HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

Bremen, Alemania, diciembre de 1933.

I

Kataryna y su familia enfilaron una senda estrecha de un solo carril que se cubría con rapidez de nieve en un pequeño bosque en las afueras de Bremen. Montados en un par de corceles de patas gruesas y peludas, marchaban con lentitud, y de vez en cuando, blancos cúmulos caían de las ramas que se extendían por encima de sus cabezas.

Suspiró decepcionada y algo desanimada. Aún no podía aceptar por completo que su plan de llegar a Sudamérica se había visto abruptamente interrumpido al momento de presentarse en el puerto y pretender adquirir los boletos para abordar uno de los barcos que zarparía en pocos días.

Todo el dinero con el que contaba, todo el sacrificio que le llevó ahorrarlo no había servido de nada. Ni el Karbovanets ucraniano, ni el Rublo soviético era aceptado en Alemania. El maldito fajo de billetes que había cargado durante tanto tiempo en su alforja no servía siquiera para encender una hoguera.

Quiso gritar de desesperación y frustración en aquel momento. Su rostro se transformó en una mezcla de desamparo y angustia tal, que el empleado de la boletería se apiadó de ellos y les convino a que se presentaran en un hotel para que le dieran hospedaje por un par de días.

_Dígale a la mujer de la recepción que Maximilian los envía_ dijo el hombre de cabellos tan rubios que casi parecían blancos.

El estrecho camino por donde cabalgaban se hallaba cubierto de arbustos secos, sus ramas desnudas llevaban encima una fina capa de hielo. Se bifurcaba bordeando un elevado muro de piedra gris, que se hundía en más matorrales secos que alcanzaba hasta la altura de la cintura.

Kataryna pensó que aquel debía ser el lugar en donde pasaría el resto del invierno y tal vez parte de la primavera.  Volvió a suspirar y el vaho de su aliento se extendió frente a su rostro. Hacía frío, y si lo pensaba con más calma, necesitaba un lugar caliente y seco en donde pasar el resto del invierno. Por un momento, la razón se impuso a sus deseos. Debía reconocer que había sido una suerte encontrarse con gente que les tendió la mano en momentos de desamparo y necesidad.

Aún no olvidaba la primera impresión que le había causado la mujer que los recibió en el hotel al que Maximilian los había enviado. Se hallaba sentada detrás del mostrador de recepción, leía un periódico, tenía la frente ceñuda, con el rostro rojo y no levantó la vista cuando Igor le habló.

_Maximilian no deja de enviarme gente_ se quejó sin levantar la vista y con tonillo que Kataryna había calificado de desprecio en la voz, pero en un perfecto ruso_ cree que soy la caridad.

La mujer de escrúpulos inalterables y de rostro que asemejaba un puño apretado, se dignó a lanzarles una mirada de desdén, para luego volver a prestar atención al periódico que tenía entre las manos.

Kataryna dirigió su mirada a su esposo con visible desaliento, este le devolvió otra igual, pero no se movieron, no sabían que hacer o a donde ir.

El puño apretado del rostro de la mujer se cerró aún más al ver que Kataryna e Igor no se movían. Consultó el reloj que se hallaba colgado en la pared detrás de ella con gesto elocuente y se puso de pie con intención de irse. Pero se detuvo por completo, profundamente sorprendida ante la inesperada presencia de Daryna quien se sostenía de la cintura de su madre y sollozaba quedamente.

Su frente ceñuda desapareció, el rostro cerrado como puño se ablandó de inmediato y se mostró apenada. No tardó mucho rato en darles de comer y preparar una habitación para que descansaran.

 Erika era su nombre y una vez que Kataryna entabló conversación con ella, notó de inmediato que se había hecho una idea equivocada sobre su persona.

_Tengo una cabaña en las afueras de la ciudad_ dijo la mujer_ pertenecía a mi abuelo. Está abandonada y necesita arreglos. Dejaré que se queden en ella con la condición de que le den mantenimiento hasta que pase el invierno y usted consiga trabajo_ agregó mirando a Igor.

Kataryna sacudió la cabeza y regresó a la realidad cuando una brisa helada la golpeó en el rostro.

 Detrás del muro se hallaban parcialmente ocultos altos y antiguos abetos que debían de haber sido sembrados mucho antes de que la cabaña fuera construida. Las raíces ya habían comenzado a abrirse paso hacia los cimientos de la muralla.

