CASA 110 (fragmento)

III

La casa 110 estaba repleta de policías, forenses y personal de la empresa. Laura y Alejandro observaban desde cierta distancia, mientras levantaban el piso y retiraban el cadáver de debajo de la casa. La psicóloga sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, cruzó los brazos sobre el pecho tratando de protegerse. Alejandro puso su mano izquierda sobre el hombro de Laura procurando darle apoyo. Laura levantó los ojos y le dedicó una leve sonrisa, pero tenía una mirada algo seria y preocupada. No tenía idea de lo que sucedería luego de que retiraran el cadáver. Quería creer que al sepultar el cadáver terminarían las apariciones y los sueños, pero no estaba segura de ello. Por otra parte, esperaba que la historia que inventaron de cómo habían encontrado el cuerpo fuera lo bastante creíble para que no los metiera en problemas. Después de todo, el cuerpo tenía varias décadas bajo el piso de la casa como para que les causara dificultades

Dos hombres vestidos con mamelucos azules y cascos blancos tomaron infinidad de fotografías y luego levantaron el bulto envuelto con la sábana con mucho cuidado. Había pasado tanto tiempo que era difícil pensar que podrían encontrar rastros de ADN o pistas que llevaran al culpable de aquel asesinato, pero los peritos no escatimaron esfuerzos. Recolectaron todo lo que creyeron que les podía ser de utilidad.

_Señora Brown, señor Quesada_ dijo el policía encargado sacando a Laura de su ensimismamiento _necesitamos que se apersonen a la comisaría a declarar. A pedido expreso de la gerencia de la empresa, algunos especialistas de la DIRINCRI[1] están llegando desde Lima y quieren hacerles algunas preguntas.

_Desde luego, allí estaremos_ contestó Alejandro.

Cuando el agente os dejó solos, Alejandro le recomendó a Laura no decir mucho, le pidió que dejara todo en sus manos.

Ambos salieron de la casa y enfilaron en silencio el camino hacia el lugar en donde se encontraba estacionado el Toyota de Alejandro. El abogado abrió la puerta para Laura. Ella se lo agradeció con una sonrisa, se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta. Quesada rodeó el vehículo, abrió la puerta del piloto y antes de ingresar al carro echó una ojeada a la casa 110 y al ajetreado grupo de investigadores que se arremolinada en ella. Suspiró pesadamente y subió al vehículo cerrando la puerta. Encendió el motor y puso en marcha el vehículo. Cruzaron el puente en silencio y el vehículo se dirigió al cruce Tarma.  Alejandro no había dicho una sola palabra desde que subiera al carro y Laura estaba preocupada. Lo miró de soslayo y pudo ver que tenía el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, estaba concentrado en sus pensamientos. Quiso decirle tantas cosas, pero prefirió guardar silencio. Recorrieron el serpenteante camino rumbo a la comisaría en donde les tomarían sus declaraciones. La tarde estaba cayendo y el sol se ocultaba lentamente por detrás de la montaña, en pocos minutos llegaría la noche y la temperatura descendería.

_No quiero que hagas esto_ dijo ella después de mucha deliberación.

Alejandro la miró a los ojos por unos segundos y luego volvió su mirada a la carretera.

_Ya hablamos de eso_ contestó él.

_La verdad no lo hemos hablado, fuiste tu quien lo decidió_ dijo ella suspirando incómoda. _ No quiero que hagas esto_ volvió a repetir.

Se acercaban a la comisaría y no era momento para ponerse a discutir. Alejandro estacionó su vehículo a solo dos cuadras y fijó su atención en la psicóloga.

_Laura, hasta ahora te he apoyado en todo_ empezó diciendo y ella lo interrumpió.

_Es por eso por lo que no puedo pedirte que hagas esto_ dijo con ademanes nerviosos.

Alejandro frunció los labios y levantó una mano indicándole que dejara de hablar.

_Déjame terminar_ le pidió.

Laura trató de protestar, pero se percató por la mirada del abogado que sería mejor guardar silencio.

