HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

Océano Pacífico, abril de 1934.

I

La vida en alta mar no estaba del todo mal. Las raciones de alimentos que se les proporcionaba a los pasajeros de tercera clase, en donde Kataryna y su familia viajaba, era variada. El desayuno consistía en gachas de avena con leche; (la leche era un lujo que hacía tiempo habían perdido); arenque ahumado; huevos con jamón; pan recién horneado; te o café. Para el almuerzo y la cena podían escoger entre sopa de arroz; cerdo asado; cerdo en salsa; sopa de repollo; papas cocidas y de nuevo el infaltable pan fresco. Podían disfrutar del placer de un postre de donde podían escoger galletas; budín de frutas o frutas frescas. Pero eso no era todo, ofrecían carne fría; pepinillos y queso fresco como acompañamiento. La familia tenía la sensación de que habían llegado al cielo. Kataryna pensó que no veía tanta comida junta desde su boda.

Los comedores también servían como sala de entretenimientos todas las noches. Los pasajeros hacían las mesas y bancas a un lado e improvisaban una pista de baile. En un rincón se congregaban todos aquellos pasajeros que poseían algún instrumento musical como Banduras[1], Sopilksas[2], Tarogatos[3] y además un par de violines y una especie de pandereta. Afinaban sus instrumentos en un conglomerado de notas disonantes al principio, para luego de unos minutos iniciar las notas acompasadas de “Un cosaco cabalgó más allá del Danubio”.

La voz grave del cantante se vio casi opacada cuando un grupo de mujeres se le unió durante el coro.

¡Espera, espera, Cosaco

Tu chica está llorando

Cómo me puedes abandonar

¡Sólo piénsalo!

El resto de los pasajeros danzaban en una pista improvisada impulsados por el ritmo alegre y las esperanzas renovadas en una nueva vida.

A “Un cosaco cabalgó…, le siguió el Hopak, mucho de los hombres estimulados por el licor, se atrevieron a demostrar sus dotes, dando saltos y haciendo piruetas. El Hopak era una danza social que se había desarrollado como diversión y como entrenamiento militar entre los cosacos. Cuando llegaban victoriosos de alguna batalla, se reunía a los músicos y tocaban melodías mientras los demás participaban con el baile. Era una danza típica de los hombres, ya que se inició en un entorno masculino, los pasos eran improvisados ya que los soldados no eran bailarines profesionales. Los jóvenes bulliciosos, manifestaban de esta manera su virilidad, su heroísmo y su fuerza. La danza se extendió por toda Ucrania, es especial en Kiev y Poltava. Ahora, aquellos inmigrantes, al igual que muchos otros, extenderían aquella cultura por otras partes del mundo.

El vodka corría como agua entre los participantes, y pronto todos terminaban bastante macerados como para seguir haciendo piruetas. Algunos trastabillaban con sus propios pies y terminaban cayendo de bruces. Pocos se ponían de pie e intentaban de nuevo, la mayoría quedaba tendido en el suelo.

Era en esos momentos en que las mujeres decidían dispersarse y regresar a los camarotes ya que como decían, a la mayoría de los hombres cuando se les mete el licor dentro se les corre el telón sobre sus mentes. Era una suerte que las mujeres durmieran separadas de los hombres.

Kataryna se retiraba silenciosamente llevando consigo a su hija, mientras Igor se quedaba bebiendo hasta que el cansancio y el alcohol lo obligaban a retirarse a su camarote zigzagueando y dando tumbos.

II

Las apáticas ráfagas de aire caliente y húmedo que habían soplado durante toda la mañana se habían convertido en pocos minutos en una fuerte ventisca que soplaba amenazadora. El capitán del barco intentó restarle importancia a la situación diciendo que la estación de huracanes había terminado. La mayoría de los pasajeros se hallaban sobre la cubierta intentando refrescarse un poco. El calor agobiante que se sentía en el ambiente era algo completamente nuevo para ellos. Hacía unos días que habían abandonado por completo sus gruesos abrigos, sus guantes y sus gorros.

