CASA 110 (fragmento)

VII

El sol calentaba tímidamente los alrededores de la casa de Laura, cuando salió al jardín. Se quedó parada frente al porche de su casa por unos minutos con la sensación de un intenso dejavú. Escarbó en su memoria y de pronto recordó el sueño que había tenido la noche anterior. Ya no experimentaba las exaltadas sensaciones de su sueño, pero la naturaleza seguía regalándole sus colores y aromas. Los pensamientos llenaban el jardín de coloridos matices mientras las abejas zumbaban a su alrededor. El espectáculo era indescriptible, era vida que explotaba por todas partes, y que pronto se adormecería con la llegada de las heladas.

Subió las gradas que daban a la calle y se encaminó en decisión al hospital, subiendo la leve cuesta. El guardia de seguridad la saludó con un gesto de su mano, abriéndole la puerta de vidrio para que ingresara.  Una vez dentro, observó el largo pasillo por el que tantas veces Melinda recorrió durante el corto tiempo en que trabajó en el hospital. Suspiró, su corazón se entristeció al recordar la forma tan trágica en la que murió su amiga.

Oyó voces a su derecha, provenían de una amplia habitación que ostentaba un letrero que rezaba la palabra EMERGENCIA. La puerta se abrió y una enfermera baja y extremadamente delgada le sonrió. Laura le devolvió la sonrisa. La mujer le preguntó si estaba allí por una emergencia. Laura negó con la cabeza, preguntó por el doctor Rosales. En seguida la enfermera le pidió que pasara a la habitación.

Era la sala de emergencias en donde Melinda había pasado gran parte del poco tiempo en que trabajó en el hospital. Laura observó todo a su alrededor con ojos inquisitivos. Quería encontrar algo, que la ayudara a determinar qué fue lo Melinda experimentó para que la alterara tan profundamente, llevándola incluso, a la muerte.

Pronto, un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, vestido con un mandil blanco se acercó a ella. Tenía el pelo completamente blanco y unos ojillos confiados.

_Buenos días, me dijo la enfermera que quería verme_ dijo el hombre tendiéndole la mano.

_Buenos días, soy Laura Brown, trabajo en el área de desarrollo a las comunidades_ se presentó ella agitando suavemente la mano del médico.

_Usted debe ser la amiga que Melinda mencionó_ dijo él doctor bajando la mirada apesadumbrado.

_Así es_ confirmó Laura.

_Además, usted es una de las personas que encontró el cadáver en casa de Melinda_ agregó el galeno.

Laura asintió sin decir más.

_Dígame ¿cómo puedo ayudarla? _ preguntó señalándole a Laura una silla.

Laura le dedicó una leve sonrisa al doctor mientras se sentaba.

_Verá doctor, sé que usted fue una de las últimas personas que Melinda vio aquí en el hospital antes de que renunciara.

El médico suspiró y se pasó la mano por la barbilla antes de empezar a hablar.

_Sabe, me arrepiento de haberle contado aquellas historias de apariciones y fantasmas de las que se hablan en el hospital. A veces pienso que se sugestionó tanto con esas historias que pensó ver cosas que no estaban allí. _ comentó y permaneció unos segundos en silencio.

Laura esperó pacientemente a que el galeno continuara hablando.

_Le afectó tanto_ dijo mientras hacía sonar los nudillos de sus dedos.

Laura pensó que se veía pálido y nervioso. Sus ojillos brillaron con un halo de tristeza.

_ Por eso renunció. Pero la muerte que tuvo fue tan inesperada y extraña. Nunca dijo que padeciera de epilepsia_ continuó diciendo el médico.

_No la padecía_ confirmó Laura.

_Pues eso lo hace más extraño aún_ dijo el doctor mirando a Laura con el ceño fruncido.

_Lo sé_ contestó ella.

_Dígame ¿cómo puedo ayudarla? _ volvió a preguntar Rosales.

_Me gustaría que me mostrara el lugar en donde Melinda creyó ver las apariciones.

El doctor la miró intrigado y algo sorprendido.

_No creerá usted que en verdad ella vio fantasmas_ dijo el médico con cierto aire de incredulidad.

Laura intentó esbozar una sonrisa que pretendía confirmar su incredulidad al respecto, cuando en realidad era todo lo contrario. Pero no pensaba decirle al galeno que todo lo que Melinda había visto era real.

_Solo quiero recorrer un poco los lugares en los que ella pasó sus últimos días_ dijo Laura.

El médico asintió sin entender muy bien la obsesión de la mujer que tenía enfrente con lo que le había pasado a su amiga.

_ Muy bien, sígame_ dijo luego de un segundo.

Laura se levantó de la silla que ocupaba y siguió a Rosales. Salieron al pasillo por donde ella había entrado y se adentraron en el edificio. El lugar estaba casi vacío, solo un par de pacientes esperaban en las bancas de madera a que algún especialista los atendiera. No había carteles, ni cuadro en las paredes blancas. Una corriente de aire helada calaba a todos hasta los huesos.

