Historias Entrelazadas (Kataryna)

VI

No solo Kataryna y su familia abordaron el tren que se dirigía a Gdanks, más de veinte otros pasajeros también lo hicieron. La mayoría de ellos, con la esperanza de tomar un barco que los sacara de la convulsionada Europa y los trasportara hasta Sudamérica, considerada un paraíso para muchos que ya habían logrado su cometido.

El viaje no pareció representar mayor problema, les llevaría unas ocho o nueve horas llegar a Gdanks.

Karatyna sentía una fuerte e increíble sensación de libertad que hacía mucho tiempo no experimentaba. Estaba convencida que al fin volvían a ser seres humanos con decisión y voluntad propia. Pensó que aquella era la mejor sensación del mundo.

Desembarcaron sin contratiempos en Gdanks y de inmediato compraron los boletos hacia Bremen. El tren saldría en dos días, así que decidieron conocer un poco la ciudad. Caminaron por la calle Dluga, la vía Real, en donde los hombres de negocios marítimos ostentaban su dominio económico ornamentando con los mejores materiales y obras de arte sus propiedades. Elaborando de esta manera, una suerte de competencia tácita entre ellos. Kataryna admiró los bellos detalles en las paredes de las mansiones, las impresionantes puertas y las increíbles estatuas que adornaban la calle.

Se detuvieron frente a una torre de ochenta y dos metros de altura que contaba con cuarenta y cuatro campanas de color plata justo en el momento en que empezó a sonar el carrillón. Igor levantó la mirada admirado. Kataryna se echó a reír, mientras Daryna se llevaba las manos a los oídos en un intento por amortiguar el sonido que distaba mucho de ser desagradable. El centro de Gdanks siempre lucía aquella banda sonora de fondo, era algo así como una insignia distintiva, característica de la ciudad.

Cuando el espectáculo se detuvo, siguieron calle abajo descubriendo el escudo heráldico[1] de la ciudad, que ostentaba dos cruces teutónicas[2] y dos leones que miran en dirección a la Puerta Dorada, la entrada acostumbrada de los reyes.

Los caballeros teutónicos fueron los responsables de la construcción de la catedral, de muchos de los canales que circulan la ciudad, como así también de la muerte de muchos polacos.

Prosiguieron su paseo hasta la fuente de Neptuno, el símbolo de la ciudad. Gdanks le debía su prosperidad al agua, por ese motivo, Neptuno era el encargado de protegerla.

Detrás de la fuente hallaron la Corte de Artus construida en honor al personaje del Rey Arturo. Enfrente se hallaba una invaluable, pero a la vez casi velada joya, el primer termómetro y barómetro construido por Farenheit, quien a pesar de haber vivido casi toda su vida en Holanda había nacido en aquel puerto al norte de Polonia.

Terminaron el recorrido comiendo en una de las lecherías, restaurantes en pleno auge en donde se almorzaba comida polaca con poco dinero. Dieron buena cuenta de la sopa bigos[3] y los periogies[4]. Con el estómago lleno, regresaron al hotel de viajeros con las esperanzas renovadas a la espera de que la siguiente etapa de su aventura comenzara.

VII

Subieron al tren temprano bajo la mortecina luz del alba, mientras una niebla gris y helada se apoderaba de todo lo que se hallaba en su camino. El viento invernal barría las calles de la ciudad como si se tratara de un arado en medio del campo. El frío era intenso y amenazaba con agravarse.

 Se arrellanaron en sus asientos y la vieja madera crujió debajo de ellos. El viaje de dieciséis horas parecía largo, pero luego de todo por lo que habían pasado en los últimos meses, parecía ser un juego de niños.

Igor se mostró mucho más animado, su rostro presentaba mejor semblante, y su actitud era mucho más desenvuelta a la vez que determinada. Kataryna estuvo a punto de apostar de que parecía verse contesto. Al fin de cuentas, si no llegaban a tomar el barco para Sudamérica, quedarse en Bremen era desde ya una gran perspectiva.  Pero fue una suerte para ella que no lo hiciera, porque de seguro hubiese perdido aquella apuesta, ya que la mente y el alma de Igor eran un gran enigma que nunca nadie podría resolver.

Daryna se hallaba sentada junto a su madre, del lado izquierdo del vagón, mientras que su padre se ocupaba en el lado derecho.

