La elección
I
Hacía varios días que no veía a Alejandro, inventaba excusas para no verlo. En realidad, se estaba alejando de todos, se encontraba inmersa dentro de un caparazón y no dejaba que nadie entrara. Estaba penetrando en un periodo algo depresivo, estaba extenuada, distante y muy vulnerable. Pasaba horas sentada frente a la chimenea, pensando y cuando no lo hacía, salía a caminar. Llevaba días haciendo el recorrido desde su casa hasta La Oroya antigua temprano en la madrugada. Tomaba desayuno en algún comedor en el mercado y luego iba a su trabajo.
Alejandro se había mostrado preocupado, había intentado de todo por llegar a ella y ayudarla, pero no había sido capaz de derribar las barreras que ella había levantado a su alrededor.
Aquella mañana como otras, salió antes del amanecer, caminó bajando la cuesta en dirección al puente, lo cruzó deprisa sintiendo en su rostro el aire helado que se arremolinaba sobre la pasarela de madera extendida sobre el río Mantaro. El guardia dormitaba en la garita de control, envuelto en un poncho de lana, con la barbilla apoyada sobre su pecho. No se percató de su presencia. Salió a la carretera y tomó el camino de la izquierda. Caminó por una estrecha senda de tierra que bordeaba la carretera. A aquella hora de la mañana, el sol aún se encontraba dormitando detrás de las altas montañas y los innumerables camiones de carga pasaban a gran velocidad muy cerca de ella. El viento que zumbaba con el paso de aquellos vehículos la hacían a veces tambalear, otras estremecer, otras enredaban su cobriza cabellera que revoloteaba alrededor de ella como llamas en una hoguera.
A su izquierda, en la penumbra, observó el lugar en donde las mujeres lavaban ropas por encargo a la rivera del río. Desde luego, a aquella hora no había nadie, solo se oía el murmullo del río corriendo aguas abajo. Siguió deprisa, hacía mucho frio, sentía las mejillas pétreas y heladas. Llevó las manos a sus labios y sopló sobre ellas tratando de entrar en calor. No tuvo mucho éxito. Se metió las manos en los bolsillos de su abrigo y siguió su camino. Su aliento se condensaba en una pequeña nube alrededor de su rostro cada vez que respiraba. Tosió un par de veces, el aire que ingresaba a sus pulmones era tan frio que le irritaba la garganta. Pasó frente al pueblo joven El Porvenir, todo estaba aún a oscuras, pensó que los pobladores seguían durmiendo al ver las calles desiertas. Solo oyó los ladridos de un par de perros que se alborotaron con su presencia.
El sol empezó a levantarse vacilante por el este, un rayo le iluminó el rostro, pero distaba mucho de poder darle algo de calor. Apresuró el paso acercándose al Sesquicentenario. El edificio que alguna vez estuvo vacío, ostentaba ahora algunas luces encendidas. Poco a poco, la fundición empezaba a albergar nuevos trabajadores que le daban vida al lugar.
Divisó el puente en el cruce Trama y se detuvo de inmediato al observar a tres hombres bebiendo en la esquina. Se encontraban a pocos metros de ella. Cuando los hombres se percataron de su presencia, se sintió de pronto inquieta y algo asustada. Sabía que debía evitarlos, pero le sería imposible, tenía que pasar frente a ellos para dirigirse por la avenida Horacio Zevallos Gámez, rumbo a La Oroya Antigua. Sintió que el frio abandonaba sus mejillas y deba paso a una oleada de calor. Uno de los hombres le sonrió lascivamente mientras le hacía señas a otro de ellos, señalando en dirección a la psicóloga. Sus ojos se ensancharon en respuesta a la desagradable sorpresa. Tomó aire profundamente y levantó el mentón tratando de parecer indiferente y segura de sí misma. Siguió caminando, cuando llegó hasta los hombres, trató de abrirse paso, pero uno de ellos la retuvo por el brazo derecho.
_ ¿A dónde vas hermosa? ¿Por qué no te quedas a hacernos compañía? _ dijo el de la mirada lasciva.