Kataryna observaba con atención las gruesas nubes que se acumulaban por el este al mismo tiempo que escudriñaba el mar amenazador. Llevaba un vestido raído, pero limpio que se sacudía como una vela tendida de un mástil.

Una familia: el padre y la madre se encontraban sentados en los sillones descascarados de madera dispuestos para el descanso de los pasajeros, mientras que los tres hijos todos ellos varones, se hallaban correteando de un lado a otro de la cubierta.

Una mujer de barriga generosa y larga cabellera cana enrollada en un simple rodete cubierto de un velo blanco y trasparente, se sujetaba de la barandilla con la cabeza gacha observando el paso del barco a través de las aguas embravecidas. En sus labios se dibujaba una sonrisa confiada y alegre. Su rostro surcado por profundas arrugas no exteriorizaba ningún atisbo de ansiedad.

Kataryna sintió envidia de ella.

El viento dejaba oír un aullido quejumbroso y golpeaba con fuerza el barco. El aullido que producía, cuando se introducía entre las chimeneas del barco, creaba en Kataryna una sensación escalofriante.  Como el viento que aullaba fuera del barco, los recuerdos se abalanzaban sobre ella, arrasándola con fuerza.

 Lo que aún quedaba del sol, desapareció para dar paso a densas nubes oscuras que cubrían ahora el horizonte por completo, mientras se mezclaban con las alargadas humaredas que emanaban del barco al surcar el vasto océano atlántico. El sonido atronador de un trueno, la hizo dar un respingo, sintió su corazón latir con fuerza. Un relámpago iluminó el cielo como si de un tridente azul se tratara. Kataryna sintió una punzada de pánico.

Observó de nuevo a la mujer, el viento hacía revolotear su velo de manera inquietante y extraña. Entonces, su boca se curvó en lo que podía haber sido otra sonrisa. Kataryna no podía imaginar a alguien que estuviera disfrutando de aquella situación. Sin duda ella no lo estaba haciendo.

Observó a su alrededor, los tres niños seguían corriendo de un lado a otro como si el viento los incitara a hacerlo con más rapidez.

 Los truenos se sucedían en el cielo uno tras otro como el estruendo de viejos cañones.  El mar empezaba a sacudir el barco produciendo en Kataryna una considerable y desagradable sensación de nausea y mareo que la obligó a sujetarse con fuerza de la barandilla.

Las detonaciones en el cielo sonaban ahora más cerca al barco, y el aire, aunque todavía caliente, había adquirido una extraña cualidad espesa. Muchos de los pasajeros empezaron a enfilar el camino a los camarotes.

 El viento progresivamente más fuerte hacía ondular las perneras de los pantalones y los vestidos de las mujeres. Silbaba violentamente haciendo que las espumas blancas de las encrespadas olas del tumultuoso océano parecieran un manto cubriéndolo todo a su alrededor.

Un sobresalto de pánico le atenazó la garganta, volvía a revivir uno de los peores momentos de su vida. Kataryna observaba el fenómeno con los ojos abiertos de par en par, pero fue incapaz de moverse.

Una ola se levantó amenazante como una gran pared de cemento que está a punto de caer encima aplastándolo todo a su paso. La cresta se acercaba larga y empinada, parecía la cabeza de un hacha a punto de caer sobre un tronco. Se oyó un sonido hueco y seco y una fuerte sacudida, seguido de gritos de pánico.

Kataryna giró la cabaza sobre su hombro y observó el caos a su alrededor.

El hombre que hasta hace unos momentos se hallaba reposando en uno de los sillones de madera, trepó por encima de un grupo de cajas y sillas esparcidas en desorden sobre la cubierta. Chocó con su mujer que intentaba dirigirse hacia el lugar de donde provenían los gritos de sus inquietos hijos.

La mujer se tambaleó hacia atrás. Intentó mantener el equilibrio, pero tropezó con una silla y cayó sentada.

 Su esposo hincó una rodilla en el piso de la cubierta y luego se incorporó con dificultad, los ojos desorbitados, el cabello largo echado hacia atrás en una maraña de mechones.

