba sintiendo. Ni siquiera cuando tenía quince años y había salido por el campo en bicicleta. Un alce se le cruzó en frente, trató de desviarlo chocando contra un árbol, sufriendo una fractura expuesta del brazo izquierdo que no recibió atención médica inmediata. Tuvo que regresar a casa caminando, porque la rueda delantera de su bicicleta quedó inutilizada. Tardó dos horas en llegar, el brazo se había inflamado casi al doble de su tamaño, el dolor era terrible, el hueso sobresalía a través de la piel y cada leve movimiento que daba era un suplicio. Pero esto era peor.
Cerró los ojos y resopló varias veces esperando que el dolor remitiera.
_¡¡Laura!!_ gritó Alejandro al oírla quejándose de dolor.
El abogado intentó definir de donde provenía la voz de Laura, se percató que la psicóloga había logrado moverse varios metros desde la entrada, había salido de la habitación y estaba ahora debajo del comedor.
_¡¡Laura!!_ gritó de nuevo al no recibir respuesta.
_Estoy… bien_ respondió entre jadeos.
En realidad, no lo estaba, se concentraba en su respiración y en mantener la cabeza levantada. Su pie izquierdo chocó con un tubo, sintió un terrible dolor que luego se convirtió en un calambre que tardó unos segundos en desaparecer. El corazón se le aceleró de nuevo al igual que la respiración. Sus pulmones respiraban con dificultad, cuando se llenaban le producían un dolor agudo y al expirar producían un sonido ahogado. Arriba, Alejandro hacía crujir sus dedos en forma nerviosa, se oían como las bisagras de una vieja puerta que no se ha abierto en mucho tiempo. Sentía que el corazón le latía en la garganta en lugar de en el pecho. Estaba desesperado por que ella saliera de aquella tumba.
Mientras tanto, la situación de Laura iba empeorando, sentía una creciente explosión de calor en la espalda, parecida a una bola de fuego. El aire había disminuido tanto y estaba a punto de perder la conciencia. Se esforzaba al máximo por introducir algo de aire a los pulmones, aspiraba con la boca abierta, la visión se le había nublado por completo. Hizo un último esfuerzo desesperado y golpeó la madera sobre su cabeza con uno de sus puños. Alejandro se puso de rodillas, intentando determinar con exactitud el lugar en el que ella se encontraba. Oyó otro golpe, esta vez muy débil. Desesperado, hizo a un lado un par de sillas que cayeron al suelo, empujó con fuerza la mesa que fue a dar contra el armario. Retiró la alfombra que cubría el piso con movimientos de creciente angustia, tomó la pala y con ella hizo palanca contra una de las maderas del piso, pero no logró que se moviera. Levantó la pala sobre sus hombros y la estrelló contra la madera con una fuerza extraordinaria de la que no tenía idea de que fuera capaz. La angustia y la desesperación llenaban su sangre, que circulaba violentamente a través de sus venas. La madera cedió unos centímetros, retiró la pala y la volvió a estrellar contra la madera por tercera vez, haciendo palanca con la pierna derecha. Con un crujido grave, los clavos de la madera cedieron dejando un pequeño espacio en donde introdujo ambas manos. Levantó la madera con un esfuerzo asombroso, haciendo que se partiera en dos. Divisó la parte inferior del cuerpo de Laura. El torso y la cabeza aun se encontraban debajo del piso. Volvió a hacer palanca contra la madera, esta vez las cosas fueron más fáciles y enseguida retiraba el piso que cubría la parte superior del cuerpo de la psicóloga. Hizo la pala a un lado y se arrodilló junto a ella.
_¡¡Laura!! ¡Háblame por favor! _ gritó desesperado.
La psicóloga seguía sin moverse y sin responder. Alejandro la tomó en brazos y la situó de espaldas sobre el piso. Tenía el rostro violáceo, y no estaba respirando. Le levantó la barbilla, le separó los labios y se aseguró de que nada obstruyera la tráquea. Acercó sus labios a los de Laura para darle respiración boca a boca. Apretó su nariz y sopló dentro de su boca. Se había preguntado más de una vez en cómo sería besarla, pero jamás imaginó una situación como aquella.
