HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna)

IV

Como el hombre de los labios rojos prometiera, consiguieron los caballos a precio inmejorable. Emprendieron el viaje a tempranas horas del siguiente día, que prometía ser apacible y relajante.

_Pónganse cómodos, nos espera una larga marcha hasta el siguiente pueblo_ fue todo lo que Kostchy dijo durante todo el día, con una sonrisa que Kataryna consideró extrañamente lastimera.

Aún no había amanecido, pero delante de ellos se esbozaba ya el perfil oscuro del horizonte. En los desnudos árboles gorjeaban algunos pájaros, que se arriesgaban tenazmente a hacer frente a la frígida atmósfera. Probablemente charlaban de las gélidas heladas de la noche anterior o de sus planes para el inminente nuevo día.

Daryna sintió una corriente de aire gélido que la hizo estremecer y se ovilló en los brazos de su progenitora.

A poco más de las diez de la mañana, el sol fulguraba ya en el cielo dando la impresión de que el crudo invierno se estaba alejando al fin, cuando, por el contrario, solo acababa de iniciarse.

Igor mantenía la mirada fija en la carretera y le pareció que ésta se había convertido en una vil serie de cuestas sin sus correspondientes bajadas. De seguir así, deberían detenerse para que los caballos descansaran. Fue eso exactamente lo que determinó el conductor pocos minutos después.

Dos horas después, reanudaron la marcha. La carretera inició su lento descenso poco después, al tiempo que notaron la compañía silenciosa de las acequias que bordeaban la carretera. El agua fluía apenas debajo de una delgada capa de hielo.

 Poco después de la cinco de la tarde, les quedaba por recorrer algo así como catorce kilómetros para el siguiente pueblo. El aire crepuscular, helado parecía empezar a condensarse alrededor de los caballos, llenándose de algo muy parecido al humo. La niebla baja espesa se enroscaba con apariencia lechosa entre las acequias y los troncos de los árboles.

Las conversaciones entre Daryna y Kataryna se fueron apagando con la caída de la oscuridad. Pronto, el silencio resultó opresivo. Las sombras eran cada vez más profundas, la niebla se enroscaba en pequeños cuajos, aglomerándose. Todo parecía absolutamente sobrenatural, cuando en realidad era completamente natural.

La niebla baja se esparcía por la carretera en quebradizos jirones. La lámpara que Kostchy había encendido para ayudarse a avanzar a través de la pronunciada tiniebla confería a la silueta de la tartana el aspecto de un islote oscuro, que de algún modo parecía navegar a la deriva en un mar oscuro y tenso.

Divisaron las primeras farolas del pueblo media hora después, parecían sacudirse y titilar como si les dieran la bienvenida. Daryna pareció animarse al verlas y reinició una charla alegre y divertida con su madre.

Los días y los pueblos se sucedían uno de tras de otros. El siguiente al que llegaron era algo más de lo mismo. Se trataba más bien de una suerte de asentamiento humano más que de un pueblo, con una sola calle cuyas casas podían contarse con los dedos de sus manos, además de una plaza con un monumento a los soldados caídos durante la Primera Guerra Mundial.

Frente a él, estaba una mujer con un ramo de flores que Kataryna trató de imaginar de donde lo había sacado en pleno invierno. Tenía los ojos cerrados y parecía estar rezando.

 Un muchachito de unos nueve o diez años, sentado en una de las tres frías bancas, daba cuenta de un bocadillo, que de inmediato les hizo agua la boca. Y como para confirmar la situación, el estómago de Daryna gruñó sonoramente. En su mirada asomó una expresión algo avergonzada pero risueña.

_Descansaremos aquí y comeremos algo_ dijo el conductor como si contestara a alguna pregunta no formulada.

Kataryna volvió a dirigir su atención hacia el lugar en donde poco antes estaba la mujer, pero esta había desaparecido. Sin embargo, el muchachito, dejó de lado su bocadillo por un momento y alzó la vista desde detrás del cabello negro y graso que caía sobre sus ojos para prestar atención a la tartana que se movía con lentitud a través de la calle. Se levantó de un salto y espetó a voz en cuello en dirección a los recién llegados.

_ ¡La taberna de Adelaida es el mejor lugar para comer!

Kataryna se echó a reír de buena gana.

_Linda forma de promoción_ dijo.

_Adelaida es su madre_ contestó el conductor encogiéndose de hombros_ y no necesita promocionarlo, ya que es la única taberna del pueblo_ agregó.

Se apearon poco después, y en pocos minutos estaban sentados frente a un humeante plato de sopa de centeno, que, a pesar de no ser extraordinaria, le supo a gloria.

Reemprendieron la marcha poco después de la dos de la tarde, los antiguos arboles de olmo quedaron atrás y los campos desnudos tomaron su lugar. El agua en las acequias discurría ahora con más facilidad dejando oír su suave murmullo.

