Historias Entrelazadas (Alexander y Kataryna) Fragmento

IV

Por la mañana, la intensa luz del sol pareció aprobar y hasta incrementar el estado de optimismo de Kataryna, pero al mediodía el sol solo era un bosquejo detrás de un cúmulo de nubes y para el atardecer, al mismo tiempo que las preocupaciones de Kataryna se redoblaban, el día se oscureció y empezó a caer una fina llovizna.

A medida que los días transcurrían el número de huéspedes del hotel iba disminuyendo, mientras que la frustración y la rabia de Igor iba en aumento. No conseguía trabajo lo cual solo contribuía a sentirse fracasado y sumamente decepcionado. Descargaba su frustración en Kataryna quien intentaba cada vez con mayor dificultad no dejarse llevar por los comentarios hirientes de su esposo. Intentaba evitarlo la mayor parte del tiempo reuniéndose con las demás mujeres en los jardines del hotel o en el patio de juego. Luego de la cena buscaba refugio en el dormitorio.

Cuatro días después de su desembarco, se hallaba consternada y desesperanzada, tenían que dejar el hotel e Igor aún no conseguía trabajo. El mismo Igor se sentía abatido y había perdido el interés en pelear con Kataryna.

_Salgamos a dar una vuelta_ le pidió a su esposo, quien accedió sin poner resistencia. Necesitaba despejar la mente y relajarse un poco.

Se sentaron en un banco a orillas del rio y observaron a la gente pasar. Un perro callejero de largas orejas se acercó a ellos, movía la cola de un lugar a otro y la lengua le colgaba a un costado del hocico. Daryna se sentó en el suelo y llamó al animal. El can se acercó vacilando al principio, pero pronto tomó confianza y dejó que la niña le acariciara el morro.

Kataryna depositó sus manos cruzadas sobre su regazo con un suspiro. Sus pensamientos se sucedían a gran velocidad buscando algo que pudiera ayudarla a encontrar trabajo. Pensó que tal vez les permitirían pernoctar en el dormitorio del hotel a cambio de que trabajara como limpiadora o lavando los platos en el comedor. Solo hasta que pudieran encontrar algo más estable. Mientras tanto, Igor tenía la mente en blanco. Si Kataryna hubiese podido entrar en él y leer sus pensamientos no habría hallado nada.

 La niña se había hecho con un trozo de madera y se lo enseñaba al perro que se erguía sobre sus patas traseras intentando tomarlo.

Un hombre los observaba con interés desde el otro lado de la calle. Llevaba allí un par de minutos, estudiándolos, intentando dilucidar si era conveniente acercarse a ellos. Pensó en la expresión de la mujer, se veía aturdida y sumamente preocupada. El hombre por su parte parecía estar bajo los efectos de algún trance hipnótico. Pensó que lo mejor sería regresar sobre sus pasos y evitar entablar conversación con ellos. No supo con exactitud qué, pero algo, en el rostro de la mujer hizo que decidiera abordarlos. Ni Kataryna ni Igor se percataron de su presencia hasta que lo vieron en cuclillas acariciando al perro y sonriéndole a Daryna. Kataryna lo observó con cierto recelo, hasta que se puso de pie, clavando sus ojos azules de penetrante mirada primero en Kataryna y luego en Igor.

_ Me llamo Alexander Ivanov_ dijo en ruso tendiéndole la mano a Igor.

Ambos se estrecharon las manos mientras que Igor se presentaba. Entonces, Ivanov prestó atención a Kataryna.

_Ella es mi esposa Kataryna_ explicó Igor_ ella es nuestra hija Daryna_ agregó.

La niña seguía jugando con el perro, lanzaba el trozo de madera y el perro corría a recogerlo. Se acerca con el improvisado juguete en el hocico, pero cuando estaba a centímetros de que la niña, salía corriendo en dirección contraria.

_Imagino que acaban de llegar_ dijo Ivanov.

_Tenemos aquí cuatro días_ contestó Igor.

_ ¿Ha conseguido trabajo? _ preguntó Alexander.

Igor sacudió la cabeza. Con el rabillo del ojo Alexander pudo observar que en el rostro de la mujer se dibujaba una expresión de desaliento.

_Estoy pensando que lo mejor será que regresemos a Ucrania_ dijo Igor. Hablaba en tono sereno y confiado en apariencia, pero no obstante bajo la superficie dejaba intuir desesperación.

La expresión de desaliento de Kataryna dio paso a otra de desconcertada estupefacción. Desplazó el peso de su cuerpo de un pie a otro, sin pronunciar palabra, pero a todas luces existía un conflicto interno dentro de ella. Cruzó los brazos ante el pecho y ahuecó las manos en torno al codo, en un gesto para reconfortarse que, con el tiempo, Alexander llegaría a conocer muy bien.