_Hasta ahora he hecho todo lo que estuvo a mi alcance para ayudarte, incluso te he dejado bajar a aquel sótano cuando no he estado de acuerdo con ello. Ahora te pido que confíes en mi y nos ciñamos a lo que hablamos. _ dijo y dejó escapar un suspiro nervioso.

Laura no estaba muy convencida al respecto, pero él tenía razón, Alejandro era el abogado después de todo y tenía que confiar en él. Se mordió el labio inferior nerviosa, preocupada y confusa, pero asintió poco después.

_Haré lo que creas mejor_ contestó.

_Perfecto, entonces déjame hablar a mí.

Ella asintió en silencio y Alejandro volvió a poner el vehículo en marcha. Se estacionó poco después, frente a la comisaría y ambos se apearon en silencio. Laura levantó la mirada y observó el disco perfecto de la luna, plateada y brillante, le recordó la luna llena de aquel sueño en donde se le fue revelado el macabro homicidio de Linda. Suspiró inquieta mientras Alejandro sostenía la puerta para que ella ingresara.

 Los recibió una mujer baja y algo subida de peso. Tenía los ojos pequeños y muy juntos, lo que le daban una expresión algo cómica. Un cartel detrás de la recepcionista rezaba “DENUNCIA EL MALTRATO ANIMAL” junto con la imagen de un hombre que acariciaba a su perro. Laura pensó que el cartel era irónico ya que Linda había sufrido maltrato físico durante años y los responsables de denunciar lo ocurrido fueron cómplices del maltrato y probablemente de su homicidio.

_El comandante les espera en su oficina_ dijo la mujer señalando una puerta algo maltrecha a su derecha.

Ambos asintieron y se dirigieron al lugar indicado. Tocaron a la puerta y una voz grave y gruesa les pidió que pasaran. Alejandro abrió la puerta y Laura ingresó primero. El abogado hizo lo propio y cerró la puerta a sus espaldas. El hombre que se encontraba en la oficina se percató de inmediato de la cojera de Laura.

_Señorita Brown, señor Quesada, soy el comandante Julio Gutiérrez, tomen asiento por favor _ dijo el hombre sentado detrás de un escritorio algo despintado y sucio, que parecía haber salido de alguna venta de garaje.

El hombre de unos cincuenta años, de pelo corto y canoso, era poseedor de una amplia y prominente nariz, unos ojos negros muy expresivos y un inusual bigote a lo Hulk Hogan.

La pareja se sentó frente al comandante en un sillón verde olivo, algo viejo pero confortable, Alejandro pensó que, el uniforme del policía se arecía bastante al tapis del mueble. Detrás del escritorio de Gutiérrez había solo tres objetos, dos banderas y una fotografía. A su derecha, la bandera roja y blanca del Perú, a su izquierda, la bandera verde olivo de la Policía Nacional del Perú. La fotografía del presidente de turno con la banda presidencial, sonreía detrás de Gutiérrez.

_Quería tomarles su declaración_ dijo el policía.

_Estamos a sus órdenes_ contestó Alejandro.

_Necesito que vuelva a explicarme como fue que encontraron ese cadáver_ dijo el hombre al tiempo que se inclinaba y cruzaba sus manos sobre su escritorio, paseando la mirada entre la pareja que se hallaba frente a él.

_Como le expliqué más temprano a sus agentes, la amiga de la señorita Brown vivió en esa casa hasta hace unos meses atrás. Ella falleció y nos encargamos de enviarle a su familia sus pertenencias. Esta mañana salí a pasear a mi perro, pasé frente a la casa y me percaté de que había una fuga de agua.

_Déjeme aclarar este punto_ dijo el comandante con un ademan de su mano. _ ¿Cómo es que supo que había una fuga?

_Pues, mi perro Andy, corrió hasta la casa, obligándome a dejar la calle y bajar las gradas en su búsqueda. Estaba escarbando muy cerca a la casa. Me acerqué a la ventana y se me ocurrió mirar dentro. Fue allí donde vi que el piso estaba húmedo. Fui por la llave a mi casa y en ese momento Laura me vio, me preguntó a donde iba y le expliqué lo de la fuga.