Se separó de ella, situó sus manos sobre el esternón y aplicó compresiones fuertes y rápidas sobre su pecho. Volvió a darle respiración boca a boca y se detuvo a observarla.
_ ¡Vamos preciosa, puedes hacerlo! _ dijo y siguió con las compresiones, luego con la respiración.
Alejandro entró en pánico, creyó que la perdería, las lágrimas de desesperación empezaron a anegarle los ojos y le nublaban la vista. Se detuvo solo unos segundos para limpiarse los ojos y luego se inclinó de nuevo sobre ella para darle respiración. Antes de que volviera a hacerlo, Laura tosió un par de veces y sus pulmones volvieron a funcionar. El sonido agudo de los pulmones en actividad supuso para Alejandro la mejor melodía del mundo. Laura abrió los ojos poco después, estaba algo confundida y bastante conmocionada, pero al ver a Alejandro le sonrió lo mejor que pudo. Tenía la ropa mugrienta, algo embarrada. El pantalón roto a la altura de las rodillas, la izquierda le sangraba levemente. El rostro magullado y sudoroso. El cabello apelmazado y sucio. Pero para Alejandro era la visión más hermosa que había visto en mucho tiempo. Laura observó a su alrededor con los ojos aturdidos de un minero que, al contrario, a todas las predicciones, sobrevivió a un terrible derrumbe.
_Te debo mi vida_ dijo ella_ en un susurro.
_No debí dejar que bajas_ contestó con ojos acongojados.
Ella volvió a sonreír y levantó la mano derecha acariciando la mejilla sudorosa de Alejandro.
_Gracias_ dijo ella.
Alejandro la examinó con detenimiento, primero las rodillas, luego los codos y por último las magulladuras en la mejilla izquierda. Le acarició el rostro con ternura y Laura se hundió en la mirada del abogado.
_No debiste hacerlo, no debí dejarte hacerlo_ dijo afligido.
Ella le sonrió con dulzura.
_Estoy bien, voy a estar bien, lo encontré Alejandro, encontré el cuerpo_ contestó.
_Debo llevarte al hospital_ dijo él levantándola en brazos sin prestar atención a lo que ella había dicho, lo último que le importaba ahora era el cuerpo de una mujer muerta hace siete décadas.
Laura rodeó el cuello del abogado con sus brazos en una respuesta casi instantánea.
_No necesito ir al hospital_ se apresuró a decir_ estoy bien puedo caminar.
_ ¡Claro que necesitas ir al hospital! _ dijo consternado mientras caminaba con grandes pasos rumbo a la puerta.
_Por favor, Alejandro, no quiero ir al hospital_ dijo con firmeza.
Alejandro se detuvo antes de llegar a la puerta y la observó con atención, tenía el ceño fruncido, la miraba angustiada y apesadumbrada.
_Por favor, no puedo ir al hospital, debo sacar el cadáver de aquí.
_Ha estado allí por más de setenta años, puede seguir allí un tiempo más, tu necesitas que te curen esas heridas.
_Puedo curármelas yo misma. Ahora tenemos que llamar a la policía_ dijo decidida.
Alejandro suspiró frustrado, cuando a Laura se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de opinión, pero esta vez, Alejandro no cedió.
_Te llevaré a casa entonces, curaré tus heridas y luego decidiremos cual será nuestro siguiente paso_ dijo muy serio.
Laura trató de protestar, pero el abogado la interrumpió de inmediato.
_No quiero discutir contigo, por favor, solo has lo que te pido_ le dijo con ojos serios y preocupados que desarmaron a la psicóloga.
Laura asintió sin decir más.
Alejandro la sacó de la casa, cuando estuvieron fuera, Laura levantó la mirada al cielo desde los brazos del abogado y observó el descolorido azul del cielo, las nubes habían desaparecido durante el tiempo en el que estuvo en aquel sótano, y el día estaba ahora luminoso y cálido. Alejandro bajó la mirada hacia la mujer que sostenía en brazos y pudo ver su rostro húmedo de sudor y lágrimas agradecidas. Laura pensó que nunca había respirado un aire tan dulce en toda su vida.