_Muchos han regresado según me han comentado, el calor es muy fuerte en verano y produce enfermedades en los niños. Hay muchos insectos, en especial los mosquitos que trasmiten la fiebre amarilla_ intentó justificarse Igor.

Alexander asintió, se llevó una mano a la barbilla y reflexionó por unos segundos. Tiempo en el que Kataryna reparó en una gran cicatriz que recorría una de las mejillas de aquel hombre. Pensó que era misterioso y algo sombrío, pero al mismo tiempo interesante y atractivo.

_Entiendo_ dijo poco después_ tengo una hacienda a unas horas de aquí, trato de llevarme conmigo a todos los compatriotas que pueda. Los ayudo a empezar, a adaptarse a este país y ellos me ayudan a mantener a flote mi granja. Si deciden quedarse, son bienvenidos.

_ ¿De dónde es? _ preguntó Kataryna con verdadero interés, parecía ser un hombre de mundo y muy inteligente.

_ Soy de Moscú, pero hace muchos años que salí de Rusia.

_Hábleme del trabajo_ dijo Igor_ que es lo que haría.

Igor esperó con el semblante de un buen jugador de cartas las explicaciones de Alexander.

Al parecer Daryna y el perro se habían aburrido de jugar y ahora descansaban tendidos en el suelo como si reposaran sobre verdes campos bajo un cielo azul.

_ El lugar se llama Misiones, se localiza a un poco más de mil cien kilómetros de aquí. El pueblo en sí se llama Oberá, que en la lengua nativa significa “que brilla”.

_ Está muy lejos de aquí_ dijo Igor de inmediato_ si decidiera regresar a Ucrania el viaje sería muy largo.

_ Sé que está lejos de Buenos Aires, pero la mayoría de los inmigrantes están colonizando esas tierras.

_ ¿Dónde viviríamos? _ preguntó Kataryna.

Alexander fijó su atención en ella. Pensó que era una mujer bonita, e inteligente pero que había pasado por situaciones extenuantes.

_Puedo proveerles de una pequeña vivienda si su esposo decide trabajar para mí_ respondió con una encantadora sonrisa que puso algo incómoda a Kataryna.  Aquel hombre no solo era atractivo, sino que también era poseedor de una personalidad magnética.

_ Si deciden quedarse y trabajar para mí podrán ahorrar dinero y acceder a las tierras que el estado destina a los inmigrantes.

Los ojos de Kataryna brillaron, tal vez aquel hombre era la respuesta a todas sus plegarias.

_ Miren, no tienen que responderme ahora, pero imagino que no podrán seguir quedándose mucho tiempo más en el hotel. Tendrán que decidir qué hacer pronto. Yo salgo para Oberá en dos días, llevaré conmigo a tres familias, y son bienvenidos si lo desean. Estaré aquí mañana a esta misma hora, por si deciden viajar conmigo.

_Le agradecemos su interés en nosotros_ dijo Igor_ le avisaremos de nuestra decisión_ contestó con una mirada que a Alexander le pareció algo desconfiada.

Alexander hizo un gesto de inclinación con la cabeza y esbozó una leve sonrisa antes de alejarse de la familia.

Se encaminaron al hotel, los esposos iban en silencio, cada uno de ellos absorto en sus propios pensamientos. Daryna caminaba delante de sus padres con el perro pegado a sus talones.

_No pensarás en regresar a Ucrania después de todo lo que hemos sufrido para llegar hasta aquí_ dijo Kataryna dirigiéndose a su esposo.

_No, al menos no en este momento.

Kataryna pareció más relajada.

Daryna y el perro se detuvieron a pocos metros de la entrada del hotel. Esperaron a que sus padres la alcanzaran. Cuando estuvieron frente a ella Igor le ordenó que se deshiciera del perro.

La niña se quedó al principio petrificada, lo observó con los ojos bien abiertos con expresión aterrada, enseguida las palabras, le brotaron a borbotones.

_ ¡No, es mi amigo y quiero que duerma conmigo en mi cama! _ dijo frunciendo el ceño. Kataryna pensó que se veía exactamente igual a su padre cuando se enfadaba.

Igor se arrodilló frente a la niña y tomó sus manos.

_No permiten animales en el hotel_ le dijo con voz tranquila pero firme.

_ ¡Es mi amigo!¡No voy a dejarlo en la calle! _ gritó y se zafó de las manos de su padre.

_Se que es tu amigo_ dijo Igor_ pero no podemos dejar que entre al hotel o de lo contrario tendríamos que dormir en la calle con tu amiguito.

Kataryna pensó que Igor era una persona completamente diferente cuando de Daryna se trataba.  Un hombre más comprensivo y hasta se podría decir que bondadoso.