 No había ningún portón o algo parecido que impidiera el paso dentro de la propiedad. La franja de nieve blanca se extendía entre los árboles y se vía lo justo para orientarse por la estrecha carretera que descendía, torcía a la izquierda y volvía a descender y luego terminaba a encausándose.

Las ramas de los árboles en aquel punto parecían agolparse sobre la carretera como invitados a una gran fiesta. Los caballos parecían figuras oscuras recortadas sobre el manto blanco que avanzan a través de ella.

La cabaña se levantaba cerca de un arroyuelo que se hallaba congelado. El césped que casi había desaparecido se encontraba completamente desgreñado, descuidado y se veían hoyos en la línea de abetos que danzaban como fantasmas impulsados por el viento a ambos lados de la cabaña. El perfil del tejado presentaba un aspecto singularmente asimétrico. Igor intentó por un momento descubrir el motivo. Una chimenea se levantaba en el extremo sur, debía haber existido otra en el lado norte pero no había ninguna. Al abuelo se le habría ocurrido eliminarla en algún momento, pensó. Pero había sido una mala idea estéticamente hablando.

La construcción de piedra era extravagantemente grande para haber servido como cabaña de caza. Desmontaron y se acercaron a la puerta con cierto recelo, pero a la vez con intensa curiosidad. La puerta, que alguna vez habría sido de un extraño color rojizo, ahora se veía deslustrado y desvaído, estaba rodeada de una gruesa cadena de cuyos extremos colgaba un viejo y oxidado candado.

Igor extrajo la llave de su abrigo y la abrió. Empujó la puerta y en un principio graznó, pero no se movió. Lo intentó de nuevo y esta vez, se abrió con un chirrido de goznes viejos. Una capa fina de polvo cayó a su alrededor. Un manto tejido de tela araña quedó colgando de la puerta.

Entraron despacio, observando todo a su alrededor. La cabaña apestaba a humedad, madera vieja y telas mohosas. Había polvo y tela de araña por doquier. Los muebles estaban cubiertos por un forro que alguna vez debió de haber sido blanco, pero que ahora presentaba un deslucido tono amarillento. La escasa luz que ingresaba por alguna que otra rendija que las oscuras cortinas que colgaban de las ventanas habían dejado sin cubrir.  Kataryna las corrió una por una, estornudando con el polvo que se había acumulado en ellas, hasta que los rayos verticales de la luz del medio día, ingresaron sutilmente dentro de la cabaña. Levantó los forros de los muebles en medio de una nube de polvo que los hizo estornudar. El mobiliario estaba algo estropeado por la acción del tiempo y la humedad.

En el salón principal había un magnífico venado macho con su cornamenta extendida como si se tratara de las ramas de un viejo árbol, justo encima de una impresionante chimenea de piedras rojas y negras. Los cuernos del animal estaban envueltos entre apretados filamentos de tela de araña.

Frente a la chimenea se extendía la piel de un colosal oso pardo completamente cubierto de una gruesa capa de polvo.  A pesar de lo sucio que se encontraba, Igor no pudo dejar de admirar lo quedaba del animal. Pensó que el abuelo de Erika había cazado quizás uno de los últimos animales de aquella especie, ya que el oso pardo, se consideraba extinto en Alemania desde mediados del siglo diecinueve.

A la izquierda había un gigantesco armero cuyos estantes de pino silvestre estaban recubiertos con rifles en sus respectivos soportes y pistolas colgadas de ganchos herrumbrosos.

A la derecha, adosado a la pared había un aparador de madera de abeto en el que se hallaban en forma algo desordenada, unas veinte botellas de bebidas alcohólicas, muchas de ellas vacías, otras con el sello inalterado. Kataryna pensó que debía ocuparse de esconder las botellas antes de que a su esposo se le ocurriera hacer las veces de catador.

Los muebles eran antiguos como había de esperarse, disparejos. Un par de mullidos y profundos sillones y un descomunal sofá completaban los enceres del salón. Justo en la pared, frente a la chimenea, las cabezas de tres peces disecados colgaban como extraños trofeos de guerra.