El siguiente pueblo al que llegaron, era hasta aquel momento, el más grande de todos por los que habían transitado. A la derecha, poco antes del arco de entrada que rezaba “Bienvenidos a Skierniewice” en letras negras y mayúsculas, observaron una vieja cabaña que presentaba un aspecto triste y abandonado con el pórtico cerrado y con las yerbas que el verano anterior había crecido sin control sin segar, entre los astillados escalones de piedra del porche.

_La cabaña podría ser muy agradable si alguien se tomara la molestia de arreglarla_ dijo Kataryna.

Se percató que había expresado sus pensamientos en voz alta cuando las palabras escaparon de sus labios.

_Los dueños han muerto, a los herederos no les interesa mantenerla, se mudaron a Varsovia_ contestó el conductor.

Kataryna lo observó sorprendida, era la primera vez que conversaba abiertamente con ella.

Pasaron por debajo del arco y se internaron en la calle principal ancha y perfectamente adoquinada. Pasaron ante un pequeño restaurante cerrado con un gran cartel algo oxidado en la parte delantera que rezaba: “Restaurante Skierniewice” en letras rojas deslucidas. Kataryna pensó que las desteñidas letras rojas se veían en cierta forma algo siniestras, como si de sangre escurrida se tratara.

A la derecha, observó a dos hombres que caminaba por la acera. El primero era pequeño y bastante rápido, de rostro ceñudo, y ojos inquietos. Sus rasgos eran afilados y fuertes. Sus manos también pequeñas y de brazos delgados pero fuertes. Poseedor de una nariz delgada y hasta se podía decir que algo huesuda.

 Detrás caminaba el segundo, su antítesis, un hombre enorme, con una luna llena por rostro, de ojos pequeños y pálidos. Hombros anchos y encorvados, que caminaba pesadamente, arrastrando los pies como un oso. Sus brazos colgaban a los costados laxos.

Más adelante, frente a un edificio rectangular pintado de celeste, decenas de niños salieron corriendo y se dispersaron a ambos lados de la calle. Llevaban en sus manos libros y cuadernos de apuntes. Dos de ellos se detuvieron justo frente a la puerta de entraba. Uno de ellos hacía girar una resortera en un patrón que Kataryna consideró bastante complicado. El otro sonreía en forma graciosa, que la hizo pensar en uno de aquellos payasos de circo que solía hacerla reír cuando era pequeña. El niño volvió a sonreír, pero al igual que aquellos payasos de circo, la sonrisa no llegó hasta sus ojos.

Se detuvieron diez minutos después, frente a una taberna muy concurrida, los lugareños los escrutaron con mirada de curiosidad.

_Nos quedan dos días de viaje hasta Varsovia_ dijo Kostchy_ mi trabajo termina allí.

Kataryna asintió mientras llevaba a la boca el último bocado de su almuerzo.

_Una vez en Varsovia, tendrán que abordar el tren hasta Bremen_ continuó el conductor.

Esta vez fue Igor quien asintió con un suspiro largo y profundo. Su largo viaje estaba lejos de culminar.

Cuando dejaron atrás el pueblo y los campos tomaron de nuevo su lugar, observaron un camino de tierra a la derecha que partía de la carretera principal. Junto al camino vieron a un agricultor que los contemplaba con detenimiento. Era un hombre anciano con el rostro lleno de hondas arrugas y con un abultado abrigo de lana.

Daryna le dirigió un saludo, pero el campesino no respondió, ni sonrió, ni frunció el ceño, parecía completamente indiferente. Solo se limitó a seguir observando. A Igor le recordó a un espantapájaros, de aquellos que plantaban en los campos para espantar a las aves que amenazaban con terminar con los cultivos.

El hombre anciano quedó atrás y Kataryna casi se alegró de ello, se había sentido juzgada e indeseada.

Más adelante, pasaron por una confluencia de caminos flanqueados por una multitud de olmos, que les hizo pensar que volverían a internarse en el bosque. Pero pronto,

los campos se impusieron de nuevo.

Al final de la tarde, la carretera se inclinó suavemente tras una curva cerrada y apareció a lo lejos las primeras casas del nuevo pueblo. Las ruedas de la tartana surcaron la calle de tierra del pequeño pueblo cuando la única farola se encendía. Al atravesar el claro de luz, la silueta de la tartana formó en el suelo, una sombra alargada y fantasmal. A lo lejos se oyó el graznido de una lechuza.