 Los tres niños corrieron hacia sus progenitores. La presión del viento los soltó con brusquedad y ambos cayeron de espaldas.

Se produjo una explosión gutural, carraspeante, cuando un rayo violeta y electrificante cayó muy cerca de la proa del barco. Un par de tablones de madera cedieron ante el viento y salieron volando hacia el oeste entre más descargas de municiones. Karatyna observó uno de los sillones del área de descanso, girando y ascendiendo hacia las oscuras nubes.

La madre de los niños emitió un chillido de sorpresa y dolor. Algo le había producido un corte en la sien y una delgada cinta de sangre corría por un lado de su rostro, sus ojos brillaban en pánico y desesperación. Su esposo la ayudó a ponerse a resguardo seguidos de sus tres hijos.

Kataryna estaba petrificada, ya no quedaba nadie en la cubierta. Pensó en la mujer del velo y la buscó con la mirada. Había desaparecido, probablemente estaría dentro al igual que todos, al igual que Igor y Daryna.

De pronto, el viento tiró de ella como una mano invisible. El pulso empezó a martillarle en la sien, su corazón amenazaba con salírsele por la boca. La lluvia empezó a caer con fuerza sobre el barco. El agua inundó la cubierta en segundos y la dejó empapada, pero aún seguía fija en su lugar como si alguien la hubiera clavado al piso, con el rostro pétreo, los labios apretados en una fina línea para evitar que le temblaran.

 Con los ojos en blanco, empezó a recordar los terribles momentos que había vivido hacía unos años atrás en una situación semejante. Pero esto era peor, el barco se tambaleaba amenazando con zozobrar. De las oscuras nubes caían uno detrás de otro los rayos, que llegaban hasta las aguas embravecidas como si fueran raíces de árboles luminiscentes. El espectáculo era aterrador.

Igor la vio parada en medio de la cubierta. Tenía los brazos colgados a los costados y temblaba. La llamó un par de veces, pero el espectáculo de explosiones y luces en el cielo le impidieron hacerse oír. Su peculiar inmutabilidad había desaparecido por completo, en ese momento se hallaba reamente preocupado. Dejó la seguridad que le brindaba el comedor y salió a la cubierta. El viento y la lluvia lo azotaron con fuerza, estuvo a punto de caer al piso. Se acercó con dificultad a su esposa, alargó el brazo y solo consiguió atrapar el puño de su vestido, que desgastado por tantas lavadas en demasiados riachuelos se desgarró. Lo intentó de nuevo y sus dedos largos se cerraron en torno a la muñeca de Kataryna, se limitó a tirar de ella hacia dentro. Ambos cayeron despatarrados en el piso. Igor la llamó por su nombre y ella pareció despertar de su aturdimiento. Observó con ojos consternados primero a su esposo y luego a su alrededor.

Vio a su hija en brazos de una mujer que llevaba un improvisado vendaje alrededor de la cabeza. El vendaje no disimulaba en su totalidad la herida que tenía en su frente. Se puso de pie con rapidez, dejando un charco de agua en el lugar. Se acercó a ella y extendió sus brazos en dirección a su hija. La niña se lanzó a ellos al tiempo que empezaba a llorar.

Arreció el viento, impulsando las olas en avanzada. Los niños gimieron y se refugiaron en los brazos de sus padres.

La mayoría de las mujeres y niños se retiraron a sus camarotes, aquello amenazaba ser una noche larga y beligerante. El viento y la lluvia siguieron gimiendo durante toda la noche en las troneras. Pero cuando el amanecer despejó la densa oscuridad. El cielo lució azul y brillante.


[1] Bandura: Una especie de guitarra que combina elementos de la cítara y el laúd, por lo general tiene entre doce y sesenta y ocho cuerdas.

[2] Sopilksa: perteneciente a la familia de los instrumentos musicales de viento. Posee entre seis y diez agujeros. Una clase especial de Sopilka posee una lengüeta que vibra imitando perfectamente varios sonidos de la naturaleza, como aves o insectos.

[3] Tarogato: instrumento de viento típico de Ucrania.

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