Laura lo miró atemorizada, su corazón latió desbocado. Intentó zafarse de la mano que la sujetaba, pero el hombre la sostuvo con firmeza. Forcejeó por unos segundos, pero el hombre no pensaba soltarla. Se preparó para gritar, cuando estuvo a punto de hacerlo, oyó un rugido estridente detrás de ella. Giró el rostro y pudo observar, el inconfundible Corola celeste que se detuvo bruscamente con un chirrido de frenos, con las ruedas izquierdas sobre la vereda, amedrentando a los hombres. Estaba en la calzada opuesta invadiendo el carril, pero eso poco le importó al conductor del vehículo, que bajó hecho una furia. Tenía la mirada atemorizante, los ojos inyectados en rabia, los labios apretados en una fina línea y puños levantados.
Laura sintió un gran alivio al ver a Alejandro que con grandes zancadas tomaba del cuello del abrigo al hombre que la sostenía del brazo y lo empujaba con fuerza contra la valla de alambre que los separaba de las turbulentas aguas del río Mantaro, que corría raudo a treinta metros bajo sus pies. Los otros dos hombres quisieron intervenir, pero Alejandro fue mucho más rápido que ellos. No dejó de sujetar al hombre que tenía acorralado contra la valla con la mano izquierda. Con la derecha, amenazó a otro de ellos que se acercaba con intenciones de golpearlo.
_No te atrevas, has bebido demasiado y soy mucho más rápido que tu_ dijo empuñando la mano.
El segundo de ellos no lo pensó mucho, inclinó un poco el cuerpo hacia adelante y avanzó como un carnero de montaña que defiende su territorio, dispuesto a asestarle un cabezazo al abogado en el estómago. Alejandro lo esquivó magistralmente y el hombre terminó golpeando a su amigo quien seguía sujeto contra la valla. Se oyó un crujido sonoro y un grito ahogado a continuación. El golpe en el estómago lo dejó sin aire, cayó de rodillas en el suelo. Mientras tanto, su amigo quedó bastante aturdido por el golpe que acababa de dar. Se tambaleó un par de veces y cayó sentado sobre la vereda. El tercer hombre fue más listo y se alejó corriendo rumbo a La Oroya Antigua.
Alejandro fijó su atención en Laura que respiraba agitadamente producto de la alborotada escena. La tomó del brazo y la hizo entrar en el vehículo sin darle tiempo a replicar. En pocos segundos, Alejandro ponía el vehículo en marcha y retornaba al carril derecho. Laura lo miraba con aquellos ojos verdes brillantes y encendidos que tanto atraían al abogado. Su mejilla tenía un color delicioso y sus labios estaban rojos e invitantes. El abogado tuvo que emitir un suspiro profundo y cerrar los ojos por unos segundos para eliminar de su mente los pensamientos delirantes que tenía en ese momento.
Detuvo su vehículo frente al edificio de recursos humanos y la enfrentó. Se sentía irritado, ofuscado y perturbado por lo que acababa de pasar. Le dedicó una mirada disgustada, se quedó en silencio unos segundos esperando a que ella dijera algo. Pero para su sorpresa, Laura abrió la puerta del vehículo e intentó apearse sin decir una palabra. Alejandro la detuvo de inmediato sosteniéndola del brazo izquierdo.
_No pensarás bajarte del carro si decir nada_ dijo contrariado.
_ ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te lo agradezca? Está bien, gracias_ dijo en un tono que al abogado le pareció muy sarcástico. A continuación, Laura intentó de nuevo apearse.
Alejandro le dedicó la mirada más dura y contrariada que ella le haya visto hasta ahora.
_ ¿Qué diablos te está pasando? _ preguntó perplejo mientras cerraba la puerta con la mano izquierda para impedir que ella se bajase.
_Estás acosándome_ profirió ella y le dedicó una mirada fría y reprobadora.
_Yo… ¿estoy acosándote? _ dijo enarcando las cejas en incredulidad.
_Sí, tú_ respondió ella desafiante_ no dejas que me baje.
Alejandro puso los ojos en blanco, bien por impaciencia o por franca resignación.
_ ¡No estás dimensionando lo que acaba de suceder! _ dijo levantando la voz y haciendo gestos exagerados con las manos.
_ ¡No tienes derecho a gritarme! _ dijo ella con los ojos cada vez más brillantes.
_No, tienes razón, no lo tengo, pero que dios me ayude porque tengo ganas de ponerte sobre mis rodillas y darte un par de buenas nalgadas.
Laura lo miró pasmada e indignada.
_ ¡¿Cómo te atreves a hablarme así?!_ dijo casi en un grito.
_ ¡¿Cómo te atreves a poner en riesgo tu vida todos los días caminando al borde de la carretera en plena noche?! ¡¿Cómo te atreves a arriesgarte a que te roben o lo que es peor, que te asalten sexualmente como estuvo a punto de suceder hoy?! _ dijo iracundo.