La niña comenzó a sollozar y se abrazó a su peludo amigo.

_Mañana podrás buscarlo de nuevo_ dijo su madre_ puedes traerle un trozo de pan del desayuno.

El sollozo de Daryna se convirtió en un llanto agudo y lastimero. Se separó del animal y con la cabeza gacha recorrió airada el camino de acceso. Ya en arcén se echó a correr, con aquella indignación impotente e intensa que solo los niños son capaces de sentir. Ascendió presurosa por la ancha escalinata de granito y se perdió entre el gentío. Kataryna apretó el paso detrás de ella, pero Igor la detuvo.

_Ya se le pasará a la hora del postre_ dijo no tanto para tranquilizar a su esposa sino a sí mismo.

Avanzaron lentamente por el camino de acceso, vieron a Daryna que jugaba con un par de niñas, parecía que había olvidado el pequeño altercado con sus padres. Los niños eran volátiles, un segundo el mundo se les caía encima al siguiente jugaban felices como si nada más importara.

Kataryna detuvo a Igor cuando intentaba subir la escalinata. La luna acababa de salir, anaranjada y llena, reflejada sobre las aguas del río.

_ ¿Qué piensas de ese hombre? _ aventuró Kataryna luego de un largo silencio.

_ No confío en él_ respondió Igor.

_ ¿Qué es lo que te hace dudar? _ insistió ella.

Igor suspiró pesadamente y lo pensó por unos segundos.

_ No lo conocemos eso es todo_ respondió.

_No conocemos a nadie aquí, recuerda eso, debemos tomar una decisión y creo que deberíamos acompañarlo, no tenemos otra opción.

Igor cambió de expresión en un segundo y Kataryna se arrepintió de inmediato de haber expresado lo que pensaba en voz alta.

_ ¡Piensas que es mi culpa no haber conseguido trabajo! _ dijo levantando la voz, se veía muy molesto

Kataryna retrocedió un paso y abrió los ojos sorprendida por su reacción.

_ No lo estoy haciendo, solo digo que deberíamos probar suerte, porque no podemos seguir quedándonos en el hotel_ intentó defenderse.

_ ¡¿Y si nos vamos a ese lugar y resulta que no es lo que pensábamos?! ¡¿Cómo se supone que regresaremos a Buenos Aires?! _ preguntó Igor con el ceño fruncido y casi gritando.

_ No regresaremos, aquí no hay trabajo para nosotros, somos campesinos, debemos estar en el campo. Si las cosas no resultan como pensamos, buscaremos donde emplearnos en Oberá o en algún otro lugar cercano.

_ ¡Debería ser yo quien decidiera lo que esta familia debe hacer, tú siempre te inmiscuyes en todo! _ dijo blandiendo un puño enérgico en el aire. Kataryna retrocedió otro paso_ Vine a este país debido a tu insistencia, ahora quieres decidir donde debo trabajar­
_ dijo Igor dando un paso en dirección a ella, con expresión testaruda que disimulaba a duras penas la incertidumbre que lo embargaba.

Pero esta vez Kataryna no retrocedió, enfrentó a su esposo. Lo miró con los ojos entornados como desafiando a que se atreviera a golpearla.

_ Te dije que, si no querías venir, estaba bien por mí, no te presioné.

_ ¿Eso crees? ¡Amenazaste con llevarte a Daryna si no te acompañaba! _ espetó Igor, al tiempo que baja la mano y lo dejaba colgando a su costado.

_ No te amenacé_ contestó ella haciendo un gesto de disgusto con los labios_ solo te informé de mis planes. ¿Qué pensabas? ¿Qué dejaría a mi hija contigo? ¿Qué vendría sola a América?

Igor se removió inquieto y se pasó la mano por el pelo airado.

_Soy el hombre de esta familia, seré yo quien decida qué diablos haremos_ dijo y se marchó dejando sola a Kataryna.

 Suspiró frustrada, se quedó allí con la mirada fija en el anillo brillante de la luna. No podía obligar a Igor a que aceptara el trabajo, pero si decidía no hacerlo tendría que buscar alguna forma de ganar dinero.

Minutos después, se dirigió al comedor y buscó a su familia. Comieron en silencio, un silencio tenso que se hizo incómodo. Cuando terminaron se dirigieron a los dormitorios.  Cuando la niña se durmió. Kataryna se tendió sobre la cama y entrelazó sus manos sobre su vientre con la mirada vuelta hacia el techo. Pensó en el hombre que acababa de conocer, a pesar de las desconfianzas de su esposo, ella tenía otra impresión. El hombre era culto y distinguido, eso era seguro. Además, parecía amable y empático. Suspiró, pensó que Alexander Ivanov era solo una nebulosa posibilidad, algo parecido a encontrase un bote salvavidas en medio de un océano tempestuoso.