_Aún no contamos con calefacción_ explicó el médico al percatarse de que Laura se estremecía.

Ella solo asintió y siguió caminando. Poco antes del final del pasillo, divisó una bifurcación a la izquierda y otra a la derecha. A la izquierda observó tres consultorios y a la derecha el pasillo seguía por unos veinte metros más y terminaba en una pared azul brillante. “Falta de recursos” pensó Laura al observar aquel color tan poco adecuado para un hospital. El galeno tomó el pasillo de la derecha y Laura lo siguió muy de cerca. Caminaron unos metros y a la derecha se encontraron con una escalera en donde el médico se detuvo.

_En el segundo piso_ dijo el galeno señalando las escaleras con su dedo índice. _ Fue allí en donde ella pasaba parte de sus guardias y en donde dijo ver las apariciones.

_Se lo agradezco doctor_ dijo Laura.

_Puede subir y tomarse el tiempo que desee, el segundo piso no está en funcionamiento.

Laura asintió y se dispuso a subir las gradas.

_Debo dejarla sola, tengo pacientes que atender.

_No se preocupe doctor, le agradezco su tiempo_ dijo ella.

Cuando el médico la dejó sola. Subió las gradas despacio, sosteniéndose de la barandilla, esperando sentir algo extraño. Pasó por un oscuro rincón de la escalera, le rozó el rostro una invisible y tenue telaraña, sobresaltándola. La telaraña, se quedó adherida a su mejilla y tuvo que luchar un poco para librarse de ella. Terminó de subir la primera parte de la escalera y observó que se desviaba hacia la izquierda. Siguió subiendo, pronto estuvo en el segundo piso.

El lugar era amplio, la luz del sol que se metía a través de las ventanas, inundaba todo a su alrededor, pero pensó que se vería tétrico por la noche. Divisó un mural a su izquierda y se acercó a observarlo. De pronto, sintió un fuerte dejavú.  Nunca había estado en el hospital antes, a pesar de vivir frente a él, nunca lo había necesitado. Es más, nunca había estado en el segundo piso de aquel extraño lugar, pero tenía la sensación de haber observado aquel mural antes. Pero la primera vez, pensó, lo había visto en penumbras, tal vez había sido de noche.

 Frunció el ceño, se mordió el labio inferior y se pasó los dedos de la mano derecha por una de sus cejas, pensando. Volvió a ponerse en marcha, hacia el segundo mural que se encontraba a unos metros del primero. Se detuvo a observarlo, tenía la misma sensación, creyó que ya lo había visto antes, pero estaba segura de que nunca había estado en aquel segundo piso. Su corazón se aceleró, se sentía consternada, confusa y abrumada. Sintió la creciente necesidad de voltear. Giró sobre sus talones, de tras de ella, se encontraba una puerta. Se acercó a ella con pasos lentos, se sentía algo asustada y nerviosa. Miró a través de la puerta de vidrio y allí pudo ver el mural infantil. De pronto lo entendió, ella nunca había visto aquellos murales, era Melinda quien los había visto. Ahora Laura veía a través de los ojos de su amiga muerta. Su corazón dio un salto al descubrir esta nueva revelación, pero no se amilanó.

 Tomó el picaporte y la puerta se abrió con un chirrido agudo que la sobresaltó. Ingresó despacio, recorrió el enorme salón con la mirada. Contempló con ojos incrédulos, imágenes de niños llorando, otros jugando. Imágenes desdibujadas, como si estuviera viendo a través de una niebla espesa y difusa. Laura se sentía cada vez más confusa y aturdida. Los niños desaparecieron tal y como habían llegado, dando paso a Melinda parada delante de ella. Pensó que si daba unos pasos y levantaba la mano la podría tocar, pero algo muy dentro de ella le recordó que Melinda estaba muerta y que probablemente estaba soñando despierta.

Se quedó quieta, observando a Melinda, se veía muy asustada, casi en estado de pánico. Frente a Melinda se materializó un jovencito, vestido con un mameluco, tenía hundida una parte de la cabeza y sangraba profusamente, tiñendo una de sus mejillas y su hombro de rojo intenso. Ahora lo entendía, estaba siendo testigo de lo que Melinda había visto en aquel salón unos días antes de morir. Aquel jovencito era Kuntur Huamán. Laura oyó un sonido estridente que la alertó y la sacó del trance en el que se encontraba. Volteó sobre sus talones, pero no encontró nada, volvió a voltear, pero Melinda y el chico habían desaparecido. Todo estaba vacío, igual a como lo habían dejado hace décadas atrás.

 Suspiró, sentía una sensación lúgubre e inquietante. Salió de la zona pediátrica y bajó las escaleras de inmediato. Salió del hospital sin siquiera despedirse de Rosales. Ahora recordaba todo lo que Melinda le había contado, todo, cada uno de los detalles que por alguna razón no había podido recordar antes.

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