HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA)

Buenos Aires, mayo de 1934.

I

Soplaba una brisa fresca y el aire olía a mar, mientras el Antonio Delfino, inició su ingreso lento por el Rio de la Plata. Desde allí, los pasajeros que se congregaban en grandes oleadas en la cubierta divisaron la ciudad que parecía una leve mancha en medio de una gran hoja de papel gris.  Las miradas sonrientes y esperanzadas eran contagiante saltaban de un rostro a otro como si alguna corriente eléctrica se los trasmitiera.

Los pasajeros se habían despojado de sus pesados ropajes hacía varios días, sentían la brisa de otoño que soplaba sobre sus rostros. Era una brisa fresca y agradable, que parecía darles la bienvenida. Un niño de unos ocho o nueve años daba saltos de un lugar a otro desbordado de emoción. Los largos mechones rubios de su cabello se elevaban y caían pesadamente sobre sus ojos al compás de sus brincos. Una niña que no contaba más de cuatro años sostenía los bordes de su vestido a sus costados y ejecutaba una especie de danza hipnótica al girar una y otra vez alrededor de su madre quien observaba maravillada los edificios de la ciudad. Daba la sensación de que el barco permanecía quieto y era la ciudad la que se acercaba con lentitud como si estuviera bajo un conjuro mágico. Muchos cantaban alguna que otra melodía alegre que les recordaba a casa. Otros daban gracias a Dios por aquella segunda oportunidad en sus vidas.

Karatyna emitió un suspiro pesado y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió un nudo espeso en la garganta. Contra todas predicciones estaba a punto de culminar el más inverosímil de los viajes y la más increíble de las aventuras.

Cuando el barco al fin se detuvo y ancló, la multitud prorrumpió en vítores y aplausos espontáneos. La euforia se había apoderado de todo el mundo. Nadie sabía lo que le esperaba una vez que desembarcaran, pero no era momento de pensar en ello, sino de saborear el objetivo alcanzado.

El puerto era una especie de conglomerado de edificios de dos y tres plantas construido enteramente de ladrillos rojizos y techos a dos aguas. En la entrada, se habían dispuesto en una línea, decenas de mesas en la que se hallaban esperando un agente del gobierno argentino y un médico, quienes serían los encargados de empadronar a los recién llegados antes de acomodarlos en forma gratuita en el hotel de inmigrantes ubicado muy cerca al puerto de Buenos Aires. Los expatriados podían quedarse en el hotel por cinco días mientras conseguían algún tipo de trabajo. El objetivo del hotel era el de acomodar, orientar, alojar y ubicar a todos los inmigrantes que llegaban de Europa. Los pasajeros se formaron en fila frente a las mesas con sus escasas pertenencias, en espera de que los agentes empezaran los trámites.

Kataryna, Daryna e Igor esperaban ansiosos en una de las filas. Kataryna trasladaba el peso de su cuerpo de uno a otro pie, mientras el corazón le latía desbocado. Igor observaba atento el procedimiento efectuado con los pasajeros que se hallaban delante de ellos.

Una mujer y sus tres hijos entregaron sus documentos. El agente de migraciones observó con el ceño fruncido y una mueca de confusión los papeles que tenía delante. Los dejó sobre la mesa y se puso de pie, levantando el brazo derecho sobre su cabeza. Sus ojos parecían buscar a alguien. Pronto, se acercó a él un joven alto de buen porte. Igor podría haber apostado que se trataba de algún militar. El agente le entregó los papeles y el joven lo leyó. En seguida, se acercó al agente y le dijo algo que Igor no pudo oír. El representante del gobierno se sentó de nuevo y escribió en sus registros. El joven habló unas palabras con la mujer, parecía agradable y afable. Minutos después, le tocó el turno al médico que auscultó a la mujer y a los niños. Primero los ojos y los oídos, luego el pecho y la garganta. Enseguida pareció dar su visto bueno. El agente llamó a gritos a una joven baja y algo rechoncha quien guio a la mujer y a sus hijos en dirección a unos camiones. Igor observó que en ellos se acomodaban trabajosamente entre de otros inmigrantes que esperaban en medio de bulliciosas conversaciones.

_ ¡El siguiente! _ gritó el agente haciendo ademanes con su mano.