Cuando desembarcó en Buenos Aires se había sentido henchida de orgullo, por haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que en el que ahora vivía. Solamente había cambiado la certera fatalidad por la incertidumbre y la desesperanza. Volvió a suspirar, decidió que nada podía resolverse aquella noche y que lo mejor que podía hacer era dormir.

Igor se tendió en su litera poco después de que Kataryna se durmiera, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. A aquellas horas no se advertía movimiento alguno en el hotel. Pensó en Ivanov. No confiaba en él, tenía un aire a aristócrata venido a menos y unas ínfulas de desmedida grandeza a las que el muy imbécil pretendía llamarle generosidad, cuando en realidad era ambición y codicia. Ya que no hacía otra cosa más que aprovecharse de las necesidades de los inmigrantes por un techo y un trabajo.

Se quedó tendido en su cama durante un tiempo. Luego se levantó y se paseó entre las filas de literas. Pensando en sus posibilidades, que desde luego no eran tantas como hubiese querido.

Se dirigió a uno de los ventanales y observó la oscuridad de la noche bañado por el brillo de la luna llena. Tuvo que reconocer que, a pesar de sus reservas, no le quedaba más opción que aceptar la propuesta de Ivanov. Apoyó ambas manos sobre el frío cristal y arqueó la espalda mientras que fijaba los ojos en sus pies descalzos.

Contrariado y renuente decidió probar suerte en Oberá.

V

Kataryna y la niña se hallaban en el comedor desayunando, cuando vieron a Igor acercándose con aire resignado y sin mucha convicción. De inmediato pensó que había decidido no aceptar la propuesta de Ivanov y se le formó un nudo en la boca del estómago. Igor se detuvo frente a ella y se mantuvo en silencio por unos momentos, se pasó la mano izquierda por el pelo, parecía nervioso.

_Lo estuve pensando anoche y creo que lo intentaremos_ dijo.

Kataryna fue incapaz de hablar, se le había pegado la lengua al paladar, estaba sorprendida. Había llegado a convencerse de que Igor no aceptaría trabajar para Ivanov. Asintió con una leve inclinación de cabeza. Igor dio media vuelta y fue en busca de su desayuno.

Por la tarde se dirigieron al lugar de encuentro. Ivanov estaba conversando con un par de hombres cuando ellos llegaron. Se despidió de ellos y se acercó a Igor y Kataryna con pasos lentos, en su rostro se dibujaba una leve sonrisa.

Observó el rostro de Igor y sintió una punzada de advertencia. Parecía un ser pesimista y amargado, vacío e incompleto. Pero a la vez parecía estar en guardia y al mismo tiempo al acecho. Pensó que tarde o temprano le acarrearía problemas. Suspiró y se negó a que aquel pensamiento cobrara forma de premonición y sin embargo no podía evitarlo. Cuando estuvo frente a ellos, esperó a que Igor tomara la palabra.

_Necesitamos el trabajo_ dijo Igor sin siquiera saludarlo_ pero no hemos quedado en las condiciones.

Kataryna intentó ensayar una sonrisa de disculpa, pero decidió que lo mejor sería no interferir.

_Tiene razón, el trabajo de por si es muy exigente. Las plantaciones son extensas, pero sé que está acostumbrado al trabajo. No ocurre lo mismo con los indígenas de la zona. Necesito de gente que sepa cómo manejarlos. Es difícil trabajar con ellos, beben mucho y no se presentan a trabajar.

_ ¿Cómo sabe que estoy calificado? _ preguntó Igor sin mirarlo directamente a la cara. No lo había hecho desde que había llegado.

_En realidad no puedo estar seguro de ello, pero lo intuyo_ contestó.

Kataryna se mordió el labio inferior al oír las palabras de Ivanov. Tal vez había sido mala idea presionar a Igor a que aceptara el trabajo. Probablemente, terminarían despidiéndolo en el trascurso de la primera semana, cuando descubrieran que se unía a los indígenas para beber.

_ Se le pagará el sueldo del mercado, se les dará una pequeña vivienda y víveres que le será entregado cada mes. Pueden plantar una huerta para uso familiar, así como criar aves de corral y cuando tengan algo de dinero hasta pueden comprarse una vaca.

Igor observó a Alexander a la cara por primera vez desde que empezaran a hablar, con el ceño fruncido y expresión seria. Pero nada digna de confianza.

Alexander pensó en soldados preparándose para una batalla, conscientes de que no tenían muchas posibilidades de salir con vida de ella. Esa era la expresión en el rostro de Igor, sabía que no tenía ninguna otra posibilidad más que aceptar las condiciones de Alexander, que en realidad eran muy generosas.