Alguien subió al vagón, y se dispuso a observar detenidamente, como si tratara de determinar en donde sentarse. Kataryna lo saludó apenas hicieron contacto visual. El barrigudo hombre al que el cabello sucio le colgaba sobre las orejas la observó al pasar, pero no le devolvió el saludo. Kataryna se encogió de hombros, pero no intentó tomar la actitud del hombre en forma personal, aunque la mayoría de las veces, era más fácil decirlo que hacerlo.

 Poco después, le siguieron un par de mujeres y un niño de brazos. La primera de ellas era delgada y esbelta, se apartó la pañoleta que cubría su cabeza descubriendo ensortijados cabellos cobrizos. Kataryna pensó de inmediato que se parecía a alguna actriz o cantante de ópera. La segunda, la que cargaba al niño en brazos era algo regordeta y tenía el rostro tan expresivo como la luna llena en una espléndida noche de verano. Ambas mujeres se sentaron un par de bancos delante de Kataryna.

Los pasajeros subían deprisa y tomaban inmediata posesión de los asientos que los acompañarían por el resto del día.

Una mujer de pequeños ojos azules y cuerpo rollizo subió al vagón seguida de su esposo un hombre alto, flaco y desgarbado que llevaba un abrigo de lana. Un cigarrillo le colgaba de la comisura de sus labios. Llevaba unas graciosas gafas sin montura, con aros de acero. Su arrugada cara, típica de los habitantes del norte de Ucrania, se iluminó con la luz de la lámpara que colgaba de una de las paredes del vagón. Ambos saludaron antes de acomodarse en sus asientos. Kataryna pensó que era la pareja más extraña que había visto en su vida.

La locomotora se puso en marcha mientras el viento aullaba afuera. Todos los pasajeros se veían animados, entusiasmados y alegres. Las primeras conversaciones parecían solo lejanos murmullos al principio, para convertirse en un ruidoso alboroto poco después. Afuera, el viento pareció lanzar un agudo grito como queriendo acoplase a la algarabía de los pasajeros.

Kataryna intranquila, levantó la cabeza, y miró a través del vidrio de la ventana, que se empañó de inmediato debido a su aliento. Limpió el cristal con la manga de su abrigo y se detuvo a observar ensimismada. Pasaron junto a hileras de casitas durante unos minutos, para luego avanzar a través de un estrecho espacio en medio del bosque que durante el verano moldearía un hermoso sombreado de árboles, pero que ahora se hallaban completamente desnudos. Minutos después, se vio rodeada de amplios pero yermos campos grises.

La bulla ensordecedora desapareció y dirigió su atención a un grupo de pasajeros que contaban anécdotas divertidas, otras interesantes, otras intrigantes sobre Sudamérica.

_Mi hermana dice que en esas tierras todo crece sin mucho trabajo. “Cae un grano de maíz o de trigo y en un nos días tienes una planta”, escribió en una de sus cartas_ dijo la rechoncha mujer que cargaba en brazos al niño.

_Eso es ridículo_ dijo el hombre larguirucho con voz áspera y escabrosa_ toda semilla necesita de cuidados_ agregó.

_Dicen que la gente puede comer carne todos los días_ agregó la mujer pelirroja. Los pasajeros observaban con los ojos abiertos como platos, mientras se oían susurros de incredulidad.

El hombre larguirucho echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada ronca_ Esas son sandeces_ espetó.

Al igual que la voz, la risa era áspera y escabrosa que Kataryna asoció de inmediato al vodka y al cigarrillo, ya que le recordaba mucho a su esposo.

_ ¡Todo lo que decimos es verdad! _ exclamó la mujer que cargaba al niño con un dejo de indignación en la voz.

_ Es cierto lo que dicen_ interrumpió el hombre de los sucios cabellos, mientras levantaba una mano e intentaba acicalarse la rebelde cabellera con gestos toscos. _ Mi cuñada escribió diciendo que el clima es benigno, que el frío en Sudamérica se parece a nuestros veranos. Los niños crecen sanos y felices.

Kataryna volvió su mirada de nuevo a la ventana y observó que la lluvia caía mansa sobre una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías gemía el viento.

_Mi prima escribió diciendo que cuando llegó a Argentina, vio a una familia que vivía debajo de un viejo vagón de tren. Estaban preparando carne asada en una improvisada parrilla. Mi prima no podía dar crédito a lo que veía, “¡Tanta carne junta!” Había escrito en una de sus cartas.

_Los lugareños no se inmutaban en juntar los granos de trigo desperdigados, mientras su mi prima juntaba todo lo que veía desperdigado en el suelo_ fue el cometario de un hombre de ojos enormes, oscuros y relucientes.