Alejandro se había encargado de aflojar uno de los tubos de agua para que no quedaran dudas de la supuesta fuga. Sin embargo, se aseguró de que el agua no causara daños en la escena del crimen.

_ ¿Por qué no llamaron a mantenimiento? ¿Por qué entraron ustedes a la casa? ¿Por qué tenía usted la llave? _ profirió en preguntas el policía.

_Es domingo, mantenimiento no trabaja los domingos. Pensé que si lo dejábamos hasta el lunes la humedad terminaría destrozando la madera y con respecto a la llave, la tomé prestada hace algún tiempo y olvidé devolverla.

_Así que no encontró mejor idea que levantar el piso del comedor_ dijo el policía enarcando las cejas incrédulo.

Laura estaba en silencio oyendo atenta las explicaciones que Alejandro le daba al policía, quien se mostraba poco convencido. Gutiérrez dirigía su mirada una vez al abogado otra a la psicóloga.

_Tenía que hacerlo, usted sabe que la empresa cuenta con poco personal y soy responsable de varias áreas_ explicó Alejandro.

_Y la señorita Brown lo ayudó_ dijo entrecerrando los ojos no muy convencido.

_Ella estuvo conmigo cuando levanté el piso, pero no me ayudó a hacerlo.

_ ¿Cómo se hizo esos raspones en la cara, y a que se debe la pronunciada cojera de su pierna izquierda, señorita Brown? _ preguntó el policía con ojos escrutadores.

El corazón de la psicóloga se aceleró, sintió que el rubor se le subía al rostro. Trató de tranquilizarse y de responder con naturalidad.

_ Tropecé con las gradas y caí al piso_ respondió ella de inmediato sin pensar mucho en lo que decía.

_ ¿Sucedió en la casa 110? _ preguntó Gutiérrez.

_No, fue en mi casa_ contestó ella.

El policía asintió, se llevó la mano a la barbilla y se la rascó, sopesando las respuestas de Laura.

_Les voy a ser totalmente sincero_ dijo el policía con una expresión que a Alejandro le pareció un tanto arrogante y a la vez condescendiente_ no creo que las cosas hayan sucedido como me las están contando. Pero tampoco tengo motivos para pensar que ustedes están involucrados en algo ilegal. No sé como supieron de la existencia de ese cadáver, pero estoy convencido de que sabían muy bien lo que estaban buscando. _ dijo mirando a Alejandro a los ojos.

El abogado sostuvo firmemente la mirada del policía mientras respondía.

_Entonces, ya no nos necesita.

El policía lo pensó por unos segundos antes de responder.

_No, ya no los necesito, al menos por el momento. Imagino que querrán saber si averiguamos algo sobre el cadáver.

_Nos gustaría mucho_ contestó Laura.

_Muy bien, estaremos en contacto_ agregó Gutiérrez.

_Muchas gracias_ contestó Alejandro mientras se ponía de pie y le tendía la mano a Laura.

Mientras se la tomaba, Laura agradeció con un suspiro que la entrevista haya sido respetuosa y de bajo perfil.

IV

Laura Brown no podía dormir, estaba sentada en penumbras frente a la chimenea de la sala con una copa de vino entre las manos. Solo las llamas de la madera crepitante iluminaban su rostro. Rememoraba todos los detalles en su mente, habían sido demasiadas emociones juntas. Serpentear bajo el piso de una casa, encontrar un cadáver, estar a punto de morir asfixiada y ser rescatada justo a tiempo, y como si eso fuera poco, ser requerida por la policía todo en un mismo día. Era mucho con lo cual lidiar.