_ Los víveres que se les entregarán son aceite, azúcar, algo de yerba mate que es lo que más se consume por aquí, entre otras cosas. Lo demás depende del empeño que ustedes le pongan.

_ ¿Qué tipo de plantación posee? _ preguntó Igor.

_ Plantamos trigo y maíz en su mayoría. Pero también hacemos un poco de ganadería. Necesitamos más tierras para el pastoreo, por lo que debemos abrirnos paso a través de la selva cuando el número de cabezas va en crecimiento.

Igor se quedó en silencio por un momento, con expresión pensativa.

_Muy bien ¿cuándo nos vamos? _ preguntó poco después.

_ El tren sale mañana temprano, sé que no tienen dinero por lo que yo compraré los pasajes y se les descontaré de su sueldo en seis partes.

_ Eso significa que ya estamos amarrados con usted por al menos seis meses_ dijo Igor con el rostro contrariado.

_ Si encuentra otra manera mejor, solo me lo hace saber_ contestó Ivanov con una sonrisa algo irónica. No le gustaba para nada la actitud de aquel hombre. Pero contra todas sus propias advertencias estaba a punto de contratarlo.

VI

Ivanov los esperaba en la estación de Retiro. Una impresionante construcción inaugurada en 1915. Tal y como había anunciado, otras tres familias esperaban con él. Se veían algo aturdidos, nerviosos y bastante preocupados. Kataryna llevaba de la mano a su hija que sollozaba con voz queda. Alexander se acercó a la niña y le preguntó porque lloraba. De inmediato intentó ocultarse detrás de su madre.

_No quiere dejar al perro_ explicó Kataryna.

Alexander asintió con una sonrisa.

_Puedes llevar a tu amigo_ dijo Alexander con una sonrisa.

La niña salió de su improvisado escondite y lo miró con sorpresa.

_Podemos comprarle un boleto. Lo pondrán dentro de una jaula y podrá viajar a Oberá contigo.

Alexander paseó la mirada entre los miembros de la familia como si intentara conseguir su aprobación. Kataryna le dedicó la mejor de sus sonrisas, mientras que Igor tuvo que reconocer que era un increíble gesto.

_Si están todos de acuerdo, la niña puede buscar a su amigo y yo comparé el boleto para el perro.

Kataryna e Igor asintieron, mientras que la niña daba saltos y palmeaba al mismo tiempo.

En seguida Alexander se dirigió a la boletería, mientras Kataryna acompañaba a Daryna a buscar al perro que los observaba con ojos tristes desde cierta distancia.

Lo pusieron dentro de una jaula proporcionada por un agente y lo instalaron en uno de los vagones que trasportaba otros animales. Tendrían que bajar del tren y darle agua y comida en alguna de las estaciones ya que el viaje sería largo.

Abordaron el vagón y se acomodaron en los bancos de madera con desbordada expectación. Un pitido largo y agudo anunció la inminente salida del tren. Los cilindros se pusieron trabajosamente en marcha mientras que el vapor ingresaba con fuerza y movía el pistón, para luego escapar por la chimenea. Las bielas se empezaron a mover lentamente produciendo un traqueteo lento. El olor a leña quemada inundó el aire y fue como si el tren les diera la bienvenida.

La algarabía de algunos niños que corrían saludando a los pasajeros hizo sonreír a Kataryna y a su pequeña hija. No hacía falta mucho para que un niño fuera feliz. El saludo de otro niño y un perro callejero era todo lo que se necesitaba. Madre e hija saludaron a los niños con un ademán mientras el tren se alejaba de la estación. Cerca se alzaba una asta, las franjas albicelestes y el sol ondulaban débilmente en la suave brisa otoñal.

El retumbo de los vagones y el fastidioso chirrido de las ruedas sobre los rieles señaló el inicio del viaje, seguido de un imperioso y largo pitido.

Los hombres se sentaron en la parte delantera del vagón incluido Ivanov. Mientras que las mujeres y los niños lo hicieron en la parte trasera en donde iniciaron una animada charla.

Kataryna observó a través de la ventana unos rieles que se bifurcaban a la derecha, presentaban unas láminas de oxido y crecían hierbajos entre los travesaños. Divisó también un furgón y vagones abandonados.

Dejaron atrás un grupo de edificios que alguna vez habían sido blancos, pero que ahora presentaban rastros de moho y humedad en sus fachadas. Parecía que nadie se había tomado la molestia de pintarlos en mucho tiempo. A eso siguieron un campo descuidado, invadido por las hiervas, de lo que Ivanov llamó “futbol”, un deporte muy popular entre los argentinos, fueron sus palabras. Media hora más tarde el tren pasó junto a una plaza en donde los niños jugaban. Al cabo de unos minutos más dejaron a tras unos terrenos vacíos.