Laura lo miró con los labios separados y los ojos bien abiertos en indiscutible incredulidad.
_ ¡¿Has estado siguiéndome?! _ preguntó con enfado.
_He estado protegiéndote, ya que has perdido todo atisbo de racionalidad_ su voz sonó decepcionada, pero a la vez mortificada.
_ Eres tú quien me sigue ¿y dices que soy yo quien ha perdido la razón?
_Tenía que hacerlo_ se defendió_ ¿crees que puedo dormir tranquilo sabiendo que sales a la calle a las cuatro de la mañana?
Laura lo miró de reojo, no podía mirarlo directamente a los ojos.
_He querido darte espacio, alejarme de ti ya que no querías verme, no lo entiendo, pero lo respeto. Pero el que quieras arriesgarte de la forma en que lo estas haciendo no tiene sentido. Te seguí, sí, pero mantuve la distancia, te dejé sola. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.
_No debiste seguirme_ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro con aire molesto.
_ ¡Desde luego que debía hacerlo, no quiero ni imaginar que hubiese pasado si no llegaba a tiempo!
_Agradezco lo que hiciste por mí, en verdad, pero será mejor que te alejes de mi_ dijo abriendo la puerta y saliendo del vehículo.
Alejandro la vio alejarse sorprendido y mortificado, no entendía que le sucedía. Habían compartido todo desde que se conocieron y ahora ella insistía en hacerlo a un lado. No tuvo el valor de bajar del Corola y seguirla, ya había hecho demasiado asediándola, estaba claro que ella no quería tenerlo cerca. Suspiró frustrado, se apeó del vehículo, la observó por unos segundos más mientras se dirigía deprisa rumbo al mercado. Bajó la mirada hacia sus pies, apretó la mandíbula dolido y luego se dirigió a su oficina.
II
Laura se hallaba llena de sentimientos encontrados. Por un lado, se sentía molesta, indignada y avasallada por la actitud de Alejandro. Pensaba que se comportaba en forma vanidosa y soberbia, con grandilocuentes actitudes que la incluían a ella. Bufó frustrada y molesta. Pero, desde otro rincón de su mente, oía una voz interna que le decía que debía reconocer el alivio que sintió al verlo durante aquel episodio desagradable, su presencia le devolvió el alma a su cuerpo. Tenía que reconocer que Alejandro realmente se preocupaba por ella. Su ira pareció aplacarse un poco cuando enfilaba la entrada al mercado. Pensó que no debió comportase como una adolescente inmadura con él, pero cada día le era más difícil mantenerse alejada, pretender que no le importaba por temor a lastimarlo. Cuando en realidad lo que lo lastimaba era su actitud mezquina y desconsiderada. Suspiró abatida, y derrotada.
Se sentó en el primer puesto de comida que encontró y pidió un desayuno. Pronto le sirvieron un plato humeante de Cau Cau, acompañado de arroz graneado, pan y café. Estaba hambrienta, la caminata de más de una hora y los sobresaltos le habían abierto el apetito. Comió de prisa y se dispuso a hacer el camino de regreso hasta el edificio de Recursos Humanos. Un jovencito la detuvo descubriendo la canasta que sostenía con el antebrazo izquierdo.
_Me compra tamales, señora_ dijo con una sonrisa.
Laura no pudo evitar devolverle la sonrisa.
_Gracias, pero ya desayuné_ dijo.
_Por favor, señora, solo un tamalito_ insistió el niño.
_Está bien, dame, dos_ dijo_ de inmediato pensó que invitaría a Alejandro a tomarse un café con tamal después del trabajo. Pero se sintió desecha al percatarse que había hecho de todo para alejar al abogado.
Pagó por los tamales y siguió su camino, se sentía triste y llena de culpa. Cuando llegó al edificio, se metió de inmediato a su oficina y por primera vez desde que había llegado a La Oroya cerró la puerta a sus espaldas, se sentó detrás de su escritorio, apoyó los codos sobre el mueble, el rostro sobre sus manos extendidas y se puso a llorar.
III
Alejandro observó la puerta cerrada en la oficina de Laura, bajó la mirada
dolido. Para él era una clara señal del rechazo de su vecina. Tendría que aprender a resignarse y a aceptar la realidad, las cosas ya no serían como antes. Suspiró cansinamente y regresó a su trabajo.