Igor se acercó a la boca de la chimenea, observó con atención en su interior. Tomó un anillo oxidado que colgaba y tiró de él. Se oyó un fuerte crujido, luego una pausa y después una densa nube oscura de tizne descendió sobre él con un incómodo sonido sordo. Dio un par de pasos hacia atrás, tosiendo y sacudiendo los brazos delante de su rostro. Sus pies tropezaron con la piel del oso y estuvo a punto de caer al suelo. Una gruesa capa de cenizas se acumulaba sobre su cabeza, su cuello y sus hombros. Intentó sacárselo de encima con movimientos rápidos de las manos como si intentara espantar a un enjambre de abejas asesinas.

Kataryna y Daryna lo miraron con los ojos bien abiertos intentando ahogar la risa. Era la situación más graciosa que habían presenciado en muchísimo tiempo. Una pequeña curvatura se vislumbró en los labios de Kataryna, pero Daryna no pudo contenerse, se echó a reír presa de intensos espasmos, mientras se sujetaba el estómago con ambos brazos.

Igor la miró primero con el ceño fruncido detrás de la máscara negra que cubría su rostro, enseguida, empezó también a reír. Kataryna no pudo evitar unírseles. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentían en total seguridad y libertad para dar rienda suelta a sus emociones. Kataryna pensó, que, por primera vez, parecían una familia normal.

II

El arroyuelo cercano, comenzó ya a deshelarse, y el suave sonido del agua que fluía confería cierto encanto a la mañana. Algunos residuos de madera que Igor había cambiado del tejado de la cabaña floraban corriente abajo con cierta gracia, como si se tratara de patinadores desarrollando una difícil rutina. La antigua estructura de la cabaña había soportado una vez más el largo invierno con pocas dificultades y se mantenía tan firme como hace casi un siglo atrás.

La mañana era radiante, la helada en el bosque había empezado a derretirse, una vaga neblina se esfumaba en el aire. Faltaban solo un par de semanas para la primavera, pero el deshielo había empezado hacía apenas dos días. En el patio trasero quedaban escasos rastros de escarcha debajo de los árboles.

La fachada de la cabaña aún lucía algo deslucida, pero con la llegada de la primavera Kataryna podría iniciar con los trabajos de renovación. Una limpieza a las paredes de piedra y una buena mano de pintura en la puerta la dejarían como nueva.

 El interior era harina de otro costal, las largas horas en la que Daryna y su madre pasaron encerradas solo habían contribuido a devolverle a la casa, su antiguo esplendor.

Los pisos de madera fueron lustrados, los muebles barnizados y la piel de oso lavada y cepillada cuidadosamente. A pesar del trabajo que representó la limpieza de la cabaña, Kataryna tenía que reconocer que le agradó pasar aquellos meses en aquel lugar, alejada de los problemas, alejada de la realidad.

 Por su parte, Igor pasó poco tiempo con su familia, había conseguido un trabajo en el puerto, que no le permitía regresar muy seguido a la cabaña. En un esfuerzo conjunto, la familia había conseguido el dinero necesario para comprar sus pases en el siguiente barco que zarparía a Sudamérica.

Kataryna se llenó de sentimientos encontrados, deseaba tanto emprender la última parte de su viaje, pero al mismo tiempo, deseaba quedarse en aquella cabaña que había aprendido a amar como si fuese su hogar.

La espesa oscuridad que había envuelto sus vidas se abría lentamente como si de un telón se tratara, para dar paso a la brillante luz del día, colmada de esperanzas e ilusiones de un próspero porvenir.

Embarcaron en el Antonio Delfino por una resbaladiza rampa dos semanas después, rumbo al puerto de Buenos Aires, en un viaje que les llevaría veintidós días. La mayoría de los doscientos sesenta pasajeros de primera clase, los trescientos quince pasajeros de segunda clase y los mil ochocientos veintidós pasajeros de tercera, eran ucranianos o rusos que huían del régimen en busca de una mejor vida.

 Los pasajeros se apostaron en la cubierta del barco poco antes de que zarpara. Muchos de ellos observaron con lágrimas en los ojos el puerto mientras el barco se alejaba hasta que los edificios de la ciudad se convirtieron en siluetas parecidas a trazos hechos al carbón en una hoja de papel.

Poco a poco, la muchedumbre se fue dispersando, algunos se retiraron a los camarotes, otros a los comedores. Igor tomó la mano de su hija y se unió a un grupo reducido de ucranianos provenientes de Kiev.

Kataryna se quedó sola contemplando el vasto océano, mientras se despedía por última vez de aquellas tierras a las que nunca más regresaría.

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