La animada charla de las mujeres fue bajando de intensidad, muchas dormitaban con sus niños en brazos, algunas conversaban en voz baja y otras, como Kataryna disfrutaban observando a través de sus ventanas.

Daryna se acercó a su padre y recostó la cabeza en su regazo, este le sonrió y acarició la cabeza de su pequeña. La niña no tardó mucho en quedarse dormida.

Al cabo de unos minutos Kataryna tuvo ante sí un sector mucho más dinámico de la ciudad. Vio tiendas, aceras, grandes carteles que anunciaban seguramente alguna venta especial, una gasolinera, probablemente de las primeras con las que contaba el país, vio un par de automóviles que en ese momento se surtían de combustible. Todo era para ella tan asombroso como lo había sido ver el puerto desde el barco mientras navegaba por el río.

Observó a su hija que dormía despreocupadamente en el regazo de su esposo, luego lo observó a él. Tenía el mentón clavado en el pecho, los ojos cerrados y la boca entreabierta. También se había quedado dormido. De pronto sintió cansancio como si su familia dormida le hubiera contagiado una especie de soñolencia. Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana y cerró los ojos. Se halló enseguida bajo una especie de sopor, era consciente de los traqueteos del tren, las voces susurrantes de un par de mujeres detrás de ella, el olor a madera quemada que se escurría por la chimenea del tren. De pronto sintió que el tren reducía la velocidad entre traqueteos y chirridos, luego una serie de pitidos largos. Los pitidos cesaron y fue sustituido por el rechinido metálico y el desmesurado estampido hueco. Levantó la cabeza, se restregó los ojos y observó por la ventana. El tren se había detenido en una estación. El cartel de madera pintado de blanco rezaba: “General Sarmiento _ San Miguel” en letras negras.

Subieron un par de pasajeros, una joven mujer y un hombre alto y enconado. Se acomodaron al fondo del vagón sin decir palabra. Minutos después, el tren volvía a ponerse en marcha.

Daryna e Igor no se percataron de la pequeña demora, siguieron durmiendo en la estación General Sarmiento y en la de Toro ubicada en la localidad de presidente Derqui, pese a las sacudidas del tren cada vez que subían o bajaban pasajeros, cada vez que retiraban o añadían vagones. Aún dormían cuando el tren se detuvo en Pilar.

Ivanov se acercó a Kataryna y le explicó que el tren se detendría por media hora y que tal vez sería conveniente ver si el perro necesitaba agua o algo de comer.

Kataryna asintió, se puso de pie y echó una rápida ojeada a su esposo y su hija, se apeó del tren después de Ivanov y lo siguió hasta el vagón de carga. Bajó al perro y se aseguró de que bebiera agua, mientras Ivanov iba por algo de comer. Enseguida estuvo de regreso con algo que llamó empanada. Kataryna pensó que se parecía bastante a un varenyky cocido al horno. Alexander le acercó uno al perro quien lo devoró al instante.

El pitido del tren los alertó de que se reiniciaría el viaje en pocos minutos. Subieron al perro y regresaron a su vagón.

 Igor y Daryna seguían dormidos.

_ Le molesta que la acompañe_ preguntó Alexander luego de que el tren empezara a moverse.

Kataryna lo miró sorprendida, pero le señaló el asiento libre a su lado.

Alexander le dedicó una sonrisa y tomó asiento.

_Todos duermen_ dijo paseando su mirada por el vagón_ tal vez le gustaría conversar un rato.

Kataryna asintió sin decir palabra y observó que la ciudad se alejaba dando paso a un denso bosque.

_El bosque parece un laberinto enmarañado_ dijo ella poco después_ lleno de colores por todas partes.

_Así es, eso es lo primero que llama la atención cuando uno se adentra en el campo_ contestó Alexander.

Observó con detenimiento a la mujer que tenía al lado. Era mucho más joven que él, pero estaba seguro de que había sufrido casi tanto o tal vez más que él. Y no solo se refería al sufrimiento físico sino también el emocional.

_ ¿Cómo se llama ese árbol?, el de las flores amarillas_ preguntó Kataryna señalando un frondoso árbol que se levantaba imponente muy cerca de las vías del tren.

_Se llama Ybyrá Pytá_ respondió Ivanov.

_Ibira pita_ trató de repetir Kataryna.

Alexander se echó a reír. Se sorprendió al hacerlo, hacía mucho tiempo que no lo hacía con tanta naturalidad.

_ No se burle de mi_ dijo ella algo avergonzada mientras cruzaba los brazos sobre su pecho en forma protectora.