Acercó la copa a sus labios y sorbió un largo trago, que le hizo arder la garganta y calentó su estómago. Cerró los ojos y suspiró. Cuando los abrió de nuevo, no pudo evitar dirigir la mirada en dirección a la casa de Alejandro. Las luces estaban apagadas, pensó que el abogado dormía, y de nuevo la culpa la arrasó como cuando un sunami arrasa todo a su paso. No podía seguir involucrando a Alejandro, no era justo. Pero era egoísta, lo quería cerca, lo necesitaba y no solo por el apoyo moral que le daba sino porque no podía siquiera imaginarse la vida sin él. Se sentía confundida, preocupada y estresada con todo lo que estaba viviendo. Pensó que cuando encontrara el cadáver se sentiría mejor, que podría probar que no se estaba volviendo loca, pero ahora, con el cadáver fuera de la casa y con las investigaciones de la policía, la situación para ella no había cambiado. Tal vez, cuando la policía tenga respuestas y entierre el cadáver las cosas mejoren se dijo a si misma, pero no estaba muy convencida.

 Dejó la copa sobre la mesa y se levantó del sillón que ocupaba. Un leve mareo hizo que perdiera un poco el equilibrio, tuvo que sostenerse de la chimenea para no caer. Creyó que se había puesto de pie muy deprisa y que su cuerpo no asimiló de inmediato el cambio de posición. Sintió el calor de las llamas sobre su rostro y se quedó oyendo el crepitar por unos segundos hasta que se recobró.

Le dio la espalda a la chimenea y se dirigió con pasos lentos a su habitación. Se desvistió, y se enfundó en su pijama favorito. Destendió la cama y se introdujo en ella. Se cubrió con la manta y dirigió su mirada al techo. La luz de uno de los alumbrados de la calle ingresaba a través de la ventana formando cientos de ondas en el cielo raso, que se esparcían en círculos concéntricos, como si fuera un lago al que se le acababa de arrojar una piedra. Suspiró y se puso de costillas acurrucándose sobre su cuerpo.

“Estás enamorada y no lo quieres aceptar” oyó de nuevo en su mente, con una voz que no le pertenecía, con la voz de alguien más. Una voz que creía era la de Linda. Se sentía confundida, Alejandro le gustaba, y mucho, le encantaba que él estuviera cerca, y creía que ella no le era indiferente. Recordó que Alejandro había intentado en varias ocasiones hablar de ello, pero no se lo había permitido. La eterna excusa de no estar interesada en una relación, la mantenía alejada y creía que era lo mejor. Suspiró cansinamente y volvió a ponerse de espaldas.

 El rostro de Richard, su exesposo le llenó la mente. A veces, aún lo extrañaba, aún lo recordaba. Cuando se casó con él, creyó estar enamorada y tal vez lo estuviera, pensó que el sentimiento era recíproco, pero el matrimonio no fue lo que esperaba. Se respetaban, siempre lo hicieron, pero no se comprendían, las discusiones eran constantes y fuertes. Nunca se ponían de acuerdo y llegó a pensar que no tenían nada en común más que el gusto por los libros. Sintió alivio cuando se separaron, pero no pasaba más de una semana sin que se hablaran. A veces, era él quien la llamaba, otras, era ella quien lo hacía. Eso no había cambiado después de tantos años separados y después de las parejas que habían tenido. Nada serio desde luego, era una especie de pacto no hablado, podían tener relaciones con las personas que quisieran con tal de que no fueran serias. A veces pensaba que tarde o temprano volverían a intentarlo, pero desechaba aquella idea de inmediato.

 Sacudió esos recuerdos de su mente. Se sentó en la cama, bajó los pies al suelo despacio, con precaución, se quedó de pie al lado de la cama por un momento, y luego se dirigió cojeando al cuarto de baño. Su pierna izquierda se sentía tensa de cierta forma y sus pulmones aún le dolían. Encendió la luz y se miró al espejo, las magulladuras en la mejilla estaban rojas y tenía los ojos cansados e inflamados. Ocupó el retrete y luego regresó a su cama. Trataría de conciliar el sueño, o de lo contrario no podría ir a trabajar al día siguiente.


[1] División de investigación criminalística.

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