Una pareja que al parecer no tenía hijos se acercó a la mesa. La mujer alta, de complexión delgada, con el pelo enmarañado, rostro mortecino y ojos hundidos depositó un atado sobre el suelo. Igor imaginó que en aquel atado llevaba todas sus pertenencias. Las posesiones de toda una vida reducidas a lo que parecía ser un mantel y lo que cabía dentro de él. El hombre bajó una maleta de tamaño regular y presentó los documentos. El agente les hizo unas preguntas, que el joven de aspecto militar ayudó a traducir, para luego escribir en su gran libro de registro hasta que la mujer empezó a toser. El agente levantó la mirada y clavó sus ojos en ella. Acto seguido, llamó al doctor, su voz sonó como un graznido. El médico la auscultó con detenimiento para luego fijar su atención en el que parecía ser su esposo. Cuando terminó, habló unas palabras con el agente y luego sacudió la cabeza con expresión que Igor consideró algo afligida. El joven entabló una pequeña conversación con la pareja. La mujer se lanzó a sollozar, el que parecía su esposo intentó consolarla mientras el joven seguía hablando con absoluta empatía. El agente terminó de escribir en sus registros y llamó a la joven rechoncha para que acompañara al hombre de la maleta hacia los camiones, mientras el doctor intentaba arrastrar a la mujer hacia uno de los edificios situados a la izquierda. La mujer empezó a gritar desesperada, mientras el esposo la sujetaba de uno de los brazos. El joven de buen porte intentaba infructuosamente tranquilizar a la pareja explicando algo que Igor no pudo entender. Pero no necesitaba que nadie le tradujera para comprender lo que estaba sucediendo, separaban a los inmigrantes que estaban enfermos. Tal vez los pusieran en una especie de cuarentena o algo semejante, pensó.

_ ¡El siguiente! _ volvió a gritar el agente.

Para entonces, Igor ya se había hecho una idea de lo que significaba aquella frase que el agente repetía de tanto en tanto.

Un hombre de cabellos castaños y ojos increíblemente azules que destellaban de miedo e incertidumbre se acercó a la mesa. Estaba acompañado de su esposa y dos hijos que no tendrían más de seis años.

_Nombres, documentos_ dijo el agente.

El joven de aspecto militar pareció traducirle al hombre las palabras del agente. El hombre se encogió de hombros y habló en voz baja casi en un susurro. El joven intérprete le dirigió unas palabras al agente, quien observó por unos segundos impertérrito, al inmigrante que tenía enfrente para luego voltear la cabeza sobre sus hombros y llamar al que parecía ser un policía. La familia estaba nerviosa y el intérprete les regaló una sonrisa tranquilizadora mientras el policía los acompañaba a otro de los edificios del puerto. Al parecer también separaban a los que no poseían documentos, pensó Igor. Muchas de las personas que habían huido de Rusia o Ucrania no poseían documentos, por lo que complicaba la situación de los inmigrantes.

II

El hotel de inmigrantes era una edificación vanguardista ya que estaba construida enteramente de hormigón, y formado por varios pabellones muy bien distribuidos, que se destinaban al alojamiento de los inmigrantes. Kataryna observó asombrada las altísimas paredes revestidas de azulejos blancos y las inmensas y altas escalinatas. Los espacios eran enormes y pensó que se asemejaba más a un hospital que a un hotel. Los arquitectos, habían optado por los azulejos en las paredes ya que eran fáciles de limpiar y por ende evitaban la propagación de enfermedades. Las instalaciones tenían una increíble iluminación, debido a los grandes ventanales que daban al exterior, en donde los inmigrantes podían apreciar los jardines y el río. En la parte trasera, los niños podían disfrutar de un área de juegos rodeado de bancos de madera en donde las madres podían verlos jugar mientras charlaban animadamente.

La fila en el depósito de equipajes era tan larga como la del puerto. Todos, sin excepción debían registrar sus equipajes ya que en los dormitorios no había suficiente espacio para que albergara a las personas junto con sus pertenencias. Al cumplir con el requisito de equipajes, procedían a acomodarlos en un sector especial del hotel en donde funcionaban los dormitorios y el comedor. El sector de dormitorios constaba de cuatro pisos que podían albergar hasta tres mil inmigrantes a la vez. Las literas no contaban con colchones, sino con lonas de cuero para evitar la propagación de la pediculosis y la sarna, ya que los colchones propician la reproducción de estos insectos y su propagación. Las mesas del comedor eran de mármol de Carranza y podían alimentar a mil personas a la vez. En el hotel operaba, además, un hospital, una oficina de correo y telégrafos, y la oficina de colocaciones de trabajo. El hotel se manejaba con casi mil empleados, entre celadores, cocineros, médicos entre otros.

Luego de un baño agradable y el desayuno que consistió en café con leche y pan recién horneado en la panadería del hotel, Karatyna y Daryna se dirigieron a sus habitaciones y se instalaron en sus literas para descansar un poco.  Muchos de los recién llegados se sentían algo desorientados debido a los largos días en alta mar y al cambio repentino de su situación.

Igor, recorrió las instalaciones del hotel haciendo un reconocimiento inicial. En realidad, no tendría mucho tiempo para realizar un reconocimiento más profundo ya que solo podían permanecer en el hotel por cinco días.

Por la tarde, se iniciaron las entrevistas de trabajo, siempre con la ayuda de un intérprete. Los más solicitados eran aquellos que poseían alguna profesión o estudios especializados. Maestros, ingenieros, militares y científicos eran seleccionados rápidamente.  El idioma era el principal obstáculo para los inmigrantes, por lo que en el hotel se dictaban además de cursos sobre historia y cultura argentina un curso de idiomas.