El hombre entrelazó los dedos y dobló las manos para hacer crujir los nudillos en gesto nervioso.

_Todos sus estúpidos comentarios no sirven de nada_ dijo Igor con tono de desprecio en la voz, para luego lanzar una ronca carcajada_ Piensan que Sudamérica es el paraíso, pero no existe paraíso alguno más que Ucrania.

Igor pronunció aquellas palabras en un tono inflexible, insolente e intolerante tan característico de él y que tanto irritaba a Kataryna, quien bajó la cabeza avergonzada. De inmediato, la mirada de Igor regresó a su habitual mirada de mezquindad y soberbia.

Muchos de los pasajeros prorrumpieron en exclamaciones de protestas que se fueron apagando lentamente hasta quedar en silencio, algunos molestos, otros sorprendidos por las palabras de aquel desagradable hombre.

El hombre de los enormes ojos tenía una extraña expresividad en su mirada y no dejaba de apretarse los nudillos hasta dejarlos blancos como si se sintiera ofendido por las palabras de Igor. Enseguida, levantó el mentón en un intento por desentumecerse los músculos del cuello y a continuación se pasó la mano por él produciendo un sonido áspero.

Kataryna prefirió concentrarse en el exterior. Observó un maltrecho camino de tierra que se extendía en forma perpendicular a la línea del ferrocarril y se internaba en un pequeño bosque oscuro en donde los árboles parecían inclinarse como si se saludaran unos a otros. La lluvia empezó a caer densa y persistente poco después. Caía a raudales y sobre el horizonte oeste se veían relámpagos que brillaban con destellos apagados, mientras el viento arreciaba con fuerza.

La lluvia amainó poco después de las diez de la mañana. Pero después del mediodía la nieve tomó su lugar. Sin embargo, el viento no había hecho más que empeorar.

Igor había estado de un humor inestable y desagradable durante todo el día, por lo que Kataryna lo evitó todo el tiempo.

El tren inició un suave descenso por una curva de poca pendiente, mientras la nieve se desparramaba por las llanuras circundantes y en las bases de las lejanas colinas. La nieve era barrida a ambos lados en dirección a un torbellino extrañamente negro, al mismo tiempo que las ventanas se batían con fuerza. El tren avanzaba con tal lentitud que se podía oír el tosco sonido de la maleza seca y helada al chocar con los bajos del vagón.

Kataryna sintió que el temor se adueñaba de ella, haciendo que su corazón se tornara de repente más pesado, oscilante y precipitado. Odiaba el efecto que la tormenta ejercían sobre ella.

La ventana traqueteaba con más fuerza, amenazante. Los pálidos rostros de los pasajeros se veían tensos y vigilantes, mientras la locomotora proseguía su penoso avance a causa de la tormenta y la nieve.

Los árboles contraídos, retorcidos y marchitos parecían acercarse más y más al vagón, como fantasmagóricas figuras de una obra de terror.

Se sintió de pronto una fuerte sacudida y el agravado crujir que anunciaba la fractura total de la madera. Kataryna dio un respingo al recibir el fuerte bandazo. El vagón se inclinó hacia la derecha. Las ventanas trepidaron con más fuerza, una de ellas se hizo añicos, lanzando una nube de fragmentos afilados y el viento ingresó por el vagón con estrépito. Hizo crujir los bancos de madera y esparció decenas de hojas de periódico por todo el vagón, mientras alguien lanzaba un chillido, un sonido largo y agudo que sobresaltó a todos. La locomotora terminó por detenerse con un agudo chirrido de frenos.

Daryna inhaló el aire helado que ingresaba a través de la ventana rota, le congeló la garganta y la hizo toser. Kataryna trató de cubrirla con su cuerpo.

El hombre de los cabellos sucios retrocedió a rastras hasta la parte trasera del vagón prorrumpiendo en alaridos desesperados. Tambaleante, chocó con la puerta y cayó al suelo mientras seguía gritando.

Igor se puso de pie como por efecto de una descarga eléctrica y se abalanzó en dirección al hombre que profería alaridos desgarradores. Por alguna extraña razón incomprensible, todos los demás pasajeros permanecieron petrificados por unos segundos en consternado silencio, contemplando con horrorizada fascinación.  