_ Lo siento_ se excusó de inmediato_ es normal que no pueda pronunciarlo al principio, es la lengua indígena, el guaraní. Ybyrá Pytá significa árbol colorado, porque si se fija bien, el tronco del árbol es de este color.

Kataryna asintió mientras volteaba sobre su hombro intentando observar el árbol mientras el tren se alejaba.

_ ¿Y aquel árbol de flores rosadas que se ve algo torcido? _ dijo señalando con su dedo índice.

_Oh ese es el Palo Borracho, si se fija, se parece a un hombre que ha bebido más de la cuenta y que está tratando de mantener el equilibrio.

Esta vez fue Kataryna quien se echó a reír, con una risa clara y brillante.

_ Si es verdad, creo que los indígenas son muy observadores a la hora de poner los nombres a las cosas_ dijo ella.

_ De hecho es exactamente como lo describe, ya irá descubriendo eso por usted misma.

Por primera vez Kataryna lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa relajada.

_El palo borracho puede tener flores rojas, ese es un indicador muy importante de la fertilidad de la tierra_ explicó Ivanov.

Kataryna asintió.

_ También vi un árbol con flores moradas o azuladas_ dijo.

_ Ese es el Jacarandá, es un espectáculo verlos a todos en flor, adornan los bosques de una amanera increíble. Pero lo mejor de todo son los lapachos, los hay en amarillo, diferentes tonalidades de rosado y algunos son blancos, florecen en primavera así que tendrá que esperar para disfrutarlos_ dijo con un entusiasmo que hacía mucho tiempo no sentía.

Ella volvió a sonreírle, sus ojos brillaron. Alexander volvió a observarla y de pronto le pareció mucho más joven de lo que aparentaba.

_ Espero que no sea impertinente de mi parte preguntarle su edad_ dijo Ivanov.

_Tengo veintisiete años_ respondió ella_ ¿y usted?

_ Cuarenta y uno.

Kataryna asintió con un gesto que Ivanov no supo interpretar muy bien, tal vez pensaba que era un anciano se dijo y luego sacudió aquel pensamiento de su cabeza.

_ ¿Hace cuánto tiempo que vive aquí? _ preguntó ella.

Alexander se inclinó hacia delante con las manos sobre sus muslos y Kataryna notó el guardapelo que le colgaba del cuello. Cuando Ivanov se irguió de nuevo notó la mirada inquisitiva de la mujer. De inmediato se guardó el guardapelo dentro de la camisa, como si nadie más que él tuviera el derecho de ver el objeto. Kataryna desvió la mirada a sus manos incómoda y no hizo comentario alguno sobre el guardapelo. Pensó que sería de muy mal gusto hacerlo ya que el hombre lo guardaba con recelo.

_Llevo más de una década viviendo entre Argentina y Paraguay_ contestó Alexander algo incómodo. Notó de inmediato el efecto que había causado en Kataryna su actitud recelosa.

_ ¿Paraguay? _ preguntó ella frunciendo el ceño.

_Misiones está cerca de la frontera con Paraguay. Regresé hace como seis meses. Participé en la guerra que Paraguay sigue librando contra Bolivia.

_ ¿Estuvo en la guerra? _ peguntó ella con un dejo de interés en la voz.

Alexander suspiró pesadamente, levantó la mirada al techo como si recordara cada batalla, cada guerra en la que había participado.

_Me temo que he participado en demasiadas guerras_ contestó.

Kataryna pensó que aquella cicatriz se debía probablemente a alguna de aquellas guerras, pero no se atrevió a preguntar. Observándolo mejor notó también un suave surco que le atravesaba el lado derecho de la cabeza, apenas y se advertía, pero estaba allí eso era seguro.

_Una de esas guerras es la que actualmente sigue librado Paraguay.

_ ¿Qué paso? ¿Por qué decidió dejarla? Es más ¿Por qué estuvo en la guerra? ¿A caso obligan a los extranjeros a enlistarse?

_No, no obligan a los extranjeros a enlistarse_ dijo_ me alisté porque….

Se quedó de pronto callado, rebuscó en su mente alguna explicación del motivo que lo había llevado a enlistarse, podía decirle que se debía a que se lo pidió el general Beliávev, porque quería ayudarlo, o porque deseaba contribuir en algo con el país que le había abierto las puertas. Pero en realidad la respuesta era completamente distinta, pero no podía decírselo, no podía decirle que se había enrolado en busca de otra guerra que esta vez terminara con su sufrimiento, que esta vez terminara por matarlo.

Kataryna se quedó mirándolo, esperando a que continuara.

_Quise apoyar con mis conocimientos militares al país que me acogió_ dijo finalmente, pero la explicación le sonó simple y anodina. Pero tal vez ella no lo notara.