Igor se formó en una de las filas frente a la oficina de colocaciones. Calculó que había unas cien o ciento cincuenta personas delante de él. Suspiró frustrado. Estaba agotado, abrumado y algo aturdido, pero en lo último en que pensaba era en demostrar lo asustado que estaba. Se quejó un par de veces en voz alta del tiempo que perdía esperando en aquella larga fila, hasta que uno de los traductores, un hombre de rostro surcado por largas arrugas que empezaban en la base de los ojos y se extendían hasta su barbilla se acercó a él enfadado.

_Tiene que esperar su turno_ espetó con cierta amabilidad, pero con autoridad_ como ve hay mucha gente aquí que necesita un trabajo_ agregó señalando la larga fila.

Igor quiso replicar, pero decidió que lo mejor era guardar silencio. Apretó los labios formando una delgada línea.

Dos horas después, cuando el sol se escondía por el oeste y teñía las nubes de tonos violeta le llegó el turno a Igor. Se mostró displicente, arrogante e impaciente durante la entrevista. El agente pensó que el hombre que tenía enfrente parecía enfadado y conflictivo.

_No tenemos nada para usted, inténtelo mañana_ le dijo por intermedio del traductor.

Igor se exaltó de pronto como si alguno de los presentes le hubiera propinado una bofetada. Gritó un par de improperios hasta que un par de agentes lo tuvieron que sacar del lugar a empujones. La brisa del atardecer le dio de lleno en el rostro, hizo volar sus cabellos exponiendo su ancha frente. Jadeaba rápidamente, se sentía impotente y lleno de rencor. No podía entender como alguien con tantos conocimientos de agricultura no había conseguido al menos el puesto de capataz en alguna hacienda. Se sentó en el borde de un pequeño muro que bordeaba el río, cruzó los brazos sobre su pecho. Los labios le temblaban de rabia. Intentó calmarse, pensando que mañana sería otro día y que algo mejor lo estaba esperando. Sí, algo mucho mejor que todos aquellos imbéciles que se habían conformado con ser peones de algún estúpido terrateniente. Él sabría esperar.

III

Durante las tardes, familias enteras paseaban por las serpenteantes veredas del malecón, admirando el extenso rio, que parecía ser tan ancho como el océano. Los faroles bordeaban el camino y cuando el sol se escondía por completo, se iluminaban guiando los pasos de los caminantes. Observaban con interés, la convergencia armónica de dos mundos, lo antiguo con lo moderno, las carretas tiradas por caballos y los primeros automóviles que circulaban por las calles del puerto. Las damas argentinas llevaban modernos vestidos emulando la moda en Paris.  Eran admiradas por las féminas expatriadas que apenas vestían algunas prendas donadas por almas caritativas al hotel de inmigrantes, ya que la mayor parte de la poca ropa que traían durante el viaje eran demasiado pesadas para usarlas en aquellas tierras.

Tres hombres sentados en un banco bebían algo que sorbían de una especie de pajita metálica mientras conversaban animadamente en un acento que a Kataryna le pareció algo ridículo, mientras que gesticulaban desmedidamente como si estuvieran discutiendo. No tenía idea de lo que hablaban, pero llegó a pensar que terminarían propinándose trompadas cuando uno de ellos abrazó y besó en la mejilla a sus dos acompañantes antes de alejarse con rumbo desconocido. Los otros dos prosiguieron su conversación gesticulando y hablando en voz muy alta como si intentaran que todos a su alrededor les prestaran atención. Pero aquella actitud parecía no ser de relevante interés para los demás transeúntes que no perdían el tiempo en detenerse a observarlos.

Cincuenta metros más adelante, un grupo de niños jugaba en el suelo sobre el charco de luz que proyectaba uno de los faroles. Hacían rodar unas canicas de cristal hasta alcanzar a otra de mayor tamaño intentado moverla. Mientras tanto, sus padres los observaban desde cierta distancia al mismo tiempo que exhalaban el humo de sus cigarrillos. A un costado, cuatro niñas con bellos vestidos cantaban en una ronda y de tanto en tanto se sentaban en cuclillas tomadas de la mano. Daryna las observó con una sonrisa. Tenía ganas de unirse al grupo, pero se sentía avergonzada porque no entendía ni una sola palabra de lo que decían. Se sujetó de la cintura de su madre y las observó con atención mientras las pequeñas seguían absortas en su juego.

Un policía caminaba con pasos despreocupados mientras hacía girar su porra con increíble destreza. Dibujaba complejos patrones en el aire como si de un avezado malabarista se tratara y aquella calle fueran la interminable pista de circo.

_Mama tengo hambre_ dijo Daryna.

Kataryna bajó la mirada y sonrió a la niña. Regresaron sobre sus pasos rumbo al hotel de inmigrantes en donde una suculenta cena los esperaba.

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