Kataryna se puso a pensar en que los recuerdos eran como aquel rastro que dejaba atrás la tartana sobre el suelo. Cuanto más se alejaba, más confusa e imprecisa se hacía hasta que finalmente no quedaba más que el suelo liso y un telón negro, la nada absoluta de donde todos habíamos aflorado. En cierto modo, los recuerdos eran como aquella calle, ahora era palpable y real. En cambio, la carretera que habían recorrido temprano en la mañana de aquel mismo día quedaba remoto en el abandono de la mente.

V

A las doce menos veinte de aquel día, dos de diciembre, la tartana se deslizó con lentitud por una de las calles más concurridas de Varsovia.

Kostchy los dejó frente a la estación del tren y se despidió de la familia con una sorpresiva sonrisa cargada de buenos deseos.

Kataryna tenía la cabeza confusa y algo inquieta. Los ojos enrojecidos y el cuello bastante rígido.

Igor llevaba las dos piernas pesadas y tensas como palos. Los músculos adoloridos y languidez en el estómago. Se sentía aturdido y agotado.

Por su parte, Daryna soportaba punzadas en la parte trasera de la cabeza y llevaba las mejillas extrañamente pálidas.

Un reducido grupo, que consistía en dos hombres de mediana edad y una mujer que aparentaba haber celebrado recientemente su primera centuria, los observaban con interés desde el otro lado de la calle.

 El primer hombre era delgado y alto. Los ojos azules parecían confiables y francos. Llevaba un abrigo largo y negro de piel de oveja que le llegaba hasta los tobillos.

 El segundo hombre algo más bajo, llevaba una gorra para protegerse la cabeza completamente calva.

 La anciana, cuyo rostro semejaba algún antiguo pergamino, llevaba la cabeza cubierta por una pañoleta con bellos diseños florales.

Ninguno de los tres miembros de la familia se había percatado de la atención que suscitaban en aquel insólito grupo. Seguían de pie en el mismo lugar en donde se habían apeado, incapaces de decidir cuál sería su siguiente movimiento.

Un niño de unos diez u once años se acercó a los dos hombres y a la mujer con paso rápido. Se puso de puntillas y le habló al hombre de los ojos confiables. Acto seguido, los cuatro se pusieron en movimiento acercándose a la familia. Cuando se hallaron solo a unos pasos, la mujer fue la primera en hablar.

_Disculpen la intromisión_ dijo en un perfecto ruso.

Kataryna e Igor giraron sobre sus talones al oír aquella seca y acartonada voz. Mientras que Daryna fijó su atención en el niño que le sonreía amistosamente.

Kataryna no pudo evitar fijar su atención en el rostro ajado y marchito de la mujer con inquieta fascinación. Al mismo tiempo, Igor observó al hombre de ojos confiables y francos extender una sonrisa que se le pareció demasiado ancha y distendida para ser provechosa.

_Los hemos visto bajar de la tartana, y pensamos enseguida que vienen de Ucrania_ dijo la mujer.

El cerebro de Igor que hasta completamente detenido desde que se había apeado de la tartana de improviso engarzó de nuevo y en sus ojos empezó a disiparse la expresión de aturdimiento inicial.

_Venimos a la estación todos los días, esperando por ucranianos que necesiten asistencia_ dijo el hombre de la gorra con una sonrisa que a Kataryna le pareció agradable.

_No necesitamos ayuda_ contestó Igor al mismo tiempo que levantaba sus pocas pertenencias del suelo e intentaba alejarse arrugando la nariz como si percibiera un mal olor.

_No nos mal interprete_ dijo la anciana adelantándose un paso_ no buscamos dinero, solo queremos ayudar. Hemos visto a muchas personas que intentan ir a Bremen o que desean quedarse aquí. Intentamos ayudarlos eso es todo.

_Le repito, no necesitamos ayuda_ espetó Igor en un tono algo ácido.

Daryna pareció alarmarse al oír a su padre, pero el niño se acercó a ella, rebuscó algo en el bolsillo de su abrigo para luego acercárselo a la niña. Se trataba de un bocadillo envuelto en un trozo de papel. Daryna, a quien a la vista del bocadillo se le hizo agua la boca, paseó su mirada entre su padre y su madre tratando de definir si era correcto aceptar el obsequio. Al ver que ambos progenitores se hallaban enfrascados en aquella extraña conversación con los extraños, decidió que estaba bien aceptar el bocadillo. La expresión de alarma desapareció sin más de sus ojos y tomó el obsequio con una sonrisa de agradecimiento. De inmediato le dio un gran mordisco.

_Necesitamos llegar a Bremen_ dijo Kataryna desatendiendo la mirada de cautela de su esposo.

_Podemos ayudarlos. El tren no sale hasta dentro de una semana. Necesitan donde dormir y donde comer_ dijo el hombre de los ojos confiables.

Acto seguido, Daryna hizo una declaración un tanto pueril, que hizo reír a todos menos a su desconfiado padre.