_ ¿Por qué decidió dejar la guerra? _ preguntó, al parecer no había notado su reverenda mentira.

_Hace como ocho meses atrás, mientras peleaba sufrí graves heridas_ contestó_ Estaba en medio del campo y el enemigo lanzaba un ataque feroz. Las balas de los cañones, y los morteros zumbaban como un enajenado enjambre de abejas sobre nuestras cabezas. De pronto vi un cuerpo que volaba a mi izquierda, me dio la impresión de que se trataba de un espantapájaros en algún campo de trigo, de inmediato sentí algo, un enorme peso me aplastaba las piernas, sentí que me las trituraba. Me sentí confuso al principio, pero luego comprendí que el tronco de un árbol había caído sobre la parte inferior de mi cuerpo. Intenté moverme, pero oí un chasquido semejante al de los huesos al romperse. Intenté moverme de todas formas y al cabo de unos segundos, sentí que el peso desaparecía de mi cuerpo, pero fue sustituido por un dolor agudo. Un par de indígenas habían retirado el tronco, pero mi pierna izquierda se había partido en dos partes. Uno de ellos me cargó sobre su espalda y se internó en el bosque a través de una pequeña picada. Me salvo la vida. Me evacuaron a Asunción y poco después regresé a Oberá, mi familia vive allí_ esbozó entonces una sonrisa algo avergonzada cuando terminó.

Lo que no dijo fue que había llegado a Oberá sin fuerzas y menoscabado por la guerra. Atormentado, sumido en profundas depresiones que de tanto en tanto lo azoraban como si tratara de un barco a la deriva en una gran tormenta. Pero a pesar de todo brillaba dentro de él un rayo de compasión, bondad y redención. Decidió retomar su trabajo en la granja con renovado vigor. Construyó la primera escuela en donde los hijos de sus trabajadores estudiaban, así como una pequeña posta médica.

Kataryna lo había observado con interés durante todo el relato. Pensó que el hombre además de ser inteligente era valiente.

_Lo siento_ dijo_ no tenía por qué darle tanta información.

_No se disculpe_ contestó con una sonrisa_ me pareció un relato escalofriante, pero a la vez interesante.

Alexander le dedicó una sonrisa y en aquel momento Kataryna sintió que el corazón le daba un vuelco. Fue una extraña sensación que nunca había sentido antes.

El tren empezó a aminorar la velocidad. Notaron el traqueteo al superar un cruce de vía, poco después, se detuvo. No se habían percatado del tiempo que llevaban conversando, llevaban horas haciéndolo y a ambos les pareció que solo habían trascurrido minutos.

_ Esta es la estación de Concordia. Estamos en Entre Ríos_ anunció Alexander al ver a través de la ventana_ aquí podemos comer algo.

Se puso de pie y despertó a los que seguían durmiendo, entre ellos Igor y Daryna, que aún adormilada esbozó una sonrisa vacua, permaneció en silencio sin comprender muy bien que estaba pasando.

Bajaron a la estación y comieron algo parecido a un guisado que el vendedor llamó puchero. Los desperdicios fueron a parar a la jaula del perro, después de acercarle un poco de agua. Para ser un perro callejero, el chucho se comportaba bastante bien, hasta el momento había soportado el viaje con bastante entereza canina. Poco después, el tren volvió a ponerse en marcha con una leve sacudida, primero despacio, con un crujido cada vez que pasaba por un cambio de agujas y luego aceleró la marcha.

Daryna se acomodó junto a su madre e Ivanov se sentó junto al grupo de hombres que ahora hablaba animadamente luego de aquel estimulante almuerzo. En realidad, era algo tarde para considerarlo un almuerzo ya que eran casi las cuatro de la tarde. El tren se detenía de tanto en tanto, bajando o subiendo pasajeros entre sacudidas bruscas cuando se acoplaban o desacoplaban vagones. A eso de las seis de la tarde, el sol se expandió en el horizonte, grande y anaranjado, arrojando su vivo reflejo sobre aquellas lejanas tierras, distinguiéndose hacia el oeste, bosques regados de luz crepuscular. Las luces del vagón se encendieron y proyectaron su luz macilenta.

Daryna volvió a dormirse, esta vez en el regazo de su madre, bajo la luz débil y evanescente. Kataryna se volvió sobre su hombro y recorrió la parte trasera del vagón con ojos inquietos. Detuvo su mirada sobre Alexander por unos segundos antes de fijar la mirada en el extenso bosque que se extendía fuera de su ventana. El vagón de aquel tren la trasportaba a través de aquel mundo salvaje, desconocido, mientras el bosque, completamente en reposo dormía bajo su acostumbrada manta oscura repleta de estrellas.

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