Igor se detuvo a medio camino del pasillo, la ráfaga que ingresaba por la ventana le alborotó el cabello. Profundas líneas atravesaban su frente y las comisuras de su boca al observar atónito que uno de los ojos del hombre que yacía en el suelo sangraba profusamente. Retrocedió un paso, su labio superior subía y bajaba con rapidez en un gruñido inconsciente. Reanudó sus pasos apresurado y se arrodilló junto al hombre intentando determinar que le había ocurrido. Era la primera vez en mucho tiempo que Igor parecía pisar tierra y mostrarse preocupado por alguien más que no sea él mismo. Examinó al herido que no dejaba de gritar mientras la sangre manchaba sus mechones lacios en finos ribetes.

Daryna lloraba presa de incontenibles sollozos, mientras se aferraba al borde del banco.

 La mujer regordeta pareció contagiarse de la desesperación de la niña y gruesas lágrimas le rodaron por las rechonchas mejillas.

 Kataryna permaneció sentada, contemplando con espanto aquel inimaginable espectáculo, sosteniendo los hombros de su hija, paralizada, atenazada por dentro. La escena le recordó por alguna extraña razón a una obra trágica, de aquellas que su padre solía leerle cuando ella era niña.

_ ¡Que alguien me ayude! _ gritó Igor a los aterrorizados testigos_ ¡necesito algo para detener la hemorragia!

En aquel momento, se desató el caos y el pandemonio más absolutos. La gente empezó a correr de un lado a otro, gritando, llorando. Pareció como si una chispa de electricidad saltara alrededor de las cabezas de los espectadores poniendo a todos los cabellos de punta.

 Daryna se puso a temblar, dominada por una terrible sensación de miedo y angustia. Kataryna intentó calmarla, temía que aquellos hechos terribles quedarían marcados en ella para siempre.

No hubo mucho que Igor pusiera hacer por el hombre, los chillidos agudos fueron bajando de tono, hasta que solo emitió ahogados quejidos. Pronto, cesaron por completo. Igor pudo entonces comprobar que un fragmento de vidrio roto había cercenado el ojo del hombre llegando probablemente hasta alguna parte del cerebro. El horrendo espectáculo no duró más de cinco minutos, pero para los horrorizados espectadores supuso una eternidad.

Bajo la mortecina luz roja de las bombillas de emergencia instaladas en las esquinas del vagón, Kataryna vio que una figura oscura se agitaba y rompía los cristales de la puerta. La figura salió despedida a través de ella, aterrizó sobre la nieve con un golpe sordo, rodó sobre sí mismo. Kataryna pudo comprobar que se trataba del hombre larguirucho. Poco después, el maquinista y el fogonero ingresaron al vagón y retiraron el cadáver ayudados por Igor.

La pesada nieve se convirtió en aguanieve, ya al atardecer, cuando la noche se acercaba. Había caído desgarrando las ramas de los árboles con un sonido crepitante como de disparos de madera seca.

Igor parecía turbado y confundido cuando regresó a su asiento sacudiéndose la nieve, haciendo que una cascada de polvo rojo y fino brillara por un momento en la oscuridad bajo las bombillas de emergencia.

Los pasajeros se mantuvieron arremolinados en el fondo del vagón intentando mantener el calor hasta que alguien viniera a rescatarlos. Las luces de las bombillas de emergencia se reflejaban afuera accidentalmente, sobre la nieve helada y a través de la ventana destrozada.

Cuando al fin los rescataron, la aguanieve se había helado formando sólidas figuras de singulares formas.

 Las nubes fueron abriéndose. Entre las que quedaban todavía en el cielo se filtraban los rayos fríos y azulados de la luna llena cuando reemprendieron la marcha.

 La turbación de Igor se alargó por algún tiempo, y terminó trasportándolo a un estado de enfrascamiento todavía más profundo.

Debajo de la luz tenue cuando la oscuridad del amanecer empezó a decolorarse, Kataryna observó los bodes de una casa y una alameda por un camino de grava lisa que circulaba una plantación. La casa se erguía al resguardo de ancestrales y venerables abetos. Contra la lastimera luz anaranjada del alba, la casa parecía salida de un cuento de hadas.

El tren se detuvo en la estación de Bremen poco después. Cuando desembarcaron, los primeros rayos del sol reptaban por entre las chimeneas de los edificios que se alzaban delante de ellos. La calle principal cubierta por una capa de hielo brillaba como la superficie de un metal.


[1] Heráldica: es la ciencia del blasón. Y como blasón se entiende el arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje de cada ciudad o cada persona.

[2] Teutónico: relativo a una orden militar o religiosa creada por peregrinos alemanes en el siglo XII, o a los caballeros de esta.

[3] Bigos: especie de chucrut o col fermentada ácida con trozos de carne y salchicha.

[4] Periogies: Pasta parecida a los varenyky en su versión polaca.

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