_ ¡Está delicioso! ¿Tienes otro más escondido en tu bolsillo?

_Puedes comer todo lo que gustes si nos acompañan_ dijo la anciana que se inclinó dificultosamente frente a la niña.

_Me llamo Misha_ dijo el de los ojos confiables_ y él es Sergey_ agregó señalando a su compañero.

_Yo soy Lena_ dijo la anciana con una sonrisa_ Solo nos interesa ayudar a nuestros compatriotas. ¿Cómo te llamas preciosa? _ preguntó dirigiéndose a la niña.

_Daryna_ contestó la niña mientras terminaba el último bocado del apetitoso obsequio.

_Soy Kataryna_ dijo la joven madre.

Todos posaron su mirada en el hombre de la familia, a quien no le quedó más remedio que responder.

_Soy Igor_ dijo con algo de desdén en la voz.

_Tenemos una pequeña fábrica de ollas aquí en Varsovia, contratamos ucranianos que desean quedarse a intentar suerte aquí, o los ayudamos a que lleguen a Bremen si desean tomar algún barco. Nos va bien y queremos retribuir en algo.

Una chispa de envidia envenenada saltó en la cabeza de Igor y ardió un fuego que se extendió enseguida en su corazón. Antes de los rojos jamás habría tenido que aceptar la caridad de nadie. Gracias a aquellos desgraciados, ahora se veía en la obligación de aceptar limosnas.

_ ¿De dónde vienen? _ preguntó la mujer dirigiéndose a Kataryna.

Antes de que la muchacha pudiera responder, Igor la hizo callar con un gesto de su mano.

_Venimos de Kiev_ respondió.

_Les ayudaremos a llegar a un hospedaje económico.

_ ¿No les representará algún problema? _ preguntó Karatyna.

 _ Ninguno. Pero si no tienen dinero para pagar, podemos conseguirles un trabajo temporal si deciden dirigirse a Bremen_ dijo el de la gorra.

_Podemos pagar el hospedaje_ contestó Igor.

_ ¿Piensan quedarse y probar suerte? _ preguntó la anciana.

_No, nos vamos a Bremen_ respondió Igor.

A medida que dejaban la estación, Igor siguió respondiendo a las preguntas de la anciana con escrupulosa concisión, no deseaba darle más información de la necesaria. Con parsimonia siguió adelante por la calle, mirando el escaparate de alguna barbería o examinando el género en alguna sastrería.

El niño que los acompañaba empezó a correr delante de ellos de tal modo que el aire frío le apartaba el flequillo de la frente. Daryna quiso imitarlo, pero su madre la detuvo de inmediato.

_El tren sale en una semana, va hasta Gdanks y allí deberán tomar otro que va hasta Bremen_ explicó el de los ojos confiables.

_Tenía entendido que el tren salía cada dos o tres días_ dijo Kataryna.

_Normalmente, pero la última locomotora de descarriló hace un par de días debido a las fuertes nevadas que han azotado esta parte del país_ dijo la anciana.

_Es una suerte que el clima haya decidido darnos un respiro_ agregó el hombre de la gorra.

Igor seguía inspeccionando tiendas y mirando escaparates obligando a todos a detenerse de tanto en tanto.

Quince minutos después el hombre alto se detuvo frente a un pequeño edificio de una planta que se asemejaba a una iglesia de pueblo. Kataryna pensó que solo le faltaba la cruz y el campanario.

Sergey, el hombre de la gorra sostuvo la puerta para que todos pasaran. Kataryna se mostró algo insegura, pero la calidez de la sonrisa apergaminada de la anciana le dio cierta confianza.

Dentro, en el letrero colgado sobre el mostrador de recepción se leía: “Dobro pozhalovat’, brat’ya”[1]

Convinieron un precio razonable con el dueño del hospedaje que se mostró encantado de poder ayudar a unos compatriotas.

Enseguida, los hombres y la anciana se despidieron de la familia, se alejaron con la promesa de regresar por la mañana para ver cómo se encontraban.

Kataryna y Daryna se apresuraron en ocupar las primeras camas que encontraron en la larga habitación que compartirían con las demás mujeres que se hospedaban en albergue, mientras que Igor recorrió parsimoniosamente el corredor hacia la habitación en donde dormían los hombres.

La cama que ocupaba Kataryna se hallaba cerca de una de las cuatro ventanas de la habitación. A aquellas horas del día no había nadie más, todas las mujeres se encontraban trabajando. Quiso abrir la ventana para que la estancia se aireara un poco. La ventana se deslizó hacia arriba con un chirrido de madera vieja y una lluvia de polvo ingresó en la habitación. Se apresuró a cerrarla de nuevo, lo mejor sería asearse y comer algo pensó.


[1] Bienvenido hermano, en ruso.

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